¿Cuál es la forma correcta de comulgar en la mano?

Todo lo que necesitas saber para hacerlo con respeto

La educación litúrgica exige que se recuerden a veces cosas que se dan por sabidas. La comunión en la mano está permitida a todo aquel que desea comulgar así, como es el caso prácticamente de todas las conferencias episcopales latinoamericanas y la española.

¿Cómo se comulga en la mano? Tenemos que conocer primero las disposiciones requeridas por la Iglesia para que se comulgue así, pues en muchas ocasiones los fieles lo hacen mal y de forma completamente irrespetuosa.

Hay que tener cuidado con la dignidad del gesto, sin negar la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, como si se tratase de un simple pedazo de pan que puede ser recibido de cualquier forma:

Cuando la sagrada Especie se deposita en las manos del comulgante, tanto el ministro como el fiel pongan sumo cuidado y atención a las partículas que pueden desprenderse de la sagrada forma. La modalidad de la sagrada Comunión en las manos de los fieles debe ir acompañada necesariamente de la oportuna instrucción o catequesis sobre la doctrina católica acerca de la presencia real y permanente de Jesucristo bajo las especies eucarísticas y del debido respeto al sacramento.

Los fieles, al comulgar en la mano, y los ministros, al distribuir la sagrada Comunión en la mano, tienen que conocer y respetar las normas de la Iglesia, con el fin de salvaguardar el respeto y la adoración al Señor realmente presente. Por esto, todos tienen que observar cuidadosamente lo siguiente:

Parece útil llamar la atención a los siguientes puntos:

1. La comunión en la mano debe manifestar, tanto como la comunión recibida en la boca, el respeto a la real presencia de Cristo en la Eucaristía. Por eso, será preciso insistir, como hacían los Padres de la Iglesia, sobre la nobleza de los gestos de los fieles. Así, los recién bautizados a finales del siglo IV recibían la norma de extender las dos manos haciendo “con la izquierda un trono para la derecha, pues esta debía recibir al Rey” (5.ª Catequesis Mistagógica, n. 21, PG 33, 1125; S. Juan Crisóstomo, Hom. 47, PG 63, 898, etc.).

2. Siguiendo también a los Padres, será preciso insistir sobre el “Amén” que el fiel dice en respuesta a las palabras del ministro: “El Cuerpo de Cristo”. Este “Amén” debe ser la afirmación de la fe: “Cuando pides la Comunión, el sacerdote te dice: “El Cuerpo de Cristo”, y tu dices: “Amén”, “es así”; lo que la lengua confiesa, lo conserve el afecto” (S. Ambrosio, De Sacramentis, 4, 25).

3. El fiel que recibe la Eucaristía en la mano, la lleva a la boca antes de volver a su lugar; apenas se aparte, quedando de cara al altar, con el fin de permitir que se aproxime el que le sigue.

4. El fiel recibe la Eucaristía, que es la comunión con el Cuerpo de Cristo, de la Iglesia y con la Iglesia. Esa es la razón por la que el fiel no debe él mismo retirar la hostia de una bandeja o de una cesta, como lo haría si se tratara de pan común o pan bendecido, sino que debe extender las manos para recibir del ministro la Comunión.

5. Recomendar a todos, especialmente a los niños, la limpieza de las manos, en respeto a la Eucaristía.

6. Será necesario previamente realizar a los fieles una catequesis del rito, insistir sobre los sentimientos de adoración y la actitud de respeto que se exige (cf.Dominicæ Cœnæ, n. 11). Se recomienda cuidar de que no se pierdan los fragmentos de pan consagrado (cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, 2 mayo. 1972, Prot. n. 89/71, en Notitiæ 1972, p. 227) [3].

7. Los fieles jamás serán obligados a adoptar la práctica de la comunión en la mano; al contrario, quedarán plenamente libres para comulgar de uno u de otro modo.

¿Cómo debemos, en resumen, aproximarnos a la sagrada Comunión? ¿Cómo se debe comulgar?

