REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DÉCIMO CUARTA SEMANA DEL T.O. (2) 10-07-20

“… por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas”.

La primera lectura de hoy nos presenta el cántico que sirve de conclusión al libro de Oseas (14,2-10); un último intento de Dios-Madre para que su hijo, el pueblo de Israel, regrese a su regazo. Inclusive pone en boca del pueblo las palabras que debe decir para ganar Su favor, asegurándoles que curará sus extravíos, que los amará sin que lo merezcan, como solo una madre puede hacerlo.

La historia nos revela que el pueblo no hizo caso y continuó su camino de pecado que le apartó más de Dios, hasta que se hizo realidad la sentencia contenida en el versículo inmediatamente anterior a la lectura de hoy (14,1): “Samaria recibirá su castigo por haberse revelado contra Yahvé: sus habitantes serán acuchillados, sus niños serán pisoteados y les abrirán el vientre a sus mujeres embarazadas”. Las diez tribus que componían el reino de Israel fueron cautivadas y deportadas a Nínive, finalizando así el Reino de Israel en el año 722 a.C.

El salmo (Sal 50), por su parte, nos remite una vez más al amor maternal de Dios: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado”. El salmista está arrepentido de su pecado y apela al amor, a la misericordia de Dios.

Y decimos que el salmista apela al amor maternal porque la palabra hebrea utilizada para lo que se traduce como “misericordia”, es rah mîn, que se deriva del vocablo rehem que significa la matriz, el útero materno. Con esto se enfatiza que el amor de Dios es comparable al que solo una madre es capaz de sentir por el hijo de sus entrañas.

En el evangelio (Mt 10,16-23), Jesús continúa sus instrucciones a los apóstoles antes de partir en misión. Les advierte que su misión no va a ser fácil (Cfr. Lc 2,34). Les dice que los envía “como ovejas entre lobos” y reitera la importancia de la perseverancia: “Todos os odiarán por mi nombre; el que persevere hasta el final se salvará”.

Jesús nos está recordando que la grandeza del Reino de Dios se revela en la debilidad de sus mensajeros. Más tarde Pablo nos dirá que la fortaleza de Dios encuentra su cumplimiento en la debilidad (2 Cor 12,9). Por otro lado, Jesús nos advierte que debemos mantener los ojos bien abiertos, que no debemos exponernos innecesariamente, que debemos ser cautos, “sagaces como serpientes”; pero conservando la candidez, la simplicidad, presentándonos sin dobleces, sin segundas intenciones, “sencillos como palomas”, para que nuestro mensaje tenga credibilidad.

A veces la persecución, la zancadilla viene de adentro, de los “nuestros”: “Los hermanos entregarán a sus hermanos para que los maten, los padres a los hijos; se rebelarán los hijos contra sus padres, y los matarán…” (Mt 10,21). Jesús nos sugiere una sola solución: perseverar, aguantar, poner nuestra confianza en Él, que ha de venir en nuestro auxilio, pondrá palabras en nuestra boca, nos “librará del lazo del cazador y el azote de la desgracia”, nos “cubrirá con su plumas”, y “hallaremos refugio bajo sus alas” (Sal 90).

Pidamos a nuestro Señor el don de la perseverancia para continuar nuestra misión de anunciar la Buena Noticia.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA 21-03-20

“¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.

“Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias”. Estos versos, tomados del Miserere,Salmo que nos presenta la liturgia de hoy (50) y ha estado resonando en la liturgia cuaresmal, sientan la tónica para las lecturas del día.

La primera, tomada del profeta Oseas (6,1-6), nos habla del arrepentimiento y la misericordia divina: “Vamos a volver al Señor: él, que nos despedazó, nos sanará; él, que nos hirió, nos vendará. En dos días nos sanará; al tercero nos resucitará (prefigurando la gloriosa resurrección de Jesús); y viviremos delante de él”. A lo que el Señor contesta: “Quiero misericordia, y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos”.

