REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA 12-03-18

La primera lectura que nos presenta la liturgia para hoy (65,17-21), está tomada del “Tercer Isaías”, que comprende los capítulos 56 al 66 de ese libro. Estos capítulos, escritos por un autor anónimo y atribuidos al profeta Isaías. Fueron escritos durante la “era de la restauración”, luego del regreso del pueblo judío a su país tras el destierro en Babilonia. Es un libro lleno de esperanza y alegría, dentro de la devastación que encontró el pueblo en Jerusalén a su regreso del destierro.

La lectura continúa el ambiente festivo del domingo lætare que celebrábamos ayer: “Mirad: yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva: de lo pasado no habrá recuerdo ni vendrá pensamiento, sino que habrá gozo y alegría perpetua por lo que voy a crear. Mirad: voy a transformar a Jerusalén en alegría, y a su pueblo en gozo; me alegraré de Jerusalén y me gozaré de mi pueblo, y ya no se oirán en ella gemidos ni llantos”.

Es un anticipo de la promesa de la “nueva Jerusalén” que san Juan nos presentará luego en el Apocalipsis en un ambiente de boda (uno de mis pasajes favoritos): “Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya. Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo. Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: ‘Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él Dios – con – ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado’” (Ap 21,1-4).

Es una promesa del Señor. Hay una sola condición: escuchar Su Palabra y creerle al que le envió. Y eso tiene que llenarnos de alegría. Así como el pueblo de Israel se levantó de entre las cenizas de una Jerusalén y un Templo destruidos, esta lectura nos prepara para la alegría de la Vigilia Pascual cuando resuene en los templos de todo el mundo el Gloria, anunciando la Resurrección de Jesús.

La lectura evangélica (Jn 4,43-54) nos presenta el pasaje de la curación del hijo de un funcionario real. Lo curioso de este episodio es que es un pagano quien nos revela la verdadera naturaleza de la fe: una confianza plena y absoluta en la palabra y la persona de Jesús, que le hace resistir los reproches iniciales de Jesús (“Como no veáis signos y prodigios, no creéis”) y le impulsa a actuar según esa confianza, sin necesidad de ningún signo visible. Creyó en Jesús, y “le creyó” a Jesús. Eso fue suficiente para emprender el camino de regreso a su casa con la certeza de que Jesús le había dicho: “Anda, tu hijo está curado”. Él creyó que su hijo estaba sano, y este fue sanado.

Nosotros tenemos la ventaja del testimonio de Su gloriosa Resurrección. Aun así, tenemos que preguntarnos: ¿Realmente le creo a Jesús?

En esta Cuaresma, oremos: “Señor yo creo, pero aumenta mi fe”.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA TRIGÉSIMO SEGUNDA SEMANA DEL T.O. (1) 13-11-15

revelacion cosmologica

Durante toda esta semana hemos estado leyendo el libro de la Sabiduría. Este libro, escrito durante la era de la restauración, después del destierro a Babilonia, forma parte de los llamados “libros sapienciales” del Antiguo Testamento. Es una lástima que este libro, tan rico en sabios consejos para ayudarnos a vivir una vida más ordenada, fuera excluido de la Biblia protestante, máxime, cuando según los entendidos, este libro sirve de “puente” entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

La primer lectura que nos ofrece la liturgia para hoy (Sab 13,1-9), hace una exposición de la llamada “revelación cosmológica”, que junto a la revelación sobrenatural (contenida en la Tradición y las Sagradas Escrituras) conforman la totalidad de lo que conocemos como Divina Revelación:

“Eran naturalmente vanos todos los hombres que ignoraban a Dios y fueron incapaces de conocer al que es, partiendo de las cosas buenas que están a la vista, y no reconocieron al Artífice, fijándose en sus obras, sino que tuvieron por dioses al fuego, al viento, al aire leve, a las órbitas astrales, al agua impetuosa, a las lumbreras celestes, regidoras del mundo. Si, fascinados por su hermosura, los creyeron dioses, sepan cuánto los aventaja su Dueño, pues los creó el autor de la belleza; y si los asombró su poder y actividad, calculen cuánto más poderoso es quien los hizo; pues, por la magnitud y belleza de las criaturas, se descubre por analogía el que les dio el ser”.

Como digo a mis estudiantes cuando tratamos el tema de la revelación cosmológica, nadie que haya observado la belleza de un atardecer en el mar, o de una noche estrellada, o los colores de la campiña cuando las plantas están florecidas, o haya tenido la dicha de ser testigo del nacimiento de una criatura, o estudiado la complejidad (y fragilidad) del cuerpo humano, puede negar la existencia de ese Dios que se nos revela a través de la creación. Y mientras más adelanta la ciencia, y el hombre continúa desenmarañando los misterios de la naturaleza y del universo entero, más patente se hace la mano creadora de Dios, más se revela su Artífice.

“El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos, el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra” (Sal 18). Años más tarde san Pablo dirá: “Porque todo cuanto se puede conocer acerca de Dios está patente ante ellos: Dios mismo se lo dio a conocer, ya que sus atributos invisibles –su poder eterno y su divinidad– se hacen visibles a los ojos de la inteligencia, desde la creación del mundo, por medio de sus obras” (Rm 1,19-20).

La lectura evangélica de hoy (Lc 17,26-37) nos muestra cómo Dios se vale de esa misma naturaleza, obra de sus manos, para impartir la Justicia Divina, acabando con todos mediante el diluvio en tiempos de Noé, y destruyendo Sodoma y todos sus habitantes con “fuego y azufre” del cielo el día que Lot salió de allí.

Hoy, pidamos al Señor nos conceda la Sabiduría para aprender a descubrirle en Su creación, y actuar de manera que sea agradable a Él, que es en lo que consiste la verdadera Sabiduría.