REFLEXIÓN PARA EL CUARTO DOMINGO DEL T.O. (B) 28-01-18

Continuamos adentrándonos en el Tiempo ordinario. La figura de Cristo-predicador sigue tomando forma y, junto con ella, se va revelando la divinidad de Jesús. El misterio de la Encarnación.

La primera lectura que nos ofrece la Liturgia (Dt 18,15-20) nos prefigura la persona de Cristo: “Un profeta, de entre los tuyos, de entre tus hermanos, como yo, te suscitará el Señor, tu Dios. A él lo escucharéis. Es lo que pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb, el día de la asamblea: ‘No quiero volver a escuchar la voz del Señor, mi Dios, ni quiero ver más ese terrible incendio; no quiero morir.’ El Señor me respondió: ‘Tienen razón; suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que yo le mande’”.

De ahí que a Jesús se le llame el “nuevo Moisés”, ya que en Él se cumple a plenitud la profecía contenida en este pasaje. Esto lo vemos más claramente en Mateo, cuyo objetivo es probar que Jesús es el Mesías prometido. Por eso establece un paralelo entre ambos personajes: Moisés y Jesús perseguidos en su infancia, Moisés y Jesús ofreciendo un pan de vida, y Moisés y Jesús dando la Ley en una montaña.

En la lectura evangélica de hoy (Mc 1,21-28) vemos el comienzo de la misión de Jesús. Lo encontramos entrando a Cafarnaún. Apenas cuenta con cuatro discípulos, pero no espera, tiene que cumplir su misión y sabe que tiene poco tiempo. Lo vemos predicando en la sinagoga (algo no muy común en Jesús, que prefería hacerlo al descampado). Todos se maravillaban de la autoridad con que exponía su doctrina, porque lo hacía, no como lo escribas (que no aventuraban interpretar la ley a menos que su juicio estuviera avalado por las escrituras), “sino con autoridad”. Otra muestra de la divinidad de Jesús, quien había venido a dar plenitud a la Ley y los profetas (Mt 5,17). Todos perciben que Jesús habla con una autoridad que viene desde el interior de sí mismo y que solo puede venir del mismo Dios. Tal vez todavía no tienen claro que Él es Dios, pero este episodio constituye el primer atisbo de esa divinidad que se seguirá manifestando a través del Evangelio.

Y para que no quede duda sobre su “autoridad” y su superioridad sobre todo, la Escritura nos presenta a un hombre poseído por un “espíritu inmundo” que se encuentra con Jesús en la sinagoga. El espíritu increpa a Jesús y, una vez más, Jesús habla con autoridad: “Cállate y sal de él”. Y el espíritu “dando un grito muy fuerte, salió”. Todos estaban asombrados, confundidos, y se decían: “¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo”. Y eso, que estamos apenas comenzando, es el primer día de predicación de Jesús. ¡Abróchense los cinturones!

Y yo, ¿tengo claro quién es Jesús? ¿He sido testigo de su poder? Cuando hablo de Él, ¿presento una imagen de “estampita” sobre su persona, o soy capaz de presentar mi experiencia de la divinidad de Jesús y cómo ha obrado en mí?

Que pasen un hermoso domingo, y no olviden visitar la Casa del Señor.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA DECIMONOVENA SEMANA DEL T.O. (1) 14-08-17

La primera lectura para hoy, tomada del libro del Deuteronomio (10,12-22), nos presenta a Moisés formulando al pueblo de Israel una pregunta que podemos aplicarnos a nosotros mismos: “¿qué es lo que te exige el Señor, tu Dios?” La contestación que el propio Moisés nos da es tan sencilla como profunda: temer a Dios, amarle, servirle, ser fiel a sus preceptos y mandatos. Podría decirse que esa contestación resume el libro del Deuteronomio.  Sí, sencilla como sencillo es Dios. Somos nosotros los que nos empeñamos en hacerlo complicado.

Más adelante en la lectura Moisés añade: “sólo de vuestros padres se enamoró el Señor, los amó (de nuevo el amor), y de su descendencia os escogió a vosotros entre todos los pueblos, como sucede hoy”. Sí, Dios escogió al pueblo de Israel de entre todos los pueblos para ser su Dios, y a Israel para que fuese su pueblo. Una Alianza que se traduce en un pacto de amor, que tendrá su culminación en la Nueva y definitiva Alianza sellada con la sangre de Jesús, que hizo extensivas las promesas de la Alianza a todo el que crea en Él y en su palabra salvífica.

