REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA VIGÉSIMO OCTAVA SEMANA DEL T.O. (2) 17-10-18

En la lectura evangélica que nos brinda la liturgia para hoy (Lc 11,42-46), Jesús continúa su condena a los fariseos y doctores de la ley, lanzando contra ellos “ayes” que resaltan su hipocresía al “cumplir” con la ley, mientras “pasan por alto el derecho y el amor de Dios”. Jesús sigue insistiendo en la primacía del amor y la pureza de corazón por encima del ritualismo vacío de aquellos que buscan agradar a los hombres más que a Dios o, peor aún, acallar su propia conciencia ante la vida desordenada que llevan. Todos los reconocimientos y elogios que su conducta pueda propiciar no les servirán de nada ante los ojos del Señor, que ve en lo más profundo de nuestros corazones, por encima de las apariencias (Cfr. Salmo 138; 1 Sam 16,7).

Así, critica también inmisericordemente a aquellos a quienes les encantan los reconocimientos y asientos de honor en las sinagogas (¡cuántos de esos tenemos hoy en día!), y a los que estando en posiciones de autoridad abruman a otros con cargas muy pesadas que ellos mismos no están dispuestos a soportar.

El Señor nos está pidiendo que practiquemos el derecho y el amor de Dios ante todo; que no nos limitemos a hablar grandes discursos sobre la fe, demostrando nuestro conocimiento de la misma, sino que asumamos nuestra responsabilidad como cristianos de practicar la justicia y el derecho, que no es otra cosa que cumplir la Ley del amor. De lo contrario seremos cristianos de “pintura y capota”, “sepulcros blanqueados”, hipócritas, que presentamos una fachada admirable y hermosa ante los hombres, mientras por dentro estamos podridos.

Somos muy dados a juzgar a los demás, a ver la paja en el ojo ajeno ignorando la viga que tenemos en el nuestro (Cfr. Mt 7,3), olvidándonos que nosotros también seremos juzgados. Es a lo que nos insta san Pablo en la primera lectura de hoy (Gál 5, 18-25 2,1-11) cuando nos dice: “Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu.”.

A partir del Año del Jubileo Extraordinario de la Misericordia proclamado por el papa Francisco hace dos años, él nos ha estado invitando a todos, al pueblo santo de Dios que es la Iglesia, a poner el énfasis en la misericordia por encima de la rigidez de las instituciones, de los títulos y la jerarquía. La Iglesia del siglo XXI ha de ser la Iglesia de los pobres, de los marginados. De ellos se nutre y a ellos se debe. Y para lograrlo no hay que reinventar la rueda, lo único que se requiere es leer y poner en práctica el Evangelio de Jesucristo y los documentos del Concilio Vaticano II.

Siempre que pienso en la Iglesia de los pobres vienen a mi mente las palabras que el Espíritu Santo puso en boca del Cardenal Claudio Hummes cuando le dijo al entonces Cardenal Bergoglio al momento de ser elegido como Papa: “No te olvides de los pobres”; frase que dio origen al nombre papal que este escogió.

Hoy, pidamos al Señor nos conceda un corazón puro que nos permita guiar nuestras obras por la justicia y el amor a Dios y al prójimo, no por los méritos o reconocimiento que podamos recibir por las mismas.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA VIGÉSIMO PRIMERA SEMANA DEL T.O. (2) 28-08-18

El evangelio que leemos en la liturgia de hoy (Mt 23,23-26) es una continuación del de ayer que, como expresáramos el pasado sábado, forma parte de ese discurso contra la actitud de los escribas y fariseos que Mateo pone en boca de Jesús en el capítulo 23 de su relato evangélico. Cada una de las críticas va precedida de un “¡Ay!”, que es una traducción bastante libre de la palabra griega en el original Quai, a falta de una palabra equivalente en español. Pero la palabra original lo que expresa, más que una maldición, es dolor, indignación.

