REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA CUARTA SEMANA DEL T.O. (2) 29-01-18

El Evangelio de hoy (Mc 5,1-20) nos presenta a Jesús en territorio pagano. La lectura evangélica que contemplamos el sábado pasado nos mostraba a Jesús dirigiéndose a territorio pagano, a Gerasa, que quedaba al otro lado del lago de Galilea. El pasaje nos relata un suceso ocurrido cuando Jesús llegó junto a sus discípulos a su destino, después de calmar la tormenta que enfrentaron en la barca que los traía. Gerasa era una antigua ciudad de la Decápolis, una de las siete divisiones políticas (“administraciones”) de la provincia Romana de Palestina en tiempos de Jesús.

Al llegar allí le salió al encuentro “un hombre poseído de espíritu inmundo” que vivía en el cementerio entre los sepulcros. Jesús exorciza al endemoniado, y los espíritus inmundos que lo tenían poseído salieron del hombre y se metieron en una gran piara de cerdos (unos dos mil), que “se abalanzó acantilado abajo al lago y se ahogó en el lago”. Al enterarse de la curación del endemoniado, todos quedaron maravillados (“espantados”). Pero tan pronto se enteraron de lo ocurrido con los cerdos, “le rogaban que se marchase de su país”.

Debemos recordar que aunque la carne de cerdo está prohibida para los judíos, los gerasenos la consumen. Por tanto, la muerte de dos mil cerdos representaba para ellos una pérdida económica considerable. De nuevo, la admiración que sintieron por Jesús ante la curación del endemoniado se tornó en desprecio ante las consecuencias materiales. Para esta gente, los cerdos, y el valor económico que ellos representaban, eran más importantes que la calidad de vida de un solo hombre. La liberación de un hombre valía menos que una piara de cerdos. Antepusieron los valores materiales a los valores del Reino. El mensaje de Jesús resultó demasiado incómodo. Nos recuerda la parábola del joven rico: “Al oír esto, el joven se fue triste, porque era rico” (Cfr. Mt 19,16-22). Hoy no es diferente. Cuando el seguimiento de Jesús interfiere con nuestras “seguridades” materiales, preferimos ignorar el llamado a renunciar a estas.

Se trata de la economía de la exclusión e inequidad que critica el papa Francisco en el número 53 de su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual (lectura recomendada para todo cristiano del siglo XXI): “No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad”.

Otro detalle cabe resaltar. Cuando echaron a Jesús del lugar, el hombre que había curado pidió acompañarle, y Jesús no se lo permitió. Jesús deja claro que Él es quien escoge a sus discípulos (los llama por su nombre). Además, contrario a su conducta usual (el “secreto mesiánico” que hemos discutido en ocasiones anteriores), le pidió al hombre que fuera a anunciar a los suyos “lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia”. Jesús quiere sembrar la semilla del Reino entre los paganos. Él vino para redimirnos a todos, sin distinción. A ti, y a mí. Y nos invita a hacer lo mismo. ¿Aceptas? ¡Atrévete!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA DÉCIMO TERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 05-07-17

El pasaje que nos presenta el evangelio de hoy (Mt 8,28-34), que aparece (con las consabidas variantes) en los tres evangelios sinópticos, es uno de esos que nos deja “rascándonos la cabeza”. Jesús expulsa unos demonios que poseían a unos endemoniados que vivían en el cementerio, y los envía a una piara de cerdos que se lanzan acantilado abajo ahogándose en el agua. Para entender este pasaje hay que examinarlo en la perspectiva histórica y cultural del tiempo de Jesús.

Nos relata el pasaje que Jesús llegó con sus discípulos “a la otra orilla, a la región de los gerasenos”, después de calmar la tormenta que enfrentaron en la barca que los traía. Gerasa era una antigua ciudad de la Decápolis, una de las siete divisiones políticas (“administraciones”) de la provincia Romana de Palestina en tiempos de Jesús.

Al llegar allí, “desde el cementerio, dos endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino”. Jesús no tiene dificultad en expulsar a los demonios, quienes reconocen su divinidad y poder (“¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?”, le reclaman, en aparente alusión al juicio final).

