REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA MADRE DE DIOS 01-01-22

Hoy levantamos la mirada hacia la Madre que le dio la vida humana y fue la primera en adorarle, teniéndolo aún en su vientre virginal.

Hoy comenzamos un nuevo año celebrando la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Durante la octava de Navidad que culmina hoy, hemos estado contemplando el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios en la persona de aquel Niñito que nació en un establo de Belén. Hoy levantamos la mirada hacia la Madre que le dio la vida humana y fue la primera en adorarle, teniéndolo aún en su vientre virginal. Aquella a quien se refiere san Pablo en la segunda lectura de hoy (Gál, 4,4-7) al decir: “Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción”. Aunque no la menciona por su nombre, este es el texto más antiguo del Nuevo Testamento que hace referencia a la Madre de Jesús.

La Maternidad Divina es también el dogma mariano más antiguo de la Iglesia, decretado por el Concilio de Éfeso en el año 431, que la declaró theotokos, término griego que literalmente quiere decir “la que parió a Dios”.

En esta solemnidad tan especial, en lugar de comentar las escrituras como solemos hacer, me gusta compartir un corto ensayo escrito por un ateo (Jean Paul Sartre), quien logró captar como ninguno ese misterio de la maternidad divina.

“La Virgen está pálida y mira al niño. Lo que yo habría querido pintar sobre su cara es una maravillosa ansiedad que nada más ha aparecido una vez sobre una figura humana. Porque Cristo es su niño, la carne y el fruto de sus entrañas. Ella le ha llevado nueve meses, y le dará el pecho, y su leche se convertirá en sangre de Dios. Y por un momento la tentación es tan fuerte que se olvida de que él es Dios. Le aprieta entre sus brazos y le dice: ‘Mi pequeño’. Pero en otros momentos se corta y piensa: ‘Dios está ahí’, y ella es presa de un religioso temor ante ese Dios mudo, ante ese niño aterrador. Porque todas las madres se sienten a ratos detenidas ante ese trozo rebelde de su carne que es su hijo, y se sienten desterradas ante esa nueva vida que se ha hecho con su vida y que tiene pensamientos extraños. Pero ningún niño ha sido tan cruel y rápidamente arrancado de su madre que éste, porque es Dios y sobrepasa con creces lo que ella pueda imaginar.

“Pero yo pienso que también hay otros momentos, rápidos y escurridizos, en los que ella siente, a la vez, que Cristo, su hijo, suyo, es su pequeño, y es Dios. Ella le mira y piensa: ‘Este Dios es mi hijo. Esta carne divina es mi carne. Ha sido hecho por mí; tiene mis ojos y el trazo de su boca es como el de la mía; se me parece. ¡Es Dios y se me parece!’

“Y a ninguna mujer le ha cabido la suerte de tener a su Dios para ella sola; un Dios tan pequeño que se le puede tomar en brazos y cubrir de besos, un Dios tan cálido que sonríe y respira, un Dios que se puede tocar y que ríe. Y es en uno de esos momentos cuando yo pintaría a María si supiera pintar…”

Que el año que acaba de comenzar sea uno lleno de bendiciones para todos. Pidamos a Santa María, Madre de Dios, que nos lleve de su mano hacia su Hijo, que es también nuestro hermano. ¡Feliz Año Nuevo!

REFLEXIÓN PARA EL SEXTO DÍA DE LA OCTAVA DE NAVIDAD 30-12-21

“En aquel tiempo, había una profetisa, Ana… Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos” …

Continuamos celebrando la “infraoctava” de Navidad con su sexto día y, como primera lectura, continuamos con la 1ra Carta del apóstol san Juan (2,12-17), en la cual nos plantea la contraposición Dios-mundo: “No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo –las pasiones de la carne, y la codicia de los ojos, y la arrogancia del dinero–, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa, con sus pasiones. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”.

¿Y cuál es la voluntad del Padre? Que todos nos salvemos. ¿Y cómo podemos salvarnos? Amando al Cristo que vive en cada uno de nuestros hermanos (Cfr. Mt 25,31-46). De nuevo la Ley del Amor; ese amor que Dios nos enseñó enviándonos a su único Hijo, ese niño que nació en Belén hace apenas cinco días, para ofrecerlo en sacrificio de manera que tuviéramos Vida por medio de Él (Cfr. Jn 4-7-9; 15,12-14). Así, el que ha conocido y asimilado el misterio del Amor de Dios en esta Navidad, no tiene otro remedio que imitar su gran mandamiento, que es el Amor.

