REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (A) 18-06-17

Foto del milagro eucarístico de Lanciano tomada durante nuestra peregrinación en el año 2012. En este milagro, la Ostia se convirtió en tejido de corazón humano, y el vino en sangre humana tipo AB.

Hoy la Iglesia está de fiesta. Celebramos la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, conocida por su nombre el latín: Corpus Christi. Esta solemnidad surge en la Iglesia universal mediante la bula Transiturus firmada por el papa Urbano IV el 8 de septiembre  de 1264, que la fijó para el jueves después de la octava de Pentecostés (en Puerto Rico, por disposición de la Conferencia Episcopal, se celebra el domingo siguiente – hoy).

En esta celebración proclamamos Su presencia verdadera, real y sustancial bajo la las especies de Pan y Vino. Por eso las lecturas que nos presenta la liturgia están relacionadas con la Eucaristía, el sacramento alrededor del cual gira toda la liturgia de la Iglesia, y en el que se hace presente el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

La primera lectura (Dt 08,02-03.14b-16a) nos presenta la figura del maná, aquél pan misterioso que alimentó al pueblo de Israel durante su marcha por el desierto, pan que saciaba el hambre corporal pero no daba Vida, pues los que lo comían estaban destinados a morir. “Él te afligió haciéndote pasar hambre y después te alimento con el maná —que tú no conocías ni conocieron tus padres— para enseñarte que no solo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios”. La Palabra, que sale de la boca de Dios, es la verdadera fuente de Vida. Esa Palabra que luego se encarnaría (Jn 1,14) y se nos daría a Sí misma como alimento para darnos Vida eterna.

La segunda lectura, tomada de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (10,16-17), nos recuerda que la Eucaristía es el pan que nos une al cuerpo místico de Cristo, haciéndonos uno con Él por medio de la Iglesia. “Y el pan que partimos, ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan”.

Pablo se refiere al misterio de la Eucaristía, que el mismo Jesús nos presenta en el Evangelio de hoy (Jn 6,51-58): “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Ante la incredulidad de los judíos que le escuchaban (“¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”), Jesús reitera su mensaje: “Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”.

Y para que los judíos acabaran de entender, les refiere a la primera lectura de hoy: “Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre”.

“El que come este pan vivirá para siempre”… Es una promesa y una invitación de parte de Jesús. Él te está esperando… ¿Aceptas?

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (C) 29-05-16

CorpusChristi

Hoy celebramos la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, conocida por su nombre el latín: Corpus Christi. Esta solemnidad surge en la Iglesia universal mediante la bula Transiturus firmada por el papa Urbano IV el 8 de septiembre  de 1264, que la fijó para el jueves después de la octava de Pentecostés (en Puerto Rico y en otros países, por consideraciones pastorales, se celebra el domingo siguiente). No obstante, el origen de la celebración se relaciona con un Movimiento Eucarístico originado en la Abadía de Cornillón (Bélgica), de donde surgieron otras costumbres eucarísticas, como la Exposición y Bendición con el Santísimo Sacramento y el uso de campanillas en la Santa Misa durante la elevación.

La liturgia para hoy nos presenta tres lecturas, todas relacionadas con la Eucaristía, el sacramento alrededor del cual gira toda la liturgia de la Iglesia, y en la que se hace presente el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, quien antes de marcharse de este mundo, quiso dejarnos el regalo de su presencia (Cfr. Mt 28,20).

La primera lectura (Gn 14,18-20) nos presenta a Melquisedec, rey-sacerdote de Salem, celebrando un rito de bendición con pan y vino en favor de Abram (todavía Yahvé no le había cambiado el nombre por “Abraham”). Muchos ven en este pasaje una prefiguración del sacrificio que Jesús ofrecería siglos más tarde.

La segunda lectura (1 Cor 11,23-26) nos presenta la narración más antigua que conocemos sobre la institución de la Eucaristía, cuyas palabras todavía conservamos en nuestra liturgia eucarística: “Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: ‘Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía’. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: ‘Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía’”.

Jesús fue claro y directo en sus palabras: “Esto es mi cuerpo”; “la nueva alianza sellada con mi sangre”. Por eso hoy celebramos el Cuerpo y la Sangre de Cristo, no como algo que ocurrió en el pasado, sino como algo vivo, presente entre nosotros en las especies eucarísticas. ¡Jesús está vivo! Es una presencia “real y efectiva”, no simbólica ni metafórica. Por eso se puede reservar en el tabernáculo, y puede ser objeto de adoración, y llevada a los enfermos. Esto es un dogma de fe de nuestra Iglesia, algo que nos caracteriza como cristianos-católicos.

La liturgia ha escogido como pasaje evangélico para hoy la versión de Lucas de la multiplicación de los panes (Lc 9,11b-17), un episodio que aparece en los sinópticos y en Juan. Y aunque hay algunas variaciones menores en los cuatro relatos, todos coinciden en la multitud de personas, en la escasez de los alimentos, en la actitud de los discípulos, en el número de personas y, sobre todo, en el hecho de que Jesús, al igual que haría después en la última cena, antes de repartir los alimentos, pronunció la bendición sobre ellos.

Jesús satisfizo el hambre física de aquella multitud. Hoy en día, cada vez que el sacerdote, actuando “in persona Christi” pronuncia la bendición sobre las especies eucarísticas, Jesús mismo, su cuerpo, sangre, alma y divinidad, se “multiplica” para saciar nuestra hambre de Él y hacerse uno con nosotros.

Oremos para que el Espíritu Santo nos dé una auténtica hambre del Señor.