Jesús exorciza a los endemoniados, y los espíritus inmundos salieron de ellos y se metieron en una gran piara de cerdos que “se abalanzó acantilado abajo y se ahogó en el agua”. Los que cuidaban los cerdos huyeron despavoridos y contaron a todos lo sucedido. Tan pronto se enteraron de lo ocurrido a los cerdos, “el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país”. ¿Cómo es posible que lo expulsen por haber liberado a dos endemoniados?

Debemos recordar que aunque la carne de cerdo está prohibida para los judíos, los gerasenos la consumían. Por tanto, la muerte de aquellos cerdos representaba para ellos una pérdida económica. Para esta gente los cerdos, y el valor económico que ellos representaban, eran más importantes que la calidad de vida de aquellos dos pobres hombres. La liberación de dos hombres valía menos que una piara de cerdos. Antepusieron los valores materiales a los valores del Reino (Cfr.­ Hc 16,16 ss.). El mensaje de Jesús resultó demasiado incómodo.

Hoy no es diferente. Cuando el seguimiento de Jesús interfiere con nuestras “seguridades” materiales, preferimos ignorar el llamado antes que renunciar a estas. Todos tenemos nuestros “cerditos”. ¿Cuáles son los tuyos?

Esto nos hace pensar en lo que el papa Francisco llama la “economía de la exclusión e inequidad” en el número 53 de su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual (lectura recomendada para todo cristiano del siglo XXI): “No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión”.

Jesús quiere sembrar la semilla del Reino entre los no creyentes. Él vino para redimirnos a todos, sin distinción. A ti, y a mí. Y nos invita a hacer lo mismo. ¿Aceptas?

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA CUARTA SEMANA DEL T.O. (1) 30-01-17

El Evangelio de hoy (Mc 5,1-20) nos presenta a Jesús en territorio pagano. La lectura evangélica que contemplamos el sábado pasado nos mostraba a Jesús dirigiéndose a territorio pagano, a Gerasa, que quedaba al otro lado del lago de Galilea. El pasaje nos relata un suceso ocurrido cuando Jesús llegó junto a sus discípulos a su destino, después de calmar la tormenta que enfrentaron en la barca que los traía. Gerasa era una antigua ciudad de la Decápolis, una de las siete divisiones políticas (“administraciones”) de la provincia Romana de Palestina en tiempos de Jesús.

Al llegar allí le salió al encuentro “un hombre poseído de espíritu inmundo” que vivía en el cementerio entre los sepulcros. Jesús exorciza al endemoniado, y los espíritus inmundos que lo tenían poseído salieron del hombre y se metieron en una gran piara de cerdos (unos dos mil), que “se abalanzó acantilado abajo al lago y se ahogó en el lago”. Al enterarse de la curación del endemoniado, todos quedaron maravillados (“espantados”). Pero tan pronto se enteraron de lo ocurrido con los cerdos, “le rogaban que se marchase de su país”.

Debemos recordar que aunque la carne de cerdo está prohibida para los judíos, los gerasenos la consumen. Por tanto, la muerte de dos mil cerdos representaba para ellos una pérdida económica considerable. De nuevo, la admiración que sintieron por Jesús ante la curación del endemoniado se tornó en desprecio ante las consecuencias materiales. Para esta gente, los cerdos, y el valor económico que ellos representaban, eran más importantes que la calidad de vida de un solo hombre. La liberación de un hombre valía menos que una piara de cerdos. Antepusieron los valores materiales a los valores del Reino. El mensaje de Jesús resultó demasiado incómodo. Nos recuerda la parábola del joven rico: “Al oír esto, el joven se fue triste, porque era rico” (Cfr. Mt 19,16-22). Hoy no es diferente. Cuando el seguimiento de Jesús interfiere con nuestras “seguridades” materiales, preferimos ignorar el llamado a renunciar a estas.

Se trata de la economía de la exclusión e inequidad que critica el papa Francisco en el número 53 de su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual (lectura recomendada para todo cristiano del siglo XXI): “No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad”.