Tanto el evangelio de ayer (Mt 23,13-22) como el de hoy, tienen una línea de pensamiento subyacente: Jesús desprecia con vehemencia la hipocresía de los fariseos. Personas que se quedan en los ritos externos y en el “cumplimiento” (palabra compuesta por otras dos: “cumplo” y “miento”) de unos preceptos creados por ellos mismos para su propio beneficio, mientras “descuidan lo más grave de la ley: el derecho, la compasión y la sinceridad”. Fíjense que Jesús no condena los ritos ni la observancia de la ley (Cfr. Mt 5,18), lo que condena es el quedarse en los ritos y observancia externos sin que estos reflejen una actitud interior conforme a lo que se practica: “Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello”.

A diario vemos los “fariseos” de nuestro tiempo, esas personas que gustan de ocupar los primeros puestos en todas las actividades y celebraciones litúrgicas de la Iglesia, en la oración comunitaria, en las lecturas de la celebración eucarística, en los sacramentos; pero su vida personal, su conducta “fuera del templo”, no guarda relación alguna con esa “religiosidad” demostrada en el Templo. Son meros actores interpretando un “papel” para “las gradas”. Esa es la actitud que Jesús condena cuando dice: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis rebosando de robo y desenfreno!” Es lo que el campesino puertorriqueño compara con la hoja del yagrumo, que cuando usted la ve de un lado tiene un color, pero cuando la vira del otro lado, tiene un color diferente.

Son pocas las veces que vemos a Jesús verdaderamente molesto, indignado. Aunque el evangelio no describe la actitud de Jesús cuando pronuncia las palabras que leemos en el evangelio de hoy, no resulta difícil imaginarse hasta el tono de voz que utilizó; el de una persona bien molesta, indignada, como cuando echó a los mercaderes del Templo (Jn 2,13-25).

Jesús nos está diciendo que el verdadero cristiano es una persona “genuina”, sin dobleces, transparente, que practica lo que predica. Nos está diciendo que, aunque no debemos menospreciar los ritos externos (la purificación exterior de “la copa y el plato”), estos tienen menos importancia que la pureza interior. Cuando lleguemos a ese día que nos espera a todos en que tengamos que enfrentarnos a nuestra vida, no se nos preguntará cuántas veces acudimos al templo, ni cuántas veces participamos en los ritos religiosos, ni cuánto diezmamos; se nos preguntará cuánto amamos. Como dijo san Juan de la Cruz: “A la tarde de la vida te examinarán en el amor”.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA DECIMOSEXTA SEMANA DEL T.O. (2) 24-07-18

En la primera lectura de hoy (Mi 7,14-15.18-20) encontramos la confesión de fe del profeta Miqueas. Una fe que comprende la magnitud y el alcance de la misericordia divina. Una fe que confía en la fidelidad de Dios a pesar de nuestras infidelidades: “¿Qué Dios como tú, que perdonas el pecado y absuelves la culpa al resto de tu heredad? No mantendrá por siempre la ira, pues se complace en la misericordia”. Es la fe que permite al profeta denunciar las infidelidades de su pueblo y seguir adelante con la certeza de que el Dios que los ha enviado mantendrá su fidelidad para con él por siempre.

Muchas veces cargamos nuestra fe de ritos y preceptos que se tornan en campanas huecas, pues abandonamos lo esencial que es el amor y la misericordia divina, que cuando se derrama en nuestros corazones nos hace comprender que la voluntad del Padre está precisamente en el Amor, y en repartir ese Amor entre nuestros hermanos. Como he dicho en ocasiones anteriores, muchas veces nuestra fe se limita a dar “cumplimiento” a unos preceptos, pero somos incapaces de practicar la caridad y la justicia con nuestros hermanos, especialmente los más necesitados. Por eso se dice que la palabra “cumplimiento” está compuesta por dos palabras: “cumplo” y “miento”.

En el evangelio de hoy (Mt 12,46-50) Jesús, ante la llamada de sus familiares, contestó: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Y, señalando con la mano a los discípulos, dijo: “Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre”.

