REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA PRIMERA SEMANA DE CUARESMA 24-02-21

“Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás”.

La lectura evangélica que nos brinda la liturgia para este miércoles de la primera semana de Cuaresma (Lc 11,29-32), nos dice que Jesús, al ver que la gente se apretujaba a su alrededor esperando ver un milagro, les increpó diciendo: “Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación”. Jesús se refería a cómo los habitantes de Nínive se habían convertido con la predicación de Jonás (que no era Dios), mientras a Él (que sí es Dios) los suyos le exigían “signos” para creer. Estaban apantallados por los portentos y milagros realizados por Jesús, pero se quedaban en el signo exterior; no captaban el mensaje.

La primera lectura que de hoy (Jon 3,1-10) nos narra la conversión de los Ninivitas a que alude Jesús. El año pasado, al reflexionar sobre las lecturas para hoy, hicimos una exposición más amplia sobre ésta, a la cual les remitimos.

Ambas lecturas tienen como tema subyacente la conversión a la que somos llamados durante este tiempo de Cuaresma desde su comienzo, cuando al imponérsenos la ceniza se nos dijo: “Conviértete y cree en el Evangelio”. La pregunta obligada es: ¿Tiene sentido esa frase que se nos dice en relación con la actitud interior con la que nos acercamos a recibir la ceniza ese día? ¿Existe en nosotros una verdadera voluntad de conversión?

El rito exterior de la ceniza recibida en la cabeza no tiene ningún significado, ningún valor, si no tenemos una actitud interior de conversión, no solo para este tiempo de Cuaresma, sino para toda nuestra vida, pues el verdadero proceso de conversión dura toda la vida. Es un constante caer y levantarnos, con la esperanza de cada vez permanecer en pie durante más tiempo. De ahí el llamado constante a la conversión (Cfr. Ap 2,5). La conversión es, pues, un proceso que se inicia cuando tenemos un encuentro personal con Jesús, y va progresando en la medida que permanecemos en Él. Para ayudarnos en ese proceso la Iglesia nos brinda la gracia de los sacramentos, especialmente los de la Reconciliación y la Eucaristía. Por eso también se nos invita a acercarnos a estos durante este tiempo de Cuaresma.

Desde el comienzo de su predicación Jesús hizo un llamado a la conversión: “El plazo se ha cumplido. El Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1,15).  Más tarde Pedro, a nombre de la Iglesia, reiteró esa llamada el día de Pentecostés. Cuando los que escucharon su predicación, conmovidos por sus palabras le preguntaron qué tenían que hacer, él les contestó: “Conviértanse…” (Hc 2,38). Es la exhortación que la Iglesia nos sigue haciendo hoy.

Ya han pasado los primeros siete días de esta Cuaresma. Hagamos un ejercicio de introspección. ¿He interiorizado la llamada a la conversión? ¿Qué he hecho para lograrla?

Está claro que Dios quiere nuestra conversión, es más, la espera. Por eso nos da la gracia y los medios necesarios para lograrla a través de su Iglesia. Todavía estamos a tiempo. ¡Acércate! ¡Reconcíliate!

REFLEXIÓN PARA EL TERCER DOMINGO DEL T.O. (B) 24-01-21

Las lecturas que nos presenta la liturgia para este tercer domingo del tiempo ordinario tienen como tema principal el llamado a la conversión.

La primera lectura (Jon 3,1-5.10) nos narra el episodio de la conversión de Nínive. Yahvé envió a Jonás a profetizar a Nínive: “Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo”. Jonás se sintió sobrecogido por la magnitud de la encomienda, pues Nínive era una ciudad enorme para su época, de unos ciento veinte mil habitantes, que se requerían tres días para cruzarla. Jonás cruzó la ciudad proclamando: “¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!”.

Nos dice la lectura que “creyeron en Dios los ninivitas; proclamaron el ayuno y se vistieron de saco, grandes y pequeños.  Y vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida; se compadeció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó”.

