REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SAN ANDRÉS, APÓSTOL 30-11-20

Hoy hacemos un alto en la liturgia de Adviento para celebrar la Fiesta de san Andrés, apóstol. Andrés, oriundo de Betsaida (Jn 1,44), discípulo de Juan y hermano de Simón-Pedro, fue uno de los cuatro apóstoles originales (junto a Pedro, Santiago y Juan). El relato evangélico que la liturgia dispone para esta Fiesta (Mt 4,18-22), nos narra la vocación de estos primeros discípulos, que eran pescadores en el mar de Galilea. En ocasiones anteriores hemos dicho que la palabra vocación viene del verbo latino vocare, que quiere decir llamar. Así, la vocación es un llamado, en este caso de parte de Jesús.

Y los llamados de Jesús siempre son directos, sin rodeos, al grano. “Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres”. Una mirada penetrante y una palabra o una frase; imposible de resistir. Siempre que leo la vocación de cada uno de los apóstoles trato de imaginar los ojos, la mirada de Jesús, y la firmeza de su voz. Y se me eriza la piel. Por eso la respuesta de los discípulos es inmediata y se traduce en acción, no en palabras.

Nos dice la lectura que Andrés y Simón, “inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron”. En cuanto a los hijos de Zebedeo nos dice la lectura que “inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron”. Cabe señalar que en el relato evangélico de Juan, Andrés vio y siguió a Jesús primero, y es él quien va su hermano Simón Pedro y le dice: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,41). Tan impactante fue la experiencia de aquél primer encuentro con Jesús, que Juan recuerda la hora en que eso sucedió: “Eran como las cuatro de la tarde” (Jn 1,39). En cuanto a estos últimos, vemos no solo la inmediatez del seguimiento, sino también la radicalidad del mismo. Dejaron, no solo la barca, sino a su padre también. “Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,26; Mt 10,37). Dejarlo todo con tal de seguir a Jesús.

Mateo utiliza el lenguaje de la pesca en el escenario del mar de Galilea, y la frase “pescadores de hombres” con miras al objetivo de su relato evangélico, dirigido a los judíos que se habían convertido al cristianismo, con el propósito de demostrar que Jesús es el mesías prometido en quien se cumplen todas las profecías del Antiguo Testamento. Así, alude a la profecía de Ezequiel, en la que se utiliza la metáfora del mar, la pesca abundante y la variedad de peces (Ez 47,8-10) para significar la misión profética a la que Jesús llama a sus discípulos, dirigida a convertir a todos, judíos y paganos.

Hoy Jesús nos llama a ser “pescadores de hombres”. Y la respuesta que Él espera de nosotros no es una palabra, ni una explicación o excusa (Cfr. Lc 9,59-61); es una acción, como la del mismo Mateo, quien cuando Jesús le dijo: “Sígueme”, “dejándolo todo, se levantó y lo siguió” (Lc 5,27; Mt 9,9; Mc 2,14).

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA VIGÉSIMA SEXTA SEMANA DEL T.O. (2) 30-09-20

¿Estoy dispuesto a seguir los pasos del Maestro atendiendo a su llamado con todo lo que ese seguimiento implica?

Como primera lectura para hoy la liturgia continúa con el libro de Job (9,1-12.14-16) y la conversación que tiene con los tres amigos que vienen a consolarlo pero que, lejos de hacerlo, lo que logran es hacer más difícil su aceptación de lo que le está sucediendo. Job se mantiene firme en que es imposible escudriñar los misterios de Dios, y cómo Él, en su infinita sabiduría dispone todo sin que podamos encontrar la respuesta a la famosa pregunta: ¿por qué?

La segunda lectura (Lc 9,57-62) nos presenta a Jesús, que continúa esa última “subida” a Jerusalén para enfrentar su hora suprema. Con tres frases lapidarias, dirigidas a tres de los discípulos que le acompañaban, Jesús expone las “condiciones” del seguimiento.

Vemos de entrada que el primero no es “llamado” por Jesús, sino que se ofrece voluntariamente. Jesús se limita a enumerar las dificultades, las privaciones, los sacrificios que el verdadero discípulo de Él ha de enfrentar. Es obvio que ese “voluntario” no está consciente que Jesús va camino a enfrentar su muerte, y que el discípulo tiene que estar dispuesto a compartir la misma suerte que su maestro.

