REFLEXIÓN PARA EL TERCER DOMINGO DE CUARESMA (B) 07-03-21

“Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”.

Continuamos adentrándonos en el tiempo de Cuaresma. El Evangelio de hoy (Jn 2,13-25) resalta la sacralidad del Templo. Ya desde el Antiguo Testamento Dios había enseñado a su pueblo la importancia de separar una estructura sagrada para congregarnos con el propósito de rendirle el culto de adoración que solo Él merece (la palabra “sagrado” quiere decir “separado”).

El mismo Jesús fue presentado en el Templo (Lc 2,22-40), y acudía al Templo para observar las fiestas religiosas (Lc 2,41-42; Jn 2,13). Recordemos que para los judíos (a veces olvidamos que Jesús nació y murió siendo judío) el Templo era sinónimo de la presencia de Dios; era el lugar donde Dios habitaba, Su “casa”, a diferencia de la sinagoga, que era tan solo un lugar donde se congregaban para orar, y escuchar la Palabra y las enseñanzas de los maestros (“rabinos”).

La lectura evangélica de hoy hace patente la importancia que el mismo Jesús le reconoce al Templo, y el respeto que le merece, cuando cita el Salmo 69,10: “El celo de tu casa me devora”. Este es el pasaje en que Jesús expulsa por la fuerza a los mercaderes del templo, increpándolos por haber convertido “en un mercado la casa de [su] Padre”. Pero al mismo tiempo reconoce que su cuerpo (del cual todos formamos parte – Cfr. 1 Cor 10,17; 12,12-27; Ef 1,13; 2,16; 3,6; 4, 4.12-16; Col 1,18.24; 2,19; 3,15) es también un templo: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”. Esa afirmación de Jesús, que la lectura nos aclara se refería al “templo de su cuerpo”, nos va preparando para el drama de la Pasión y subsiguiente Resurrección de Jesús que culmina este tiempo especial de la Cuaresma,

Años más tarde san Pablo nos recordará que nosotros, al convertirnos en otros “cristos”, somos el verdadero templo de Dios: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros” (1 Cor 3,16-17). “Vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23).

“El celo de tu casa me devora”… Esa frase retumba en mi mente cada vez que entro en un templo y encuentro a la mayoría de los feligreses “socializando” y hablando nimiedades, en voz alta, en presencia de Jesús sacramentado, cuya presencia es reconocida por apenas dos o tres personas. En esos momentos entiendo lo que Jesús sintió cuando volcó las mesas de los cambistas y expulsó a los mercaderes. Entonces voy y me postro ante Él y pido por ellos, y ruego al Señor que, al verme, descubran Su presencia en el sagrario y cesen de convertir su Casa en un mercado, que es precisamente lo que el nivel de ruido que se percibe nos evoca.

La pandemia nos ha obligado a guardar un distanciamiento físico que ha silenciado, en parte, el ruido y la tertulia. Ojalá al retomar nuestra rutina cuando termine la pandemia, hayamos aprendido.

Hoy, pidamos al Señor que nos permita reconocer nuestros cuerpos como templos suyos, respetándolos como tal, y los templos de nuestra Iglesia como lugares sagrados en los que Él habita también (en las hostias consagradas que resguardan nuestros sagrarios o tabernáculos), comportándonos con el respeto y decoro que merecen.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA TERCERA SEMANA DE ADVIENTO 14-12-20

“Os voy a hacer yo también una pregunta; si me la contestáis, os diré yo también con qué autoridad hago esto”.

En la primera lectura para hoy (Núm 24,2-7.15-17a) encontramos un anuncio temprano de la venida del futuro Mesías. Lo curioso del caso es que el anuncio viene de un pagano, Balaán, “vidente” a quien el rey de Moab había encargado  maldecir al pueblo de Israel, que tenía intenciones de atravesar su territorio, ya a finales del Éxodo, luego de cuarenta años de marcha a través del desierto de Sinaí.

