REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA VIGÉSIMA OCTAVA SEMANA DEL T.O. (1) 14-10-21

¿Escuchamos las voces de los profetas de nuestro tiempo, como el papa Francisco, que nos llaman a practicar la misericordia, a acoger, sobre todo a los más necesitados (los pobres, los enfermos, los inmigrantes, los presos, los analfabetas, las viudas, los divorciados y vueltos a casar, los huérfanos, los homosexuales)?

La lectura evangélica de hoy (Lc 11,47-54) nos presenta a Jesús continuando su ataque implacable contra las actitudes hipócritas y legalistas de los fariseos y los doctores de la Ley, lanzando “ayes” contra ellos.

Comienza criticando la costumbre de los de su tiempo de erigir monumentos y mausoleos a los profetas que habían sido asesinados por sus antepasados porque sus palabras les resultaban incómodas, mientras ellos mismos ignoraban el mensaje del Profeta de profetas que tenían ante sí, y terminarían asesinándolo también: “¡Ay de vosotros, que edificáis mausoleos a los profetas, después que vuestros padres los mataron! Así sois testigos de lo que hicieron vuestros padres, y lo aprobáis; porque ellos los mataron, y vosotros les edificáis sepulcros. Por algo dijo la sabiduría de Dios: ‘Les enviaré profetas y apóstoles; a algunos los perseguirán y matarán’; y así, a esta generación se le pedirá cuenta de la sangre de los profetas derramada desde la creación del mundo; desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías, que pereció entre el altar y el santuario”.

“Todo tiempo pasado fue mejor”, solemos decir. Y recordamos con nostalgia los tiempos de antaño, cuando había respeto por la vida y propiedad ajenas, y Dios y la Iglesia formaban parte de nuestra vida diaria, de nuestras familias, y de todas nuestras instituciones públicas y privadas. Y a veces nos preguntamos qué pasó, en donde perdimos esos valores, en qué esquina dejamos a Dios y a la Iglesia, al punto que ya Dios no está presente en nuestras vidas, ni en nuestras escuelas, ni en nuestras instituciones, ni en algunas de nuestras iglesias…

Y construimos monumentos y mausoleos en nuestras mentes para honrar aquellos tiempos. Pero olvidamos la pregunta más importante: ¿Quién o quiénes “mataron” aquellos tiempos, aquellos valores, cuya pérdida ha precipitado nuestra Iglesia y nuestra sociedad en un espiral hacia la nada? No se trata de adjudicar “culpas” (después de todo la culpa siempre es huérfana), se trata de adjudicar responsabilidades.

Nosotros, los que añoramos y veneramos aquellos tiempos, y a los profetas que fueron ignorados, cuyos mensajes fueron “asesinados”, ¿no somos responsables por habernos cruzado de brazos mientras nuestra sociedad y nuestra Iglesia se venían abajo, ignorando las voces de los “profetas” que clamaban por la justicia y la paz? Lo he dicho y no me canso de repetirlo: El gran pecado de nuestros tiempos es el pecado de omisión.

Más aun, ¿escuchamos las voces de los profetas de nuestro tiempo, como el papa Francisco, que nos llaman a practicar la misericordia, a acoger, sobre todo a los más necesitados (los pobres, los enfermos, los inmigrantes, los presos, los analfabetos, las viudas, los divorciados y vueltos a casar, los huérfanos, los homosexuales)? Como nos dice Francisco: “La caridad que deja a los pobres tal y como están no es suficiente. La misericordia verdadera, aquella que Dios nos da y nos enseña, pide justicia, pide que el pobre encuentre su camino para dejar de serlo”.

Hagamos examen de conciencia, porque las palabras de Jesús a los de su generación son igualmente aplicables a nosotros: “Sí, os lo repito: se le pedirá cuenta a esta generación”.

