REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA OCTAVA SEMANA DEL T.O. (1) 05-03-18

La liturgia nos brinda hoy la continuación de la lectura evangélica de ayer, que nos relataba el episodio del hombre rico que se marchó triste cuando Jesús le dijo que para conseguir la vida eterna tenía que vender todo lo que tenía y repartir el dinero que obtuviera entre los pobres. Lo que Jesús le pedía estaba más allá de su capacidad, pues vivía muy apegado a sus bienes.

Hoy leemos (Mc 10,28-31) cómo, cuando el hombre se va decepcionado, Pedro toma la palabra y le dice a Jesús: “Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Aunque Marcos no lo explicita en su relato, en la versión de Mateo (Mt 19,27b) Pedro le formula una pregunta: “¿Qué nos tocará a nosotros?” (Otras versiones dicen: “¿Qué recibiremos?”). Probablemente están pensando todavía en puestos y privilegios…

Jesús le contesta: “Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más –casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones–, y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros”.

Jesús enfatiza el seguimiento radical que Él espera de los que nos llamamos sus discípulos. Lo hemos repetido en innumerables ocasiones. En el seguimiento de Jesús no hay términos medios, no hay condiciones, no hay tiempo de espera. Cuando Jesús nos dice “Sígueme”, o lo seguimos, o nos quedamos a la vera del camino. Como decimos en Puerto Rico: “Se nos va la guagua (autobús, colectivo, etc.)”

Lo que Jesús nos pide para alcanzar la salvación no es fácil. Nos exige romper con todas las estructuras que generan apegos, para entregarnos de lleno a una nueva vida donde lo verdaderamente importante son los valores del Reino. Solos no podemos. Entonces podemos preguntarnos: ¿quién podrá salvarse? Solo Dios salva; solo quien se abandona totalmente a la voluntad de Dios alcanza la vida eterna. Como decía Jesús a sus discípulos en la lectura evangélica de ayer: “Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo”.

La promesa de hoy no se trata de cálculos aritméticos. No podemos esperar “cien casas”, o “cien” hermanos, o padres, o madres, o hijos biológicos, o tierras a cambio de dejar los que tenemos ahora. Lo que se nos promete es que vamos a recibir algo mucho más valioso a cambio. Y no hablamos de valor monetario. ¿Quién puede ponerle precio al amor de Dios; a la vida eterna; a la “corona de gloria que no se marchita” (1 Pe 5,4)? Para los que creemos en Jesús y le creemos a Jesús, la vida eterna no es promesa vacía, es una realidad de mayor valor que todo aquello a que podamos renunciar para seguirle.

Pero, contrario a la predicación de las llamadas “iglesias de la prosperidad”, ese premio no viene solo, viene acompañado de persecuciones, de “cruces” aquí en este mundo. En eso Jesús es consistente también (Cfr. Mt 16,24; Lc 14,27). Y para los que le creemos a Jesús, aun esas persecuciones se convierten en un premio (Cfr. Hc 5,41).

El mejor ejemplo de aquellos que lo dejan todo por seguir a Jesús lo encontramos en los sacerdotes y religiosos(as) que abandonan patria y parentela para dedicar su vida al Evangelio. Hoy, pidamos especialmente por ellos, para que el Señor les colme de alegría, sabiendo que desde ya están recibiendo su premio.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (1) 21-02-17

“Hijo, si te acercas a servir al Señor, permanece firme en la justicia y en el temor, y prepárate para la prueba. Endereza tu corazón, mantente firme y no te angusties en tiempo de adversidad. Pégate a él y no te separes, para que al final seas enaltecido”. Con esta oración comienza la primera lectura que nos brinda la liturgia hoy (Sir 2,1-13).

El autor del libro plantea una realidad que no podemos escapar. El mal existe y en algún momento nos va a alcanzar. Pero a diferencia de Job, que se plantea las interrogantes fundamentales del hombre respecto al mal y trata de encontrar respuestas, Ben Sirac se limita a exponerlas y brindar al lector consejos sobre cómo y por qué los que decidimos seguir al Señor debemos enfrentar las pruebas cuando estas sobrevengan.

El primer consejo es la paciencia: “Todo lo que te sobrevenga, acéptalo, y sé paciente en la adversidad y en la humillación. Porque en el fuego se prueba el oro, y los que agradan a Dios en el horno de la humillación. Confía en él y él te ayudará, endereza tus caminos y espera en él”.

Así, aconseja también, esperanza: “aguardad su misericordia y no os desviéis, no sea que caigáis”; confianza: “confiad en él, y no se retrasará vuestra recompensa”; fe en la recompensa futura: “esperad bienes, gozo eterno y misericordia. Los que teméis al Señor, amadlo y vuestros corazones se llenarán de luz”…, “porque en el fuego se prueba el oro, y los que agradan a Dios en el horno de la humillación”.

Sobre doscientos años después, Jesús resumirá esta sabiduría en una frase: “todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Lc 14,11).

La lectura evangélica de hoy (Mc 9,30-37), nos presenta a los apóstoles discutiendo entre sí sobre quién era el más importante entre ellos. A pesar de que Jesús acaba de anunciarles la Pasión que ha de sufrir, resulta claro que no comprenderán el mensaje de Jesús hasta después de su Pascua. De momento, Jesús les dice: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Y para enfatizar su punto, acercó un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: “El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”.

Para entender el alcance de este gesto tenemos que entender lo que significaba un niño en tiempos de Jesús. En aquella época un niño era un ser insignificante, sin derechos, una posesión de su padre, menos valioso que un animal de carga o de trabajo. Por tanto, acoger a un niño equivale a hacerse menos que un niño, el más insignificante de todos. Aun así, los apóstoles no comprendieron las palabras de Jesús. Más adelante, en la última cena, Jesús acentuaría su enseñanza con el gesto de lavar los pies a los apóstoles (Jn 13,1-15), tarea reservada en esa época a los esclavos o sirvientes y, en ausencia de estos, a los niños.

Nadie dijo que el seguimiento de Jesús es fácil. Implica renuncias, privaciones, humillaciones, burla, persecuciones. “El que quiera seguirme…” (Mt 16,24). El camino es arduo, pero la recompensa es segura: “el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras” (16,27)…