No podemos perder de vista que el éxodo es el resultado de la primera vez que Dios decide “intervenir” en la historia y tomar partido con su pueblo que vivía esclavizado en Egipto. Por tanto, no podía permanecer con los brazos cruzados. Ante las pretensiones del rey moabita, Dios “toca el corazón” del vidente pagano, quien lejos de maldecir, bendice al pueblo de Israel y profetiza el futuro mesiánico, que vendrá, no solo para el pueblo de Israel, sino para todo el mundo. Inicialmente esta profecía se entendió cumplida  en la persona del rey David, pero más adelante se interpretó por el pueblo, y los primeros cristianos, que se refería al Mesías esperado.

Hemos dicho que el tiempo de Adviento es tiempo de preparación, de espera, de anticipación, de encaminarse hacia… Dios viene al encuentro de todos los que le esperan, pero no se impone a nadie. Él “toca a la puerta”, pero no nos obliga a recibirle. Se trata de un acto de fe. El que no quiere creer no va a aceptar ningún argumento, explicación ni evidencia, por más contundente que sea. Así, quien no quiere dejarse convencer por la persona y las palabras de Jesús, tampoco podrá serlo por ninguna discusión.

Ese es el caso que nos presenta la lectura evangélica de hoy (Mt 21,23-27). Luego de echar a los mercaderes del Templo, Jesús continúa moviéndose en sus alrededores y, estando allí, se le acercan unos sumos sacerdotes y ancianos para cuestionarle con qué autoridad les había echado: “¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?”.

Jesús les responde con otra pregunta: “Os voy a hacer yo también una pregunta; si me la contestáis, os diré yo también con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan ¿de dónde venía, del cielo o de los hombres?”. Ellos saben que no importa cómo contesten van a quedar en evidencia, pues si dicen que del cielo, quedan como no-creyentes, y si dicen que de los hombres, se ganan el desprecio del pueblo que tiene a Juan como un gran profeta, lo que en aquellos tiempos podía acarrearles incluso el linchamiento por blasfemos. Ante esa disyuntiva prefieren pasar por ignorantes: “No sabemos”. A lo que Jesús replicó: “Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto”.

La réplica de Jesús había sido una invitación a recapacitar; más aún, una invitación a la conversión. Aquellos miembros del consejo se negaban a reconocer que Juan había sido enviado para allanar el camino para la llegada del Mesías: Jesús de Nazaret. Por eso se niegan a reconocer (o les resulta conveniente ignorar) el nuevo tiempo de salvación inaugurado con Jesús.

Hoy día no es diferente. Jesús se nos presenta como nuestro Salvador. Y el Adviento es buen tiempo para recapacitar, para la conversión. Solo así podremos reconocerle y aceptar su mensaje de salvación.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA TRIGÉSIMA TERCERA SEMANA DEL T.O. (2) 20-11-20

“Mi casa es casa de oración; pero vosotros la habéis convertido en una cueva de bandidos”.

Las lecturas que nos propone la liturgia para hoy (Ap 10,8-12; Lc 19 45-48), aunque a primera vista parecerían no estar relacionadas, tratan el mismo tema.

La primera, tomada del libro del Apocalipsis, nos muestra a Juan recibiendo una orden de comerse un libro: “Cógelo y cómetelo; al paladar será dulce como la miel, pero en el estómago sentirás ardor”. Juan hizo lo que le ordenaba el ángel y en efecto así sucedió. Entonces le dijeron: “Tienes que profetizar todavía contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes”.

Los exégetas interpretan ese símbolo de comerse el libro, como “alimentarse de la palabra y del pensamiento que contiene”. Esa palabra que cuando la recibimos se nos muestra dulce al paladar, con una dosis sobreabundante de amor y misericordia. Pero cuando la digerimos, es decir, cuando vemos las realidades de nuestro alrededor y vemos cómo esa Palabra es ignorada, pisoteada, y hasta manipulada y utilizada para fines contrarios a ella, sentimos amargura.