Otro detalle cabe resaltar. Cuando echaron a Jesús del lugar, el hombre que había curado pidió acompañarle, y Jesús no se lo permitió. Jesús deja claro que Él es quien escoge a sus discípulos (los llama por su nombre). Además, contrario a su conducta usual (el “secreto mesiánico” que hemos discutido anteriormente), le pidió al hombre que fuera a anunciar a los suyos “lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia”. Jesús quiere sembrar la semilla del Reino entre los paganos. Él vino para redimirnos a todos, sin distinción. A ti, y a mí. Y nos invita a hacer lo mismo. ¿Aceptas? ¡Atrévete!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA DECIMOTERCERA SEMANA DEL T.O. (1) 01-07-15

cerdo

El pasaje que nos presenta el evangelio de hoy (Mt 8,28-34), que aparece (con las consabidas variantes) en los tres evangelios sinópticos, es uno de esos que nos deja “rascándonos la cabeza”. Jesús expulsa unos demonios que poseían a unos endemoniados que vivían en el cementerio, y los envía a una piara de cerdos que se lanzan acantilado abajo ahogándose en el agua. Para entender este pasaje hay que examinarlo en la perspectiva histórica y cultural del tiempo de Jesús.

Nos relata el pasaje que Jesús llegó con sus discípulos “a la otra orilla, a la región de los gerasenos”, después de calmar la tormenta que enfrentaron en la barca que los traía. Gerasa era una antigua ciudad de la Decápolis, una de las siete divisiones políticas (“administraciones”) de la provincia Romana de Palestina en tiempos de Jesús.

Al llegar allí, “desde el cementerio, dos endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino”. Jesús no tiene dificultad en expulsar a los demonios, quienes reconocen su divinidad y poder (“¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?”, le reclaman, en aparente alusión al juicio final).

Jesús exorciza a los endemoniados, y los espíritus inmundos salieron de ellos y se metieron en una gran piara de cerdos que “se abalanzó acantilado abajo y se ahogó en el agua”. Los que cuidaban los cerdos huyeron despavoridos y contaron a todos lo sucedido. Tan pronto se enteraron de lo ocurrido a los cerdos, “el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país”. ¿Cómo es posible que lo expulsen por haber liberado a dos endemoniados?

Debemos recordar que aunque la carne de cerdo está prohibida para los judíos, los gerasenos la consumían. Por tanto, la muerte de aquellos cerdos representaba para ellos una pérdida económica. Para esta gente los cerdos, y el valor económico que ellos representaban, eran más importantes que la calidad de vida de aquellos dos pobres hombres. La liberación de dos hombres valía menos que una piara de cerdos. Antepusieron los valores materiales a los valores del Reino (Cfr.­ Hc 16,16 ss.). El mensaje de Jesús resultó demasiado incómodo.

Hoy no es diferente. Cuando el seguimiento de Jesús interfiere con nuestras “seguridades” materiales, preferimos ignorar el llamado antes que renunciar a estas. Todos tenemos nuestros “cerditos”. ¿Cuáles son los tuyos?

Esto nos hace pensar en lo que el papa Francisco llama la “economía de la exclusión e inequidad” en el número 53 de su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual (lectura recomendada para todo cristiano del siglo XXI): “No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión”.

Jesús quiere sembrar la semilla del Reino entre los no creyentes. Él vino para redimirnos a todos, sin distinción. A ti, y a mí. Y nos invita a hacer lo mismo. ¿Aceptas?

IV Encuentro de Blogueros con el Papa

IVEncuentroBloguerosPapa

MADRID, 10 Oct. 14 / 05:14 am (ACI).- Del 10 al 12 de octubre tendrá lugar el Cádiz (España) el IV encuentro de Blogueros con el Papa. Se trata de un congreso en el que se reunirán algunos de los principales editores de blogs de España para debatir el lema ‘Comunicando la alegría del Evangelio en las calles digitales’.

Según explica a ACI Prensa Nestor Mora Núñez, Presidente de la Asociación Blogueros con el Papa, esta edición “parte del mensaje para las comunicaciones sociales de este año” y precisa que su objetivo es “centrar la presencia de los evangelizadores en la red haciendo hincapié en la necesidad de ser testigos reales y fiables y utilizando el ‘paradigma comunicativo’ del Papa Francisco para llegar a más personas”. … [continuar leyendo]

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA DECIMOTERCERA SEMANA DEL T.O. 02-07-14

 

PENALTY

El pasaje que nos presenta el evangelio de hoy (Mt 8,28-34), que aparece (con las consabidas variantes) en los tres evangelios sinópticos, es uno de esos que nos deja “rascándonos la cabeza”. Jesús expulsa unos demonios que poseían a unos endemoniados que vivían en el cementerio, y los envía a una piara de cerdos que se lanzan acantilado abajo ahogándose en el agua. Para entender este pasaje hay que examinarlo en la perspectiva histórica y cultural del tiempo de Jesús.

