REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SAN ANDRÉS, APÓSTOL 30-11-18

Hoy la Iglesia celebra la Fiesta de san Andrés, apóstol. Andrés, oriundo de Betsaida (Jn 1,44), discípulo de Juan y hermano de Simón-Pedro, fue uno de los cuatro apóstoles originales (junto a Pedro, Santiago y Juan). El relato evangélico que la liturgia dispone para esta Fiesta (Mt 4,18-22), nos narra la vocación de estos primeros discípulos, que eran pescadores en el mar de Galilea. En ocasiones anteriores hemos dicho que la palabra vocación viene del verbo latino vocare, que quiere decir llamar. Así, la vocación es un llamado, en este caso de parte de Jesús.

Y los llamados de Jesús siempre son directos, sin rodeos, al grano. “Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres”. Una mirada penetrante y una palabra o una frase; imposible de resistir. Siempre que leo la vocación de cada uno de los apóstoles trato de imaginar los ojos, la mirada de Jesús, y la firmeza de su voz. Y se me eriza la piel. Por eso la respuesta de los discípulos es inmediata y se traduce en acción, no en palabras.

Nos dice la lectura que Andrés y Simón, “inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron”. En cuanto a los hijos de Zebedeo nos dice la lectura que “inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron”. Cabe señalar que en el relato evangélico de Juan, Andrés vio y siguió a Jesús primero, y es él quien va su hermano Simón Pedro y le dice: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,41). Tan impactante fue la experiencia de aquél primer encuentro con Jesús, que Juan recuerda la hora en que eso sucedió: “Eran como las cuatro de la tarde” (Jn 1,39). En cuanto a estos últimos, vemos no solo la inmediatez del seguimiento, sino también la radicalidad del mismo. Dejaron, no solo la barca, sino a su padre también. “Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,26; Mt 10,37). Dejarlo todo con tal de seguir a Jesús.

Mateo utiliza el lenguaje de la pesca en el escenario del mar de Galilea, y la frase “pescadores de hombres” con miras al objetivo de su relato evangélico, dirigido a los judíos que se habían convertido al cristianismo, con el propósito de demostrar que Jesús es el mesías prometido en quien se cumplen todas las profecías del Antiguo Testamento. Así, alude a la profecía de Ezequiel, en la que se utiliza la metáfora del mar, la pesca abundante y la variedad de peces (Ez 47,8-10) para significar la misión profética a la que Jesús llama a sus discípulos, dirigida a convertir a todos, judíos y paganos.

Hoy Jesús nos llama a ser “pescadores de hombres”. Y la respuesta que Él espera de nosotros no es una palabra, ni una explicación o excusa (Cfr. Lc 9,59-61); es una acción, como la del mismo Mateo, quien cuando Jesús le dijo: “Sígueme”, “dejándolo todo, se levantó y lo siguió” (Lc 5,27; Mt 9,9; Mc 2,14).

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO CUARTO DOMINGO DEL T.O. (B) 16-09-18

Las lecturas que nos presenta la liturgia para hoy (Is 50,5-9a; Sal 114; St 2,14-18; y Mc 8,27-35) son tan ricas en simbolismo y doctrina, que resulta difícil escoger uno o dos versículos para reflexionar en estas cortas líneas.

El evangelio nos presenta el pasaje de la profesión de fe de Pedro. Luego de realizar una “encuesta” entre sus discípulos sobre quién decía la gente que Él era, Pedro, iluminado por el Espíritu Santo, exclamó: “Tú eres el Mesías”. A esa profesión de fe le sigue el pedido de Jesús a sus discípulos de guardar silencio al respecto. Pero como no hay profesión de fe sin prueba (1 Pe 1,7), Jesús no pierde tiempo en anunciar el camino que le espera: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días”. En esta expresión de Jesús no hay insinuaciones, ni simbolismos; es la verdad cruda y tajante de lo que le espera. Los cuatro verbos que utiliza son inequívocos: “padecer”, “ser condenado”, “ser ejecutado”, y “resucitar”.

