REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA TRIGÉSIMA PRIMERA SEMANA DEL T.O. (1) 04-11-21

“Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”.

La liturgia de hoy (Lc 15,1-10) nos presenta como lectura evangélica las primeras dos de las llamadas parábolas de la misericordia que ocupan el capítulo 15 de Lucas, la “oveja perdida” y la “dracma perdida”. La introducción de la lectura (versículos uno al tres) nos apunta a quiénes van dirigidas estas parábolas: a nosotros los pecadores.

El pasaje comienza con la crítica de los escribas y fariseos contra Jesús, a quien acusaban de acoger y compartir la mesa con los publicanos y pecadores (tema recurrente en los relatos evangélicos). Para entender el alcance de esta actitud de los fariseos, tenemos que comprender lo que significaba compartir la mesa para la mentalidad judía de la época. Uno solo se sentaba a compartir la mesa con alguien afín, alguien que gozara de la misma dignidad, alguien que fuera nuestro igual. Y los pecadores, especialmente los pecadores públicos como los publicanos, eran tenidos por indignos, despreciables, “excluidos” de la compañía de los “justos” obedientes de la Ley. Por eso la actitud de Jesús les resultaba escandalosa.

La primera de las parábolas nos narra la historia del hombre que tiene cien ovejas, se le pierde una, y deja las noventa y nueve en el campo para ir tras la descarriada. Y cuando finalmente la encuentra, se la carga sobre los hombros, se presenta lleno de la alegría a sus amigos, y les dice: “¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido”. El mismo Jesús explica el sentido de la parábola: “Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”.

El mensaje de Jesús es claro. Él vino para redimir a los pecadores, Él es la Misericordia Divina encarnada. En un relato similar de Mateo, Jesús dice a sus detractores (parafraseando a Os 6,6-7): “Vayan y aprendan qué significa: ‘Yo quiero misericordia y no sacrificios’. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9,13).

La palabra misericordia viene del latín, y se forma de miser (miserable o desdichado), y cor (corazón). Esta palabra de refiere a la capacidad de sentir compasión ante la desdicha de los demás. Si examinamos los textos originales que utilizan el término en las sagradas escrituras (e.g. el Salmo 50 – Miserere), la palabra hebrea utilizada es rahamîn, que se deriva de rehem, que quiere decir útero, lo que denota el amor de la madre. Ese amor que todo lo perdona no importa la magnitud de la ofensa. ¿Qué madre no está siempre dispuesta a perdonar al hijo de sus entrañas?

San Juan Pablo II, en su carta encíclica Dives in misericordia lo resumía así: “Sobre ese trasfondo psicológico, rahamîn engendra una escala de sentimientos, entre los que están la bondad y la ternura, la paciencia y la comprensión, es decir, la disposición a perdonar”.

Por eso la alegría desbordante de Dios cuando un pecador se arrepiente, y mientras más grande el pecado, mayor será la alegría. Y Él, como Madre amorosa no se cansa de esperar… Anda, ¡reconcíliate!, verás qué rico se siente ese abrazo.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DÉCIMA TERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 02-07-21

Vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.»

Cada vez que leo el pasaje evangélico que nos ofrece la liturgia para hoy (Mt 9,9-13), trato de imaginar la escena. Se trata de la vocación (el llamado) de Leví (Mateo) y la subsiguiente comida en casa de este. Los tres evangelios sinópticos nos narran este pasaje.

Mateo, publicano (recaudador de impuestos) de oficio, se encontraba sentado tras el mostrador de impuestos, y Jesús se le acercó. Mateo debe haber sentido la presencia de alguien frente a su mostrador y levantó la vista. Es imposible imaginar lo que Mateo percibió en aquellos ojos, aquella mirada penetrante y tierna a la vez que se cruzó con la suya. Y solo bastó una palabra, “sígueme” para que Mateo se levantara y lo siguiera. A mí me impacta más la versión de Lucas (5,28) que dice que Mateo, “dejándolo todo”, se levantó y lo siguió. “Dejándolo todo…” Nuevamente nos encontramos ante la radicalidad del seguimiento.

