REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA DECIMOCUARTA SEMANA DEL T.O. 12-07-14

desde las azoteas

La primera lectura de hoy (Is 6,1-8) nos presenta al profeta Isaías. Isaías fue testigo de la destrucción del Reino del norte (Israel), y veía cómo el Reino del sur (Judá) iba por el mismo camino. Yahvé lo escoge para anunciar su Palabra y denunciar los pecados de los judíos del sur.

El pasaje que nos ocupa forma parte de lo que se conoce como el “Primer Isaías” (capítulos 1-39), y es la narración de la vocación del profeta, que Él mismo hace (la palabra vocación se deriva el latín vocatio, que a su vez se deriva del verbo vocare, que quiere decir “llamar”).

Mientras se hallaba en oración en el Templo, el Señor le habló a través de una visión que describe con el dramatismo que implica estar en la presencia de Dios: “Y temblaban los umbrales de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo”. Y como todo mortal sintió miedo ante la presencia de Dios: “¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos”.

Y como siempre, el Señor no escoge a los capacitados, sino que capacita a los que escoge. Purificó los labios de Isaías con un carbón encendido, perdonando sus pecados de manera que pudiera proclamar su Palabra.

Otra característica de Dios que hemos dicho en ocasiones anteriores, es que Él nunca se impone (“Mira que estoy a la puerta y llamo: si uno escucha mi voz y me abre, entraré en su casa…” Ap 3,20). Esta vez no es diferente: “¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?” Y la respuesta de Isaías a ese llamado no se hizo esperar: “Aquí estoy, mándame”.

Dios nos está llamando a todos, tiene una misión para cada uno de nosotros y, al igual que a Isaías nos pregunta: “¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?” Y tú, ¿estás en disposición de decir: “Aquí estoy, mándame”, con todo lo que ello implica?

Hoy, pidámosle al Señor que nos permita escuchar su voz, y nos dé la valentía de aceptar su llamado con la certeza de que si Él nos ha escogido, nos capacitará. Y, más aún, nos respaldará, como vemos en el Evangelio de hoy.

La lectura evangélica de hoy (Mt 10,24-33) continúa presentándonos el envío de los “doce”: “Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído, pregonadlo desde la azotea”. Los envía a proclamar la Buena Noticia, y a hacerlo con valentía (“no tengáis miedo”). Es el mismo llamado que nos hace a nosotros.

Son muchos los que prefieren ignorar el llamado de Jesús, porque a pesar de que les impresiona la oferta de vida eterna que les hace, no están de acuerdo con la “letra chica”; entienden que el precio es demasiado alto. Prefieren la comodidad, el placer, ahora, en este mundo. Se ponen de parte del mundo en lugar de ponerse de parte de Jesús. Es ahí que resuenan las palabras de Jesús: “Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo”. La decisión es tuya…

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DECIMOCUARTA SEMANA DEL T.O. 11-07-14

 

"Mirad que os mando como ovejas entre lobos" (Mt 10,16).

“Mirad que os mando como ovejas entre lobos” (Mt 10,16).

Hoy la liturgia nos presenta el cántico que sirve de conclusión al libro de Oseas (14,2-10); un último intento de Dios-Madre para que su hijo, el pueblo de Israel, regrese a su regazo. Inclusive pone en boca de este las palabras que debe decir para ganar Su favor, asegurándoles que curará sus extravíos, que los amará sin que lo merezcan, como solo una madre puede hacerlo.

La historia nos revela que el pueblo no hizo caso y continuó su camino de pecado que le apartó más de Dios, hasta que se hizo realidad la sentencia contenida en el versículo inmediatamente anterior a la lectura de hoy (14,1): “Samaria recibirá su castigo por haberse revelado contra Yahvé: sus habitantes serán acuchillados, sus niños serán pisoteados y les abrirán el vientre a sus mujeres embarazadas”. Las diez tribus que componían el reino de Israel fueron cautivadas y deportadas a Nínive, finalizando así el Reino de Israel en el año 722 a.C.

El salmo (Sal 50), por su parte, nos remite una vez más al amor maternal de Dios: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado”. El salmista está arrepentido de su pecado y apela al amor, a la misericordia de Dios.

Y decimos que el salmista apela al amor maternal porque la palabra hebrea utilizada para lo que se traduce como “misericordia”, es rahamîn, que se deriva del vocablo rehem que significa la matriz, el útero materno. Con esto se enfatiza que el amor de Dios es comparable al que solo una madre es capaz de sentir por el hijo de sus entrañas.

