REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA QUINTA SEMANA DE CUARESMA 06-04-22

Sidrac, Misac y Abdénago, quienes antes que postrarse ante un ídolo, prefirieron enfrentar la muerte y la tortura de ser arrojados a un horno encendido.

La liturgia de hoy nos presenta dos lecturas que, aunque aparentan ser diferentes, tienen un tema común. El verdadero significado de la libertad.

La primera lectura, tomada del libro de Daniel (3,14-20.91-92.95), nos presenta la historia de los tres jóvenes Sidrac, Misac y Abdénago, quienes antes que postrarse ante un ídolo, prefirieron enfrentar la muerte y la tortura de ser arrojados a un horno encendido. La segunda, tomada del evangelio según san Juan (8,31-42), comienza con la que tal vez sea la frase más mal utilizada, o más citada fuera de contexto en todo el Nuevo Testamento: “La verdad os hará libres”.

La primera nos muestra cómo el Señor envió un ángel para salvar a aquellos jóvenes que se mantuvieron fieles a su Palabra. Se mantuvieron fieles y confiaron plenamente en Dios en medio de la prueba; y esa fidelidad y confianza absoluta en Dios, los hizo libres. En reflexiones anteriores hemos expresado que la “verdad” en términos bíblicos es el amor incondicional de Dios. Y ese amor es lo que hace que estos jóvenes, haciendo uso de la libertad que ese mismo amor les brinda, se nieguen a someterse a nadie que no sea a Dios, porque solo amándole a Él, correspondiendo a Su amor incondicional, encontramos la libertad plena.

La lectura evangélica nos presenta un pasaje donde Jesús nos dice que si nos mantenemos fieles su Palabra conoceremos esa verdad que nos hace libres. A la vez, contrapone el pecado a libertad: “Os aseguro que quien comete pecado es esclavo. El esclavo no se queda en la casa para siempre, el hijo se queda para siempre. Y si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres”.

Hoy día nos sentimos presionados a adorar otros ídolos. Nuestra sociedad secularista nos insta, a veces casi nos obliga, a “postrarnos” ante muchos “dioses”: el dinero, la fama, el poder, la fama, el sexo, el alcohol, entre otros tantos. Y se nos insta a ejercer nuestra “libertad” para adorarles. Pero perdemos de vista que al postrarnos ante esos dioses haciendo uso de esa aparente libertad, en realidad nos estamos esclavizando. Solamente sometiéndonos al amor incondicional de Dios, y compartiendo ese amor con nuestro prójimo, obtendremos la verdadera libertad, esa verdad que nos hará libres. De esa manera Jesús, al ser clavado y morir en la cruz, por amor, ejercitó al máximo su libertad, al punto de hacernos libres a nosotros. Y nosotros, al igual que Jesús, solamente seremos totalmente libres al someternos a la voluntad del Padre.

“La verdad nos hará libres”. No se trata de una libertad frente a la autoridad política o judicial. Se trata de la verdadera libertad; la libertad frente al pecado, la muerte, las tinieblas, a través de la persona de Cristo Jesús. “Si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres”. Y esa libertad es capaz de hacernos sentir libres aún en prisión.

“Ustedes, hermanos, han sido llamados para vivir en libertad, pero procuren que esta libertad no sea un pretexto para satisfacer los deseos carnales: háganse más bien servidores los unos de los otros, por medio del amor” (Gál 5, 13).

REFLEXIÓN PARA EL QUINTO DOMINGO DE CUARESMA (C) 03-04-22

“Yo tampoco de condeno. Anda, y en adelante no peques más”.

Hoy celebramos la liturgia correspondiente al quinto domingo de Cuaresma. El pasado domingo leíamos la parábola del hijo pródigo o, como se conoce también, la parábola del padre misericordioso (Lc 15, 1-3.11-32). En esa parábola se nos presentaba el amor de un padre que perdona a su hijo, quien se había marchado luego de pedirle a su parte de la herencia al padre (lo que equivalía a decirle que para él ya su padre estaba muerto), y habiendo malgastado la herencia regresa a su hogar.

