REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA 13-02-20

“Al pasar unos mercaderes madianitas, tiraron de su hermano; y, sacando a José del pozo, lo vendieron a unos ismaelitas por veinte monedas de plata. Estos se llevaron a José a Egipto”.

La liturgia de hoy nos brinda como primera lectura (Gn 37,3-4.12-13a.17b-28) la historia de José, uno de los doce hijos de Jacob (Israel). Esta narración tiene el propósito de explicar la procedencia de la tribu de José y el porqué de su preeminencia sobre las demás tribus. La historia nos presenta cómo la providencia divina hace que un acto, producto de la envidia y la maldad de los hermanos de José, desencadene una serie de eventos que culminan con la salvación del pueblo.

Así, al final de la narración, José dirá a sus hermanos: “El designio de Dios ha transformado en bien el mal que ustedes pensaron hacerme, a fin de cumplir lo que hoy se realiza: salvar la vida a un pueblo numeroso” (Gn 50,20).

Esta historia nos demuestra a nosotros cómo Dios muchas veces permite que nos sucedan cosas que nos hieren, nos causan daño, pero con el tiempo descubrimos que todo tenía un propósito. Alguien ha dicho que “Dios escribe derecho en renglones torcidos”.  Es en la prueba, en la mortificación, que nos purificamos, como el oro en el crisol: “Por eso, ustedes se regocijan a pesar de las diversas pruebas que deben sufrir momentáneamente: así, la fe de ustedes, una vez puesta a prueba, será mucho más valiosa que el oro perecedero purificado por el fuego, y se convertirá en motivo de alabanza, de gloria y de honor el día de la Revelación de Jesucristo” (1 Pe 1,6-7).

Los hermanos de José lo vendieron por veinte monedas, y al llevar a cabo ese acto detestable e inmoral, sin saberlo, estaban contribuyendo a realizar un episodio importante en la historia del pueblo de Israel y, de paso, al desarrollo de la historia de la salvación; esa que Yahvé tenía dispuesta desde el principio (Cfr. Gn 3,15).

Asimismo, cuando meditemos sobre la Pasión de Nuestro Señor durante la Semana Santa, veremos cómo Jesús también es vendido por treinta monedas de plata y posteriormente torturado y asesinado. Lo que aparenta ser una derrota, un fracaso estrepitoso, se convierte en el acto de amor más sublime en la historia de la humanidad, en la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte, dando paso a nuestra salvación. La “locura de la cruz”, que cuando la miramos desde la óptica de la fe se convierte en “fuerza de Dios” (Cfr. 1 Cor 1,18).

José, a quien sus hermanos desecharon, e incluso conspiraron para matar, se convirtió en la salvación de sus hermanos y de todo su pueblo. Asimismo Jesús, mediante su Misterio Pascual, se convirtió en la salvación para toda la humanidad, incluyendo los que no le aman.

“La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente” (Sal 118,22; Mt 21,42).

Durante este tiempo de Cuaresma, meditemos sobre el Misterio Pascual de Jesús y cómo Jesús, por amor, ofrendó su vida para el perdón de los pecados de toda la humanidad, los cometidos y por cometer. Los tuyos y los míos.

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia de hoy es la versión de Mateo de la parábola de los “labradores asesinos”. Para una reflexión sobre la versión de Marcos sobre la misma ver: http://delamanodemaria.com/?p=5482.

Papa Francisco: Preparar el corazón para cuando venga la oscuridad y rezar

En una de sus homilías, el Papa Francisco nos ha dejado un mensaje muy profundo, el cual es y siempre ha sido tema de actualidad desde el principio del mundo: las pruebas que atravesamos en la vida.

¿Cómo afrontamos nosotros las pruebas del mundo? ¿Estamos preparados para cuando lleguen la adversidad y las complicaciones?. El Papa Francisco ha centrado esta reflexión en el libro de Job, y al respecto ha dicho:

“También el lamento, en los momentos oscuros, se convierte en oración, pero estemos atentos a los “lamentos teatrales”.

El Papa Francisco recordó a quienes viven “grandes tragedias”, como los cristianos echados de sus casas a causa de su fe.

“Job maldice el día en que ha nacido, su oración se presenta como una maldición.”