Pedro, contento de haber recibido el don de la fe que le permitió confesar el mesianismo de Jesús, se escandalizó y comenzó a increparlo. Su naturaleza humana le impedía aquilatar el valor salvífico del camino de la pasión que Jesús tenía que caminar. Por eso Jesús le reprende, utilizando las mismas palabras que usó para reprender a Satanás cuando le tentó en el desierto (Mt 4,10): “¡Quítate de mi vista, Satanás!”. Pedro se había quedado en el “gozo” de la fe, pero no había podido concretizarla; no había alcanzado a leer la “letra chica” que Jesús no tarda en señalarle: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará”. De nuevo los adjetivos inequívocos: “negarse” a sí mismo, y “cargar” con la Cruz.

Jesús nos invita a seguirle, pero ese seguimiento no puede ser a medias, tiene que ser radical; Jesús no admite términos medios ni tibiezas. “Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62). “Ojalá fueras frío o caliente. Pero como eres tibio, y no frío ni caliente voy a vomitarte de mi boca” (Ap 15b-16).

Como nos dice la segunda lectura de hoy, la fe sin obras, por si sola está muerta. En otras palabras, “no basta con creer en Jesús, hay que creerle a Jesús”. Y cuando creemos en su Palabra salvífica, cualquier sufrimiento, tribulación, prueba, que podamos experimentar cobra un nuevo significado, nos permite participar de la obra salvadora de Jesús. A eso se refiere Pablo cuando dice: “Completo en mi carne lo que le falta a la pasión de Cristo” (Col 1,24).

Nadie ha dicho que esto es fácil; pero el premio que nos espera vale la pena (1 Co 9,24-25; 1 Pe 5,4). Esa promesa es la que nos permite estar alegres en la enfermedad y en la tribulación. Que pasen un hermoso día. No olviden visitar la Casa del Padre; Él les espera…

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN 08-08-18

La Orden de Predicadores (Dominicos) celebra hoy la Solemnidad de nuestro padre y fundador Santo Domingo de Guzmán, y en esta fecha celebramos la liturgia propia de la solemnidad, apartándonos de las lecturas correspondientes al tiempo ordinario.

Como primera lectura propia de la Solemnidad, se nos ofrece un texto de la Primera Carta del Apóstol san Pablo a los Corintios (2,1-10a), que nos presenta el secreto de la predicación de Pablo: “Cuando vine a ustedes a anunciarles el testimonio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre ustedes me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a ustedes débil y temeroso; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios”. Pablo termina este pasaje diciendo: “«Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman». Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu”.

Ahí está el secreto de la evangelización: predicar a Jesús muerto y resucitado, y las maravillas que ha obrado en cada uno de nosotros a través de su Santo Espíritu. El Padre Emiliano Tardiff lo expresó de manera elocuente: “Un evangelizador es ante todo un testigo que tiene experiencia personal de la muerte y resurrección de Cristo Jesús y que transmite a los demás, más que una doctrina, una persona que está viva que comunica vida y vida en abundancia. Después, solo después y siempre después, se debe enseñar la catequesis y la moral. A veces estamos muy preocupados en que la gente cumpla los mandamientos de Dios antes de que conozcan al Dios de los mandamientos”.

De Santo Domingo se dice que “hablaba con Dios y de Dios”. Hablaba con Dios porque era hombre de oración, estudio de la Palabra y contemplación de la verdad revelada a través del estudio. El fruto de esa contemplación, que es el conocimiento de Dios, es lo que le permitía “hablar de Dios”, es decir, compartir con otros su experiencia de Dios como “una persona que está viva que comunica vida y vida en abundancia”. Ese fue el secreto de Pablo, y el secreto de Domingo de Guzmán, y es el ejemplo que debemos emular.

Como lectura evangélica contemplamos a Lc 9,57-62, que nos presenta dos frases que resumen las exigencias del seguimiento de Jesús: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. “Deja que los muertos entierren a sus muertos, tú vete a anunciar el Reino de Dios”. Jesús no solo abandonó su casa, sino que junto a ella abandonó también a su familia, especialmente a su madre, que era la persona que más amaba. Cuando Jesús le dice a su discípulo que seguirlo a Él es más importante que cumplir con el piadoso deber de enterrar a los muertos, lo hace con todo propósito, para recalcar la radicalidad del seguimiento, y que no hay nada más importante que el anuncio del Reino.

Domingo de Guzmán vivió esa radicalidad en el seguimiento de Jesús, e imprimió a la Orden ese carisma que me honro compartir.

¡Santo Domingo de Guzmán, ruega por nosotros!