La lectura evangélica que se nos presenta para hoy (Jn 8,1-11) también trata sobre el perdón, la misericordia, pero no es una parábola, es un episodio real en la vida de Jesús. El pasaje trata sobre una mujer que había sido sorprendida en adulterio y es traída delante de Jesús. No se trataba de una mera sospecha, la mujer había sido “sorprendida”.

Para comprender el episodio hay que ponerlo en contexto. Jesús estaba “enseñando” en el templo. En las lecturas de los días anteriores hemos visto cómo el malestar de los escribas, fariseos y sumos sacerdotes hacia la persona de Jesús había continuado creciendo. Por eso habían decidido “eliminarlo”. Y vieron en esta situación una oportunidad para acusarlo o, al menos, desacreditarle ante sus seguidores.

Por eso le dicen: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?” Una pregunta “cargada”. Si contestaba que sí, echaba por tierra todo lo que había predicado sobre el amor y el perdón. Si contestaba que no, lo acusaban de violar la ley de Moisés. Por eso Jesús decide ignorarlos, mientras “inclinándose, escribía con el dedo en el suelo”. Me imagino la ira que esta actitud de Jesús despertó en ellos. Por eso insisten en su pregunta. Ante su insistencia, Jesús “se incorporó y les dijo: ‘El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra’.” Y continuó escribiendo en el suelo, mientras todos los que se disponían a lapidar la mujer fueron escabulléndose uno a uno, “empezando por los más viejos”, hasta que solo quedaron Jesús y la mujer.

Luego se suscita el diálogo entre Jesús y la mujer, que constata que todos sus acusadores se habían desaparecido sin condenarla. Entonces Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”.

A diferencia de los fariseos, que se creían superiores a los demás y estaban prestos a levantar el dedo acusador contra cualquiera que cometiera la más mínima transgresión a la ley, Jesús, el Verbo encarnado, libre de mancha de pecado, no nos juzga, no nos condena. Tan solo nos pide que no pequemos más. Se trata de la misericordia, de la manifestación más pura del amor. El amor de una madre…

En lo que resta de esta Cuaresma, hagamos un examen de conciencia. ¿Con cuanta facilidad juzgamos a nuestro prójimo? ¿Con cuánta facilidad le condenamos? Cuando juzgamos a los demás es porque nos creemos superiores a ellos; porque no tenemos de qué ser juzgados ni condenados.

“El que esté sin pecado, que tire la primera piedra…”

REFLEXIÓN PARA EL TERCER DOMINGO DE CUARESMA (C) 20-03-22

“Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas”.

“El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles”. Así finaliza el salmo responsorial de la liturgia para hoy (Sal 102).

La lectura evangélica de hoy nos presenta un pasaje compuesto de dos partes. La primera contiene una catequesis de Jesús sobre las desgracias que ocurren a diario en las que perecen varias personas y su relación con la retribución, y la segunda parte nos brinda la parábola de la higuera (Lc 13,1-9): “Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?’ Pero el viñador contestó: ‘Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas’”.

En la primera parte Jesús hace ver que, contrario a la creencia de su época que toda desgracia era producto del pecado, todos estamos sujetos a morir repentinamente. Dios no puede desearnos mal, por eso Jesús deja claro que las muertes que se reseñan no son “castigo de Dios”. Pero termina con un llamado a la conversión y una advertencia: “Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”.

La parábola nos presenta la misericordia divina (representada en la persona del viñador), y la urgencia de escuchar el llamado a la conversión. La parábola nos recuerda que esas muertes repentinas que vemos a nuestro alrededor deben provocar un proceso de introspección en nosotros. No sabemos el día ni la hora. Nuestro tiempo es finito y debemos aprovecharlo.