Algunos ven en esas palabras del Jesús un gesto de menosprecio hacia su Madre. Analizando las palabras de Jesús hemos de preguntarnos: ¿Quién cumplió la voluntad del Padre mejor que su madre María? Si tomamos en cuenta que los relatos evangélicos (especialmente Lucas) nos muestran a María totalmente entregada a escuchar la Palabra de Dios (Cfr. Lc 1,38), estas palabras se convierten en una verdadera alabanza a la Madre de Jesús. Jesús quiere enfatizar que al “nuevo pueblo de Dios”, que es el sujeto de la Nueva Alianza ya no se pertenece por lazos de sangre (como era con el pueblo Judío y la Antigua Alianza) sino por lazos de Amor, por escuchar la Palabra del Padre y cumplir su voluntad.

Hoy tenemos que preguntarnos: ¿Somos verdaderamente hermanos de Jesús? Hay una forma fácil de determinarlo, un “test”: ¿hago la voluntad del padre? Lo bueno de esta prueba es que el mismo Jesús nos ha dado la contestación. San Juan de la Cruz lo resumió en una hermosa frase: “a la tarde de la vida te examinarán en el amor”.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA DUODÉCIMA SEMANA DEL T.O. (2) 25-06-18

De regreso a nuestra faena luego de unas cortas vacaciones, reanudamos nuestras acostumbradas reflexiones diarias. Gracias a todos los que nos acompañaron con sus oraciones durante estos días.

En el Evangelio de hoy (Mt 7,1-5) Jesús continúa impartiendo su enseñanza a los discípulos, como una especie de secuela al sermón de la montaña que hemos venido leyendo.

En dicho sermón Jesús impuso unas exigencias de conducta que sus discípulos tenían que seguir; exigencias que están basadas en el amor. Por eso Jesús muy sabiamente nos advierte contra la tentación de creernos superiores a los demás por el mero hecho de dar “cumplimiento” (“cumplo” y “miento”) a esas exigencias, incurriendo de ese modo en la misma conducta que Él tanto criticó a los fariseos.

Como siempre, Jesús no se anda con rodeos, va directo al grano: “No juzguéis y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros”.

Siempre estamos prestos a juzgar, a criticar y condenar la conducta de los demás, pero cuando se trata de nosotros mismos, consciente o inconscientemente ignoramos, minimizamos, o justificamos nuestras faltas, no importa cuán graves sean; utilizamos una vara distinta para medir nuestra conducta. ¡Nada más reñido con la Ley del Amor que está subyacente en todo el sermón de la montaña!

Por eso en esta lectura Jesús nos invita a hacer un examen de consciencia para discernir cuáles son las “vigas” que nublan el “ojo” que Dios puso en nuestros corazones (Cfr. Eclo 17,8-10) y nos impiden admirar la grandeza de su creación, y bendecirle y alabarle. Una vez logremos identificar y retirar ese pecado que nubla nuestro ojo, podremos ver la grandeza de su creación en nuestro prójimo, y valorar a nuestros hermanos como criaturas de Dios, con la misericordia que Él espera de nosotros. Entonces seremos acreedores a la Misericordia de Dios: “porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros”.

Una vez más encontramos a Jesús utilizando la palabra “hipócrita”, que como dijéramos en una reflexión anterior significa “actor”, alguien que representa algo que no es. Muchas veces nos miramos en un espejo y el reflejo que vemos es el de la persona que creemos ser, no de quien somos en realidad.

En el Padrenuestro Jesús nos enseñó a orar al Padre diciendo: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Es decir, que seremos juzgados con la misma medida que nosotros juzguemos a nuestros hermanos. Mientras juzguemos a nuestros hermanos con una vara distinta a la que utilizamos para juzgarnos a nosotros mismos, estamos excluyéndonos de la “comunión”, y de la promesa de Vida eterna que acompaña al mandamiento del Amor. “Al atardecer de la vida seremos examinados en el amor” (San Juan de la Cruz).