El Evangelio que contemplamos hoy (Lc 2,22.36-40) nos presenta la conclusión del pasaje de la Purificación de María y la Presentación del Niño en el Templo. El fragmento que contemplamos hoy nos presenta el personaje de la profetisa Ana, quien al concluir el cántico de Simeón se acercó al Niño dando gracias a Dios mientras “hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén”. Ana tuvo un encuentro personal con Jesús y lo reconoció. Y al igual que todos los que hemos tenido esa experiencia, no tenemos más remedio que dar gracias a Dios y alabar y proclamar su Nombre a todo el que se cruce en nuestro camino.

Estamos en el umbral de un nuevo año, y en esta época se acostumbra hacer “resoluciones” de año nuevo. La lectura evangélica nos dice que Ana la profetisa “no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones”. Eso le permitió reconocer a su Dios y Salvador cuando vio al Niño en el Templo. Ese Niño sigue viniendo a nosotros día tras día y no lo reconocemos (Mt 31-46). ¿Será que no estamos dedicando tiempo a la oración y ayuno?

La profetisa Ana era una mujer viuda que podía darse el lujo de no apartarse del Templo día y noche. Dios conoce las circunstancias particulares de cada uno de nosotros. ¿Cuánto tiempo dedicamos al asueto, a la tele, y a tantas otras cosas que nos “impiden” dedicarle tiempo a Dios?

Yo era uno de esos “católicos de domingo” que “no tenía tiempo” para la oración, el ayuno y otras prácticas piadosas. Hasta que un día Dios me habló a través del testimonio de un hermano de mi Parroquia que me relató con hechos concretos cómo su vida cambió cuando comenzó a ir a misa diaria y a dedicar tiempo a la oración, aunque tuviera que “fabricarlo”. Eso fue hace más de veinticinco años. Desde entonces mi esposa y yo asistimos a misa diaria y dedicamos más tiempo a la oración y adoración del Santísimo. Tú también puedes hacerlo. Créeme, vas a ver el cambio en tu vida…

¿Qué mejor resolución de año nuevo?

REFLEXIÓN PARA EL QUINTO DÍA DE LA OCTAVA DE NAVIDAD 29-12-21

“Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”.

Continuamos celebrando la “octava” de Navidad. Cuando la Iglesia celebra una festividad solemne, como la Navidad, un día no basta; por eso la celebración se prolonga durante ocho días, como si constituyeran un solo día de fiesta. Aunque a lo largo de la historia de la Iglesia se han reconocido varias octavas, hoy la liturgia solo conserva las octavas de las dos principales solemnidades litúrgicas: Pascua y Navidad. Hecho este pequeño paréntesis de formación litúrgica, reflexionemos sobre las lecturas que nos presenta la liturgia para hoy, quinto día de la infraoctava de Navidad.

Como primera lectura continuamos con la 1ra Carta del apóstol san Juan (2,3-11). En este pasaje Juan sigue planteando la contraposición luz-tinieblas, esta vez respecto a nosotros mismos. Luego de enfatizar “la luz verdadera brilla ya” y ha prevalecido sobre las tinieblas, nos dice cuál es la prueba para saber si somos hijos de la luz o permanecemos aún en las tinieblas: “Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano está aún en las tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Pero quien aborrece a su hermano está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe a dónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos”. De nuevo la Ley del Amor, ese amor que Dios nos enseñó enviándonos a su único Hijo, ese Niño que nació en Belén hace apenas cuatro días, para que tuviéramos Vida por medio de Él (Cfr. Jn 4-7-9; 15,12-14).

Así, el que ha conocido y asimilado el misterio del amor de Dios en esta Navidad es “hijo de la Luz” y no tiene otro remedio que imitar su gran mandamiento, que es el Amor.

