REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA VIGÉSIMO QUINTA SEMANA DEL T.O. (1) 28-09-19

“Meteos bien esto en la cabeza: al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres”.

La lectura evangélica que nos presenta la liturgia para este sábado de la vigésimo quinta semana del tiempo ordinario (Lc 9, 43b-45) se sitúa, dentro de la narración de Lucas, justo al final de la actividad de Jesús en Galilea, antes del comienzo de la “subida” de Jesús a Jerusalén.

Hasta ahora hemos visto el éxito de la predicación de Jesús, pero sobre todo el entusiasmo y admiración generados entre la gente que lo seguía, motivados primordialmente por sus milagros y portentos. Una admiración “ficticia”. Jesús quería asegurarse que sus discípulos no se dejaran apantallar por el éxito de su gestión; quería apartar de ellos toda expectativa de mesianismo terrenal, enfatizando el fin que le aguardaba, y cómo ese final habría de ser la culminación de su misión salvadora.

En el pasaje que contemplamos ayer (Lc 9,18-22), vimos el primer anuncio de la pasión: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día”.

La lectura de hoy, que contiene el segundo anuncio de la pasión en el relato de Lucas, comienza reiterando “la admiración general por lo que (Jesús) hacía”. Tal parece que los discípulos se dejaban contagiar fácilmente por ese entusiasmo. Jesús percibe esto y, por el lenguaje fuerte que utiliza, parece regañar a sus discípulos: “Meteos bien esto en la cabeza: al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres”. Es como si les dijera: “entiéndanlo bien, cabezones”.

A pesar de que el lenguaje utilizado por Jesús alude claramente a los profetas Daniel (7,13-14) e Isaías (53,2-12), los discípulos no lo entendieron. “Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro que no cogían el sentido”. No “cogían el sentido” porque estaban disfrutando vicariamente del éxito de Jesús; algo así como cuando el manejador, los luminotécnicos, sonidistas y músicos, se disfrutan el éxito de un famoso cantante. Estaban embriagados por la fama de su maestro.

La realidad es que no comprendían porque no querían comprender. No querían dañar aquello tan bueno que estaban sintiendo. Por eso “les daba miedo preguntarle sobre el asunto”.

Algo parecido nos sucede a nosotros cuando queremos disfrutar del amor, de la bondad y misericordia de Dios, pero no queremos saber de la “cruz”. Preferimos tararear pretendiendo que cantamos, como los niños malcriados, para no escuchar cuando Jesús nos dice: “El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mt 16,24). Tan solo nos gustan los pasajes “bonitos”, como cuando nos dice: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt 11,28).

Se nos olvida que la Cruz representa el mayor acto de amor, el triunfo definitivo de Jesús sobre la muerte, el camino hacia la Gloria. En palabras de Lope de Vega: “Sin Cruz no hay Gloria ninguna, ni con Cruz eterno llanto,  Santidad y Cruz es una, no hay Cruz que no tenga santo, ni santo sin Cruz alguna”.

REFLEXIÓN PARA EL DECIMOCUARTO DOMINGO DEL T.O. (C) 07-07-19

“En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él”.

La lectura evangélica de hoy (Lc 10,1-9) encontramos a Jesús que continúa su “subida” final a la ciudad Santa de Jerusalén en donde culminará su obra redentora. El pasaje nos narra el envío de los “setenta y dos” a los lugares que él pensaba visitar en su camino. Estos han de actuar como una especie de “avanzada”, como las que usan los políticos de nuestro tiempo para ir preparando el camino para su llegada. Al leer este pasaje resuenan las palabras del “Cántico de Zacarías”, pronunciadas por el anciano con relación a Juan el Bautista: “Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos” (Lc 1,76).

El envío es precedido por la famosa frase de Jesús: “La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies”. El trabajo es arduo, la tierra que hay que arar, sembrar y cosechar es tan extensa como la tierra misma.

