REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DUODÉCIMA SEMANA DEL T.O. (2) 26-06-20

Entonces Jesús le dijo: “Quiero, queda limpio”.

La lectura evangélica (Mt 8,1-4) que nos propone para la liturgia de hoy, tan corta y a la vez profunda, nos presenta el primero de una serie de milagros que Jesús realizará después de su discurso evangélico; milagros que convierten en acción lo que ha expresado en su enseñanza.

Y para ello Mateo escoge la narración de la curación de un leproso. Este hecho es significativo pues, como hemos señalado en otras ocasiones, Mateo escribe su relato evangélico para los judíos de Palestina convertidos al cristianismo. Para los judíos la lepra era la más catastrófica de todas las enfermedades, pues no solamente iba carcomiendo lentamente a la persona, sino que la tornaba “impura” (por lo que le estaba prohibido tocarle, ni él podía tocar a nadie), lo que le impedía participar del culto y le excluía de toda convivencia social.  Se convertía en un verdadero “marginado”. Según la Ley, para evitar el contacto con la gente, los leprosos tenían que llevar la ropa rasgada, desgreñada la cabeza, taparse “hasta el bigote”, e ir gritando: “¡Impuro, impuro!” (Lv 13,45). De hecho, para la mentalidad judía de la época se creía que la lepra era resultado del pecado.

A pesar de eso, el leproso se atreve a acercarse a Jesús (un caso parecido, aunque más dramático que el de la mujer hemorroísa – Mc 5,25-34). Y en un acto de fe, se arrodilla ante Jesús y le dice: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. No le está pidiendo un “favor”. Dice “si quieres, puedes”, es decir, reconoce que para Jesús TODO es posible… también reconoce que no depende de él, sino de la voluntad de Dios, y está dispuesto a acatarla…

La respuesta de Jesús no se hace esperar, y es tan inesperada como la osadía de aquél hombre. Poniendo por obra su predicación sobre la primacía del amor, “extendió la mano y lo tocó”. Algo impensado para un judío, pues la Ley declaraba también impuro al que tocara a un leproso. La compasión, el amor, por encima de todo. Ese acto sencillo de parte de Jesús le devolvió la dignidad a aquel hombre que había sido separado de la sociedad.

Trato de imaginar cómo se sintió aquél hombre ante el toque tibio de la mano amorosa de Jesús al posarse sobre sus llagas… ¡Cuánto tiempo haría que su piel no sentía el contacto con otro ser humano! Entonces Jesús le dijo: “Quiero, queda limpio”. Su fe le había curado.

Y para demostrar que Él no había venido a abolir la Ley sino a darle plenitud, mandó al hombre a presentarse al sacerdote para que le declarara limpio de la lepra, según mandaba la Ley (Lv 14).

Señor, a veces mi alma está tan carcomida por el pecado como la carne del leproso. Hoy me arrodillo ante Ti y te digo: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DESPUÉS DE EPIFANÍA 09-01-20

“Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”.

“Nosotros amamos a Dios, porque él nos amó primero”. Con esta frase comienza el pasaje de la primera carta del apóstol san Juan que nos presenta la liturgia para hoy (1 Jn 4,19-5,4). Detengámonos un momento a meditar sobre el alcance y la profundidad de esa frase. Dios nos amó primero. Esta aseveración no está condicionada. Es absoluta. Dios nos ama, nos ha amado, antes de que le correspondiéramos, y aunque no le correspondamos. No nos ama porque seamos buenos, o virtuosos, o piadosos, o llenos de amor. Nos ama tal y como somos: pecadores, egoístas, viciosos, con carácter deforme. Dios no escatima en su amor. Él ama inclusive a aquellos que no creen en Él, a aquellos que le persiguen (Jn 13,34-35).

Recuerdo haber escuchado a un sacerdote decir a un niño: “Dios ama a los niñitos que se portan bien”. Y yo me pregunté: ¿es que acaso no ama a los que no se “portan bien”? Dios nos ama primero precisamente para capacitarnos a amar, para salvarnos; para inundar nuestro corazón con su amor de manera que podamos amar a nuestros hermanos, y amándolos a ellos amarlo a Él. Una vez nos dejamos seducir por Su amor, amamos al prójimo y cumplimos los mandamientos; no por temor, sino por amor. Es la ley del amor.