Mateo era publicano, trabajaba para el Imperio, el pueblo consideraba a los publicanos enemigos del pueblo; no solo por “cooperar” con el poder imperial de Roma, sino porque le cobraban impuestos en exceso a la gente y se quedaban con la diferencia. Por tanto, su trabajo era un obstáculo para seguir a Jesús. Por eso tenía que “dejarlo todo”, y así lo hizo. Dejó la mesa con sus cuentas y el dinero recaudado; dejó su vida pasada para abrazar la nueva Vida a la que Jesús le llamaba. En ese momento él probablemente no conocía los detalles, pero estoy seguro que supo ver en aquella mirada intensa de Jesús la promesa de un mundo que las palabras no podrían describir. Algo similar a lo que experimentó Saulo de Tarso en aquél encuentro fugaz con el Resucitado en el camino a Damasco que cambió su vida para siempre.

Mateo tuvo un encuentro personal con Jesús y su vida ya no sería la misma. Lo mismo nos ocurre cuando tenemos un encuentro personal con Jesús. Resulta imposible mirarle a los ojos y no dejarse seducir. “Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir. Fuiste más fuerte que yo, y me venciste” (Jr 20,7).

Jesús te está diciendo: “Sígueme”. Nos lo repite a diario; y no se cansa de hacerlo; y mientras más alejados estamos de Él, con mayor insistencia nos llama. No importa lo que haya en nuestro pasado. De eso se trata la conclusión del pasaje de hoy. Al levantarse Mateo, invitó a Jesús y sus discípulos a comer a su casa, junto a otros publicanos y pecadores. Al ver esto, los fariseos (¡qué muchos de estos hay en nuestros días!) se acercaron a los discípulos (así son, cobardes, hablan a espaldas de los que critican) diciéndoles: “¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?”

Jesús les escuchó y su contestación no se hizo esperar: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa ‘misericordia quiero y no sacrificios’: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

Jesús no vino a buscar a los justos para llevarlos a cielo. Él vino para ofrecerse a sí mismo como víctima propiciatoria por todos los pecados de la humanidad, cometidos y por cometer, incluyendo los tuyos y los míos, porque Él quiere que todos nos salvemos (1 Tim 2,4; 2 Pe 3,9).

Que pasen un hermoso fin de semana. No olviden visitar la Casa del Padre. Él les espera…

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA VIGÉSIMA SEXTA SEMANA DEL T.O. (2) 28-09-20

“Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor”.

Desde hace una semana la liturgia nos ha estado presentando como primera lectura los libros sapienciales contenidos en el Antiguo Testamento de nuestra Biblia Católica. Hasta ahora hemos contemplado pasajes de Proverbios, Sabiduría y Eclesiastés (los libros sapienciales son siete, pero a la Biblia protestante le faltan dos: Sabiduría y Eclesiástico). Hoy tomados el inicio del libro de Job (1,6-22), que nos presenta la historia de un hombre recto y temeroso de Dios, a quien este había favorecido con toda clase de bendiciones.

La lectura, haciendo uso de esos antropomorfismos que encontramos en la Biblia, nos relata una conversación casual entre Dios y Satanás en la cual Dios se ufana ante este último de lo bueno que era su siervo Job. Satanás le responde que con todas las bendiciones que ha recibido, cualquiera puede ser bueno y temeroso de Dios. En una especie de “reto”, con el consentimiento de Dios, Satanás en un solo día le priva de sus hijos, sus rebaños, sus pastores y su salud. Es aquí cuando Job pronuncia su célebre exclamación: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor”. Es la respuesta que se espera de un verdadero creyente. En lugar de maldecir y renegar de Dios, Job acepta su sufrimiento y continúa alabando y bendiciendo el nombre del Señor. Pero este pasaje no es más que el primer episodio de un drama que se irá desenvolviendo a lo largo del libro. Job ganó el primer “round”, pero Satanás no se dará por vencido; volverá al ataque.