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SANTA ROSA DE LIMA, PATRONA DEL LAICADO DOMINICO DE PUERTO RICO 30-08-21

Imagen de Santa Rosa de Lima creada utilizando tecnología forense avanzada a partir del cráneo de la santa.

“El día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, santa Rosa de Lima le contestó: ‘Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de ayudar a nuestro prójimo, porque en ellos servimos a Jesús’”. (CIC 2449).

Aunque la Fiesta universal de santa Rosa de Lima es el 23 de agosto, en muchos países, como en su natal Perú y en Puerto Rico, se celebra hoy 30 de agosto. Santa Rosa de Lima fue la primera santa americana canonizada, patrona de las Américas y, al igual que Santa Catalina de Siena, a quien siempre trató de imitar, terciaria dominica. La cita del Catecismo de la Iglesia Católica que hemos transcrito resume la vida y misión de esta insigne santa de nuestra Orden. Santa Rosa de Lima también es la patrona del Laicado Dominico de Puerto Rico.

Santa Rosa supo ver el rostro de Jesús en los enfermos, en los pobres, y en los más necesitados, comprendiendo que sirviéndoles servía a Jesús, y que haciéndolo estaba haciéndose acreedora de ese gran tesoro que es la vida eterna (Cfr. Mt 25,40.46). Comprendió que valía la pena dejarlo todo con tal de servir a Jesús.

Durante su corta vida (vivió apenas treinta y un años) supo enfrentar la burla y la incomprensión y combatir las tentaciones que la asechaban constantemente. Su belleza física le ganaba el halago de todos. Con tal de no sentir vanidad y evitar ser motivo de tentación para otros, llegó al extremo de desfigurarse el rostro y las manos. Cuentan que en una ocasión su madre le colocó una hermosa guirnalda de flores en la cabeza y ella, para hacer penitencia por aquella vanidad, se clavó en la cabeza las horquillas que sostenían la corona con tanta fuerza que luego resultó difícil removerla.

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia propia de la Fiesta (Mt 13,44-46) nos presenta las parábolas del tesoro y de la perla (dos de las llamadas “parábolas del Reino” que Mateo nos narra en el capítulo 13 de su relato):

“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró”.

Rosa de Lima había encontrado ese gran tesoro que es el amor de Dios, y ya todo palidecía, todo lo consideraba basura con tal de ganar Su amor (Cfr. Flp 3,8). Por eso, aún durante la larga y dolorosa enfermedad que precedió su muerte, su oración era: “Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor”.

Cuando leemos las vidas de los grandes santos, nos examinamos y comprendemos lo mucho que nos falta para alcanzar esa santidad a la que todos estamos llamados (1 Pe 1,15). Si ellos, humanos igual que nosotros, con nuestras mismas debilidades, lo lograron, nosotros también podemos hacerlo.

Hoy, pidamos la intercesión de Santa Rosa de Lima para que el Señor nos conceda la perseverancia para continuar en el camino hacia la santidad.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA PRIMERA SEMANA DEL T.O. (1) 13-01-21

“… se marchó al descampado y se puso a orar”.

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Mc 1,29-39) es la continuación de la leíamos ayer, en la que Jesús curó a un endemoniado. Entre ambas, nos narran un día completo en la vida de Jesús.

Hoy encontramos a Jesús que sale de la sinagoga y se dirige a casa de Pedro. El que ha tenido la oportunidad de visitar Cafarnaúm sabe que la casa de Pedro no dista mucho de la sinagoga, al punto que de una se ve la otra.

Al llegar a la casa de Pedro, Jesús encuentra a la suegra de Pedro enferma con fiebre. Inmediatamente la cura y ella sin dilación se pone a servirles. Jesús continúa manifestando su poder sobre la enfermedad, pero sobre todo su compasión y misericordia infinitas. Vemos cómo la suegra de Pedro se pone a servirles tan pronto es curada. Un reflejo de la actitud fundamental de Jesús, que vino a servir y no a ser servido (Mt 20,28). Un reflejo de lo que debería ser nuestra actitud (Cfr. Gál 2,20) para con nuestro prójimo.