El día de nuestro bautismo el Espíritu Santo plantó en nosotros tres semillas: la fe, la esperanza y la caridad. Y desde ese momento el Señor está esperando que den fruto. Dios se nos presenta como el Dios de la paciencia. Él no castiga; Él espera, como el viñador (“déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto”). Nos allana el camino a la conversión y nos invita a seguirle. Pero no sabemos cuándo llegará nuestra hora. Y si para entonces no hemos dado fruto…

Dios es un Dios de amor y misericordia; es infinitamente paciente, nos da una y otra, y otra oportunidad (conoce nuestra débil naturaleza y nuestra inclinación al pecado). Pero también es un Dios justo.

Esta Cuaresma nos ofrece “otra oportunidad” de conversión (Él no se cansa). No sabemos si el Viñador ya le dijo al Dueño: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas”.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA 18-03-22

“El designio de Dios ha transformado en bien el mal que ustedes pensaron hacerme, a fin de cumplir lo que hoy se realiza: salvar la vida a un pueblo numeroso”.

La liturgia de hoy nos brinda como primera lectura (Gn 37,3-4.12-13a.17b-28) la historia de José, uno de los doce hijos de Jacob (Israel). Esta narración tiene el propósito de explicar la procedencia de la tribu de José y el porqué de su preeminencia sobre las demás tribus. La historia nos presenta cómo la providencia divina hace que un acto, producto de la envidia y la maldad de los hermanos de José, desencadene una serie de eventos que culminan con la salvación del pueblo.

Así, al final de la narración, José dirá a sus hermanos: “El designio de Dios ha transformado en bien el mal que ustedes pensaron hacerme, a fin de cumplir lo que hoy se realiza: salvar la vida a un pueblo numeroso” (Gn 50,20).

Esta historia nos demuestra a nosotros cómo Dios muchas veces permite que nos sucedan cosas que nos hieren, nos causan daño, pero con el tiempo descubrimos que todo tenía un propósito. Alguien ha dicho que “Dios escribe derecho en renglones torcidos”.  Es en la prueba, en la mortificación, que nos purificamos, como el oro en el crisol: “Por eso, ustedes se regocijan a pesar de las diversas pruebas que deben sufrir momentáneamente: así, la fe de ustedes, una vez puesta a prueba, será mucho más valiosa que el oro perecedero purificado por el fuego, y se convertirá en motivo de alabanza, de gloria y de honor el día de la Revelación de Jesucristo” (1 Pe 1,6-7).

Los hermanos de José lo vendieron por veinte monedas, y al llevar a cabo ese acto detestable e inmoral, sin saberlo, estaban contribuyendo a realizar un episodio importante en la historia del pueblo de Israel y, de paso, al desarrollo de la historia de la salvación; esa que Yahvé tenía dispuesta desde el principio (Cfr. Gn 3,15).

Asimismo, cuando meditemos sobre la Pasión de Nuestro Señor durante la Semana Santa, veremos cómo Jesús también es vendido por treinta monedas de plata y posteriormente torturado y asesinado. Lo que aparenta ser una derrota, un fracaso estrepitoso, se convierte en el acto de amor más sublime en la historia de la humanidad, en la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte, dando paso a nuestra salvación. La “locura de la cruz”, que cuando la miramos desde la óptica de la fe se convierte en “fuerza de Dios” (Cfr. 1 Cor 1,18).

José, a quien sus hermanos desecharon, e incluso conspiraron para matar, se convirtió en la salvación de sus hermanos y de todo su pueblo. Asimismo Jesús, mediante su Misterio Pascual, se convirtió en la salvación para toda la humanidad, incluyendo los que no le aman.

“La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente” (Sal 118,22; Mt 21,42).

Durante este tiempo de Cuaresma, meditemos sobre el Misterio Pascual de Jesús y cómo Jesús, por amor, ofrendó su vida para el perdón de los pecados de toda la humanidad, los cometidos y por cometer. Los tuyos y los míos.