A continuación te invito a meditar las palabras del Papa Francisco:

Las pruebas de la vida

Job fue puesto a prueba. Perdió toda su familia; perdió todos sus bienes; perdió la salud y todo su cuerpo se convirtió en una llaga, una llaga asquerosa.

En aquel momento perdió la paciencia y dijo esas cosas feas. Pero él estaba acostumbrado a hablar con la verdad y esa es la verdad que él siente en aquel momento.

También Jeremías usa casi las mismas palabras: “¡Maldito el día en que nací!“. ¿Pero este hombre blasfema? Es la pregunta que hago. Este hombre que está solo, así, en ese momento, ¿blasfema?”.

¿Acaso Jesús blasfemó?

Jesús, cuando se lamenta: “Padre, ¡por qué me has abandonado!” ¿blasfema? El misterio es éste.

Tantas veces yo he escuchado a personas que están viviendo situaciones difíciles, dolorosas, que han perdido tanto o se sienten solas y abandonadas y vienen a lamentarse y hacen estas preguntas: ¿Por qué? ¿Por qué? Se rebelan contra Dios. Y yo digo:

“Sigue rezando así, porque también ésta es una oración”.

Era una oración cuando Jesús dijo a su Padre: “¡Por qué me has abandonado!”

Es una oración la que hace Job aquí. Porque rezar es llegar a ser verdad ante Dios. Y Job no podía rezar de otro modo. Se reza con la realidad la verdadera oración viene del corazón, del momento que uno vive.

Es la oración de los momentos de oscuridad, de los momentos de la vida donde no hay esperanza, donde no se ve el horizonte.

Hoy, muchos viven la situación de Job.

Y tanta gente, tanta hoy, está en la situación de Job. Tanta gente buena, como Job, no entiende lo que le ha sucedido, porqué es así. Tantos hermanos y hermanas que no tienen esperanza.

Pensemos en las tragedias, en las grandes tragedias, por ejemplo estos hermanos nuestros que por ser cristianos son echados de sus casas y pierden todo: “Pero, Señor, yo he creído en ti. ¿Por qué? ¿Creer en Ti es una maldición, Señor?”.

Pensemos en los ancianos dejados de lado, pensemos en los enfermos, en tanta gente sola, en los hospitales.

Para toda esta gente, y también para nosotros cuando vamos por el camino de la oscuridad, la Iglesia reza. ¡La Iglesia reza! Y toma sobre sí este dolor y reza.

Y nosotros, sin enfermedades, sin hambre, sin necesidades importantes, cuando tenemos un poco de oscuridad en el alma, nos creemos mártires y dejamos de rezar.

Y hay quien dice: “¡Estoy enojado con Dios, no voy más a Misa!”. Pero, ¿por qué? La respuesta, dijo, es por una cosa pequeñita.

Ejemplo de santidad

Santa Teresita del Niño Jesús, en los últimos meses de su vida, trataba de pensar en el cielo, y sentía dentro de sí como si una voz le dijera: “Pero no seas tonta, no te crees fantasías. ¿Sabes qué cosa te espera? ¡Nada!”.

Tantas veces pasamos por esta situación, vivimos esta situación. Y tanta gente que cree que terminará en la nada. Y ella, Santa Teresa, rezaba y pedía fuerza para ir adelante, en la oscuridad. Esto se llama entrar en paciencia.

Nuestra vida es demasiado fácil, nuestros lamentos son lamentos teatrales.

Ante éstos, ante estos lamentos de tanta gente, de tantos hermanos y hermanas que están en la oscuridad, que prácticamente han perdido la memoria, la esperanza, que viven ese exilio de sí mismos, son exiliados, también de sí mismos, ¡nada! Y Jesús ha hecho este camino: de la noche al Monte de los Olivos hasta la última palabra de la Cruz: “Padre, ¡por qué me has abandonado!

Preparar el corazón para la prueba y rezar

  1. Primero: prepararse, para cuando venga la oscuridad, que quizá no sea tan dura como la de Job, si bien, dijo tendremos un tiempo de oscuridad. Preparar el corazón para aquel momento.

  2. Segundo: Rezar, como reza la Iglesia, con la Iglesia por tantos hermanos y hermanas que padecen el exilio de sí mismos, en la oscuridad y en el sufrimiento, sin esperanza a la mano. Es la oración de la Iglesia, por estos tantos “Jesús” que sufren, que están por doquier.