Entonces esa Palabra, “cortante como espada de doble filo” (Hb 4,12), nos dice que no podemos permanecer indiferentes, que tenemos que salir a profetizar y protestar, “a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,2) contra todo aquello que cause desigualdad, discrimen, odio y violencia; todo aquello que esté en contra del mensaje liberador de Jesús, y que debe provocar tristeza y amargura en el corazón de Dios. Esa triste realidad fue la hizo que Jesús llorara ante la vista de la ciudad de Jerusalén (Lc 19,41).

“Todos los días Jesús enseñaba en el Templo”, y el pueblo escuchaba su Palabra: “el pueblo entero estaba pendiente de sus labios”. Jesús nos trajo una nueva forma de culto, sustituyendo el culto meramente ritual que practicaban los judíos por un culto “en espíritu y verdad”, en el que su Palabra y nuestra oración cobran un papel importantísimo, y nos conducen al centro de la liturgia que es Él mismo que se hace presente en la Eucaristía. Por eso toda la primera parte de la misa es la “enseñanza” de Jesús, precisamente en el mismo lugar que Él lo hacía, en el Templo.

La denuncia de Jesús que escuchamos en el Evangelio, cuando nos dice: “‘Mi casa es casa de oración’; pero vosotros la habéis convertido en una ‘cueva de bandidos’”, nos hace preguntarnos: Nuestros templos, ¿son “casa de oración”? Basta con entrar en algunos templos y ver que, por el nivel de ruido y falta de reconocimiento a Jesús Eucaristía que está presente, parecen más una plaza pública que una casa de oración. Y en nuestros templos, ¿hay mercaderes como los que Jesús expulsó? ¿Se muestra un interés desmedido por los aspectos económicos, aún por encima de la oración y la caridad? En las reuniones de nuestros consejos parroquiales, ¿le prestamos más atención al “presupuesto” y las finanzas parroquiales que a la pastoral?

Ahora que estamos prácticamente en el umbral del Adviento, hagamos un poco de introspección comunitaria. Esa Palabra “dulce al paladar” que recibimos, ¿nos causa “ardor” al digerirla? Entonces es tiempo de asumir la misión profética para la que se nos ungió en el bautismo.

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE LA DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE SAN JUAN DE LETRÁN 09-11-19

“Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”.

Hoy celebramos la Fiesta de la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán, que constituye la sede de la Cátedra del Papa en su carácter de Obispo de Roma, es decir, que es la catedral de Roma. La tradición de celebrar esta Fiesta se remonta al siglo XII, y tiene como propósito honrar esa basílica que es llamada “madre y cabeza de todas las iglesias de la Urbe y del Orbe”, por ser, como hemos dicho, la “cátedra de Pedro”.

Las lecturas que la liturgia nos propone hoy, abarcan toda la dimensión de lo que constituye el “templo” para nosotros los cristianos. En el segundo texto que se nos propone como lectura (1 Cor 3,9c-11.16-17) Pablo nos recuerda que nosotros somos el verdadero templo de Dios: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros”. “Vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23); “¿No sabéis que sois templo de Dios?”. No hay duda de que Dios está en todas partes, por lo que su presencia no está circunscrita a los templos edificados por manos humanas. Es algo que aprendemos desde la catequesis infantil.

No obstante, ya desde el Antiguo Testamento Dios enseña a su pueblo la importancia de separar una estructura sagrada para congregarnos con el propósito de rendirle el culto de adoración que solo Él merece (la palabra “sagrado” quiere decir “separado”). El mismo Jesús fue presentado en el Templo (Lc 2,22-40), acudía al Templo para observar las fiestas religiosas (Lc 2,41-42; Jn 2,13), y lo encontramos en innumerables ocasiones enseñando en el Templo o en la sinagoga.

En el Evangelio que contemplamos hoy (Jn 2,13-22) se hace patente la importancia que Jesús le reconoce al Templo, y el respeto que le merece, cuando cita el Salmo 69,10: “El celo de tu casa me devora”. Este es el pasaje en que Jesús expulsa por la fuerza a los mercaderes del templo, increpándolos por haber convertido “en un mercado la casa de [su] Padre”. Pero al mismo tiempo reconoce que su cuerpo (del cual todos formamos parte – Cfr. 1 Cor 10,17; 12,12-27; Ef 1,13; 2,16; 3,6; 4, 4.12-16; Col 1,18.24; 2,19; 3,15) es también un templo: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”.

