REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 30-05-22

“Cuando Pablo les impuso las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo, y se pusieron a hablar en lenguas extrañas y a profetizar”.

El evangelio que nos propone la liturgia para hoy (Jn 16,29-33) es la conclusión del discurso de despedida de Jesús al finalizar la última cena. Y justo en ese momento vemos una afirmación de fe de parte de los apóstoles: “Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que saliste de Dios”. Pero esa “fe” es producto de la euforia de haber tenido ese encuentro con la divinidad de Jesús, de haber comprendido finalmente que Jesús es el Hijo de Dios.

Jesús, que se encarnó para experimentar, para vivir en carne propia nuestras emociones y nuestras debilidades, sabe que esa fe de los apóstoles no ha sido probada (Cfr. 1 Pe 1,7; Prov 17,3) y, más aún, sabe que fallarán en la primera prueba de fuego, fracaso que estará representado en las negaciones de Pedro. “¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo”. La fe de los apóstoles no ha sido fortalecida por la prueba. Tienen que percatarse de su fragilidad y de su incapacidad para enfrentar por sí mismos la prueba de fe.

Recordemos que siempre que Jesús nos señala una debilidad, nos da la fórmula para sobreponernos a ella: “Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre. Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo”. Los apóstoles y los demás discípulos no lo comprenderán hasta que reciban la fuerza del Espíritu en Pentecostés. Entonces sabrán que no están solos, y que, si Jesús “venció al mundo” ellos, y nosotros, podremos también vencer al mundo.

Estamos a una semana de la celebración de la gran fiesta del Espíritu Santo, la Solemnidad de Pentecostés, en la que celebraremos la venida del Espíritu Santo sobre aquellos discípulos que se encontraban reunidos en oración junto a María, la Madre de Jesús en la estancia superior, en el mismo lugar en que Jesús había instituido la Eucaristía. Y las lecturas de esta semana, especialmente la primera lectura, continuarán presentándonos la acción del Espíritu Santo en aquella Iglesia incipiente.

Así, la primera lectura de hoy (Hc 19,1-8) nos muestra cómo cuando Pablo les impuso las manos a doce gentiles convertidos de la ciudad de Éfeso, “bajó sobre ellos el Espíritu Santo, y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar”. Se trata del mismo Espíritu que nosotros recibimos en nuestro Bautismo. Tan solo tenemos que invocarlo y Él vendrá sobre nosotros. Tal vez no hablemos en lenguas (aunque sí hablaremos el lenguaje del amor), pero la fuerza del Espíritu nos permitirá enfrentar con valentía las adversidades, la enfermedad y el sufrimiento cuando estas se crucen en nuestro camino, para con nuestra conducta dar testimonio de que Jesucristo es el Señor. Esa será nuestra mejor predicación.

Que pasen una hermosa semana en la PAZ que solo el Espíritu, que es el Amor de Dios que se derrama sobre nosotros, puede brindarnos.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA 27-05-22

Bema de Corinto; lugar donde Pablo predicó el Evangelio a los gentiles en esa ciudad.

La liturgia pascual continúa narrándonos la misión evangelizadora de Pablo. En el pasaje que contemplábamos ayer lo vimos en Atenas predicado en el areópago. A pesar de que logró algunas conversiones no tuvo el éxito esperado, y la lectura de hoy (Hc 18,1-8) nos lo muestra abandonando Atenas y dirigiéndose a Corinto.

Allí se encontró con Aquila y su mujer Priscila, con quienes se juntó. Contrario a lo que el Espíritu le dictaba, Pablo insistía en continuar tratando de convertir a los judíos, tal vez motivado por su formación como fariseo. El fracaso de Pablo con los judíos de Corinto fue rotundo. Tan solo Crispo, el jefe de la sinagoga, se convirtió. Ante los insultos y la férrea oposición de los judíos, Pablo se sacudió la ropa y les dijo: “Vosotros sois responsables de lo que os ocurra, yo no tengo culpa. En adelante me voy con los gentiles”. Y así lo hizo.