Papa Francisco, Homilía en Santa Marta, 30 de Septiembre de 2014. Tomado de: https://www.pildorasdefe.net/

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA TRIGÉSIMO SEGUNDA SEMANA DEL T.O. (1) 12-11-19

“…¿quién de vosotros le dice: “En seguida, ven y ponte a la mesa” ¿No le diréis: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”.

“Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: “En seguida, ven y ponte a la mesa” ¿No le diréis: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú” ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado?”.

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Lc 17,7-10) puede parecer desconcertante, pues podría interpretarse que Dios es un malagradecido que no sabe apreciar los servicios que le prestamos a diario los que decidimos seguirle. Sin embargo, la lectura se refiere en realidad a nosotros, quienes en ocasiones creemos que si servimos a Dios con fidelidad, Él “nos debe”, es decir, que hemos comprado su favor. De nuevo, nuestra mentalidad “pequeña”, nuestra falta de fe, nos traicionan. Se nos olvida que nuestra “recompensa” no la tendremos en este mundo, sino en la vida eterna. Si decidimos seguir a Jesús tenemos que estar dispuestos a soportar todas las pruebas que ese seguimiento implica (Cfr. Sir 2,1-6).

Posiblemente Jesús tenía en mente a los fariseos, quienes creían tener una especie de “derecho adquirido” sobre Dios. Pero como todas las parábolas de Jesús, estas van dirigidas a sus discípulos (incluyéndonos a ustedes y a mí). Después de todo, queramos admitirlo o no, hay algo de fariseo en todos nosotros.

Esta relación entre el amo y el siervo es una recurrente en las sagradas escrituras para designar las relaciones entre Dios y su pueblo, sus siervos. Y como buenos siervos tenemos que saber ser agradecidos de todo lo que Dios nos ofrece, comenzando por la oportunidad de servirle, estando conscientes de que todo lo que hacemos por Él y por el Reino es gracias a Él; que solos, o confiando en nuestras capacidades, no podríamos lograrlo. “Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: ‘Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer’”.

Todos hemos sido llamados a cumplir una misión en la construcción del Reino, y como buenos siervos tenemos que hacer lo que se nos pide, según los carismas que el Espíritu Santo otorga a cada cual según Su voluntad (Cfr. 1 Cor 12,11). Y nuestra recompensa ha de ser la satisfacción del deber cumplido, conscientes de que nuestra recompensa no será en este mundo, sino en la vida eterna. Como nos dice san Pablo en 2 Tim. 4, 7: “He peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe. Y ya está preparada para mí la corona de justicia, que el Señor, como justo Juez, me dará en ese Día, y no solamente a mí, sino a todos los que hayan aguardado con amor su Manifestación”.

Así, “a la hora de la cuenta [el día del Juicio] resplandecer[emos] como chispas que prenden por un cañaveral” (Sab 3,7 – Primera lectura de hoy).

“Señor, confírmanos en la voluntad de servir con lealtad y amor a ti y a nuestros hermanos. Por lo demás, nos ponemos en tus manos, ya que tú eres nuestro Dios y Padre, por medio de Jesucristo nuestro Señor”. Amén. (Oración colecta)

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO SÉPTIMO DOMINGO DEL T.O. (C) 06-10-19

“Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’. Y os obedecería”.

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para este vigésimo séptimo domingo del tiempo ordinario (Lc 17,5-10), se divide en dos partes.

La primera está relacionada con los versículos inmediatamente anteriores a la lectura (Lc 3b-4) que se refieren a la corrección fraterna y, sobre todo, el perdón. Jesús sabe que somos imperfectos, una Iglesia santa compuesta por pecadores. Sabe que podemos ofender y nos pueden ofender. Por eso nos dice: “Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: ‘Lo siento’, lo perdonarás”. ¡Ahí es donde eso de ser cristiano se pone difícil! Es el amor sin límites que nos impone el seguimiento de Jesús; el mismo Amor que nos profesa el Padre del cielo. Eso solo se logra mediante una adhesión incondicional a Jesús. Y esa adhesión incondicional solo es posible mediante un acto de fe. Creer en Jesús y creerle a Jesús.