“El celo de tu casa me devora”. Cada vez que entro en un templo y me encuentro a todo el mundo “socializando” y hablando nimiedades, y hasta murmurando contra otros hermanos, en presencia de Jesús sacramentado, cuya presencia es reconocida por apenas dos o tres personas, entiendo lo que sintió Jesús cuando volcó las mesas de los cambistas y expulsó a los mercaderes. Entonces voy y me postro ante Él y pido por ellos, y ruego al Señor que al verme, descubran Su presencia en el sagrario y cesen de convertir su Casa en un mercado, que es precisamente lo que el nivel de ruido que se percibe nos evoca.

Hoy, pidamos al Señor que nos permita reconocer nuestros cuerpos como templos suyos, respetándolos como tal, reconocer los templos de nuestra Iglesia como lugares sagrados en los que Él habita también, y comportarnos con el respeto que merecen.

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE LA DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE SAN JUAN DE LETRÁN 09-11-18

Fachada de la Archibasílica de San Juan de Letrán – Roma

Hoy celebramos la Fiesta de la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán, que constituye la sede de la Cátedra del Papa, en su carácter de Obispo de Roma, es decir, que es la catedral de Roma. La tradición de celebrar esta Fiesta se remonta al siglo XII, y tiene como propósito honrar esa basílica que es llamada “madre y cabeza de todas las iglesias de la Urbe y del Orbe”, por ser, como hemos dicho, la “cátedra de Pedro”.

Las lecturas que la liturgia nos propone hoy, abarcan toda la dimensión de lo que constituye el “templo” para nosotros los cristianos. En el segundo texto que se nos propone como lectura (1 Cor 3,9c-11.16-17) Pablo nos recuerda que nosotros somos el verdadero templo de Dios: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros”. “Vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23); “¿No sabéis que sois templo de Dios?”. No hay duda de que Dios está en todas partes, por lo que su presencia no está circunscrita a los templos edificados por manos humanas. Es algo que aprendemos desde la catequesis infantil.

No obstante, ya desde el Antiguo Testamento Dios enseña a su pueblo la importancia de separar una estructura sagrada para congregarnos con el propósito de rendirle el culto de adoración que solo Él merece (la palabra “sagrado” quiere decir “separado”). El mismo Jesús fue presentado en el Templo (Lc 2,22-40), acudía al Templo para observar las fiestas religiosas (Lc 2,41-42; Jn 2,13), y lo encontramos en innumerables ocasiones enseñando en el Templo o en la sinagoga.

En el Evangelio que contemplamos hoy (Jn 2,13-22) se hace patente la importancia que Jesús le reconoce al Templo, y el respeto que le merece, cuando cita el Salmo 69,10: “El celo de tu casa me devora”. Este es el pasaje en que Jesús expulsa por la fuerza a los mercaderes del templo, increpándolos por haber convertido “en un mercado la casa de [su] Padre”. Pero al mismo tiempo reconoce que su cuerpo (del cual todos formamos parte – Cfr. 1 Cor 10,17; 12,12-27; Ef 1,13; 2,16; 3,6; 4, 4.12-16; Col 1,18.24; 2,19; 3,15) es también un templo: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”.

“El celo de tu casa me devora”. Cada vez que entro en un templo y me encuentro a todo el mundo “socializando” y hablando nimiedades, y hasta murmurando contra otros hermanos, en presencia de Jesús sacramentado, cuya presencia es reconocida por apenas dos o tres personas, entiendo lo que sintió Jesús cuando volcó las mesas de los cambistas y expulsó a los mercaderes. Entonces voy y me postro ante Él y pido por ellos, y ruego al Señor que al verme, descubran Su presencia en el sagrario y cesen de convertir su Casa en un mercado, que es precisamente lo que el nivel de ruido que se percibe nos evoca.