Pablo permaneció en Corinto por aproximadamente un año y medio, en donde logró muchas conversiones entre los gentiles, que conformaron una comunidad cristiana a la que luego escribiría dos cartas. Pablo pasó muchos dolores de cabeza con esa comunidad, pero no se rindió; continuó predicando hasta que la semilla plantada dio fruto.

A nosotros muchas veces nos ocurre lo mismo en medio del mundo arropado por el secularismo en que nos ha tocado vivir. Vemos que nuestra predicación no rinde los frutos que esperamos o, al menos, no tan rápido como quisiéramos. Tal vez inclusive puede que sea otro quien coseche los frutos. Pero así es la semilla del Reino, que se siembra y va creciendo bajo tierra, fuera de nuestra vista, hasta que el día propicio germina y da fruto. Es ahí donde entra en juego el Espíritu Santo que nos da el don de la paciencia que nos hace madurar; madurez que nos aviva la esperanza (Rm 5,3) y nos permite seguir adelante.

La lectura evangélica (Jn 16,16-20) continúa narrando la sobremesa de la última cena y el discurso de despedida de Jesús, quien sigue tratando de explicar a sus discípulos su muerte inminente y su posterior resurrección, algo que no entenderán hasta que ocurra. Jesús intenta explicarle estos misterios utilizando una especie de juego de palabras: “Dentro de poco ya no me veréis, pero poco más tarde me volveréis a ver”. Como no comprenden, trata de explicárselos de otra manera: “Pues sí, os aseguro que lloraréis y os lamentaréis vosotros, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría”.

Los discípulos no entendían en aquel momento que Jesús tenía que morir y luego resucitar, para con su muerte y resurrección abrirnos las puertas a la vida eterna. Antes de la última cena se los había dicho y tampoco lo habían comprendido: “Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24).

¡Cuántas veces en nuestras vidas no podemos “ver” a Jesús en medio de la oscuridad que nos rodea! ¡Cuántas veces sentimos ese vacío, esa ausencia! Pero cuando tenemos la certeza de que si perseveramos en la oración, “dentro de poco” volveremos a verlo y “nuestra tristeza se convertirá en alegría”, nos sentimos consolados. Para eso tenemos que creer en Jesús y creerle a Jesús. Porque para Él no hay desierto ni abismo que no pueda conquistar.

REFLEXIÓN PARA EL SEXTO DOMINGO DE PASCUA 22-05-22

“El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”.

“El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”. Con esas palabras de Jesús a sus discípulos comienza el pasaje evangélico (Jn 14,23-29) que nos brinda la liturgia para este sexto domingo de Pascua. Este pasaje forma parte del “discurso de despedida de Jesús”, que transcurre en la sobremesa de la versión de Juan de la última cena.

Durante esta despedida Jesús ha estado enfatizando en la identidad entre el Padre y Él. Hoy insiste nuevamente en esa identidad, mientras prepara a sus discípulos para su partida: “Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo”. Pero les asegura que no los dejará solos, asegurándoles que “el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho”.

Ya en otras ocasiones hemos dicho que el Espíritu Santo es el amor que se profesan mutuamente el Padre y el Hijo, que se derrama sobre nosotros inundándonos con ese Amor que es la esencia misma de Dios. Por eso donde habitan el Padre y el Hijo habita el Espíritu Santo. El pasaje comenzaba diciendo que si amamos a Jesús y guardamos su Palabra, el Padre también nos amará, y ambos “harán morada en nosotros”. Pensemos el grado de intimidad que implica esa relación en la cual el Padre y el Hijo cohabitan con nosotros. Y el Espíritu, que es el Amor que Ellos a su vez se profesan, inunda toda la morada, es decir, todo nuestro cuerpo y alma.