En el evangelio (Mt 10,16-23), Jesús continúa sus instrucciones a los apóstoles antes de partir en misión. Les advierte que su misión no va a ser fácil (Cfr. Lc 2,34). Les dice que los envía “como ovejas entre lobos” y reitera la importancia de la perseverancia: “Todos os odiarán por mi nombre; el que persevere hasta el final se salvará”.

Jesús nos está recordando que la grandeza del Reino de Dios se revela en la debilidad de sus mensajeros. Más tarde Pablo nos dirá que la fortaleza de Dios encuentra su cumplimiento en la debilidad (2 Cor 12,9). Por otro lado Jesús nos advierte que debemos mantener los ojos bien abiertos, que no debemos exponernos innecesariamente, que debemos ser cautos, “astutos como serpientes”; pero conservando la candidez, la simplicidad, presentándonos sin dobleces, sin segundas intenciones, “sencillos como palomas”, para que nuestro mensaje tenga credibilidad.

A veces la persecución, la zancadilla viene de adentro, de los “nuestros”: “Los hermanos entregarán a sus hermanos para que los maten, los padres a los hijos; se rebelarán los hijos contra sus padres, y los matarán…” (Mt 10,21). Jesús nos sugiere una sola solución: perseverar, aguantar, poner nuestra confianza en Él, que ha de venir en nuestro auxilio, pondrá palabras en nuestra boca, nos “librará del lazo del cazador y el azote de la desgracia”, nos “cubrirá con su plumas”, y “hallaremos refugio bajo sus alas” (Sal 90).

Pidamos a nuestro Señor el don de la perseverancia para continuar nuestra misión de anunciar la Buena Noticia.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA DECIMOCUARTA SEMANA DEL T.O. 10-07-14

seguimiento de Jesus

Hay un tema que a mí siempre me ha fascinado: El “rostro femenino” de Dios. Y la primera lectura de hoy (Os 11,1-4.8c-9) es un ejemplo vivo de ello. Cuando la leemos con detenimiento, podemos ver la ternura de una madre que “enseña a andar” a su hijo, que lo “alza en brazos”, lo cura, lo atrae “con cuerdas de amor” y, finalmente, con el gesto más maternal del mundo, “se inclina” para “darle de comer”, evocando la madre que se inclina para darle el pecho a su hijo. Todos símbolos del amor que solo una madre es capaz de sentir por el hijo de sus entrañas.

Ese es el amor que Dios siente por su pueblo, por cada uno de nosotros, los que conformamos el “pueblo de Dios”, que es su Iglesia. Por eso, a pesar de que el pueblo ha ignorado su llamado, termina diciendo: “Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas. No cederé al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín; que soy Dios, y no hombre; santo en medio de ti, y no enemigo a la puerta”.

En la segunda lectura (Mt 10,7-45) retomamos el “discurso misionero”, y Jesús continúa dando las “instrucciones” a sus apóstoles; instrucciones que servirán de ejemplo a las órdenes religiosas, sobre todo las llamadas “órdenes mendicantes”, y los misioneros; la verdadera “pobreza evangélica”, que no es otra cosa que lanzarse a la aventura de Cristo confiando plenamente en la providencia divina. “No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni túnica de repuesto, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento”. En el paralelo de Marcos vemos que le permite llevar un bastón y sandalias (lógico para el clima y la topografía), pero la intención es la misma, llevar lo mínimo. El Señor que los envía proveerá.

Jesús es bien enfático en otro asunto. Les envía a proclamar su mensaje y continuar su obra, pero les advierte que si alguien no los recibe o no los escucha, salgan de esa casa o ese pueblo y se “sacudan el polvo de los pies”. Ese gesto de “sacudirse el polvo de los pies” tiene un significado en la cultura judía de la época de Jesús (recordemos que Jesús los envió inicialmente a evangelizar a los judíos). Al regresar de un país pagano y entrar en Palestina, los judíos tenían por costumbre sacudirse las sandalias y la ropa antes de entrar, para no contaminar su tierra con el polvo de los países extranjeros. Los apóstoles, si no eran recibidos ni escuchados, debían hacer lo mismo para indicar que no querían contaminarse ni siquiera con el polvo de estos judíos que en el fondo eran paganos.