Gracias a ello cada uno de nosotros puede decir: “Sólo de mí se enamoró el Señor, me amó y me escogió para la vida eterna”. No lo olvides; Dios te ama con pasión y ansía ser reciprocado ¿Y cómo vamos a reciprocarle? Amando al Cristo que vive en cada uno de nuestros hermanos, especialmente los más débiles y necesitados (Cfr. Mt 25,40).

La lectura evangélica (Mt 17,22-27), por su parte, nos presenta uno de esos pasajes en que Jesús no aparece haciendo grandes portentos, sino más bien en su vida diaria como uno más de nosotros. El impuesto de los “dos dracmas” que el colector de impuestos reclama es uno que se cobraba para el mantenimiento del Templo. Jesús es superior al Templo, pero aun así paga sus impuestos; no reclama privilegios para sí, cumple con su deber ciudadano.

Hace un tiempo leía una reflexión sobre este pasaje que señalaba un simbolismo profundo en ese gesto de Jesús de decirle a Pedro que eche un anzuelo, coja el primer pez que pique, coja la moneda de plata que va encontrar en la boca del pez, y con ella pague el impuesto por ambos: “Cógela y págales por mí y por ti”. Con ese gesto parece decirle a Pedro que sus destinos están unidos, que han de correr la misma suerte (al principio del pasaje acababa de hacer un anuncio de su pasión), que persevere en su misión.

Más adelante, Jesús habría de pagar “por ti y por mí”, con su propia vida, nuestra redención (en el mundo antiguo “redención” era el precio que se pagaba por la libertad de un esclavo), para luego resucitar en toda su gloria y mostrarnos el camino que le espera a todo el que le siga.

Jesús ya pagó por ti y por mí y te entrega el boleto de entrada a la Casa del Padre. El boleto tiene una sola condición: “Ámense unos a otros, como yo los amo a ustedes” (Jn 13,14). ¿Lo aceptas?

Que pasen una hermosa semana llena de la PAZ que solo el sabernos amados por Dios puede traernos,

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (A) 18-06-17

Foto del milagro eucarístico de Lanciano tomada durante nuestra peregrinación en el año 2012. En este milagro, la Ostia se convirtió en tejido de corazón humano, y el vino en sangre humana tipo AB.

Hoy la Iglesia está de fiesta. Celebramos la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, conocida por su nombre el latín: Corpus Christi. Esta solemnidad surge en la Iglesia universal mediante la bula Transiturus firmada por el papa Urbano IV el 8 de septiembre  de 1264, que la fijó para el jueves después de la octava de Pentecostés (en Puerto Rico, por disposición de la Conferencia Episcopal, se celebra el domingo siguiente – hoy).

En esta celebración proclamamos Su presencia verdadera, real y sustancial bajo la las especies de Pan y Vino. Por eso las lecturas que nos presenta la liturgia están relacionadas con la Eucaristía, el sacramento alrededor del cual gira toda la liturgia de la Iglesia, y en el que se hace presente el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

La primera lectura (Dt 08,02-03.14b-16a) nos presenta la figura del maná, aquél pan misterioso que alimentó al pueblo de Israel durante su marcha por el desierto, pan que saciaba el hambre corporal pero no daba Vida, pues los que lo comían estaban destinados a morir. “Él te afligió haciéndote pasar hambre y después te alimento con el maná —que tú no conocías ni conocieron tus padres— para enseñarte que no solo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios”. La Palabra, que sale de la boca de Dios, es la verdadera fuente de Vida. Esa Palabra que luego se encarnaría (Jn 1,14) y se nos daría a Sí misma como alimento para darnos Vida eterna.

La segunda lectura, tomada de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (10,16-17), nos recuerda que la Eucaristía es el pan que nos une al cuerpo místico de Cristo, haciéndonos uno con Él por medio de la Iglesia. “Y el pan que partimos, ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan”.