Durante este tiempo de Cuaresma se nos hace un llamado a la conversión. Esa conversión está relacionada al arrepentimiento, pero no a un arrepentimiento que implique culpa, remordimiento, o temor al castigo, sino más bien un arrepentimiento que sea producto de una transformación interior, en lo más profundo de nuestro ser, que nos haga reconocer nuestras faltas, lo que se ha de reflejar en nuestra forma de relacionarnos con Dios, con nosotros mismos y con nuestro prójimo.

Se trata de que el arrepentimiento y la penitencia sean producto de la conversión y no a la inversa. Se trata de abrirnos incondicionalmente al Amor de Dios y rendirnos ante Él con la firme determinación de cumplir Su voluntad.

No se trata de decirlo de palabra, ni de confesarlo en público, ni de ponerse en pie frente a una asamblea y decir: “Yo acepto a Jesucristo como mi único Salvador”. No. Tampoco se trata de gestos exteriores como orar en público, ni de dar limosna donde todos nos vean, ni de ayunar por ayunar. No son las devociones las que hacen a un hombre “bueno” ante los ojos de Dios. Él no halla en ellas el Amor recíproco que espera de nosotros. “No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7,21).

El pasaje del Evangelio, tomado de san Lucas (18,9-14) nos presenta la parábola del fariseo y el publicano que subieron al templo a orar. El fariseo, “erguido” (los fariseos solían orar de pie), se limitaba a dar gracias a Dios por lo bueno que era: “no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano”. También decía a Dios cómo cumplía con sus obligaciones: “Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.

En cambio, el publicano se mantenía en la parte de atrás y no se atrevía ni levantar los ojos al cielo, mientras se daba golpes de pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Jesús sentenció: “Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.

La diferencia estaba en la actitud interior, en el corazón. “Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias”…

En esta Cuaresma, abramos nuestros corazones al Amor infinito de Dios, y ese Amor nos permitirá reconocer las veces que le hemos fallado. Eso nos permitirá postrarnos ante Él con un corazón quebrantado y humillado. Entonces Él nos tomará de la mano, nos levantará, y nos dará el abrazo más amoroso que hayamos recibido.

REFLEXIÓN PARA EL PRIMER DOMINGO DE CUARESMA (A) 01-03-20

“El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes»”.

Hoy es el primer domingo de Cuaresma, ese tiempo especial durante el año en que la Iglesia nos invita a nosotros, los pecadores, a reconciliarnos con Él. Nuestra débil naturaleza humana, esa inclinación al pecado que llaman concupiscencia, nos hace sucumbir ante la tentación.

La primera lectura (Gn 2,7-9;3,1-7) nos presenta la primera caída del hombre cuando, seducidos por la serpiente, el hombre y la mujer se dejaron arropar por la soberbia y quisieron ser como Dios (ya no necesitarían de Él). De esa manera entró el pecado al mundo, a la humanidad; el pecado original.

Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, experimentó también en carne propia la tentación. Ni Él, que es Dios, se vio libre de ella; su naturaleza humana sintió el aguijón de la tentación. Pero logró vencerla. Y nos mostró la forma de hacerlo: la oración y el ayuno. De paso, en un acto de misericordia, conociendo nuestra inclinación al pecado, nos dejó el sacramento de la reconciliación para darnos una y otra oportunidad de estar en comunión plena con el Dios uno y trino (Jn 20,23).

La lectura evangélica de hoy (Mt 4,1-11) nos presenta la versión de Mateo de las tentaciones en el desierto. En el lenguaje bíblico el desierto es lugar de tentación, y el número cuarenta es también simbólico, un tiempo largo e indeterminado, tiempo de purificación; “cuaresma”. Así, vemos en la Cuaresma el tiempo de liberación del “desierto” de nuestras vidas, hacia la libertad que solo puede brindarnos el amor incondicional de Jesús, que quedará manifestado al final de la Cuaresma con su muerte y resurrección.

