REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SEMANA XXIX DEL T.O. (2) 21-10-14

lampara encendida

“Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos”. Así de corta y contundente es la lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para hoy (Lc 12,35-38).

Esta lectura, que nos evoca la parábola de las vírgenes necias y prudentes (Mt 25,1-13), enfatiza la necesidad de permanecer vigilantes, con la cintura ceñida (el delantal de trabajo puesto) y la lámpara (de la fe) encendida, pues nadie sabe el día en que el Señor “regresará”. Esa figura de ceñirnos el “delantal de trabajo” nos apunta a que tenemos que estar siempre prestos a servir (Cfr. Lc 17,8; Jn 13,4; Ef 6,14); y la lámpara encendida nos recuerda que debemos estar prestos a la acción, a servir en todo momento, día y noche.

La lectura nos habla del Señor que “vuelve” de la boda, el único evento del cual los judíos del tiempo de Jesús llegaban tarde en la noche. Y nos dice que tenemos que estar listos para abrirle “apenas venga y llame”.  Si Jesús llega de imprevisto nos corremos el riego de no estar preparados. Podríamos pensar que esta lectura tiene un sentido escatológico, es decir, que se refiere únicamente a esa “segunda venida” de Jesús en el final de los tiempos. Pero, como digo siempre a mis estudiantes, la Palabra de Dios es “viva y eficaz”, y nos habla, nos interpela aquí y ahora.

La pregunta obligada es: ¿Estoy preparado para servir en todo momento, en toda circunstancia? Si el Señor llega, ¿me encontrará con el delantal ceñido a la cintura? ¿Y cómo puede el Señor llegar si no al final de los tiempos? Cuando el Señor me habla a través de su Palabra en las celebraciones litúrgicas, ¿le presto atención?, ¿le escucho? “El que los escucha a ustedes, me escucha a mí; el que los rechaza a ustedes, me rechaza a mí” (Lc 10,16). Cuando me encuentro con un hermano necesitado, ¿estoy presto a servirle, a llenar su necesidad? “Porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer…” (Mt 25,35-36). Si mantengo encendida la lámpara de la fe, ¿no puedo acaso encontrar a Jesús en todos los acontecimientos de mi vida, en mis penas, mis alegrías, mis triunfos, mis fracasos?

Por eso, tenemos que mantenernos vigilantes y despiertos, para que cuando el Señor llegue podamos escucharle, reconocerle y abrirle, para dejarle entrar en nuestros corazones. “Mira que estoy a la puerta y llamo: si uno escucha mi voz y me abre, entraré en su casa, y comeré con el y él conmigo” (Ap 3,20). Y entonces Él se ceñirá el delantal, “nos hará sentar a la mesa y nos irá sirviendo”.

En este santo día, pidamos al Señor que nos conceda la gracia de mantenernos vigilantes para servirle en todo momento y lugar.

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REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SEMANA XXIX DEL T.O. (2) 20-10-14

riqueza-amor

La liturgia para este lunes de la vigesimonovena semana del Tiempo Ordinario nos presenta otro pasaje exclusivo de Lucas (12,13-21). El pasaje comienza con uno que se acerca a Jesús y le pide que sirva de árbitro entre su hermano y él para repartir una herencia que habían recibido, una función que los rabinos eran llamados a ejercer en tiempos de Jesús. Pero Jesús, quien obviamente era reconocido como rabino por su interlocutor, no acepta la encomienda, ya que su misión es otra: Anunciar el Reino y los valores del Reino; llamar a los hombres a seguir a Dios como valor absoluto, por encima de todos los bienes terrenales; a poner nuestra confianza en Dios, no en el dinero ni ninguna otra cosa.

Como siempre, queremos enfatizar que Jesús no condena la riqueza por sí misma. El dinero ni es bueno ni es malo. Lo que es bueno o malo es el uso que podamos dar a ese dinero. Lo que Él condena es el apego y confianza en el dinero como seguridad nuestra por encima de los valores del Reino. Se trata de no permitir que la riqueza se convierta en un obstáculo para nuestra salvación (Cfr. Lc 18,23; Mt 19,22).

Por eso le dice al hombre: “Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes”. Inmediatamente le propone una parábola; la del hombre que tuvo una cosecha extraordinaria y piensa construir graneros más grandes para acumular su cosecha, para luego darse buena vida con la “seguridad” que su riqueza le brinda. La parábola termina con cierta ironía: “Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?” Así será el que amasa riquezas para si y no es rico ante Dios”. Eso nos recuerda a Job: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allí” (Job 1,21).

