Papa Francisco: Allí donde está la Virgen no entra el diablo

“Allí donde la Virgen habita, el diablo no entra en esa casa”, afirmó el Papa Francisco en la Misa que presidió en la Basílica de Santa María La Mayor en Roma.

Así lo indicó el Santo Padre en la Eucaristía que presidió el domingo 28 de enero por la fiesta de la traslación de la Salus Populi Romani, el icono mariano ante el cual reza antes y después de cada uno de sus viajes internacionales.

En su homilía, el Papa resaltó que “la Madre custodia la fe, protege las relaciones, salva en la intemperie y preserva del mal. Allí donde la Virgen habita, el diablo no entra en esa casa. Donde está la Madre, la perturbación no prevalece, el miedo no vence”.

Reflexionando sobre la conocida oración “Bajo tu amparo”, el Pontífice exhortó a acudir a la Virgen en los momentos de peligro. “En los momentos turbulentos necesitamos acogernos bajo el manto de la Santa Madre de Dios” que “siempre permanece abierto para acogernos y protegernos”.

“La Virgen no se retrasa, lleva rápidamente hasta Jesús las necesidades concretas de la gente, como en las Bodas de Caná: ‘No tienen vino’. Así hace cada vez que la invocamos: cuando nos falta la esperanza, cuando nos falta la alegría, cuando se nos han agotado las fuerzas, cuando se apaga la estrella de la vida, la Madre interviene”.

María, continuó Francisco, “permanece atenta a las fatigas, sensible a las turbulencias, cercana al corazón. Y nunca, nunca desprecia nuestras oraciones, no deja ninguna atrás. Es Madre, no se avergüenza nunca de nosotros, sólo se preocupa de poder ayudar a sus hijos”.

El Papa resaltó que “si no la seguimos, vamos fuera del camino, porque es una señal de la vida espiritual. ¿Quién mejor que ella puede acompañarnos en el camino?”.

Tomado de: https://www.aciprensa.com/noticias/papa-francisco-alli-donde-esta-la-virgen-no-entra-el-diablo-91693

Papa Francisco confirma que canonizará a pastorcitos de Fátima el 13 de mayo

VATICANO, 20 Abr. 17 / 04:12 am (ACI).- Los hermanos Jacinta y Francisco Marto, los pastorcitos de Fátima que junto con su prima Lucía fueron testigos de las apariciones de la Virgen en Portugal en 1917, serán canonizados el próximo 13 de mayo.

Así lo confirmó el Papa Francisco durante el Consistorio Ordinario Público para la Canonización de los Beatos, que tuvo lugar en el Vaticano. El Pontífice canonizará a los hermanos Marto durante el viaje que realizará a Fátima los días 12 y 13 de mayo de 2017 con motivo de la conmemoración del centenario de las apariciones de la Virgen María en Cova de Iría.

El pasado 23 de marzo, luego de la reunión entre el Santo Padre y el Prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos, Cardenal Angelo Amato, se aprobó la promulgación del decreto que reconoce el milagro, la curación de un niño brasileño, atribuido a la intercesión del Beato Francisco Marto y de la Beata Jacinta Marto.

Jacinta nació el 11 de marzo de 1910 y murió el 20 de febrero de 1920, mientras que su hermano Francisco nació el 11 de junio de 1908 y falleció el 4 de abril de 1919. Ambos fueron beatificados por el Papa San Juan Pablo II en el año 2000.

Jacinta, Francisco y Lucía recibieron la visita de la Virgen María en Cova de Iría, en Fátima, entre mayo y octubre de 1917. Jacinta tenía siete años, Francisco nueve y Lucía diez.

La Virgen se les apareció en 6 ocasiones. En la tercera de ellas, la que se produjo el 13 de julio, la Virgen les reveló el Secreto de Fátima. Según las crónicas, Lucía se puso pálida y gritó de miedo llamando a la Virgen por su nombre. Hubo un trueno, y la visión terminó.

Durante el período de tiempo en que se produjeron las apariciones, los tres niños tuvieron que hacer frente a las incomprensiones de sus familias y vecinos, y a la persecución del gobierno portugués, profundamente anticlerical. Pero aceptaron esas dificultades con fe y valentía: “Si nos matan, no importa. Vamos al cielo”, decían.

Tras las apariciones, los tres pastorcitos siguieron su vida normal, hasta la muerte de Francisco y Jacinta.