Pablo se refiere al misterio de la Eucaristía, que el mismo Jesús nos presenta en el Evangelio de hoy (Jn 6,51-58): “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Ante la incredulidad de los judíos que le escuchaban (“¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”), Jesús reitera su mensaje: “Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”.

Y para que los judíos acabaran de entender, les refiere a la primera lectura de hoy: “Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre”.

“El que come este pan vivirá para siempre”… Es una promesa y una invitación de parte de Jesús. Él te está esperando… ¿Aceptas?

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA 30-03-17

“Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí, ¡y no queréis venir a mí! (Jn 5,31-47). Los judíos se concentraban tanto en las Escrituras, escudriñando, debatiendo, teorizando, que eran incapaces de ver la gloria de Dios que estaba manifestándose ante sus ojos en la persona de Jesús. “Las obras que el Padre me ha concedido realizar; esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado. Y el Padre que me envió, Él mismo ha dado testimonio de mí. Nunca habéis escuchado su voz, ni visto su semblante, y su palabra no habita en vosotros, porque al que Él envió no le creéis”.

Nosotros muchas veces caemos en el mismo error; “teorizamos” nuestra fe y nos perdemos en las ramas del árbol de las Escrituras en una búsqueda de los más rebuscados análisis de las mismas, mientras desatendemos las obras de misericordia, que son las que dan verdadero testimonio de nuestra fe y, en última instancia, de la presencia de Jesús en nosotros.

Jesús dice a los judíos: “No penséis que yo os voy a acusar ante el Padre, hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió Él. Pero, si no dais fe a sus escritos, ¿cómo daréis fe a mis palabras?” Jesús se refería al libro del Deuteronomio (que los judíos atribuían a Moisés), en el que Yahvé le dice a Moisés: “Por eso, suscitaré entre sus hermanos un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él dirá todo lo que yo le ordene. Al que no escuche mis palabras, las que este profeta pronuncie en mi Nombre, yo mismo le pediré cuenta” (Dt 18,18-19). En Jesús se cumplió esta profecía, y los suyos no le recibieron (Cfr. Jn 1,11).

Jesús se nos presenta como el “nuevo Moisés”, que intercede por nosotros ante el Padre, de la misma manera que lo hizo Moisés en la primera lectura de hoy (Ex 32,7-14) por los de su pueblo cuando adoraron un becerro de oro, haciendo que Dios se “arrepintiera” de la amenaza que había pronunciado contra ellos. Jesús llevará esa intercesión hasta las últimas consecuencias, ofrendando su vida por nosotros.

En la lectura evangélica de ayer Jesús (Jn 5,17-30) nos decía: “En verdad, en verdad os digo: quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna”.

Hoy tenemos que preguntarnos: ¿Hemos acogido a Jesús, escuchado su Palabra, y reconocido e interpretado justamente las grandes obras que ha hecho en nosotros? Habiéndole reconocido e interpretado sus obras, ¿seguimos sus pasos a pesar de nuestra débil naturaleza y ponemos en práctica su Palabra? ¿O somos de los que “no creemos al que (el Padre) envió”?

Durante esta Cuaresma, pidamos al Señor que reavive nuestra fe y afiance nuestro compromiso en Su seguimiento, de manera que podamos imitarle en su entrega total por nuestros hermanos. Esto incluye interceder ante el Padre por los pecadores, incluyendo aquellos que nos hacen daño o nos persiguen. Lo hemos dicho en ocasiones anteriores. El seguimiento de Jesús ha de ser radical. No hay términos medios (Cfr. Ap 3,15-16).

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA 10-03-16

Nunca habeis escuchado su voz Jn 5,31-47

“Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí, ¡y no queréis venir a mí! (Jn 5,31-47). Los judíos se concentraban tanto en las Escrituras, escudriñando, debatiendo, teorizando, que eran incapaces de ver la gloria de Dios que estaba manifestándose ante sus ojos en la persona de Jesús. “Las obras que el Padre me ha concedido realizar; esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado. Y el Padre que me envió, Él mismo ha dado testimonio de mí. Nunca habéis escuchado su voz, ni visto su semblante, y su palabra no habita en vosotros, porque al que Él envió no le creéis”.

