REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA 27-02-18

Las lecturas que nos presenta la liturgia para hoy nos confrontan con la hipocresía religiosa del pueblo. En la primera lectura (Is 1,10.16-20), el profeta pronuncia un oráculo de Yahvé en el que repudia los sacrificios que le ofrece el pueblo mientras  sus corazones están cada vez más alejados de Él. Si leemos el pasaje completo, incluyendo los vv. 11-15, notamos que este oráculo aparenta haber sido proclamado en medio de una celebración litúrgica, pues hace referencia a los “holocaustos de carneros y grasa de animales cebados”, “incienso”, y “manos extendidas”. Yahvé hace claro que está “harto”, que “detesta” esos rituales vacíos, esas celebraciones litúrgicas falsas, que se han convertido para Él en “una abominación”, en una “carga” que no está dispuesto a soportar. Llega al punto de comparar su generación con la de Sodoma y Gomorra.

Hace claro que ese no es el sacrificio agradable a Él. Por el contrario, les exhorta: “Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien; buscad el derecho, enderezad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda”. La primacía del amor, de la caridad, sobre la ley y el ritualismo vacío. A Él no le interesan los sacrificios ni holocaustos. Si, por el contrario, obramos el bien y nos apartamos del pecado, “aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana”. El profeta nos señala en qué consiste el verdadero culto religioso: en obras de caridad (misericordia-amor).

En el pasaje del Evangelio (Mt 23,1-12), que es el preámbulo de las “siete maldiciones” que Jesús lanza contra los escribas y fariseos, Jesús arremete contra la hipocresía de los escribas y fariseos que se han sentado en la cátedra de Moisés (el autor de la Ley) y “no hacen lo que dicen”. “Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar”. Se refería Jesús a todos los numerosos preceptos (613 en total) en que los fariseos habían convertido la Ley de Moisés y que, por su número eran prácticamente imposible cumplir.

Se consideraban superiores, mejores que los demás (de hecho, “fariseo” significa “separado”). Toda su actitud iba dirigida a ostentar su superioridad (que pretendía ser producto de su “santidad”) ante todos: las vestimentas y otros accesorios, como las filacterias (unas bandas que llevaban en la frente o en los puños, con unos cofrecitos que contenían textos de la Ley), los primeros lugares, los asientos de honor, las reverencias que esperaban, los títulos. Todo era apariencia exterior, “sepulcros blanqueados” (Mt 23, 27-28). Y por dentro, ¿qué?

El Concilio Vaticano II hizo un gran esfuerzo para eliminar la “pompa” en nuestros ritos y celebraciones litúrgicas, inculturándolos a nuestros respectivos países. Pero, ¿logró acabar con el fariseísmo?

En esta Cuaresma, hagamos examen de conciencia: ¿Me gusta recibir honores?, ¿reconocimiento?, ¿me siento mejor o superior a los demás? Señor, ayúdame a recordar que todos somos hermanos, y que “el que se humilla será enaltecido”, como Aquél que vino a servir y no a ser servido (Mt 20,28), de modo que al llevar a cabo mi misión pastoral pueda tener “olor de oveja”.

Lo repito; el papa Francisco no está diciendo nada nuevo; simplemente está leyendo el Evangelio…

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA VIGÉSIMA SEMANA DEL T.O. (1) 26-08-17

El evangelio correspondiente a la liturgia de hoy (Mt 23,1-12) es el preámbulo de las “siete maldiciones” de Jesús contra los escribas y fariseos recogidas en el capítulo 23 de Mateo. El pasaje nos muestra a Jesús hablando a un público numeroso (“habló a la gente y a sus discípulos”) denunciando los excesos de estos personajes que habían usurpado la “catedra de Moisés”, que por derecho le correspondía a los sacerdotes, quienes eran los llamados por la ley de Moisés a interpretar las escrituras.

Dos cosas critica Jesús a los escribas y fariseos. En primer lugar, que habían interpretado la ley de Moisés de tal manera que habían establecido una serie de preceptos que habían convertido los diez mandamientos originales en 613 preceptos (la llamada Mitzvá), que constituían una verdadera camisa de fuerza para el pueblo, “fardos pesados e insoportables [que le] cargan a la gente en los hombros, pero [que] ellos [los escribas y fariseos] no están dispuestos a mover un dedo para empujar”. Una carga creada por mentes humanas, no por Dios; carga que contrasta grandemente con el “yugo suave y la carga ligera” (Mt 11,30) propuesta por Jesús.