Desde los inicios de su vida pública Jesús había dejado establecida su misión: “También a las otras ciudades debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para eso he sido enviado” (Lc 4,43). Él sabe su tiempo es corto, y que los “doce” no van a poder continuar solos el trabajo. Tiene que adiestrar a otros a quienes también ha de dejar a cargo de anunciar la Buena Noticia del Reino. Por eso los envía en una misión “de prueba”, para que experimenten la satisfacción y el rechazo, la alegría y la frustración; para que se curtan. Jesús sabía que la misión no iba ser fácil, que se iban a enfrentar a la hostilidad de los enemigos del Reino. Por eso les advierte: “Mirad que os mando como corderos en medio de lobos”. Más adelante, les (nos) dirá: “Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Noticia a toda la creación” (Mc 16,15).

Jesús sabía también que esos setenta y dos tendrían que multiplicarse una y otra vez, hasta el final de los tiempos. Esa labor continúa hoy. Por eso tenemos que continuar pidiendo al dueño de la mies que mande obreros a su mies y, más aun, enrollarnos las mangas y comenzar nosotros a laborar también.

Especialmente a partir del Concilio Vaticano II, la misión evangelizadora no está limitada al clero ni a los de vida consagrada; nos compete también a todos los laicos. Todos estamos llamados a evangelizar; en nuestro entorno familiar, en nuestra comunidad, en nuestro trabajo, “a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,2). Lo bueno es que el mismo Jesús nos dejó las instrucciones y, mejor aún, prometió acompañarnos (Cfr. Mt 28,20). ¿Cómo podemos rechazar esa oferta? Con razón san Pablo decía: “¡Ay de mi si no evangelizo!” (1 Cor 9,16).

En este día del Señor, pidámosle, por intercesión de nuestra Madre, la siempre Virgen María, que suscite vocaciones sacerdotales, diaconales, religiosas y laicales para continuar la misión evangelizadora, y nos conceda a nosotros la gracia necesaria para proclamar la Buena Nueva del Reino, especialmente con nuestra conducta.

REFLEXIÓN PARA EL DECIMOTERCER DOMINGO DEL T.O. (C) 30-06-19


“Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios”.

El evangelio que nos presenta la liturgia para hoy (Lc 9,51-62), marca el comienzo de la parte central del evangelio según san Lucas, que abarca hasta el capítulo 19 y nos narra la “subida” de Jesús de Galilea a la ciudad santa de Jerusalén, donde habría de culminar su misión redentora, con su pasión, muerte, resurrección y glorificación (su “misterio pascual”).

El primer versículo de la lectura nos señala la solemnidad de esta travesía: “Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén”. Jesús había comenzado su ministerio en Galilea; sabía cuál era la culminación de ese ministerio. Ya se lo había anunciado a sus discípulos (Lc 9,22). Él sabe lo que le espera en Jerusalén, pero enfrenta su misión con valentía. Sus discípulos aún no han captado la magnitud de lo que les espera, pero le siguen.

Al pasar por Samaria piden posada y se les niega, no tanto por ser judíos, sino porque se dirigían al Templo de Jerusalén. Los discípulos reaccionan utilizando criterios humanos: “Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?” (Cfr. 2 Re 1,10). Ya los discípulos conocen el poder de Jesús, pero aparentemente no han captado la totalidad de su mensaje. ¡Cuán soberbios se muestran los discípulos! Se creen que por andar con Jesús tienen la verdad “agarrada por el rabo”; que pueden disponer del “fuego divino” para acabar con sus enemigos.

Por eso Jesús “se volvió y les regañó”. En lugar de castigar o maldecir a los que los que los despreciaron, Jesús se limitó a “marcharse a otra aldea”. Ante esta lectura debemos preguntarnos: ¿cuántas veces quisiéramos ver “el fuego de Dios” caer sobre los enemigos de la Iglesia, sobre los que nos injurian, o se burlan de nosotros por seguir a Jesús, o por proclamar su Palabra? El mensaje de Jesús es claro: “Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir su sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5,44-45).

