REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SEXTA SEMANA DEL T.O. (2) 16-02-21

“Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes”.

En el relato evangélico que contemplábamos ayer, habíamos dejado a Jesús embarcándose y zarpando “a la otra orilla”, luego de haber reprendido la falta de fe de los fariseos, quienes le habían pedido “un signo del cielo”. El pasaje de hoy (Mc 8,14-21) retoma la narración cuando ya están en la barca y nos presenta una conversación aparentemente trivial y cotidiana entre los apóstoles, en la que se quejaban porque se les había olvidado traer suficiente pan para la travesía (“no tenían más que un pan en la barca”).

Jesús, todavía pensando en el encuentro que acababa de tener con los fariseos, escucha la queja de los discípulos y les dice: “Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes”. Una vez más encontramos a Jesús criticando al poder ideológico-religioso y político de su tiempo (eso le costará la vida). En esos tiempos la “levadura” era considerada generalmente (excepto cuando se utiliza en las parábolas del Reino) como fuente de impureza y de corrupción (1 Co 5,6.8; Ga 5,9). Al utilizar este término dentro del contexto del pan (los judíos consumían panes ázimos especialmente en la fiesta de la Pascua y Ázimos), Jesús alude a la corrupción del pan-doctrina, por un lado con la “levadura” de los fariseos quienes esperaban y predicaban para el pueblo de Israel un Mesías poderoso, un líder militar, y por otro lado de Herodes, un rey que había llegado al poder de forma ilegítima.

Tras enfrentar a los fariseos, Jesús tiene que enfrentar también la incomprensión de los suyos, quienes no entendieron lo que quería decirles, y comentaron entre sí: “Lo dice porque no tenemos pan”. Estaba claro que los discípulos no acababan de entender a Jesús. Y una vez más les reprende: “¿Por qué comentáis que no tenéis pan? ¿No acabáis de entender? ¿Tan torpes sois? ¿Para qué os sirven los ojos si no veis, y los oídos si no oís?”.

Jesús tenía razón para estar molesto. Los discípulos habían escuchado su Palabra y habían dejado todo para seguirle, habían sido testigos de su poder para echar demonios, curar toda clase de dolencias y enfermedades, lo habían visto caminar sobre las aguas y, además, habían sido testigos de dos multiplicaciones de panes. Es decir, habían sido testigos de la misericordia y providencia divinas en la persona de Jesús, ¡y se quejaban porque solo tenían un pedazo de pan para la travesía! Ellos mismos habían tenido la experiencia de salir a predicar tan solo con lo que llevaban puesto, y el Señor siempre les había provisto lo necesario (Mc 6,6b-13). Trato de imaginar la frustración de Jesús: “¿Y no acabáis de entender?”.

¿Cuántas veces nosotros nos “ahogamos en un vaso de agua”, preocupados y contrariados por las dificultades y carestías periódicas que enfrentamos, y permitimos que nuestras almas se corrompan con la “levadura” de la falta de confianza en la palabra de Dios y su Providencia Divina? Se nos olvida que al igual que las aves del cielo, que no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros, nuestro Padre que está en los cielos siempre nos provee (Cfr. Mt 6,26).

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA VIGÉSIMA SÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (2) 08-10-20

“Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?”. Este es el párrafo final del Evangelio que nos propone la liturgia para hoy (Lc 11,5-13). Y debemos leerlo dentro del contexto del Padrenuestro que Jesús acaba de enseñar a sus discípulos.

En el Padrenuestro Jesús nos ha enseñando a tratar a Dios como Abba, con la misma confianza y familiaridad con que un niño trata a su padre. ¿Cuántas veces vemos a los niños pedirle algo a su padre, y si no lo consiguen de inmediato, seguir insistiendo hasta ponerse impertinentes, hasta que el padre, con tal de “quitárselos de encima”, siempre que se trate de algo que no les malcríe o les dañe, los complacen?