La lectura evangélica (Mc 1, 14-20) nos presenta a Jesús comenzando a predicar la Buena Nueva del Reino, haciendo un llamado a la conversión, y reclutando sus primeros discípulos. Al igual que hizo con los de Nínive y los de Galilea, Dios nos llama continuamente a la conversión, a abandonar nuestra vida de pecado y abrazar la Ley del Amor. “El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes” (Sal 24).

El Evangelio nos dice que luego del arresto de Juan el Bautista, “Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: ‘Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio’”.

Jesús vino a proclamar la Buena Nueva del Reino a todas las naciones, no solo a los suyos. Él sabe que su tiempo en esta tierra es corto, que su hora está cerca. Hemos visto en los evangelios que hemos estado leyendo durante la pasada semana cómo desde los comienzos de su predicación ya su suerte estaba decida. La tarea es monumental, por eso necesita de “ayudantes” que continúen el anuncio de la Buena Noticia del Reino (Cfr. Mc 16,15).

Por eso el Evangelio de hoy nos presenta la vocación (“llamado”) los primeros discípulos: Simón (Pedro) y su hermano Andrés, y Santiago y su hermano Juan. Nos dice la Escritura que los cuatro, sin vacilar, dejaron las redes, y los segundos incluso dejaron a su padre (Cfr. Lc 14,26), para seguir a Jesús.

Ese llamado a la conversión, unido a la invitación a convertirnos en “pescadores de hombres” se ha seguido repitiendo de generación en generación hasta llegar a nosotros hoy. Así hemos recibido nuestra fe, así hemos comenzado nuestro proceso de conversión (que no termina hasta el día de nuestra muerte); porque alguien, ya bien sea nuestros padres, o un(a) catequista, un sacerdote, una religiosa, o un laico comprometido, nos “pescó”, nos habló del Reino y de la Ley del Amor que lo rige.

Te invito a visitar la Casa del Padre, aunque sea de manera virtual. Y no olvides dejar a la entrada del templo tus “redes” viejas que solo sirven para pescar cosas de este mundo, y aceptar la invitación de Jesús de convertirte en “pescador(a) de hombres”. Anda, ¡Atrévete!

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA SEGUNDA SEMANA DEL T.O. (1) 22-01-21

“… fue llamando a los que él quiso, y se fueron con él. A doce los hizo sus compañeros, para enviarlos a predicar, con poder para expulsar demonios”.

La lectura evangélica que contemplamos hoy nos ofrece la versión de Marcos de la elección de los “doce” (Mc 3,13-19). Hasta este momento los discípulos de Jesús eran cinco: Simón y su hermano Andrés, Santiago y su hermano Juan, y Leví (Mateo).

Nos narra el pasaje que Jesús “mientras subía a la montaña, fue llamando a los que él quiso, y se fueron con él”. Para los judíos la montaña es siempre lugar de encuentro con Dios, de oración; por eso es lugar de toma de decisiones. De hecho, el paralelo de Lucas (6,12-16) comienza diciendo que “por aquellos días se fue él al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios”, y entonces “llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles”.

Vemos cómo Jesús vivió toda su vida en un ambiente de oración; su vida se nutría de ese constante diálogo amoroso con el Padre. Y eso incluía hacer al Padre parte del proceso de tomar las decisiones importantes. Jesús es Dios, y aun así contaba con el concurso del Padre, y estaba siempre dispuesto a acatar Su voluntad (Cfr. Lc 22,42). Y tú, ¿consultas al Padre en oración cada vez que vas a tomar una decisión, o confías solo en tus capacidades humanas?

Continúa diciendo el pasaje de hoy que Jesús “llamó” a los que Él quiso. Característica principal de la vocación (“vocación” quiere decir “llamado”). La iniciativa SIEMPRE es de Dios. Es Él quien llama y capacita a los que escoge. Nos dice además la Escritura que aquellos a quienes llamó “se fueron con él”. Aceptaron el llamado.

Aceptado el llamado, “a doce los hizo sus compañeros, para enviarlos a predicar, con poder para expulsar demonios. Así constituyó el grupo de los Doce”. Los “envió”. La palabra griega para “enviado” es “apóstol”. Y su primera encomienda fue “predicar”, hacer el anuncio de Reino, que fue también la misión primordial de Jesús. Lo dijo al comienzo de su misión (Mc 1,38), y se lo repetirá a los apóstoles al final, antes de ascender a la derecha del Padre (Mc 16,15): “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación”.