Las riquezas que podamos acumular en este mundo palidecen ante los valores del Reino, pues los últimos son los que vamos a poder llevar ante la presencia del Señor el día del Juicio. Y como siempre, Jesús es un maestro que nos da las contestaciones al examen antes de que lo tomemos. En las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12) y en la parábola del Juicio Final (Mt 25,31-46), Jesús nos dice sobre qué vamos a ser examinados ese día. San Juan de la Cruz lo resume así: “Al atardecer de la vida, seremos examinados en el amor”.

Hoy, pidamos al Señor que nos conceda los dones de las Bienaventuranzas para que podamos poner nuestra confianza en Él y en los valores del Reino por encima de toda riqueza, persona, o bienes materiales, pues así tendremos “una gran recompensa en el cielo” (Mt 5,12).

“Oh Dios, Padre bueno y misericordioso: Buscamos con frecuencia seguridad y garantía en cosas que anhelamos poseer y acaparar. No permitas que las cosas nos posean y controlen,… y danos el valor de buscar primero las riquezas de tu reino por medio de Jesucristo, nuestro Señor” (de la Oración Colecta).

Que pasen una linda semana llena de PAZ.

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REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO XXIX DEL T.O. (A) 19-10-14

al cesar lo que es del cesar

“Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Con esta frase lapidaria culmina la lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Mt 22,15-21). Esta es una de esas frases bíblicas que compiten por el premio a la más citada.

Los fariseos, molestos con la manera en que el mensaje de Jesús iba socavando su base de poder político-religioso, decidieron enviar unos discípulos de ellos junto a unos herodianos para tratar de “entramparlo” y ver si fallaba para poder acusarlo.

Luego de adularlo (“Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea.”), como preparando el camino para luego propinarle la zancadilla, le formulan la pregunta: “¿Es lícito pagar impuesto al César o no?” Una pregunta cargada, como todas las que siempre le formulan. Si contesta que sí, se echa en contra al pueblo que resiente la opresión política de parte del Impero Romano. Si contesta que no, se echa en contra a las autoridades romanas o, al menos a las autoridades de Herodes, quien actuaba como “monigote” del Imperio, y podían acusarlo de revolucionario, sedicioso, que fue lo que eventualmente lograron (por ese cargo le fabricaron un caso y lo condenaron a muerte).

Jesús, maestro del arte del debate, luego de desenmascararlos pone al descubierto frente a todos su mala voluntad: “¿Hipócritas, ¿por qué me tentáis”. Luego, utilizando su estilo habitual, pide que le traigan una moneda y les contesta con otra pregunta: “¿De quién son esta cara y esta inscripción?” Le contestaron: “Del César”. Es ahí cuando Jesús replica con su frase lapidaria.

Jesús nos está dando una lección de civismo; Él reconoce la necesidad de una autoridad civil, necesaria para que haya orden social, y nos pide que cumplamos con nuestros deberes ciudadanos (en Mt 17,27 Jesús manda a Pedro ir a pescar un pez, y le dice que pague el impuesto con la moneda que encontrase en la boca del primer pez). Pero aprovecha para recordarnos que no debemos mezclar ambos dominios. “Lo que es de Dios a Dios”.

La moneda que le muestran tiene una imagen humana, la del César. Por eso el César recibe lo que le es propio. Pero aun el emperador es imagen y semejanza de Dios, y su autoridad temporal proviene de Dios, o es permitida por Dios (Cfr. Jn 19,11). Dios tiene su propia esfera también, y esa esfera es prioritaria. Si bien no debemos mezclar ambos dominios, tampoco debemos contraponerlos.

Por eso no debemos identificar la religión con los intereses políticos, ni inmiscuir los intereses políticos en la religión. El resultado es desastroso siempre. Crea una polarización en el pueblo en la que quien único pierde es la religión, pues a los políticos poco les importa, siempre que logren sus objetivos.

“Lo que es del César pagádselo al César, y lo que es de Dios a Dios”.

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REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SAN LUCAS, EVANGELISTA 18-10-14

San Lucas

Hoy celebramos la Fiesta de san Lucas, evangelista, y el Evangelio de hoy (Lc 10,1-9) nos narra una vez más el envío de los “setenta y dos” a los lugares que él pensaba visitar; una especie de “avanzada” como las que usan los políticos de nuestro tiempo, para ir preparando el camino para su llegada. Ese envío es precedido por la famosa frase de Jesús: “La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”.