Por eso el mensaje de Jesús resultaba atractivo para el pueblo, especialmente aquellos que eran marginados de la sociedad, a quienes se les consideraba inmerecedores de la gracia y el amor de Dios. Jesús, con su carisma y sabiduría, había logrado cautivar las multitudes. Nos dice el Evangelio de hoy (Lc 4,14-22) que su fama se había extendido por toda la Galilea. Podríamos decir que se encontraba en el pináculo de su popularidad como predicador. Se había convertido en lo que hoy llamaríamos un “celebrity”. En ese momento decide regresar a su pueblo de Nazaret, pero cambiado. Ya no era aquel carpintero que había salido de su pueblo hacía más de dos años. Imagino que todos estaban ávidos de escucharle.

Nos dice la escritura que Jesús entró en la sinagoga, se puso en pie para hacer la lectura, y encontró el pasaje del profeta Isaías que dice: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor”. Y al terminar de leer, a manera de homilía, dijo a los presentes: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Es el llamado “discurso programático” de Jesús, que constituye. Es la culminación de su manifestación, de aquella “epifanía” que celebramos hace apenas tres días.

Esas palabras de Jesús constituyen una proclamación del amor gratuito de Dios a toda la humanidad (incluyendo a los paganos), estableciendo su “opción preferencial” por los pobres, los cautivos, los ciegos. En ese momento queda definida la misión de Jesús, asistido por el Espíritu Santo. Y nosotros, con la ayuda del Espíritu, estamos llamados a continuar la proclamación de ese mismo Amor.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA VIGÉSIMO OCTAVA SEMANA DEL T.O. (1) 17-10-19

La lectura evangélica de hoy (Lc 11,47-54) nos presenta a Jesús continuando su ataque implacable contra las actitudes hipócritas y legalistas de los fariseos y los doctores de la Ley, lanzando “ayes” contra ellos.

Comienza criticando la costumbre de los de su tiempo de erigir monumentos y mausoleos a los profetas que habían sido asesinados por sus antepasados porque sus palabras les resultaban incómodas, mientras ellos mismos ignoraban el mensaje del Profeta de profetas que tenían ante sí, y terminarían asesinándolo también: “¡Ay de vosotros, que edificáis mausoleos a los profetas, después que vuestros padres los mataron! Así sois testigos de lo que hicieron vuestros padres, y lo aprobáis; porque ellos los mataron, y vosotros les edificáis sepulcros. Por algo dijo la sabiduría de Dios: ‘Les enviaré profetas y apóstoles; a algunos los perseguirán y matarán’; y así, a esta generación se le pedirá cuenta de la sangre de los profetas derramada desde la creación del mundo; desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías, que pereció entre el altar y el santuario”.

“Todo tiempo pasado fue mejor”, solemos decir. Y recordamos con nostalgia los tiempos de antaño, cuando había respeto por la vida y propiedad ajenas, y Dios y la Iglesia formaban parte de nuestra vida diaria, de nuestras familias, y de todas nuestras instituciones públicas y privadas. Y a veces nos preguntamos qué pasó, en donde perdimos esos valores, en qué esquina dejamos a Dios y a la Iglesia, al punto que ya Dios no está presente en nuestras vidas, ni en nuestras escuelas, ni en nuestras instituciones, ni en algunas de nuestras iglesias…

Y construimos monumentos y mausoleos en nuestras mentes para honrar aquellos tiempos. Pero olvidamos la pregunta más importante: ¿Quién o quiénes “mataron” aquellos tiempos, aquellos valores, cuya pérdida ha precipitado nuestra Iglesia y nuestra sociedad en un espiral hacia la nada? No se trata de adjudicar “culpas” (después de todo la culpa siempre es huérfana), se trata de adjudicar responsabilidades.

Nosotros, los que añoramos y veneramos aquellos tiempos, y a los profetas que fueron ignorados, cuyos mensajes fueron “asesinados”, ¿no somos responsables por habernos cruzado de brazos mientras nuestra sociedad y nuestra Iglesia se venían abajo, ignorando las voces de los “profetas” que clamaban por la justicia y la paz? Lo he dicho y no me canso de repetirlo: El gran pecado de nuestros tiempos es el pecado de omisión.