Francisco mostró un espíritu de amor y reparación para con Dios ofendido, a pesar de su vida tan corta. Su gran preocupación era “consolar a Nuestro Señor”. Pasaba horas pensando en Dios, por lo que siempre fue considerado como un contemplativo.

Su precoz vocación de eremita fue reconocida en el decreto de heroicidad de virtudes, según el cual después de las apariciones “se escondía detrás de los árboles para rezar solo; otras veces subía a los lugares más elevados y solitarios y ahí se entregaba a la oración tan intensamente que no oía las voces de los que lo llamaban”.

La vida de Jacinta se caracterizó por el Espíritu de sacrificio, el amor al Corazón de María, al Santo Padre y a los pecadores. Llevada por la preocupación de la salvación de los pecadores y del desagravio al Corazón Inmaculado de María, de todo ofrecía un sacrificio a Dios.

Ver artículo completo en: https://www.aciprensa.com/noticias/papa-francisco-confirma-que-canonizara-a-pastorcitos-de-fatima-el-13-de-mayo-11728

REFLEXIÓN PARA EL MARTES 20 DE DICIEMBRE DE 2016, FERIA PRIVILEGIADA DE ADVENTO

Gruta de la Anunciación, debajo del altar mayor de la Basílica de la Anunciación en Nazaret.

La liturgia de hoy nos brinda uno de los pasajes más hermosos de todas las Sagradas Escrituras, si no el más hermoso y conmovedor, la Anunciación de ángel a María (Lc 1,26-38). Todavía me estremece recordar la sensación que me arropó cuando tuve la dicha de estar en la gruta de la Anunciación, en Nazaret, hace unos años. Les aseguro que aún hoy se siente la fuerte presencia del Espíritu en ese santo lugar.

Junto a esa lectura, como primera lectura, leemos la profecía de Isaías (7,10-14 – la misma que leíamos hace dos días para el cuarto domingo de Adviento), en la cual el profeta nos anuncia, casi siete siglos antes del suceso, el nacimiento de Jesús: “Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa ‘Dios-con-nosotros’”. Dios-con-nosotros. Dios hecho uno con nosotros. Dios humanado. Dios encarnado. Dios-en-nosotros. La culminación del plan de salvación que el mismo Dios había dispuesto desde la caída (Gn 3,15).

Y el éxito o el fracaso de ese plan de salvación dependían de una jovencita del pueblo de Nazaret llamada Mariam (María). “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Ese “hágase” de María hizo posible la culminación de la “plenitud de los tiempos” cuando “Dios envió a su Hijo, nacido de Mujer” (Gál 4,4) para hacer posible la instauración de su Reino en medio de la historia humana. Su humildad y desprendimiento, productos de la virtud de la caridad, al aceptar encarnar a un “Dios-hecho-hombre”, no para ella, sino para entregárselo a toda la humanidad, dieron paso a nuestra salvación.

El lugar del “hágase” sigue siendo aquí, “hoy”, en el mundo, que es el lugar en que todos y cada uno de nosotros está en disposición de escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica. Este es el lugar en donde el Verbo se hace carne, el lugar en que cada uno que acepta la Palabra de Dios, la pone en práctica y se deja poseer plenamente por la gracia, convirtiéndose en otro “cristo” y ofreciéndose a los demás. (Cfr. Gál 2,20).

Así María, con su ejemplo, nos sigue mostrando el camino para continuar la construcción del Reino que su Hijo vino a inaugurar. María está “aquí” para servir (“He aquí la esclava del Señor”), como lo hizo con su prima Isabel, a quien fue a servir sin pensar en los peligros del viaje, como veremos en el Evangelio de mañana.

“Hágase en mi según tu Palabra”. La plenitud de los tiempos está significada en la figura de María, que nos enseña la virtud de la espera, la escucha de la Palabra de Dios, y la colaboración con el plan de salvación dispuesto desde el principio por el Padre. Si emulamos el “hágase” de María, y lo convertimos en lema de nuestro diario vivir, podemos cambiar el rumbo tan preocupante que está tomando la historia de la humanidad.

En estos últimos días del Adviento, pidamos al Padre que nos ayude a seguir el ejemplo de María, para recibir a Jesús en nuestros corazones y nuestras vidas, y compartirlo con el mundo.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA TERCERA SEMANA DE ADVIENTO Y MEMORIA DE LA Expectación del parto de la Bienaventurada Virgen María 16-12-16

Faltan solamente ocho días para esa gran noche en que nuestro Señor y Salvador irrumpirá en la historia de la humanidad trayendo consigo la salvación, la Vida eterna, para compartirla con todos los que escuchen su Palabra y la pongan en práctica (Cfr. Lc 8,21).