Está claro que Jesús no quiere “obligar” a nadie a aceptar su mensaje. Él respeta nuestro libre albedrío. Nos lleva hasta el agua, pero no nos obliga a beber. Hemos vivido en carne propia la incomodidad de aquellos que con su insistencia desmedida que a veces raya en el hostigamiento, pretenden imponernos sus ideas religiosas hasta el punto de quitarnos la paz.

El mensaje de Jesús es uno, y es claro. Lo tomas, o lo dejas. Como dice el padre Ignacio Larrañaga: “Jesús es un perfecto caballero”. Y tú, ¿estás dispuesto a aceptar su mensaje con todo lo que implica?

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DECIMOTERCERA SEMANA DEL T.O. 04-07-14

No tienen necesidad de medico

Cada vez que leo el pasaje evangélico que nos ofrece la liturgia para hoy (Mt 9,9-13), trato de imaginar la escena. Se trata de la vocación (el llamado) de Leví (Mateo) y la subsiguiente comida en casa de este. Los tres evangelios sinópticos nos narran este pasaje.

Mateo, publicano (recaudador de impuestos) de oficio, se encontraba sentado tras el mostrador de impuestos, y Jesús se le acercó. Mateo debe haber sentido la presencia de alguien frente a su mostrador y levantó la vista. Es imposible imaginar lo que Mateo percibió en aquellos ojos, aquella mirada penetrante y tierna a la vez que se cruzó con la suya. Y solo bastó una palabra, “sígueme”, para que Mateo se levantara y lo siguiera. A mí me impacta más la versión de Lucas (5,28) que dice que Mateo, “dejándolo todo”, se levantó y lo siguió. “Dejándolo todo…” Nuevamente nos encontramos ante la radicalidad del seguimiento.

Mateo era publicano, trabajaba para el Imperio, el pueblo consideraba a los publicanos enemigos del pueblo; no solo por “cooperar” con el poder imperial de Roma, sino porque le cobraban impuestos en exceso a la gente y se quedaban con la diferencia. Por tanto, su trabajo era un obstáculo para seguir a Jesús. Por eso tenía que “dejarlo todo”, y así lo hizo. Dejó la mesa con sus cuentas y el dinero recaudado; dejó su vida pasada para abrazar la nueva Vida a la que Jesús le llamaba. En ese momento él probablemente no conocía los detalles, pero estoy seguro que supo ver en aquella mirada intensa de Jesús la promesa de un mundo que las palabras no podrían describir. Algo similar a lo que experimentó Saulo de Tarso en aquél encuentro fugaz con el Resucitado en el camino a Damasco que cambió su vida para siempre.

Mateo tuvo un encuentro personal con Jesús y su vida ya no sería la misma. Lo mismo nos ocurre cuando tenemos un encuentro personal con Jesús. Resulta imposible mirarle a los ojos y no dejarse seducir. “Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir. Fuiste más fuerte que yo, y me venciste” (Jr 20,7).

Jesús te está diciendo: “Sígueme”. Nos lo repite a diario; y no se cansa de hacerlo; y mientras más alejados estamos de Él, con mayor insistencia nos llama. No importa lo que haya en nuestro pasado. De eso se trata la conclusión del pasaje de hoy. Al levantarse Mateo, invitó a Jesús y sus discípulos a comer a su casa, junto a otros publicanos y pecadores. Al ver esto, los fariseos (¡qué muchos de estos hay en nuestros días!) se acercaron a los discípulos (así son, cobardes, hablan a espaldas de los que critican) diciéndoles: “¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?”

Jesús les escuchó y su contestación no se hizo esperar: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa ‘misericordia quiero y no sacrificios’: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

Jesús no vino a buscar a los justos para llevarlos a cielo. Él vino para ofrecerse  a sí mismo como víctima propiciatoria por todos los pecados de la humanidad, cometidos y por cometer, incluyendo los tuyos y los míos, porque Él quiere que todos nos salvemos (1 Tim 2,4; 2 Pe 3,9).

Que pasen un hermoso fin de semana. No olviden visitar la Casa del Padre. Él les espera…

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA DECIMOTERCERA SEMANA DEL T.O. 01-07-14

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Al final del pasaje que la liturgia nos presenta para hoy como primera lectura (Am 3,1-8; 4,11-12), el profeta Amós nos refiere a la historia de la destrucción de Sodoma y Gomorra y cómo a pesar de ello, y de que salvó a Lot y los suyos de la catástrofe, el pueblo no se convirtió, no escuchó la voz del Señor: “Os envié una catástrofe como la de Sodoma y Gomorra, y fuisteis como tizón salvado del incendio, pero no os convertisteis a mí –oráculo del Señor-”.