Es el Espíritu quien nos instruye y nos recuerda las enseñanzas de Jesús. Así, ha guiado a la Iglesia desde sus comienzos, como vemos en la primera lectura de hoy (Hc 15,1-2.22-29), que nos refiere al primer Concilio de la Iglesia, en Jerusalén, en donde vemos al Espíritu Santo actuando en los apóstoles, guiando los primeros pasos de la Iglesia naciente. Los apóstoles y presbíteros, dóciles al Espíritu Santo, se reúnen y comunican así su decisión a los de Antioquía: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables”.

Anteriormente hemos señalado que el protagonista del libro de los Hechos de los Apóstoles es el Espíritu Santo; al punto que se le conoce como el “Evangelio del Espíritu Santo”. No hay duda, los apóstoles actuaban asistidos y guiados por El Espíritu Santo que recibieron por partida doble; primero durante la primera aparición de Jesús luego de su Resurrección (Jn 20,22), y posteriormente en Pentecostés, cuando recibieron una “sobredosis” de Espíritu.

Y todo se reduce a una palabra: Amor. Porque “el que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él” (Jn 14,21). Y esa manifestación tiene nombre y apellido: “Espíritu Santo”.

Es Jesús quien te hace una invitación y un ofrecimiento. ¿Aceptas?

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA QUINTA SEMANA DE PASCUA 21-05-22

“Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra”.

En la lectura del evangelio que nos presenta la liturgia para hoy (Jn 15,18-21), que forma parte de la gran oración de Jesús en la última cena, Él le dice a los apóstoles: “Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia”. En el evangelio que leíamos ayer ya Jesús les había manifestado que fue él quien les eligió, y hoy vemos que a reglón seguido les advierte que han de seguir su misma suerte. Ya desde la presentación en el Templo, Simeón había profetizado que el niño iba a ser signo de contradicción (Lc 2,34).

Jesús nos ha “sacado de este mundo” para que anunciemos a todos un nuevo modo de comprender el mundo y la vida, la Buena Noticia, que es Palabra de Dios, palabra que es viva y eficaz “y más cortante que espada alguna de dos filos”, que “penetra hasta la última división entre alma y espíritu, articulaciones y médulas; y discierne sentimientos y pensamientos del corazón (Hb 4,12). Por eso, los que están “en el mundo” se sienten señalados y se incomodan ante el anuncio de la Palabra. De ahí que el mundo nos “odie”, nos persiga, como lo hicieron con Él.

Jesús sigue invitándonos a seguir sus pasos, a compartir su destino, pero nos advierte que el precio puede ser alto. Y tú, ¿estás dispuesto a seguirle?

Antes de contestar esa pregunta, echemos un vistazo a la primera lectura (Hc 16,1-10), en la que continuamos viendo la acción decidida del Espíritu Santo en la expansión de la Iglesia por el mundo greco-romano, y cómo guía a los discípulos en esa misión: “Como el Espíritu Santo les impidió anunciar la palabra en la provincia de Asia, atravesaron Frigia y Galacia. Al llegar a la frontera de Misia, intentaron entrar en Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo consintió. Entonces dejaron Misia a un lado y bajaron a Troas”.  Aquella noche Pablo tuvo una visión en la que se le apareció un macedonio, de pie, que le rogaba ir a Macedonia a ayudarlos. Pablo y Timoteo partieron de inmediato para Macedonia, seguros de que Dios los llamaba a predicar el Evangelio a los macedonios.

Está claro, es Jesús quien escoge y convoca a sus discípulos, y a través de su Santo Espíritu los envía y les dice cuándo y dónde tienen que evangelizar. Por eso tenemos que aprender a orar, invocar, adorar, y ser dóciles al Espíritu Santo. Si intentamos valernos tan solo de nuestras propias fuerzas y capacidades, y llevar el mensaje de salvación a donde nos parezca, nuestra predicación será estéril. Tal vez podremos presentar una imagen “estática” de Jesús, pero seremos incapaces de transmitir el fuego que solo la experiencia del amor entre el Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros en la forma del Espíritu Santo puede brindarnos.