Tan pronto se enteró la gente que Jesús estaba allí, comenzaron a traerle enfermos y endemoniados y Él los cura a todos, liberándolos de sus dolencias físicas y de sus demonios. Esa es la misión de Jesús, junto al anuncio de la Buena Noticia del Reino. Y hoy Jesús continúa curando nuestras dolencias y deshaciendo toda clase de obstáculos e impedimentos a nuestra salvación; esos “demonios” que nos alejan de Él. Tan solo tenemos que acercarnos a Él.

Finalizada la jornada, de madrugada, hizo lo que tantas veces lo vemos hacer en los evangelios: “se marchó al descampado y se puso a orar”. Ese diálogo constante de Jesús con el Padre que caracteriza toda su misión. Jesús vivió en un ambiente de oración. Así, a manera de ejemplo, comenzó su vida pública con una oración en su bautismo (Lc 3,22). Del mismo modo culminó su obra redentora, en la última cena, pronunciando una oración de acción de gracias sobre las especies eucarísticas (Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22,19-30, 1 Co 11,23-25). Más adelante, hacia el final de su misión redentora, se retiró al huerto de Getsemaní a solas a orar (Mt 26,36-44).

Podemos decir que la actividad salvadora de Jesús se “alimentaba” constantemente del diálogo amoroso con su Padre. Igualmente, antes de tomar cualquier decisión importante, como cuando fue a elegir a los “doce”, pasó toda la noche en oración (Lc 6,12). Son tantas las instancias en que Jesús oraba, que sería imposible enumerarlas todas, incluyendo al realizar muchos de sus milagros.

Con el ejemplo del pasaje de hoy, Jesús nos está enseñando que podemos y debemos conjugar la oración con nuestro trabajo (ora et labora). Él siempre, aún en los días de más actividad como el que nos narra la lectura de hoy, sacaba tiempo para hablar con el Padre. “Fabricaba” el tiempo, aún a costa de sacrificar el sueño (“se levantó de madrugada”). Me recuerda a Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores, que pasaba las noches en vela orando después de una larga jornada de predicación. Y nosotros, ¿le dedicamos al Padre el tiempo que Él merece? ¿Podrías dedicarle al menos cinco minutos hoy? Anda, ¡Él te espera!

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SANTA ROSA DE LIMA, PATRONA DEL LAICADO DOMINICO DE PUERTO RICO 30-08-20

Rostro de santa Rosa de Lima, recreado de su cráneo utilizando las más adelantadas técnicas científicas y forenses.

“El día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, santa Rosa de Lima le contestó: ‘Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de ayudar a nuestro prójimo, porque en ellos servimos a Jesús’”. (CIC 2449).

Aunque la Fiesta universal de santa Rosa de Lima es el 23 de agosto, en muchos países, como el nuestro (Puerto Rico), se celebra mañana 30 de agosto, que por ser este año en domingo, no se celebra.

Santa Rosa de Lima fue la primera santa americana canonizada, patrona de las Américas y, al igual que Santa Catalina de Siena, a quien siempre trató de imitar, terciaria dominica. La cita del Catecismo de la Iglesia Católica que hemos transcrito resume la vida y misión de esta insigne santa de nuestra Orden. Santa Rosa de Lima también es la patrona del Laicado Dominico de Puerto Rico.

Santa Rosa supo ver el rostro de Jesús en los enfermos, en los pobres, y en los más necesitados, comprendiendo que sirviéndoles servía a Jesús, y que haciéndolo estaba haciéndose acreedora de ese gran tesoro que es la vida eterna (Cfr. Mt 25,40.46). Comprendió que valía la pena dejarlo todo con tal de servir a Jesús.