El número de “doce” que Jesús escogió para instituir como apóstoles tampoco es casualidad. En la mentalidad y cultura judías el número doce es número de “elección”. El mismo nos remite a las doce tribus de Israel que fueron la base del Pueblo judío. Del mismo modo, ahora Jesús instituye el “nuevo Pueblo de Dios”, la Iglesia, edificada sobre el cimiento de los doce apóstoles (Cfr. Ef, 2,20). De ahí que cuando recitamos el Credo de los apóstoles decimos que la Iglesia es “apostólica”.

Y aunque nosotros no somos sucesores de los apóstoles, como los obispos, somos miembros de una comunidad de fe, la Iglesia instituida por Jesucristo sobre el fundamento de los apóstoles, Iglesia “Apostólica”. Así, cuando celebramos la Eucaristía nos unimos a Él como lo hicieron aquél día los “doce”, y al final de la misa se nos “envía” a predicar la Buena Noticia del Reino. ¡Atrévete!

REFLEXIÓN PARA EL SEGUNDO DOMINGO DEL T.O. (B) 17-01-21

«Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?» Él les dijo: «Venid y lo veréis.»

Las lecturas que nos ofrece a liturgia para hoy tienen un tema en común: la vocación, ese llamado que Dios nos hace, llamándonos por nuestro nombre, para encomendarnos una misión.

La primera lectura (1 Sa 3,3b-10. 19), nos narra la vocación de Samuel, quien al principio no reconoció la voz del Señor, pero que al reconocerla gracias a Elí, dijo sin vacilar: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha”.

La lectura evangélica, que es la misma que leímos el pasado lunes del tiempo de Navidad (Jn 1,35-42), por su parte, nos presenta la vocación de los primeros discípulos. En el caso de estos, el llamado no es directamente de boca de Jesús; son ellos quienes deciden seguirlo una vez Juan el Bautista les señala la persona de Jesús y les dice: “Éste es el Cordero de Dios”. Y tal fue la impresión que causó la presencia de Jesús en estos discípulos, que nos cuenta la escritura que: “los dos discípulos oyeron (las) palabras (de Juan) y siguieron a Jesús”. Cada vez que leo la vocación de cada uno de los discípulos de Jesús trato de imaginarme su mirada penetrante, su carisma, su magnetismo, imposible de resistir. Un encuentro que provoca un seguimiento…

Seguimiento que a su vez provoca las primeras palabras de Jesús en las Sagradas Escrituras: “¿Qué buscáis?”. Pudo haberles preguntado sus nombres, hacia dónde se dirigían, por qué le seguían… No olvidemos que Jesús es Dios, que conoce nuestros pensamientos. Él sabía lo que buscaban. Tan solo quería una confirmación; no para Él, sino para ellos mismos.  Eso me hace preguntarme a mí mismo: ¿Busco yo seguir a Jesús? Si Jesús me preguntara: “Y tú, ¿qué buscas?” ¿Qué le contestaría?

Los discípulos le contestaron con otra pregunta: “Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?” Pregunta que implica un deseo de seguirlo, conocerlo mejor, permanecer con Él. De hecho, cuando Jesús les contesta, “Venid y lo veréis”, nos dice el Evangelio que los discípulos “fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día”. Tal fue la impresión que esa experiencia causó en el evangelista, que hasta recuerda la hora: “serían las cuatro de la tarde”.

Me pregunto sobre qué les habrá hablado Jesús durante esa tarde. Se me ocurren dos temas obligados: el Reino (Lc 4,43) y el Amor (Mc 12,28-31). Siempre pienso en la mirada de Jesús, y trato de imaginarla…, y se me eriza la piel… Lo cierto es que tan impresionados quedaron los discípulos con la experiencia de Jesús, que tan pronto salieron, uno de ellos, Andrés, encontró a su hermano Simón y no pudo contenerse. Antes de saludarle, como impulsado por un celo inexplicable exclama: “Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)”.