El segundo sí es llamado, con la palabra única que Jesús suele utilizar: “Sígueme”. Este también pretende imponer sus propias condiciones al Maestro: “Déjame primero ir a enterrar a mi padre”, a lo que Jesús responde: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios”. Con esta exageración, rayando en la locura, Jesús pretende sacudir al discípulo con el propósito de transmitir el mensaje de que NADA es más importante que el seguimiento y la misión. Más adelante lo dirá con toda claridad: “Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,26). Palabras fuertes, pero Jesús exige ese seguimiento radical, incondicional. Por eso muchos son los llamados pero pocos los escogidos (Mt 14,22).

Con el tercer discípulo Jesús acentúa otra característica que Él espera en el verdadero discípulo. El discípulo le pide tiempo para ir a despedirse de su familia. De nuevo el apego a las relaciones familiares que nos proporcionan “seguridad”. Nuevamente una respuesta tajante de parte de Jesús: “El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios”. Está claro que Jesús no quiere seguidores a medias. Una vez se comienza el seguimiento, ya no hay marcha atrás; aquí es que se prueban los verdaderos discípulos. Él nos quiere calientes o fríos, no tibios, porque si nos tornamos tibios Él va a “vomitarnos” de su boca (Ap 3,15).

El mensaje de Jesús es claro. Él nos invita a seguirle, pero ese seguimiento implica sacrificios, privaciones, humillaciones, persecuciones, pruebas. Hoy tenemos que preguntarnos: ¿Estoy dispuesto a seguir los pasos del Maestro atendiendo a su llamado con todo lo que ese seguimiento implica?

Señor, envía tu santo Espíritu sobre nosotros para que nos de fortaleza para sobreponer esas tibiezas que nos impiden perseverar en el seguimiento de tu Hijo.

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SAN MATEO, APÓSTOL Y EVANGELISTA 21-09-20

“Vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.» Él se levantó y lo siguió”.

Hoy celebramos la Fiesta de san Mateo, apóstol y evangelista. Para esta celebración la liturgia nos presenta como primera lectura un fragmento de la carta de san Pablo a los Efesios (4,1-7.11-13). El Evangelio, por su parte, nos remite al pasaje que nos narra la vocación de Mateo (Mt 9,9-13). Resulta curioso que Mateo, en su relato, se llama a sí mismo “Mateo” (que quiere decir don de Dios), mientras que Marcos y Lucas le llaman Leví, que con toda certeza era su verdadero nombre hebreo.

La primera lectura está enmarcada en el discurso sobre la diversidad de carismas que Pablo dirige a los cristianos de Éfeso, muy parecido al que leemos en el capítulo 12 de la Carta a los Corintios: “cada uno de nosotros ha recibido su propio don, en la medida que Cristo los ha distribuido. Él comunicó a unos el don de ser apóstoles, a otros profetas, a otros predicadores del Evangelio, a otros pastores o maestros”.

De ahí pasamos a la lectura evangélica, que nos presenta uno de los pasajes más sencillos, y a la vez impactantes, del Nuevo Testamento: “Al irse de allí, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió”.

Cada vez que leo ese versículo, no puedo evitar imaginarme la escena. Mateo, colector de impuestos (“publicano”) al servicio del rey Herodes Antipas, sentado frente a su mesa de recaudación, un día cualquiera, probablemente cuadrando su contabilidad. De momento siente la presencia de alguien que se detiene frente a su mesa. Pensando que era alguien que venía a pagar su impuesto, levanta los ojos. Y se encuentra con la mirada más intensa que jamás haya visto; una de esas miradas que penetran hasta lo más profundo de nuestro ser.

No sabe qué decir… tal vez intenta balbucear algo, pero no puede emitir sonido alguno. De momento esa mirada se desborda en una sola palabra: “Sígueme”. Ante esa palabra, pronunciada por el mismo Dios, Mateo no puede resistirse. Todo ha pasado a un segundo plano. Ya nada importa más que seguir ese imperativo que él no comprende, pero que todo su ser le dice que en ese seguimiento le va la vida misma. Deja atrás la mesa con todos sus libros de contabilidad y el dinero de los recaudos, todo lo que lo ataba. Ya nada importa que no sea una respuesta radical a ese “Sígueme” que había cambiado su vida para siempre. Mateo acababa de tener un encuentro personal con Jesús.

