REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA DECIMOSEXTA SEMANA DEL T.O. (1) 23-07-19

Como primera lectura para hoy la liturgia nos presenta la narración del hecho que sella definitivamente la liberación del pueblo judío de la esclavitud en Egipto: el cruce del Mar Rojo, la culminación de la Pascua, y el comienzo de la marcha a través del desierto (Ex 14,21-15,1).

Este es un hecho salvífico tan importante, que marcó un hito en la historia y la fe del pueblo de Israel, y en nuestra propia fe, al punto de que tanto judíos como cristianos estamos convencidos que aquella noche Yahvé salvó a los israelitas de la esclavitud en Egipto. Así lo proclamamos en el pregón pascual que cantamos la noche de la Vigilia Pascual: “Ésta es la noche en que sacaste de Egipto a los israelitas, nuestros padres, y les hiciste pasar a pie el Mar Rojo”.

El mismo pregón nos recuerda, que al igual que en aquella primera noche de Pascua Yahvé libró a su pueblo elegido de la esclavitud en Egipto, Jesús, con su Pascua, nos liberó a nosotros, el nuevo pueblo de Dios, del pecado y de la muerte: “Esta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo”. Y más adelante añade: “Esta es la noche en la que, por toda la tierra, los que confiesan su fe en Cristo son arrancados de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado, son restituidos a la gracia y agregados a los santos”.

Finalmente, la oración que sigue a la tercera lectura de la Vigilia, nos dice: “el Mar Rojo fue imagen de la fuente bautismal, y el pueblo liberado de la esclavitud, imagen de la familia cristiana”. Esta oración nos sirve de introducción a la lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy, el pasaje conocido como “la verdadera familia de Jesús” (Mt 12,46-50):

“Todavía estaba hablando a la multitud, cuando su madre y sus hermanos, que estaban afuera, trataban de hablar con él. Alguien le dijo: ‘Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren hablarte’. Jesús le respondió: ‘¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?’. Y señalando con la mano a sus discípulos, agregó: ‘Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre’”.

“Todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Con esta aseveración Jesús destaca que aún su propia madre es más madre de Él por hacer la voluntad del Padre que por haberle parido. Más aun, nos está ofreciendo a todos el calor y la intimidad de una familia. Esta postura es cónsona con su predicación del Amor como fundamento de la nueva Ley. Ya no se trata de un Dios distante (relación vertical), inalcanzable, a quien debemos someternos. Con Jesús hemos pasado a formar parte de la “familia divina”, en la que todos somos hermanos y hermanas en Cristo Jesús (relación horizontal) y adquirimos el carácter de hijos del Padre.

¿Te interesa pertenecer a la familia de Jesús? “Todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA DECIMOQUINTA SEMANA DEL T.O. (1) 20-07-19

“…el pábilo vacilante no lo apagará”.

“La estancia de los israelitas en Egipto duró cuatrocientos treinta años. Cumplidos los cuatrocientos treinta años, el mismo día, salieron de Egipto las legiones del Señor. Noche en que veló el Señor para sacarlos de Egipto: noche de vela para los israelitas por todas las generaciones”. Así concluye la primera lectura de hoy (Ex 12,37-42). Esa noche fue de vigilia para el pueblo judío. La noche de su liberación. Asimismo la vigilia pascual será para nosotros la noche de nuestra liberación de las cadenas de la muerte que nos habían mantenido esclavizados. ¡Jesús vive! Y con su resurrección nos abrió el camino a la vida eterna.

La lectura evangélica (Mt 12, 14-21) es secuela del que leíamos ayer sobre las espigas arrancadas en sábado por los discípulos de Jesús. Recordaremos que al final del pasaje Jesús se había proclamado “Señor del sábado” ante la rabia de los fariseos. Pero lo que colmó la copa fue que de allí se fue a la sinagoga y curó a un hombre que tenía la mano paralizada. Es decir “violó” el sábado haciendo una curación, y ¡en plena sinagoga! (12,9-13). A pesar de las explicaciones de Jesús a los efectos de que es lícito hacer el bien a un ser humano incluso en sábado, los fariseos comienzan a tramar la forma de eliminarle. Jesús se marcha inmediatamente y continúa curando enfermos y expulsando demonios, pidiendo a todos que no revelaran su paradero.