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA OCTAVA SEMANA DEL T.O. (2) 29-05-18

En la primera lectura de hoy (1 Pe 1,10-16), san Pedro recalca la “continuidad” de la revelación divina. El mensaje de salvación que anunciaron los profetas en el Antiguo Testamento es el mismo que nos traen ahora los predicadores del Evangelio. Pedro nos recuerda que lo que los antiguos profetas anunciaban está sucediendo “ahora”. De paso nos recuerda que lo que le da continuidad al mensaje de salvación es el “Espíritu de Cristo”. Que el Espíritu que inspiró a los profetas es el mismo que inspira a los que ahora predican el Evangelio.

A la misma vez, nos está haciendo un llamado a la santidad: “El que os llamó es santo; como él, sed también vosotros santos en toda vuestra conducta, porque dice la Escritura: «Seréis santos, porque yo soy santo»”. Para adquirir la santidad, para ser verdaderos cristianos, es preciso aceptar sin reparos el mensaje de salvación contenido en las Sagradas Escrituras. Para ello tenemos que creer que el Espíritu está presente en esos textos sagrados, y en nuestros corazones para poder captar en toda su plenitud ese mensaje de salvación. Tengo que aspirar a la santidad, tengo que convertirme en otro “Cristo”.

La lectura evangélica (Mc 10,28-31) nos recalca que no basta tampoco con creer y “cumplir” lo que dice la Escritura. Ayer leíamos el pasaje del hombre rico que cumplía todos los mandamientos, pero no pudo seguir a Jesús abandonado su riqueza. Hoy Jesús nos lleva más allá, recalcándonos que no hay nada más importante que Él, ni “casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras”. El seguimiento de Jesús tiene que ser radical, no hay términos medios, una vez decidimos seguirlo no hay marcha atrás (Lc 9,60.62; Ap 3,16). Cuando nos habla de relegar a un segundo plano todo lo que nos impida seguirle libremente, no se trata tan solo de las “cosas” materiales o el dinero. Se trata también de los lazos afectivos que a veces nos atan con tanta o más fuerza que las cosas materiales. De nuevo, no se trata de “abandonar” a nuestros seres queridos; se trata de no permitir que se conviertan en un impedimento para seguir a Jesús (Cfr. Lc 12,53).

Él no se cansa de repetirlo. Él es santo, y si queremos seguirlo, tenemos que ser “santos”. La santidad va atada a la filiación divina, lo que implica formar parte de la nueva familia de Dios fundamentada en la Nueva Alianza sellada con la sangre de Cristo derramada en la cruz. En el Antiguo Testamento se pasaba a formar parte del “pueblo elegido” por la sangre, por herencia. Ahora Jesús nos dice que pasamos a formar parte de la nueva familia de Dios cumpliendo la voluntad del Padre (Mc 3,35; Mt 12,49-50; Lc 8,21).

Lo que Jesús nos pide para alcanzar la salvación no es tarea fácil. Nos exige romper con todas las estructuras que generan apegos, para entregarnos de lleno a una nueva vida donde lo verdaderamente importante son los valores del Reino.

La promesa que Jesús nos hace al final de pasaje no se trata de cálculos aritméticos. No podemos esperar “cien casas”, o “cien” hermanos, o padres, o madres, o hijos biológicos, o tierras a cambio de dejar los que tenemos ahora. Lo que se nos promete es que vamos a recibir algo mucho más valioso a cambio. Y no hablamos de valor monetario. ¿Quién puede ponerle precio al amor de Dios; a la vida eterna; a la “corona de gloria que no se marchita” (1 Pe 5,4)?

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA OCTAVA SEMANA DEL T.O. (2) 28-05-18

Después de la Cuaresma, la cincuentena de Pascua y las solemnidades de Pentecostés y la Santísima Trinidad, el pasaje evangélico que nos propone la liturgia de hoy (Mc 10,17-27) es el del “joven rico”, llamado así por el evangelio de Mateo (19,16), que nos presenta este personaje como un hombre joven y rico. Cabe señalar que ni Marcos ni Lucas (18,18) aluden a la edad de este hombre. Pero lo verdaderamente importante del pasaje no es la edad del hombre, sino su riqueza y que era un cumplidor del decálogo. Además, el hecho de que se arrodilló ante Jesús y le llamó “Maestro bueno”, demuestra que también le consideraba digno de veneración.