El Evangelio que contemplamos hoy nos presenta el pasaje de la Purificación de María y la Presentación del Niño en el Templo (Lc 2,22-35). Y una vez más la pregunta es obligada: ¿Cómo es posible que sus padres hayan llevado al Niño al Templo para presentárselo a Dios, si ese Niño ES Dios? Esta escena sirve para enfatizar el carácter totalizante del misterio de la Encarnación. Mediante la Encarnación Jesús se hizo uno de nosotros, igual en todo menos en el pecado (Hb 4,15). Por eso sus padres cumplieron con la Ley, significando de ese modo la solidaridad del Mesías con su pueblo, con nosotros. Y para su purificación, María presentó la ofrenda de las mujeres pobres (Lv 12,8), “un par de tórtolas o dos pichones”. La pobreza del pesebre…

Este pasaje nos presenta también el personaje de Simeón y el cántico del Benedictus. Simeón, tocado por el Espíritu Santo, le recuerda a María que ese hijo no le pertenece, que ha sido enviado para ser “luz para alumbrar a las naciones”, y que ella misma habría de ser partícipe del dolor de la pasión redentora de su Hijo: “Y a ti, una espada te traspasará el alma”.

Lo vemos en el martirio de san Esteban, que hubiésemos celebrado el día 26 de diciembre de no haber coincidido con la Fiesta de Sagrada Familia, y lo veíamos ayer en la Fiesta de los Santos Inocentes. Hoy se nos recuerda una vez más que el nacimiento de nuestro Salvador y Redentor, nuestra liberación del pecado y la muerte, tiene un precio: la vida de ese Niño cuyo nacimiento todavía estamos celebrando. María lo sabía desde que pronunció el “hágase”. Y lo hizo por amor a Dios, por amor a su Hijo, por amor a ti… ¿Cómo no amar a María?

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE LOS SANTOS INOCENTES, MÁRTIRES 28-12-21

Hoy celebramos la Fiesta de los Santos Inocentes, mártires. Esta fiesta nos enfrenta a la dureza del camino que espera a ese niño que acaba de nacer. Esas fuerzas del mal, que la primera lectura (1 Jn 1,5-2,2) nos presenta como las “tinieblas”, acecharán a Jesús desde su nacimiento y acabarán clavándolo en la cruz. Pero Jesús es la luz que vence las tinieblas, y en ese aparente triunfo de las fuerzas de las tinieblas, está la victoria de Jesús-Luz, quien aceptando su muerte de cruz se convirtió en “víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero” (2,2).

En la lectura evangélica de hoy (Mt 2,13-18) vemos las tinieblas del mal que surgen amenazantes sobre el Niño Dios recién nacido. Un presagio de lo que le espera. La Iglesia no quiere que perdamos de vista que ese niño hermoso y frágil que nació en Belén de Judá fue enviado por Dios para nuestra salvación. La historia nos presenta a Herodes como uno de los seres más sanguinarios de su época, quien había usurpado el trono, por lo que temía que en cualquier momento alguien hiciera lo propio con él. Y con tal de mantener el poder, estaba dispuesto a matar, como de hecho lo hizo durante todo su reinado.

El rey Herodes representa esas fuerzas del mal, caracterizadas por las tinieblas, que encontramos día tras día en nuestro camino y que ponen a prueba, no solo nuestra fe, sino nuestra capacidad para practicar la Misericordia.

Herodes había pedido a los magos que le avisaran el lugar en que encontraran al Niño para ir a adorarle. Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”. El ángel también les había dicho a los magos que se marcharan por otro camino. Herodes, sintiéndose burlado, hizo calcular la fecha en que los magos vieron la estrella por primera vez, y “mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores”.

Podríamos intentar hacer toda una exégesis sobre el paralelismo que Mateo quiere establecer entre Jesús y Moisés, presentándonos a Jesús como el “nuevo Moisés” (paralelismo que encontramos hasta en la estructura del primer Evangelio), y cómo quiere probar que en la persona de Jesús se cumplen todas las promesas del Antiguo Testamento, pero el espacio limitado nos traiciona.

Nos limitaremos a resaltar una característica de José, quien desempeña un papel protagónico en el relato de Mateo: su fe absoluta en Dios. A lo largo del todo el relato vemos cómo José convierte en acción la Palabra de Dios (la característica principal de la fe). El ángel le dice, levántate, coge a tu familia y márchate a Egipto, y José no titubea, no cuestiona; simplemente actúa. Del mismo modo cuando le dice “regresa”, actúa de conformidad a la Palabra de Dios. Confía en la Providencia Divina.

Siempre proponemos a Abraham y María como modelos de fe y pasamos por alto a este santo varón que el mismo Dios escogió para ser el padre adoptivo de su Hijo. Jesús y su madre María salvaron sus vidas gracias a la fe de José. En esta Fiesta de los Santos Inocentes, y especialmente acabando de culminar el año que el Papa dedicó a la persona de José, pidamos al Señor la fe de José.