Aunque Marcos narra también el episodio de la partida de Jesús de forma bien abreviada (Mc 1,35-39), Mateo lo narra con mayor detalle, enfatizando la curación en la sinagoga en sábado, y citando al profeta Isaías (Is 42,1-4). Recordemos que Mateo escribe su evangelio para los judíos de Palestina convertidos al cristianismo, con el propósito de probar que Jesús es el Mesías esperado, ya que el Él se cumplen todas las profecías del Antiguo Testamento. De ahí que preceda la cita de Isaías con la frase “así se cumplió lo que dijo el profeta”, frase que Mateo repite en numerosas ocasiones a lo largo de su relato evangélico.

“No porfiará, no gritará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará”, nos dice la profecía de Isaías citada por Mateo. De esta manera el evangelista justifica la “huida” de Jesús. Nos está diciendo que Jesús no se escondió por miedo ni cobardía, ni por sentirse fracasado. En la huida de Jesús vemos el cumplimiento de la profecía. El Mesías vino a implantar el derecho y la justicia, pero no con espadas ni con ejércitos, sino desde la debilidad. La “revolución” que Jesús vino a traer es una que se da en el interior de las personas, no en las instituciones de su época. Por eso a Dios le encanta usar a los débiles (Cfr. 2 Cor 12,9; 13,4); así manifiesta su gloria para que todos crean.

Todos tenemos nuestras debilidades y defectos. Aun así Dios nos está llamando a servirle. No miremos nuestra pequeñez, nuestra debilidad; miremos su Poder. Una vez más te invito a decir con María: “Hágase en mí según tu Palabra”.

Que pasen un hermoso fin de semana en la PAZ del Señor, sin olvidarse de dar una vueltita por la Casa del Padre para decirle: “Aquí estoy; dime Señor qué quieres de mí”.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DECIMOQUINTA SEMANA DEL T.O. (1) 19-07-19

La primera lectura de hoy (Ex 11,10-12.14) nos narra la institución de la cena pascual, tal y como la celebran todavía hoy los judíos. Esta cena se celebra en la antesala del hecho liberador más significativo en la historia del pueblo judío, la salida de Egipto de vuelta a la tierra de donde habían salido en tiempos de José. Comienza el éxodo.

Este es uno de esos eventos que, por ser obra de Dios, se convirtió en “memorial” (zikkaron) para el pueblo judío. De hecho, la Mishná dispone que, al celebrar la Pascua, cada judío se considera que él mismo (no sus antepasados) fue liberado de la esclavitud en Egipto. Jesús, que era judío y celebró muchas cenas pascuales, echó mano de ese concepto de zikkaron al instituir la Eucaristía en la última cena, que se da en el contexto de la cena pascual, e instituyó el pan y el vino como zikkaron de su Pasión: “Haced esto en memoria mía”.

En el pasaje que nos presenta el relato evangélico de hoy (Mt 12,1-8), vemos cómo los fariseos, movidos por la rabia, producto de la envidia y el temor que les produce el mensaje de Jesús, acusan a sus discípulos de violar el “sábado”, que más que una ley o un precepto, se había convertido en una pesada carga que ni los mismos sacerdotes y fariseos estaban dispuestos a llevar (Mt 23,4; Lc 11,46). Hacen lo que nosotros mismos hacemos muchas veces cuando queremos criticar a alguien: nos ponemos en vela a esperar el más mínimo “resbalón” para levantar el dedo acusador. Miramos la paja en el ojo ajeno y no vemos la viga en el nuestro (Lc 6,41).

Debemos recordar que la prohibición de arrancar espigas en sábado no es una prescripción de la ley propiamente, sino una de esas reglas creadas por los fariseos y contenidas en la Mitzvá, que enumera las actividades “prohibidas” en sábado.

Ya anteriormente, cuando los discípulos de Juan le cuestionaron a Jesús por qué ellos y los fariseos ayunaban y sus discípulos no lo hacían, Él les había contestado: “¿Pueden acaso los invitados de la boda ponerse tristes mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán” (Mt 9,15). En la versión de este pasaje en Marcos, Jesús añade: “El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2,27). Esta última frase cobra sentido con la aseveración de Jesús: “Si comprendierais lo que significa ‘quiero misericordia y no sacrificio’, no condenaríais a los que no tienen culpa”.

Jesús está siendo consistente con su sermón de la montaña, con la nueva “Ley del amor” recogida en las Bienaventuranzas (Mt 5); por eso se declara “Señor del sábado”. Las reglas del sábado, producto de los hombres, tienen que ceder ante las necesidades y obligaciones que nacen del Amor, que es la esencia misma de Dios.