Esa es la conducta de todo el que ha tenido un encuentro personal con Cristo. Hemos sido arropados por su Amor, y ese amor nos obliga a compartirlo, a proclamarlo, a anunciarlo a todos. ¿Siento yo ese deseo incontrolable de compartir mi experiencia de Jesús con todo el que se cruza en mi camino? Si no lo siento, tengo que preguntarme: ¿He tenido real y verdaderamente un encuentro con Jesús? ¿Me he abierto a su Amor incondicional? ¿Le he permitido “nacer” en mi corazón? ¿Qué trabas existen que me impiden tener la experiencia de Jesús?

REFLEXIÓN PARA EL PRIMER LUNES DEL T.O. (1) 11-01-21

 Con la celebración del Bautismo del Señor en el día de ayer, concluyó el Tiempo de Navidad. Hoy comenzamos el Tiempo Ordinario (año impar), y para este día la liturgia nos presenta como primera lectura el comienzo de la carta a los Hebreos (1,1-6). Esta lectura nos “aterriza” en la plenitud de los tiempos y la llegada del Hijo que es la Palabra, y lo que esa Palabra implica: “En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo”.

Y para que no quede duda de quién es ese “Hijo”, nos remite al Bautismo del Señor: “Pues, ¿a qué ángel dijo jamás: ‘Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado’, o: ‘Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo’? Y en otro pasaje, al introducir en el mundo al primogénito, dice: ‘Adórenlo todos los ángeles de Dios’”.

No hay duda, Jesús ha llegado, se ha manifestado en dos epifanías distintas, y ha comenzado su misión. Juan ha sido arrestado. Jesús comienza a predicar la Buena Nueva del Reino, haciendo un llamado a la conversión. La tarea es formidable. Llegó el momento de reclutar sus primeros discípulos, y la lectura evangélica que nos lanza de lleno en el Tiempo Ordinario nos narra ese episodio (Mc 1,14-20).

Se trata de la vocación (“llamado”) de Simón (Pedro) y su hermano Andrés, y Santiago y su hermano Juan (los hijos del Zebedeo). Jesús escoge sus primeros discípulos de entre los pescadores, y utiliza la pesca, y el lenguaje de la pesca, para simbolizar la tarea que les espera a los llamados. Nos dice el pasaje que a los primeros les dijo “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres”. Siempre que escucho esta frase recuerdo a un párroco español que tuvimos en nuestra comunidad por muchos años (el Padre Paco), que en su inglés de Castilla la Vieja describía nuestra misión como “fishing and fishing”.

La escritura no nos dice qué le dijo a los segundos, pero debe haber sido algo similar. Lo cierto es que los cuatro, sin vacilar, dejaron las redes, y los segundos incluso dejaron a su padre (Cfr. Lc 14,26), para seguir a Jesús. Y ese seguimiento implicaba, por supuesto, aceptar el reto que Jesús les lanzó junto con la invitación: convertirse en “pescadores de hombres”. Esto nos evoca el pasaje de Jeremías (20,7): “¡Tú me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir!” De nuevo esa mirada… ¡imposible de resistir!

Como hemos dicho en ocasiones anteriores, el seguimiento de Jesús tiene que ser radical, no hay términos medios (Cfr. Ap 3,15-16). Con ese pensamiento comenzamos el Tiempo Ordinario. Esa es la prueba de fuego para determinar si verdaderamente vivimos la Navidad, o si simplemente nos limitamos a celebrarla. Jesús nos llama a ser pescadores de hombres, pero ello implica dejar nuestras “redes” que solo nos sirven para pescar las cosas del mundo. ¿Estamos dispuestos a aceptar el reto?

REFLEXIÓN PARA EL MARTES 05-01-21 – TIEMPO DE NAVIDAD

En aquel tiempo, determinó Jesús salir para Galilea; encuentra a Felipe y le dice: «Sígueme.»