La pregunta que le formula el hombre rico a Jesús es tal vez la pregunta más trascendental que podemos hacerle a Dios: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”, es decir, ¿qué tengo que hacer para salvarme? Luego de repasar los preceptos del decálogo con el hombre, ante la aseveración de este de que cumplía con todo ellos, Jesús lanza su remate: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”.

Una vez más Jesús enfatiza la radicalidad del seguimiento. Si queremos ser santos, como Jesús es Santo, no puede haber nada más importante que las cosas Dios, que el seguimiento. Ni la familia, ni las posesiones, ni los títulos, ni los privilegios, ni los honores, ni el dinero, ni los placeres, ni los vicios… En el caso del hombre rico del pasaje de hoy, Jesús nos explica que no es la riqueza lo que obstaculiza su salvación, es su apego, su confianza en las cosas de este mundo: “¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero!”

No se trata de que el dinero, de por sí, sea obstáculo para alcanzar la salvación. Se trata de que ese dinero nos impida “poner la mano en el arado” sin mirar hacia atrás (Cfr. Lc 9,62). Hay personas relativamente pobres que ponen su confianza en lo poco que tienen. Esas personas se convierten en unos pobres ricos, porque a esos les será más difícil entrar al reino de los cielos, que “a un camello pasar por el ojo de una aguja”.

Y aunque el seguimiento de Jesús, que nos conduce por el camino de la salvación, no está motivado por interés o deseo de recompensa, sino por amor, Jesús siempre se muestra generoso con los suyos. Y el premio que nos promete es el más preciado de todos: “en la edad futura, vida eterna”, la “corona de gloria que no se marchita” (Cfr. 1 Co 9,25; 1 Pe 5,4).

Si nos arrepentimos y nos tornamos hacia Dios, dejando a un lado toda “riqueza” temporal, Dios nos recibe y reanima, permitiéndonos conocer Su amor, que nos conducirá a la Verdad y a la vida eterna, porque “Dios lo puede todo”.

Que pasen una hermosa semana en la PAZ del Señor.

REFLEXIÓN PARA EL QUINTO DOMINGO DE CUARESMA (B) 18-03-18

Hoy es el quinto domingo de Cuaresma. A la distancia nos parece divisar el Gólgota y todo el drama de la Pasión de Jesús, su muerte redentora que sellará con su sangre la Nueva y definitiva Alianza en su persona, y su gloriosa Resurrección.

La primera lectura, tomada de la profecía de Jeremías (31,31-34), nos apunta hacia la naturaleza permanente de esa Alianza, superior a la Antigua, y el valor redentor de la misma: “así será la alianza que haré con ellos, después de aquellos días –oráculo del Señor–: Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo”.

El relato evangélico (Jn 12,20-33), que Juan sitúa en el contexto de la Pascua, cuando todos “subían” a Jerusalén a celebrarla, añade el elemento de unos “griegos” que querían ver a Jesús, y utiliza como uno de los mensajeros a Andrés, hermano de Simón Pedro, a quien Juan el Bautista le había señalado a Jesús al comienzo de su Evangelio: “He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Todo el pasaje gira en torno a la “hora” de su glorificación que ya está cercana.

La presencia de los griegos, por su parte, apunta hacia la universalidad de la redención mediante una Alianza que no quedará circunscrita al pueblo de Israel, sino a toda la humanidad.

El domingo pasado leíamos en el Evangelio (Jn 3,14-21): “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”. Hoy ratifica esa redención, y la universalidad de la misma al decir: “cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí”. De este modo, Juan nos presenta la Cruz como triunfo y glorificación, la “locura de la Cruz” de la que nos habla san Pablo (1Cor 1,18).

Otro aspecto importante es la radicalidad del seguimiento, significado en la figura de la semilla de trigo que tiene que morir para que rinda fruto: “Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna”. Se refería, no tan solo a su Pasión y muerte inminentes, sino también a los que decidamos seguirlo. “El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará”.

Como tantas otras veces, Jesús echa mano de los símbolos agrícolas, conocidos por todos los de su tiempo, para transmitir su mensaje. Y el mensaje es claro; el verdadero seguidor de Jesús tiene que “morir” para poder convertirse en generador de fraternidad y agente de salvación para otros. Aunque Jesús lo llevó al extremo de la privación violenta de la vida, ese “morir” para nosotros implica morir a todo lo que nos impida seguir sus pasos y entregarnos a servir a otros por amor, que es a lo que Él nos invita, con la certeza de que, al igual que Él, el Padre nos premiará.