Hoy, pidamos al Señor que nos permita reconocer nuestros cuerpos como templos suyos, respetándolos como tal, reconocer los templos de nuestra Iglesia como lugares sagrados en los que Él habita también, y comportarnos con el respeto que merecen.

REFLEXIÓN PARA EL TERCER DOMINGO DE CUARESMA (B) 04-03-18

Continuamos adentrándonos en el tiempo de Cuaresma. El Evangelio de hoy (Jn 2,13-25) resalta la sacralidad del Templo. Ya desde el Antiguo Testamento Dios había enseñado a su pueblo la importancia de separar una estructura sagrada para congregarnos con el propósito de rendirle el culto de adoración que solo Él merece (la palabra “sagrado” quiere decir “separado”). El mismo Jesús fue presentado en el Templo (Lc 2,22-40), y acudía al Templo para observar las fiestas religiosas (Lc 2,41-42; Jn 2,13). Recordemos que para los judíos (a veces olvidamos que Jesús nació y murió siendo judío) el Templo era sinónimo de la presencia de Dios; era el lugar donde Dios habitaba, Su “casa”, a diferencia de la sinagoga, que era tan solo un lugar donde se congregaban para orar, y escuchar la Palabra y las enseñanzas de los maestros (“rabinos”).

La lectura evangélica de hoy hace patente la importancia que el mismo Jesús le reconoce al Templo, y el respeto que le merece, cuando cita el Salmo 69,10: “El celo de tu casa me devora”. Este es el pasaje en que Jesús expulsa por la fuerza a los mercaderes del templo, increpándolos por haber convertido “en un mercado la casa de [su] Padre”. Pero al mismo tiempo reconoce que su cuerpo (del cual todos formamos parte – Cfr. 1 Cor 10,17; 12,12-27; Ef 1,13; 2,16; 3,6; 4, 4.12-16; Col 1,18.24; 2,19; 3,15) es también un templo: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”. Esa afirmación de Jesús, que la lectura nos aclara se refería al “templo de su cuerpo”, nos va preparando para el drama de la Pasión y subsiguiente Resurrección de Jesús que culmina este tiempo especial de la Cuaresma,

Años más tarde san Pablo nos recordará que nosotros, al convertirnos en otros “cristos”, somos el verdadero templo de Dios: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros” (1 Cor 3,16-17). “Vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23).

“El celo de tu casa me devora”… Esa frase retumba en mi mente cada vez que entro en un templo y encuentro a la mayoría de los feligreses “socializando” y hablando nimiedades, en voz alta, en presencia de Jesús sacramentado, cuya presencia es reconocida por apenas dos o tres personas. En esos momentos entiendo lo que Jesús sintió cuando volcó las mesas de los cambistas y expulsó a los mercaderes. Entonces voy y me postro ante Él y pido por ellos, y ruego al Señor que al verme, descubran Su presencia en el sagrario y cesen de convertir su Casa en un mercado, que es precisamente lo que el nivel de ruido que se percibe nos evoca.

Hoy, pidamos al Señor que nos permita reconocer nuestros cuerpos como templos suyos, respetándolos como tal, y los templos de nuestra Iglesia como lugares sagrados en los que Él habita también (en las hostias consagradas que resguardan nuestros sagrarios), comportándonos con el respeto y decoro que merecen.

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE LA DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA SAN JUAN DE LETRÁN 09-11-16

Durante mi visita a la Archibasílica de San Juan de Letrán, no pude evitar la tentación de pararme tras el ambón para saber qué se siente...

Durante mi primera visita a la Archibasílica de San Juan de Letrán, no pude evitar la tentación de pararme tras el ambón para saber qué se siente…

Hoy celebramos la Fiesta de la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán, que constituye la sede de la Cátedra del Papa, en su carácter de Obispo de Roma, es decir, que es la catedral de Roma. La tradición de celebrar esta Fiesta se remonta al siglo XII, y tiene como propósito honrar esa basílica que es llamada “madre y cabeza de todas las iglesias de la Urbe y del Orbe”, por ser, como hemos dicho, la “cátedra de Pedro”.