En esta semana que comienza, pidamos al Señor que nos llene de su Misericordia, de manera que podamos convertirnos en otros “cristos” (Cfr. Gál 2,20), y así poder mirar a nuestros hermanos desde la óptica del Amor y actuar de conformidad.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA VIGÉSIMO PRIMERA SEMANA DEL T.O. (1) 28-08-17

La lectura evangélica que nos presenta la liturgia de hoy (Mt 23,13-22) se coloca en el discurso de Jesús contra la hipocresía y vacuidad de los escribas y fariseos que ocupa el capítulo 23 de Mateo. Por el tono de su discurso podemos inferir que Jesús estaba bien molesto, enojado, al proferir su ataque frontal hacia ese grupo, sobre todo porque, como dice al principio de su diatriba, “dicen y no hacen” imponiendo a la gente cargas pesadas que ellos “ni con el dedo quieren moverlas” (23,3-4). Por eso les habla en un tono tan fuerte, llamándoles hipócritas, necios y ciegos. Jesús critica duramente la falta de autenticidad de estos. Asimismo, a Jesús le resulta hipócrita y hasta ofensiva la forma en que les gusta que se les reconozca y se le rinda pleitesía.

El pasaje de hoy es el comienzo de las “siete maldiciones” o “ayes” (llamadas así porque cada una está precedida de un “ay”) de Jesús contra los escribas y fariseos, que examinaremos durante los próximos tres días (mañana ampliaremos sobre el origen y significado de los “ayes”). Resulta notable la diferencia entre esta lectura y la primera (1 Tes 1-10), en la que Pablo elogia y da gracias por la fe de los cristianos de Tesalónica, quienes han sabido mantenerse firmes en la “esperanza en Jesucristo”.

Este contraste debe llevarnos a la reflexión y a un autoexamen de conciencia. ¿Cuántas altas y bajas experimentamos en nuestro camino de conversión continua mientras intentamos alcanzar la gloria eterna? ¿Cuántas veces damos gracias a Dios por nuestra fe, por todas las bendiciones que derrama sobre nosotros a diario, y cuántas veces tenemos que bajar nuestra mirada al enfrentarnos a nuestro pecado, a nuestra falta de autenticidad, a nuestro orgullo? Jesús nos está llamando a ser genuinos, transparentes, pero sobre todo humildes: “el Señor ama a su pueblo y adorna con la victoria a los humildes” (Salmo).

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren”. Este primer “ay” nos proporciona la clave de por qué Jesús, el manso y humilde corazón, puede tornarse en una “fiera” cuando se enfrenta a los que tergiversan el mensaje al punto de impedir a otros la entrada al Reino de los cielos. Los fariseos escondían su hipocresía en el “cumplimiento” estricto de la Ley, por encima de la justicia y el amor, angustiando a los fieles con “pecados” que son meras interpretaciones legalistas; interpretaciones que llegan a convertirse en “camisas de fuerza” que nos impiden movernos en nuestro camino a la santidad y a la salvación.

Hemos dicho en otras ocasiones que la voluntad de Dios es que todos obtengamos la salvación. Jesús es claro en su mensaje; o estamos con Él, o en contra de Él (Lc 11,23). No hay términos medios. Y mientras de Él dependa, ninguna de sus ovejas se ha de perder (Mt 18,14). Por eso ataca como una leona parida a los que puedan ser piedra de obstáculo para nuestra salvación.

Que pasen una hermosa semana llena de bendiciones.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA VIGÉSIMA SEMANA DEL T.O. (1) 23-08-17

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para hoy (Mt 19,30-20,16) pone de manifiesto la misericordia divina, y cómo esa misericordia se manifiesta en los que ponen su confianza en Él. Se trata de la “parábola de los obreros de la viña”. Para entender la enseñanza detrás de esta parábola tenemos que analizar detenidamente la conversación entre el dueño de la viña y cada grupo de jornaleros, y el salario que “ajusta” con cada uno. Veamos.

La parábola nos narra la historia del dueño de una viña que salió a contratar jornaleros para su viña. Fue a la plaza pública donde usualmente se congregaban los que buscaban trabajo. Nos dice la parábola que con los que contrató al amanecer, ajustó el salario en un denario por día. Salió por segunda vez a media mañana y contrató a otros que encontró sin trabajo diciéndoles: “os pagaré lo debido”. Lo mismo hizo al mediodía y a media tarde. Finalmente salió al caer la tarde y encontró a otros que habían estado todo el día y nadie los había contratado. A estos se limitó a decirles: “Id también vosotros a mi viña”.