La primera lectura, tomada del profeta Isaías (56,1-3a.6-8), nos anuncia que en los tiempos mesiánicos, contrario a la concepción judía, la salvación no alcanzaría solamente al “pueblo elegido”, sino a todos los que acepten Su mensaje: “A los extranjeros que se han unido al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, … los traeré a mi monte santo, los llenaré de júbilo en mi casa de oración, … porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos”. Otras versiones de este pasaje dicen: “los alegraré en mi casa de oración”.

Como vemos, la liturgia continúa el tono alegre, de celebración gozosa, de expectación, que caracterizó el domingo laetare, el tercer domingo de Adviento que marcó el comienzo de esta semana. Y dentro de este ambiente de expectación gozosa, la Provincia Eclesiástica de Puerto Rico celebra hoy la memoria obligatoria de la Expectación del parto de la Bienaventurada Virgen María.

Esta fiesta fue instituida en el siglo VII (año 656), fijándose para ocho días antes de la Navidad, o sea, el 18 de diciembre (en Puerto Rico se celebra el 16 de diciembre). La razón que se dio para fijar esta festividad litúrgica fue que, como la Fiesta de la Anunciación cae dentro del tiempo penitencial de Cuaresma, lo que impide celebrarla con toda la solemnidad y el regocijo que merece, se imponía esta segunda fiesta para dar realce al misterio de la Encarnación del Verbo.

¿Y qué mejor tiempo para esta celebración que el Adviento, que está lleno del regocijo de la espera gozosa del nacimiento del Salvador? El tiempo de Adviento es definitivamente, auténtico mes de María, pues gracias a Ella, y a su Sí, que dio paso a la plenitud de los tiempos, podemos recibir a Cristo.

Esta festividad se conoce también como la de Nuestra Señora de la O, y Nuestra Señora de la Esperanza. Así, hoy es el santo de aquellas mujeres que se llaman María de la O, y Esperanza.

El primer nombre se deriva del hecho de que la fiesta comenzaba con las primeras vísperas, el día anterior, en las que se canta la primera de las antífonas mayores llamadas “O”, por comenzar todas ellas con esta exclamación. Con el tiempo, la religiosidad popular relacionó la “O” con el avanzado estado de embarazo de la Virgen para esta fecha, cuyo vientre se mostraba redondo como esa vocal.

La advocación de Nuestra Señora de la Esperanza es obvia, esta celebración es una de esperanza, porque la Virgen lleva en su vientre el Mesías que había sido esperado por los Patriarcas, los profetas y todo el Pueblo de Israel desde el momento de la caída (Gn 3,15).

Esta festividad debe estimularnos a ejercitar la virtud teologal de la esperanza, poniendo toda nuestra confianza en Jesús y María, para que no flaquee nuestra aspiración al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra.

Hoy es un buen día también para ofrecer nuestras oraciones y actos de piedad por todas las mujeres embarazadas, para que la Virgen las asista y proteja, así como por aquellas que experimentan dificultad para concebir, y para que no haya más abortos que cobren la vida de santos inocentes.

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA 08-12-16

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“Declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, fue por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente en previsión de los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, preservada inmune de toda mancha de culpa original, ha sido revelada por Dios, por tanto, debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles”. Con esas palabras del Papa Pío IX, plasmadas en la carta apostólica Ineffabilis Deus, quedó establecido el dogma de la Inmaculada Concepción hace 162 años, el 8 de diciembre de 1854. Este dogma de fe, uno de cuatro dogmas marianos, fue confirmado por la misma Virgen María en su aparición en Lourdes en 1858 al decir a santa Bernardita: “Yo soy la Inmaculada Concepción”.