Desde los inicios de su vida pública Jesús había dejado establecida su misión: “También a las otras ciudades debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para eso he sido enviado” (Lc 4,43). En el pasaje de hoy Jesús continúa su “subida” final a la ciudad Santa de Jerusalén en donde culminará su obra redentora. Tiene que adiestrar a los que va a dejar a cargo de anunciar la Buena Noticia del Reino, y los envía en una misión “de prueba”, para que experimenten la satisfacción y el rechazo, la alegría y la frustración; para que se curtan. Más adelante les dirá: “Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Noticia a toda la creación” (Mc 16,15).

En la primera lectura (2 Tim 4,10-17) encontramos a Pablo, apóstol de los gentiles, continuando la obra misionera de Jesús, y repartiendo a sus discípulos y colaboradores. Solo Lucas permanece con él. La mies es abundante y los obreros pocos, así que hay que maximizar el rendimiento de cada uno de los “obreros”. Pablo sabe que los envía “como corderos en medio de lobos”, y les advierte de los peligros. Pero los despide con un mensaje de esperanza: “…el Señor me ayudó y me dio salud para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran los gentiles”. Jesús lo había prometido antes de su partida: “Y yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,10).

Especialmente a partir del Concilio Vaticano II, esa misión evangelizadora no está limitada al clero ni a los de vida consagrada; nos compete también a todos los laicos. Lo bueno es que el mismo Jesús nos dejó las instrucciones y, mejor aún, prometió acompañarnos. ¿Cómo podemos rechazar esa oferta? Con razón san Pablo decía: “¡Ay de mi si no evangelizo!” (1 Cor 9,16). ¿Quieres gozar de la compañía de Jesús? ¡Evangeliza!

El papa Francisco ha enfatizado el talante misionero de la Iglesia, exhortándonos a salir del encierro de nuestras iglesias y comunidades de fe hacia la calle: “Quiero agitación en las diócesis, quiero que la Iglesia salga a la calle, quiero que nos defendamos de todo lo que sea clericalismo, de lo que sea comodidad (…) Si no salen, las instituciones se convierten en ONG (organizaciones no gubernamentales) y la Iglesia no puede ser una ONG”.

Tal como Jesús envió a los “setenta y dos” y Pablo a sus discípulos y colaboradores, hoy Francisco nos envía a todos a proclamar la Buena Noticia del Reino, y a continuar construyéndolo con nuestras obras, especialmente nuestro acercamiento a los marginados de la sociedad, para que ellos puedan experimentar el amor de Dios. Anda, ¡atrévete!

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REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA SEMANA XXVIII DEL T.O. 17-10-14

Espíritu Santo med

La liturgia de hoy nos introduce a la Carta a los Efesios (1,11-14). Éfeso era un importante centro de comercio durante esa época. Pablo fundó allí una comunidad cristiana, a la que luego le escribe esta carta. El pasaje que leemos hoy recoge el pensamiento de Pablo respecto a la igualdad entre judíos y gentiles en la Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios. Debemos recordar que Pablo (Saulo), de ascendencia judía, vivió en la ciudad de Tarso, rodeado de paganos. Tal vez por eso Jesús lo reclutó en el camino a Damasco para que predicara el Evangelio a los gentiles. Y es precisamente por y en la persona de Cristo que se logra finalmente esa “reconciliación” entre judíos y paganos.

En el comienzo de la carta Pablo les recuerda a los Efesios que los Israelitas, el “pueblo elegido” que esperaba el Mesías prometido, habían recibido primero la “herencia” de la salvación con la llegada de Jesucristo. Ahora ellos también, al escuchar y acoger la Palabra salvífica de Jesús, eran acreedores a esa “herencia” (uno de los efectos del Bautismo es convertirnos en “coherederos” de la gloria).

Pablo utiliza una imagen que vale la pena señalar: “…habéis sido marcados por Cristo con el Espíritu Santo prometido, el cual es prenda de nuestra herencia”. La palabra griega utilizada por Pablo en este pasaje es la misma que se utilizaba para designar la marca o sello con que los pastores marcaban sus ovejas para identificarlas como suyas. Pablo quiere enfatizar que la presencia del Espíritu en nosotros nos “marca” para ser reconocidos por Jesús como ovejas de su rebaño (Cfr. Ap 22,4).