Que pasen un hermoso fin de semana, recordando visitar la Casa del Padre.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA QUINTA SEMANA DE PASCUA 19-05-22

“Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor”.

La lectura evangélica que nos brinda la liturgia para hoy (Jn 15,9-11) es continuación de la de ayer, que situábamos en la sobremesa de la última cena, que Juan nos presenta, no como la cena pascual de los sinópticos, sino como una cena de despedida que se celebra el día de la preparación de la pascua. El pasaje que contemplamos hoy forma parte del “discurso de despedida” de Jesús. Jesús aprovecha este discurso para afianzar la fe de sus discípulos como preparación para la misión que les espera. Ayer veíamos la insistencia de Jesús a sus discípulos para que permanecieran en Él.

Hoy les profesa su amor infinito e incondicional; amor que se compara con el que el Padre le profesa a Él, subrayando que permanecer en Él significa permanecer en Su amor: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”.

“Como el Padre me ha amado, así os he amado yo”… Si no viniera de labios de Jesús, diríamos que es mentira, parece increíble. ¡Jesús nos está diciendo que nuestra unión amorosa con Él es comparable a la de Él con el Padre! Tratemos por un momento de imaginar la magnitud de ese amor entre el Padre y el Hijo. Sí, ese mismo amor que se derrama sobre nosotros y tiene nombre y apellido: Espíritu Santo.

Ese anuncio del amor de Dios es el núcleo central del mensaje evangélico. Piet Van Breemen nos dice que “si yo me sé amado por Dios, su amor llenará mi corazón y se desbordará, porque un corazón humano es demasiado pequeño para contenerlo todo entero. Así amaré a mi prójimo con ese mismo amor”.

Jesús nos está pidiendo que “permanezcamos” (otra vez ese verbo), no solo en Él, sino en Su amor. Pero como siempre, no nos obliga, reconoce y respeta nuestro libre albedrío. Nos dice que “si” guardamos sus mandamientos, permanecemos en Su amor. Para recalcar la identidad entre el amor que el Padre le tiene y el que Él nos tiene, no nos pide nada que Él mismo no esté dispuesto a hacer: “lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”. Como siempre, Jesús nos muestra el camino a seguir (“Yo soy el Camino”), nos proporciona el modelo.

Ese “si…”, esa condición sujeta a nuestra libertad es la que va a determinar nuestra relación, nuestra unión con Dios. Jesús nos promete Su alegría, llevada a plenitud: “para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.” Se trata del gozo eterno que podemos comenzar a disfrutar desde ahora. ¿Te animas?

Señor Jesús, ayúdanos a permanecer en Tu amor, de la misma manera que Tú has guardado fielmente los mandamientos del Padre y permaneces en Su amor. Así encontraremos Tu alegría y la podremos llevar a su plenitud.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA CUARTA SEMANA DE PASCUA 12-05-22

Eso implica amar sin límites, hasta que duela, como nos dice santa Madre Teresa de Calcuta.

La primera lectura de hoy (Hc 13,13-25) continúa presentándonos la expansión de la Iglesia por el mundo greco-romano. Expansión que llevaría la Buena Noticia a los confines del mundo conocido, obedeciendo el mandato de Jesús a sus discípulos antes de su ascensión: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15).

En el pasaje de hoy, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos relata el comienzo de la misión de Pablo y Bernabé. Guiado por el Espíritu Santo, Pablo “actualiza” el Antiguo Testamento, narrando a los que estaban congregados en la sinagoga de Antioquía la historia del pueblo de Israel, todas las obras maravillosas que Dios había hecho por su Pueblo elegido, y cómo en la persona de Jesús esas obras habían encontrado su culminación. La transición de la Antigua Alianza a la Nueva Alianza, sellada con la sangre derramada por Jesús en la Cruz.