La segunda parte de la lectura nos reitera la radicalidad que implica el seguimiento de Jesús. Ante el llamado de Jesús uno le dice: “Déjame primero ir a enterrar a mi padre”; a lo que Jesús replica: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios”. Otro le dice: “Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia”. A este, Jesús le contestó: “El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios”.

Esta exigencia contrasta con la vocación de Eliseo que nos narra la primera lectura (1 Re 19,16b.19-21), en la que éste le dice a Elías que le permita decir adiós a sus padres, y el profeta le contesta: “Ve y vuelve; ¿quién te lo impide?”. Luego de ofrecer un sacrificio, dio de comer a los suyos y se marchó tras Elías.

Jesús nos está planteando que las exigencias del Reino son radicales. El seguimiento de Jesús tiene que ser incondicional. Seguirle implica dejar TODO para ir tras de Él. No hay términos medios: “¡Ojalá fueras frío o caliente! Por eso, porque eres tibio, te vomitaré de mi boca” (Ap 3,15b-16).

Él nos está diciendo: “Sígueme”. Y tú, ¿aceptas?

REFLEXIÓN PARA LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS 09-06-19

Hoy celebramos la gran solemnidad de Pentecostés, que conmemora la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles mientras se encontraban reunidos en oración, junto a la María, la madre de Jesús, y otros discípulos, siguiendo las instrucciones y esperando el cumplimiento de la promesa del Señor quien, según la narración de Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles, en el momento en que iba a ascender al Padre les pidió que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre. La promesa “que yo les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días” (Hc 1,4b-5). Y luego añadió: “recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (1,8).

Se refería Jesús a la promesa que Jesús les había hecho de enviarles su Santo Espíritu: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré” (Jn 16,7). Jesús ya vislumbra en el horizonte aquella Iglesia a la cual Él confiaría continuar su misión. Hasta ahora han estado juntos, él ha permanecido con ellos. Pero tienen que “ir a todo el mundo a proclamar el Evangelio”. Cada cual por su lado; y Él no puede físicamente acompañarlos a todos. Al enviarles el Espíritu Santo, este podrá acompañarlos a todos. Así podrá hacer cumplir la promesa que les hizo antes de marcharse: “Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

En ocasiones anteriores hemos dicho que la fe es la acción del creer, es actuar conforme a lo que creemos, es confiar plenamente en la palabra de Dios. Más que creer en Dios es creerle a Dios, creer en sus promesas.

Los apóstoles llevaron a cabo un acto de fe. Creyeron en Jesús y le creyeron a Jesús. Por tanto, estaban actuando de conformidad: Permanecieron en Jerusalén, y perseveraban en la oración con la certeza de que el Señor enviaría su Santo Espíritu sobre ellos. Y como sucede cada vez que llevamos a cabo un acto de fe, vemos manifestada la gloria y el poder de Dios. En este caso ese acto de fe se  tradujo en la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y María la madre de Jesús, episodio que nos narra la primera lectura de hoy (Hc 2,1-11). Nos dice la lectura que “de repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban”.

Cuando pensamos en Pentecostés siempre pensamos en las “lengüitas de fuego”, y pasamos por alto la ráfaga de viento que precedió a las lenguas de fuego. Las últimas representan, no al Espíritu en sí, sino a una de sus manifestaciones, el carisma de hablar en lenguas extranjeras (xenoglosia). El poder pleno del Espíritu que recibieron aquél día está representado en la ráfaga de viento. De ahí que la Iglesia, congregada alrededor de María, recibió algo más; recibió la plenitud del Espíritu y con él la valentía, el arrojo para salir al mundo y enfrentar la persecución, la burla, la difamación que enfrenta todo el que acepta ese llamado de Jesús: “sígueme”. Así, aquellos hombres que habían estado encerrados por miedo a las autoridades que habían asesinado a Jesús, se lanzan a predicar la buena nueva de Jesús resucitado a todo el mundo.