Más aun, ¿escuchamos las voces de los profetas de nuestro tiempo, como el papa Francisco, que nos llaman a practicar la misericordia, a acoger, sobre todo a los más necesitados (los pobres, los enfermos, los inmigrantes, los presos, los analfabetas, las viudas, los divorciados y vueltos a casar, los huérfanos, los homosexuales)? Como nos dice Francisco: “La caridad que deja a los pobres tal y como están no es suficiente. La misericordia verdadera, aquella que Dios nos da y nos enseña, pide justicia, pide que el pobre encuentre su camino para dejar de serlo”.

Hagamos examen de conciencia, porque las palabras de Jesús a los de su generación son igualmente aplicables a nosotros: “Sí, os lo repito: se le pedirá  cuenta a esta generación”.

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO DEL T.O. (C) 01-09-19

“Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos”.

La primera lectura que nos ofrece la liturgia para este vigesimosegundo domingo del tiempo ordinario está tomada del libro del Eclesiástico (3,17-18.20.28-29). Este libro se conoce también como Sirácides, o Ben Sirac y es uno de los llamados “deuterocanónicos” que no están incluidos en el canon Palestinense del Antiguo Testamento. Por eso tampoco lo encontraremos en la Biblia protestante. Y es una lástima, porque este es un libro cuya finalidad es orientar la vida en armonía con la ley y, sobre todo, recalcar la importancia de la moral y la religión como bases para la mejor educación integral del hombre.

Así, por ejemplo, el pasaje de hoy nos ofrece un sabio consejo relacionado con la importancia de proceder con humildad en todas las instancias de nuestras vidas: “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios, y revela sus secretos a los humildes”. Años más tarde, Jesús recogerá esa sabiduría en su oración: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito” (Mt 11,25-26).

De igual  modo, Jesús nos pediría que le siguiéramos en el camino de la humildad, que es producto del amor y se traduce en el servicio al prójimo: “aprendan de mí, porque soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). Mas no se limitó a decirlo, sino que nos dio el mayor ejemplo de humildad al lavar los pies de sus discípulos (Jn 13,1-15).

Siguiendo la misma línea, en el evangelio que nos ofrece la liturgia para hoy (Lc 14,1.7-14) Jesús advierte a los fariseos que es preferible ocupar los últimos lugares (últimos en términos de importancia) antes que los primeros, pues nos corremos el riesgo de que llegue otro “de más categoría” que nosotros y nos pidan que le cedamos nuestro puesto. Por el contrario, es preferible ocupar los últimos puestos y que el anfitrión nos diga “Amigo, sube más arriba”. Uno de los defectos de los fariseos precisamente era el deseo de figurar. Por eso Jesús recalca: “todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. Jesús se refiere por supuesto a la humildad de corazón, pone su énfasis en la conversión interior, no en lo exterior. El día del juicio seremos juzgados, no por los honores y puestos que obtuvimos, sino por cuánto servimos a otros, cuánto amamos.

A renglón seguido Jesús cambia su enfoque de los invitados a su anfitrión. Para ello usa la figura del “banquete”, que en términos bíblicos se refiere al Reino de los cielos: “Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos”. Esa invitación a los marginados a sentarse a nuestra mesa implica solidarizarse, hacerse uno con ellos. Así, en el día final cuando ellos, por quienes Jesús siempre mostró preferencia sean llamados a entrar en el Reino, el Padre nos dirá a nosotros también: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo” (Mt 25,34).

No olviden visitar la Casa del Padre; Él les espera…

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA DECIMONOVENA SEMANA DEL T.O. (1) 13-08-19

“…el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos”.

El evangelio que nos propone la liturgia para hoy (Mt 18,1-5.10.12-14) forma parte del “discurso eclesiástico” de Jesús contenido en el capítulo 18 de Mateo. En esta lectura encontramos el pasaje en que los discípulos le preguntan a Jesús que quién es el más importante en el reino de los cielos. Tal parece que los discípulos no han comprendido en su totalidad el mensaje de Jesús, y continúan haciendo referencia a conceptos políticos.

Jesús, con la paciencia que lo caracteriza, lejos de regañarles, opta por un ejemplo. Tomó un niño, lo puso en medio y dijo: “Os aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos”.