Por eso, cuando nos acerquemos a servir a Dios, tengamos presente que el servicio de Dios no puede contradecir el amor y la misericordia que tenemos que mostrar a nuestro prójimo: “Lo que hiciereis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hacéis” (Mt 25,40).

Eso es lo hermoso del evangelio; podrá haber algunas inconsistencias en las narraciones, según cada evangelista, pero el mensaje de Jesús es consistente, es la Verdad que nos conduce al Padre.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA DECIMOQUINTA SEMANA DEL T.O. (1) 17-07-19

La primera lectura de hoy (Ex 3,1-6.9-12) nos presenta el comienzo del episodio de la zarza ardiendo. Este es el pasaje en que Yahvé escogió a Moisés para liberar a su pueblo de la esclavitud que estaba sufriendo a manos de los egipcios. Esa misión de Moisés comenzó como todas (incluyendo la tuya y la mía), con el llamado: “Moisés. Moisés”. Moisés le respondió: “Aquí estoy”.

Moisés escuchó la Palabra de Dios y se mostró receptivo a la misma. Entonces Dios le reveló la misión que tenía para él: “Y ahora marcha, te envío al Faraón para que saques a mi pueblo, a los israelitas”. El envío. Y ante la incertidumbre de Moisés sobre su capacidad para llevar a cabo la misión, la promesa: “Yo estoy contigo”. Dios nunca abandona a los que escoge y envía. En la primera lectura de mañana le revelará Su nombre.

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia de hoy (Mt 11,25-27) contiene una de mis frases favoritas de Jesús: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor”.

Jesús parece referirse a los “sabios” y “entendidos” de su tiempo (los escribas, fariseos, sacerdotes, doctores de la ley), quienes cegados por su conocimiento de la Ley creían saberlo todo. Por eso eran incapaces de asimilar el mensaje sencillo pero profundo de Jesús. “Yo les aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él” (Mc 10,13).

Jesús nos pide que nos hagamos como niños, para que podamos conocer y reconocer al “Abba” que Él nos presenta: “nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. Por eso escogió sus discípulos de entre la gente sencilla, creyentes que no estaban “contaminados” por el ritualismo y legalismo excesivo de los sacerdotes y fariseos. Escogió la tierra buena sobre la que estaba llena de abrojos (Mt 13,1-9; Mc 4,1-9; Lc 8,4-8).

Dios no es fácil de alcanzar, nadie lo ha visto nunca. Por eso nos envió a su Hijo, quien sí le conoce, para que Él nos de a conocer al Padre. Para conocer al Padre tememos que reconocer nuestra incapacidad de conocerlo por nosotros mismos. Jesús nos ofrece la oportunidad de conocerle a Él a través de su Palabra, y a través de Él al Padre. Parece un trabalenguas, pero el mensaje es sencillo, como aquellos a quienes va dirigido: Él es el “Camino” que nos conduce al Padre; y quien le conoce a Él conoce al Padre (Jn 14,6-7).

Jesús nos ha llamado a cada cual por su nombre y nos ha encomendado una misión que tenía pensada para cada uno de nosotros desde antes que fuésemos concebidos, desde siempre, desde la eternidad. Si nos apartamos del bullicio y el ruido del mundo, como lo estaba Moisés en la primera lectura, podremos escuchar la voz de Dios que nos llama por nuestro nombre. Lo único que tenemos que decir es: “Aquí estoy”, como lo hizo Moisés; o como Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam 3,10).

Y tú, ¿qué le vas a contestar?

REFLEXIÓN PARA EL PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO (C) 02-12-18

Hoy comienza un nuevo año litúrgico. Las lecturas para este primer domingo de Adviento siempre nos remiten a la espera de segunda venida del Señor, la parusía. Por eso las lecturas nos exhortan a estar vigilantes.

De ahí que la palabra clave para este primer domingo de Adviento es VIGILANCIA. Por eso, tanto las lecturas como la predicación son una invitación que se resume en las palabras con las que concluye el Evangelio para hoy (Lc 21,25-28.34-36) en las cuales Jesús, utilizando lenguaje tomado de la profecía de Daniel (7,13-14), advierte a sus discípulos: “Entonces, verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación”. Esta semana encenderemos la primera vela de la corona de Adviento, color morada, como signo de vigilancia.

