REFLEXIÓN PARA EL PRIMER DOMINGO DE CUARESMA (A) 01-03-20

“El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes»”.

Hoy es el primer domingo de Cuaresma, ese tiempo especial durante el año en que la Iglesia nos invita a nosotros, los pecadores, a reconciliarnos con Él. Nuestra débil naturaleza humana, esa inclinación al pecado que llaman concupiscencia, nos hace sucumbir ante la tentación.

La primera lectura (Gn 2,7-9;3,1-7) nos presenta la primera caída del hombre cuando, seducidos por la serpiente, el hombre y la mujer se dejaron arropar por la soberbia y quisieron ser como Dios (ya no necesitarían de Él). De esa manera entró el pecado al mundo, a la humanidad; el pecado original.

Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, experimentó también en carne propia la tentación. Ni Él, que es Dios, se vio libre de ella; su naturaleza humana sintió el aguijón de la tentación. Pero logró vencerla. Y nos mostró la forma de hacerlo: la oración y el ayuno. De paso, en un acto de misericordia, conociendo nuestra inclinación al pecado, nos dejó el sacramento de la reconciliación para darnos una y otra oportunidad de estar en comunión plena con el Dios uno y trino (Jn 20,23).

La lectura evangélica de hoy (Mt 4,1-11) nos presenta la versión de Mateo de las tentaciones en el desierto. En el lenguaje bíblico el desierto es lugar de tentación, y el número cuarenta es también simbólico, un tiempo largo e indeterminado, tiempo de purificación; “cuaresma”. Así, vemos en la Cuaresma el tiempo de liberación del “desierto” de nuestras vidas, hacia la libertad que solo puede brindarnos el amor incondicional de Jesús, que quedará manifestado al final de la Cuaresma con su muerte y resurrección.

La lectura nos presenta al diablo tentando a Jesús en el desierto. Hacia el final, Jesús sintió hambre, fue entonces cuando el maligno redobló su tentación (siempre actúa así). Aprovechándose de esa necesidad básica del hombre, y reconociendo que Jesús es Dios y tiene el poder, le propuso convertir una piedra en pan para calmar el hambre física. Creyó que lo tenía “arrinconado”. Pero Jesús, fortalecido por cuarenta días de oración y ayuno, venció la tentación.

Del mismo modo Jesús vence las otras dos tentaciones del diablo: primero tentándolo para que haga alarde de su divinidad saltando al vacío sin que su cuerpo sufra daño alguno, y luego prometiéndole poder y gloria terrenales a cambio de postrarse ante él. Finalmente, el diablo tuvo que retirarse del lugar sin lograr que Jesús cayera en la tentación.

La versión de Lucas de este pasaje (4,1-13) dice que el demonio se marchó “hasta otra ocasión”. Así mismo se comporta con nosotros. Nunca se da por vencido. No bien hemos vencido la tentación, cuando ya el maligno está buscando la forma de tentarnos nuevamente, “como un león rugiente” (Cfr. 1 Pe 5,8), pendiente al primer momento de debilidad para atacar. Y una vez averigua cuál es nuestro flanco débil, por ahí nos va a atacar siempre.

Tiempo de cuaresma, tiempo de conversión, tiempo de penitencia, tiempo de reconciliación. Durante este tiempo la liturgia nos invita a tornarnos hacia Él con confianza para decirle: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado” (Sal 50).

Reconcíliate con Dios, reconcíliate con tu hermano… Hoy es el día, mañana puede ser muy tarde.

Papa Francisco: Allí donde está la Virgen no entra el diablo

“Allí donde la Virgen habita, el diablo no entra en esa casa”, afirmó el Papa Francisco en la Misa que presidió en la Basílica de Santa María La Mayor en Roma.

Así lo indicó el Santo Padre en la Eucaristía que presidió el domingo 28 de enero por la fiesta de la traslación de la Salus Populi Romani, el icono mariano ante el cual reza antes y después de cada uno de sus viajes internacionales.

En su homilía, el Papa resaltó que “la Madre custodia la fe, protege las relaciones, salva en la intemperie y preserva del mal. Allí donde la Virgen habita, el diablo no entra en esa casa. Donde está la Madre, la perturbación no prevalece, el miedo no vence”.

Reflexionando sobre la conocida oración “Bajo tu amparo”, el Pontífice exhortó a acudir a la Virgen en los momentos de peligro. “En los momentos turbulentos necesitamos acogernos bajo el manto de la Santa Madre de Dios” que “siempre permanece abierto para acogernos y protegernos”.

“La Virgen no se retrasa, lleva rápidamente hasta Jesús las necesidades concretas de la gente, como en las Bodas de Caná: ‘No tienen vino’. Así hace cada vez que la invocamos: cuando nos falta la esperanza, cuando nos falta la alegría, cuando se nos han agotado las fuerzas, cuando se apaga la estrella de la vida, la Madre interviene”.

María, continuó Francisco, “permanece atenta a las fatigas, sensible a las turbulencias, cercana al corazón. Y nunca, nunca desprecia nuestras oraciones, no deja ninguna atrás. Es Madre, no se avergüenza nunca de nosotros, sólo se preocupa de poder ayudar a sus hijos”.

El Papa resaltó que “si no la seguimos, vamos fuera del camino, porque es una señal de la vida espiritual. ¿Quién mejor que ella puede acompañarnos en el camino?”.

Tomado de: https://www.aciprensa.com/noticias/papa-francisco-alli-donde-esta-la-virgen-no-entra-el-diablo-91693