Durante su corta vida (vivió apenas treinta y un años) supo enfrentar la burla y la incomprensión y combatir las tentaciones que la asechaban constantemente. Su belleza física le ganaba el halago de todos. Con tal de no sentir vanidad y evitar ser motivo de tentación para otros, llegó al extremo de desfigurarse el rostro y las manos. Cuentan que en una ocasión su madre le colocó una hermosa guirnalda de flores en la cabeza y ella, para hacer penitencia por aquella vanidad, se clavó en la cabeza las horquillas que sostenían la corona con tanta fuerza que luego resultó difícil removerla.

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia propia de la Fiesta (Mt 13,44-46) nos presenta las parábolas del tesoro y de la perla (dos de las llamadas “parábolas del Reino” que Mateo nos narra en el capítulo 13 de su relato):

“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró”.

Rosa de Lima había encontrado ese gran tesoro que es el amor de Dios, y ya todo palidecía, todo lo consideraba basura con tal de ganar Su amor (Cfr. Flp 3,8). Por eso, aún durante la larga y dolorosa enfermedad que precedió su muerte, su oración era: “Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor”.

Cuando leemos las vidas de los grandes santos, nos examinamos y comprendemos lo mucho que nos falta para alcanzar esa santidad a la que todos estamos llamados (1 Pe 1,15). Si ellos, humanos igual que nosotros, con nuestras mismas debilidades, lo lograron, nosotros también podemos hacerlo.

Hoy, pidamos la intercesión de Santa Rosa de Lima para que el Señor nos conceda la perseverancia para continuar en el camino hacia la santidad.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA PRIMERA SEMANA DEL T.O. (2) 15-01-20

“… se marchó al descampado y se puso a orar”.

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Mc 1,29-39) es la continuación de la leíamos ayer, en la que Jesús curó a un endemoniado. Entre ambas, nos narran un día completo en la vida de Jesús.

Hoy encontramos a Jesús que sale de la sinagoga y se dirige a casa de Pedro. El que ha tenido la oportunidad de visitar Cafarnaúm sabe que la casa de Pedro no dista mucho de la sinagoga, al punto que de una se ve la otra.

Al llegar a la casa de Pedro, Jesús encuentra a la suegra de Pedro enferma con fiebre. Inmediatamente la cura y ella sin dilación se pone a servirles. Jesús continúa manifestando su poder sobre la enfermedad, pero sobre todo su compasión y misericordia infinitas. Vemos cómo la suegra de Pedro se pone a servirles tan pronto es curada. Un reflejo de la actitud fundamental de Jesús, que vino a servir y no a ser servido (Mt 20,28). Un reflejo de lo que debería ser nuestra actitud (Cfr. Gál 2,20) para con nuestro prójimo.

Tan pronto se enteró la gente que Jesús estaba allí, comenzaron a traerle enfermos y endemoniados y Él los cura a todos, liberándolos de sus dolencias físicas y de sus demonios. Esa es la misión de Jesús, junto al anuncio de la Buena Noticia del Reino. Y hoy Jesús continúa cuando nuestras dolencias y deshaciendo toda clase de obstáculos e impedimentos a nuestra salvación; esos “demonios” que nos alejan de Él. Tan solo tenemos que acercarnos a Él.

Finalizada la jornada, de madrugada, hizo lo que tantas veces lo vemos hacer en los evangelios: “se marchó al descampado y se puso a orar”. Ese diálogo constante de Jesús con el Padre que caracteriza toda su misión. Jesús vivió en un ambiente de oración. Así, a manera de ejemplo, comenzó su vida pública con una oración en su bautismo (Lc 3,22). Del mismo modo culminó su obra redentora, en la última cena, pronunciando una oración de acción de gracias sobre las especies eucarísticas (Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22,19-30, 1 Co 11,23-25). Más adelante, se retiró al huerto de Getsemaní a solas a orar (Mt 26,36-44).