Con ese trasfondo podemos comprender mejor la lectura de hoy. Los discípulos, al enfrentarse a las exigencias de Jesús, están conscientes de que solos no pueden, del gran abismo que les separa de Él en términos de fe. Por eso le imploran: “Auméntanos la fe”. Jesús, al contestarles, les establece la medida de fe que espera de ellos (nosotros): “Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’. Y os obedecería”. Con más razón necesitamos implorar al Señor que aumente nuestra fe.

Hemos dicho en innumerables ocasiones que creer y tener fe, no son sinónimos. Se puede creer y no tener fe. La fe implica no solo creer en Jesús, sino también creerle a Jesús. Eso nos lleva a actuar conforme a Su Palabra.

La mayoría de nosotros nos consideramos personas de fe; pero hagamos un alto en ese camino hacia la santidad a la que todos somos llamados, y examinemos nuestra “fe”. ¿Cuántos milagros hemos logrado últimamente? ¿Y durante nuestras vidas? ¿Quiere eso decir que nuestra fe es tan pequeña que palidece ante un grano de mostaza? Mirémoslo de otro punto de vista. Olvidémonos de milagros espectaculares como mover montañas o árboles, echar demonios, curar enfermos, o revivir muertos. Hablemos de mantener la calma y la esperanza ante la adversidad, ante las desgracias, pérdidas o tragedias personales o familiares. ¿No es eso un “milagro”? Contéstate esa interrogante.

La segunda parte de la lectura puede parecer desconcertante, pues podría interpretarse que Dios es un malagradecido que no sabe apreciar los servicios que le prestamos a diario los que decidimos seguirle. Sin embargo, la lectura se refiere en realidad a nosotros, quienes en ocasiones creemos que si servimos a Dios con fidelidad, Él “nos debe”, es decir, que hemos comprado su favor. De nuevo, nuestra mentalidad “pequeña”, nuestra falta de fe, nos traicionan. Se nos olvida que nuestra “recompensa” no la tendremos en este mundo, sino en la vida eterna. Si decidimos seguir a Jesús tenemos que estar dispuestos a soportar todas las pruebas que ese seguimiento implica (Cfr. Sir 2,1-6).

“Señor yo creo, pero aumenta mi fe”.

Que pasen un hermoso fin de semana lleno de bendiciones y de la PAZ que solo Él puede brindarnos.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA 07-05-19

Continuamos nuestra ruta Pascual en la liturgia. Como primera lectura (Hc 7,51-8,1a) retomamos la historia de Esteban. San Esteban, diácono, se había convertido en un predicador fogoso, lleno del Espíritu Santo, que le daba palabra y valentía para enfrentar a sus perseguidores. Hoy se nos presenta su testimonio final del martirio.

Esteban continuó denunciando a sus interlocutores y acusándolos de no haber reconocido al Mesías y de haberle dado muerte. Esto enfureció tanto a los ancianos y escribas que decidieron darle muerte. La Escritura nos dice que antes de que lo asesinaran Esteban “lleno de Espíritu Santo” tuvo una visión: “vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios”. Fue como si el Señor quisiera confirmarle que su fe era fundada. ¡Jesús vive!, el Resucitado está ya en la Gloria a la derecha del Padre, y justo antes de entregar su vida por esa verdad, esta le fue revelada por parte del Padre.

Aquí Lucas nos presenta un paralelismo entre la muerte de Esteban y la de Jesús. Ambos fueron llevados ante el Sanedrín y acusados con falsos testimonios, ambos son ajusticiados fuera de la ciudad, y ambos encomiendan su espíritu a Dios y piden perdón para sus victimarios: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”… “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”.

Siempre que leo este pasaje la pregunta es obligada. Enfrentado con la misma situación, ¿actuaría yo con la misma valentía que Esteban? Estamos celebrando la Pascua en la que se nos invita a creer que Jesús resucitó, más no solo como un hecho histórico o algo teórico, sino que estamos llamados a “vivir” esa misma Pascua, a imitar a Cristo, quien nos amó hasta el extremo, al punto de dar su vida por nosotros.

Cuando tomamos el paso y damos el “sí” definitivo a Jesús y a su Evangelio, vamos a enfrentar dificultades, pruebas, persecuciones, burlas… Nuestras palabras van a resultar “incómodas” para mucha gente, y la reacción no se hará esperar. Y cuando no encuentren argumentos para rebatirnos, recurrirán a la calumnia y los falsos testigos. Con toda probabilidad nunca nos veamos obligados a ofrendar nuestras vidas, pero nos encontraremos en situaciones que nos harán preguntarnos si vale la pena seguir adelante. Es en esos momentos que debemos recordar el ejemplo del diácono Esteban.