Esta lectura nos enseña que no nos podemos limitar a “leer” las Sagradas Escrituras; que tenemos que actualizarlas, encontrar el mensaje de Jesús resucitado en los “signos de los tiempos”, en todos los acontecimientos, positivos y negativos, personales y colectivos, los cuales, cuando los interpretamos a la luz del Evangelio, nos transmiten un mensaje interpelante de Cristo. Es la continuación de la Historia de la Salvación, de la cual somos testigos y protagonistas junto al Resucitado.

La lectura evangélica (Jn 13,16-20) nos narra las palabras de Jesús a sus discípulos luego de la lavarles los pies: “Os aseguro, el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica”. Con estas palabras Jesús quiere explicar a los discípulos (y a nosotros) el alcance del gesto que acaba de realizar, y que ha de ser el norte de la conducta de sus seguidores, pero sobre todo el significado de la Ley del Amor.

El discípulo de Jesús tiene que seguir sus pasos. Eso implica amar sin límites, hasta que duela, como nos dice santa Madre Teresa de Calcuta. No se trata meramente de “imitar” la conducta de Jesús, se trata de sentir igual que Él, de amar igual que Él, de convertirse en servidor incondicional, en “esclavo” del hermano, por amor.

Jesús continúa diciéndonos lo que espera de nosotros, y cada vez nos parece más difícil cumplir con esa expectativa. Eso nos obliga a hacer introspección, no de nuestra conducta exterior, sino de nuestra vida, de nuestro “ser”. ¿Soy un verdadero “servidor”? ¿Hasta dónde estoy dispuesto a servir? ¿A quién sirvo? Jesús nos ha dado la medida y nos ha dicho: “dichosos vosotros si lo ponéis en práctica”.

Jesús sabe que va a ser traicionado. Y aun así lava los pies del que lo va a traicionar, se convierte en su esclavo. Y es en esa traición que nos va a revelar su divinidad (¡qué misterio!): “Os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis que Yo Soy”. “Yo soy”, el nombre que Dios le reveló a Moisés en la zarza ardiendo (Ex 3,14).

Esta lectura nos invita a preguntarnos: ¿Soy un “admirador” de Jesús o soy otro “cristo” (Gál 2,20)?

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES SANTO 13-04-22

El confesionario está abierto… ¡Todavía estamos a tiempo!

Ya estamos en el umbral de la Pasión. Es Miércoles Santo. Mañana celebraremos la Misa vespertina “en la cena del Señor”, y pasado mañana será el Viernes Santo. El pasaje evangélico que nos presenta la liturgia para hoy es precisamente la preparación de la cena, y la versión de Mateo de la traición de Judas (Mt 26,14-25). Pero el énfasis parece estar en la traición de Judas, pues comienza y termina con esta. Los preparativos y la cena parecen ser un telón de fondo para el drama de traición.

La lectura comienza así: “En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, se presentó a los sumos sacerdotes y les propuso: ‘¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?’ Ellos se ajustaron con él en treinta monedas (Mateo es el único que menciona la cantidad acordada de “treinta monedas” Marcos y Lucas solo mencionan “dinero”). Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo”.

La trama de la traición continúa desarrollándose durante la cena: “Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar”. Luego sigue un intercambio entre Jesús y sus discípulos, que culmina con Judas preguntando: “¿Soy yo acaso, Maestro?”, a lo que Jesús respondió: “Tú lo has dicho”. Esto ocurría justo antes de la institución de la Eucaristía.

Siempre que escucho la historia de la traición de Judas, recuerdo mis días de infancia y adolescencia cuando en mi pueblo natal se celebraba la quema de una réplica de Judas. Era como si emprendiéndola contra Judas, el pueblo entero tratara de echarle a este toda la culpa por la muerte de Jesús; como si dijéramos: “Si yo hubiese estado allí, no lo hubiese permitido”.