La parábola nos presenta a un amigo que le pide tres panes al otro en medio de la noche (acaba de decirnos que tenemos que pedir al Padre “el pan nuestro de cada día”). Ante la negativa inicial del segundo, el primero sigue insistiendo, hasta que el amigo “si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite”. Jesús nos está enseñando que, siendo hijos del Padre, podemos y debemos ser insistentes en nuestra oración. Que debemos reiterar nuestras peticiones, como el amigo impertinente de la parábola, o como la viuda que comparece ante el juez inicuo de la que nos hablará Jesús más adelante (Lc 18,4-5).

Con la oración final de este pasaje Jesús reitera nuestra filiación divina, y nos recuerda que la mejor respuesta que Dios puede brindarnos a nuestras oraciones es, ¡nada más ni nada menos que el Espíritu Santo! “¿Cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?”. Ese Espíritu Santo que derrama sus siete dones sobre nosotros y nos da la fortaleza para superar las pruebas y aceptar la voluntad del Padre. “Quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre”.

En la primera lectura (Ga 3,1-5), Pablo nos recuerda el ingrediente principal de la oración, y el requisito para recibir el Espíritu: “Contestadme a una sola pregunta: ¿recibisteis el Espíritu por observar la ley o por haber respondido a la fe? ¿Tan estúpidos sois? ¡Empezasteis por el espíritu para terminar con la carne! ¡Tantas magníficas experiencias en vano! Si es que han sido en vano. Vamos a ver: Cuando Dios os concede el Espíritu y obra prodigios entre vosotros, ¿por qué lo hace? ¿Porque observáis la ley o porque respondéis a la fe?”

No basta con ser “bueno”; ¡hay que tener fe!

REFLEXIÓN PARA EL DÉCIMO OCTAVO DOMINGO DEL T.O. (A) 02-08-20

“Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo…”

Las lecturas de hoy nos hablan de la generosidad de Dios para con su pueblo; de cómo su Palabra nos alimenta con su Amor, que nos sacia y nos da las fuerzas para enfrentar las adversidades que indefectiblemente acompañan al seguimiento (Cfr. Sir 2,1).

En la primera lectura (Is 55,1-3) Dios nos dice: “Escuchadme atentos y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos. Inclinad el oído, venid a mí: escuchadme, y viviréis”. Esos “platos sustanciosos” nos refieren al Amor incondicional de Dios.

En la segunda lectura (Rm 8,35.37-39) san Pablo nos dice que “ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro”.

La lectura evangélica (Mt 14,13-21) nos presenta el pasaje de la “primera multiplicación de los panes”. Un milagro producto de la gratuidad del Amor. Al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se retiró a un lugar tranquilo y apartado, como solía hacer cuando quería hablar con el Padre (orar).

Esa multitud anónima que le seguía se enteró y acudieron a Él. Nos dice la Escritura que al ver el gentío, a Jesús “le dio lástima”. La versión de Marcos nos dice que Jesús sintió lástima de la multitud porque andaban “como ovejas sin pastor” (Mc 6,34) y se sentó a enseñarles muchas cosas. Mateo nos añade que curó a los enfermos; el prototipo del Buen Pastor que cuida de sus ovejas (Cfr. Jn 10).

Al caer la tarde los discípulos le sugirieron a Jesús que despidiera a la gente para que cada cual resolviera sus necesidades de alimento. La reacción de Jesús no se hizo esperar: “Dadles vosotros de comer”.

Mandó que le trajeran los cinco panes y dos peces que tenían e hizo que la gente se sentara en la yerba. Entonces, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, se los dio a los discípulos, y estos se los dieron a la gente.

Como siempre, Jesús, con sus gestos, nos está mostrando el camino a seguir. No se limitó a compadecerse, sentir lástima. Pasó de compadecerse a compartir. Compartió todo lo que tenía: su Palabra, su Persona, y su Pan. Y en ese compartir todo se multiplicó. Ese milagro lo vemos a diario en los que practican la verdadera caridad; no dar lo que sobra, sino lo que tenemos; mucho o poco.

Vemos también en esta perícopa evangélica una prefiguración de la celebración Eucarística, en la cual nos alimentamos primero con la Palabra de Dios para luego participar del Banquete Eucarístico. Es lo que la Iglesia, sucesora de los apóstoles sigue haciendo hoy. Y todo producto del Amor de Dios, que quiso permanecer con nosotros bajo las especies eucarísticas.