Por otro lado, nos dice que el Espíritu es “prenda de nuestra herencia”. “Prenda” en derecho significa “arras”, algo que se entrega para garantizar el cumplimiento de una obligación, de una promesa. Con esto Pablo quiere significar que el Espíritu que hemos recibido es una especie de “adelanto” o “primicia” de la herencia plena que hemos de recibir en el día final, cuando formemos parte de esa multitud, imposible de contar, de gentes de toda nación y raza, pueblo y lengua, que comparecerá ante el Cordero (Ap 7,9). Esa es la promesa de Jesús a los que lo siguen. Y tanto judíos como paganos son acreedores a esa herencia. La “Alianza” del “pueblo elegido” se heredaba por la carne. La “Nueva Alianza” instituida por Cristo se “hereda” por la difusión del Espíritu.

Hoy podemos decir lo mismo respecto a los que estamos “adentro” de la Iglesia y los que están “afuera”. Todos podemos ser acreedores a esa herencia. Tan solo hay que acoger la Palabra de Jesús y recibir el Espíritu.

Y es el Espíritu el que nos impulsa, nos mueve, para seguir el Camino que nos conduce a la plenitud de esa herencia que se nos tiene prometida. Hoy, pidamos al Espíritu que se nos ha dado en prenda, que nos guíe hacia la plenitud de la filiación divina que nos convertirá en coherederos de la gloria por toda la eternidad.

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REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA SEMANA XXVIII DEL T.O. (2) 16-10-14

 

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La lectura evangélica de hoy (Lc 11,47-54) nos presenta a Jesús continuando su ataque implacable contra las actitudes hipócritas y legalistas de los fariseos y los doctores de la Ley, lanzando “ayes” contra ellos.

Comienza criticando la costumbre de los de su tiempo de erigir monumentos y mausoleos a los profetas que habían sido asesinados por sus antepasados porque sus palabras les resultaban incómodas, mientras ellos mismos ignoraban el mensaje del Profeta de profetas que tenían ante sí, y terminarían asesinándolo también: “¡Ay de vosotros, que edificáis mausoleos a los profetas, después que vuestros padres los mataron! Así sois testigos de lo que hicieron vuestros padres, y lo aprobáis; porque ellos los mataron, y vosotros les edificáis sepulcros. Por algo dijo la sabiduría de Dios: ‘Les enviaré profetas y apóstoles; a algunos los perseguirán y matarán’; y así, a esta generación se le pedirá cuenta de la sangre de los profetas derramada desde la creación del mundo; desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías, que pereció entre el altar y el santuario”.

“Todo tiempo pasado fue mejor”, solemos decir. Y recordamos con nostalgia los tiempos de antaño, cuando había respeto por la vida y propiedad ajenas, y Dios y la Iglesia formaban parte de nuestra vida diaria, de nuestras familias, y de todas nuestras instituciones públicas y privadas. Y a veces nos preguntamos qué pasó, en donde perdimos esos valores, en qué esquina dejamos a Dios y a la Iglesia, al punto que ya Dios no está presente en nuestras vidas, ni en nuestras escuelas, ni en nuestras instituciones, ni en algunas de nuestras iglesias…

Y construimos monumentos y mausoleos en nuestras mentes para honrar aquellos tiempos. Pero olvidamos la pregunta más importante: ¿Quién o quiénes “mataron” aquellos tiempos, aquellos valores, cuya pérdida ha precipitado nuestra Iglesia y nuestra sociedad en un espiral hacia la nada? No se trata de adjudicar “culpas” (después de todo la culpa siempre es huérfana), se trata de adjudicar responsabilidades.

Nosotros, los que añoramos y veneramos aquellos tiempos, y a los profetas que fueron ignorados, cuyos mensajes fueron “asesinados”, ¿no somos responsables por habernos cruzado de brazos mientras nuestra sociedad y nuestra Iglesia se venían abajo, ignorando las voces de los “profetas” que clamaban por la justicia y la paz? Lo he dicho y no me canso de repetirlo: El gran pecado de nuestros tiempos es el pecado de omisión.