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia de hoy es la versión de Mateo de la parábola de los “labradores asesinos”. Para una reflexión sobre la versión de Marcos sobre la misma ver: http://delamanodemaria.com/?p=5482.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA TERCERA SEMANA DE ADVIENTO 14-12-21

“Un hombre tenía dos hijos…”

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para este martes de la tercera semana de Adviento (Mt 21,28-32), termina con una de esas sentencias “fuertes” de Jesús que nos estremecen: “En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis”. Y en el meollo de todo está la frase “le creyeron”. Como hemos repetido en tantas ocasiones, la fe implica, no solo “creer” en Jesús, sino “creerle” a Jesús, creer en su Palabra salvífica. Y ese creer en Jesús se manifiesta al poner en práctica, actuar acorde a esa Palabra, a dar TESTIMONIO. Es la culminación del proceso de conversión a que la Iglesia nos exhorta en este tiempo especial de Adviento.

La lectura nos presenta a dos hijos que escuchan las mismas palabras del padre. Uno le dice que no, pero luego recapacita y va a hacer lo que el padre le pidió. El otro se muestra “obediente” y le dice que sí, pero luego no lo hace. Con esta parábola Jesús está “retratando” a los sumos sacerdotes y ancianos, quienes daban “cumplimiento” (“cumplo” y “miento”) exterior a la Ley, ofreciendo toda clase de sacrificios y holocaustos, mientras en sus corazones se creían superiores a los demás y no practicaban la misericordia (“Porque yo quiero misericordia, no sacrificio…” – Os 6,6). ¿A cuántos de nosotros estará “retratando” Jesús?

En la primera lectura el profeta Sofonías (3,1-2.9-13) denuncia la incredulidad, la falta de fe y la soberbia del pueblo: ¡Ay de la ciudad rebelde, impura, tiránica! No ha escuchado la llamada, no ha aceptado la lección, no ha confiado en el Señor, no ha recurrido a su Dios”. Entonces anuncia que la Palabra de Dios será acogida por otros pueblos: “purificaré labios de los pueblos para que invoquen todos ellos el nombre del Señor y todos lo sirvan a una. Desde las orillas de los ríos de Cus mis adoradores, los deportados, traerán mi ofrenda”.

No obstante, el profeta suscita la esperanza de una restauración del pueblo de Israel en la persona de los humildes, de aquellos que confían en el Señor, los “pobres de espíritu”, los anawim, los “pobres de Yahvé” por quienes Jesús siempre mostró preferencia (Cfr. Bienaventuranzas): “Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor”.

De todos los atributos de Dios el que más sobresale es la Misericordia, producto de su Amor incondicional de Dios-Madre, que hace que nunca nos rechace cuando nos acercamos a Él con el corazón contrito y humillado (Sal 50,19), no importa cuán grande sea nuestro pecado. Y ese día habrá fiesta en la Casa del Padre (Lc 15,22-24).

Las lecturas de hoy nos invitan una vez más a la conversión. Si aún no te has reconciliado, todavía estás a tiempo. Recuerda, no importa tu pecado, Él te recibirá con el abrazo más tierno que hayas experimentado. “Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha…” (Sal 33).

REFLEXIÓN PARA EL TERCER DOMINGO DE ADVIENTO (C) 12-12-21

Se le llama a ese tercer domingo de Adviento Gaudete que literalmente quiere decir “alégrense”, o “regocíjense”.

La liturgia de hoy reboza de alegría; el tipo de alegría que se contagia. Comenzamos esta tercera semana de Adviento encendiendo la vela rosada como símbolo de alegría. Por eso se le llama a ese tercer domingo de Adviento Gaudete que literalmente quiere decir “alégrense”, o “regocíjense”. La primera lectura (So 3,14-18a), al igual que el Salmo (Is 12,2-3.4bed.5-6) y la segunda lectura (Fil 4,4-7), nos transmiten ese gozo. “Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén” (So 3,14).

El pasado domingo el Evangelio nos presentaba a Juan el Bautista predicar un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. En la lectura evangélica de hoy (Lc 3,10-18) Juan concretiza esa conversión en unas conductas específicas. Esto motivado por las preguntas: “¿Entonces, qué hacemos?” y “Maestro, ¿qué hacemos nosotros?”