La liturgia continúa brindándonos el primer capítulo del Evangelio según san Juan. Recordemos que Juan es quien único nos narra con detalle esta vocación de los primeros discípulos, pues fue el que la vivió. De hecho, Juan es el único evangelista que nos presenta los tres años de la vida pública de Jesús. Los sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) centran su narración en el último año. El pasaje de hoy (Jn 1,43-51) nos narra la vocación (como habíamos dicho en reflexiones anteriores, vocación quiere decir “llamado”) de Felipe y Natanael (a quien se llama Bartolomé en los sinópticos).

La narración comienza con un gesto de Jesús que reafirma su humanidad; nos dice que Jesús “determinó” (otras traducciones usan el verbo “decidió”) salir para Galilea. Un acto de voluntad muy humano, producto de escoger, decidir entre dos o más alternativas. Juan continúa presentándonos el misterio de la Encarnación.

Inmediatamente se nos dice que Jesús “encuentra a Felipe y le dice ‘Sígueme’”. Una sola palabra… La misma palabra que nos dice a nosotros día tras día: “Sígueme”. Una sola palabra acompañada de esa mirada penetrante. De nuevo esa mirada… Cierro los ojos y trato de imaginármela. Imposible de resistir; no porque tenga autoridad, sino porque el Amor que transmite nos hace querer permanecer en ella por toda la eternidad. Es la mirada de Dios que nos invita a compartir ese amor con nuestros hermanos, como nos dice San Juan en la primera lectura de hoy (1 Jn 3,11-21): “Éste es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros”, y no “de palabra y de boca, sino de verdad y con obras”.

Felipe se ha sumergido en la mirada de Dios y se ha sumergido en el Amor que transmite. Y ya no conoce otro camino que el que marcan sus pasos. Y al igual que en el pasaje inmediatamente anterior a este, en el que veíamos cómo Andrés, al encontrar a Jesús se lo dijo a su hermano Simón y lo llevó inmediatamente ante Él, hoy se desata el mismo “efecto dominó”. Felipe no puede contener la alegría de haber encontrado al Mesías, y se lo comunica a Natanael: “Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret”. Trato de imaginar la alegría reflejada en su rostro y me pregunto: Cuando yo hablo de Jesús, ¿se nota esa misma alegría en mi rostro? Natanael se mostró esquivo, le cuestionó si de Nazaret podría salir algo bueno. Pero Felipe no se dio por vencido, le invitó a seguirle para que viera por sí mismo: “Ven y verás”. La certeza que proyecta el que está seguro de lo que dice, convencido de lo que cree. Y me pregunto una vez más, ¿muestro yo ese mismo empeño y celo apostólico cuando me cuestionan si lo que yo digo de Jesús es cierto? Para ello tengo que preguntarme: ¿Estoy convencido de haber encontrado a mi Señor y Salvador?

Hace unos días celebrábamos el nacimiento de aquél Niño, que en la lectura de hoy vemos convertido en ese hombre que provoca estas reacciones en aquellos a quienes llama. Ese mismo nos hace una promesa si creemos en Él: “Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”.

Mañana celebraremos la Epifanía, la manifestación de Dios al mundo entero. Pidamos al Señor que nos permita convertirnos en una manifestación de su poder y gloria, pero sobre todo de su Amor, a todo el que se cruce en nuestro camino.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES 04-01-21 – TIEMPO DE NAVIDAD

La Liturgia continúa llevándonos de la mano a través del tiempo de Navidad, que culmina el próximo domingo, con la Fiesta del Bautismo del Señor.

La lectura evangélica (Jn 1,35-42), de hoy nos presenta la vocación de los primeros discípulos. En el caso de estos, el llamado no comienza directamente de boca de Jesús. Muchas veces Jesús se vale te personas para llamarnos; por eso tenemos que estar atentos a la voz de nuestros hermanos. En este caso se valió de Juan el Bautista, quien les señala la persona de Jesús y les dice: “Éste es el Cordero de Dios”. Tal fue la impresión que causó la presencia de Jesús en estos discípulos, que nos cuenta la escritura que: “los dos discípulos oyeron (las) palabras (de Juan) y siguieron a Jesús”. Cada vez que leo la vocación de cada uno de los discípulos de Jesús trato de imaginarme su mirada penetrante, su carisma, su magnetismo, imposible de resistir. Un encuentro que provoca un seguimiento…

