REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA VIGÉSIMA SEMANA DEL T.O. (1) 25-08-17

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Mt 22,34-40) nos dice que un fariseo se acercó a Jesús y le preguntó: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?”. Los fariseos y los escribas tenían prácticamente una obsesión con el tema de los mandamientos y los pecados. La Mitzvá contiene 613 preceptos (248 mandatos y 365 prohibiciones), y los escribas y fariseos gustaban de discutir sobre ellos, enfrascándose en polémicas sobre cuales eran más importantes que otros.

La respuesta de Jesús no se hizo esperar: “‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser’. (Dt 6,4-5). Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’ (Lv 19,18). Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas”.

Si leemos el libro del Deuteronomio, este mandamiento está precedido por “Escucha, Israel” (el famoso Shemá)… Tenemos que ponernos a la escucha de esa Palabra que es viva y eficaz, más cortante que espada de dos filos (Hb 4,12-13), que nos interpela. Una Palabra ante la cual no podemos permanecer indiferentes. La aceptamos o la rechazamos. No se trata pues, de una escucha pasiva; Dios espera una respuesta de nuestra parte. Cuando la aceptamos no tenemos otra alternativa que ponerla en práctica, como los Israelitas cuando le dijeron a Moisés: “acércate y escucha lo que dice el Señor, nuestro Dios, y luego repítenos todo lo que él te diga. Nosotros lo escucharemos y lo pondremos en práctica”. O como le dijo Jesús a los que le dijeron que su madre y sus hermanos le buscaban: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 8,21). Hay que actuar conforme a esa Palabra. No se trata tan solo de “creer” en Dios, tenemos que “creerle” a Dios y actuar de conformidad. El principio de la fe. Ya en otras ocasiones hemos dicho que la fe es algo que se ve.

¿Y qué nos dice el texto de la Ley citado por Jesús? “Amarás al Señor tu Dios”. ¿Y cómo ha de ser ese amar? “Con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. Que no quede duda. Jesús quiere abarcar todas las maneras posibles, todas las facultades de amar. Amor absoluto, sin dobleces, incondicional (a Jesús no le gustan los términos medios). Corresponder al Amor que Dios nos profesa. Pero no se detiene ahí. “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Consecuencia inevitable de abrirnos al Amor de Dios. Cuando nos abrimos al amor de Dios no tenemos otra alternativa que amar de igual manera.

La fórmula que nos propone Jesús es sencilla. Dos mandamientos cortos. Cumpliéndolos cumples todos los demás. La dificultad está en la práctica. Se trata de escuchar la Palabra y “ponerla en práctica”. Nadie dijo que era fácil (Dios los sabe), pero si queremos estar cada vez más cerca del Reino tenemos que seguir intentándolo.

Que no se diga que no intentamos…

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA NOVENA SEMANA DEL T.O. (1) 08-06-17

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Mc 12,28b-34) es la misma que contemplamos el viernes de la tercera semana de Cuaresma. Nos dice la Escritura que un escriba se acercó a Jesús y le preguntó cuál mandamiento es el primero de todos. Los escribas tenían prácticamente una obsesión con el tema de los mandamientos y los pecados. La Mitzvá contiene 613 preceptos (248 mandatos y 365 prohibiciones), y los escribas y fariseos gustaban de discutir sobre ellos, enfrascándose en polémicas sobre cuales eran más importantes que otros.

Como dijimos anteriormente, la respuesta de Jesús no se hizo esperar: “‘Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’ (Dt 6,4-5). El segundo es éste: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’ (Lv 19,18). No hay mandamiento mayor que éstos”.