Jesús nos invita a seguirle. El camino es difícil, pero la recompensa es eterna…

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA 15-03-18

“Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí, ¡y no queréis venir a mí! (Jn 5,31-47). Los judíos se concentraban tanto en las Escrituras, escudriñando, debatiendo, teorizando, que eran incapaces de ver la gloria de Dios que estaba manifestándose ante sus ojos en la persona de Jesús. “Las obras que el Padre me ha concedido realizar; esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado. Y el Padre que me envió, Él mismo ha dado testimonio de mí. Nunca habéis escuchado su voz, ni visto su semblante, y su palabra no habita en vosotros, porque al que Él envió no le creéis”.

Nosotros muchas veces caemos en el mismo error; “teorizamos” nuestra fe y nos perdemos en las ramas del árbol de las Escrituras en una búsqueda de los más rebuscados análisis de las mismas, mientras desatendemos las obras de misericordia, que son las que dan verdadero testimonio de nuestra fe y, en última instancia, de la presencia de Jesús en nosotros.

Jesús dice a los judíos: “No penséis que yo os voy a acusar ante el Padre, hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió Él. Pero, si no dais fe a sus escritos, ¿cómo daréis fe a mis palabras?” Jesús se refería al libro del Deuteronomio (que los judíos atribuían a Moisés), en el que Yahvé le dice a Moisés: “Por eso, suscitaré entre sus hermanos un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él dirá todo lo que yo le ordene. Al que no escuche mis palabras, las que este profeta pronuncie en mi Nombre, yo mismo le pediré cuenta” (Dt 18,18-19). En Jesús se cumplió esta profecía, y los suyos no le recibieron (Cfr. Jn 1,11).

Jesús se nos presenta como el “nuevo Moisés”, que intercede por nosotros ante el Padre, de la misma manera que lo hizo Moisés en la primera lectura de hoy (Ex 32,7-14) por los de su pueblo cuando adoraron un becerro de oro, haciendo que Dios se “arrepintiera” de la amenaza que había pronunciado contra ellos. Jesús llevará esa intercesión hasta las últimas consecuencias, ofrendando su vida por nosotros.

En la lectura evangélica de ayer Jesús (Jn 5,17-30) nos decía: “En verdad, en verdad os digo: quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna”.

Hoy tenemos que preguntarnos: ¿Hemos acogido a Jesús, escuchado su Palabra, y reconocido e interpretado justamente las grandes obras que ha hecho en nosotros? Habiéndole reconocido e interpretado sus obras, ¿seguimos sus pasos a pesar de nuestra débil naturaleza y ponemos en práctica su Palabra? ¿O somos de los que “no creemos al que (el Padre) envió”?

Durante esta Cuaresma, pidamos al Señor que reavive nuestra fe y afiance nuestro compromiso en Su seguimiento, de manera que podamos imitarle en su entrega total por nuestros hermanos. Esto incluye interceder ante el Padre por los pecadores, incluyendo aquellos que nos hacen daño o nos persiguen. Lo hemos dicho en ocasiones anteriores. El seguimiento de Jesús ha de ser radical. No hay términos medios (Cfr. Ap 3,15-16).

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA DÉCIMO TERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 03-07-17

Dos frases de Jesús, contenidas en el evangelio de hoy (Mt 8,18-22), resumen su mensaje: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. “Tú, sígueme. Deja que los muertos entierren a sus muertos”.

Cuando Jesús nos habla, a veces su mensaje es claro, pero a veces nos confunde, y hasta nos estremece, como sucede con la última frase, en la que Jesús le pide a su discípulo que incumpla una de las obras de misericordia corporales, enterrar a los muertos, con tal de seguirlo. Como siempre que abordamos la Biblia, no podemos hacerlo con una lectura literal del texto. Hay que ver el contexto en que se dice.

En esta lectura tenemos que tomar ambas frases en conjunto y en el contexto de la vida de quien las pronuncia. Jesús abandonó su casa, el confort y la seguridad de su hogar para ir a proclamar la Buena Noticia del Reino: “para eso he sido enviado” (Lc 4,43). Por eso nos dice que no tiene dónde recostar la cabeza. Le advierte a su discípulo potencial sobre las exigencias que implica su seguimiento.