Las lecturas que la liturgia nos propone hoy, abarcan toda la dimensión de lo que constituye el “templo” para nosotros los cristianos. En el segundo texto que se nos propone como lectura (1 Cor 3,9c-11.16-17) Pablo nos recuerda que nosotros somos el verdadero templo de Dios: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros”. “Vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23); “¿No sabéis que sois templo de Dios?”. No hay duda de que Dios está en todas partes, por lo que su presencia no está circunscrita a los templos edificados por manos humanas. Es algo que aprendemos desde la catequesis infantil.

No obstante, ya desde el Antiguo Testamento Dios enseña a su pueblo la importancia de separar una estructura sagrada para congregarnos con el propósito de rendirle el culto de adoración que solo Él merece (la palabra “sagrado” quiere decir “separado”). El mismo Jesús fue presentado en el Templo (Lc 2,22-40), acudía al Templo para observar las fiestas religiosas (Lc 2,41-42; Jn 2,13), y lo encontramos en innumerables ocasiones enseñando en el Templo o en la sinagoga.

En el Evangelio que contemplamos hoy (Jn 2,13-22) se hace patente la importancia que Jesús le reconoce al Templo, y el respeto que le merece, cuando cita el Salmo 69,10: “El celo de tu casa me devora”. Este es el pasaje en que Jesús expulsa por la fuerza a los mercaderes del templo, increpándolos por haber convertido “en un mercado la casa de [su] Padre”. Pero al mismo tiempo reconoce que su cuerpo (del cual todos formamos parte – Cfr. 1 Cor 10,17; 12,12-27; Ef 1,13; 2,16; 3,6; 4, 4.12-16; Col 1,18.24; 2,19; 3,15) es también un templo: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”.

“El celo de tu casa me devora”. Cada vez que entro en un templo y me encuentro a todo el mundo “socializando” y hablando nimiedades, en voz alta, en presencia de Jesús sacramentado, cuya presencia es reconocida por apenas dos o tres personas, entiendo lo que sintió Jesús cuando volcó las mesas de los cambistas y expulsó a los mercaderes. Entonces voy y me postro ante Él y pido por ellos, y ruego al Señor que al verme, descubran Su presencia en el sagrario y cesen de convertir su Casa en un mercado, que es precisamente lo que el nivel de ruido que se percibe nos evoca.

Hoy, pidamos al Señor que nos permita reconocer nuestros cuerpos como templos suyos, respetándolos como tal, reconocer los templos de nuestra Iglesia como lugares sagrados en los que Él habita también, y comportarnos con el respeto que merecen.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA OCTAVA SEMANA DEL T.O. 30-05-15

escribas y fariseos

Ir por lana y salir trasquilado. Ese refrán popular podría describir lo que le ocurrió en la lectura evangélica de hoy (Mc 11,27-33) a los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos que pretendieron una vez más poner a prueba o, mejor aún, restarle credibilidad a Jesús cuestionando sus acciones en el Templo (acaba de echar a los mercaderes). Ya no encontraban cómo detener su mensaje. La única salida era desprestigiarle, minar su autoridad: “¿Quién te ha dado semejante autoridad?”

Jesús, que como hemos dicho en ocasiones anteriores es un maestro del debate, los desarma con su respuesta, tan aguda como inesperada. Los pone en “evidencia”, los desarma. “Os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto: El bautismo de Juan ¿era cosa de Dios o de los hombres? Contestadme”.

Los sumos sacerdotes, los escribas y los presbíteros son personas inteligentes. Quieren desmerecer a Jesús, pero quieren retener el favor de pueblo. Jesús les ha hecho un planteamiento respecto a una figura importantísima para los judíos: Juan el Bautista. “Si decimos que es de Dios, dirá: ‘¿Y por qué no le habéis creído?” Pero como digamos que es de los hombres…’ (Temían a la gente, porque todo el mundo estaba convencido de que Juan era un profeta). Y respondieron a Jesús: ‘No sabemos’”. Jesús les replicó: “Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto”.