Seguimiento que a su vez provoca las primeras palabras de Jesús en las Sagradas Escrituras: “¿Qué buscáis?”. Pudo haberles preguntado sus nombres, hacia dónde se dirigían, por qué le seguían… No olvidemos que Jesús es Dios, que conoce nuestros pensamientos. Él sabía lo que buscaban. Tan solo quería una confirmación; no para Él, sino para ellos mismos.  Eso me hace preguntarme a mí mismo: ¿Busco yo seguir a Jesús? Si Jesús me preguntara: “Y tú, ¿qué buscas?” ¿Qué le contestaría?

Los discípulos le contestaron con otra pregunta: “Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?” Pregunta que implica un deseo de seguirlo, conocerlo mejor, permanecer con Él. Es ahí que se produce el llamado (vocación) de labios de Jesús: “Venid y lo veréis”. Nos dice el Evangelio que entonces los discípulos “fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día”. Tal fue la impresión que esa experiencia causó en el evangelista, que hasta recuerda la hora: “serían las cuatro de la tarde”.

Me pregunto sobre qué les habrá hablado Jesús durante esa tarde. Se me ocurren dos temas obligados: el Reino (Lc 4,43) y el Amor (Mc 12,28-31). Siempre pienso en la mirada de Jesús, y trato de imaginarla…, y se me eriza la piel… Lo cierto es que tan impresionados quedaron los discípulos con la experiencia de Jesús, que tan pronto salieron, uno de ellos, Andrés, encontró a su hermano Simón y no pudo contenerse. Antes de saludarle, como impulsado por un celo inexplicable exclama: “Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)”.

Esa es la conducta de todo el que ha tenido un encuentro personal con Cristo. Hemos sido arropados por su Amor, y ese amor nos obliga a compartirlo, a proclamarlo, a anunciarlo a todos. ¿Siento yo ese deseo incontrolable de compartir mi experiencia de Jesús con todo el que se cruza en mi camino? Si no lo siento, tengo que preguntarme: ¿He tenido real y verdaderamente un encuentro con Jesús? ¿Me he abierto a su Amor incondicional?

Hace apenas unos días celebrábamos el nacimiento del Niño Dios. La próxima pregunta obligada es: ¿Le he permitido “nacer” en mi corazón?

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SAN ANDRÉS, APÓSTOL 30-11-20

Hoy hacemos un alto en la liturgia de Adviento para celebrar la Fiesta de san Andrés, apóstol. Andrés, oriundo de Betsaida (Jn 1,44), discípulo de Juan y hermano de Simón-Pedro, fue uno de los cuatro apóstoles originales (junto a Pedro, Santiago y Juan). El relato evangélico que la liturgia dispone para esta Fiesta (Mt 4,18-22), nos narra la vocación de estos primeros discípulos, que eran pescadores en el mar de Galilea. En ocasiones anteriores hemos dicho que la palabra vocación viene del verbo latino vocare, que quiere decir llamar. Así, la vocación es un llamado, en este caso de parte de Jesús.

Y los llamados de Jesús siempre son directos, sin rodeos, al grano. “Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres”. Una mirada penetrante y una palabra o una frase; imposible de resistir. Siempre que leo la vocación de cada uno de los apóstoles trato de imaginar los ojos, la mirada de Jesús, y la firmeza de su voz. Y se me eriza la piel. Por eso la respuesta de los discípulos es inmediata y se traduce en acción, no en palabras.

Nos dice la lectura que Andrés y Simón, “inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron”. En cuanto a los hijos de Zebedeo nos dice la lectura que “inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron”. Cabe señalar que en el relato evangélico de Juan, Andrés vio y siguió a Jesús primero, y es él quien va su hermano Simón Pedro y le dice: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,41). Tan impactante fue la experiencia de aquél primer encuentro con Jesús, que Juan recuerda la hora en que eso sucedió: “Eran como las cuatro de la tarde” (Jn 1,39). En cuanto a estos últimos, vemos no solo la inmediatez del seguimiento, sino también la radicalidad del mismo. Dejaron, no solo la barca, sino a su padre también. “Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,26; Mt 10,37). Dejarlo todo con tal de seguir a Jesús.