Nosotros muchas veces caemos en el mismo error; “teorizamos” nuestra fe y nos perdemos en las ramas del árbol de las Escrituras en una búsqueda de los más rebuscados análisis de las mismas, mientras desatendemos las obras de misericordia, que son las que dan verdadero testimonio de nuestra fe y, en última instancia de la presencia de Jesús en nosotros.

Jesús dice a los judíos: “No penséis que yo os voy a acusar ante el Padre, hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió Él. Pero, si no dais fe a sus escritos, ¿cómo daréis fe a mis palabras?” Jesús se refería al libro del Deuteronomio (que los judíos atribuían a Moisés), en el que Yahvé le dice a Moisés: “Por eso, suscitaré entre sus hermanos un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él dirá todo lo que yo le ordene. Al que no escuche mis palabras, las que este profeta pronuncie en mi Nombre, yo mismo le pediré cuenta” (Dt 18,18-19). En Jesús se cumplió esta profecía, y los suyos no le recibieron (Cfr. Jn 1,11).

Jesús se nos presenta como el “nuevo Moisés”, que intercede por nosotros ante el Padre, de la misma manera que lo hizo Moisés en la primera lectura de hoy (Ex 32,7-14) por los de su pueblo cuando adoraron un becerro de oro, haciendo que Dios se “arrepintiera” de la amenaza que había pronunciado contra ellos. Jesús llevará esa intercesión hasta las últimas consecuencias, ofrendando su vida por nosotros.

Hoy tenemos que preguntarnos: ¿Hemos acogido a Jesús, escuchado su Palabra, y reconocido e interpretado justamente las grandes obras que ha hecho en nosotros? Habiéndole reconocido e interpretado sus obras, ¿seguimos sus pasos a pesar de nuestra débil naturaleza y ponemos en práctica su Palabra? ¿O somos de los que “no creemos al que (el Padre) envió”?

Durante esta Cuaresma, pidamos al Señor que reavive nuestra fe y afiance nuestro compromiso en Su seguimiento, de manera que podamos imitarle en su entrega total por nuestros hermanos. Esto incluye interceder ante el Padre por los pecadores, incluyendo aquellos que nos hacen daño o nos persiguen. Lo hemos dicho en ocasiones anteriores. El seguimiento de Jesús ha de ser radical. No hay términos medios.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA VIGÉSIMA SEMANA DEL T.O. (1) 18-08-15

camello ojo aguja

La lectura evangélica que contemplamos en la liturgia para hoy (Mt 19,23-30), es la continuación de la del joven rico que se nos propusiera ayer. En esta lectura, Jesús dice a sus discípulos: “Os aseguro que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios”. El “ojo de una aguja” a que se refiere Jesús era un pequeño portón que tenían las puertas principales de las ciudades como Jerusalén, por donde entraban los mercaderes después de la hora que se cerraban las mismas. Si el mercader traía camellos, le resultaba bien difícil entrarlos por “el ojo de la aguja”. Para poder lograrlo (no siempre podían), tenían que quitarle la carga y entrarlo arrodillado. ¿Ven el simbolismo?

De nuevo vemos a Jesús poniendo el apego a la riqueza como impedimento para alcanzar el reino de Dios, pero esta vez es, como ocurre a menudo, en un diálogo aparte con sus discípulos, luego del episodio. Los discípulos acaban de escuchar a Jesús pronunciarse en esos términos y están confundidos, pues en la mentalidad judía la riqueza y la prosperidad son sinónimos de bendición de Dios. ¿Cómo es posible que la riqueza, que es bendición de Dios, sea un impedimento para alcanzar el Reino? Pero Jesús se refiere a la conducta descrita en el Deuteronomio (8,11-18) que nos manda estar alertas, no sea que: “cuando comas y quedes harto, cuando construyas hermosas casas y vivas en ellas, cuando se multipliquen tus vacadas y tus ovejas, cuando tengas plata y oro en abundancia y se acrecienten todos tus bienes, tu corazón se engría y olvides a Yahvé tu Dios que te sacó de Egipto, de la casa de la servidumbre”.