Podemos ver tres tipos de jornaleros. Con los primeros el dueño se ajusta en un salario fijo, ha acordado un contrato de empleo. Un denario por día. Van a trabajar a cambio de una compensación específica. Los que contrató a media mañana, a mediodía y a media tarde, acordaron trabajar por una justa compensación, es decir, el dueño de la viña ofreció pagarles “lo debido” y ellos fueron a trabajar. Finalmente, los que contrató al atardecer, ni tan siquiera hablaron de compensación. Simplemente aceptaron el llamado del dueño: “Id también vosotros a mi viña”.

Los primeros recibieron el salario que habían acordado a cambio de su trabajo. Ni un céntimo más ni un céntimo menos. Estos nos recuerdan a los fariseos, quienes observaban el fiel “cumplimiento” de la Ley, y a cambio Dios les “debía” la recompensa del cielo. Tal parecería que pretendían “comprar” la salvación. El cumplimiento interesado de la Ley. Esos son los que no comprenden cómo es posible que los demás reciban el mismo salario. Sienten que Dios es “injusto” si les da la misma recompensa a otros que ellos consideran pecadores. Nos recuerdan la actitud del fariseo en la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18,9-14).

El segundo grupo de jornaleros, los que fueron a trabajar bajo la promesa de que recibirían “lo debido”, confiaron en que el dueño de la viña habría de ser justo con ellos. Estos representan a aquellos que se acercan a servir al Señor cuando son llamados. Confían en la justicia divina, que tiene su raíz en la misericordia divina, y su confianza es recompensada.

Pero los que más se asemejan al publicano de la parábola de Lucas son los que fueron contratados ya al final del día. Estos ni tan siquiera hablaron de salario. Se contentaron con trabajar. Y probablemente se sintieron bien por el mero hecho de poder trabajar en lugar de estar ociosos. Estos se dieron de corazón, y su esfuerzo y desinterés resultaron agradables al dueño de la viña. Asimismo, si te acercas a servir al Señor por amor, sin interés, aunque sea al final de tu vida, recibirás tu justa recompensa: la Vida eterna.

Por eso Jesús termina refiriendo la enseñanza a la vida eterna: “Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”. Todavía estás a tiempo.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA DECIMOSEXTA SEMANA DEL T.O. (1) 24-07-17

“Vino a los suyos, y los suyos no lo reconocieron” (Jn 1,11). Esa frase, tomada del prólogo del evangelio según san Juan, resume el evangelio que nos propone la liturgia de hoy (Mt 12,38-42).

La fama de Jesús continúa creciendo y los escribas y fariseos siguen sintiéndose amenazados por su persona. Han sido testigos de sus milagros; curaciones, expulsiones de demonios, y hasta revitalizaciones de muertos (no debemos confundir la revitalización con la resurrección, pues la última es definitiva, para no morir jamás). Ahora, delante de todos, le piden un signo: “Maestro, queremos ver un signo tuyo”. Un signo es más que un milagro, es un hecho que demuestre sin dudas la divinidad de Jesús, que demuestre que Él es Dios. Recordemos que poco antes lo habían acusado de echar demonios por el poder de Satanás (Mt 12,24). Insisten en ponerlo a prueba. En efecto, lo están tentando, contrario al mandato divino: “No tentarás al Señor tu Dios” (Dt 6,16; Mt 4,7).

De nuevo encontramos a Jesús pronunciando palabras duras contra los suyos; les llama “generación perversa y adúltera”, y les dice que no les dará más signo que el del profeta Jonás, que estuvo tres días en el vientre del cetáceo y salió con vida, anunciándoles de paso que Él mismo estaría tres días en el vientre de la tierra y resucitaría. Les está anunciando su Misterio pascual (pasión, muerte, resurrección), alrededor del cual gira toda nuestra fe (Cfr. 1 Cor 15,14). Pero estas personas están cegadas por el ritualismo vacío y el “cumplimiento” de la Ley y los preceptos. No pueden ver más allá. Es más, se niegan. Están anteponiendo sus propios intereses a los del Reino.