La lectura nos presenta al diablo tentando a Jesús en el desierto. Hacia el final, Jesús sintió hambre, fue entonces cuando el maligno redobló su tentación (siempre actúa así). Aprovechándose de esa necesidad básica del hombre, y reconociendo que Jesús es Dios y tiene el poder, le propuso convertir una piedra en pan para calmar el hambre física. Creyó que lo tenía “arrinconado”. Pero Jesús, fortalecido por cuarenta días de oración y ayuno, venció la tentación.

Del mismo modo Jesús vence las otras dos tentaciones del diablo: primero tentándolo para que haga alarde de su divinidad saltando al vacío sin que su cuerpo sufra daño alguno, y luego prometiéndole poder y gloria terrenales a cambio de postrarse ante él. Finalmente, el diablo tuvo que retirarse del lugar sin lograr que Jesús cayera en la tentación.

La versión de Lucas de este pasaje (4,1-13) dice que el demonio se marchó “hasta otra ocasión”. Así mismo se comporta con nosotros. Nunca se da por vencido. No bien hemos vencido la tentación, cuando ya el maligno está buscando la forma de tentarnos nuevamente, “como un león rugiente” (Cfr. 1 Pe 5,8), pendiente al primer momento de debilidad para atacar. Y una vez averigua cuál es nuestro flanco débil, por ahí nos va a atacar siempre.

Tiempo de cuaresma, tiempo de conversión, tiempo de penitencia, tiempo de reconciliación. Durante este tiempo la liturgia nos invita a tornarnos hacia Él con confianza para decirle: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado” (Sal 50).

Reconcíliate con Dios, reconcíliate con tu hermano… Hoy es el día, mañana puede ser muy tarde.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DESPUÉS DE CENIZA 28-02-20

“¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos? Llegará un día en que se lleven al novio y entonces ayunarán”.

Continuamos adentrándonos en el tiempo fuerte de la Cuaresma, ese tiempo de conversión en que se nos llama a practicar tres formas de penitencia: el ayuno, la oración y la limosna. Las lecturas que nos presenta la liturgia para hoy tratan la práctica del ayuno.

La primera, tomada del libro del profeta Isaías (58,1-9a), nos habla del verdadero ayuno que agrada al Señor. Comienza denunciando la práctica “exterior” del ayuno por parte del pueblo de Dios; aquél ayuno que podrá mortificar el cuerpo pero no está acompañado de, ni provocado por, un cambio de actitud interior, la verdadera “conversión” de corazón. El pueblo se queja de que Dios no presta atención al ayuno que practica, a lo que Dios, por voz del profeta les responde: “¿Es ése el ayuno que el Señor desea para el día en que el hombre se mortifica?, mover la cabeza como un junco, acostarse sobre saco y ceniza, ¿a eso lo llamáis ayuno, día agradable al Señor?”

No, el ayuno agradable a Dios, el que Él desea, se manifiesta en el arrepentimiento y la conversión: “El ayuno que yo quiero es éste: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora, enseguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: ‘Aquí estoy’” (¿No les parece estar escuchando al Papa Francisco?).

De nada nos vale privarnos de alimento, o como hacen algunos, privarse de bebidas alcohólicas durante la cuaresma, para luego tomarse en una juerga todo lo que no se tomaron durante ese tiempo, diz que para celebrar la Pascua de Resurrección, sin ningún vestigio de conversión. Eso no deja de ser una caricatura del ayuno.

El Salmo que leemos hoy (50), el Miserere, pone de manifiesto el sacrificio agradable a Dios: “Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias”. Ese es el sacrificio, el “ayuno” agradable a Dios.