Lo que Jesús nos propone es comprender que para seguirle tenemos que “desposeernos” de todo lo que pueda desviar nuestra atención de Dios como valor absoluto. Tenemos que aprender a depender, no de nuestra propia riqueza ni de aquello que pueda darnos “seguridad” humana, sino de los demás, y ante todo, de Dios, recordando que solo siguiéndole a Él podemos alcanzar la salvación. Por eso cuando los discípulos le preguntan: “Entonces, ¿quién puede salvarse?”, Él les mira y les contesta: “Para los hombres es imposible; pero Dios lo puede todo”…. “El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna”.

Tarea harto difícil, la verdadera “pobreza evangélica”, imposible para nosotros si dependemos de nuestros propios recursos. Solo si nos abandonamos a Dios incondicionalmente podemos lograrlo, porque “Dios lo puede todo” (Cfr. Lc 1,37).

En este pasaje se nos describe, además, la renuncia a las cosas del mundo llevada al extremo, que encontramos en aquellos que abrazan la vida religiosa abandonando “casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras” con tal de seguir a Jesús.

Hoy, pidamos al Señor que nos conceda la gracia de aprender a desprendernos de todo lo que nos impide seguirle plenamente; que podamos hacer de Él, y de su seguimiento, el valor absoluto en nuestras vidas, para así ser acreedores a la vida eterna que Él nos tiene prometida.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DECIMONOVENA SEMANA DEL T.O. (1) 14-08-15

lo que Dios ha unido

La liturgia de hoy nos presenta uno de esos pasajes en que los fariseos ponen a prueba a Jesús para ver si “resbala” y poder acusarlo de predicar contrario a la Ley de Moisés o, al menos, desprestigiarlo (Mt 19,3-12). El asunto que le plantean tiene tanta o más vigencia hoy, que en aquél momento.

Le preguntan: “¿Es lícito a uno despedir a su mujer por cualquier motivo?” Jesús, un verdadero maestro del debate, además de conocedor de la Ley, les devuelve la pregunta: “¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: ‘Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne’? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Ellos contestaron lo que Jesús esperaba: “¿Y por qué mandó Moisés darle acta de repudio y divorciarse?”

La respuesta de Jesús no se hace esperar: “Por lo tercos que sois os permitió Moisés divorciaros de vuestras mujeres; pero, al principio, no era así. Ahora os digo yo que, si uno se divorcia de su mujer –no hablo de impureza– y se casa con otra, comete adulterio”.

Jesús deja establecida la diferencia entre un precepto y un mandamiento. La ley del Deuteronomio no es un mandamiento; es un precepto, un “permiso” que Moisés se vio prácticamente obligado a concederles “por lo tercos que sois”. Pero ese precepto no alteró de modo alguno la ley fundamental del matrimonio, que permaneció intacta. Jesús va a las mismas raíces de la Ley, a la creación, a la ley del matrimonio contenida en la Palabra de Dios (Gn 1,27; 2,24): “macho y hembra los creó”… “Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”. Cualquier desviación de esa ley no es mandamiento de Dios, es precepto de hombre, y no puede prevalecer en contra de aquél.

Todo está en la voluntad expresa de Dios al crear al hombre y a la mujer con diferentes sexos para que se complementaran, para que pudieran unirse y formar “una sola carne”, para cumplir el mandato de: “Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla”. Esa es la base del matrimonio establecido por Dios. Y su indisolubilidad la encontramos, tanto en el hecho de que en lo adelante ya no serán dos, sino que “serán los dos una sola carne”, como en la radicalidad del voto, que implica romper con todos los lazos familiares sagrados para los judíos: “Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre”. No hay términos medios; “lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”.

Hoy día vivimos en una sociedad sujeta a las “modas”, al relativismo moral, al culto al placer, a la búsqueda constante de la satisfacción personal, la que se ha elevado a nivel de “derecho”. Es la cultura del “yo”, que plantea que “como Dios es amor”, Él tiene que reconocer nuestro derecho a buscar nuestra propia “felicidad” aunque ello implique negar unos principios y mandamientos fundamentales de la Ley de Dios. En otras palabras, pretendemos imponerle a Dios nuestras propias pautas de lo que es lícito y lo que no lo es. Estamos dispuestos a quemar el Decálogo, y hasta al mismo Dios, en aras de nuestra “felicidad”. ¿Hasta dónde vamos a llegar? Señor, ten piedad de nosotros…