Jesús no necesita de largos discursos promocionales ni portentos. El que tiene un encuentro personal con Él, no tiene otra alternativa que seguirle. El “sígueme” es meramente la verbalización, la confirmación de lo que la persona ya intuye. Jesús nos llama constantemente a seguirle. Y esa llamada puede tomar miles de formas. Pero la palabra es la misma siempre: “Sígueme”. Cada llamada, cada “vocación” implica una misión. Y esa misión está relacionada con los carismas que se nos han dado.

Hoy, pidámosle al Señor que nos conceda la gracia de escuchar ese “sígueme”, imposible de resistir, que nos conducirá a la vida eterna.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA UNDÉCIMA SEMANA DEL T.O. (2) 15-06-20

“No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra”…

El pasado décimo miércoles del tiempo ordinario, leíamos el pasaje en el que Jesús nos dice: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos” (Mt 5,17-19).

En la lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Mt 5, 38-42), Jesús continúa su catequesis sobre la nueva interpretación de la Ley basada en el Amor. “Habéis oído que se dijo: ‘Ojo por ojo, diente por diente’. Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas”.

Jesús está enfatizando la primacía de la Ley del Amor sobre la Ley del Talión (el “ojo por ojo y diente por diente”), nos está diciendo a nosotros, sus discípulos, que no debemos “pagar con la misma moneda”, que no debemos responder al mal con mal. Por el contrario, nos pide que respondamos con amor, que amemos a los que nos odian. Es un lenguaje duro y sumamente exigente.

Pero, ¡ojo! Tenemos que estar claros que no podemos tomar estos ejemplos que Jesús nos plantea en forma literal, pues se trata de una actitud interior, de corazón, que va más allá de la ley civil y de la justa defensa de nuestros derechos.

Lo que Jesús nos está diciendo es que el amor es la fuerza más poderosa del universo, pues proviene del mismo Dios, y que esa fuerza es la única capaz de superar el mal. La ley de los hombres busca restablecer el “equilibrio” en la sociedad, pero con eso no va eliminar la maldad del mundo. La única forma de superar el mal es con el “desequilibrio” del Amor, que es el mejor antídoto para la tendencia humana de caer en la venganza y en la tentación de combatir la violencia con la violencia.

¡Uf, qué difícil nos lo plantea Jesús! Difícil cuando lo vemos desde la perspectiva del mundo secular que nos llama a “dar a cada cual según se merece”, al éxito, al confort, a acumular posesiones, al egoísmo; la cultura del “yo”. Pero para el que ha tenido un encuentro personal con Jesús y ha conocido su Amor, esa exhortación de parte de Jesús resulta fácil, y hasta lógica.

Cuando Dios se convierte en el centro de nuestras vidas, todo adquiere un nuevo significado al punto que todo lo demás lo estimamos “basura” (Cfr. Fil 8,8).

Y tú, ¿has tenido un encuentro personal con Jesús? Él te ha llamado por tu nombre y tan solo está esperando tu respuesta. Anda, ábrele la puerta. Y cuando te diga: “Sígueme”, no lo pienses; ¡síguelo! Créeme, no te arrepentirás.

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS 31-05-20

“Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré”.

Hoy celebramos la gran solemnidad de Pentecostés, que conmemora la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles mientras se encontraban reunidos en oración, junto a la María, la madre de Jesús, y otros discípulos, siguiendo las instrucciones y esperando el cumplimiento de la promesa del Señor quien, según la narración de Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles, en el momento en que iba a ascender al Padre les pidió que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre. La promesa “que yo les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días” (Hc 1,4b-5). Y luego añadió: “recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (1,8).

Se refería Jesús a la promesa que Jesús les había hecho de enviarles su Santo Espíritu: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré” (Jn 16,7). Jesús ya vislumbra en el horizonte aquella Iglesia a la cual Él confiaría continuar su misión. Hasta ahora han estado juntos, él ha permanecido con ellos. Pero tienen que “ir a todo el mundo a proclamar el Evangelio”. Cada cual por su lado; y Él no puede físicamente acompañarlos a todos. Al enviarles el Espíritu Santo, este podrá acompañarlos a todos. Así podrá hacer cumplir la promesa que les hizo antes de marcharse: “Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

En ocasiones anteriores hemos dicho que la fe es la acción del creer, es actuar conforme a lo que creemos, es confiar plenamente en la palabra de Dios. Más que creer en Dios es creerle a Dios, creer en sus promesas.