Como expresa la Ineffabilis Deus, el dogma propone como verdad de fe que, “en previsión de los méritos de Cristo”, María, desde el mismo momento de su concepción, fue preservada inmune de toda mancha de pecado, es decir, que fue concebida y nació libre del pecado original. No hace falta entrar en grandes disquisiciones teológicas para concluir que el Hijo de Dios no podía ser concebido y gestarse en un vientre sujeto a la corrupción de pecado. Ese primer “sagrario”, esa “custodia viva”, tenía que ser pura, “llena de gracia”. Por eso Ella fue concebida inmaculada, sin mancha de pecado, sin tendencias pecaminosas, sin deseos desordenados. Su corazón totalmente puro, esperaba, ansiaba y añoraba solo a Dios. Toda esa acción milagrosa del Espíritu Santo en ella tuvo un propósito: prepararla para llevar en su seno al Salvador del mundo. Eso es lo que requiere ser la Madre del Salvador. De ahí el saludo del ángel en la lectura evangélica que dispone la liturgia para esta solemnidad (Lc 1,26-38): “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”.

La gracia es la presencia personal y viva de Dios en la vida de una persona. Por eso la gracia es incompatible con el pecado. En un momento cuando aún la humanidad no había sido redimida del pecado por la pasión y muerte salvadora de Jesús, María brilla como la “llena de gracia”, escogida por Dios desde la eternidad para ser la Madre del Salvador.

María es la “mujer” de la promesa del Génesis que nos presenta la primera lectura de hoy (3,9-15.20): “establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón” (v. 15). María, la Inmaculada, la llena de gracia, se convierte así en la “nueva Eva”, madre de la “nueva humanidad” inaugurada en Cristo. Como nos dice san Ireneo: “Eva, por su desobediencia, creó el nudo de la desgracia para la humanidad; mientras que María, por su obediencia, lo deshizo…”

En este día tan especial, enmarcado dentro del Adviento, pidamos al Señor nos conceda un corazón puro que, como María, espere, ansíe y añore solo a Dios.

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REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE 12-12-15

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Hoy Puerto Rico, y toda América Latina celebra la Fiesta de la Patrona de América Latina, Señora y Madre de los Mexicanos, y declarada “Emperatriz de las Américas” por el papa Pío XII, en un mensaje radial al pueblo Mexicano el 12 de octubre de 1945.

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para esta Fiesta (Lc 1,39-48) nos narra la visita de la Virgen María a su prima Isabel, y el comienzo del hermoso cántico del Magníficat. María está encinta, y a pesar de su preñez, parte presurosa a ayudar a su parienta, quien es una mujer mayor que se encuentra en sus últimos tres meses del embarazo.

Esa es la Virgen que se presenta a san Juan Diego en el Tepeyac. Si examinamos detenidamente la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, notamos que la parte más iluminada es el vientre, que aparece ligera y delicadamente distendido, como el de una joven mujer al comienzo de su embarazo. Este hecho se confirma por la cinta negra que la Virgen lleva alrededor de la cintura, que es una prenda que usaban las mujeres aztecas cuando estaban embarazadas. ¡Qué imagen tan hermosa! Esta imagen de la Guadalupana es tan rica en símbolos, que resulta imposible ni tan siquiera intentar enumerarlos en tan corto espacio.

Poseyendo la Santísima Virgen un cuerpo glorificado al haber sido asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial (parte del dogma de la Asunción), puede adaptarse, tomar diferentes características físicas: su edad, estatura, apariencia, características étnicas, idioma, vestuario, etc. Así la Virgen se acomoda a la cultura y el lenguaje del vidente con miras a un fin pedagógico. De hecho, toda la simbología de la imagen ha sido descrita como una “escritura jeroglífica”, un “catecismo” especial para que los nuevos conversos, que aún no hablaban el castellano, pudieran entenderla.

En el caso de Nuestra Señora de Guadalupe, notamos además que su rostro no es ni indígena, ni español, sino una mezcla de ambas razas, mestizo. Esta apariencia parece anunciar la aparición de una nueva raza producto de la unión de ambas razas: el pueblo mexicano. Una nueva raza producto de la unión de otras dos con un elemento común: la fe católica. “He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Is 7,14). Así la Guadalupana “da a luz” también a un nuevo pueblo que nace junto a la evangelización de América y tiene como elemento común al Emanuel, “Dios-en-nosotros”. Una raza, un pueblo genuinamente latinoamericano, que recibió a Jesús en su corazón, tal y como estamos preparándonos nosotros “hoy”, durante el Adviento, para recibirle en los nuestros.

No es por coincidencia, sino por “Diosidencia”, como dice mi esposa, que la Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe se celebra durante el Adviento, y durante la parte del Adviento en que se nos llama a la conversión. Es un hecho histórico que en un período tan corto como diez años a partir de la aparición de Nuestra Señora en el Tepeyac, la fe católica se propagó por todo el continente, logrando la conversión de todos los pueblos latinoamericanos.