El libro de Job nos plantea la milenaria pregunta de por qué los justos, los inocentes, sufren. La respuesta de Job, aunque imperfecta, es un atisbo de la respuesta definitiva que Jesús habrá de brindarnos cinco siglos más tarde. Jesús, el “justo” por excelencia, despojado de todo, torturado, crucificado y muerto en la cruz. La pregunta lleva implícita otra sobre la retribución en el más allá, en la vida eterna, donde hemos de recibir esa corona de gloria que no se marchita (Cfr. 1Pe 5,4; 1Co 9,25). Y la contestación definitiva la encontraremos en Su gloriosa resurrección.

Este pasaje pretende enseñarnos que todo lo que tenemos es por pura gratuidad de Dios y que, por tanto, nada nos pertenece. “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mt 16,24; Cfr. Mc 10,17; Lc 18,18-23). La pregunta que debemos meditar hoy es: ¿Cuando sirvo a Dios y a mis hermanos, lo hago pensando en el “premio” que espero recibir en este mundo, o lo hago verdaderamente por amor a Dios y al prójimo? Piensa en lo más preciado que tienes y pregúntate: Si Dios me lo quitara hoy, ¿podría decir como Job “el Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor”? De la contestación a esa pregunta puede depender tu salvación…

Que pasen una hermosa semana llena de bendiciones, y de la PAZ que solo Dios puede brindarnos.

REFLEXIÓN PARA EL DÉCIMO SEXTO DOMINGO DEL T.O. (A) 19-07-20

“Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”.

El evangelio que nos propone la liturgia de hoy (Mt 13,24-43), nos presenta tres de las parábolas del Reino: la parábola de la cizaña, la del grano de mostaza, y la de la levadura. Y al igual que hizo con la parábola del sembrador que leyéramos el pasado domingo, Él mismo explica la parábola de la cizaña a sus discípulos: “El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema: así será el fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su Reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre”.

Resulta claro que el mensaje que Jesús quiere transmitir a través de esta parábola es de naturaleza escatológica, es decir, relacionada con el final de los tiempos y el juicio final que ha de venir entonces. Jesús es consciente de nuestra debilidad, de nuestra inclinación al pecado. Sabe que el maligno va a estar constantemente al acecho (Cfr. 1 Pe 5,8), como la yerba mala que trata de ahogar la buena cosecha. Por eso cuando los ángeles, encargados de hacer cumplir la sentencia del juicio final, le preguntan al “Hijo del Hombre” si arrancan la cizaña, este les contesta que no, porque pueden, sin querer, arrancar también el trigo.

Cuando Jesús hablaba en parábolas a los de su tiempo, lo hacía en un lenguaje que ellos entendían, y los que saben de siembra y cosecha de trigo saben que aunque al principio el trigo y la cizaña crecen más o menos a la misma altura, eventualmente el trigo crece mucho más alto, lo que permite que los obreros al cortar con su hoz no confundan la espiga del trigo con la de la cizaña.

Así mismo ocurrirá al final de los tiempos con los que escuchen la palabra del Padre y la pongan en práctica; descollarán por encima de los que se dejen seducir por el Maligno. Entonces vendrán los ángeles del Señor “y arrancarán de su Reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido”. Y “los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre”.

Esta parábola nos presenta otra característica de Jesús: su infinita paciencia. Contrario al Mesías justiciero que esperaban los judíos, que vendría a “castigar” a los “malos” (los enemigos del pueblo escogido, los “paganos”), Jesús se mezcla con ellos, los invita a su mesa, y tiene con ellos la misma paciencia que tuvo Yahvé para con su pueblo a lo largo de toda su historia, tolerando y perdonando todas sus infidelidades.

Hoy Jesús nos pregunta: Y tú, ¿eres trigo o cizaña? Si somos trigo, brillaremos “como el sol en el Reino del Padre”. Si optamos por ser cizaña, entonces “será el llanto y el rechinar de dientes”… Jesús nos llama, pero no nos obliga (Ap 3,20). Y no se cansa de esperar.

La decisión es nuestra…

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA TRIGÉSIMO PRIMERA SEMANA DEL T.O. (1) 07-11-19

La liturgia de hoy (Lc 15,1-10) nos presenta como lectura evangélica las primeras dos de las tres llamadas parábolas de la misericordia que ocupan el capítulo 15 de Lucas (la “oveja perdida”, la “dracma perdida” y el “hijo pródigo”). La introducción de la lectura (versículos uno al tres) nos apunta a quiénes van dirigidas estas parábolas: a nosotros los pecadores.