La realidad es que la traición de Judas fue el último evento de una conspiración de los poderes ideológico-religiosos de su tiempo, que llevaban tiempo planificando la muerte de Jesús. La suerte de Jesús estaba echada. Judas fue un hombre débil de carácter que sucumbió ante la tentación y se convirtió en un “tonto útil” en manos de los poderosos.

Es fácil echarle culpa a otro; eso nos hace sentir bien, nos justifica. Pero se nos olvida que Jesús murió por los pecados de toda la humanidad, cometidos y por cometer. Eso nos incluye a todos, sin excepción. Todos apuntamos el dedo acusador contra Judas, pero, ¿y qué de Pedro? ¿Acaso no traicionó también a Jesús? ¡Ah, pero Pedro se arrepintió y siguió dirigiendo la Iglesia, mientras Judas se ahorcó! Esta aseveración suscita tres preguntas, que cada cual debe contestarse: ¿Creen ustedes que Dios dejó de amar a Judas a raíz de la traición? ¿Existe la posibilidad de que Judas se haya arrepentido en el último instante de su vida? De ser así, ¿puede Dios haberlo perdonado?

¿Y qué de los demás discípulos, quienes a la hora de la verdad lo abandonaron, dejándolo solo en la cruz?

No pretendo justificar a Judas. Tan solo quiero recalcar que él no fue el único que traicionó a Jesús, ni será el último. ¿Quiénes somos nosotros para juzgarlo? Hoy debemos preguntarnos: ¿Cuántas veces te he traicionado, Señor? ¿Cuáles han sido mis “treinta monedas”?

El confesionario está abierto… ¡Todavía estamos a tiempo!

RELEXIÓN PARA EL LUNES SANTO 11-04-22

“María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera”.

Luego de la entrada triunfal en Jerusalén que celebrábamos ayer, las lecturas de esta semana nos irán narrando la última semana de Jesús, y preparándonos para su Pascua. La lectura evangélica de hoy (Jn 12,1-11) nos ubica en tiempo: “seis días antes de la Pascua”; es decir, el lunes de la última semana de Jesús en la tierra.

Jesús sabe que está viviendo los últimos días de su humanidad y decide ir a pasar un rato agradable con sus amigos Lázaro, Marta y María, en el poblado de Betania, el lugar al que solía acudir cuando quería descansar. El autor enfatiza la proximidad de la Pascua, la presencia de Lázaro “a quien había resucitado de entre los muertos”, y el “perfume de nardo auténtico y costoso” con el que María, la hermana de Lázaro, le ungió los pies a Jesús. Este gesto de María es el que le da a este pasaje el nombre de la “unción en Betania”.

La lectura también nos presenta el ambiente. Un ambiente de fiesta: “Allí le ofrecieron una cena”. Por la forma en que Juan la describe, da la impresión de que no era una cena íntima con los amigos, se trataba de una fiesta en honor a Jesús, con muchos invitados. ¿Una fiesta de despedida, o una prefiguración de su gloriosa resurrección? No hay duda que todos querían verlo, pues estaban maravillados con los prodigios obrados por Jesús, especialmente por la revitalización de Lázaro. Esto se hace evidente por el comentario al final del pasaje de que muchos estaban allí, “no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos”.

El “perfume de nardo, auténtico y costoso” con el que María ungió los pies de Jesús y que hizo que la casa se llenara de su fragancia, nos presenta un marcado contraste con el mal olor que había en la tumba de Lázaro antes de que Jesús lo reviviera (Jn 11,39). Jesús es la resurrección y la vida.

Por otro lado, cuando Judas se quejó de que estuvieran desperdiciado un perfume tan caro en lugar de venderlo para repartir su importe entre los pobres, Jesús le dijo: “Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis”. Algunos ven en la expresión de que María tenía reservado el perfume para el día de la sepultura de Jesús, un anticipo de que su cadáver no podría ser embalsamado el día de su entierro. La referencia a los pobres se refería a que, aunque se iba a separar físicamente de sus discípulos, permanecería siempre entre ellos, y entre nosotros, en la persona de estos, en el rostro de los pobres.