Fueron víctimas de su propio relativismo. Querían desprestigiar Jesús, pero querían mantener el favor del pueblo. En otras palabras, querían estar con Dios y con los hombres. ¿Cuántas veces nos ocurre eso a nosotros? Queremos seguir a Jesús y sus enseñanzas, pero queremos mantener el favor de los que nos rodean. Queremos “disfrazar” la verdad, que las cosas sean como nos gustaría que fueran, no necesariamente como Jesús nos enseñó. Intentamos “acomodar” la doctrina de Jesús a nuestra conducta y a nuestro discurso para no perder el favor de los que nos rodean. Preferimos decir “no sabemos” antes que enfrentarnos a nuestra propia cobardía, a nuestra conciencia moral.

Es lo que el papa emérito Benedicto XVI ha llamado la dictadura del relativismo: “A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse ‘llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina’, parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos”.

Los fariseos hablan en términos de “autoridad”, pero conciben la autoridad en términos de dominio, de poder, de fuerza, “¿Quién te ha dado semejante autoridad?”. No comprenden que la única autoridad de Jesús es el amor, la capacidad de hacerse igual, hacerse uno con el otro, hacerse cercano. Pierden de vista que en hebreo la palabra procede de una raíz que significa “hacerse igual a”. La “autoridad” de Jesús brota de su amor infinito. Es la autoridad de la Cruz, del que ama hasta el extremo de dar la vida por nosotros. “Porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt 11,30).

REFLEXIÓN PARA EL TERCER DOMINGO DE CUARESMA (B) 08-03-15

mercaderes templo 2

Continuamos adentrándonos en el tiempo de Cuaresma. El Evangelio de hoy (Jn 2,13-25) resalta la sacralidad del Templo. Ya desde el Antiguo Testamento Dios había enseñado a su pueblo la importancia de separar una estructura sagrada para congregarnos con el propósito de rendirle el culto de adoración que solo Él merece (la palabra “sagrado” quiere decir “separado”). El mismo Jesús fue presentado en el Templo (Lc 2,22-40), y acudía al Templo para observar las fiestas religiosas (Lc 2,41-42; Jn 2,13). Recordemos que para los judíos (a veces olvidamos que Jesús nació y murió siendo judío) el Templo era sinónimo de la presencia de Dios; era el lugar donde Dios habitaba, Su “casa”; a diferencia de la sinagoga, que era tan solo un lugar donde se congregaban para orar y escuchar la Palabra y las enseñanzas de los maestros (“rabinos”).

La lectura evangélica de hoy hace patente la importancia que el mismo Jesús le reconoce al Templo, y el respeto que le merece, cuando cita el Salmo 69,10: “El celo de tu casa me devora”. Este es el pasaje en que Jesús expulsa por la fuerza a los mercaderes del templo, increpándolos por haber convertido “en un mercado la casa de [su] Padre”. Pero al mismo tiempo reconoce que su cuerpo (del cual todos formamos parte – Cfr. 1 Cor 10,17; 12,12-27; Ef 1,13; 2,16; 3,6; 4, 4.12-16; Col 1,18.24; 2,19; 3,15) es también un templo: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”. Esa afirmación de Jesús, que la lectura nos aclara se refería al “templo de su cuerpo”, nos va preparando para el drama de la Pasión y subsiguiente Resurrección de Jesús que culmina este tiempo especial de la Cuaresma,

Años más tarde san Pablo nos recordará que nosotros, al convertirnos en otros “cristos”, somos el verdadero templo de Dios: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros” (1 Cor 3,16-17). “Vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23).