Los apóstoles llevaron a cabo un acto de fe. Creyeron en Jesús y le creyeron a Jesús. Por tanto, estaban actuando de conformidad: Permanecieron en Jerusalén, y perseveraban en la oración con la certeza de que el Señor enviaría su Santo Espíritu sobre ellos. Y como sucede cada vez que llevamos a cabo un acto de fe, vemos manifestada la gloria y el poder de Dios. En este caso ese acto de fe se  tradujo en la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y María la madre de Jesús, episodio que nos narra la primera lectura de hoy (Hc 2,1-11). Nos dice la lectura que “de repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban”.

Cuando pensamos en Pentecostés siempre pensamos en las “lengüitas de fuego”, y pasamos por alto la ráfaga de viento que precedió a las lenguas de fuego. Las últimas representan, no al Espíritu en sí, sino a una de sus manifestaciones, el carisma de hablar en lenguas extranjeras (xenoglosia). El poder pleno del Espíritu que recibieron aquél día está representado en la ráfaga de viento. De ahí que la Iglesia, congregada alrededor de María, recibió algo más; recibió la plenitud del Espíritu y con él la valentía, el arrojo para salir al mundo y enfrentar la persecución, la burla, la difamación que enfrenta todo el que acepta ese llamado de Jesús: “sígueme”. Así, aquellos hombres que habían estado encerrados por miedo a las autoridades que habían asesinado a Jesús, se lanzan a predicar la buena nueva de Jesús resucitado a todo el mundo.

Si invocamos el Espíritu Santo, no hay nada que nos dispongamos a hacer por el Reino que no podamos lograr. Y tú, ¿lo has invocado?

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 30-05-20

“Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme”.

¡Mañana es Pentecostés! La solemnidad que celebra la venida del Espíritu Santo sobre el colegio apostólico reunido en torno a María, la madre de Jesús. Si bien la Iglesia gira en torno al Misterio Pascual de Cristo, es el Espíritu quien guía a los pecadores que la componemos para tomar las decisiones más humanas de Su Iglesia. Por eso ha perdurado dos mil años, a pesar de las debilidades de sus miembros.

Las lecturas que nos propone la liturgia para hoy nos presentan el pasaje final del libro de los Hechos de los Apóstoles (28,16-20.30-31) y la conclusión del Evangelio según san Juan (21,20-25).

La lectura de Hechos nos narra la actividad de Pablo durante su primer cautiverio en Roma, y cómo su cautiverio (aunque estaba en lo que hoy llamaríamos “arresto domiciliario”) no fue impedimento para que él continuara su misión evangelizadora; estando preso, recibía a todos los que acudían a visitarle, “predicándoles el reino de Dios y enseñando lo que se refiere al Señor Jesucristo con toda libertad, sin estorbos”.

Aun estando en prisión, supo experimentar la verdadera libertad producto de saberse amado por Dios y estar haciendo su voluntad. Mediante su testimonio en Roma, Pablo da cumplimiento a la promesa y el mandato de Jesús a sus discípulos antes de su Ascensión: “recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”.

Desde el principio hasta el final, vemos en el libro de los hechos de los Apóstoles la acción del Espíritu Santo en el desarrollo y expansión de la Iglesia por todo el mundo conocido.

El relato evangélico, por su parte, nos presenta la continuación del pasaje de ayer, con el diálogo entre Jesús y Pedro, que concluyó con el mandato de Jesús: “Sígueme”. Jesús le había dicho a Pedro que él iba a seguir su misma suerte, que iba a experimentar el martirio. Pedro probablemente se siente orgulloso de seguir los pasos del Señor. Entonces ve que Juan les está siguiendo mientras caminan, y ese deseo humano de compararse con los demás, de saber si otro va a tener el mismo privilegio que yo, le lleva a preguntarle a Jesús: “Señor, y éste ¿qué?”.

El mero hecho de referirse a Juan como “este”, implica cierto grado de orgullo, de aire de superioridad. Después de todo, ya había sido “escogido” para tomar las riendas de la Iglesia naciente. Jesús no pierde tiempo e inmediatamente lo baja de su pedestal: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme”. En otras palabras, cumple tu misión, y deja lo demás en las manos del Padre.

Nuestra Iglesia es Santa, pero está compuesta por pecadores que aspiramos a la santidad; y solo guiados y asistidos por el Espíritu puede seguir adelante y llevar a cabo su misión evangelizadora para que se cumpla la voluntad del Padre: que no se pierda ninguna de las ovejas de su rebaño.