Juan contestó la pregunta a la gente en términos generales: “El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo”. También a unos publicanos: “No exijáis más de lo establecido”. En ocasiones anteriores hemos dicho cómo los publicanos eran tal vez los judíos más odiados por el pueblo pues, tras de cobrar impuestos para el imperio opresor, cobraban otro tanto de más para ellos. Finalmente contesta la pregunta a unos militares: “No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie, sino contentaos con la paga”.

El pueblo intuía la llegada inminente de los tiempos mesiánicos tan esperados por el pueblo. La austeridad y la sabiduría de Juan los confunde y comienzan a preguntarse si no sería Juan el Mesías. La contestación de Juan no se hizo esperar: “Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”. Palabras poderosas y llenas de promesa, precedidas de una muestra de humildad absoluta que solo puede venir de un contacto, una relación estrecha con Dios que le hace reconocerlo en la persona de Jesús.

No podemos olvidar que Juan sintió la presencia del Espíritu con toda su fuerza cuando aún estaba en el vientre de su madre Isabel, al recibir la visita de la “llena de gracia”. Isabel fue la primera en recibir en su casa al Salvador, cuando este todavía se encontraba en el vientre de María. Y esa visita provocó que Isabel se llenara del Espíritu Santo (Lc 1, 41) y, con ella, la criatura que llevaba en su vientre. Estoy convencido que esa infusión de Espíritu marcó la vida de Juan para siempre con las virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo.

“No merezco desatarle la correa de sus sandalias”. En el mundo de la época desatar las sandalias era tarea de esclavos. Ante la presencia del Mesías, Juan reconoce su pequeñez, se declara sencillamente sin derechos. Durante su gestación en el vientre de Isabel, al recibir la visita de la “esclava del Señor” (Lc 1,38), Juan se “contagió” de la gracia de María, esa gracia que nos hace comprender que la verdadera libertad, la verdadera grandeza, está en hacerse “esclavo” del Señor.

Y desde ese momento Juan comenzó a vivir su Adviento. Adviento que culminaría al bautizar a Jesús en el Jordán y serle revelado por el Espíritu que ese era el Hijo de Dios, lo que le hizo exclamar lleno de júbilo ante todos al encontrase más tarde con Jesús: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1,24-34).

Y tú, ¿te has encontrado con Jesús? ¿Estás dispuesto a confesar tu fe en Él ante todos como lo hizo Juan? Todavía nos quedan trece días para el nacimiento del Niño Dios en el pesebre, en nuestros corazones. Aún estamos a tiempo para “preparar el camino del Señor, allanar sus senderos” (Lc 3, 4), y recibirle con los brazos abiertos. Anda, ¡anímate!… ¡alégrate! Él está esperando.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA TRIGÉSIMA TERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 15-11-21

“¡Hijo de David, ten compasión de mí!”.

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Lc 18, 35-43) nos presenta un ejemplo lo que es la perseverancia en la fe. El pasado sábado leímos el pasaje del “juez inicuo” (Lc 18,1-8). En aquella parábola encontrábamos a una viuda que recurría ante un juez para pedirle que le hiciera justicia frente a su adversario. Y aunque el juez “ni temía a Dios ni le importaban los hombres”, fue tanta la insistencia de la viuda que el juez terminó haciéndole justicia con tal de salir de ella: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara”.

En el pasaje de hoy leemos que cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino, pidiendo limosna, y al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le explicaron: “Pasa Jesús Nazareno”. Para ese tiempo la fama de Jesús se había extendido por toda Palestina, así que aquél hombre de seguro había oído hablar de Jesús y cómo este expulsaba demonios y curaba a los enfermos.

“¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”, le grita el ciego a Jesús, aunque no puede verlo. El ejemplo perfecto de un acto de fe. Mas cuando le regañan y le piden que calle, él no se rinde. Continúa gritando con más fuerza: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”. El ejemplo perfecto de perseverancia en la fe. Y Jesús, conmovido por la perseverancia de aquel ciego (que el paralelo de Marcos nos dice que se llamaba Bartimeo), pidió que se lo acercaran y le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?” “Señor, que vea otra vez”, contestó el ciego. A lo que Jesús le responde: “Recobra la vista, tu fe te ha curado” (otras versiones dicen “tu fe te ha ‘salvado’”). De nuevo el ingrediente indispensable para los milagros: la fe. “Todo lo que pidan con fe, lo alcanzarán” (Mt 21,22); “Cuando pidan algo en la oración, crean que ya tienen y lo conseguirán” (Mc 11,24).

Aquél hombre no tenía visión en sus ojos, pero supo “ver” a Jesús con su alma y reconoció en Él al Hijo de Dios. A veces nosotros nos apantallamos con todas las imágenes que bombardean nuestra visión física y eso nos impide ver a Jesús aunque lo tengamos de frente. ¡Cuántas veces se nos presenta como un mendigo, o un enfermo, un inmigrante “indocumentado”, o un preso (Cfr. Mt 25,31 ss.) y no lo reconocemos! Y perdemos la oportunidad de nuestras vidas…

“¡Hijo de David, ten compasión de mí!”… Un grito que sale de lo más profundo de un hombre condenado a vivir en las tinieblas; el mismo que brota de los labios del creyente cuando está sumido en las tinieblas del pecado. “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”… Un grito de dolor, pero no de desesperanza. Por el contrario, es un grito de esperanza producto de la fe. Es el grito de un hombre que cree en Jesús y cree que Él puede sanarle; es decir, le cree a Jesús. El modelo prefecto de fe. Y esa fe le obtuvo la salvación.

Señor yo creo, pero aumenta mi fe…

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA TRIGÉSIMA SEMANA DEL T.O. (1) 27-10-21


‘Señor, ábrenos’; y él os replicará: ‘No sé quiénes sois’…

En el Evangelio de hoy Lucas nos muestra la imagen de Jesús típica de él: como predicador itinerante, recorriendo ciudades y aldeas enseñando (Lc 13,22-30). En este pasaje encontramos a “uno” de los que le escuchaba preguntarle: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?”. De nuevo alguien anónimo; tú o yo. La pregunta no es la correcta, pues la preocupación no debe ser “cuántos” se van a salvar, sino cómo, qué hay que hacer para salvarse.

Y en el estilo típico de Jesús, opta por no contestar directamente la pregunta, sino hacerlo a través de una parábola: “Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: ‘Señor, ábrenos’; y él os replicará: ‘No sé quiénes sois’. Entonces comenzaréis a decir: ‘Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas’. Pero él os replicará: ‘No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados’… Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos”.

El que le formula la pregunta, uno de los que le seguía, parece partir de la premisa que él pertenece al número de los “escogidos”. Eso nos pasa a muchos de los que nos sentamos a su mesa (recibimos la Eucaristía) y estamos presentes cuando “enseña en nuestras plazas” (la liturgia de la Palabra); creemos que por eso ya estamos salvados. El problema es que no sabemos cuándo va a llegar el Amo de la casa y cerrar la puerta. En ese momento, ¿estaremos adentro (en gracia), o estaremos afuera (en pecado)?

Está claro que la salvación no va a depender de a qué religión “pertenecemos”, ni a cuántas misas hemos asistido, ni cuántos sacramentos hemos recibido. Muchos de los llamados “pecadores” pueden experimentar una verdadera conversión a última hora y esos estarán “adentro” cuando se cierren las puertas (Cfr. Lc 23,40-43). Y muchos de los que se “sientan a la mesa” a menudo, y van y vienen se quedarán afuera cuando el Amo “cierre las puertas”. Como nos dice el mismo Jesús en el Evangelio según san Mateo: “No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: ¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!” (Mt 7,21-23).