Jesús no solo abandonó su casa, sino que junto a ella abandonó también a su familia, especialmente a su madre, que era la persona que más amaba. Cuando Jesús le dice a su discípulo que seguirlo a Él es más importante que cumplir con el piadoso deber de enterrar a los muertos, lo hace con todo propósito, para recalcar la radicalidad del seguimiento, y que no hay nada más importante que el anuncio del Reino. Lo único que Jesús garantiza a los que deciden seguirle (además de las persecuciones y sufrimiento) es la vida eterna, la “corona que no se marchita” (Cfr. 1 Co 9,25).

El discípulo sigue al maestro, “se sienta a sus pies” a escucharlo, pero más importante aún, “comparte su destino”. Jesús nos está diciendo que su seguimiento tiene que ser radical; que tenemos que estar dispuestos a renunciar, dejar atrás todo lo que pueda convertirse en un obstáculo para seguirlo.

Ahí reside nuestro problema. Estamos apegados a muchas cosas y personas, y ante ellas, el seguimiento de Jesús toma un distante segundo plano. Ese “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre”, se convierte para nosotros en “Señor, espera que me jubile” o, “Señor, déjame terminar de criar a mis hijos” o, “Señor, déjame terminar mis estudios” o, “Señor, déjame juntar suficiente dinero para comprar una casa, o un auto nuevo”… ¡Siempre hay una excusa válida para posponerlo! Mientras tanto, Él sigue llamando a nuestra puerta (Cfr. Ap 3,20).

Jesús quiere que le sigamos, pero ese seguimiento no puede ser a medias; no podemos ser cristianos “tibios”, part time: “Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca (Ap 3,16). Palabras fuertes, pero Él quiere que no quede duda alguna sobre lo que espera de nosotros. Ese mismo Jesús te está pidiendo HOY que le sigas. ¿Cuál es tu excusa?

REFLEXIÓN PARA EL DÉCIMO TERCER DOMINGO DEL T.O. (A) 02-07-17

El Evangelio que nos propone la liturgia para este décimo tercer domingo del tiempo ordinario (Mt 10,37-42), es uno de esos que nos estremece, sobre todo los primeros versículos, por la dureza y radicalidad del lenguaje que Jesús utiliza para describirnos en forma gráfica lo que Él espera de los que respondemos “Sí” a su llamado. Si en algo Jesús es consistente es en esa radicalidad que Él espera en el seguimiento: “El que pone la mano en el arado” … “Vende todo lo que tienes” … “Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente,” …

Sin embargo, el pasaje que contemplamos hoy va más allá. Describe, no solo la actitud que espera de sus apóstoles (evangelizadores), sino también del que los escucha (evangelizados). Por eso podemos dividirlo en dos partes.

En los primeros tres versículos Jesús nos pide que para ser dignos de Él no podemos querer a nuestra familia inmediata más que a Él, que tenemos que coger nuestra cruz de cada día y seguirlo, y remata diciéndonos que “el que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará”. Palabras fuertes, duras, difíciles de asimilar; que hicieron que muchos de los que le seguían decidieran abandonarlo y pusieron a pensar inclusive a los Doce, al punto que Jesús, percibiéndolo, les preguntó: “¿También vosotros queréis marcharos?” (Jn 6,66-67).

Por otro lado, según de radical es en sus exigencias, así de firme es también en sus promesas: “el que pierda su vida por mí la encontrará”. A eso se refiere Pablo en la segunda lectura (Rm 6,3-4.8-11) cuando dice a los de Roma: “Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva… pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más…” Esa fe era la que llevaba a aquellos primeros cristianos de Roma a abrazar el martirio entonando cánticos de alabanza.

La segunda parte del Evangelio va dirigida a los que acogemos el mensaje de Evangelio y a los portadores de este: “El que os recibe a vosotros…” Del mismo modo que los primeros versículos nos incomodan, los últimos nos tranquilizan, nos apaciguan, nos llenan de esperanza. Jesús promete a todo el que recibe y acoge a sus enviados, aunque sea con un gesto tan sencillo como “un vaso de agua”, su justa recompensa en la vida eterna. Y si sabemos reconocer a Jesús en cada uno de “estos pobrecillos”, lo que hagamos por ellos lo estaremos haciendo por Él, y seremos acreedores a “nuestra paga”.