Si invocamos el Espíritu Santo, no hay nada que nos dispongamos a hacer por el Reino que no podamos lograr. Y tú, ¿lo has invocado?

REFLEXIÓN PARA EL SÉPTIMO DOMINGO DE PASCUA (C) – SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR 02-06-19


“Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”.

Hoy celebramos la Solemnidad de la Ascensión del Señor. En la actualidad esta solemnidad se celebra el séptimo domingo de Pascua, en lugar del jueves de la sexta semana (como se celebraba antes), que es cuando se cumplen los cuarenta días desde la Resurrección. Y las lecturas obligadas son las dos narraciones de la Ascensión que nos hace san Lucas en Lc 24,46-53 y Hc 1,1-11 (cabe señalar que Lucas es quien único nos narra el hecho de la Ascensión). La cuarentena surge del relato de Hechos de los Apóstoles (1,3b). No obstante, en su relato evangélico, el mismo Lucas da la impresión de que la Ascensión tuvo lugar el mismo día de la Resurrección, inmediatamente después aparecerse a los discípulos, cuando los de Emaús estaban narrándoles su encuentro con el Resucitado. Pero eso se lo dejamos a los exégetas.

La solemnidad de la Ascensión nos sirve de preámbulo a la Fiesta de Pentecostés que observaremos el próximo domingo, cuando se ha de cumplir la promesa de Jesús a sus discípulos antes de su Ascensión: “Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hc 1,8; Cfr. Lc 24,49).

La Ascensión es la culminación de la misión redentora de Jesús. Deja el mundo y regresa al mismo lugar de donde “descendió” al momento de su encarnación: a la derecha del Padre. Pero no regresa solo. Lleva consigo aquella multitud imposible de contar de todos los justos que le antecedieron en el mundo y fueron redimidos por su muerte de cruz. Las puertas del paraíso que se habían cerrado con el pecado de Adán, estaban abiertas nuevamente.

San Cirilo de Alejandría lo expresa con gran elocuencia: “El Señor sabía que muchas de sus moradas ya estaban preparadas y esperaban la llegada de los amigos de Dios. Por esto, da otro motivo a su partida: preparar el camino para nuestra ascensión hacia estos lugares del Cielo, abriendo el camino, que antes era intransitable para nosotros. Porque el Cielo estaba cerrado a los hombres y nunca ningún ser creado había penetrado en este dominio santísimo de los ángeles. Es Cristo quien inaugura para nosotros este sendero hacia las alturas. Ofreciéndose él mismo a Dios Padre como primicia de los que duermen el sueño de la muerte, permite a la carne mortal subir al cielo. Él fue el primer hombre que penetra en las moradas celestiales… Así, pues, Nuestro Señor Jesucristo inaugura para nosotros este camino nuevo y vivo: ‘ha inaugurado para nosotros un camino nuevo y vivo a través del velo de su carne’ (Hb 10,20)”.

Ahora que el Resucitado vive en la Gloria de Dios Padre, pidámosle que envíe sobre nosotros su Santo Espíritu para que, al igual que los apóstoles tengamos el valor para continuar su obra salvadora en este mundo, para que ni uno solo de sus pequeños se pierda (Mt 18,14).

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA 08-05-19

“Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hc 1,8). Esa promesa de Jesús se hace realidad en la primera lectura que nos ofrece la liturgia de hoy (Hc 8,1-8). Él les había pedido a los apóstoles que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre (la promesa del Espíritu Santo). De hecho, durante los primeros siete capítulos de los Hechos de los Apóstoles, estos permanecen en Jerusalén.

La lectura de hoy nos narra que luego del martirio de Esteban se desató una violenta persecución contra la Iglesia en Jerusalén, que hizo que todos, menos los apóstoles, se dispersaran por Judea y Samaria. Y cumpliendo el mandato de Jesús, “al ir de un lugar para otro, los prófugos iban difundiendo el Evangelio”. Así comenzó la expansión de la Iglesia por el mundo entero, una misión que al día de hoy continúa.