Nos relata el pasaje que Jesús llegó con sus discípulos “a la otra orilla, a la región de los gerasenos”, después de calmar la tormenta que enfrentaron en la barca que los traía. Gerasa era una antigua ciudad de la Decápolis, una de las siete divisiones políticas (“administraciones”) de la provincia Romana de Palestina en tiempos de Jesús.

Al llegar allí, “desde el cementerio, dos endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino”. Jesús no tiene dificultad en expulsar a los demonios, quienes reconocen su divinidad y poder (“¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?”, le reclaman, en aparente alusión al juicio final).

Jesús exorciza a los endemoniados, y los espíritus inmundos salieron de ellos y se metieron en una gran piara de cerdos que “se abalanzó acantilado abajo y se ahogó en el agua”. Los que cuidaban los cerdos huyeron despavoridos y contaron a todos lo sucedido. Tan pronto se enteraron de lo ocurrido a los cerdos, “el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país”. ¿Cómo es posible que lo expulsen por haber liberado a dos endemoniados?

Debemos recordar que aunque la carne de cerdo está prohibida para los judíos, los gerasenos la consumían. Por tanto, la muerte de aquellos cerdos representaba para ellos una pérdida económica. Para esta gente los cerdos, y el valor económico que ellos representaban, eran más importantes que la calidad de vida de aquellos dos pobres hombres. La liberación de dos hombres valía menos que una piara de cerdos. Antepusieron los valores materiales a los valores del Reino (Cfr.­ Hc 16,16 ss.). El mensaje de Jesús resultó demasiado incómodo.

Hoy no es diferente. Cuando el seguimiento de Jesús interfiere con nuestras “seguridades” materiales, preferimos ignorar el llamado antes que renunciar a estas. Todos tenemos nuestros “cerditos”. ¿Cuáles son los tuyos?

Esto nos hace pensar en lo que el papa Francisco llama la “economía de la exclusión e inequidad” en el número 53 de su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual (lectura recomendada para todo cristiano del siglo XXI): “No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión”.

Jesús quiere sembrar la semilla del Reino entre los no creyentes. Él vino para redimirnos a todos, sin distinción. A ti, y a mí. Y nos invita a hacer lo mismo. ¿Aceptas?

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA CUARTA SEMANA DEL T.O. 03-02-14

Jesus exorcismo

El Evangelio de hoy (Mc 5,1-20) nos presenta a Jesús en territorio pagano. La lectura evangélica que contemplamos el sábado pasado nos mostraba a Jesús dirigiéndose a territorio pagano, a Gerasa, que quedaba al otro lado del lago de Galilea. El pasaje de hoy nos relata un suceso ocurrido cuando Jesús llegó junto a sus discípulos a su destino, después de calmar la tormenta que enfrentaron en la barca que los traía. Gerasa era una antigua ciudad de la Decápolis, una de las siete divisiones políticas (“administraciones”) de la provincia Romana de Palestina en tiempos de Jesús.

Al llegar allí le salió al encuentro “un hombre poseído de espíritu inmundo” que vivía en el cementerio entre los sepulcros. Jesús exorciza al endemoniado, y los espíritus inmundos que lo tenían poseído salieron del hombre y se metieron en una gran piara de cerdos (unos dos mil), que “se abalanzó acantilado abajo al lago y se ahogó en el lago”. Al enterarse de la curación del endemoniado, todos quedaron maravillados (“espantados”). Pero tan pronto se enteraron de lo ocurrido con los cerdos, “le rogaban que se marchase de su país”.