Para comprender el alcance de estas palabras de Jesús, tenemos que comprender lo que significaba ser un niño en tiempos de Jesús. En esa época un niño no valía nada, no se le reconocía derecho alguno. Dependía totalmente de su padre, y si era huérfano, se convertía en un marginado, un anawim, un “pobre de Yahvé”, que dependía totalmente de Dios y su Divina Providencia. Anawim se equipara a los “mansos” que se mencionan en las Bienaventuranzas (Mt 5,4), como aquellos que heredarán la tierra (En el Salmo 37,11 se traduce como “humildes”).

No debemos confundir las palabras de Jesús con comportarnos como niños, con asumir una actitud infantil hacia Dios y las cosas del Reino. Por el contrario, las cosas del Reino hay que abordarlas con toda seriedad. Lo que Jesús nos está recalcando es que para entrar en el Reino de los Cielos tenemos que hacernos disponibles como un niño, es decir, ser sencillos, transparentes, no pretender los primeros puestos. Solo tendrán cabida en el Reino los humildes, los que estén dispuestos a servir a los demás, y en consecuencia, estén dispuestos a amar a los más insignificantes. Por eso añade que: “El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial”.

Jesús fue el mejor ejemplo de lo que es un anawim. Nació, vivió y murió como un pobre más, y siempre hizo la voluntad de su Padre. Fue objeto de burlas, menosprecio, persecución… Los que pretendemos seguir a Jesús hemos de estar conscientes de que esas burlas, esos menosprecios, esas persecuciones, constituyen para nosotros la manera de seguir sus pasos hacia esa Jerusalén celestial que nos tiene prometida.

Eso es lo que yo constantemente llamo la “letra chicha” contenida en la invitación que Jesús no cesa de hacernos para que le sigamos.

En este día pidamos al Espíritu Santo que nos concede el don de la mansedumbre y humildad para seguir los pasos de Jesús, de manera que que seamos acreedores a la gloria que se nos tiene prometida.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (1) 02-03-19

En ocasiones anteriores hemos dicho que de todos los evangelistas Marcos es quien más acentúa la dimensión humana de Jesús. El pasaje que nos presenta la lectura evangélica que contemplamos hoy (Mc 10,13-16) es un ejemplo vivo de ello.

Nos dice la Escritura que la gente le acercaba a Jesús niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al ver esta actitud en sus discípulos, Jesús se enfadó (otras versiones dicen que se “indignó”) y les dijo la tan conocida frase: “Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él”. Añade la lectura que “los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos”.

Este es uno de esos pasajes que nos narran los tres sinópticos (Ver: Mt 19, 13-15; Lc 18, 15-17). Mateo menciona el hecho de que los discípulos les “reñían”, pero se limita a decir que Jesús pidió que permitieran a los niños acercarse y que les imponía las manos. Lucas se limita a mencionar lo primero, pero ni tan siquiera menciona que les impusiera las manos.

Marcos nos revela un Jesús muy humano, igual a nosotros en todo menos en el pecado (Cfr. Hb 4,15). Un Jesús capaz de enojarse ante la torpeza y falta de caridad de sus discípulos, y a la vez un Jesús tierno, amoroso, que abraza… sobre todo a los niños. ¡Qué diferencia entre la actitud de Jesús y la de sus discípulos! Hemos señalado que en tiempos de Jesús los niños eran seres insignificantes, ni tan siquiera se sentaban a la mesa con sus padres; se sentaban con los criados. Jesús se identifica con ellos, los acoge, los abraza. Con su gesto nos está demostrando, no solo sus sentimientos, sino su preferencia por los más pequeños, los más débiles, los más indefensos, los marginados.

Pero con sus palabras también nos está señalando la actitud que tenemos que seguir frente a Dios y las cosas de Reino. Tenemos que ser capaces de maravillarnos, ver las cosas sin dobleces, actuar espontáneamente, sin segundas intenciones ni agendas ocultas, ser capaces de acercarnos a Dios con la confianza y la inocencia de un niño: “el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él”.

No se trata de asumir una actitud “infantil” respecto a las cosas de Dios y del Reino. Se trata de confiar en la Divina Providencia, aprender a depender de Dios como lo hace un niño con su padre o, más aun, con su madre.