No se trata de “creer” en Jesús, se trata de “creerle”. Y si le creemos, no nos limitaremos a esa mera profesión de fe; le seguiremos y actuaremos acorde a sus enseñanzas, “haremos la voluntad del Padre celestial”. Se trata de unir la fe a las obras (St 2,14-26). Y el secreto para lograrlo es uno: vivir el Amor de Dios; amarlo y amar a los demás como Él nos ama (Jn 13,34).

Hoy, pidamos al Señor el don de la perseverancia en la fe y las obras.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DUODÉCIMA SEMANA DEL T.O. (1) 25-06-21

Entonces Jesús le dijo: “Quiero, queda limpio”. Su fe le había curado…

La primera lectura que nos ofrece la liturgia hoy (Gn 17,1.9-10.15-22) continúa narrando la historia de Abrán y la Alianza. El pasaje nos presenta el momento en que se sella definitivamente la Alianza entre Dios y Abrán, y su descendencia: “Tú guarda mi pacto, que hago contigo y tus descendientes por generaciones. Éste es el pacto que hago con vosotros y con tus descendientes y que habéis de guardar: circuncidad a todos vuestros varones”.

En la antigüedad toda alianza se sellaba con un signo que servía para recordar las obligaciones que se contraían por la misma. En este caso, como la Alianza iba a ser transmitida por herencia de la carne (“con vosotros y con tus descendientes”), Yahvé escogió un signo carnal: la circuncisión.

La lectura evangélica (Mt 8,1-4) nos presenta el primero de una serie de milagros de Jesús después de su discurso evangélico, que convierten en acción lo que ha expresado en su enseñanza. Y para ello Mateo escoge la narración de la curación de un leproso. Este hecho es significativo pues, como hemos señalado en otras ocasiones, Mateo escribe su relato evangélico para los judíos de Palestina convertidos al cristianismo. Para los judíos la lepra era la más catastrófica de todas las enfermedades, pues no solamente iba carcomiendo lentamente a la persona, sino que la tornaba “impura” (por lo que le estaba prohibido tocarle, ni él podía tocar a nadie), lo que le impedía participar del culto y le excluía de toda convivencia social. Para evitar el contacto con la gente, tenía que llevar la ropa rasgada, desgreñada la cabeza, taparse “hasta el bigote”, e ir gritando: “¡Impuro, impuro!” (Lv 13,45). De hecho, se creía que la lepra era resultado del pecado.

A pesar de eso, el leproso se atreve a acercarse a Jesús (un caso parecido, aunque más dramático que el de la mujer hemorroísa – Mc 5,25-34). Y en un acto de fe, se arrodilla ante Jesús y le dice: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. No le está pidiendo un “favor”. Dice “si quieres, puedes”, es decir, reconoce que para Jesús TODO es posible… también reconoce que no depende de él, sino de la voluntad de Dios, y está dispuesto a acatarla…

La respuesta de Jesús es tan inesperada como la osadía de aquél hombre. Convirtiendo en obra su predicación sobre la primacía del amor, “extendió la mano y lo tocó”. Algo impensado para un judío, pues la Ley declaraba también impuro al que tocara a un leproso. La compasión, el amor, por encima de todo. Ese acto sencillo de parte de Jesús le devolvió la dignidad a aquel hombre que había sido marginado de la sociedad.

Trato de imaginar cómo se sintió ante el toque tibio de la mano amorosa de Jesús al posarse sobre sus llagas… ¡Cuánto tiempo haría que su piel no sentía el contacto con otro ser humano! Entonces Jesús le dijo: “Quiero, queda limpio”. Su fe le había curado.

Y para demostrar que Él no había venido a abolir la Ley sino a darle plenitud, mandó al hombre a presentarse al sacerdote para que le declarara limpio de la lepra, según mandaba la Ley (Lv 14).

Señor, a veces mi alma está carcomida por el pecado, como la carne del leproso. Hoy me arrodillo ante ti y te digo: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”.