La Eucaristía, el verdadero pan, el único capaz de saciar nuestra hambre de Dios, el que nos alimenta para la vida eterna. “Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera” (Jn 6,49-50).

Que pasen un bendecido domingo y una hermosa semana.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SEXTA SEMANA DEL T.O. (2) 18-02-20

“En aquel tiempo, a los discípulos se les olvidó llevar pan, y no tenían mas que un pan en la barca”.

En el relato evangélico que contemplábamos ayer, habíamos dejado a Jesús embarcándose y zarpando “a la otra orilla”, luego de haber reprendido la falta de fe de los fariseos, quienes le habían pedido “un signo del cielo”. El pasaje de hoy (Mc 8,14-21) retoma la narración cuando ya están en la barca y nos presenta una conversación aparentemente trivial y cotidiana entre los apóstoles, en la que se quejaban porque se les había olvidado traer suficiente pan para la travesía (“no tenían más que un pan en la barca”).

Jesús, todavía pensando en el encuentro que acababa de tener con los fariseos, escucha la queja de los discípulos y les dice: “Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes”. Una vez más encontramos a Jesús criticando al poder ideológico-religioso y político de su tiempo (eso le costará la vida). En esos tiempos la “levadura” era considerada generalmente (excepto cuando se utiliza en las parábolas del Reino) como fuente de impureza y de corrupción (1 Co 5,6.8; Ga 5,9). Al utilizar este término dentro del contexto del pan (los judíos consumían panes ázimos especialmente en la fiesta de la Pascua y Ázimos), Jesús alude a la corrupción del pan-doctrina, por un lado con la “levadura” de los fariseos quienes esperaban y predicaban para el pueblo de Israel un Mesías poderoso, un líder militar, y por otro lado de Herodes, un rey que había llegado al poder de forma ilegítima.

Tras enfrentar a los fariseos, Jesús tiene que enfrentar también la incomprensión de los suyos, quienes no entendieron lo que quería decirles, y comentaron entre sí: “Lo dice porque no tenemos pan”. Estaba claro que los discípulos no acababan de entender a Jesús. Y una vez más les reprende: “¿Por qué comentáis que no tenéis pan? ¿No acabáis de entender? ¿Tan torpes sois? ¿Para qué os sirven los ojos si no veis, y los oídos si no oís?”.

Jesús tenía razón para estar molesto. Los discípulos habían escuchado su Palabra y habían dejado todo para seguirle, habían sido testigos de su poder para echar demonios, curar toda clase de dolencias y enfermedades, lo habían visto caminar sobre las aguas y, además, habían sido testigos de dos multiplicaciones de panes. Es decir, habían sido testigos de la misericordia y providencia divinas en la persona de Jesús, ¡y se quejaban porque solo tenían un pedazo de pan para la travesía! Ellos mismos habían tenido la experiencia de salir a predicar tan solo con lo que llevaban puesto, y el Señor siempre les había provisto lo necesario (Mc 6,6b-13). Trato de imaginar la frustración de Jesús: “¿Y no acabáis de entender?”.

¿Cuántas veces nosotros nos “ahogamos en un vaso de agua”, preocupados y contrariados por las dificultades y carestías periódicas que enfrentamos, y permitimos que nuestras almas se corrompan con la “levadura” de la falta de confianza en la palabra de Dios y su Providencia Divina? Se nos olvida que al igual que las aves del cielo, que no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros, nuestro Padre que está en los cielos siempre nos provee (Cfr. Mt 6,26).

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO 04-12-19

En este tiempo de Adviento, compartamos nuestro “pan”, material y espiritual, para que todos conozcan la abundancia del Amor de Jesús, y anhelen su venida.

La primera lectura de la liturgia para hoy (Is 25,6-10a) continúa presentándonos al futuro Mesías y nos habla de un banquete al que todos serán invitados: “En aquél día preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados”. El mismo Jesús utilizaría en muchas ocasiones esta figura del banquete para referirse al Reino.