Para entrar en el Reino hay que despojarse de toda pretensión; hay que recordar que queremos entrar en un Reino donde el que reina se hizo servidor de todos.

Te lo aseguro. Si logras despojarte de toda ínfula de autosuficiencia, y bajar todas tus “defensas” ante la presencia de Dios, sentirás Su tierno y cálido abrazo, que sin necesidad de palabras te expresará el amor más grande que hayas experimentado jamás. Y no tendrás más remedio que compartirlo. De eso se trata el Reino.

No olviden visitar la Casa del Padre; Él les espera…

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA PRIMERA SEMANA DEL T.O. (1) 17-01-19

Jesús continúa su misión. En la lectura que nos presenta la liturgia de hoy (Mc 1, 40-45) vemos la reacción de Jesús ante un leproso que se presenta ante Él y le pide que lo cure: “Si quieres, puedes limpiarme”, le dice el leproso. Un acto de fe. Jesús se conmueve ante la situación del leproso: “Sintiendo lástima (la palabra griega utilizada significa “conmovido en las entrañas”), extendió la mano y lo tocó, diciendo: ‘Quiero: queda limpio’”.

De todos los evangelistas, Marcos es quien más acentúa la dimensión humana de Jesús. Marcos habla con toda naturalidad de las emociones intensas de Jesús, mientras que Mateo y Lucas tienden a omitirlas o mitigarlas en los pasajes paralelos (comparar este pasaje con los relatos paralelos en Mt 8,3 y Lc 5,12). Asimismo, en el pasaje de la curación del hombre con la mano paralizada, los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado para poder acusarle; entonces, mirándolos en torno a todos “con indignación (οργης = ira)” dice al paralítico: “extiende la mano…” (comparar Mt 12,13 y Lc 6,10).

No hay duda. Jesús es un hombre que comparte nuestras emociones. Pero también es Dios. Y Marcos no desaprovecha ninguna oportunidad para adelantar el objetivo de su relato evangélico: Demostrar que Jesús es el Hijo de Dios. Presentarlo como el gran taumaturgo o hacedor de milagros (Él sólo hace lo que en la mitología requiere de muchos).

Hay otro detalle que quisiéramos resaltar. La lectura nos dice que Jesús “tocó” al leproso, algo que chocaba con la ley, rayando en el escándalo. La lepra era la peor enfermedad de la época de Jesús. Nadie podía acercarse ni tocar a los leprosos. De hecho, los leprosos estaban aislados, marginados de la sociedad. Caminaban haciendo sonar una campana mientras gritaban: “¡Impuro, impuro!”, para que todos se alejasen (Cfr. Lv 13,45). Aun así, el leproso decide acercarse a Jesús. Reconoce su poder. Jesús, por su parte, quiere dejar establecido que el amor, la misericordia, están por encima de la ley, como cuando cura en sábado (Mc 3, 1-6; Lc 13-14).

La lectura nos dice que Jesús, luego de curar al leproso le pide que no se lo diga a nadie: “No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés”. El famoso “secreto mesiánico” del evangelio según san Marcos. Está claro que Jesús no quiere hacer alarde de su poder. Tampoco quiere comprometer su misión.

Como todo el que ha tenido un encuentro personal con Jesús, el leproso no puede contener su alegría. Tiene que compartir su experiencia con todos. “Cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes”.

Y tú, ¿has tenido un encuentro personal con Jesús? Si de veras lo has tenido, no podrás contener las ganas de compartir esa experiencia con todos. De eso se trata…

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DESPUÉS DE EPIFANÍA 10-01-19

“Nosotros amamos a Dios, porque él nos amó primero”. Con esta frase comienza el pasaje de la primera carta del apóstol san Juan que nos presenta la liturgia para hoy (1 Jn 4,19-5,4). Detengámonos un momento a meditar sobre el alcance y la profundidad de esa frase. Dios nos amó primero. Esta aseveración no está condicionada. Es absoluta. Dios nos ama, nos ha amado, antes de que le correspondiéramos, y aunque no le correspondamos. No nos ama porque seamos buenos, o virtuosos, o piadosos, o llenos de amor. Nos ama tal y como somos: pecadores, egoístas, viciosos, con carácter deforme. Dios no escatima en su amor. Él ama inclusive a aquellos que no creen en Él, a aquellos que le persiguen (Jn 13,34-35).