La magnanimidad de Dios con los que acogen a sus enviados es una constante en las Escrituras. Así lo vemos en la primera lectura (1Re 4,8-11.14-16a) cuando aquella mujer reconoció en la persona de Eliseo a “un hombre de Dios”, a “un santo”, y eso fue suficiente para que le brindara comida y albergue. Ese gesto, agradable ante los ojos de Dios le valió su “justa paga” en la forma de una maternidad tardía.

Estas lecturas, especialmente el Evangelio, nos invitan a hacer introspección y preguntarnos: ¿seré acreedor a mi “justa paga”?

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA OCTAVA SEMANA DEL T.O. (1) 28-02-17

A partir de mañana haremos un alto en la tiempo ordinario de la Liturgia para dar paso al “tiempo fuerte” de la Cuaresma con la celebración del miércoles de ceniza.

Y para cerrar esta primera parte del tiempo ordinario, la liturgia nos brinda la continuación de la lectura evangélica de ayer, que nos relataba el episodio del hombre rico que se marchó triste cuando Jesús le dijo que para conseguir la vida eterna tenía que vender todo lo que tenía y repartir el dinero que obtuviera entre los pobres. Lo que Jesús le pedía estaba más allá de su capacidad, pues vivía muy apegado a sus bienes.

Hoy leemos (Mc 10,28-31) cómo, cuando el hombre se va decepcionado, Pedro toma la palabra y le dice a Jesús: “Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Aunque Marcos no lo explicita en su relato, en la versión de Mateo (Mt 19,27b) Pedro le formula una pregunta: “¿Qué nos tocará a nosotros?” (Otras versiones dicen: “¿Qué recibiremos?”). Probablemente están pensando todavía en puestos y privilegios…

Jesús le contesta: “Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más –casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones–, y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros”.

Jesús enfatiza el seguimiento radical que Él espera de los que nos llamamos sus discípulos. Lo hemos repetido en innumerables ocasiones. En el seguimiento de Jesús no hay términos medios, no hay condiciones, no hay tiempo de espera. Cuando Jesús nos dice “Sígueme”, o lo seguimos, o nos quedamos a la vera del camino. Como decimos en Puerto Rico: “Se nos va la guagua (autobús, colectivo, etc.)”

Lo que Jesús nos pide para alcanzar la salvación no es fácil. Nos exige romper con todas las estructuras que generan apegos, para entregarnos de lleno a una nueva vida donde lo verdaderamente importante son los valores del Reino. Solos no podemos. Entonces podemos preguntarnos: ¿quién podrá salvarse? Solo Dios salva; solo quien se abandona totalmente a la voluntad de Dios alcanza la vida eterna. Como decía Jesús a sus discípulos en la lectura evangélica de ayer: “Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo”.

La promesa de hoy no se trata de cálculos aritméticos. No podemos esperar “cien casas”, o “cien” hermanos, o padres, o madres, o hijos biológicos, o tierras a cambio de dejar los que tenemos ahora. Lo que se nos promete es que vamos a recibir algo mucho más valioso a cambio. Y no hablamos de valor monetario. ¿Quién puede ponerle precio al amor de Dios; a la vida eterna; a la “corona de gloria que no se marchita” (1 Pe 5,4)? Para los que creemos en Jesús y le creemos a Jesús, la vida eterna no es promesa vacía, es una realidad de mayor valor que todo aquello a que podamos renunciar para seguirle.

Pero, contrario a la predicación de las llamadas “iglesias de la prosperidad”, ese premio no viene solo, viene acompañado de persecuciones, de “cruces” aquí en este mundo. En eso Jesús es consistente también (Cfr. Mt 16,24; Lc 14,27). Y para los que le creemos a Jesús, aun esas persecuciones se convierten en un premio (Cfr. Hc 5,41).

El mejor ejemplo de aquellos que lo dejan todo por seguir a Jesús lo encontramos en los sacerdotes y religiosos(as) que abandonan patria y parentela para dedicar su vida al Evangelio. Hoy, pidamos especialmente por ellos, para que el Señor les colme de alegría, sabiendo que desde ya están recibiendo su premio.