Debemos recordar que aunque la carne de cerdo está prohibida para los judíos, los gerasanos la consumen. Por tanto, la muerte de dos mil cerdos representaba para ellos una pérdida económica considerable. De nuevo, la admiración que sintieron por Jesús ante la curación del endemoniado se tornó en desprecio ante las consecuencias materiales. Para esta gente, los cerdos, y el valor económico que ellos representaban, eran más importantes que la calidad de vida de un solo hombre. La liberación de un hombre valía menos que una piara de cerdos. Antepusieron los valores materiales a los valores del Reino. El mensaje de Jesús resultó demasiado incómodo. Nos recuerda la parábola del joven rico: “Al oír esto, el joven se fue triste, porque era rico” (Cfr. Mt 19,16-22). Hoy no es diferente. Cuando el seguimiento de Jesús interfiere con nuestras “seguridades” materiales, preferimos ignorar el llamado a renunciar a estas.

Se trata de la economía de la exclusión e inequidad que critica el papa Francisco en el número 53 de su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual (lectura recomendada para todo cristiano del siglo XXI): “No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad”.

Otro detalle cabe resaltar. Cuando echaron a Jesús del lugar, el hombre que había curado pidió acompañarle, y Jesús no se lo permitió. Jesús deja claro que Él es quien escoge a sus discípulos (los llama por su nombre). Además, contrario a su conducta usual (el “secreto mesiánico” que hemos discutido anteriormente), le pidió al hombre que fuera a anunciar a los suyos “lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia”. Jesús quiere sembrar la semilla del Reino entre los paganos. Él vino para redimirnos a todos, sin distinción. A ti, y a mí. Y nos invita a seguirle. ¿Aceptas? ¡Atrévete!

 

María, la Madre de la evangelización (de la Exhortación Evangelii Gaudium, de PP Francisco)

María“284. Con el Espíritu Santo, en medio del pueblo siempre está María. Ella reunía a los discípulos para invocarlo (Hch 1,14), y así hizo posible la explosión misionera que se produjo en Pentecostés. Ella es la Madre de la Iglesia evangelizadora y sin ella no terminamos de comprender el espíritu de la nueva evangelización.

“El regalo de Jesús a su pueblo

285. En la cruz, cuando Cristo sufría en su carne el dramático encuentro entre el pecado del mundo y la misericordia divina, pudo ver a sus pies la consoladora presencia de la Madre y del amigo. En ese crucial instante, antes de dar por consumada la obra que el Padre le había encargado, Jesús le dijo a María: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego le dijo al amigo amado: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,26-27). Estas palabras de Jesús al borde de la muerte no expresan primeramente una preocupación piadosa hacia su madre, sino que son más bien una fórmula de revelación que manifiesta el misterio de una especial misión salvífica. Jesús nos dejaba a su madre como madre nuestra. Sólo después de hacer esto Jesús pudo sentir que «todo está cumplido» (Jn 19,28). Al pie de la cruz, en la hora suprema de la nueva creación, Cristo nos lleva a María. Él nos lleva a ella, porque no quiere que caminemos sin una madre, y el pueblo lee en esa imagen materna todos los misterios del Evangelio. Al Señor no le agrada que falte a su Iglesia el icono femenino. Ella, que lo engendró con tanta fe, también acompaña «al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús» (Ap 12,17). La íntima conexión entre María, la Iglesia y cada fiel, en cuanto que, de diversas maneras, engendran a Cristo, ha sido bellamente expresada por el beato Isaac de Stella: «En las Escrituras divinamente inspiradas, lo que se entiende en general de la Iglesia, virgen y madre, se entiende en particular de la Virgen María […] También se puede decir que cada alma fiel es esposa del Verbo de Dios, madre de Cristo, hija y hermana, virgen y madre fecunda […] Cristo permaneció nueve meses en el seno de María; permanecerá en el tabernáculo de la fe de la Iglesia hasta la consumación de los siglos; y en el conocimiento y en el amor del alma fiel por los siglos de los siglos».