La lectura evangélica (Mt 9,14-15) nos presenta el pasaje de los discípulos de Juan que criticaban a los de Jesús por no observar rigurosamente el ayuno ritual (debemos recordar que según la tradición, Juan el Bautista pertenecía al grupo de los esenios, quienes eran más estrictos que los fariseos en cuanto a las prácticas rituales). Jesús les contesta: “¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos? Llegará un día en que se lleven al novio y entonces ayunarán”. “Boda”: ambiente de fiesta; “novio”: nos evoca el desposorio de Dios con la humanidad, esa figura de Dios-esposo y pueblo-esposa que utiliza el Antiguo Testamento para describir la relación entre Dios y su pueblo. Es ocasión de fiesta, gozo, alegría, júbilo. Nos está diciendo que los tiempos mesiánicos han llegado. No hay por qué ayunar, pues no se trata de ayunar por ayunar.

Luego añade: “Llegará un día en que se lleven al novio y entonces ayunarán”. Ayer leíamos el primer anuncio de su Pasión por parte de Jesús en Lucas; hoy lo hacemos en Mateo. Nos hace mirar al final de la Cuaresma, la culminación de su pacto de amor con la humanidad, su Misterio Pascual.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA TRIGÉSIMO PRIMERA SEMANA DEL T.O. (1) 07-11-19

La liturgia de hoy (Lc 15,1-10) nos presenta como lectura evangélica las primeras dos de las tres llamadas parábolas de la misericordia que ocupan el capítulo 15 de Lucas (la “oveja perdida”, la “dracma perdida” y el “hijo pródigo”). La introducción de la lectura (versículos uno al tres) nos apunta a quiénes van dirigidas estas parábolas: a nosotros los pecadores.

El pasaje comienza con la crítica de los escribas y fariseos contra Jesús, a quien acusaban de acoger y compartir la mesa con los publicanos y pecadores (tema recurrente en los relatos evangélicos). Para entender el alcance de esta actitud de los fariseos, tenemos que comprender lo que significaba compartir la mesa para la mentalidad judía de la época. Uno solo se sentaba a compartir la mesa con alguien afín, alguien que gozara de la misma dignidad, alguien que fuera nuestro igual. Y los pecadores, especialmente los pecadores públicos como los publicanos, eran tenidos por indignos, despreciables, “excluidos” de la compañía de los “justos” obedientes de la Ley. Por eso la actitud de Jesús les resultaba escandalosa.

La primera de las parábolas nos narra la historia del hombre que tiene cien ovejas, se le pierde una, y deja las noventa y nueve en el campo para ir tras la descarriada. Y cuando finalmente la encuentra, se la carga sobre los hombros, se presenta lleno de la alegría a sus amigos, y les dice: “¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido”. El mismo Jesús explica el sentido de la parábola: “Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”.

El mensaje de Jesús es claro. Él vino para redimir a los pecadores, Él es la Misericordia Divina encarnada. En un relato similar de Mateo, Jesús dice a sus detractores (parafraseando a Os 6,6-7): “Vayan y aprendan qué significa: ‘Yo quiero misericordia y no sacrificios’. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9,13).

La palabra misericordia viene del latín, y se forma de miser (miserable o desdichado), y cor (corazón). Esta palabra de refiere a la capacidad de sentir compasión ante la desdicha de los demás. Si examinamos los textos originales que utilizan el término en las sagradas escrituras (e.g. el Salmo 50 – Miserere), la palabra hebrea utilizada es rahamîn, que se deriva de rehem, que quiere decir útero, lo que denota el amor de la madre. Ese amor que todo lo perdona, no importa la magnitud de la ofensa. ¿Qué madre no está siempre dispuesta a perdonar al hijo de sus entrañas?

San Juan Pablo II, en su carta encíclica Dives in misericordia lo resumía así: “Sobre ese trasfondo psicológico, rahamîn engendra una escala de sentimientos, entre los que están la bondad y la ternura, la paciencia y la comprensión, es decir, la disposición a perdonar”.