En este pasaje Jesús utiliza imágenes de los cataclismos que el pueblo judío asociaba con el final de los tiempos, conmociones cósmicas que se relacionan con la manifestación del poder de Dios (Cfr. Is 13,10; 34,4 etc.): “Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y del oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad, ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros temblarán”.

En la segunda lectura, tomada de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses (3,12–4,2), el apóstol nos recuerda que tenemos que mantenernos vigilantes y firmes hasta esa segunda venida, y nos instruye a mantenernos “santos e irreprensibles” para enfrentar el juicio que ha de venir: “[p]ara que, cuando Jesús nuestro Señor vuelva acompañado de todos sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios nuestro padre. Para terminar, hermanos, por Cristo Jesús os rogamos y exhortamos: habéis aprendido de nosotros como proceder para agradar a Dios: pues proceded así y seguid adelante. Ya conocéis las instrucciones que os dimos en nombre del Señor Jesús”.

Siempre que pensamos en esa “segunda venida” de Jesús, vienen a nuestras mentes esas imágenes apocalípticas del fin de mundo, del “final de los tiempos”. Pero lo cierto es que ese encuentro definitivo con Jesús y el Padre puede ser en cualquier momento para cada uno de nosotros; al final de nuestra vida terrena, cuando enfrentemos nuestro juicio particular.

El Señor ha dado a cada uno de nosotros unos dones, unos carismas, y nos ha encomendado una tarea. Si el Señor llegara “inesperadamente” esta noche en mi sueño (¡cuántos no despertarán mañana!), ¿qué cuentas le voy a dar sobre la “tarea” que me encomendó? De ahí la exhortación a estar vigilantes y con nuestra “tarea” al día teniendo presente que, si la encontramos difícil, tan solo tenemos que recordar las palabras de Isaías: “Señor, tú eres nuestro Padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano”.

Estamos comenzando el Adviento. Tiempo de anticipación, de conversión, de vigilante espera para el nacimiento del Niño Dios en nuestros corazones. Anda, reconcíliate con Él y con tus hermanos, ¡no vaya a ser que llegue y te encuentre dormido! (Cfr. Mc 13,36).

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA TRIGÉSIMO CUARTA SEMANA DEL T.O. (2) 29-11-18

En el Evangelio que nos propone la liturgia de hoy (Lc 21,20-28), Jesús continúa su discurso escatológico, con una expresión más marcada del género apocalíptico. Continúa también refiriéndose a la destrucción de Jerusalén y del Templo: “Cuando veáis a Jerusalén sitiada por ejércitos, sabed que está cerca su destrucción. Entonces, los que estén en Judea, que huyan a la sierra; los que estén en la ciudad, que se alejen; los que estén en el campo, que no entren en la ciudad; porque serán días de venganza en que se cumplirá todo lo que está escrito”. Al mismo tiempo parece referirse al final de los tiempos, al día del juicio, en un lenguaje que nos evoca el libro del Apocalipsis: “Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros se tambalearán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación”.

La caída de Jerusalén, y del Templo, acaecida el 17 de julio del año 70, marcó el fin de una era; fue, al igual que la destrucción del primer Templo de Jerusalén en el año 586 a.C., un fuerte golpe para el pueblo judío, tanto a nivel político como religioso. A partir de esa fecha, no se ha vuelto a ofrecer sacrificios en el Templo de Jerusalén, hasta el día de hoy. Jesús les advierte a sus seguidores que se mantengan alejados de la ciudad: “los que estén en Judea, que huyan a la sierra; los que estén en la ciudad, que se alejen; los que estén en el campo, que no entren en la ciudad; porque serán días de venganza en que se cumplirá todo lo que está escrito”.

Pero Jesús advierte también que ese no es el final todavía, pues “a los gentiles les llegará su hora”. Algunos exégetas ven en este lenguaje una referencia al tiempo en que los paganos serían evangelizados y convertidos, tal como lo anheló Pablo en Rm 11,26-27: “De Sión vendrá el Libertador. Él apartará la impiedad de Jacob. Y esta será mi alianza con ellos, cuando los purifique de sus pecados”.

En la segunda parte, la que parece referirse al final de los tiempos, Jesús enfatiza que para los creyentes, los seguidores de Jesús, ese final, a pesar de todos los cataclismos que se mencionan, será un día de júbilo, pues “entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación.” Un canto de victoria, un grito de liberación en medio del caos; la entrada en la Jerusalén celestial, que los que alcen la cabeza verán bajar del cielo vestida de novia (Ap 21).