“286. María es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura. Ella es la esclavita del Padre que se estremece en la alabanza. Ella es la amiga siempre atenta para que no falte el vino en nuestras vidas. Ella es la del corazón abierto por la espada, que comprende todas las penas. Como madre de todos, es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia. Ella es la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos por la vida, abriendo los corazones a la fe con su cariño materno. Como una verdadera madre, ella camina con nosotros, lucha con nosotros, y derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios. A través de las distintas advocaciones marianas, ligadas generalmente a los santuarios, comparte las historias de cada pueblo que ha recibido el Evangelio, y entra a formar parte de su identidad histórica. Muchos padres cristianos piden el Bautismo para sus hijos en un santuario mariano, con lo cual manifiestan la fe en la acción maternal de María que engendra nuevos hijos para Dios. Es allí, en los santuarios, donde puede percibirse cómo María reúne a su alrededor a los hijos que peregrinan con mucho esfuerzo para mirarla y dejarse mirar por ella. Allí encuentran la fuerza de Dios para sobrellevar los sufrimientos y cansancios de la vida. Como a san Juan Diego, María les da la caricia de su consuelo maternal y les dice al oído: «No se turbe tu corazón […] ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?».

“La Estrella de la nueva evangelización

287. A la Madre del Evangelio viviente le pedimos que interceda para que esta invitación a una nueva etapa evangelizadora sea acogida por toda la comunidad eclesial. Ella es la mujer de fe, que vive y camina en la fe,. Ella se dejó conducir por el Espíritu, en un itinerario de fe, hacia un destino de servicio y fecundidad. Nosotros hoy fijamos en ella la mirada, para que nos ayude a anunciar a todos el mensaje de salvación, y para que los nuevos discípulos se conviertan en agentes evangelizadores..

“288. Hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia. Porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes. Mirándola descubrimos que la misma que alababa a Dios porque «derribó de su trono a los poderosos» y «despidió vacíos a los ricos» (Lc 1,52.53) es la que pone calidez de hogar en nuestra búsqueda de justicia. Es también la que conserva cuidadosamente «todas las cosas meditándolas en su corazón» (Lc 2,19). María sabe reconocer las huellas del Espíritu de Dios en los grandes acontecimientos y también en aquellos que parecen imperceptibles. Es contemplativa del misterio de Dios en el mundo, en la historia y en la vida cotidiana de cada uno y de todos. Es la mujer orante y trabajadora en Nazaret, y también es nuestra Señora de la prontitud, la que sale de su pueblo para auxiliar a los demás «sin demora» (Lc 1,39). Esta dinámica de justicia y ternura, de contemplar y caminar hacia los demás, es lo que hace de ella un modelo eclesial para la evangelización. Le rogamos que con su oración maternal nos ayude para que la Iglesia llegue a ser una casa para muchos, una madre para todos los pueblos, y haga posible el nacimiento de un mundo nuevo. Es el Resucitado quien nos dice, con una potencia que nos llena de inmensa confianza y de firmísima esperanza: «Yo hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). Con María avanzamos confiados hacia esta promesa, y le decimos:

“Virgen y Madre María,
tú que, movida por el Espíritu,
acogiste al Verbo de la vida
en la profundidad de tu humilde fe,
totalmente entregada al Eterno,
ayúdanos a decir nuestro «sí»
ante la urgencia, más imperiosa que nunca,
de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús.

“Tú, llena de la presencia de Cristo,
llevaste la alegría a Juan el Bautista,
haciéndolo exultar en el seno de su madre.
Tú, estremecida de gozo,
cantaste las maravillas del Señor.
Tú, que estuviste plantada ante la cruz
con una fe inquebrantable
y recibiste el alegre consuelo de la resurrección,
recogiste a los discípulos en la espera del Espíritu
para que naciera la Iglesia evangelizadora.

“Consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados
para llevar a todos el Evangelio de la vida
que vence a la muerte.
Danos la santa audacia de buscar nuevos caminos
para que llegue a todos
el don de la belleza que no se apaga.

“Tú, Virgen de la escucha y la contemplación,
madre del amor, esposa de las bodas eternas,
intercede por la Iglesia, de la cual eres el icono purísimo,
para que ella nunca se encierre ni se detenga
en su pasión por instaurar el Reino.

“Estrella de la nueva evangelización,
ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión,
del servicio, de la fe ardiente y generosa,
de la justicia y el amor a los pobres,
para que la alegría del Evangelio
llegue hasta los confines de la tierra
y ninguna periferia se prive de su luz.

“Madre del Evangelio viviente,
manantial de alegría para los pequeños,
ruega por nosotros.
Amén. Aleluya”.

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA EVANGELII GAUDIUM DEL PAPA FRANCISCO – TEXTO OFICIAL

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“1. La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría. En esta Exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos, para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años”… [continuar leyendo]