En segundo lugar, Jesús critica el protagonismo y elitismo, y el deseo de reconocimiento que habían desarrollado los escribas y fariseos, quienes pretendían ocupar siempre los primeros puestos en todo, y exigían que se les rindiera pleitesía. Por eso Jesús advierte a los que le escuchan que hagan y cumplan lo que les digan los escribas y fariseos, pero que no hagan lo que ellos hacen, “porque ellos no hacen lo que dicen”. Esa actitud es la que llevará a Jesús a referirse a ellos más adelante como “sepulcros blanqueados” (Mt 23,27); actitud que contrasta con el mensaje de humildad, sencillez y pobreza apostólica recogido en las Bienaventuranzas (Mt 5), y con su aseveración de que “si alguno de ustedes quiere ser el primero entre ustedes, que se haga el esclavo de todos”, porque “el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir” (Mt 20,27-28).

El mensaje de Jesús es claro, pero sobre todo consistente. Y lo que le da sentido, el “pegamento” que le da esa consistencia es el Amor. El Amor abundante e incondicional que Él nos profesa, y que nosotros venimos llamados a “derramar” con la misma abundancia sobre nuestro prójimo, sobre nuestros hermanos; el mismo Amor que llevó a Jesús a lavar los pies de sus discípulos (Jn 13,12-15).

Cuando nos decidamos servir al Señor, asegurémonos de ser humildes y misericordiosos con todo el que se nos acerque, y pidámosle al Señor nos libre de caer en la tentación del orgullo o la ostentación que nos impida ser verdaderos servidores de nuestro prójimo como lo hizo el Maestro. “En esto reconocerán todos que son mis discípulos: en que se aman unos a otros” (Jn 13,35).

En este fin de semana que comienza, recordemos que el Padre nos espera con la mesa dispuesta para que nos sentemos junto a Él a disfrutar del banquete de la Palabra y la Eucaristía. ¡Anda, anímate!

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA QUINTA SEMANA DEL T.O. (1) 11-02-17

Hoy la liturgia nos ofrece como lectura evangélica la “segunda multiplicación de los panes” (Mc 8,1-10). Como veremos más adelante, Marcos aprovecha la narración de esta segunda multiplicación para enfatizar lo que ha venido presentado en las lecturas de los días anteriores, que la mesa de Jesús está abierta a todos, judíos y paganos. También nos apunta hacia el sacramento que constituirá el culmen del culto cristiano: la Eucaristía.

La narración comienza diciendo que había “mucha gente” que seguía a Jesús y “no tenían qué comer”. A renglón seguido Marcos destaca una vez más la dimensión humana de Jesús; nos presenta a un Jesús capaz de sentimientos profundos, un Jesús rico en misericordia, que se compadece de los que tienen hambre y  comparte su pan: “Me da lástima de esta gente; llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y, si los despido a sus casas en ayunas, se van a desmayar por el camino. Además, algunos han venido desde lejos”. Esta última aseveración también nos apunta a la universalidad de la redención en la persona de Cristo Jesús, haciéndose eco de la referencia a “los que vienen de lejos”, frase utilizada en el libro de Josué (9,6), y en Is 60,4 para referirse a los paganos.

Esto último adquiere mayor relevancia cuando tomamos en cuenta que Marcos escribe para los paganos de la región itálica. Estos comprenden el mensaje que se les quiere transmitir: Ellos, que han “venido desde lejos”, también están invitados al banquete eucarístico de los tiempos mesiánicos.

De hecho, si comparamos la primera multiplicación de los panes con esta segunda, vemos más claro aún la relación entre la Eucaristía y la universalidad de la salvación. Así, por ejemplo, la primera ocurre en territorio judío para los judíos; la segunda ocurre en territorio pagano (la Decápolis). En la primera Jesús “bendijo” los panes, mientras que en la segunda pronunció la “acción de gracias” (eu-caristein en griego), un término familiar para los paganos, que sería adoptado por los cristianos para referirse a la celebración del sacramento que constituye el culmen de la liturgia, el banquete eucarístico al que todos estamos invitados y en el cual Jesús se nos ofrece a sí mismo como “pan de vida” (Cfr. Jn 6,35).

Además, en ambos relatos hay un sobrante, una sobreabundancia de panes, símbolo de un alimento que es inagotable y, por tanto, debe ponerse a disposición de los demás. Hoy nosotros, como Iglesia, hemos recibido la misión de anunciar la Palabra, la Buena Noticia del Reino a todos los pueblos de la tierra. Y ese anuncio va unido a un “dar de comer”, a practicar las obras de misericordia, a “servir” en el sentido más amplio de la palabra. Como hemos señalado en otras ocasiones, no tenemos que hacer milagros espectaculares como la multiplicación de los panes, pero sí podemos atender, acompañar, dedicar nuestro tiempo y compartir nuestros recursos, por escasos que sean, con los más necesitados. Entonces estaremos efectuando una verdadera “multiplicación” del mensaje inagotable de caridad, paz, esperanza y bienestar que Jesús nos legó en su actitud hacia los más necesitados.

Que tengan un hermoso fin de semana, y no olviden visitar la Casa del Señor. Allí hay pan en abundancia.