No podemos perder de vista que el género apocalíptico habla en un lenguaje simbólico que no debemos tomar al pie de la letra. No podemos perder el sueño pensando en grandes cataclismos con las estrellas tambaleándose (cosa reñida con las leyes astrofísicas creadas por el mismo Dios). De lo que no hay duda es que el Hijo vendrá con gloria para concretizar el Reino para toda la eternidad. La pregunta obligada es: ¿Seremos contados en el número de los elegidos? De nosotros depende…

REFLEXIÓN PARA EL PRIMER DOMINGO DE CUARESMA (B) 18-02-18

Hoy es el primer domingo de Cuaresma, ese tiempo especial durante el año en que la Iglesia nos invita a nosotros, los pecadores, a la conversión, a reconciliarnos con Él.

Nuestra débil naturaleza humana, esa inclinación al pecado que llaman concupiscencia, nos hace sucumbir ante la tentación. Jesús experimentó en carne propia la tentación. Ni Él, que es Dios, se vio libre de ella; su naturaleza humana sintió el aguijón de la tentación. Pero logró vencerla. Y nos mostró la forma de hacerlo: la oración y el ayuno (Mt 4,1-11; Lc 4,1-13). De paso, en un acto de misericordia, nos dejó el sacramento de la reconciliación para darnos una y otra oportunidad de estar en comunión plena con el Dios uno y trino.

La lectura evangélica de hoy (Mc 1,12-15) nos presenta la versión más corta de las tentaciones en el desierto, unida a un llamado de conversión: “En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: ‘Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio’”.

En el lenguaje bíblico el desierto es lugar de tentación, y el número cuarenta es también simbólico, un tiempo largo e indeterminado, tiempo de purificación; “cuaresma”. Así, vemos en la Cuaresma el tiempo de liberación del “desierto” de nuestras vidas, hacia la libertad que solo puede brindarnos el amor incondicional de Jesús, que quedará manifestado al final de la Cuaresma con su Misterio Pascual, su muerte y resurrección.

La versión de Lucas de este pasaje nos dice que luego de tentar a Jesús el demonio se marchó “hasta otra ocasión”. Así mismo se comporta con nosotros. Nunca se da por vencido. No bien hemos vencido la tentación, cuando ya el maligno está buscando la forma de tentarnos nuevamente, “como un león rugiente” (Cfr. 1 Pe 5,8), pendiente al primer momento de debilidad para atacar. De ahí el llamado constante a la conversión.

La segunda lectura (1 Pe 3,18-22), haciendo referencia a la primera (Gn 9,8-15), en la cual Dios establece una alianza con Noé y los suyos salvándolos del diluvio, nos la presenta como “un símbolo del bautismo que actualmente os salva: que no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en impetrar de Dios una conciencia pura, por la resurrección de Jesucristo, que llegó al cielo, se le sometieron ángeles, autoridades y poderes, y está a la derecha de Dios”.

Tiempo de cuaresma, tiempo de conversión, tiempo de penitencia. Durante este tiempo la liturgia nos invita a tornarnos hacia Él con confianza para decirle: “Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador” (Sal 24).

Apenas comienza la Cuaresma. El Rey nos invita al banquete bodas de su Hijo, pero tenemos que ir con traje de fiesta (Cfr. Mt 22,12-13). Todavía estamos a tiempo… ¡Reconcíliate!

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA DECIMOQUINTA SEMANA DEL T.O. (1) 13-07-15

cargue con su cruz y me siga

La primera lectura que nos brinda la liturgia para hoy (Ex 1,8-14.22) continúa narrando la historia de los descendientes de Jacob en Egipto, y cómo el pueblo de Israel se multiplicó, según lo había prometido Yahvé a Abraham; promesa que luego había repetido a Jacob. Han pasado cuatrocientos años desde la llegada de los israelitas a Egipto bajo la protección de José, episodio que también puso fin a la llamada era de los “patriarcas”.

Durante las próximas tres semanas exploraremos la historia de la esclavitud en Egipto, y cómo Dios se compadece de su pueblo y decide intervenir en la historia para suscitar la liberación de su pueblo bajo el liderato de Moisés, quien los conducirá a la libertad y de vuelta a la tierra prometida a través del desierto, en donde establecerá la Alianza del Sinaí. Esta historia es bien importante porque nos presenta los orígenes de la Ley que regirá al pueblo judío por el resto de su historia. Esa historia y esa Ley (llevada a la plenitud por Jesús con el mandamiento del Amor) también conforman la base nuestra fe cristiana.