Mientras los sumos sacerdotes continuaban adelantado la conspiración para asesinar a Jesús, Él se mantiene en calma, disfruta de sus últimos momentos con sus amigos, y se dispone regresar al día siguiente a Jerusalén para culminar su misión.

Señor, permíteme acompañarte durante los eventos de esta semana y abrir mi corazón al beneficio de tu pasión redentora, para luego celebrar tu gloriosa resurrección.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA VIGÉSIMA SEMANA DEL T.O. (1) 19-08-21

“Tengo preparado el banquete”…

El evangelio que leemos en la liturgia para hoy (Mt 22,1-14) nos presenta la parábola del banquete de bodas. En esta parábola Jesús compara el Reino de los cielos con un banquete de bodas, y al anuncio de la Buena Nueva del Reino con la invitación al banquete. Ya se acerca su hora, Jesús sabe que su tiempo se acaba y está “pasando balance” de su gestión.

Jesús está consciente que los suyos (los judíos) no “aceptaron su invitación” (“Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron”. – Jn 1,11), no le hicieron caso. Cada cual siguió ocupándose de “lo suyo”. Para estos, sus asuntos eran más importantes que la invitación. Inclusive llegaron al extremo de agredir físicamente a los portadores de la invitación. ¡Cuántas veces tenemos que sufrir esos desplantes los que nos convertimos en portadores de la Buena Nueva!

Ante el desplante de sus invitados, el rey pide a sus criados que inviten a todos los que encuentren por el camino: “Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda”. Y los criados, salieron a los caminos e invitaron a todos los que encontraron, “malos y buenos”.

Resulta claro que el Reino es para todos, malos y buenos; tan solo hay que aceptar la invitación y “ponerse el traje de fiesta”. Todos hemos sido invitados al banquete de bodas del Reino. Pero como hemos dicho en días anteriores, esa invitación tiene unas condiciones, una “letra chica”. Tenemos que dejar atrás nuestra vestimenta vieja para vestir del traje de gala que amerita el banquete de bodas.

Hay un versículo de esta lectura que resulta un poco desconcertante. Me refiero al tratamiento severo que el rey la da al que no vino ataviado con el vestido de fiesta: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas” (v. 13). Se han escrito “ríos de tinta” sobre el posible significado de este verso, pero los exégetas no se ponen de acuerdo sobre qué estaba pensando Jesús cuando dijo esa frase (incluyendo el tenebroso “llanto y rechinar de dientes” que le sigue). Tal vez la respuesta esté en la oración que antecede a la condenación: “El otro no abrió la boca”. Otras versiones dicen “El hombre se quedó callado”. En otras palabras, se le dio la oportunidad y la ignoró. Se le invitó, vino a la boda, se le dijo que no estaba vestido apropiadamente, y en lugar de corregir la situación, optó por quedarse callado. Es decir, compró su propia condenación. Me recuerda el pasaje de la Primera Carta a los Corintios, en el que Pablo nos narra la Cena del Señor, refiriéndose a los que se acercan a la Eucaristía sin la debida preparación: “El que come y bebe indignamente, come y bebe su propia condenación” (11,29).

No hay duda que el Señor nos invita a todos a su Reino, santos y pecadores. Pero para ser acreedores de sentarnos al “mesa del banquete”, lo menos que podemos hacer es lavar nuestra túnica. Así llegaremos a formar parte de aquella multitud, “imposible de contar” de toda nación, raza, pueblo y lengua, que harán su entrada en el salón del trono del Cordero, “vestidos con sus vestiduras blancas” (Cfr. Ap 7,9).

Hemos recibido la invitación. Tenemos dos opciones: la aceptamos o la rechazamos. Si la aceptamos, lo menos que podemos hacer es ir vestidos apropiadamente. Anda, ¡ve a reconciliarte!