  • Nos acercamos sin prisa al ministro que nos dará la Comunión y nos mantenemos a una distancia razonable para que él pueda distribuirnos fácilmente la Comunión.
  • En cuanto el fiel que está delante de nosotros comulga, nos inclinamos en adoración al Cuerpo de Cristo, que vamos a recibir, o, si lo preferimos, nos ponemos de rodillas en el genuflexorio, si lo hay.
  • El ministro que nos da la Comunión dice: “El Cuerpo de Cristo”, y respondemos en voz alta: “Amén”, para que nos oiga claramente, ya que se trata de una profesión de fe. Este “Amén”, profesión de fe personal del cristiano ante el Cuerpo real de su Señor, ha sido comentada y explicada muchas veces en la Tradición de la Iglesia.
  • Si decidimos comulgar en la mano, debemos poner la mano izquierda sobre la derecha. No la tomamos de un lado, sino que esperamos a que el ministro la coloque en nuestras manos, que forman como un trono preparado para recibir al gran Rey.
  • Hecho esto, comulgamos inmediatamente y delante del sacerdote. Es preciso también tener cuidado de que no quede en nuestra mano ninguna partícula, pues en la más pequeña de ellas Cristo entero permanece presente.
  • Si la Comunión se distribuye bajo las dos especies, debemos seguir las indicaciones del diácono o del sacerdote. Es bueno recordar, en todo caso, que no está permitido que el fiel moje por sí mismo la hostia en el cáliz, ni recibir en la mano la hostia mojada.

Para saber más:

  1. Instrucción Immensæ caritatis, de la Congregación para el Culto Divino.
  2. Instrucción Redemptionis Sacramentum“, de 25 mar. 2004, n. 92 (AAS 96 [2004] 577).

(via Pe. Paulo Ricardo, traducción y adaptación al español por parte de Aleteia):
https://es.aleteia.org/2018/04/20/cual-es-la-forma-correcta-de-comulgar-en-la-mano/

REFLEXIÓN PARA EL TERCER DOMINGO DE CUARESMA (B) 08-03-15

mercaderes templo 2

Continuamos adentrándonos en el tiempo de Cuaresma. El Evangelio de hoy (Jn 2,13-25) resalta la sacralidad del Templo. Ya desde el Antiguo Testamento Dios había enseñado a su pueblo la importancia de separar una estructura sagrada para congregarnos con el propósito de rendirle el culto de adoración que solo Él merece (la palabra “sagrado” quiere decir “separado”). El mismo Jesús fue presentado en el Templo (Lc 2,22-40), y acudía al Templo para observar las fiestas religiosas (Lc 2,41-42; Jn 2,13). Recordemos que para los judíos (a veces olvidamos que Jesús nació y murió siendo judío) el Templo era sinónimo de la presencia de Dios; era el lugar donde Dios habitaba, Su “casa”; a diferencia de la sinagoga, que era tan solo un lugar donde se congregaban para orar y escuchar la Palabra y las enseñanzas de los maestros (“rabinos”).

La lectura evangélica de hoy hace patente la importancia que el mismo Jesús le reconoce al Templo, y el respeto que le merece, cuando cita el Salmo 69,10: “El celo de tu casa me devora”. Este es el pasaje en que Jesús expulsa por la fuerza a los mercaderes del templo, increpándolos por haber convertido “en un mercado la casa de [su] Padre”. Pero al mismo tiempo reconoce que su cuerpo (del cual todos formamos parte – Cfr. 1 Cor 10,17; 12,12-27; Ef 1,13; 2,16; 3,6; 4, 4.12-16; Col 1,18.24; 2,19; 3,15) es también un templo: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”. Esa afirmación de Jesús, que la lectura nos aclara se refería al “templo de su cuerpo”, nos va preparando para el drama de la Pasión y subsiguiente Resurrección de Jesús que culmina este tiempo especial de la Cuaresma,

Años más tarde san Pablo nos recordará que nosotros, al convertirnos en otros “cristos”, somos el verdadero templo de Dios: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros” (1 Cor 3,16-17). “Vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23).

“El celo de tu casa me devora”… Esa frase retumba en mi mente cada vez que entro en un templo y encuentro a la mayoría de los feligreses “socializando” y hablando nimiedades, en voz alta, en presencia de Jesús sacramentado, cuya presencia es reconocida por apenas dos o tres personas. En esos momentos entiendo lo que Jesús sintió cuando volcó las mesas de los cambistas y expulsó a los mercaderes. Entonces voy y me postro ante Él y pido por ellos, y ruego al Señor que al verme, descubran Su presencia en el sagrario y cesen de convertir su Casa en un mercado, que es precisamente lo que el nivel de ruido que se percibe nos evoca.

Hoy, pidamos al Señor que nos permita reconocer nuestros cuerpos como templos suyos, respetándolos como tal, y los templos de nuestra Iglesia como lugares sagrados en los que Él habita también (en las hostias consagradas que resguardan nuestros sagrarios), comportándonos con el respeto y decoro que merecen.