La lectura evangélica (Mt 10,34-11,1) nos presenta la conclusión del “discurso apostólico”, o de envío de los “doce”, antes de partir por su cuenta a “enseñar y predicar en sus ciudades”.

Jesús quiere asegurarse que los apóstoles tienen plena consciencia del compromiso que implica el aceptar la misión, y lo difícil, conflictiva y peligrosa que va a ser la misma. Ha utilizado toda clase de ejemplos y alegorías, pero antes de concluir, por si no han entendido el alcance de sus palabras, les habla en lenguaje más duro: “No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz; no he venido a sembrar paz, sino espadas. He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa”.

Así es el mensaje de Jesús, conflictivo. Él no admite términos medios; nos quiere “calientes” o “fríos”, porque los “tibios” no tienen cabida en el Reino (Cfr. Ap 3, 15-16). Ya lo había dicho el anciano Simeón cuando llevaron al Niño a presentar al Templo: “Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción” (Lc 2,34).

Para enfatizar la radicalidad en el seguimiento que espera de los apóstoles, Jesús lo contrapone a uno de los deberes más sagrados del pueblo judío y del nuestro el amor paterno y el amor filial: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí”. Jesús utiliza, como lo hace en otras ocasiones, el recurso de la hipérbole con un fin pedagógico. No es que esté renegando de las enseñanzas de los mandamientos y la ley del amor contendida en las bienaventuranzas. Nos está diciendo que el que acepta continuar Su misión, tiene que estar dispuesto a, si llega momento, renunciar a todo lo que sea un obstáculo para la misma, aún las cosas que son más importantes en nuestras vidas.

¡Ay de aquellos que se dejan seducir por los cantos de sirena de las “iglesias de la prosperidad”! Esos no son verdaderos discípulos de Cristo.

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO 24-11-13

corona cristo rey

Hoy es el trigésimo cuarto del Tiempo Ordinario, Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo; solemnidad que marca el fin de Tiempo Ordinario y nos dispone a comenzar ese tiempo litúrgico tan especial del Adviento.

La solemnidad de Cristo Rey fue instaurada por el Papa Pío XI el 11 de diciembre de 1925. Quería el Papa motivar a los católicos a reconocer públicamente que la cabeza de la Iglesia es Cristo Rey. Posteriormente, se movió al último domingo del tiempo ordinario para resaltar la importancia de Cristo como centro de toda la historia universal, colocándola entre un ciclo litúrgico y otro.

Todas las lecturas que nos propone la liturgia para hoy (2 Sam 5,1-3; Sal 121,1-2.4-5; Col 1,12-20; y Lc 23,35-43) nos apuntan al señorío y reinado de Jesús, con un sabor escatológico, es decir, a esa segunda venida de Jesús que marcará el fin de los tiempos y la culminación de su Reino por toda la eternidad.

La primera lectura, tomada del segundo libro de Samuel, nos presenta la unción de David como rey de Israel: “Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel”. Siglos más tarde, en el momento de Anunciación, el ángel dirá a la Virgen María: “Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”. Jesús es el último rey de la estirpe de David, y su reino, que ya ha comenzado, no tendrá fin.

En la segunda lectura, tomada de la carta a los Colosenses, san Pablo nos reitera el señorío de Jesucristo: “Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz”.

De ambas lecturas surge claramente que el Reinado de Jesús no se rige por las normas de los reinos terrenales. Un reino que “no tiene fin”, es eterno, y en vez de convertirnos en súbditos, nos libera, según queda patente en el pasaje evangélico que contemplamos hoy, cuando el “buen ladrón” reconoce el señorío de Jesús al decirle: “acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”, y Jesús lo reitera cuando le contesta: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso”.

El Reino de Jesucristo no es de este mundo, pero se inicia y se va germinando en este mundo, y alcanzará su plenitud definitiva al final de los tiempos, cuando el demonio, el pecado, el dolor y la muerte hayan sido erradicados para siempre. Entonces contemplaremos su rostro y llevaremos su nombre en la frente, y reinaremos junto al Él por los siglos de los siglos (Cfr. Ap 22,4-5). ¡Qué promesa!

Recuerda visitar la Casa de nuestro Rey; Él mismo vendrá a tu encuentro.