¡Cuántas veces nos ocurre que cuando Dios nos libra de una catástrofe, no bien nos sentimos a salvo, se nos olvida lo magnánimo que Él ha sido con nosotros, y a la menor provocación le desobedecemos!

Se nos olvida a veces también que se nos ha librado del mal, no necesariamente por nuestros propios méritos (tenemos la tendencia a pensar que se nos libró de la catástrofe porque “nos lo merecemos”), sino por los de aquellos que sí están en gracia de Dios y oran constantemente por nosotros, como nuestros padres, cónyuges, hijos, familiares y amigos. Ese fue el caso de Lot y su familia, a quienes Yahvé libró de la catástrofe en consideración a su tío Abraham (Gn 19,29). Si Dios está con nosotros, no hay calamidad de la que no podamos salvarnos, si esa es su voluntad. Ese es el mensaje que nos trae la lectura evangélica de hoy (Mt 8,23-27).

Nos narra el pasaje que Jesús subió a una barca y “sus discípulos lo siguieron”. Mientras navegaban por el lago de Galilea, se desató una fuerte tormenta que amenazaba con hacer zozobrar la barca. Recordemos que los discípulos eran marineros experimentados. Aun así, sintieron miedo, pues se percataron de que sus habilidades habían llegado a su límite. A todo esto, Jesús dormía plácidamente (¡Me encanta este simbolismo!). Inmediatamente lo despertaron gritándole: “¡Señor, sálvanos, que nos hundimos!”

Jesús los regañó (¡otra vez!) y les dijo: “¡Cobardes! ¡Qué poca fe!” Inmediatamente “se puso en pie, increpó a los vientos y al lago, y vino una gran calma”.

Tres cosas queremos resaltar. Primero: Los discípulos habían decidido “seguir” a Jesús; por tanto, Dios estaba con ellos. Segundo: Jesús “dormía”. Tercero: Les flaqueó la fe.

Cuando nos embarcamos en la aventura del “seguimiento” de Jesús, vamos a enfrentar muchas “tormentas”. Y cuando estamos en medio de la tempestad, si no sentimos de inmediato la mano de Jesús, al estar conscientes de nuestra incapacidad de enfrentar las olas y el viento por nuestras propias fuerzas, nos desesperamos. Sentimos como si Él durmiera, completamente ajeno a nuestra calamidad. Una vez más nuestra naturaleza humana nos traiciona; nos dejamos apantallar por nuestra pequeñez, nuestra impotencia, y se nos olvida su promesa (Cfr. Mt 28,20). “¿Dónde está Jesús?”. Es ahí cuando caemos de rodillas y clamamos: “¡Señor, sálvanos, que nos hundimos!”

Entonces sentiremos el suave peso de la mano de Jesús sobre nuestro hombro, y veremos su sonrisa mientras nos dice: ¿Dónde está tu fe? ¿Se te olvida que te dije que iba a estar siempre a tu lado? Y la tormenta se calmará…

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA DECIMOTERCERA SEMANA DEL T.O. 30-06-14

dejalo todo y sigueme

Dos frases de Jesús, contenidas en el evangelio de hoy (Mt 8,18-22), resumen su mensaje: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. “Tú, sígueme. Deja que los muertos entierren a sus muertos”.

Cuando Jesús nos habla, a veces su mensaje es claro, pero a veces nos confunde, y hasta nos estremece, como sucede con la última frase, en la que Jesús le pide a su discípulo que incumpla una de las obras de misericordia corporales, enterrar a los muertos, con tal de seguirlo. Como siempre que abordamos la Biblia, no podemos hacerlo con una lectura literal del texto. Hay que ver el contexto en que se dice.

En esta lectura tenemos que tomar ambas frases en conjunto y en el contexto de la vida de quien las pronuncia. Jesús abandonó su casa, el confort y la seguridad de su hogar para ir a proclamar la Buena Noticia del Reino: “para eso he sido enviado” (Lc 4,43). Por eso nos dice que no tiene dónde recostar la cabeza. Le advierte a su discípulo potencial sobre las exigencias que implica su seguimiento.