Más aun, ¿escuchamos las voces de los profetas de nuestro tiempo, como el papa Francisco, que nos llaman a practicar la misericordia, a acoger, sobre todo a los más necesitados (los pobres, los enfermos, los inmigrantes, los presos, los analfabetas, las viudas, los divorciados y vueltos a casar, los huérfanos, los homosexuales)? Como nos dice Francisco: “La caridad que deja a los pobres tal y como están no es suficiente. La misericordia verdadera, aquella que Dios nos da y nos enseña, pide justicia, pide que el pobre encuentre su camino para dejar de serlo”.

Hagamos examen de conciencia, porque las palabras de Jesús a los de su generación son igualmente aplicables a nosotros: “Sí, os lo repito: se le pedirá  cuenta a esta generación”.

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REFLEXIÓN PARA LA MEMORIA DE SANTA TERESA DE JESÚS 15-10-14

Santa Teresa

Hoy celebramos la memoria obligatoria de Santa Teresa de Jesús, también conocida simplemente como Teresa de Ávila, virgen y doctora de la Iglesia, mística y fundadora de las Carmelitas Descalzas. Es una de las tres doctoras de la Iglesia. Las otras dos son Santa Catalina de Siena y Santa Teresita del Niño Jesús.

Aunque el calendario litúrgico pastoral para nuestra provincia eclesiástica propone las lecturas correspondientes al miércoles XXVIII del tiempo ordinario, hoy comentaremos la lectura evangélica que nos propone la liturgia propia de la memoria, que es la misma que leíamos el pasado decimocuarto domingo del tiempo ordinario (Mt 11,25-30). En nuestra reflexión para ese día centramos nuestra atención en el versículo 28: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.

Las lecturas de hoy, sin embargo, nos hacen resaltar los versículos 25 y 29: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor”; y “Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso”.

Ambos versículos son un eco de las primeras dos bienaventuranzas (Mt 5,3-4): “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra”. La pobreza de espíritu, que es del desapego de las cosas materiales, nos lleva a la mansedumbre, a la humildad, a no creernos superiores a los demás, a depender de la Providencia Divina. Solo entonces podremos abrir nuestros corazones al Espíritu Santo, que es el Amor que se profesan el Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros. Y ese amor es fuente de la verdadera Sabiduría.

La primera lectura (Eclo 15,1-6) nos apunta al origen de esa Sabiduría que caracterizó a las tres santas mujeres que mencionamos al principio, y que les valiera ser reconocidas como doctoras de la Iglesia sin tener grandes estudios teológicos; Sabiduría que “le saldrá al encuentro como una madre” al que logra ese grado de compenetración con el Misterio del Amor de Dios, que “lo ensalzará sobre sus compañeros, para que abra la boca en la asamblea”. Santa Teresa supo vivir el Amor de Dios a plenitud al punto de experimentar arrebatos místicos que le permitieron hacerse una con la fuente de todo Amor.

Teresa de Ávila supo también “cargar con el yugo” de Cristo, entregándose a vivir la verdadera pobreza evangélica, que la llevó a impulsar grandes reformas en la Orden del Carmelo.

Cristo nos muestra el camino al Padre: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso”. Cfr. Sal 22,2.

“Oh Dios de vida y amor: Santa Teresa de Jesús fue profundamente consciente de qué manera tan especial tú vives en lo más profundo de nosotros mismos. Que ella nos ayude a vivir la vida de Jesús como sarmientos vivos unidos a la vid, que den fruto inagotable de justicia, bondad y amor” (oración colecta).

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REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SEMANA XXVIII DEL T.O. 14-10-14

purificacion med

Continuamos en la liturgia el capítulo 11 de Lucas, y la lectura de hoy (Lc 11,37-41) nos presenta una vez más a Jesús criticando el ritualismo religioso de los fariseos, que enfatizaban el cumplimiento estricto con las prescripciones relativas a la purificación. De esa manera la pureza ritual se había convertido en lo verdaderamente importante, relegando a un segundo plano la pureza de corazón, que es la que verdaderamente agrada a Dios. La escena es típica: Un fariseo invita a Jesús a comer en su casa (hay toda una parte de la cristología que se dedica a “las comidas de Jesús”), y este se sienta a la mesa, y comienza a comer sin cumplir con las abluciones rituales que exigía la Mishná. Y Jesús lo hace con toda intención.

Aunque el pasaje no expresa claramente si el fariseo dijo algo, es obvio que al menos tiene que haber hecho un gesto de disgusto ante esa falta de “buenos modales” de Jesús. Jesús aprovecha la coyuntura para “catequizar”: “Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Dad limosna de lo de dentro, y lo tendréis limpio todo”.