¡Ven Espíritu Santo!

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 29-05-20

Ya en el umbral de Pentecostés, la liturgia nos propone como lectura evangélica (Jn 21,15-19) la conclusión del Evangelio según san Juan, que nos ha acompañado durante prácticamente toda la Pascua. Este pasaje constituye, junto a Mt 16,18 lo que tal vez sea el argumento bíblico más decisivo sobre el primado de Pedro en la Iglesia universal.

Jesús, en su infinita pero misteriosa sabiduría, ha escogido a uno de sus amigos íntimos para que “apaciente sus corderos”, “pastoree sus ovejas”. Sí, al mismo Pedro que, luego de haber asegurado que estaba dispuesto a dar su vida por Él (Jn 13,37), había terminado negándolo tres veces (Mt 26,69-75). Mientras las multitudes seguían y aclamaban a Jesús, era fácil decir que estaba dispuesto a dar la vida por Él. Cuando se vieron rodeados de soldados y amenazados, ese entusiasmo se esfumó. Trato de imaginarme la angustia, la frustración, la vergüenza que sintió Pedro al recordar las palabras de Jesús cuando le dijo que antes de que cantara el gallo le habría negado tres veces.

Ahora se encuentran por última vez, luego del suceso traumático de la muerte de Jesús y su posterior resurrección. Ya todos comprendían lo que Jesús les había adelantado sobre su resurrección. Una vez más el ambiente es de sobremesa; acababan de consumir parte del producto de la pesca milagrosa, y Jesús y su amigo Pedro tienen un “aparte”, probablemente tomando un corto paseo a orillas del lago de Tiberíades. Jesús quiere confiarle a Pedro el rebaño que con tanto amor Él había juntado. Por eso el diálogo gira en torno al principal requisito que tiene que cumplir el que vaya a asumir semejante tarea: el amor.

Jesús conoce lo que hay en nuestros corazones, al punto que las palabras a veces pueden hasta tornarse en obstáculos. Pero aun así le pregunta tres veces (el mismo número de las negaciones): “¿me amas más que éstos?”; “¿me amas?”; “¿me quieres?”. Nos dice la escritura que a la tercera pregunta Pedro “se entristeció”. Probablemente recordó las negaciones, y también cuando su mirada se cruzó con la de Jesús en casa de Caifás. Jesús sabe que Pedro lo ama, pero quiere que Pedro esté seguro que le ama. Porque la labor que le va a encomendar es una de amor, pues solo el que ama “hasta que le duela”, al punto de dar la vida, puede predicar el amor. Todo eso está implícito en la última palabra: “Sígueme”.

Jesús le está confiando su más preciado tesoro, y le está pidiendo que ese mismo amor que le tiene a Él, lo demuestre en su entrega incondicional a ese “rebaño”. Después de todo, la misión de Pedro, junto a los demás discípulos va a ser solo una: predicar el Amor a todo el mundo. Esa es también nuestra misión, y sobre esa gestión hemos de rendir cuentas. Como nos dijo san Juan de la Cruz: “Al atardecer de la vida, seremos examinados en el amor”.

Consciente del alcance y significado de la pregunta, cierra los ojos, examina tu corazón y contesta la pregunta que Jesús te está haciendo: “¿me amas?”

Precisamente hoy, que leemos este pasaje donde Jesús encomienda su rebaño a Pedro, celebramos la memoria litúrgica de san Pablo VI, papa, sucesor de san Pedro, a quien el Espíritu le encomendó la tarea de culminar el Concilio Vaticano II. De paso, oremos por el papa Francisco, para el el mismo Espíritu le dé la fortaleza para pastorear las ovejas que el Señor le ha encomendado.

REFLEXIÓN PARA EL TERCER DOMINGO DEL T.O. (A) 26-01-20

El relato evangélico que la liturgia dispone para este tercer domingo del tiempo ordinario  (Mt 4,12-23), nos narra la vocación de los primeros discípulos, “Simón, al que llaman Pedro, y Andrés, su hermano”, y “a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan” todos pescadores en el mar de Galilea. En ocasiones anteriores hemos dicho que la palabra vocación viene del verbo latino vocare, que quiere decir llamar. Así, la vocación es un llamado, en este caso de parte de Jesús.