El profeta añade que en ese tiempo el Señor “aniquilará la muerte para siempre” y “enjugará las lágrimas de todos los rostros”. Entonces todo será alegría, pues habrá llegado aquél de quien esperábamos la salvación, y solo habrá motivo para celebrar y gozar esa salvación. De nuevo, esta lectura nos crea gran expectativa ante la inminente llegada de los nuevos tiempos que el Mesías vendrá a inaugurar con su presencia entre nosotros. Tiempos de gozo y abundancia.

Del mismo modo, la lectura evangélica (Mt 15,29-37) nos muestra cómo en la persona de Jesús se cumple esa profecía. A Él acuden todos los que sufren alguna dolencia: tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; y “los echaban a sus pies, y él los curaba”. La lectura nos dice que la gente se admiraba. Pero no tanto por las curaciones milagrosas, sino porque esos portentos eran el signo más patente de la llegada del Mesías. Así, la llegada del Mesías en se convierte en una fiesta para todos los que sufren (Cfr. Mt 11.28), quienes ven retroceder el mal, el sufrimiento y las lágrimas, para dar paso a la felicidad. Cuando Dios pasa, derrama sobre todos su Santo Espíritu que se manifiesta como una estela de alegría que deja tras de si.

¡El Mesías ha llegado! Y con Él la plenitud de los tiempos. No hay duda. Con Él ha llegado también la abundancia. “Siete panes y unos pocos peces” parecerán poco para alimentar una muchedumbre, que en la versión de Marcos se nos dice eran “unas cuatro mil personas” (Mc 8,9). Pero en manos del Mesías, ese “poco” se convierte en “todo” lo necesario para saciar el hambre de aquella multitud.

No obstante, si miramos a nuestro alrededor, nos percatamos que aún quedan por cumplirse muchas de las profecías del Antiguo Testamento, especialmente aquellas que tienen que ver con la paz y la justicia. El Reino está aquí, pero todavía está “en construcción”. Hace unos días hablábamos del sentido escatológico del Adviento, de esa espera de la segunda venida de Jesús que va a marcar la culminación de los tiempos, cuando se establecerá definitivamente el Reinado de Dios por toda la eternidad. En ese sentido, el Adviento adquiere también para nosotros un significado parecido al que le daban los primeros cristianos.

Hoy vemos cuántos hermanos padecen de hambre, como aquella muchedumbre que seguía a Jesús. Y la solución del hambre se encontró en el reparto fraterno, en el amor que nos lleva a estar atentos a las necesidades de los demás. En ninguno de los evangelios se menciona quién tenía los panes y los peces que fueron entregados a Jesús. Alguien anónimo, que con su generosidad propició el milagro.

En este tiempo de Adviento, compartamos nuestro “pan”, material y espiritual, para que todos conozcan la abundancia del Amor de Jesús, y anhelen su venida. ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús! (Ap 22,20).

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA DECIMOCTAVA SEMANA DEL T.O. (1) 05-08-19

La primera lectura que nos propone la liturgia para este lunes de la decimoctava semana del tiempo ordinario (Núm 11,4b-15), continúa presentándonos la peregrinación del pueblo de Israel a través del desierto hacia la tierra prometida. En este pasaje encontramos al pueblo quejándose de que estaban cansados de comer el maná, y añorando a carne y otros alimentos que comían mientras eran esclavos en Egipto. Aquél alimento que caía del cielo no les saciaba el hambre. Moisés se disgustó con el pueblo, y desesperado clamó al Señor: “Yo solo no puedo cargar con todo este pueblo, pues supera mis fuerzas. Si me vas a tratar así, más vale que me hagas morir; concédeme este favor, y no tendré que pasar tales penas”.

La lectura evangélica (Mt 14,13-21), por su parte, nos presenta el pasaje de la “primera multiplicación de los panes”. Un milagro producto de la gratuidad, del amor. Nos dice la Escritura que al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se retiró a un lugar tranquilo y apartado, como solía hacer cuando quería hablar con el Padre (orar).