El pasaje comienza con la crítica de los escribas y fariseos contra Jesús, a quien acusaban de acoger y compartir la mesa con los publicanos y pecadores (tema recurrente en los relatos evangélicos). Para entender el alcance de esta actitud de los fariseos, tenemos que comprender lo que significaba compartir la mesa para la mentalidad judía de la época. Uno solo se sentaba a compartir la mesa con alguien afín, alguien que gozara de la misma dignidad, alguien que fuera nuestro igual. Y los pecadores, especialmente los pecadores públicos como los publicanos, eran tenidos por indignos, despreciables, “excluidos” de la compañía de los “justos” obedientes de la Ley. Por eso la actitud de Jesús les resultaba escandalosa.

La primera de las parábolas nos narra la historia del hombre que tiene cien ovejas, se le pierde una, y deja las noventa y nueve en el campo para ir tras la descarriada. Y cuando finalmente la encuentra, se la carga sobre los hombros, se presenta lleno de la alegría a sus amigos, y les dice: “¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido”. El mismo Jesús explica el sentido de la parábola: “Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”.

El mensaje de Jesús es claro. Él vino para redimir a los pecadores, Él es la Misericordia Divina encarnada. En un relato similar de Mateo, Jesús dice a sus detractores (parafraseando a Os 6,6-7): “Vayan y aprendan qué significa: ‘Yo quiero misericordia y no sacrificios’. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9,13).

La palabra misericordia viene del latín, y se forma de miser (miserable o desdichado), y cor (corazón). Esta palabra de refiere a la capacidad de sentir compasión ante la desdicha de los demás. Si examinamos los textos originales que utilizan el término en las sagradas escrituras (e.g. el Salmo 50 – Miserere), la palabra hebrea utilizada es rahamîn, que se deriva de rehem, que quiere decir útero, lo que denota el amor de la madre. Ese amor que todo lo perdona, no importa la magnitud de la ofensa. ¿Qué madre no está siempre dispuesta a perdonar al hijo de sus entrañas?

San Juan Pablo II, en su carta encíclica Dives in misericordia lo resumía así: “Sobre ese trasfondo psicológico, rahamîn engendra una escala de sentimientos, entre los que están la bondad y la ternura, la paciencia y la comprensión, es decir, la disposición a perdonar”.

Por eso la alegría desbordante de Dios cuando un pecador se arrepiente, y mientras más grande el pecado, mayor será la alegría. Y Él, como Madre amorosa no se cansa de esperar… Anda, ¡reconcíliate!, verás qué rico se siente ese abrazo.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DECIMOTERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 05-07-19

“… que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

Cada vez que leo el pasaje evangélico que nos ofrece la liturgia para hoy (Mt 9,9-13), trato de imaginar la escena. Se trata de la vocación (el llamado) de Mateo y la subsiguiente comida en casa de este. Los tres evangelios sinópticos nos narran este pasaje.

Mateo, publicano (recaudador de impuestos) de oficio, se encontraba sentado tras el mostrador de impuestos, y Jesús se le acercó. Mateo debe haber sentido la presencia de alguien frente a su mostrador y levantó la vista. Es imposible imaginar lo que Mateo percibió en aquellos ojos, aquella mirada penetrante y tierna a la vez que se cruzó con la suya. Y solo bastó una palabra, “sígueme” para que Mateo se levantara y lo siguiera. A mí me impacta más la versión de Lucas (5,28) que dice que Mateo, “dejándolo todo”, se levantó y lo siguió. “Dejándolo todo…” Nuevamente nos encontramos ante la radicalidad del seguimiento.