En esta fecha tan especial, pidamos a nuestro Señor, por la intercesión de Nuestra Señora de Guadalupe, que nos ayude lograr la conversión que nos permita recibir a su Hijo en nuestros corazones.

REFLEXIÓN PARA LA MEMORIA OBLIGATORIA DE LA PRESENTACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA 21-11-15

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Hoy celebramos la memoria obligatoria de la Presentación de la Santísima Virgen María, celebración que fue instituida para toda la Iglesia por el papa Sixto V en el siglo XIV. Esta antigua tradición, como muchas relacionadas con Nuestra Señora la Virgen María, no surge de las Sagradas Escrituras, sino de la Tradición, recogida en parte en los llamados Evangelios Apócrifos. Esta en particular, surge del “Protoevangelio de Santiago”, y del “Libro sobre la Natividad de María”, este último atribuido a San Jerónimo.

Según la tradición, cuando la Virgen María cumplió los tres años, San Joaquín y Santa Ana la llevaron al Templo en cumplimiento de una promesa que Ana había hecho de consagrar al Templo el fruto de su vientre si el Señor le concedía la gracia de concebir en su vientre estéril: “lo llevaré como ofrenda al Señor y estará a su servicio todos los días de su vida” (Protoevangelio de Santiago IV,1). Los nombres de los padres de la Virgen, a quienes la Iglesia venera como santos, tampoco aparecen en el Nuevo Testamento, sino que surgen de la Tradición recogida en los apócrifos.

Al llegar a los tres años, Joaquín hizo llamar a “las doncellas hebreas que estén sin mancilla” para que acompañaran la niña al Templo en procesión, con “candelas encendidas”. Una imagen hermosísima. Sigue contando la Tradición que al llegar al Templo, el Sacerdote la recibió y, “después de haberla besado, la bendijo y exclamó: ‘el Señor ha engrandecido tu nombre por todas las generaciones, pues al fin de los tiempos manifestará en ti su redención a los hijos de Israel’ (Cfr. Lc 1,48). Entonces la hizo sentar sobre la tercera grada del altar. El Señor derramó gracia sobre la niña, quien danzó con sus piececitos, haciéndose querer de toda la casa de Israel”. (Prot. Sant. VII,2-3).

Otras tradiciones relacionadas con la Virgen María que no aparecen en las Sagradas Escrituras, pero surgen de, o se recogen en, los evangelios apócrifos son: la Inmaculada Concepción, la fiesta de la Natividad de María, las circunstancias en que José advino su esposo, la vara de san José que floreció ante los otros pretendientes de María, el parto virginal de María, el nacimiento de Jesús en una cueva, la mula y el buey, y la Asunción de María.

Creemos prudente aclarar que los evangelios apócrifos no forman parte del canon o “índice” de los libros considerados como inspirados por Dios. Por ello no están incluidos en la Biblia. De ahí que no son considerados Palabra de Dios. No obstante, no están proscritos ni son considerados heréticos, por lo que los cristianos podemos leerlos, tomándolos por lo que son: historias piadosas que recogen la Tradición, unida a algunos relatos un tanto fantásticos. En otras palabras, no tenemos que creer todo lo que en ellos se relata. Para eso está el Magisterio de la Iglesia que nos guía y nos ayuda a discernir entre lo que es la Santa Tradición y lo que es fantasía.

En esta celebración de la Presentación de la Santísima Virgen en el Templo, pidamos su intercesión para que nos haga dignos de ser presentados ante el Templo de la nueva Jerusalén, que son el Señor Dios y el Cordero (Ap 21,22).

MEMORIA DE NUESTRA SEÑORA DE LOURDES 11-02-15

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Hoy celebramos la memoria de Nuestra Señora de Lourdes. Dicha advocación mariana surge con motivo de la aparición de Nuestra Señora, la Virgen María, a santa Bernardita Soubirous en Lourdes, Francia en 1858. Además de los muchos milagros atribuidos a la intercesión de la Virgen bajo esta advocación y relacionado con el lugar de las apariciones, esta aparición se destaca por el hecho de que en la decimosexta aparición, el 25 de marzo, fiesta de la Anunciación del arcángel Gabriel a la Santísima Virgen, esta se identificó a sí misma diciéndole a la niña Bernardita: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Apenas cuatro años antes, el papa Pío IX había definido el dogma de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios, hecho que, con los medios de comunicación limitados de la época, era totalmente desconocido para los habitantes de aquella pequeña villa en los Pirineos.