Por eso la alegría desbordante de Dios cuando un pecador se arrepiente, y mientras más grande el pecado, mayor será la alegría. Y Él, como Madre amorosa no se cansa de esperar… Anda, ¡reconcíliate!, verás qué rico se siente ese abrazo.

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO CUARTO DOMINGO DEL T.O. (C) 15-09-19

La liturgia para este vigésimo cuarto domingo del tiempo ordinario tiene un hilo conductor: La Misericordia Divina. Y como lectura evangélica (Lc 15, 1-32) nos presenta las tres llamadas parábolas de la misericordia que ocupan el capítulo 15 de Lucas (la “oveja perdida”, la “dracma perdida” y el “hijo pródigo”). La introducción de la lectura (versículos uno al tres) nos apuntan a quiénes van dirigidas estas parábolas: a nosotros los pecadores.

La parábola del hijo pródigo (también conocida como la parábola del “Padre misericordioso”) es una de las más conocidas y comentadas del Nuevo Testamento, y siempre que la leo viene a mi mente el comentario de Henri M. Nouwen en su obra El regreso del hijo pródigo; meditaciones ante un cuadro de Rembrandt (lectura recomendada):

“Ahora, cuando miro de nuevo al anciano de Rembrandt inclinándose sobre su hijo recién llegado y tocándole los hombros con las manos, empiezo a ver no solo al padre que «estrecha al hijo en sus brazos,» sino a la madre que acaricia a su niño, le envuelve con el calor de su cuerpo, y le aprieta contra el vientre del que salió. Así, el «regreso del hijo pródigo» se convierte en el regreso al vientre de Dios, el regreso a los orígenes mismos del ser y vuelve a hacerse eco de la exhortación de Jesús a Nicodemo a nacer de nuevo”.

He leído este párrafo no sé cuántas veces, y siempre que lo hago me provoca un sentimiento tan profundo que hace brotar lágrimas a mis ojos. Es el amor incondicional de Dios-Madre, que no tiene comparación; que no importa lo que hagamos, NUNCA dejará de amarnos con la misma intensidad. No hay duda; de la misma manera que Dios es papá (Abba), también se nos muestra como “mamá”. De ese modo, el regreso al Padre nos evoca nuestra niñez cuando, aún después de una travesura, regresábamos confiados al regazo de nuestra madre, quien nos arrullaba y acariciaba con la ternura que solo una madre es capaz.

Así, de la misma manera que el padre de nuestra parábola salió corriendo al encuentro de su hijo al verlo a la distancia y comenzó a besarlo aún antes de que este le pidiera perdón, nuestro Padre del cielo ya nos ha perdonado incluso antes de que pequemos. Pero para poder recibir ese perdón acompañando de ese caudal incontenible de amor maternal que le acompaña, tenemos que abandonar el camino equivocado que llevamos y emprender el camino de regreso al Padre y reconciliarnos con Él.

Y ese día habrá fiesta en la casa del Padre, quien nos vestirá con el mejor traje de gala, y nos pondrá un anillo en la mano y sandalias en los pies (recuperaremos la dignidad de “hijos”). Por eso, cuanto más alejados de Él nos encontremos, cuanto más indignos de Él nos sintamos, no vacilemos en ir a su encuentro, porque un corazón quebrantado y humillado, Él no lo desprecia (Sal 50).

La Palabra nos invita a emprender el viaje de regreso a la casa del Padre. Les invito a que recorramos juntos ese camino, con la certeza de que al final del camino vendrá “Mamá” a nuestro encuentro y nos cubrirá con sus besos.

Todavía estamos a tiempo (Él nunca se cansa de esperarnos). Anda, acércate al Sacramento de la Reconciliación. Te lo aseguro; sentirás un caudal de amor como nunca lo has sentido.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA 30-03-19

“Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias”. Estos versos, tomados del Miserere, salmo que nos presenta la liturgia de hoy (50) y ha estado resonando en la liturgia cuaresmal, sientan la tónica para las lecturas del día.