La lectura evangélica es continuación de la de ayer y sigue presentándonos el “discurso del pan de vida” del capítulo 6 de Juan (6,30-35). La conversación entre Jesús y la multitud que había alimentado en la multiplicación, gira en torno a la diferencia entre el pan que Moisés “dio” al pueblo en el desierto y el pan de Dios, “que es el que baja del cielo y da vida al mundo” (Cfr. Sal 77,24). Cuando la multitud, cautivada por esa promesa le dice: “Señor, danos siempre de este pan”, Jesús responde con uno de los siete “Yo soy” que encontramos en el relato de Juan: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed”.

Nuestra fe Pascual nos permite reconocer a Jesús, glorioso y resucitado, como el “pan de vida” que se nos da a Sí mismo en las especies eucarísticas, y que es el único capaz de saciar todas nuestras hambres, especialmente el hambre de esa vida eterna que podemos comenzar a disfrutar desde ahora si nos unimos a Él en la Eucaristía, “el pan que baja del cielo y da vida al mundo”.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA QUINTA SEMANA DE PASCUA 01-05-18

La liturgia de Pascua para hoy (Hc 14,19-28) nos presenta como primera lectura la conclusión del primer viaje misionero de Pablo. Si leemos cuidadosamente notaremos que a su regreso, Pablo y Bernabé hacen el viaje original a la inversa, pasando por las mismas ciudades que ya habían visitado, con el propósito de afianzar la fe de aquellos nuevos cristianos, convertidos en su mayoría del paganismo. Lo mismo hará Pablo posteriormente mediante las cartas que dirigirá a otras comunidades. Pablo estaba consciente que la semilla de la fe tiene que ser irrigada, abonada y podada en tiempo para que germine y de fruto.

El pasaje comienza con la lapidación de Pablo por parte de unos judíos que resentían la forma en que el Evangelio de Jesús se iba propagando. Luego de apedrearlo, lo arrastraron fuera de la ciudad y lo dejaron por muerto. Pero lejos de amilanarlo, esa experiencia le dio nuevos bríos para continuar predicando. Nos evoca las palabras del Señor a Ananías en el pasaje de la conversión de Pablo, cuando refiriéndose a Pablo le dijo: “Ve a buscarlo, porque es un instrumento elegido por mí para llevar mi Nombre a todas las naciones, a los reyes y al pueblo de Israel. Yo le haré ver cuánto tendrá que padecer por mi Nombre” (Hc 9,15-16).

Pablo había vivido esas palabras. Por eso lo encontramos al final del pasaje de hoy “animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios”. Ese es un tema recurrente en la predicación de Pablo. Nuestra fe en el Resucitado no suprime la tribulación, las pruebas; por el contrario, parecería que acompañan al que decide seguir los pasos de Jesús. La diferencia es que para el cristiano ese sufrimiento adquiere un significado distinto, adquiere sentido.

Sabemos que, de la misma manera que Jesús fue glorificado en su pasión, para luego ser resucitado e ir a reinar junto al Padre por toda la eternidad, nuestro sufrimiento es un “paso”, un peldaño, en esa escalera que nos conduce al Reino de Dios en donde reinaremos junto a Él “por los siglos de los siglos” (Ap 22,5).

Cuando me enfrento a mis sufrimientos, ¿puedo ver en ellos esa prueba que me purifica como el oro en el crisol, y me permitirá ser enaltecido ante Dios (Cfr. Sir 2,1-6) en el día final?

La lectura evangélica (Jn 14,27-31a) nos muestra a Jesús anunciando a sus discípulos que con su pasión iba destronar a Satanás como “príncipe de este mundo”. “Ya no hablaré mucho con vosotros, pues se acerca el Príncipe del mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que lo que el Padre me manda yo lo hago”. Y eso implica que padezca, muera, y sea resucitado, para que todos crean en Él, y todo el que crea en Él se salve. Ese es el mismo camino que estamos llamados a seguir los que nos llamamos sus discípulos: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga” (Lc 9,22-23).