El calendario litúrgico católico celebra la “Festividad de Nuestra Señora de Lourdes” el día de la primera aparición, es decir, el 11 de febrero. Son incontables las curaciones atribuidas a la intercesión de Nuestra Señora de Lourdes, especialmente en peregrinos al santuario que allí se erigió. En 1992, el papa san Juan Pablo II instituyó la celebración de la “Jornada Mundial del Enfermo” a realizarse el 11 de febrero de cada año, en memoria litúrgica de Nuestra Señora de Lourdes. Por eso hoy en muchas parroquias alrededor del mundo se celebran misas por los enfermos.

Encomendémonos a la protección de Nuestra Señora de Lourdes y pidamos su intercesión para que nos libre de toda enfermedad, especialmente aquellas que afectan nuestro espíritu y nos impiden acercarnos a su Hijo.

REFLEXIÓN PARA EL QUINTO DÍA DE LA INFRAOCTAVA DE NAVIDAD, LUNES 29-12-14

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Continuamos celebrando la “octava” de Navidad. Cuando la Iglesia celebra una festividad solemne, como la Navidad, un día no basta; por eso la celebración se prolonga durante ocho días, como si constituyeran un solo día de fiesta. Aunque a lo largo de la historia de la Iglesia se han reconocido varias octavas, hoy la liturgia solo conserva las octavas de las dos principales solemnidades litúrgicas: Pascua y Navidad. Hecho este pequeño paréntesis de formación litúrgica, reflexionemos sobre las lecturas que nos presenta la liturgia para hoy, quinto día de la infraoctava de Navidad.

Como primera lectura continuamos con la 1ra Carta del apóstol san Juan (2,3-11) que comenzáramos el sábado. En este pasaje Juan sigue planteando la contraposición luz-tinieblas, esta vez respecto a nosotros mismos. Luego de enfatizar “la luz verdadera brilla ya” y ha prevalecido sobre las tinieblas, nos dice cuál es la prueba para saber si somos hijos de la luz o permanecemos aún en las tinieblas: “Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano está aún en las tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Pero quien aborrece a su hermano está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe a dónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos”. De nuevo la Ley del Amor, ese amor que Dios nos enseñó enviándonos a su único Hijo, ese Niño que nació en Belén hace apenas cuatro días, para que tuviéramos Vida por medio de Él (Cfr. Jn 4-7-9; 15,12-14).

Así, el que ha conocido y asimilado el misterio del amor de Dios en esta Navidad es “hijo de la Luz” y no tiene otro remedio que imitar su gran mandamiento, que es el amor.

El Evangelio que contemplamos hoy nos presenta nuevamente el pasaje de la Purificación de María y la Presentación del Niño en el Templo que contemplábamos apenas ayer (Lc 2,22-35). Y una vez más la pregunta es obligada: ¿Cómo es posible que sus padres hayan llevado al Niño al Templo para presentárselo a Dios, si ese Niño ES Dios? Como decíamos ayer, esta escena sirve para enfatizar el carácter totalizante del misterio de la Encarnación. Mediante la Encarnación Jesús se hizo uno de nosotros, igual en todo menos en el pecado (Hb 4,15). Por eso sus padres cumplieron con la Ley, significando de ese modo la solidaridad del Mesías con su pueblo, con nosotros. Y para su purificación, María presentó la ofrenda de las mujeres pobres (Lv 12,8), “un par de tórtolas o dos pichones”. La pobreza del pesebre…

Este pasaje nos presenta también el personaje de Simeón y el cántico del Benedictus. Simeón, tocado por el Espíritu Santo, le recuerda a María que ese hijo no le pertenece, que ha sido enviado para ser “luz para alumbrar a las naciones”, y que ella misma habría de ser partícipe del dolor de la pasión redentora de su Hijo: “Y a ti, una espada te traspasará el alma”.

Una vez más se nos recuerda que el nacimiento de nuestro Salvador y Redentor, nuestra liberación del pecado y la muerte, tiene un precio: la vida de ese Niño cuyo nacimiento todavía estamos celebrando. María lo sabía desde que pronunció el “hágase”. Por amor a Dios, por amor a su Hijo, por amor a ti…