Mateo utiliza el lenguaje de la pesca en el escenario del mar de Galilea, y la frase “pescadores de hombres” con miras al objetivo de su relato evangélico, dirigido a los judíos que se habían convertido al cristianismo, con el propósito de demostrar que Jesús es el mesías prometido en quien se cumplen todas las profecías del Antiguo Testamento. Así, alude a la profecía de Ezequiel, en la que se utiliza la metáfora del mar, la pesca abundante y la variedad de peces (Ez 47,8-10) para significar la misión profética a la que Jesús llama a sus discípulos, dirigida a convertir a todos, judíos y paganos.

Hoy Jesús nos llama a ser “pescadores de hombres”. Y la respuesta que Él espera de nosotros no es una palabra, ni una explicación o excusa (Cfr. Lc 9,59-61); es una acción, como la del mismo Mateo, quien cuando Jesús le dijo: “Sígueme”, “dejándolo todo, se levantó y lo siguió” (Lc 5,27; Mt 9,9; Mc 2,14).

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA TRIGÉSIMA PRIMERA SEMANA DEL T.O. (2) MEMORIA OBLIGATORIA DE SAN MARTÍN DE PORRES 03-11-20

He tenido la dicha de orar sobre la tumba de este gran santo en varias ocasiones.

Hoy la Iglesia en Puerto Rico celebra la memoria de San Martín de Porres. Y el Evangelio que nos propone la liturgia ( Lc 14,15-24 ) es muy apropiado para celebrar la persona y la vida de tan insigne santo de la Orden de Predicadores (Dominicos), que supo forjar su santidad desde la humildad y la humillación, haciéndose de ese modo grande ante los ojos de Dios. “Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Lc 14,11).

San Martín de Porres, mulato bastardo, ingresó en la Orden de los Dominicos aún a sabiendas de que por su raza y condición social nunca se le permitiría ordenarse sacerdote, y ni tan siguiera ser fraile lego. Al entrar en la Orden lo hizo como “aspirante conventual sin opción al sacerdocio”, “donado”. Allí vivió una vida de obediencia, humildad, espiritualidad y castidad que le ganaron el respeto de todos.

En el Evangelio de hoy Jesús continúa enfatizando la apertura del Reino a todos por igual, mostrando su preferencia por los más humildes. En esta ocasión el mensaje gira en torno a la invitación, al llamado, a la vocación (de latín vocatio, que a su vez se deriva de vocare = llamar) que todos recibimos para participar del “banquete” del Reino, y la respuesta que damos a la misma. La respuesta de Martín de Porres fue radical.

Nos narra la parábola que un hombre daba un gran banquete y envió a su criado a invitar a sus numerosos invitados. Pero todos ponían diferentes excusas para no aceptar la invitación: negocios (“mis bueyes”), familia (“mi esposa”), propiedades (“mi campo”). Entonces el dueño de la casa dijo a su criado: “Sal corriendo a las plazas y calles de la ciudad y tráete a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos”. Como todavía quedaba lugar en la mesa, el dueño instruyó nuevamente a su criado: “Sal por los caminos y senderos e insísteles hasta que entren y se me llene la casa”.

Esta parábola pone de relieve que normalmente cuando estamos satisfechos con lo que tenemos, no sentimos necesidad de nada más, ni siquiera de Dios. Y cuando recibimos su invitación, hay otras cosas que en ese momento son más importantes (mi trabajo, mi negocio, mis propiedades, mi familia, mi auto, mis diversiones). Está claro que la entrada al banquete del Reino requiere una invitación. Pero hay que aceptar esa invitación ahora, porque la mesa está servida, y lo que se nos ofrece es superior a cualquier otra cosa que podamos imaginar. Por eso Jesús nos dice: “El que a causa de mi Nombre deje casa, hermanos o hermanas, padre, madre, hijos o campos, recibirá cien veces más y obtendrá como herencia la Vida eterna” (Mt 19,29). Pero si algo caracteriza a Jesús es que nos invita pero no nos obliga.