La pregunta subyacente en las palabras de Jesús es: ¿Quién es puro delante de Dios, el que cumple estrictamente con las purificaciones rituales, o el que es puro de corazón? La contestación nos remite a Mt 15, 1-11, cuando los fariseos se acercaron a Jesús a “regañarle” porque sus discípulos no se lavaban las manos antes de comer, a lo que Jesús, luego de hablar de la hipocresía del ritualismo vacío, termina diciendo a la gente que le escuchaba: “Lo que entra por la boca del hombre no es lo que lo hace impuro. Al contrario, lo que hace impuro al hombre es lo que sale de su boca”.

“¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro?”. Nos está diciendo que el que hizo lo que captamos con los sentidos, es también el autor del “corazón”, de la conciencia humana, y que debemos prestar más atención a la pureza interior, a las cosas de esa realidad más profunda, lo más íntimo de nuestro ser, en donde solo Él y nosotros podemos ver.

“Dad limosna de lo de dentro, y lo tendréis limpio todo”. Jesús nos está señalando una vez más la supremacía del amor, ese amor que nos lleva a practicar la verdadera “limosna”, palabra cuyo significado, igual el de “caridad”, hemos tergiversado. La palabra limosna viene de la palabra griega eleemosýne, que significa “compasión”, sentimiento que Jesús manifiesta en múltiples ocasiones. Se trata de algo más que un mero sentimiento de “pena” por el abatido, por el desvalido; es hacerse uno con el que sufre; es el dolor que produce el sufrimiento de un ser amado, que nos lleva a derramar sobre ese hermano el amor de Dios que hemos recibido, como lo hacía Teresa de Calcuta. La compasión fue lo que llevó a Dios a diseñar un plan para redimirnos después de la caída (Cfr. Gn 3,15).

Esa es la “pureza” que agrada a Dios, y la que debemos pedir en nuestra oración.

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Aleteia: El Sínodo propone tratar a la familia con el mismo esquema que el diálogo ecuménico

sinodo familia

El Sínodo de la Familia en el Vaticano ha llegado a sus primeras reflexiones después de una semana de trabajos. El documento de síntesis presentado este viernes por el Relator General, Cardenal Péter Erdő expone las disertaciones de los 191 Padres sinodales convocados por el Papa Francisco provenientes de los 5 continentes. La “Relatio post disceptationem“ es la base para el documento final del Sínodo, que recoge las voces sinodales hasta elundécimo día de trabajos.
 
El cardenal Erdő advierte que el documento no expresa decisiones tomadas. Se trata de una guía para encontrar las vías de verdad y de misericordia para acompañar a las familias de hoy. “Es la esperanza que desde al comienzo de nuestros trabajos el Papa Francisco nos ha dirigido invitándonos a la valentía de la fe y a la acogida humilde y honesta de la verdad en la caridad” afirmó. 
 
En general, el documento que resume los trabajos está dividido en tres partes: I. La escucha: El contexto y los desafíos de la familia; II. La mirada en Cristo: el Evangelio de la Familia y   III.  El Encuentro: perspectivas pastorales.
 
En este Sínodo se trataron temas “espinosos” que declaradamente, los padres sinodales, han querido tratar desde la misericordia y el amor. 
 
Acoger a las personas homosexuales
 
Los padres sinodales también hablan de la acogida a las personas homosexuales. Aseguran que en esas uniones también pueden verse cosas que salvar y que la Iglesia debe atender pastoralmente a los niños de las parejas homosexuales (50-52). “La cuestión homosexual nos interpela a una reflexión seria sobre cómo elaborar caminos realísticos de crecimiento afectivo y de madurez humana y evangélica integrando la dimensión sexual: por lo tanto se presenta como un importante desafío educativo”.
 
Además, alertan de otros problemas en el occidente como “la transmisión de la vida y el desafío de la disminución de la natalidad” en  varias sociedades. 
 
El documento hace énfasis en el desafío de la educación y el rol de la familia en la evangelización. 
 
Matrimonios civiles y divorciados vueltos a casar son “semillas”
 
El texto asegura que es “necesario un discernimiento espiritual, acerca de las convivencias y de los matrimonios civiles y los divorciados vueltos a casar”. La Iglesia asume su papel de “reconocer estas semillas del Verbo dispersas más allá de sus confines visibles y sacramentales. Siguiendo la amplia mirada de Cristo, cuya luz ilumina a todo hombre (cf. Gv 1,9; cf. Gaudium et Spes, 22)”. 
 
