REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA VIGÉSIMO SEXTA SEMANA DEL T.O. (1) 05-10-19

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia de hoy (Lc 10,17-24) nos presenta a los “setenta y dos” regresando de su primera misión llenos de alegría, contando a su Maestro todos los prodigios que habían realizado en Su nombre: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”.

Jesús comparte la alegría de sus discípulos y les exhorta a no dejarse cegar por el éxito de su misión, recordándoles que su verdadera recompensa está en la vida eterna: “no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo” (Cfr. Fil 4,3). Entonces Jesús “lleno de la alegría del Espíritu”, pronuncia una mis frases favoritas: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien”.

Jesús parece referirse a los “sabios” y “entendidos” de su tiempo (los escribas, fariseos, sacerdotes, doctores de la ley), quienes cegados por su conocimiento de la Ley creían saberlo todo. Por eso eran incapaces de asimilar el mensaje sencillo pero profundo de Jesús. “Yo les aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él” (Mc 10,13).

Jesús nos pide que nos hagamos como niños, para que podamos conocer y reconocer al Abba que Él nos presenta: “nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar”. Por eso escogió sus discípulos de entre la gente sencilla, creyentes que no estaban “contaminados” por el ritualismo y legalismo excesivo de los sacerdotes y fariseos. Escogió la tierra buena sobre a la que estaba llena de abrojos (Mt 13,1-9; Mc 4,1-9; Lc 8,4-8).

Dios no es fácil de alcanzar, nadie lo ha visto nunca. Por eso nos envió a su Hijo, quien sí le conoce, para que Él nos de a conocer al Padre. Para conocer al Padre tenemos que reconocer nuestra incapacidad de conocerlo por nosotros mismos. Jesús nos ofrece la oportunidad de conocerle a Él para que a través de Él podamos conocer al Padre. Parece un trabalenguas, pero el mensaje es sencillo, como aquellos a quienes va dirigido: Él es el “Camino” que nos conduce al Padre; y quien le conoce a Él conoce al Padre (Jn 14,6-7).

Jesús nos ha llamado a cada cual por nuestro nombre y nos ha encomendado una misión que tenía pensada para cada uno de nosotros desde antes que fuésemos concebidos. Si nos apartamos del bullicio y el ruido del mundo podremos escuchar la voz de Dios que nos llama por nuestro nombre. Lo único que tenemos que decir es: “Aquí estoy”, como lo hizo Moisés; o como Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam 3,10).

Y tú, ¿qué le vas a contestar? Anda, ¡atrévete!

REFLEXIÓN PARA EL TRIGÉSIMO TERCER DOMINGO DEL T.O. (B) 18-11-18

“En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte”. Con esta imagen del final de los tiempos presentada por Jesús a sus discípulos, comienza el relato evangélico (Mc 13,24-32) para hoy.
La primera lectura, tomada del libro de Daniel (12,1-3), complementa la visión escatológica del Evangelio: “Por aquel tiempo se levantará Miguel, el arcángel que se ocupa de tu pueblo: serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora. Entonces se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro. Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para vida eterna, otros para ignominia perpetua. Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad”.
El Evangelio nos habla de los “elegidos” que el Señor va a reunir de todas partes del mundo al final de los tiempos. Esto nos evoca la imagen que nos presenta el libro del Apocalipsis de aquella enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas (7,9).
La primera lectura, por su parte, nos habla del “los inscritos en el libro”, una imagen que se repite en el Antiguo y el Nuevo Testamentos y que, en el contexto que lo utiliza Daniel, nos presenta un paralelo con Ap 20,12-15, en donde se utiliza esta imagen relacionada con el juicio final: “y también fue abierto el Libro de la Vida; y los que habían muerto fueron juzgados de acuerdo con el contenido de los libros; cada uno según sus obras” (v. 12; Cfr. St 2,17).
Estas lecturas nos transmiten el mensaje que al final de los tiempos, cuando tengamos que enfrentarnos a “Jesucristo Juez”, seremos juzgados según nuestras obras, lo único que vamos a llevar al Juicio. Y si nuestras obras estuvieron guiadas por el amor a Dios y al prójimo, así quedará plasmado en el libro de la vida, y el Señor nos dirá: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo” (Mt 25,34). Si por el contrario, nuestras obras estuvieron guiadas por el egoísmo y la maldad, así quedará también escrito en el libro de la vida, y el Señor nos dirá: “Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles” (Mt 25,41). San Juan de la Cruz lo expresó con meridiana claridad: “En el ocaso de nuestra vida seremos juzgados en el amor”.
“Señor, Dios de la vida y de la muerte, no sabemos la hora de tu venida, pero estamos seguros de que tu amor no nos va a fallar. Guárdanos vigilantes en esperanza, y ayúdanos a acogerte ahora en los hermanos, para que tú nos acojas un día en tu casa eterna para siempre” (de la Oración de los fieles).