Podemos decir que la actividad salvadora de Jesús se “alimentaba” constantemente del diálogo amoroso con su Padre. Igualmente, antes de tomar cualquier decisión importante, como cuando fue a elegir a los “doce”, pasó toda la noche en oración (Lc 6,12). Son tantas las instancias en que Jesús oraba, que sería imposible enumerarlas todas, incluyendo al realizar muchos de sus milagros.

Con el ejemplo del pasaje de hoy, Jesús nos está enseñando que podemos y debemos conjugar la oración con nuestro trabajo. Él siempre, aún en los días de más actividad como el que nos narra la lectura de hoy, sacaba tiempo para hablar con el Padre. “Fabricaba” el tiempo, aún a costa de sacrificar el sueño (“se levantó de madrugada”). Me recuerda a Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores, que pasaba las noches en vela orando después de una larga jornada de predicación. Y nosotros, ¿le dedicamos al Padre el tiempo que Él merece?

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SANTA ROSA DE LIMA 30-08-19

Reconstrucción facial de Santa Rosa de Lima realizada con las más avanzadas técnicas forenses basándose en su cráneo.

“El día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, santa Rosa de Lima le contestó: ‘Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de ayudar a nuestro prójimo, porque en ellos servimos a Jesús’”. (CIC 2449).

Aunque la Fiesta universal de santa Rosa de Lima es el 23 de agosto, en muchos países, como el nuestro (Puerto Rico), se celebra hoy. Santa Rosa de Lima fue la primera santa americana canonizada, patrona de las Américas y, al igual que Santa Catalina de Siena, a quien siempre trató de imitar, terciaria dominica. La cita del Catecismo de la Iglesia Católica que hemos transcrito resume la vida y misión de esta insigne santa de nuestra Orden. Santa Rosa de Lima también es la patrona del Laicado Dominico de Puerto Rico.

Santa Rosa supo ver el rostro de Jesús en los enfermos, en los pobres, y en los más necesitados, comprendiendo que sirviéndoles servía a Jesús, y que haciéndolo estaba haciéndose acreedora de ese gran tesoro que es la vida eterna (Cfr. Mt 25,40.46). Comprendió valía la pena dejarlo todo con tal de servir a Jesús.

Durante su corta vida (vivió apenas treinta y un años) supo enfrentar la burla y la incomprensión y combatir las tentaciones que la asechaban constantemente. Su belleza física le ganaba el halago de todos. Con tal de no sentir vanidad y evitar ser motivo de tentación para otros, llegó al extremo de desfigurarse el rostro y las manos. Cuentan que en una ocasión su madre le colocó una hermosa guirnalda de flores en la cabeza y ella, para hacer penitencia por aquella vanidad, se clavó en la cabeza las horquillas que sostenían la corona con tanta fuerza que luego resultó difícil removerla.

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia propia de la Fiesta (Mt 13,44-46) nos presenta las parábolas del tesoro y de la perla (dos de las llamadas “parábolas del Reino” que Mateo nos narra en el capítulo 13 de su relato):

“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró”.

Rosa de Lima había encontrado ese gran tesoro que es el amor de Dios, y ya todo palidecía, todo lo consideraba basura con tal de ganar Su amor (Cfr. Flp 3,8). Por eso, aún durante la larga y dolorosa enfermedad que precedió su muerte, su oración era: “Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor”.

Cuando leemos las vidas de los grandes santos, nos examinamos y comprendemos lo mucho que nos falta para alcanzar esa santidad a la que todos estamos llamados (1 Pe 1,15). Si ellos, humanos igual que nosotros, con nuestras mismas debilidades, lo lograron, nosotros también podemos hacerlo.