La primera, tomada del profeta Oseas (6,1-6), nos habla del arrepentimiento y la misericordia divina: “Vamos a volver al Señor: él, que nos despedazó, nos sanará; él, que nos hirió, nos vendará. En dos días nos sanará; al tercero nos resucitará (prefigurando la gloriosa resurrección de Jesús); y viviremos delante de él”. A lo que el Señor contesta: “Quiero misericordia, y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos”.

Durante este tiempo de Cuaresma se nos hace un llamado a la conversión. Esa conversión está relacionada al arrepentimiento, pero no a un arrepentimiento que implique culpa, remordimiento, o temor al castigo, sino más bien un arrepentimiento que sea producto de una transformación interior, en lo más profundo de nuestro ser, que nos haga reconocer nuestras faltas, lo que se ha de reflejar en nuestra forma de relacionarnos con Dios, con nosotros mismos y con nuestro prójimo.

Se trata de que el arrepentimiento y la penitencia sean producto de la conversión y no a la inversa. Se trata de abrirnos incondicionalmente al Amor de Dios y rendirnos ante Él con la firme determinación de cumplir Su voluntad.

No se trata de decirlo de palabra, ni de confesarlo en público, ni de ponerse en pie frente a una asamblea y decir: “Yo acepto a Jesucristo como mi único Salvador”. No. Tampoco se trata de gestos exteriores como orar en público, ni de dar limosna donde todos nos vean, ni de ayunar por ayunar. No son las devociones las que hacen a un hombre “bueno” ante los ojos de Dios. Él no halla en ellas el Amor recíproco que espera de nosotros. “No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7,21).

El pasaje del Evangelio, tomado de san Lucas (18,9-14) nos presenta la parábola del fariseo y el publicano que subieron al templo a orar. El fariseo, “erguido” (los fariseos solían orar de pie), se limitaba a dar gracias a Dios por lo bueno que era: “no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano”. También decía a Dios cómo cumplía con sus obligaciones: “Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.

En cambio, el publicano se mantenía en la parte de atrás y no se atrevía ni levantar los ojos al cielo, mientras se daba golpes de pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Jesús sentenció: “Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.

La diferencia estaba en la actitud interior, en el corazón. “Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias”…

En esta Cuaresma, abramos nuestros corazones al Amor infinito de Dios, y ese Amor nos permitirá reconocer las veces que le hemos fallado. Eso nos permitirá postrarnos ante Él con un corazón quebrantado y humillado. Entonces Él nos tomará de la mano, nos levantará, y nos dará el abrazo más amoroso que hayamos recibido.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DESPUÉS DE CENIZA 08-03-19

“…entonces ayunarán”.

Continuamos adentrándonos en el tiempo fuerte de la Cuaresma, ese tiempo de conversión en que se nos llama a practicar tres formas de penitencia: el ayuno, la oración y la limosna. Las lecturas que nos presenta la liturgia para hoy tratan la práctica del ayuno.

La primera, tomada del libro del profeta Isaías (58,1-9a), nos habla del verdadero ayuno que agrada al Señor. Comienza denunciando la práctica “exterior” del ayuno por parte del pueblo de Dios; aquél ayuno que podrá mortificar el cuerpo pero no está acompañado de, ni provocado por, un cambio de actitud interior, la verdadera “conversión” de corazón. El pueblo se queja de que Dios no presta atención al ayuno que practica, a lo que Dios, por voz del profeta les responde: “¿Es ése el ayuno que el Señor desea para el día en que el hombre se mortifica?, inclinar la cabeza como un junco, acostarse sobre saco y ceniza, ¿a eso lo llamáis ayuno, día agradable al Señor?”

No, el ayuno agradable a Dios, el que Él desea, se manifiesta en el arrepentimiento y la conversión: “El ayuno que yo quiero es éste: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora, en seguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: ‘Aquí estoy’” (¿No les parece estar escuchando al Papa Francisco?).