La lectura nos recalca que el mayor perseguidor de la Iglesia era Saulo de Tarso: “Saulo se ensañaba con la Iglesia; penetraba en las casas y arrastraba a la cárcel a hombres y mujeres”. Sí, el mismo Saulo de Tarso que luego sería responsable de expandir la Iglesia por todo el mundo pagano, mereciendo el título de “Apóstol de los gentiles”. Son esos misterios de Dios que no alcanzamos a comprender.

Jesús vio a Pablo y entendió que esa era la persona que Él necesitaba para llevar a cabo la titánica labor de evangelizar el mundo pagano. Un individuo en quien convergían tres grandes culturas, la judía (fariseo), la griega (criado en la ciudad de Tarso) y la romana (era ciudadano romano). Decide “enamorarlo” y se le aparece en el camino a Damasco en ese episodio que todos conocemos, mostrándole toda su gloria. Ahí se cumple lo que Él mismo nos dice en la lectura evangélica de hoy (Jn 6,35-40): “Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día” (v. 40). Pablo vio a Jesús ya glorificado, creyó en Él, y recibió la promesa de vida eterna.

Continuamos leyendo el capítulo 6 de Juan, el llamado “discurso del pan de vida”. El versículo final del pasaje de hoy que acabamos de citar se da en el contexto de que Jesús dice a sus discípulos (y a nosotros), que Él no está aquí para hacer Su voluntad, “sino la voluntad del que me ha enviado”. Y la voluntad del Padre es que todos nos salvemos, “que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día”.

Y esa salvación, esa vida eterna la comenzamos a disfrutar desde ahora, en la medida en que creamos en el Resucitado y nos hagamos uno con Él. En la fe, y por la fe, recibimos su llamada amorosa, creemos, y nos ponemos en marcha hacia la meta que es Él mismo.

Lo bueno es que todos estamos invitados, sin excepción: “al que venga a mí no lo echaré afuera”. El hombre fue echado del Paraíso, pero en Jesús encontramos el perdón y la gracia que nos devuelven el favor de Dios y la vida eterna.

Que esa promesa guie nuestra vida y nuestra oración.

REFLEXIÓN PARA EL SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA, DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA 28-04-19

Hoy celebramos el segundo domingo de Pascua, último día de la Octava de Pascua, también conocido como domingo de la Divina Misericordia. Si analizamos las lecturas que nos propone la liturgia, entendemos por qué Jesús, en sus mensajes a Santa María Faustina, escogió esta fecha para celebrar la Fiesta de la Divina Misericordia (ver reflexión de nuestro hermano y amigo Romualdo Olazábal publicado hace unos años en su Blog).

La primera lectura (Hc 5,12-16) nos narra la actividad de los apóstoles, quienes continúan la obra de Jesús en Jerusalén (lugar donde se desarrollan los primeros siete capítulos de los Hechos de los apóstoles), en un despliegue de misericordia, curando “enfermos y poseídos”.

La lectura evangélica (Jn 20,19-31) nos presenta las primeras dos apariciones de Jesús a sus discípulos. La primera el mismo día de la Resurrección, encontrándose encerrados en la estancia superior, por temor a las autoridades judías, luego de que Pedro y Juan encontraran la tumba vacía. La segunda tiene lugar una semana después, pero esta vez los discípulos estaban fortalecidos por la presencia del Resucitado. Ahora la controversia giraba en torno a la incredulidad de Tomás.

Este pasaje, que es la conclusión del evangelio según san Juan, es sumamente denso y lleno de símbolos. Nos limitaremos a dos, comenzando con el segundo: la incredulidad de Tomás.