No es cuestión de valor; se trata de creer en el Resucitado y creer en su Palabra.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA 02-03-18

La liturgia de hoy nos brinda como primera lectura (Gn 37,3-4.12-13a.17b-28) la historia de José, uno de los doce hijos de Jacob (Israel). Esta narración tiene el propósito de explicar la procedencia de la tribu de José y el porqué de su preeminencia sobre las demás tribus. La historia nos presenta cómo la providencia divina hace que un acto, producto de la envidia y la maldad de los hermanos de José, desencadene una serie de eventos que culminan con la salvación del pueblo.

Así, al final de la narración, José dirá a sus hermanos: “El designio de Dios ha transformado en bien el mal que ustedes pensaron hacerme, a fin de cumplir lo que hoy se realiza: salvar la vida a un pueblo numeroso” (Gn 50,20).

Esta historia nos demuestra a nosotros cómo Dios muchas veces permite que nos sucedan cosas que nos hieren, nos causan daño, pero con el tiempo descubrimos que todo tenía un propósito. Alguien ha dicho que “Dios escribe derecho en renglones torcidos”.  Es en la prueba, en la mortificación, que nos purificamos, como el oro en el crisol: “Por eso, ustedes se regocijan a pesar de las diversas pruebas que deben sufrir momentáneamente: así, la fe de ustedes, una vez puesta a prueba, será mucho más valiosa que el oro perecedero purificado por el fuego, y se convertirá en motivo de alabanza, de gloria y de honor el día de la Revelación de Jesucristo” (1 Pe 1,6-7).

Los hermanos de José lo vendieron por veinte monedas, y al llevar a cabo ese acto detestable e inmoral, sin saberlo, estaban contribuyendo a realizar un episodio importante en la historia del pueblo de Israel y, de paso, al desarrollo de la historia de la salvación; esa que Yahvé tenía dispuesta desde el principio (Cfr. Gn 3,15).

Asimismo, cuando meditemos sobre la Pasión de Nuestro Señor durante la Semana Santa, veremos cómo Jesús también es vendido por treinta monedas de plata y posteriormente torturado y asesinado. Lo que aparenta ser una derrota, un fracaso estrepitoso, se convierte en el acto de amor más sublime en la historia de la humanidad, en la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte, dando paso a nuestra salvación. La “locura de la cruz”, que cuando la miramos desde la óptica de la fe se convierte en “fuerza de Dios” (Cfr. 1 Cor 1,18).

José, a quien sus hermanos desecharon, e incluso conspiraron para matar, se convirtió en la salvación de sus hermanos y de todo su pueblo. Asimismo Jesús, mediante su Misterio Pascual, se convirtió en la salvación para toda la humanidad, incluyendo los que no le aman.

“La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente” (Sal 118,22; Mt 21,42).

Durante este tiempo de Cuaresma, meditemos sobre el Misterio Pascual de Jesús y cómo Jesús, por amor, ofrendó su vida para el perdón de los pecados de toda la humanidad, los cometidos y por cometer. Los tuyos y los míos.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA 23-05-17

“Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia”. Palabras pronunciadas por Pablo y Silas al carcelero, al despertarse por la sacudida tan violenta que hizo temblar los cimientos de la cárcel en que se encontraban presos.

La primera lectura de hoy (Hc 16,22-34) nos presenta el final de la estadía de Pablo en Filipos, en donde fundaron una comunidad de creyentes. La predicación había sido bien acogida, hasta que ocurrió el evento que provocó la reacción tan violenta que nos narra el pasaje que leemos hoy, en el cual la gente se amotinó contra Pablo y Silas, lo que hizo que los magistrados dieran orden de que los desnudaran y apalearan, para luego encarcelarlos. ¿Qué causó esa reacción?

La respuesta es sencilla: expulsaron un espíritu adivino que poseía a una esclava, a quien sus amos explotaban sacándole gran beneficio económico. Ese decir, todo iba bien hasta que afectaron sus bolsillos. En lugar de alegrarse porque la mujer había sido liberada de un espíritu, se enfurecieron por la pérdida económica que esa liberación implicaba. ¡Cuántas veces vemos cómo las personas anteponen su interés económico a los intereses del Reino! Tan solo tenemos que recordar el pasaje del joven rico (Mt 19,16-23).