“Escucha…” Tenemos que ponernos a la escucha de esa Palabra que es viva y eficaz, más cortante que espada de dos filos (Hb 4,12-13), que nos interpela. Una Palabra ante la cual no podemos permanecer indiferentes. La aceptamos o la rechazamos. No se trata pues, de una escucha pasiva; Dios espera una respuesta de nuestra parte. Cuando la aceptamos no tenemos otra alternativa que ponerla en práctica, como los Israelitas cuando le dijeron a Moisés: “acércate y escucha lo que dice el Señor, nuestro Dios, y luego repítenos todo lo que él te diga. Nosotros lo escucharemos y lo pondremos en práctica”. O como le dijo Jesús a los que le dijeron que su madre y sus hermanos le buscaban: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 8,21). Hay que actuar conforme a esa Palabra. No se trata tan solo de “creer” en Dios, tenemos que “creerle” a Dios y actuar de conformidad. El principio de la fe. Ya en otras ocasiones hemos dicho que la fe es algo que se ve.

¿Y qué nos dice el texto de la Ley citado por Jesús? “Amarás al Señor tu Dios”. ¿Y cómo ha de ser ese amar? “Con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. Que no quede duda. Quiere abarcar todas las maneras posibles, todas las facultades de amar. Amor absoluto, sin dobleces, incondicional. Corresponder al Amor que Dios nos profesa. Pero no se detiene ahí. “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Consecuencia inevitable de abrirnos al Amor de Dios. El escriba lo comprendió: “amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios”. Por eso Jesús le dice: “No estás lejos del Reino de Dios”.

La fórmula que nos propone Jesús es sencilla. Dos mandamientos cortos. Cumpliéndolos cumplimos todos los demás. La dificultad está en la práctica. Se trata de escuchar la Palabra y “ponerla en práctica”. Nadie dijo que era fácil (Dios los sabe), pero si queremos estar cada vez más cerca del Reino tenemos que seguir intentándolo.

Que no se diga que no intentamos…

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA TERCERA SEMANA DE CUARESMA 24-03-17

Estamos finalizando la tercera semana de Cuaresma. Y las lecturas que nos está brindando la liturgia para estos días ponen énfasis en “escuchar” la Palabra de Dios. En la primera lectura de ayer Dios le decía a su pueblo: “Escuchad mi voz. Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo” (Jr 7,23). En el Evangelio de hoy (Mc 12,28b-34) un escriba se acerca a Jesús y le pregunta cuál mandamiento es el primero de todos. Los escribas tenían casi una obsesión con el tema de los mandamientos y los pecados. La Mitzvá contenía 613 preceptos (248 mandatos y 365 prohibiciones), y los escribas y fariseos gustaban de discutir sobre ellos.

La respuesta de Jesús no se hizo esperar: “‘Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’ (Dt 6,4). El segundo es éste: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’ (Lv 19,18). No hay mandamiento mayor que éstos”.

“Escucha…” Tenemos que ponernos a la escucha de esa Palabra que es viva y eficaz, más cortante que espada de dos filos (Hb 4,12-13), que nos interpela. Una Palabra ante la cual no podemos permanecer indiferentes. La aceptamos o la rechazamos. No se trata pues, de una escucha pasiva; Dios espera una respuesta de nuestra parte. Cuando la aceptamos no tenemos otra alternativa que ponerla en práctica, como los Israelitas cuando le dijeron a Moisés: “acércate y escucha lo que dice el Señor, nuestro Dios, y luego repítenos todo lo que él te diga. Nosotros lo escucharemos y lo pondremos en práctica”. O como le dijo Jesús los que le dijeron que su madre y sus hermanos le buscaban: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 8,21). Hay que actuar conforme a esa Palabra. No se trata tan solo de “creer” en Dios, tenemos que “creerle” a Dios y actuar de conformidad. El principio de la fe. Ya en otras ocasiones hemos dicho que la fe es algo que se ve.

¿Y qué nos dice el texto de la Ley citado por Jesús? “Amarás al Señor tu Dios”. ¿Y cómo ha de ser ese amar? “Con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. Que no quede duda. Quiere abarcar todas las maneras posibles, todas las facultades de amar. Amor absoluto, sin dobleces, incondicional. Corresponder al Amor que Dios nos profesa. Pero no se detiene ahí. “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Consecuencia inevitable de abrirnos al Amor de Dios. El escriba lo comprendió: “amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios”. Por eso Jesús le dice: “No estás lejos del reino de Dios”.