El documento acepta con respeto las personas casadas civilmente y divorciados vueltos a casar y se esfuerza por ver las cosas buenas en estas uniones en la semilla del amor. “La Iglesia – continúa el documento – se dirige con respeto a aquellos que participan en su vida de modo incompleto e imperfecto, apreciando más los valores positivos que custodian, en vez de los límites y las faltas”.
 
La Iglesia propone una visión inclusiva de la Familia, siguiendo el horizonte del Concilio, además considera que otras religiones proponen este núcleo como un valor. Del mismo modo, el texto abre a un diálogo ecuménico velado considerando el patrimonio universal que representa la unión familiar. 
 
La Iglesia comprende que también las “raíces de  la visión cristiana de la familia, se despliegan a nivel histórico, en las diversas expresiones culturales y geográficas” escribe en la relación, el cardenal Erdő.
 
La uniones “de hecho” por motivos de miseria acogidas con “aspectos positivos”
 
Las uniones “de hecho” son muy numerosas (problemas de trabajo y salario fijo). Se debe también a que en muchos casos “en occidente” es un lujo casarse, “de modo que la miseria material empuja a vivir en uniones “de hecho”. “También en tales uniones es posible acoger los valores familiares auténticos o al menos el deseo de ellos”. La Iglesia dice que es necesario “el acompañamiento pastoral”.

Tomado de:

http://www.aleteia.org/es/religion/articulo/el-sinodo-propone-tratar-a-la-familia-con-el-mismo-esquema-que-el-dialogo-ecumenico-5845376577830912

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REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SEMANA XXVIII DEL T.O. (2) 13-10-14

Generacion perversa

El Evangelio de hoy (Lc 11,29-32) es uno de esos que está “preñado” de simbolismos y alusiones al Antiguo Testamento. Pero el mensaje es uno: Jesús nos llama a la conversión, y nosotros, al igual que los de su tiempo, también nos pasamos pidiendo “signos”, milagros, portentos, que evidencien su poder. Una vez más escuchamos a Jesús utilizar palabras fuertes contra los que no aceptan el mensaje de salvación de su Palabra: “Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación”.

Aun los que decidimos seguir al Señor y proclamar su Palabra, en ocasiones nos sentimos frustrados y quisiéramos que Dios mostrara su poder y su gloria a todos, para que hasta los más incrédulos tuvieran que creer, experimentar la conversión. Y es que se nos olvida la cruz. Si fuera asunto de signos, las legiones celestiales habrían intervenido para evitar su arresto y ejecución. El que vino a servir y no a ser servido no necesita más signo que su Palabra, pero esa Palabra nos resulta un tanto incómoda; a veces nos hiere, nos “desnuda”. Por eso la ignoramos…

Jesús le pone a los de su tiempo el ejemplo de Jonás, que con su predicación, sin necesidad de signos, convirtió a los habitantes de Nínive, una ciudad pagana a la que Yahvé le envió a predicar (Jon 3). Le bastó a Jonás un recorrido de un día por las calles de la ciudad, para que hasta el rey se convirtiera y emitiera un decreto ordenando al pueblo al ayuno y la penitencia. Sin embargo a Jesús, “que es más que Jonás”, no lo escucharon. No le escucharon porque les faltaba fe, que no es otra cosa que “la garantía de lo que se espera, la prueba de lo que no se ve” (Gál 11,1). Exigían signos, “ver para creer”, como Tomás (Jn 20,25).

Jesús pone también como ejemplo a la reina de Saba (“la reina del sur”), una reina también pagana, que viajó grandes distancias para escuchar la sabiduría de Salomón. Es decir, compara a los de su “generación” con los paganos y les dice que primero se salvan estos antes que ellos. “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron. Pero a todos los que lo recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1,11).

Hoy que tenemos la Palabra de Jesús, sus enseñanzas, y su Iglesia con los sacramentos que Él instituyó, tenemos que preguntarnos: ¿Es eso suficiente para creer, para moverme a una verdadera conversión, o me gustaría al menos “un milagrito” para afianzar esa “conversión”?

En esta semana que comienza, pidamos al Señor que nos conceda el don de la fe, y la valentía para deshacernos de todo lo que nos impide la conversión plena.

Que tengan una linda semana llena de la PAZ que solo la fe en Cristo Jesús puede traernos.

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