Hoy, pidamos la intercesión de Santa Rosa de Lima para que el Señor nos conceda la perseverancia para continuar en el camino hacia la santidad.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DESPUÉS DE EPIFANÍA 12-01-19

Hoy contemplamos como primera lectura la conclusión de la primera carta del apóstol san Juan (1 Jn 5,14-21). En este pasaje Juan nos hace una invitación a la oración con la promesa de que nuestras oraciones siempre son escuchadas: “En esto está la confianza que tenemos en él: en que si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha. Y si sabemos que nos escucha en lo que le pedimos, sabemos que tenemos conseguido lo que le hayamos pedido”. Es decir, si nos abandonamos a Su voluntad y nos hacemos uno con Él (entramos en “comunión” con Él), no pediremos nada que sea contrario a Su voluntad, por lo cual nuestras peticiones siempre coincidirán con Su voluntad. De ahí surge la certeza de saber “que tenemos conseguido lo que le hayamos pedido”. Juan en su estilo peculiar que yo llamo de “trabalenguas” tiene la capacidad de concentrar en pocas palabras unas grandes y profundas verdades de fe, y el pasaje de hoy es un buen ejemplo.

Pero Juan no se detiene ahí; nos exhorta a orar por los pecadores: “Si alguno ve que su hermano comete un pecado que no es de muerte, pida y Dios le dará vida”. Nos está diciendo que, lejos de condenar al pecador, oremos por Él para que la gracia se derrame sobre Él y se convierta, “porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10).

De ahí que encontramos a Jesús en compañía de pecadores, recaudadores de impuestos y prostitutas. Y cuando le critican, dice: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan” (Lc 5,31-32). Jesús acoge a los pecadores, los escucha, los consuela, y les dice: “Vete y no peques más” (Jn 8,11).

En el Evangelio de hoy (Jn 3,22-30) vemos la transición, el “pase de batón” de Juan el Bautista a Jesús. Cuando sus discípulos vienen a quejarse con él que Jesús también estaba bautizando y que aparentemente estaba logrando más adeptos que él, Juan entiende que su misión está llegando a su fin. Luego de reconocer que Jesús está actuando por designio divino, les recuerda que él mismo les había dicho: “Yo no soy el Mesías, sino que me han enviado delante de él”. Luego concluye diciendo: “Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar”. Un gesto de humildad, y de reconocimiento de que su misión estaba subordinada a la de Jesús.

La liturgia de la Iglesia nos transmite esa relación al colocar la fiesta de Juan el Bautista el 24 de junio, tres días después del equinoccio de verano (a partir del cual los días se hacen cada vez más cortos, van menguando), y la solemnidad de la Navidad el 25 de diciembre, cuatro días después del equinoccio de invierno (a partir del cual los días se hacen cada vez más largos, va creciendo el tiempo de luz). Así el “sol menguante” simboliza a Juan el Bautista, y el “sol creciente” simboliza a Cristo.

Al concluir este tiempo de Navidad, pidamos al Señor la humildad de Juan, para que nos libre del falso orgullo y estemos conscientes de que toda nuestra actividad pastoral es producto de la gracia y en función de la persona de Cristo, que es quien merece toda gloria y reconocimiento.

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SANTA ROSA DE LIMA 30-08-17

“El día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, santa Rosa de Lima le contestó: ‘Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de ayudar a nuestro prójimo, porque en ellos servimos a Jesús’”. (CIC 2449).

Aunque la Fiesta universal de santa Rosa de Lima es el 23 de agosto, en muchos países, como el nuestro (Puerto Rico), se celebra hoy. Santa Rosa de Lima fue la primera santa americana canonizada, patrona de las Américas y, al igual que Santa Catalina de Siena, a quien siempre trató de imitar, terciaria dominica. La cita del Catecismo de la Iglesia Católica que hemos transcrito resume la vida y misión de esta insigne santa de nuestra Orden. Santa Rosa de Lima también es la patrona del Laicado Dominico de Puerto Rico.

Santa Rosa supo ver el rostro de Jesús en los enfermos, en los pobres, y en los más necesitados, comprendiendo que sirviéndoles servía a Jesús, y que haciéndolo estaba haciéndose acreedora de ese gran tesoro que es la vida eterna (Cfr. Mt 25,40.46). Comprendió valía la pena dejarlo todo con tal de servir a Jesús.