La fórmula que nos propone Jesús es sencilla. Dos mandamientos cortos. La dificultad está en la práctica. Se trata de escuchar la Palabra y “ponerla en práctica”. Nadie dijo que era fácil (Dios los sabe), pero si queremos estar cada vez más cerca del Reino tenemos que seguir intentándolo. Es parte del proceso de conversión a que se nos llama en la Cuaresma.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA TERCERA SEMANA DE ADVIENTO Y MEMORIA DE LA Expectación del parto de la Bienaventurada Virgen María 16-12-16

Faltan solamente ocho días para esa gran noche en que nuestro Señor y Salvador irrumpirá en la historia de la humanidad trayendo consigo la salvación, la Vida eterna, para compartirla con todos los que escuchen su Palabra y la pongan en práctica (Cfr. Lc 8,21).

La primera lectura, tomada del profeta Isaías (56,1-3a.6-8), nos anuncia que en los tiempos mesiánicos, contrario a la concepción judía, la salvación no alcanzaría solamente al “pueblo elegido”, sino a todos los que acepten Su mensaje: “A los extranjeros que se han unido al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, … los traeré a mi monte santo, los llenaré de júbilo en mi casa de oración, … porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos”. Otras versiones de este pasaje dicen: “los alegraré en mi casa de oración”.

Como vemos, la liturgia continúa el tono alegre, de celebración gozosa, de expectación, que caracterizó el domingo laetare, el tercer domingo de Adviento que marcó el comienzo de esta semana. Y dentro de este ambiente de expectación gozosa, la Provincia Eclesiástica de Puerto Rico celebra hoy la memoria obligatoria de la Expectación del parto de la Bienaventurada Virgen María.

Esta fiesta fue instituida en el siglo VII (año 656), fijándose para ocho días antes de la Navidad, o sea, el 18 de diciembre (en Puerto Rico se celebra el 16 de diciembre). La razón que se dio para fijar esta festividad litúrgica fue que, como la Fiesta de la Anunciación cae dentro del tiempo penitencial de Cuaresma, lo que impide celebrarla con toda la solemnidad y el regocijo que merece, se imponía esta segunda fiesta para dar realce al misterio de la Encarnación del Verbo.

¿Y qué mejor tiempo para esta celebración que el Adviento, que está lleno del regocijo de la espera gozosa del nacimiento del Salvador? El tiempo de Adviento es definitivamente, auténtico mes de María, pues gracias a Ella, y a su Sí, que dio paso a la plenitud de los tiempos, podemos recibir a Cristo.

Esta festividad se conoce también como la de Nuestra Señora de la O, y Nuestra Señora de la Esperanza. Así, hoy es el santo de aquellas mujeres que se llaman María de la O, y Esperanza.

El primer nombre se deriva del hecho de que la fiesta comenzaba con las primeras vísperas, el día anterior, en las que se canta la primera de las antífonas mayores llamadas “O”, por comenzar todas ellas con esta exclamación. Con el tiempo, la religiosidad popular relacionó la “O” con el avanzado estado de embarazo de la Virgen para esta fecha, cuyo vientre se mostraba redondo como esa vocal.

La advocación de Nuestra Señora de la Esperanza es obvia, esta celebración es una de esperanza, porque la Virgen lleva en su vientre el Mesías que había sido esperado por los Patriarcas, los profetas y todo el Pueblo de Israel desde el momento de la caída (Gn 3,15).

Esta festividad debe estimularnos a ejercitar la virtud teologal de la esperanza, poniendo toda nuestra confianza en Jesús y María, para que no flaquee nuestra aspiración al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra.

Hoy es un buen día también para ofrecer nuestras oraciones y actos de piedad por todas las mujeres embarazadas, para que la Virgen las asista y proteja, así como por aquellas que experimentan dificultad para concebir, y para que no haya más abortos que cobren la vida de santos inocentes.