De nada nos vale privarnos de alimento, o como hacen algunos, privarse de bebidas alcohólicas durante la cuaresma, para luego tomarse en una juerga todo lo que no se tomaron durante ese tiempo, diz que para celebrar la Pascua de Resurrección, sin ningún vestigio de conversión. Eso no deja de ser una caricatura del ayuno.

El Salmo que leemos hoy (50), el Miserere, pone de manifiesto el sacrificio agradable a Dios: “Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias”. Ese es el sacrificio, el “ayuno” agradable a Dios.

La lectura evangélica (Mt 9,14-15) nos presenta el pasaje de los discípulos de Juan que criticaban a los de Jesús por no observar rigurosamente el ayuno ritual (debemos recordar que según la tradición, Juan el Bautista pertenecía al grupo de los esenios, quienes eran más estrictos que los fariseos en cuanto a las prácticas rituales). Jesús les contesta: “¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos? Llegará un día en que se lleven al novio y entonces ayunarán”. “Boda”: ambiente de fiesta; “novio”: nos evoca el desposorio de Dios con la humanidad, esa figura de Dios-esposo y pueblo-esposa que utiliza el Antiguo Testamento para describir la relación entre Dios y su pueblo. Es ocasión de fiesta, gozo, alegría, júbilo. Nos está diciendo que los tiempos mesiánicos han llegado. No hay por qué ayunar, pues no se trata de ayunar por ayunar.

Luego añade: “Llegará un día en que se lleven al novio y entonces ayunarán”. Ayer leíamos el primer anuncio de su Pasión por parte de Jesús en Lucas; hoy lo hacemos en Mateo. Nos hace mirar al final de la Cuaresma, la culminación de su pacto de amor con la humanidad, su Misterio Pascual.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DÉCIMO CUARTA SEMANA DEL T.O. (2) 13-07-18

La primera lectura de hoy nos presenta el cántico que sirve de conclusión al libro de Oseas (14,2-10); un último intento de Dios-Madre para que su hijo, el pueblo de Israel, regrese a su regazo. Inclusive pone en boca del pueblo las palabras que debe decir para ganar Su favor, asegurándoles que curará sus extravíos, que los amará sin que lo merezcan, como solo una madre puede hacerlo.

La historia nos revela que el pueblo no hizo caso y continuó su camino de pecado que le apartó más de Dios, hasta que se hizo realidad la sentencia contenida en el versículo inmediatamente anterior a la lectura de hoy (14,1): “Samaria recibirá su castigo por haberse revelado contra Yahvé: sus habitantes serán acuchillados, sus niños serán pisoteados y les abrirán el vientre a sus mujeres embarazadas”. Las diez tribus que componían el reino de Israel fueron cautivadas y deportadas a Nínive, finalizando así el Reino de Israel en el año 722 a.C.

El salmo (Sal 50), por su parte, nos remite una vez más al amor maternal de Dios: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado”. El salmista está arrepentido de su pecado y apela al amor, a la misericordia de Dios.

Y decimos que el salmista apela al amor maternal porque la palabra hebrea utilizada para lo que se traduce como “misericordia”, es rahamîn, que se deriva del vocablo rehem que significa la matriz, el útero materno. Con esto se enfatiza que el amor de Dios es comparable al que solo una madre es capaz de sentir por el hijo de sus entrañas.

En el evangelio (Mt 10,16-23), Jesús continúa sus instrucciones a los apóstoles antes de partir en misión. Les advierte que su misión no va a ser fácil (Cfr. Lc 2,34). Les dice que los envía “como ovejas entre lobos” y reitera la importancia de la perseverancia: “Todos os odiarán por mi nombre; el que persevere hasta el final se salvará”.