Esto ocurría en Galilea, en donde Jesús se había establecido luego del arresto de Juan Bautista, dando cumplimiento a la profecía de Isaac que contemplamos hoy como primera lectura (Is 8,23b–9,3). Se estableció en territorio pagano para comenzar su misión de llevar la Buena Noticia del Reino todas las naciones: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”. Él es consciente que la tarea es difícil y su tiempo es corto. Por eso necesita formar un equipo de trabajo, escoger unos colaboradores que le ayuden en su tarea, y la continúen una vez Él haya regresado al Padre.

Los llamados de Jesús siempre son directos, sin rodeos, al grano. “Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres”. Una mirada penetrante y una palabra o una frase; imposible de resistir. Siempre que leo la vocación de cada uno de los apóstoles trato de imaginar los ojos, la mirada de Jesús, y la firmeza de su voz. Y se me eriza la piel. Por eso la respuesta de los discípulos es inmediata y se traduce en acción, no en palabras. Nos dice la lectura que Andrés y Simón, “inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron”. En cuanto a los hijos de Zebedeo nos dice la lectura que “inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron”. En estos últimos vemos, no solo la inmediatez del seguimiento, sino también la radicalidad del mismo. Dejaron, no solo la barca, sino a su padre también. “Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,26; Mt 10,37). Dejarlo todo con tal de seguir a Jesús.

Mateo utiliza el lenguaje de la pesca en el escenario del mar de Galilea, y la frase “pescadores de hombres” con miras al objetivo de su relato evangélico, dirigido a los judíos que se habían convertido al cristianismo, con el propósito de demostrar que Jesús es el mesías prometido en quien se cumplen todas las profecías del Antiguo Testamento. Así, alude también a la profecía de Ezequiel, que utiliza la metáfora del mar, la pesca abundante y la variedad de peces (Ez 47,8-10) para significar la misión profética a la que Jesús llama a sus discípulos, dirigida a convertir a todos, judíos y paganos.

Hoy Jesús nos llama a ser “pescadores de hombres” en un ambiente no muy distinto al de la Galilea de tiempos de Jesús. Y la respuesta que Él espera de nosotros no es una palabra, ni una explicación o excusa (Cfr. Lc 9,59-61); es una acción, como la del mismo Mateo, quien cuando Jesús le dijo: “sígueme”, “dejándolo todo, se levantó y lo siguió” (Lc 5,27; Mt 9,9; Mc 2,14). ¿Cuál va ser tu respuesta?

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA PRIMERA SEMANA DEL T.O. (2) 18-01-20

“No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

El relato evangélico que nos trae la liturgia para hoy (Mc 2,13-17) podríamos dividirlo en tres partes. Comienza con la repetición por parte de Marcos de algo que es como una constante en su evangelio. La gente se acercaba a Jesús, y Él “les enseñaba”. El anuncio del Reino.

Inmediatamente, sin preámbulos, nos narra la vocación de Leví (Mateo) en dos oraciones cortas: “Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.»  Se levantó y lo siguió”. De nuevo esa mirada penetrante, imposible de resistir, acompañada de una sola palabra: “Sígueme”. Mateo fue el quinto discípulo reclutado por Jesús. Sigue conformando su “equipo de trabajo”. Esta vez escoge a un publicano (recaudador de impuestos). En cada ciudad había al menos un recaudador de impuestos, flanqueado por guardias armados. Trato de imaginarme la escena. Mateo trabajando, cuadrando sus cuentas. De momento siente esta “presencia” ante él, y una voz que le habla. Al escuchar el llamado de Jesús, Leví se levantó y dejó la mesa con todos los libros en que llevaba cuenta de los impuestos recaudados, y el dinero, para seguirle. Así es el llamado de Jesús. Te pregunto: Y tú, ¿has sentido el llamado de Jesús para seguirle?

Debes tener presente que si decides seguirlo Él siempre va a salir en tu defensa; nunca te va a dejar solo. Eso lo vemos en este relato, cuando nos dice que tan pronto Leví se levantó de la mesa para seguirle, Jesús se fue a la casa de éste y se sentó a la mesa con un grupo de publicanos y pecadores: “Estando Jesús a la mesa en su casa, de entre los muchos que lo seguían un grupo de publicanos y pecadores se sentaron con Jesús y sus discípulos”. Unos escribas y fariseos que le vieron, se escandalizaron y dijeron a los discípulos: “¡De modo que come con publicanos y pecadores!”.