Otra característica de la invitación de Jesús expresada en la parábola, es su insistencia. Él nunca se cansa de invitarnos, de llamarnos a su mesa (Cfr. Ap 3,20). Por eso, cuando después de recibir a todos los maginados de la sociedad queda sitio en la mesa, instruye a su emisario que busque nuevamente a todos: “Sal por los caminos y senderos e insísteles hasta que entren y se me llene la casa”. Jesús quiere que TODOS nos salvemos.

Esa insistencia, esa vehemencia en la invitación, debería ser también característica de la Iglesia, que es el cuerpo místico de Cristo, y nos permite tener aquí en la tierra un atisbo, un anticipo, de lo que ha de ser el banquete de bodas del Cordero. Y esa invitación debería estar abierta a todos por igual, incluyendo a los pobres, a los que sufren, a los que lloran (Cfr. Mt 5,1-12).

Señor, dame la gracia para aceptar tu invitación con alegría sin que mis “asuntos” me impidan estar siempre presto a responder.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA VIGÉSIMA QUINTA SEMANA DEL T.O. (2) 23-09-20 – MEMORIA OBLIGATORIA DE SAN PÍO DE PIETRELCINA

La lectura evangélica que nos propone la liturgia de hoy (Lc 9,1-6), nos narra el “envío” de los doce, que guarda cierto paralelismo con el envío de “los setenta y dos” que el mismo Lucas nos narra más adelante (Lc 10,1-12). En ambos relatos encontramos unas instrucciones para la “misión” casi idénticas. En la de los doce que contemplamos hoy nos dice: “No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto”. A los setenta y dos les dirá: “No lleven dinero, ni alforja, ni sandalias…” La intención es clara; dejar atrás todo lo que pueda estorbarles en su misión.

Es de notar que en ambos casos la “misión” es la misma: el anuncio del Reino, que fue precisamente la misión de Jesús. “También a las otras ciudades debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para eso he sido enviado” (Lc 4,43). Esa es la gran misión de la Iglesia, anunciar al todo el mundo la Buena Nueva del Reino, dando testimonio del amor de Jesús. Y de la misma manera que Jesús abandonó Nazaret dejándolo todo, eso mismo instruye tanto a los apóstoles como a los setenta y dos.

Aunque hay ciertas variantes entre ambos envíos, nos concentraremos en las citadas “instrucciones” a ambos grupos; instrucciones que son de aplicación a todo discípulo, incluyéndonos a nosotros. Ese “dejarlo todo”, incluyendo las cosas “básicas” para sobrevivir, es la prueba del verdadero discípulo que confía en la Divina Providencia, y nos evoca la vocación de los primeros apóstoles, quienes “abandonándolo todo, lo siguieron” (Lc 5,11), y la de Mateo, que “dejándolo todo, se levantó y lo siguió” (Lc 5,28). “Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos?” (Mt 6,26).

Si creemos en Dios y le creemos a Dios, sabemos que cuando Él nos encomienda una misión siempre va a proveer y permanecer a nuestro lado, acompañándonos y dándonos las fuerzas para cumplirla (Cfr. Ex 3,12; Jr 1,8). Por eso el verdadero discípulo no teme enfrentar la adversidad. “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rm 8,31).

Hoy, pidamos al Señor que nos permita liberarnos de todo equipaje inútil que pueda estorbar u opacar la misión a la que hemos sido llamados, de anunciar la Buena Noticia del Reino y el Amor de Dios.

Hoy celebramos la memoria obligatoria de san Pío de Pietrelcina, quien durante su vida supo vivir de manera heroica la pobreza evangélica y el abandono a la Divina Providencia.

Pidamos la intercesión de san Pío de Pietrelcina, para que aprendamos a deshacernos de todo lo que pueda obstaculizar nuestro seguimiento de Cristo, y poder así anunciar eficazmente a todos la Buena Noticia del Reino y el Amor de Dios.