Mateo era publicano, trabajaba para el Imperio, el pueblo consideraba a los publicanos enemigos del pueblo; no solo por “cooperar” con el poder imperial de Roma, sino porque le cobraban impuestos en exceso a la gente y se quedaban con la diferencia. Por tanto, su trabajo era un obstáculo para seguir a Jesús. Por eso tenía que “dejarlo todo”, y así lo hizo. Dejó la mesa con sus cuentas y el dinero recaudado; dejó su vida pasada para abrazar la nueva Vida a la que Jesús le llamaba. En ese momento él probablemente no conocía los detalles, pero estoy seguro que supo ver en aquella mirada intensa de Jesús la promesa de un mundo que las palabras no podrían describir. Algo similar a lo que experimentó Saulo de Tarso en aquél encuentro fugaz con el Resucitado en el camino a Damasco que cambió su vida para siempre.

Mateo tuvo un encuentro personal con Jesús y su vida ya no sería la misma. Lo mismo nos ocurre cuando tenemos un encuentro personal con Jesús. Resulta imposible mirarle a los ojos y no dejarse seducir. “Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir. Fuiste más fuerte que yo, y me venciste” (Jr 20,7).

Jesús te está diciendo: “Sígueme”. Nos lo repite a diario; y no se cansa de hacerlo; y mientras más alejados estamos de Él, con mayor insistencia nos llama. No importa lo que haya en nuestro pasado. De eso se trata la conclusión del pasaje de hoy. Al levantarse Mateo, invitó a Jesús y sus discípulos a comer a su casa, junto a otros publicanos y pecadores. Al ver esto, los fariseos (¡qué muchos de estos hay en nuestros días!) se acercaron a los discípulos (así son, cobardes, hablan a espaldas de los que critican) diciéndoles: “¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?”

Jesús les escuchó y su contestación no se hizo esperar: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa ‘misericordia quiero y no sacrificios’: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

Jesús no vino a buscar a los justos para llevarlos a cielo. Él vino para ofrecerse  a sí mismo como víctima propiciatoria por todos los pecados de la humanidad, cometidos y por cometer, incluyendo los tuyos y los míos, porque Él quiere que todos nos salvemos (1 Tim 2,4; 2 Pe 3,9).

Que pasen un hermoso fin de semana. No olviden visitar la Casa del Padre. Él les espera…

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA PRIMERA SEMANA DE CUARESMA 16-03-19

“Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. Con esa frase pronunciada por Jesús termina la lectura evangélica que la liturgia nos propone para hoy (Mt 5,43-48). Y esa perfección se manifiesta en el amor que Dios prodiga a toda la humanidad, sin distinción, aún sobre los que no le conocen, aquellos que lo ignoran, aquellos que lo odian, aquellos que blasfeman contra Él. Esa es la medida que se nos exige. ¡Uf!

“Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos?”

La ley del amor. Jesús la repite sin cansancio. No podemos acercarnos a Él sin toparnos de frente con ese mensaje. Jesús nos ofrece la filiación divina (¡qué regalo!). Hay un solo requisito: amar; amar sin distinción y sin excepciones, especialmente a aquellos que nos hacen la vida imposible, aquellos que nos traicionan, nos odian, aquellos que son “diferentes”… Y más aún, orar por los que nos persiguen, los que nos hacen daño. Tú nos has mostrado el camino: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). ¡Señor, qué difícil se nos hace seguirte!

Tú siempre nos hablas claro, sin dobleces: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros” (Jn 13,34). ¿No será eso nada más que un sueño, un ideal, una ilusión, una quimera, una ingenuidad de Tu parte, Señor?

Pero Tú nunca nos pides nada que no podamos lograr; y mientras más difícil la encomienda, más cerca de nosotros estás para ayudarnos. En este caso nos dejaste el Espíritu de Verdad que iba a venir y hacer morada en nosotros: “Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes” (Jn 14,16-17).

Durante este tiempo de Cuaresma la Iglesia nos invita a la conversión. Esa conversión de corazón es una obra de la Gracia de Dios. Como nos dice el libro de las Lamentaciones: “Conviértenos Señor, y nos convertiremos” (Lm 5,21). Y esa Gracia que obra la conversión en nosotros la recibimos cuando le abrimos nuestro corazón a ese Espíritu de la Verdad y le permitimos que haga morada en nosotros; ese Espíritu que es el Amor entre el Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros. Solo entonces podremos decir con san Pablo: “ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20).

“Conviértenos Señor, y nos convertiremos”.