REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA CUARTA SEMANA DEL T.O. (1) 04-02-19

En la lectura evangélica de ayer domingo, veíamos a los que escuchaban a Jesús en la sinagoga de Nazaret ponerse furiosos ante sus palabras y empujarlo fuera del pueblo con intención de despeñarlo (Lc 4,21-30). La admiración inicial despertada en ellos por las palabras de Jesús, se tornó en desprecio cuando dichas palabras les hicieron enfrentarse a sus propias deficiencias, a sus pecados. Por eso hay personas que desprecian a Jesús, porque Él habla sin dobleces, sin hipocresías, llama las cosas por su nombre. Y en lugar de tener que enfrentar la realidad, preferimos ignorar Su mensaje, y cuando ya no podemos ignorarlo, entonces arremetemos contra Él. Una reacción bien humana.

El Evangelio de hoy (Mc 5,1-20) nos presenta una situación similar, pero esta vez en territorio pagano. Nos cuenta el relato que Jesús llegó junto a sus discípulos al territorio de Gerasa. Gerasa era una antigua ciudad de la Decápolis, una de las siete divisiones políticas (“administraciones”) de la provincia Romana de Palestina en tiempos de Jesús.

Al llegar allí le salió al encuentro “un hombre poseído de espíritu inmundo” que vivía en el cementerio entre los sepulcros. Jesús exorciza al endemoniado, y los espíritus inmundos que lo tenían poseído salieron del hombre y se metieron en una gran piara de cerdos (unos dos mil), que “se abalanzó acantilado abajo al lago y se ahogó en el lago”. Al enterarse de la curación del endemoniado, todos quedaron maravillados (“espantados”). Pero tan pronto se enteraron de lo ocurrido con los cerdos, “le rogaban que se marchase de su país”.

Debemos recordar que aunque la carne de cerdo está prohibida para los judíos, los gerasenos la consumen. Por tanto, la muerte de dos mil cerdos representaba para ellos una pérdida económica considerable. De nuevo, la admiración que sintieron por Jesús ante la curación del endemoniado se tornó en desprecio ante las consecuencias materiales. Para esta gente, los cerdos, y el valor económico que ellos representaban, eran más importantes que la calidad de vida de un solo hombre. La liberación de un hombre valía menos que una piara de cerdos. Antepusieron los valores materiales a los valores del Reino. El mensaje de Jesús resultó demasiado incómodo. Nos recuerda la parábola del joven rico: “Al oír esto, el joven se fue triste, porque era rico” (Cfr. Mt 19,16-22).

Hoy no es diferente. Cuando el seguimiento de Jesús interfiere con nuestras “seguridades” materiales, preferimos ignorar el llamado a renunciar a estas.

Otro detalle cabe resaltar. Cuando echaron a Jesús del lugar, el hombre que había curado pidió acompañarle, y Jesús no se lo permitió. Jesús deja claro que Él es quien escoge a sus discípulos (los llama por su nombre). Además contrario a su conducta usual (el “secreto mesiánico” que hemos discutido anteriormente), le pidió al hombre que fuera a anunciar a los suyos “lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia”. Jesús quiere sembrar la semilla del Reino entre los paganos. Él vino para redimirnos a todos, sin distinción. A ti, y a mí. ¿Aceptas? ¡Atrévete!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA DÉCIMO TERCERA SEMANA DEL T.O. (2) 04-07-18

El pasaje que nos presenta el evangelio de hoy (Mt 8,28-34), que aparece (con las consabidas variantes) en los tres evangelios sinópticos, es uno de esos que nos deja “rascándonos la cabeza”. Jesús expulsa unos demonios que poseían a unos endemoniados que vivían en el cementerio, y los envía a una piara de cerdos que se lanzan acantilado abajo ahogándose en el agua. Para entender este pasaje hay que examinarlo en la perspectiva histórica y cultural del tiempo de Jesús.

Nos relata el pasaje que Jesús llegó con sus discípulos “a la otra orilla, a la región de los gerasenos”, después de calmar la tormenta que enfrentaron en la barca que los traía. Gerasa era una antigua ciudad de la Decápolis, una de las siete divisiones políticas (“administraciones”) de la provincia Romana de Palestina en tiempos de Jesús.

Al llegar allí, “desde el cementerio, dos endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino”. Jesús no tiene dificultad en expulsar a los demonios, quienes reconocen su divinidad y poder (“¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?”, le reclaman, en aparente alusión al juicio final).

Jesús exorciza a los endemoniados, y los espíritus inmundos salieron de ellos y se metieron en una gran piara de cerdos que “se abalanzó acantilado abajo y se ahogó en el agua”. Los que cuidaban los cerdos huyeron despavoridos y contaron a todos lo sucedido. Tan pronto se enteraron de lo ocurrido a los cerdos, “el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país”. ¿Cómo es posible que lo expulsen por haber liberado a dos endemoniados?

Debemos recordar que aunque la carne de cerdo está prohibida para los judíos, los gerasenos la consumían. Por tanto, la muerte de aquellos cerdos representaba para ellos una pérdida económica. Para esta gente los cerdos, y el valor económico que ellos representaban, eran más importantes que la calidad de vida de aquellos dos pobres hombres. La liberación de dos hombres valía menos que una piara de cerdos. Antepusieron los valores materiales a los valores del Reino (Cfr.­ Hc 16,16 ss.). El mensaje de Jesús resultó demasiado incómodo.

Hoy no es diferente. Cuando el seguimiento de Jesús interfiere con nuestras “seguridades” materiales, preferimos ignorar el llamado antes que renunciar a estas. Todos tenemos nuestros “cerditos”. ¿Cuáles son los tuyos?

Esto nos hace pensar en lo que el papa Francisco llama la “economía de la exclusión e inequidad” en el número 53 de su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual (lectura recomendada para todo cristiano del siglo XXI): “No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión”.

Jesús quiere sembrar la semilla del Reino entre los no creyentes. Él vino para redimirnos a todos, sin distinción. A ti, y a mí. Y nos invita a hacer lo mismo. ¿Aceptas?