Recuerdo haber escuchado a un sacerdote decir a un niño: “Dios ama a los niñitos que se portan bien”. Y yo me pregunté: ¿es que acaso no ama a los que no se “portan bien”? Dios nos ama primero precisamente para capacitarnos a amar, para salvarnos; para inundar nuestro corazón con su amor de manera que podamos amar a nuestros hermanos, y amándolos a ellos amarlo a Él. Una vez nos dejamos seducir por Su amor, amamos al prójimo y cumplimos los mandamientos; no por temor, sino por amor. Es la ley del amor.

Por eso el mensaje de Jesús resultaba atractivo para el pueblo, especialmente aquellos que eran marginados de la sociedad, a quienes se les consideraba inmerecedores de la gracia y el amor de Dios. Jesús, con su carisma y sabiduría, había logrado cautivar las multitudes. Nos dice el Evangelio de hoy (Lc 4,14-22) que su fama se había extendido por toda la Galilea. Podríamos decir que se encontraba en el pináculo de su popularidad como predicador. Se había convertido en lo que hoy llamaríamos un “celebrity”. En ese momento decide regresar a su pueblo de Nazaret, pero cambiado. Ya no era aquel carpintero que había salido de su pueblo hacía más de dos años. Imagino que todos estaban ávidos de escucharle.

Nos dice la escritura que Jesús entró en la sinagoga, se puso en pie para hacer la lectura, y encontró el pasaje del profeta Isaías que dice: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor”. Y al terminar de leer, a manera de homilía, dijo a los presentes: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Es el llamado “discurso programático” de Jesús, que constituye. Es la culminación de su manifestación, de aquella “epifanía” que celebramos hace apenas cuatro días.

Esas palabras de Jesús constituyen una proclamación del amor gratuito de Dios a toda la humanidad (incluyendo a los paganos), estableciendo su “opción preferencial” por los pobres, los cautivos, los ciegos. En ese momento queda definida la misión de Jesús, asistido por el Espíritu Santo. Y nosotros, con la ayuda del Espíritu, estamos llamados a continuar la proclamación de ese mismo Amor.

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO QUINTO DOMINGO DEL T.O. (B) 23-09-18

El Evangelio que nos brinda la liturgia de hoy (Mc 9,30-37) es el segundo anuncio de la pasión que Jesús hace a sus discípulos. El primero lo leíamos el pasado domingo (Mc 8,27-35). En esa ocasión veíamos a Pedro increpando a Jesús luego del anuncio, y a Jesús regañándolo por mirar con ojos de hombre los eventos que Él anticipaba, en lugar de verlos como hechos salvíficos.

En el relato evangélico de hoy vemos cómo, luego del anuncio de la pasión, los discípulos tampoco comprenden su alcance. En lugar de meditar sobre el mensaje de salvación que Jesús pretendía transmitirles, se pusieron a discutir entre sí quién era el más importante de ellos. De nuevo nos damos de frente con la naturaleza humana, que reúsa ver más allá de su propio bienestar, de su propia conveniencia. Una naturaleza humana marcada por la soberbia, que ha sido llamada “la madre de todos los pecados”, la que llevó a nuestros primeros padres a pretender ser iguales a Dios, introduciendo de ese modo el pecado y la muerte en el mundo.

Jesús, con la paciencia que lo caracteriza, luego de decirles que: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”, toma un niño, lo pone en medio de todos, lo abraza, y dice: “El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”. Para comprender el alcance de esa frase tenemos que entender que en la época de Jesús un niño no tenía derechos, era una mera posesión de sus padres, y si no los tenía y nadie lo acogía, valía lo mismo que un perro callejero. Jesús está enseñando a sus discípulos que ante el Padre la verdadera grandeza está en el servicio, sobre todo a los pobres y marginados, por quienes Él siempre mostró preferencia. Él mismo les daría la máxima lección de humildad lavando sus pies en la última cena.