“El celo de tu casa me devora”… Esa frase retumba en mi mente cada vez que entro en un templo y encuentro a la mayoría de los feligreses “socializando” y hablando nimiedades, en voz alta, en presencia de Jesús sacramentado, cuya presencia es reconocida por apenas dos o tres personas. En esos momentos entiendo lo que Jesús sintió cuando volcó las mesas de los cambistas y expulsó a los mercaderes. Entonces voy y me postro ante Él y pido por ellos, y ruego al Señor que al verme, descubran Su presencia en el sagrario y cesen de convertir su Casa en un mercado, que es precisamente lo que el nivel de ruido que se percibe nos evoca.

Hoy, pidamos al Señor que nos permita reconocer nuestros cuerpos como templos suyos, respetándolos como tal, y los templos de nuestra Iglesia como lugares sagrados en los que Él habita también (en las hostias consagradas que resguardan nuestros sagrarios), comportándonos con el respeto y decoro que merecen.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA SEMANA XXXIII DEL T.O (2) 21-11-14

mercaderes temploLas lecturas que nos propone la liturgia para hoy (Ap 10,8-12; Lc 19 45-48), aunque a primera vista parecerían no estar relacionadas, tratan el mismo tema.

La primera, tomada del libro del Apocalipsis, nos muestra a Juan recibiendo una orden de comerse un libro: “Cógelo y cómetelo; al paladar será dulce como la miel, pero en el estómago sentirás ardor”. Juan hizo lo que le ordenaba el ángel y en efecto así sucedió. Entonces le dijeron: “Tienes que profetizar todavía contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes”.

Los exégetas interpretan ese símbolo de comerse el libro, como “alimentarse de la palabra y del pensamiento que contiene”. Esa palabra que cuando la recibimos se nos muestra dulce al paladar, con una dosis sobreabundante de amor y misericordia. Pero cuando la digerimos, es decir, cuando vemos las realidades de nuestro alrededor y vemos cómo esa Palabra es ignorada, pisoteada, y hasta manipulada y utilizada para fines contrarios a ella, sentimos amargura.

Entonces esa Palabra, “cortante como espada de doble filo” (Hb 4,12), nos dice que no podemos permanecer indiferentes, que tenemos que salir a profetizar y protestar, “a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,2) contra todo aquello que cause desigualdad, discrimen, odio y violencia; todo aquello que esté en contra del mensaje liberador de Jesús, y que debe provocar tristeza y amargura en el corazón de Dios. Esa triste realidad fue la hizo que Jesús llorara ante la vista de la ciudad de Jerusalén en la lectura evangélica que contemplamos ayer.

Eso nos lleva al Evangelio. “Todos los días Jesús enseñaba en el Templo”, y el pueblo escuchaba su Palabra: “el pueblo entero estaba pendiente de sus labios”. Jesús nos trajo una nueva forma de culto, sustituyendo el culto meramente ritual que practicaban los judíos por un culto “en espíritu y verdad”, en el que su Palabra y nuestra oración cobran un papel importantísimo, y nos conducen al centro de la liturgia que es Él mismo que se hace presente en la Eucaristía. Por eso toda la primera parte de la misa es la “enseñanza” de Jesús, precisamente en el mismo lugar que Él lo hacía, en el Templo.

La denuncia de Jesús que escuchamos en el Evangelio, cuando nos dice: “‘Mi casa es casa de oración’; pero vosotros la habéis convertido en una ‘cueva de bandidos’”, nos hace preguntarnos: Nuestros templos, ¿son “casa de oración”? Basta con entrar en algunos templos y ver que, por el nivel de ruido y falta de reconocimiento a Jesús Eucaristía que está presente, parecen más una plaza pública que una casa de oración. Y en nuestros templos, ¿hay mercaderes como los que Jesús expulsó? ¿Se muestra un interés desmedido por los aspectos económicos, aún por encima de la oración y la caridad?

Ahora que estamos prácticamente en el umbral del Adviento, hagamos un poco de introspección comunitaria. Esa Palabra “dulce al paladar” que recibimos, ¿nos causa “ardor” al digerirla? Entonces es tiempo de asumir la misión profética para la que se nos ungió en el bautismo.