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SAN JUAN APÓSTOL Y EVANGELISTA 27-12-21

“Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo”.

Hoy celebramos la Fiesta litúrgica de san Juan, apóstol y evangelista, autor del cuarto relato evangélico. A san Juan se le conoce como “el discípulo amado” de Jesús, aunque él nunca se atribuye el epíteto a sí mismo. Era de la ciudad de Galilea, pescador de oficio, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago el mayor, quienes junto a Simón Pedro, constituirían el círculo de amigos íntimos de Jesús. Se dice que fue uno de los dos primeros discípulos de Jesús, junto con Andrés. Para esta Fiesta la liturgia nos ofrece como primera lectura el comienzo de la primera carta del apóstol san Juan (1,1-4).

Se nos propone esta lectura dentro de la octava de Navidad en la que tenemos presente el misterio de la Encarnación, con un propósito: recordarnos que esa Encarnación que celebramos es real, que no es producto de la imaginación. Se nos presenta un testigo ocular: “lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos”. El “Verbo”, la “Vida” se ha encarnado, y le hemos percibido a través de nuestros sentidos. Dios ya no es “algo”; es “alguien”, un ser vivo, dinámico, que nació niño igual que nosotros, creció y se desarrolló hasta hacerse hombre.

Juan fue testigo de la Vida, reclinó su cabeza sobre el pecho del Señor (Jn 13,25), y también, junto a Pedro, testigo de la resurrección, como leemos en la lectura evangélica que contemplamos hoy (Jn 20,2-8): “Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó”. “Vio, y creyó”… Más adelante el mismo Jesús resucitado nos dirá: “¡Bienaventurados los que creen sin haber visto!” (Jn 20,29).

El plan salvífico de Dios requiere de testigos creíbles, personas que sin haber visto crean. Y ¿quiénes son esos? Precisamente nosotros, a quienes se nos pide que creamos que Jesús se encarnó, “acampó” entre nosotros, padeció, murió y resucitó, sin que hayamos tenido la oportunidad que tuvo Juan, de entrar al sepulcro vacío, ver, y creer. Si bien es cierto que tenemos el testimonio de Juan que hemos leído, ¿cómo podemos ser “testigos” de la encarnación y resurrección de Jesús en este mundo que estamos viviendo que requiere “pruebas” de todo?

Anteriormente hemos dicho que la Navidad es algo más que fiesta, luces de colores, júbilo, villancicos y dulzura. Es la culminación de ese plan establecido por Dios desde toda la eternidad mediante el cual el Hijo se encarnó para ser inmolado, por amor, para nuestra salvación.

Si nosotros aceptamos esa verdad de fe, y la hacemos formar parte de nuestras vidas, todos verán cómo esa fe ha obrado en nuestras vidas, al punto que el que nos vea perciba que hay “algo” diferente en nosotros, que les haga decir: “Yo no sé lo que esa persona tiene, pero ¡yo quiero de eso!” Y ese será nuestro mejor testimonio, nuestra mejor “predicación”.

No olvidemos que todavía estamos celebrando la Navidad; por eso celebramos la “octava”. Esta solemnidad es tan importante y motivo de tanta alegría que se prolonga por ocho días. Así que, ¡Feliz Navidad!

REFLEXIÓN PARA FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA: JESÚS, MARÍA Y JOSÉ 26-12-21

“Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas”.

Hoy celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia, y la liturgia nos presenta como lectura evangélica el pasaje conocido como “el niño perdido y hallado en el Templo” (Lc 2,41-52). Cabe señalar que aunque la tradición se refiere a Jesús como un “niño” en este episodio, la realidad es que para la cultura judía, a los doce años Jesús ya no es un niño, está en el umbral de su adultez, que se alcanza a los trece años. El pasaje nos muestra a Jesús haciendo su primera peregrinación a Jerusalén por las fiestas de Pascua, una de tres fiestas en que los adultos judíos “subían” al templo de Jerusalén a ofrecer sacrificios. Esas tres fiestas eran la Pascua, Pentecostés, y la fiesta de los Tabernáculos.

Este relato es uno de los más comentados del Nuevo Testamento, y los exégetas ven en él inclusive una prefiguración del Misterio Pascual de Jesús (su Pasión, muerte y Resurrección), porque contiene elementos del mismo, a saber: Jesús cumple la voluntad de Dios, es interrogado por los doctores en el Templo, es causa de angustia, no entienden sus palabras, y es hallado al tercer día de ausencia.