Esa multitud anónima que le seguía se enteró y acudieron a Él. Al ver el gentío, a Jesús “le dio lástima”. La versión de Marcos nos dice que Jesús sintió lástima de la multitud porque andaban “como ovejas sin pastor” (Mc 6,34) y se sentó a enseñarles muchas cosas. Mateo nos añade que curó a los enfermos; el prototipo del Buen Pastor que cuida de sus ovejas (Cfr. Jn 10).

Lo cierto es que al caer la tarde los discípulos le sugirieron a Jesús que despidiera la gente para que cada cual resolviera sus necesidades de alimento. La reacción de Jesús no se hizo esperar: “Dadles vosotros de comer”.

Mandó que le trajeran los cinco panes y dos peces que tenían e hizo que la gente se sentara en la yerba. Entonces, “tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente”.

Como siempre, Jesús, con sus gestos, nos está mostrando el camino a seguir. No se limitó a compadecerse, sentir lástima. Pasó de compadecerse a compartir. Compartió todo lo que tenía: su Palabra, su Persona, y su Pan. Y en ese compartir todo se multiplicó. Ese milagro lo vemos a diario en los que practican la verdadera caridad; no dar lo que sobra, sino lo que tenemos; mucho o poco.

Vemos también en esta perícopa evangélica una prefiguración de la celebración Eucarística, en la cual nos alimentamos primero con la Palabra de Dios para luego participar del Banquete Eucarístico. Es lo que la Iglesia, sucesora de los apóstoles sigue haciendo hoy. Y todo producto del Amor de Dios, que quiso permanecer con nosotros bajo las especies eucarísticas.

La Eucaristía, el verdadero pan, el único capaz de saciar nuestra hambre de Dios, el que nos alimenta para la vida eterna. “Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera” (Jn 6,49-50).

Hoy, pidamos al Señor por los ministros de Su Iglesia, para continúen pastoreando Su rebaño, y alimentándolos con el Pan de Su Palabra y el Pan de la Eucaristía.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SEXTA SEMANA DEL T.O. (1) 19-02-19

En el relato evangélico que contemplábamos ayer, habíamos dejado a Jesús embarcándose y zarpando “a la otra orilla”, luego de haber reprendido la falta de fe de los fariseos, quienes le habían pedido “un signo del cielo”. El pasaje de hoy (Mc 8,14-21) retoma la narración cuando ya están en la barca y nos presenta una conversación aparentemente trivial y cotidiana entre los apóstoles, en la que se quejaban porque se les había olvidado traer suficiente pan para la travesía (“no tenían más que un pan en la barca”).

Jesús, todavía pensando en el encuentro que acababa de tener con los fariseos, escucha la queja de los discípulos y les dice: “Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes”. Una vez más encontramos a Jesús criticando al poder ideológico-religioso y político de su tiempo (eso le costará la vida). En esos tiempos la “levadura” era considerada generalmente (excepto cuando se utiliza en las parábolas del Reino) como fuente de impureza y de corrupción (1 Co 5,6.8; Ga 5,9). Al utilizar este término dentro del contexto del pan (los judíos consumían panes ázimos especialmente en la fiesta de la Pascua y Ázimos), Jesús alude a la corrupción del pan-doctrina, por un lado con la “levadura” de los fariseos quienes esperaban y predicaban para el pueblo de Israel un Mesías poderoso, un líder militar, y por otro lado de Herodes, un rey que había llegado al poder de forma ilegítima.

Tras enfrentar a los fariseos, Jesús tiene que enfrentar también la incomprensión de los suyos, quienes no entendieron lo que quería decirles, y comentaron entre sí: “Lo dice porque no tenemos pan”. Estaba claro que los discípulos no acababan de entender a Jesús. Y una vez más les reprende: “¿Por qué comentáis que no tenéis pan? ¿No acabáis de entender? ¿Tan torpes sois? ¿Para qué os sirven los ojos si no veis, y los oídos si no oís?”.