Durante su corta vida (vivió apenas treinta y un años) supo enfrentar la burla y la incomprensión y combatir las tentaciones que la asechaban constantemente. Su belleza física le ganaba el halago de todos. Con tal de no sentir vanidad y evitar ser motivo de tentación para otros, llegó al extremo de desfigurarse el rostro y las manos. Cuentan que en una ocasión su madre le colocó una hermosa guirnalda de flores en la cabeza y ella, para hacer penitencia por aquella vanidad, se clavó en la cabeza las horquillas que sostenían la corona con tanta fuerza que luego resultó difícil removerla.

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia propia de la Fiesta (Mt 13,44-46) nos presenta las parábolas del tesoro y de la perla (dos de las llamadas “parábolas del Reino” que Mateo nos narra en el capítulo 13 de su relato):

“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró”.

Rosa de Lima había encontrado ese gran tesoro que es el amor de Dios, y ya todo palidecía, todo lo consideraba basura con tal de ganar Su amor (Cfr. Flp 3,8). Por eso, aún durante la larga y dolorosa enfermedad que precedió su muerte, su oración era: “Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor”.

Cuando leemos las vidas de los grandes santos, nos examinamos y comprendemos lo mucho que nos falta para alcanzar esa santidad a la que todos estamos llamados (1 Pe 1,15). Si ellos, humanos igual que nosotros, con nuestras mismas debilidades, lo lograron, nosotros también podemos hacerlo.

Hoy, pidamos la intercesión de Santa Rosa de Lima para que el Señor nos conceda la perseverancia para continuar en el camino hacia la santidad.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA CUARTA SEMANA DEL T.O. (1) 01-02-17

“Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron” (Jn 1,11). Este versículo, tomado del prólogo del Evangelio según san Juan, resume lo ocurrido en el pasaje evangélico que nos brinda la liturgia para hoy (Mc 6,1-6).

Jesús regresa a su pueblo de Nazaret y, cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga. Era costumbre que se asignara la responsabilidad de pronunciar la homilía a un varón de la comunidad. Jesús, que se había marchado de Nazaret regresa de visita, y las noticias de su fama, y sobre todo sus milagros, han llegado a oídos de sus antiguos vecinos. El pasaje no nos dice qué les dijo Jesús en su enseñanza, pero lo que fuera les dejó asombrados: “¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?”

Ignoraron el mensaje y fijaron su atención en el mensajero. Para los judíos Dios era un ser distante, terrible, inalcanzable. Y el Mesías esperado había de ser una persona rodeada de esplendor, de majestad. No podían concebir que aquél que había sido su vecino, que había compartido su vida cotidiana con ellos durante treinta años, fuera el Mesías esperado, y mucho menos que fuera el Hijo de Dios, Dios encarnado. “Y esto les resultaba escandaloso”.

Una vez más vemos a Marcos enfatizando la importancia de la fe: “No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe”. No es que Jesús “necesite” de nuestra fe para obrar milagros, no se trata de una “condición”; Él es omnipotente, no necesita de nadie. Pero la fe es necesaria para para recibir el milagro en nuestras vidas.

Jesús “se extrañó de su falta de fe”. Muchas veces, en nuestra labor apostólica nos frustramos, nos extrañamos, y hasta nos escandalizamos ante la falta de fe que encontramos en aquellos a quienes llevamos la Buena Noticia del Reino. Este pasaje nos debe servir de consuelo y, a la vez, de estímulo para seguir adelante. Vemos a Jesús, la segunda persona de la Santísima Trinidad, Dios encarnado, predicando Su Palabra, ¡y no le hicieron caso!, ignoraron su mensaje. Cuando nos enfrentemos a una situación similar, hagamos como Jesús, que continuó “recorriendo los pueblos de alrededor enseñando”. Como Él dirá a sus discípulos en el Evangelio de mañana: “Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos” (Mc 6,11).