Jesús no solo abandonó su casa, sino que junto a ella abandonó también a su familia, especialmente a su madre, que era la persona que más amaba. Cuando Jesús le dice a su discípulo que seguirlo a Él es más importante que cumplir con el piadoso deber de enterrar a los muertos, lo hace con todo propósito, para recalcar la radicalidad del seguimiento, y que no hay nada más importante que el anuncio del Reino. Lo único que Jesús garantiza a los que deciden seguirle (además de las persecuciones y sufrimiento) es la vida eterna, la “corona que no se marchita” (Cfr. 1 Co 9,25).

El discípulo sigue al maestro, “se sienta a sus pies” a escucharlo, pero más importante aún, “comparte su destino”. Jesús nos está diciendo que su seguimiento tiene que ser radical; que tenemos que estar dispuestos a renunciar, dejar atrás todo lo que pueda convertirse en un obstáculo para seguirlo.

Ahí reside nuestro problema. Estamos apegados a muchas cosas y personas, y ante ellas, el seguimiento de Jesús toma un distante segundo plano. Ese “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre”, se convierte para nosotros en “Señor, espera que me jubile”; o “Señor, déjame terminar de criar a mis hijos”; o “Señor, déjame terminar mis estudios”; o “Señor, déjame juntar suficiente dinero para comprar una casa, o un auto nuevo”… ¡Siempre hay una excusa válida para posponerlo! Mientras tanto, Él sigue llamando a nuestra puerta (Cfr. Ap 3,20).

Jesús quiere que le sigamos, pero ese seguimiento no puede ser a medias; no podemos ser cristianos “tibios”, part time: “Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca (Ap 3,16). Palabras fuertes, pero Él quiere que no quede duda alguna sobre lo que espera de nosotros.

Ese mismo Jesús te está pidiendo HOY que le sigas. ¿Cuál es tu excusa?

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA UNDÉCIMA SEMANA DEL T.O. 21-06-14

Mt 6,24-34

En la lectura evangélica de ayer Jesús enfatizaba en el desapego a los bienes terrenales. En esa misma línea, en el evangelio que nos propone la liturgia para hoy (Mt 6,24-34) nos reitera la radicalidad que Él exige a los que decidimos seguirlo, cuando dice a sus discípulos: “Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero”. Es claro; si nos decidimos seguir a Jesús no puede haber nada que se interponga a ese seguimiento, ni bienes, ni riquezas (Cfr. Mt 19,21; 1 Tim 6,10). Al no tener nada que pueda agobiarnos o preocuparnos, podemos dedicar toda nuestra atención al Maestro y a la misión que Él nos encomiende. Eso implica una confianza absoluta en que Él no nos abandonará.

Para enfatizar esto último, Jesús pronuncia unas de sus palabras más hermosas y provocadoras de todo el Evangelio: “Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe?” Esto se puede resumir en un pensamiento: tenemos que confiar en la Divina Providencia.

Jesús no nos está diciendo que podemos sentarnos a esperar que Él nos provea todas nuestras necesidades. No, lo que nos está diciendo que, al igual que lo hace con los pájaros, Dios va colmar con creces nuestra actividad, por más humilde que sea, especialmente cuando esa actividad está ligada al “Reino de Dios y su Justicia” (v.33). Lo demás, “se nos dará por añadidura”. Por eso cuando envió a los discípulos a predicar la Buena Nueva del Reino, “les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: ‘Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas’” (Mc 6,8-9).

Se trata de no atarnos a las cosas, para poder ser libres para servir a Dios y a nuestros hermanos. Cuando nos “vaciamos” de las cosas de este mundo, podemos “llenarnos” plenamente del amor de Dios. Se trata de vivir la verdadera “pobreza evangélica”. Solo entonces podremos experimentar la verdadera libertad, aunque estemos físicamente encadenados, como lo hizo el Cardenal François-Xavier Nguyen van Thuan, durante sus 13 años en prisión.

No tenemos que llegar a ese extremo; basta con que todo lo tengamos “por basura para ganar a Cristo” (Fil 3,8).