No obstante, hoy nos limitaremos a señalar el aspecto de las relaciones de Jesús con sus “padres”, mientras a su vez manifiesta su filiación divina y su relación con el Padre, en ese Misterio de la Encarnación, que hemos estado reflexionando durante esta octava de Navidad.

Nos encontramos con un Jesús casi adulto, que está consciente de su divinidad y de su misión, que rebasa los límites de su relación con sus padres terrenales. Hasta este momento Jesús no ha pronunciado palabra alguna en este relato evangélico. Y sus primeras palabras testimonian el misterio de su Encarnación, mientras la reacción de sus padres pone de manifiesto la incapacidad de ellos (y la nuestra) para captar el mismo: “‘¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?’ Pero ellos no comprendieron lo que quería decir”.

El pasaje continúa diciendo que María “conservaba todo esto en su corazón”. Aunque María no comprendía del todo el Misterio salvífico que se iba realizando en su Hijo, iba creciendo su comprensión del mismo en la medida que su fe le permitía aceptar los designios del Padre (“He aquí la esclava del Señor…”). Hay que tener presente que, en el lenguaje bíblico, el “corazón” no se refiere a los sentimientos, sino al “lugar” de la reflexión, la fe y la voluntad. Esto nos presenta a una María totalmente envuelta y comprometida con la misión redentora de su Hijo.

Aunque Jesús tiene consciencia de su divinidad, y se lo manifiesta a sus padres, no deja por eso de cumplir con su obligación de honrarles y obedecerles en todo. El Evangelio nos dice que luego que sus padres le “encontraron” en el Templo: “Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad”. El misterio de la Encarnación. Dios pudo simplemente “aparecer”, pero optó por encarnarse en el seno de una familia como la tuya y la mía, la “Sagrada Familia”, proporcionándonos el modelo a seguir.

En este domingo de la Sagrada Familia, pidamos al Señor la gracia de permitir al Niño Dios vivir en nuestros hogares, y en nuestros corazones.

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA MADRE DE DIOS 01-01-21

“Este Dios es mi hijo. Esta carne divina es mi carne. Ha sido hecho por mí; tiene mis ojos y el trazo de su boca es como el de la mía; se me parece. ¡Es Dios y se me parece!”

Comenzamos un nuevo año celebrando la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Durante la octava de Navidad que culmina hoy hemos estado contemplando el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios en la persona de aquel Niñito que nació en un establo de Belén. Hoy levantamos la mirada hacia la Madre que le dio la vida humana y fue la primera en adorarle, teniéndolo aún en su vientre virginal. Aquella a quien se refiere san Pablo en la segunda lectura de hoy (Gál, 4,4-7) al decir: “Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción”. Aunque no la menciona por su nombre, este es el texto más antiguo del Nuevo Testamento que hace referencia a la Madre de Jesús.

La Maternidad Divina es también el dogma mariano más antiguo de la Iglesia, decretado por el Concilio de Éfeso en el año 431, que la declaró theotokos, término griego que literalmente quiere decir “la que parió a Dios”.

En esta solemnidad tan especial, en lugar de comentar las escrituras como solemos hacer, me gusta compartir un corto ensayo escrito por un ateo (Jean Paul Sartre), quien logró captar como ninguno ese misterio de la maternidad divina.

“La Virgen está pálida y mira al niño. Lo que yo habría querido pintar sobre su cara es una maravillosa ansiedad que nada más ha aparecido una vez sobre una figura humana. Porque Cristo es su niño, la carne y el fruto de sus entrañas. Ella le ha llevado nueve meses, y le dará el pecho, y su leche se convertirá en sangre de Dios. Y por un momento la tentación es tan fuerte que se olvida de que él es Dios. Le aprieta entre sus brazos y le dice: ‘Mi pequeño’. Pero en otros momentos se corta y piensa: ‘Dios está ahí’, y ella es presa de un religioso temor ante ese Dios mudo, ante ese niño aterrador. Porque todas las madres se sienten a ratos detenidas ante ese trozo rebelde de su carne que es su hijo, y se sienten desterradas ante esa nueva vida que se ha hecho con su vida y que tiene pensamientos extraños. Pero ningún niño ha sido tan cruel y rápidamente arrancado de su madre que éste, porque es Dios y sobrepasa con creces lo que ella pueda imaginar.