Jesús nos está recordando que la grandeza del Reino de Dios se revela en la debilidad de sus mensajeros. Más tarde Pablo nos dirá que la fortaleza de Dios encuentra su cumplimiento en la debilidad (2 Cor 12,9). Por otro lado, Jesús nos advierte que debemos mantener los ojos bien abiertos, que no debemos exponernos innecesariamente, que debemos ser cautos, “sagaces como serpientes”; pero conservando la candidez, la simplicidad, presentándonos sin dobleces, sin segundas intenciones, “sencillos como palomas”, para que nuestro mensaje tenga credibilidad.

A veces la persecución, la zancadilla viene de adentro, de los “nuestros”: “Los hermanos entregarán a sus hermanos para que los maten, los padres a los hijos; se rebelarán los hijos contra sus padres, y los matarán…” (Mt 10,21). Jesús nos sugiere una sola solución: perseverar, aguantar, poner nuestra confianza en Él, que ha de venir en nuestro auxilio, pondrá palabras en nuestra boca, nos “librará del lazo del cazador y el azote de la desgracia”, nos “cubrirá con su plumas”, y “hallaremos refugio bajo sus alas” (Sal 90).

Pidamos a nuestro Señor el don de la perseverancia para continuar nuestra misión de anunciar la Buena Noticia.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA 10-03-18

“Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias”. Estos versos, tomados del Miserere, Salmo que nos presenta la liturgia de hoy (50) y ha estado resonando en la liturgia cuaresmal, sientan la tónica para las lecturas del día.

La primera, tomada del profeta Oseas (6,1-6), nos habla del arrepentimiento y la misericordia divina: “Vamos a volver al Señor: él, que nos despedazó, nos sanará; él, que nos hirió, nos vendará. En dos días nos sanará; al tercero nos resucitará (prefigurando la gloriosa resurrección de Jesús); y viviremos delante de él”. A lo que el Señor contesta: “Quiero misericordia, y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos”.

Durante este tiempo de Cuaresma se nos hace un llamado a la conversión. Esa conversión está relacionada al arrepentimiento, pero no a un arrepentimiento que implique culpa, remordimiento, o temor al castigo, sino más bien un arrepentimiento que sea producto de una transformación interior, en lo más profundo de nuestro ser, que nos haga reconocer nuestras faltas, lo que se ha de reflejar en nuestra forma de relacionarnos con Dios, con nosotros mismos y con nuestro prójimo.

Se trata de que el arrepentimiento y la penitencia sean producto de la conversión y no a la inversa. Se trata de abrirnos incondicionalmente al Amor de Dios y rendirnos ante Él con la firme determinación de cumplir Su voluntad.

No se trata de decirlo de palabra, ni de confesarlo en público, ni de ponerse en pie frente a una asamblea y decir: “Yo acepto a Jesucristo como mi único Salvador”. No. Tampoco se trata de gestos exteriores como orar en público, ni de dar limosna donde todos nos vean, ni de ayunar por ayunar. No son las devociones las que hacen a un hombre “bueno” ante los ojos de Dios. Él no halla en ellas el Amor recíproco que espera de nosotros. “No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7,21).

El pasaje del Evangelio, tomado de san Lucas (18,9-14) nos presenta la parábola del fariseo y el publicano que subieron al templo a orar. El fariseo, “erguido” (los fariseos solían orar de pie), se limitaba a dar gracias a Dios por lo bueno que era: “no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano”. También decía a Dios cómo cumplía con sus obligaciones: “Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.

En cambio, el publicano se mantenía en la parte de atrás y no se atrevía ni levantar los ojos al cielo, mientras se daba golpes de pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Jesús sentenció: “Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”.

La diferencia estaba en la actitud interior, en el corazón. “Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias”…

En esta Cuaresma, abramos nuestros corazones al Amor infinito de Dios, y ese Amor nos permitirá reconocer las veces que le hemos fallado. Eso nos permitirá postrarnos ante Él con un corazón quebrantado y humillado. Entonces Él nos tomará de la mano, nos levantará, y nos dará el abrazo más amoroso que hayamos recibido.