Jesús tenía razón para estar molesto. Los discípulos habían escuchado su Palabra y habían dejado todo para seguirle, habían sido testigos de su poder para echar demonios, curar toda clase de dolencias y enfermedades, lo habían visto caminar sobre las aguas y, además, habían sido testigos de dos multiplicaciones de panes. Es decir, habían sido testigos de la misericordia y providencia divinas en la persona de Jesús, ¡y se quejaban porque solo tenían un pedazo de pan para la travesía! Ellos mismos habían tenido la experiencia de salir a predicar tan solo con lo que llevaban puesto, y el Señor siempre les había provisto lo necesario (Mc 6,6b-13). Trato de imaginar la frustración de Jesús: “¿Y no acabáis de entender?”.

¿Cuántas veces nosotros nos “ahogamos en un vaso de agua”, preocupados y contrariados por las dificultades y carestías periódicas que enfrentamos, y permitimos que nuestras almas se corrompan con la “levadura” de la falta de confianza en la palabra de Dios y su Providencia Divina? Se nos olvida que al igual que las aves del cielo, que no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros, nuestro Padre que está en los cielos siempre nos provee (Cfr. Mt 6,26).

REFLEXIÓN PARA EL TRIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO DEL T.O. (B) 11-11-18

Las lecturas de la liturgia para hoy, 32do domingo del Tiempo Ordinario, tienen un tema común: la generosidad.

La primer lectura (1 Re 17,10-16), conocida también como el pasaje de la viuda de Sarepta, nos muestra al profeta Elías que se encuentra con una mujer que se haya en la más extrema pobreza. Esta historia se desarrolla en medio de una gran sequía (capítulos 17 y 18 del primer libro de Reyes). Dentro de esa situación, la viuda y su hijo se aprestan a consumir su último bocado antes de esperar la muerte. Elías le pide pan, y a pesar de que ella le explica que apenas tiene harina y aceite para un pan, el profeta insiste en su petición y le dice: “No temas. Anda, prepáralo como has dicho, pero primero hazme a mí un panecillo y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel: ‘La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra’”.

Un acto de fe. La viuda pudo haber ignorado la petición de Elías, y satisfacer su hambre y la de su hijo. Pero ella creyó en la palabra del profeta y compartió lo poco que tenía. Y el Señor premió su fe y su generosidad: “Ella se fue, hizo lo que le había dicho Elías, y comieron él, ella y su hijo. Ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías”. La verdadera generosidad, que consiste en compartir lo que tenemos, no lo que nos sobra, con la certeza de que el Señor nos proveerá (Danos hoy nuestro pan de cada día…). La confianza en la Divina Providencia, que es producto de la fe. Esto nos evoca aquél joven anónimo que pudiendo guardar para sí el único alimento que tenía, cinco panes y dos peces, los compartió propiciando así el milagro de la multiplicación de los panes (Jn 6,9-13). Un milagro fruto de la generosidad y de la fe.

Es el caso de la otra viuda que nos narra el Evangelio (Mc 12,38-44) quien, mientras los ricos ofrendaban “en cantidad”, echó las últimas dos monedas que le quedaban. Al ver ese acto de generosidad de la viuda, Jesús dijo a sus discípulos: “Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”.

Ella ofrendó todo lo que tenía porque confiaba en que el Señor le proveería. “Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos?” (Mt 6,26).

Hoy, día del Señor, pidámosle un corazón generoso que nos permita compartir con nuestros hermanos, especialmente los más necesitados, los bienes (muchos o pocos) que hemos recibido gracias a Su generosidad, con la certeza de que la orza de harina no se vaciará, ni la alcuza de aceite se agotará.

Que pasen todos un hermoso día. No olviden visitar la Casa del Padre y, cuando vayan al ofrendar, recuerden a la viuda del Evangelio.

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO DOMINGO DEL T.O. (B) 19-08-18

La primera lectura de hoy (Prov 9,1-6) nos presenta la “Sabiduría” personificada (que no es otra cosa que Dios actuando sabiamente) convocando a todos a participar de la mesa que ha dispuesto: “Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la prudencia”. Esta lectura nos evoca la parábola del banquete nupcial que Mateo nos presenta al comienzo de su capítulo 22 (1-14), y prefigura el “pan de vida” con el que Jesús se identifica en el capítulo 6 de Juan.