Una vez encarcelados, Pablo y Silas oraban cantando himnos al Señor mientras los otros presos los escuchaban. Me pregunto qué pensarían esos presos al sentir a esos “locos” cantando himnos, heridos por la paliza y en medio de aquella mazmorra inmunda. Lo cierto es que, asistidos y fortalecidos por el Espíritu Santo, estaban viviendo las palabras del Evangelio: “Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron” (Mt 5,11-12).

Esa alegría, producto de sentirse acompañados por el Paráclito en el cumplimiento del mandato de Jesús (Cfr. Mc 16,5), al punto que fueron liberados de sus cadenas, fue la que hizo que el carcelero se contagiara, se arrojara a los pies de Pablo y Silas, y les preguntara: “Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?”, provocando la contestación que citamos al comienzo de esta reflexión.

El poder de la Palabra de Dios hizo morada en aquél carcelero, quien se los llevó a su casa “a aquellas horas de la noche, les lavó las heridas, y se bautizó en seguida con todos los suyos, los subió a su casa, les preparó la mesa, y celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios”. Esta escena nos evoca el episodio de Zaqueo, el jefe de publicanos, a quien Jesús le dijo al recibirle en su casa en medio de un ambiente festivo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Lc 19,9; Cfr. Lc 15,7).

La lectura evangélica de hoy (Jn 16,5-11) nos apunta a la necesidad de que Jesús se fuera al Padre y enviara el Paráclito a los discípulos. El Espíritu podía acompañarles a todos, todo el tiempo y en todo lugar, sin que fuera necesaria la presencia física de Jesús.

Por eso tenemos que alabar y bendecir al Señor en todo momento y en todo lugar, invocando el auxilio del Espíritu defensor, especialmente en los momentos de tribulación, de prueba. Y entonces veremos cómo se manifiesta la gloria de Dios en nuestras vidas, y cómo esa manifestación “toca” a otros. Esa es la mejor predicación que podemos llevar a cabo.

Ya el ambiente “huele” a Pentecostés… ¿Acaso no lo sientes?

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA QUINTA SEMANA DE PASCUA 16-05-17

La liturgia de Pascua para hoy nos presenta como primera lectura (Hc 14,19-28) la conclusión del primer viaje misionero de Pablo. Si leemos cuidadosamente notaremos que a su regreso, Pablo y Bernabé hacen el viaje original a la inversa, pasando por las mismas ciudades que ya habían visitado, con el propósito de afianzar la fe de aquellos nuevos cristianos, convertidos en su mayoría del paganismo. Lo mismo hará Pablo posteriormente mediante las cartas que dirigirá a otras comunidades. Pablo estaba consciente que la semilla de la fe tiene que ser irrigada, abonada y podada en tiempo para que germine y de fruto.

El pasaje comienza con la lapidación de Pablo por parte de unos judíos que resentían la forma en que el Evangelio de Jesús se iba propagando. Luego de apedrearlo, lo arrastraron fuera de la ciudad y lo dejaron por muerto. Pero lejos de amilanarlo, esa experiencia le dio nuevos bríos para continuar predicando. Nos evoca las palabras del Señor a Ananías en el pasaje de la conversión de Pablo, cuando refiriéndose a Pablo le dijo: “Ve a buscarlo, porque es un instrumento elegido por mí para llevar mi Nombre a todas las naciones, a los reyes y al pueblo de Israel. Yo le haré ver cuánto tendrá que padecer por mi Nombre” (Hc 9,15-16).

Pablo había vivido esas palabras. Por eso lo encontramos al final del pasaje de hoy “animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios”. Ese es un tema recurrente en la predicación de Pablo. Nuestra fe en el Resucitado no suprime la tribulación, las pruebas; por el contrario, parecería que acompañan al que decide seguir los pasos de Jesús. La diferencia es que para el cristiano ese sufrimiento adquiere un significado distinto, adquiere sentido.

Sabemos que, de la misma manera que Jesús fue glorificado en su pasión, para luego ser resucitado e ir a reinar junto al Padre por toda la eternidad, nuestro sufrimiento es un “paso”, un peldaño, en esa escalera que nos conduce al Reino de Dios en donde reinaremos junto a Él “por los siglos de los siglos” (Ap 22,5).

Cuando me enfrento a mis sufrimientos, ¿puedo ver en ellos esa prueba que me purifica como el oro en el crisol, y me permitirá ser enaltecido ante Dios (Cfr. Sir 2,1-6) en el día final?