Pidámosle hoy al Padre que nos ayude a confiar en su Divina Providencia, para no caer bajo el agobio de las preocupaciones de la vida, ya que perderíamos de vista lo que es verdaderamente esencial: la opción por el Reino.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA QUINTA SEMANA DE PASCUA 24-05-14

Si el mundo os odia

En la lectura del evangelio que nos presenta la liturgia para hoy (Jn 15,18-21), que forma parte de la gran oración de Jesús en la última cena, Él le dice a los apóstoles: “Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia”. En el evangelio que leíamos ayer ya Jesús les había manifestado que fue él quien les eligió, y hoy vemos que a reglón seguido les advierte que han de seguir su misma suerte. Ya desde la presentación en el Templo, Simeón había profetizado que el niño iba a ser signo de contradicción (Lc 2,34).

Jesús nos ha “sacado de este mundo” para que anunciemos a todos un nuevo modo de comprender el mundo y la vida, la Buena Noticia, que es Palabra de Dios, palabra que es viva y eficaz “y más cortante que espada alguna de dos filos”, que “penetra hasta la última división entre alma y espíritu, articulaciones y médulas; y discierne sentimientos y pensamientos del corazón (Hb 4,12). Por eso, los que están “en el mundo” se sienten señalados y se incomodan ante el anuncio de la Palabra. De ahí que el mundo nos “odie”, nos persiga, como lo hicieron con Él.

Jesús sigue invitándonos a seguir sus pasos, a compartir su destino, pero nos advierte que el precio puede ser alto. Y tú, ¿estás dispuesto(a) a seguirlo?

Antes de contestar esa pregunta, echemos un vistazo a la primera lectura (Hc 16,1-10), en la que vemos la acción decidida del Espíritu Santo en la expansión de la Iglesia por el mundo greco-romano, y cómo guía a los discípulos en esa misión: “Como el Espíritu Santo les impidió anunciar la palabra en la provincia de Asia, atravesaron Frigia y Galacia. Al llegar a la frontera de Misia, intentaron entrar en Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo consintió. Entonces dejaron Misia a un lado y bajaron a Troas”.  Aquella noche Pablo tuvo una visión en la que se le apareció un macedonio, de pie, que le rogaba ir a Macedonia a ayudarlos. Pablo y Timoteo partieron de inmediato para Macedonia, seguros de que Dios los llamaba a predicar el Evangelio a los macedonios.

Está claro, es Jesús quien escoge y convoca a sus discípulos, y a través de su Santo Espíritu les dice cuándo y dónde tienen que evangelizar. Por eso tenemos que aprender a orar, invocar, y ser dóciles al Espíritu Santo. Si intentamos valernos tan solo de nuestras propias fuerzas y capacidades, nuestra predicación será estéril; podremos presentar una imagen estática de Jesús, pero seremos incapaces de transmitir el Amor que solo la experiencia del Resucitado puede brindar.

Que pasen un hermoso fin de semana, recordando visitar la Casa del Padre.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA QUINTA SEMANA DE PASCUA 21-05-14

vid sarmientos 2

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Jn 15,1-8) nos presenta otro de los famosos “Yo soy” que encontramos en el relato evangélico de Juan: Yo soy la verdadera vid. No se trata de una parábola, en la que Jesús utiliza una breve comparación basada en una experiencia cotidiana de la vida, imaginaria o real, con el propósito de enseñar una verdad espiritual. Aquí se trata de una afirmación absoluta de Jesús: “Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador”.

A partir de esa afirmación, Jesús desarrolla una alegoría que nos presenta unos elementos en transposición: la vid (Jesús), los sarmientos (los discípulos) y el labrador (el Padre). Hay otro elemento adicional que es el instrumento de limpieza y poda, que es la Palabra de Jesús: “A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado”.

Jesús está diciendo a sus discípulos que ellos han sido “podados”, han sido limpiados por la Palabra del Padre que han recibido de Él, con el mismo cuidado y diligencia que un labrador poda “a todo el que da fruto… para que dé más fruto”.

Esta conversación de Jesús con sus discípulos se da en el contexto de la sobremesa de la última cena. Jesús sabe que el fin de su vida terrena está cerca; de ahí su insistencia en que los discípulos permanezcan unidos a Él, pues sabe que a ellos les queda una larga y ardua misión por delante. Y solo permaneciendo unidos a Él y a su Palabra, podrán tener éxito. Juan recalca esa insistencia, poniendo siete veces (la insistencia de Juan en el número 7) en labios de Jesús el verbo “permanecer”, entre los versículos 4 al 8.