El pan es vida. En el Padrenuestro decimos “danos hoy nuestro pan de cada día”. Cuando alguien trabaja decimos que está “ganándose el pan”. Cuando celebramos la Eucaristía, en el momento del ofertorio el sacerdote dice: “Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre”.

En el evangelio de hoy (Jn 6,51-58) Jesús se nos presenta a sí mismo como el “pan de vida”: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Ante la incredulidad de los que le escuchan, que le cuestionan que cómo es posible que Jesús les dé a comer su carne, Jesús les responde: “Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”.

Cuando nos sentamos a la mesa familiar para compartir el pan, ese pan tiene un significado que va más allá del mero alimento; adquiere una nueva dimensión, es el fruto del trabajo de alguien que lo ganó, y alguien que lo confeccionó. Cuando el padre se sienta a la mesa con su familia a compartir el pan, fruto de su trabajo, les está ofreciendo algo más que alimento, les está entregando su vida y su trabajo; en cierto sentido les está entregando su “carne” (“el pan que yo les daré es mi carne”). Y la familia, congregada en torno a la mesa, en cierta manera está compartiendo la vida misma del padre que se los ha dado.

Jesús, que es “el pan de vida”, “la luz del mundo”, “la puerta”, “el buen pastor”, “la resurrección y a vida”, “el camino, la verdad y la vida”, “la vid verdadera”, nos está dando su vida, el fruto de su sacrificio. Jesús ha querido dar al pan un nuevo significado. Nos está ofreciendo en ese pan su vida, nos invita a la mesa eucarística a compartir su vida con el Padre: “El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí”.

Hoy, día del Señor, aprovecha a oportunidad única que Jesús te ofrece: compartir su mesa; comer el pan vivo bajado del cielo. ¡Qué banquete! Recuerda, en la mesa del Señor hay una silla con tu nombre; Él te espera…

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (A) 18-06-17

Foto del milagro eucarístico de Lanciano tomada durante nuestra peregrinación en el año 2012. En este milagro, la Ostia se convirtió en tejido de corazón humano, y el vino en sangre humana tipo AB.

Hoy la Iglesia está de fiesta. Celebramos la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, conocida por su nombre el latín: Corpus Christi. Esta solemnidad surge en la Iglesia universal mediante la bula Transiturus firmada por el papa Urbano IV el 8 de septiembre  de 1264, que la fijó para el jueves después de la octava de Pentecostés (en Puerto Rico, por disposición de la Conferencia Episcopal, se celebra el domingo siguiente – hoy).

En esta celebración proclamamos Su presencia verdadera, real y sustancial bajo la las especies de Pan y Vino. Por eso las lecturas que nos presenta la liturgia están relacionadas con la Eucaristía, el sacramento alrededor del cual gira toda la liturgia de la Iglesia, y en el que se hace presente el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

La primera lectura (Dt 08,02-03.14b-16a) nos presenta la figura del maná, aquél pan misterioso que alimentó al pueblo de Israel durante su marcha por el desierto, pan que saciaba el hambre corporal pero no daba Vida, pues los que lo comían estaban destinados a morir. “Él te afligió haciéndote pasar hambre y después te alimento con el maná —que tú no conocías ni conocieron tus padres— para enseñarte que no solo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios”. La Palabra, que sale de la boca de Dios, es la verdadera fuente de Vida. Esa Palabra que luego se encarnaría (Jn 1,14) y se nos daría a Sí misma como alimento para darnos Vida eterna.

La segunda lectura, tomada de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (10,16-17), nos recuerda que la Eucaristía es el pan que nos une al cuerpo místico de Cristo, haciéndonos uno con Él por medio de la Iglesia. “Y el pan que partimos, ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan”.

Pablo se refiere al misterio de la Eucaristía, que el mismo Jesús nos presenta en el Evangelio de hoy (Jn 6,51-58): “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Ante la incredulidad de los judíos que le escuchaban (“¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”), Jesús reitera su mensaje: “Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”.

Y para que los judíos acabaran de entender, les refiere a la primera lectura de hoy: “Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre”.

“El que come este pan vivirá para siempre”… Es una promesa y una invitación de parte de Jesús. Él te está esperando… ¿Aceptas?