Y no se trata de “dar”, se trata de “darse” a los demás. En Santa Teresa de Calcuta encontramos a alguien que supo entender a plenitud y poner en práctica el mensaje se Jesús. Abandonando todo, viviendo en extrema pobreza, supo darse en cuerpo y alma a los demás, especialmente a los más pobres de los pobres, en quienes aprendió a ver el rostro de Jesús; y acogiéndolos, era a Él a quien acogía; y no teniendo nada, se lo daba todo, les daba su amor. Como ella misma decía: “Cuanto menos poseemos, más podemos dar. Parece imposible, pero no lo es. Esa es la lógica del amor”.

Hoy, día del Señor, pidámosle nos conceda la humildad de espíritu que nos permita acercarnos a los más necesitados y ver en ellos el rostro de Jesús, de modo que acogiéndolos a ellos en Su nombre, lo acojamos a Él; y acogiéndolo a Él acojamos al Padre que lo envió.

Que pasen un lindo día y, si no lo han hecho aún, todavía están a tiempo de visitar la casa del Padre. ¡Bendiciones a todos!

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA DECIMOSÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (2) 04-08-18

En la primera lectura de ayer (Jr 26,1-9) el profeta Jeremías denunciaba nuevamente la “mala conducta” de pueblo, pero esta vez en el atrio de templo. Ya en el capítulo anterior les había profetizado la invasión por parte del rey Nabucodonosor. Al oír esto los sacerdotes y profetas se molestaron y lo declararon “reo de muerte”; y el pueblo se unió a ellos.

En la lectura que nos presenta la liturgia de hoy (Jr 26, 11-15.24), continuación de aquella, el profeta Jeremías se defiende reiterando que habla en nombre de Yahvé, quien le ha enviado a profetizar contra el templo y la ciudad de Jerusalén, advirtiéndoles que si se arrepienten y enmiendan su conducta “el Señor se arrepentirá de la amenaza que pronunció contra vosotros”. Dicho esto, se puso en manos de los príncipes y el pueblo.

Solo la intervención de los príncipes lo salva, pues estos reconocen que Jeremías ha hablado en nombre de Dios: “Entonces Ajicán, hijo de Safán, se hizo cargo de Jeremías, para que no lo entregaran al pueblo para matarlo”.

Resulta claro que el profeta no había completado la misión que Yahvé le había encomendado. De hecho, luego de que se cumpliera la profecía sobre la deportación a Babilonia, Jeremías jugaría un papel importante en consolar a los deportados y mantener viva la fe del pueblo con las promesas de restauración.

Algo parecido sucede en el evangelio de hoy (Mt 14,1-2), en el que el rey Herodes no se atreve hacer daño a Jesús reconociendo que hay algo sobrenatural en Él (en su ignorancia piensa que es el “espíritu de Juan Bautista”). Recordemos que Juan había merecido la pena de muerte por haber denunciado, como buen profeta, la vida licenciosa que vivían los de su tiempo, ejemplificada en el adulterio del Rey Herodes Antipas con Herodías, la esposa de su hermano Herodes Filipo. Jesús, al denunciar la opresión de los pobres y marginados, y los pecados de las clases dominantes, se ganaría el odio de los líderes políticos y religiosos de su tiempo, quienes terminarían asesinándolo.

De todos modos, al igual que Jeremías, Jesús tampoco había completado su misión, y el Padre lo protege.

En ocasiones anteriores hemos dicho que Dios tiene una misión para cada uno de nosotros; y si nos mantenemos fiel a su Palabra y a nuestra misión, Él nos va a dar la fortaleza para cumplir nuestra encomienda, no importa los obstáculos que tengamos que enfrentar.

El verdadero discípulo de Jesús tiene que estar dispuesto a enfrentar el rechazo, la burla, el desprecio, la difamación, a “cargar su cruz”. Porque si bien el mensaje de Jesús está centrado en el amor, tiene unas exigencias de conducta, sobre todo de renuncias, que resultan inaceptables para muchos. Como decíamos ayer, quieren el beneficio de las promesas sin las obligaciones.

Ese doble discurso lo vemos a diario en los que utilizan el “amor de Dios” para justificar toda clase de conductas que atentan contra la dignidad del hombre y la familia. ¡El que tenga oídos para oír, que oiga!…

Hermoso fin de semana a todos, y no olviden visitar la Casa del Padre. Él les espera.