A pesar de que al principio de la alegoría se nos presenta al Padre como el labrador, el énfasis del relato está en la relación entre la vid y los sarmientos, es decir, entre Jesús y sus discípulos; léase, nosotros. Y el vínculo, la savia que mantiene con vida a los sarmientos, es la Palabra de Jesús. Esa comunicación entre Jesús y nosotros a través de su Palabra es la que nos mantiene “limpios”, nos va “podando” constantemente para que demos fruto. Si nos alejamos de su Palabra, no podemos dar fruto; entonces el Labrador nos “arrancará”, nos tirarán afuera y nos secaremos, para luego ser recogidos y echados al fuego. Mateo nos presenta un lenguaje similar de parte de Jesús, cuando sus discípulos le dicen que los fariseos se habían escandalizado por sus palabras: “Toda planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz” (Mt 15,14).

Jesús nos está invitando a seguirlo, pero ese seguimiento implica constancia, “permanencia”; permanencia en el seguimiento y permanencia en su Palabra. “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino” (Lc 9,62).  Como reiteramos constantemente, si no nos limitamos meramente a creer en Jesús, sino que le creemos a Jesús, entonces permaneceremos en Él, y Él permanecerá en nosotros; y todo lo que le pidamos se realizará. ¿Existe promesa mejor?

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA (NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA) 13-05-14

Fatima JP II

Hoy la Iglesia Universal conmemora la aparición de la Nuestra Señora de Fátima a los niños Lucía, Jacinta y Francisco. En nuestra reflexión del pasado año ofrecimos detalles sobre esta aparición, y sobre la última, ocurrida el 13 de octubre de 1917, que es la más conocida y espectacular de toda la historia.

En la liturgia pascual continuamos leyendo el libro de los Hechos de los Apóstoles. El pasaje que leemos hoy (Hc 11,19-26) nos presenta a Bernabé predicando exitosamente el Evangelio en Antioquía. Entusiasmado por la acogida de la Palabra en Antioquía, fue a buscar a Pablo y lo trajo a esa ciudad, en donde ambos permanecieron un año. Antioquía se convirtió en el gran centro de evangelización de mundo pagano. Tan visible fue el éxito de Pablo y Bernabé en esta misión, y tan floreciente la comunidad de Antioquía, que fue allí donde por primera vez llamaron “cristianos” a los seguidores de Jesús (11,26). Hasta entonces se les conocía como los seguidores de “el Camino”.

La lectura evangélica (Jn 10,22-30) continúa presentándonos la figura de Jesús-Buen Pastor. El pasaje de hoy nos narra el último encuentro entre Jesús y los dirigentes judíos en el relato de Juan. Es el último intento de estos de lograr que Jesús acepte públicamente ante ellos su mesianismo: “¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente”. La pregunta iba dirigida a hacerles más fácil su trabajo, pues ya para entonces la decisión estaba tomada: había que “eliminar” a Jesús.

Jesús evade contestar directamente la pregunta y les remite a sus obras, que Él hace “en nombre de [su] Padre”. Pero los dirigentes judíos se niegan a creer porque están cegados. Aceptar que Jesús es el Mesías les quitaría su base de poder. Eso no les permite “ver” las obras de Jesús, y mucho menos escuchar su voz. “Pero vosotros no creéis, porque no sois ovejas mías. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano”.

De nuevo la referencia a la relación entre el pastor y sus ovejas: “Yo las conozco y ellas me siguen”. Cuando hablamos de “conocer” en términos bíblicos, nos referimos a algo más que saber el nombre o reconocer a alguien. Ese verbo implica una intimidad que va más allá de lo cotidiano. Y esa intimidad lleva a los verdaderos discípulos de Jesús a seguirle sin reservas, a confiar plenamente el Él, a aceptar su camino, como las ovejas que siguen la voz del pastor sabiendo que este les conducirá a las verdes praderas, hacia fuentes tranquilas (Cfr. Sal 22). En el caso de los discípulos de Jesús ese seguimiento es el que nos conduce a la “Vida eterna”.

Vemos que Jesús siempre habla en plural al referirse a nosotros como sus ovejas. Nos está diciendo que formamos parte de un pueblo, de un “rebaño”, de una Iglesia; que nuestra salvación no es individual, que no podemos desentendernos de nuestros hermanos ni de nuestra Iglesia, aunque en ocasiones nos sintamos incómodos con alguien o algo. No podemos caminar separados del “rebaño”, pues si nos separamos del rebaño, nos separamos del Pastor.