Por eso Jesús les dice que cuando juzguen a esa generación, los de Nínive, que se convirtieron con la predicación de Jonás, quien no era más que un profeta (Jon 3,5-8) y la reina del Sur, que vino a escuchar la sabiduría de Salomón (1 Re 10,1-13), se alzarán y les condenarán, pues ellos no le han creído a Él que es “más que Jonás” y “más que Salomón”.

Muchas veces en nuestras vidas, especialmente en los momentos de prueba, la angustia, la desesperanza, nos lleva a “tentar a Dios”, a exigirle “signos”, como si fuera necesario que Él haga alarde de su poder para que creamos en Él. Queremos “signos” que correspondan a nuestras necesidades, nuestros deseos; y si no nos “complace”, comenzamos a dudar. Entonces actuamos como la persona que recibe un diagnóstico médico que no es de su agrado y continúa visitando médicos hasta que da con uno que le dice lo que quiere escuchar. Nos negamos a ver la grandeza de Dios en todas las cosas que damos por sentadas: la vida misma, la complejidad y perfección de nuestro cuerpo, un amanecer, la belleza de las flores… ¡Y continuamos exigiendo “signos”!

En este día, pidamos al Señor que nos de los “ojos de la fe”.

Que pasen una hermosa semana en la Paz del Señor.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA DUODÉCIMA SEMANA DEL T.O. (1) 26-06-17

En el Evangelio de hoy (Mt 7,1-5). Jesús continúa impartiendo su enseñanza a los discípulos, como una especie de secuela al sermón de la montaña que hemos venido leyendo.

En dicho sermón Jesús impuso unas exigencias de conducta que sus discípulos tenían que seguir; exigencias que están basadas en el amor. Por eso Jesús muy sabiamente nos advierte de la tentación de creernos superiores a los demás por el mero hecho de dar “cumplimiento” (“cumplo” y “miento”) a esas exigencias, incurriendo de ese modo en la misma conducta que Él tanto criticó a los fariseos.

Como siempre, Jesús no se anda con rodeos, va directo al grano: “No juzguéis y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros”.

Siempre estamos prestos a juzgar, a criticar y condenar la conducta de los demás, pero cuando se trata de nosotros mismos, consciente o inconscientemente ignoramos, minimizamos, o justificamos nuestras faltas, no importa cuán graves sean; utilizamos una vara distinta para medir nuestra conducta. ¡Nada más reñido con la Ley del Amor que está subyacente en todo el sermón de la montaña!

Una vez más encontramos a Jesús utilizando la palabra “hipócrita”, que como dijéramos en nuestra reflexión para el pasado miércoles, significa “actor”, alguien que representa algo que no es. Muchas veces nos miramos en un espejo y el reflejo que vemos es el de quien creemos ser, no de quien somos en realidad.

Jesús nos está invitando a hacer un examen de conciencia para discernir cuáles son las “vigas” que nublan el “ojo” que Dios puso en nuestros corazones (Cfr. Eclo 17,8-10) y nos impiden ver la realidad. Una vez logremos identificar y retirar ese pecado que nubla nuestro ojo, podremos ver la grandeza de su creación en nuestro prójimo, y valorar a nuestros hermanos como criaturas de Dios, con la misericordia que Él espera de nosotros. Entonces seremos acreedores a la Misericordia de Dios: “porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros”.

En el Padrenuestro Jesús nos enseñó a orar al Padre diciendo: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Es decir, que seremos juzgados con la misma medida que nosotros juzguemos a nuestros hermanos.

En la medida en que juzguemos a nuestros hermanos con una vara distinta a la que utilizamos para juzgarnos a nosotros mismos, estamos excluyéndonos de la “comunión”, y de la promesa de Vida eterna que acompaña al mandamiento del Amor.

En esta semana que comienza, pidamos al Señor que nos llene de su Misericordia, de manera que podamos convertirnos en otros “cristos” (Cfr. Gál 2,20), y así poder mirar a nuestros hermanos desde la óptica del Amor.