Los escribas y fariseos no le hablaron a Jesús, se dirigieron a los discípulos con el propósito aparente de desanimarlos y criticar a Jesús, o al menos hacerle desmerecer ante sus ojos. Jesús no se hizo esperar, y salió de inmediato en defensa de estos: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. Jesús aprovechó la oportunidad, no solo para defender a sus discípulos, sino para enseñarles.

Jesús nos ama tal y como somos; santos y pecadores. Lo único que Él quiere es nuestra salvación, y va a hacer todo lo que esté a su alcance para salvarnos. Él no juzga a los que se le acercan, los trata a todos con la misma compasión y misericordia, con el mismo amor.

Somos pecadores, pero eso no debe ser obstáculo para que nos acerquemos a Él. Si le invitamos a nuestra mesa Él se sentará con nosotros, y nos invitará a la suya (constantemente nos invita al banquete eucarístico). Eso nos hace preguntarnos: Yo, ¿juzgo a los que se me acercan, o soy comprensivo y tolerante con ellos? Gracias, Señor por aceptarme como soy, con todos mis defectos y debilidades. Ayúdame igualmente a no juzgar a mi prójimo y mostrarme comprensivo y tolerante con ellos, para que vean tu infinito amor y misericordia reflejados en mí.

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SAN MATEO, APÓSTOL Y EVANGELISTA 21-09-19


“Sígueme”. Él se levantó y lo siguió…

Hoy celebramos la Fiesta de san Mateo, apóstol y evangelista. Para esta celebración la liturgia nos presenta como primera lectura un fragmento de la carta de san Pablo a los Efesios (4,1-7.11-13). El Evangelio, por su parte, nos remite al pasaje que nos narra la vocación de Mateo (Mt 9,9-13). Resulta curioso que Mateo, en su relato, se llama a sí mismo “Mateo” (que quiere decir don de Dios), mientras que Marcos y Lucas le llaman Leví, que con toda certeza era su verdadero nombre hebreo.

La primera lectura está enmarcada en el discurso sobre la diversidad de carismas que Pablo dirige a los cristianos de Éfeso, muy parecido al que leemos en el capítulo 12 de la Carta a los Corintios: “cada uno de nosotros ha recibido su propio don, en la medida que Cristo los ha distribuido. Él comunicó a unos el don de ser apóstoles, a otros profetas, a otros predicadores del Evangelio, a otros pastores o maestros”.

De ahí pasamos a la lectura evangélica, que nos presenta uno de los pasajes más sencillos, y a la vez impactantes, del Nuevo Testamento: “Al irse de allí, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió”.

Cada vez que leo ese versículo, no puedo evitar imaginarme la escena. Mateo, colector de impuestos (“publicano”) al servicio del rey Herodes Antipas, sentado frente a su mesa de recaudación, un día cualquiera, probablemente cuadrando su contabilidad. De momento siente la presencia de alguien que se detiene frente a su mesa. Pensando que era alguien que venía a pagar su impuesto, levanta los ojos. Y se encuentra con la mirada más intensa que jamás haya visto; una de esas miradas que penetran hasta lo más profundo de nuestro ser.

No sabe qué decir… tal vez intenta balbucear algo, pero no puede emitir sonido alguno. De momento esa mirada se desborda en una sola palabra: “Sígueme”. Ante esa palabra, pronunciada por el mismo Dios, Mateo no puede resistirse. Todo ha pasado a un segundo plano. Ya nada importa más que seguir ese imperativo que él no comprende, pero que todo su ser le dice que en ese seguimiento le va la vida misma. Deja atrás la mesa con todos sus libros de contabilidad y el dinero de los recaudos, todo lo que lo ataba. Ya nada importa que no sea una respuesta radical a ese “Sígueme” que había cambiado su vida para siempre. Mateo acababa de tener un encuentro personal con Jesús.

Jesús no necesita de largos discursos promocionales ni portentos. El que tiene un encuentro personal con Él, no tiene otra alternativa que seguirle. El “sígueme” es meramente la verbalización, la confirmación de lo que la persona ya intuye. Jesús nos llama constantemente a seguirle. Y esa llamada puede tomar miles de formas. Pero la palabra es la misma siempre: “Sígueme”. Cada llamada, cada “vocación” implica una misión. Y esa misión está relacionada con los carismas que se nos han dado.

¿Has escuchado la voz de Jesús? ¿Qué esperas?