La lectura evangélica (Jn 14,27-31a) nos muestra a Jesús anunciando a sus discípulos que con su pasión iba destronar a Satanás como “príncipe de este mundo”. “Ya no hablaré mucho con vosotros, pues se acerca el Príncipe del mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que lo que el Padre me manda yo lo hago”. Y eso implica que padezca, muera, y sea resucitado, para que todos crean en Él, y todo el que crea en Él se salve. Ese es el mismo camino que estamos llamados a seguir los que nos llamamos sus discípulos: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga” (Lc 9,22-23).

No es cuestión de valor; se trata de creer en el Resucitado y creer en su Palabra.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA QUINTA SEMANA DE CUARESMA 04-04-17

En la lectura evangélica que nos presenta la liturgia para este martes de la quinta semana de cuaresma (Jn 8,21-30), san Juan vuelve a poner en boca de Jesús la frase “yo soy”; el nombre que Dios le revela a Moisés en el pasaje de la zarza ardiendo, cuando al preguntarle su nombre Él le responde: “Así dirás a los Israelitas: Yo soy (יהוה – Yahvé) me ha enviado a vosotros” (Ex 3,14).

En el pasaje que contemplamos hoy, Jesús primeramente nos remite a la necesidad de creer en Él para salvarnos (Cfr. Mc 16,16): “…si no creéis que yo soy, moriréis por vuestros pecados”. Luego repite la frase para significar cómo en su “levantamiento” (su muerte y exaltación en la Cruz) es que se ha de revelar quién es Él y cuál es su verdadera misión: “Cuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que yo soy”. Este versículo guarda un paralelismo con la primera lectura (Núm 21,4-9), en la que muchos ven una prefiguración de la cruz y cómo por ella nos vendría la salvación.

La primera lectura nos relata cómo durante su camino a través del desierto (en la Biblia el desierto es siempre lugar de tentación y de prueba), el pueblo de Israel había comenzado a dudar de la Providencia de Dios, y a murmurar contra Él y contra Moisés: “¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto? No tenemos ni pan ni agua, y nos da náusea ese pan sin cuerpo (refiriéndose al maná)”. Entonces aparecieron unas serpientes venenosas que ellos interpretaron como un castigo de Dios.

Tal como nos sucede a nosotros cuando nos hemos alejado de Dios y nos sentimos acosados por diversas circunstancias, los israelitas, al verse acosados por las serpientes venenosas, reconocieron su culpa y recurrieron a Moisés para que intercediera por ellos ante Yahvé. Como dice el refrán popular: “Nos acordamos de santa Bárbara cuando truena”.

Entonces Yahvé instruyó a Moisés construir una imagen de una serpiente venenosa y colocarla en un estandarte (la figura resultante sería similar a una cruz), para que todo el que hubiese sido mordido por una serpiente venenosa quedara sano al mirarla. ¿Quién curaba a los Israelitas, el poder de aquella serpiente de bronce? ¡Por supuesto que no! Los curaba el poder de Dios, cuya promesa ellos recordaban, y a quien invocaban al mirar la imagen. Recuerden este pasaje cuando alguien les acuse de “adorar imágenes”…

Del mismo modo, con el Yo soy de Jesús en el Evangelio de hoy, unido a la alusión a su “levantamiento”, Jesús nos exhorta a buscar la presencia salvadora de Dios en su persona, unida al sacrificio de la Cruz. En Jesús tenemos a Dios mismo que puede decir: “Yo soy entre ustedes”. De ese modo el nombre de Dios se convierte en una realidad. Ya no se trata de un Dios distante, terrible, cuyo nombre no se podía ni tan siquiera pronunciar. Ahora Dios “es” entre nosotros (Cfr. Jn 1,14; Mt 28,20).

Al igual que los israelitas en el desierto eran sanados al mirar el estandarte con la serpiente, nosotros, los cristianos, somos sanados de nuestros pecados cuando fijamos nuestra vista en la Cruz, que nos remite al Crucificado, y al único y eterno sacrificio ofrecido de una vez y por todas para nuestra salvación. Si no lo has hecho aún, todavía estás a tiempo. ¡Reconcíliate! Para eso Jesús nos dejó el Sacramento…