“Pero yo pienso que también hay otros momentos, rápidos y escurridizos, en los que ella siente que a la vez que Cristo es su hijo, su pequeño, y que es Dios. Ella le mira y piensa: ‘Este Dios es mi hijo. Esta carne divina es mi carne. Ha sido hecho por mí; tiene mis ojos y el trazo de su boca es como el de la mía; se me parece. ¡Es Dios y se me parece!’

“Y a ninguna mujer le ha cabido la suerte de tener a su Dios para ella sola; un Dios tan pequeño que se le puede tomar en brazos y cubrir de besos, un Dios tan cálido que sonríe y respira, un Dios que se puede tocar y que ríe. Y es en uno de esos momentos cuando yo pintaría a María si supiera pintar…”

Que el año que acaba de comenzar sea uno lleno de bendiciones para todos. Pidamos a Santa María, Madre de Dios, que nos lleve de su mano hacia su Hijo, que es también nuestro hermano. ¡Feliz Año Nuevo!

REFLEXIÓN PARA EL SEXTO DÍA DE LA OCTAVA DE NAVIDAD 30-12-20

“En aquel tiempo, había una profetisa, Ana… Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos” …

Continuamos celebrando la “infraoctava” de Navidad con su sexto día y, como primera lectura, continuamos con la 1ra Carta del apóstol san Juan (2,12-17), en la cual nos plantea la contraposición Dios-mundo: “No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo –las pasiones de la carne, y la codicia de los ojos, y la arrogancia del dinero–, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa, con sus pasiones. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”.

¿Y cuál es la voluntad del Padre? Que todos nos salvemos. ¿Y cómo podemos salvarnos? Amando al Cristo que vive en cada uno de nuestros hermanos (Cfr. Mt 25,31-46). De nuevo la Ley del Amor; ese amor que Dios nos enseñó enviándonos a su único Hijo, ese niño que nació en Belén hace apenas cinco días, para ofrecerlo en sacrificio de manera que tuviéramos Vida por medio de Él (Cfr. Jn 4-7-9; 15,12-14). Así, el que ha conocido y asimilado el misterio del Amor de Dios en esta Navidad, no tiene otro remedio que imitar su gran mandamiento, que es el Amor.

El Evangelio que contemplamos hoy (Lc 2,22.36-40) nos presenta la conclusión del pasaje de la Purificación de María y la Presentación del Niño en el Templo. El fragmento que contemplamos hoy nos presenta el personaje de la profetisa Ana, quien al concluir el cántico de Simeón se acercó al Niño dando gracias a Dios mientras “hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén”. Ana tuvo un encuentro personal con Jesús y lo reconoció. Y al igual que todos los que hemos tenido esa experiencia, no tenemos más remedio que dar gracias a Dios y alabar y proclamar su Nombre a todo el que se cruce en nuestro camino.

Estamos en el umbral de un nuevo año, y en esta época se acostumbra hacer “resoluciones” de año nuevo. La lectura evangélica nos dice que Ana la profetisa “no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones”. Eso le permitió reconocer a su Dios y Salvador cuando vio al Niño en el Templo. Ese Niño sigue viniendo a nosotros día tras día y no lo reconocemos (Mt 31-46). ¿Será que no estamos dedicando tiempo a la oración y ayuno?

La profetisa Ana era una mujer viuda que podía darse el lujo de no apartarse del Templo día y noche. Dios conoce las circunstancias particulares de cada uno de nosotros. ¿Cuánto tiempo dedicamos al asueto, a la tele, y a tantas otras cosas que nos “impiden” dedicarle tiempo a Dios?

Yo era uno de esos “católicos de domingo” que “no tenía tiempo” para la oración, el ayuno y otras prácticas piadosas. Hasta que un día Dios me habló a través del testimonio de un hermano de mi Parroquia que me relató con hechos concretos cómo su vida cambió cuando comenzó a ir a misa diaria y a dedicar tiempo a la oración, aunque tuviera que “fabricarlo”. Eso fue hace más de veinticinco años. Desde entonces mi esposa y yo asistimos a misa diaria y dedicamos más tiempo a la oración y adoración del Santísimo. Tú también puedes hacerlo. Créeme, vas a ver el cambio en tu vida…

¿Qué mejor resolución de año nuevo?