Estamos llamados a sembrar la semilla del Reino, pero tenemos que estar conscientes que esta no siempre caerá en terreno fértil (Mc 4,3-9; Lc 8,4-8; Mt 13,1-9). Jesús nos invita a no desanimarnos, porque muchos de los que escuchan nuestro mensaje “miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden” (Mt 13,13; cfr. Is 6,9).

Jesús nos está invitando a seguirle. Muchas veces preferimos la recepción cálida de nuestra predicación por parte de un grupo de “los nuestros” antes que enfrentar el rechazo o la burla de los no creyentes. El papa Francisco nos invita a salir a la calle, a la periferia, a misionar en nuestra propia tierra. Nadie dijo que era fácil. ¡Atrévete!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA VIGÉSIMO SEGUNDA SEMANA DEL T.O. (2) 31-08-16

Curacion de la suegra de Pedro

El pasaje evangélico que nos presenta la liturgia de hoy (Lc 4,38-44), la curación de la suegra de Pedro, aparenta ser uno sencillo, envuelto en la cotidianidad. Jesús ha salido de la sinagoga y va a casa de su amigo Pedro. Es un tramo corto; Pedro vive cerca de la sinagoga. De hecho, la casa de Pedro se ve desde la sinagoga. La suegra de Pedro está enferma, con fiebre muy alta. Nos dice la escritura que Jesús “increpó a la fiebre” y esta se curó. Se riega la voz. Comienzan a traerle enfermos y Él los cura a todos; y hasta echa demonios. Nos hallamos en el último año de la vida pública de Jesús.

Esta escena nos muestra cómo va haciéndose realidad el “año de gracia del Señor” que Jesús había anunciado poco antes en el “discurso programático” pronunciado en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,19). Jesús sigue manifestando su poder, hasta los demonios saben que Él es el Mesías: “Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías”.

Tres cosas queremos resaltar de este pasaje.

En primer lugar, vemos cómo tan pronto Jesús curó a la suegra de Simón, ella “levantándose enseguida, se puso a servirles”. Jesús nos llama a servir de la misma manera que Él lo hace. Su vida terrenal se desarrolló en un ambiente de servicio amoroso al prójimo. Él nos llama a todos. Si hemos de seguir sus pasos tenemos que poner nuestros carismas al servicio de los demás, compartir las gracias que Él nos ha prodigado. Y no se trata de hacerlo “mañana”. No; hemos de hacerlo con la misma prontitud que Él lo hace. Tenemos que estar prestos a servir cuando se nos necesita, no “cuando tengamos tiempo”. Esa es la característica distintiva del verdadero discípulo de Jesús.

Otro detalle que cabe resaltar es cómo Jesús curaba los enfermos “poniendo las manos sobre cada uno”. Él pudo haberlos curados a todos con su mera presencia, o con el poder de su Palabra a todos en grupo. Pero optó por hacerlo de manera personal. Nos está demostrando que para Él todos y cada uno de nosotros es importante, único, especial; que nos ama individualmente, que quiere tener una relación personal con cada cual; que no somos “uno más”.

Finalmente, vemos cómo la gente “querían retenerlo para que no se les fuese”; a lo que Jesús les dijo: “También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado”. A veces estamos tan “enamorados” de Jesús que queremos acapararlo, apropiarnos de Él. Nos tornamos egoístas. O peor aún, pretendemos aprovecharle, monopolizarle. Olvidamos que Él vino para todos. Lo mismo aplica a su Palabra. Si pretendemos retener el Evangelio para nosotros lo desvirtuamos. Jesús es la “Buena Noticia”, y si no la compartimos deja de serlo.

En este día que comienza, pidamos al Señor que abra nuestros corazones para recibir el poder sanador de Jesús, producto de su amor, y nos conceda el don de la generosidad para compartirlo con todos, especialmente mediante el servicio a Él y a los demás, como lo hizo la suegra de Simón Pedro.