REFLEXIÓN PARA EL DÉCIMO SÉPTIMO DOMINGO DEL T.O. (B) 25-07-21

La multiplicación de los panes es un “signo” que va más allá de la mera multiplicación material. Ese pan “inferior”, por la bendición que Jesús pronuncia sobre él, se convierte en el verdadero “pan de vida”

La liturgia de hoy nos presenta la versión de Juan del episodio de la multiplicación de los panes y los peces (Jn 6,1-15). Los sinópticos también recogen este pasaje (Mt 14,13-21; Mc 6,32-44; Lc 9,10-17), convirtiéndose en uno de los pocos milagros que recogen los cuatro evangelistas, lo que apunta a su historicidad y al impacto que ese episodio tuvo en los evangelistas. También puede influenciar el hecho de que lo relacionaban con el episodio del profeta Eliseo que nos presenta la primera lectura de hoy (2 Re 4,42-44).

El domingo pasado nos habíamos quedado en la antesala de este milagro en el evangelio según san Marcos. Hoy interrumpimos la lectura de Marcos, para dar paso a la versión de Juan, que sirve de preámbulo al “discurso del pan de vida” que cubre todo su capítulo 6, que estaremos leyendo durante cinco domingos consecutivos, hasta retomar a Marcos en el vigesimosegundo domingo del tiempo ordinario.

De entrada hay que señalar tres detalles que hacen la versión de Juan diferente a la de los sinópticos: Los panes eran de cebada, que era un pan más asequible, el “pan de los pobres” (en la primera lectura los panes que trajeron a Eliseo eran de cebada); el hecho de que en esta versión es Jesús mismo quien reparte los panes, a diferencia de los sinópticos, en los cuales son los discípulos quienes hacen la repartición; y el énfasis de Juan en el hecho de que “estaba cerca la Pascua”. Todos estos elementos hacen de la narración de Juan una prefiguración, un anticipo de la última cena y la institución de la Eucaristía.

La multiplicación de los panes es un “signo” que va más allá de la mera multiplicación material. Ese pan “inferior”, por la bendición que Jesús pronuncia sobre él se convierte en el verdadero “pan de vida” (Cfr. Jn 6,35), que es un alimento fundamental, espiritual, que recibimos de manos de Jesús, por mera gratuidad. Y dentro del marco de la Pascua, se nos presenta Él mismo como alimento pascual.

Ya desde el capítulo 2, Juan nos había presentado a Jesús como el nuevo Templo. Ahora vemos a la gente acudiendo a la persona Jesús para celebrar la Pascua. Ya no hay que ir al Templo de Jerusalén a celebrar la Pascua, sino allí donde esté Jesús. En este mismo contexto, no debemos olvidar que antes de celebrar la Pascua los judíos tenían que purificarse. Por eso el profeta Jeremías (7,1-11) nos advertía que en vano buscaríamos al Señor en el Templo si no enmendamos nuestra conducta y nuestras acciones.

Del mismo modo, si nos acercamos a recibir el “pan de vida” de la Eucaristía sin habernos arrepentido de nuestros pecados con el firme propósito de enmendar nuestra conducta y nuestras acciones, y recibido la absolución sacramental, estaremos consumiendo, no el pan de vida, sino nuestra propia condenación (Cfr. 1 Cor 11,27).

El Señor, que es el verdadero Templo, nos espera hoy en el templo parroquial para ofrecerse Él mismo en su Palabra y en el Pan de Vida de la Eucaristía. No desperdiciemos esa oportunidad. Y si no puedes, o no estás preparado para recibirle sacramentalmente, arrepiéntete de todo corazón, ábrele la puerta de tu corazón, y Él “entrará en tu casa, y cenará contigo, y tú con Él” (Cfr. Ap 3,20).

Que pasen un hermoso domingo lleno de la PAZ que solo Él puede brindarnos.