La pregunta obligada es: ¿Dónde estaba Tomás cuando el Señor se apareció a los discípulos por primera vez? De seguro estaba vagando, triste y desilusionado porque Jesús había muerto; había visto tronchados todos sus sueños. Se había separado del grupo. Por eso no tuvo la experiencia de Jesús resucitado; como nos pasa a nosotros cuando nos alejamos de la Iglesia. Cuando regresó se negaba a creer porque no le había visto. Pero esta vez no se alejó, se mantuvo en comunión con sus hermanos, se congregó, y entonces tuvo el encuentro con Jesús resucitado. Igual nos pasa a nosotros cuando regresamos a la Iglesia y nos congregamos para la celebración eucarística; los ojos de la fe nos permiten tener un encuentro con Jesús resucitado. Por eso en el rito de la consagración decimos, al igual que Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”

Jesús concluye el pasaje diciendo: “Dichosos los que crean sin haber visto”. Los discípulos tuvieron la dicha de ver a Jesús resucitado. Nosotros por fe creemos que Él se hace presente con todo su cuerpo, sangre, alma y divinidad, en las especies de pan y vino durante la celebración eucarística; presencia tan real como lo fue la aparición a los discípulos en aquél primer domingo de Resurrección. ¡Y por ello Jesús nos llama dichosos, bienaventurados!

El otro aspecto que hay que resaltar es la institución del Sacramento de la Reconciliación. Jesús conoce nuestra naturaleza pecadora y no quiso dejarnos huérfanos: “exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos’”. Es el “Tribunal de la Divina Misericordia”, la  manifestación más patente de la Misericordia Divina; llamado así porque es el único Tribunal en el cual uno, al declararse culpable, sale absuelto.

Durante la Cuaresma y Semana Santa la Iglesia nos hizo un llamado a reconciliarnos. Si no lo hiciste entonces, recuerda que HOY es el domingo de la Divina Misericordia. ¡Anda, declárate culpable; te garantizo que saldrás absuelto!

REFLEXIÓN PARA EL LUNES SANTO 15-04-19

Luego de la entrada triunfal en Jerusalén que celebrábamos ayer, las lecturas de esta semana nos irán narrando la última semana de Jesús, y preparándonos para su Pascua. La lectura evangélica de hoy (Jn 12,1-11) nos ubica en tiempo: “seis días antes de la Pascua”; es decir, el lunes de la última semana de Jesús en la tierra.

Jesús sabe que está viviendo los últimos días de su humanidad y decide ir a pasar un rato agradable con sus amigos Lázaro, Marta y María, en el poblado de Betania, el lugar al que solía acudir cuando quería descansar. El autor enfatiza la proximidad de la Pascua, la presencia de Lázaro “a quien había resucitado de entre los muertos”, y el “perfume de nardo auténtico y costoso” con el que María, la hermana de Lázaro, le ungió los pies a Jesús. Este gesto de María es el que le da a este pasaje el nombre de la “unción en Betania”.

La lectura también nos presenta el ambiente. Un ambiente de fiesta: “Allí le ofrecieron una cena”. Por la forma en que Juan la describe, da la impresión de que no era una cena íntima con los amigos, se trataba de una fiesta en honor a Jesús, con muchos invitados. ¿Una fiesta de despedida, o una prefiguración de su gloriosa resurrección? No hay duda que todos querían verlo, pues estaban maravillados con los prodigios obrados por Jesús, especialmente por la revitalización de Lázaro. Esto se hace evidente por el comentario al final del pasaje de que muchos estaban allí, “no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos”.

El “perfume de nardo, auténtico y costoso” con el que María ungió los pies de Jesús y que hizo que la casa se llenara de su fragancia, nos presenta un marcado contraste con el mal olor que había en la tumba de Lázaro antes de que Jesús lo reviviera (Jn 11,39). Jesús es la resurrección y la vida.

Por otro lado, cuando Judas se quejó de que estuvieran desperdiciado un perfume tan caro en lugar de venderlo para repartir su importe entre los pobres, Jesús le dijo: “Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis”. Algunos ven en la expresión de que María tenía reservado el perfume para el día de la sepultura de Jesús, un anticipo de que su cadáver no podría ser embalsamado el día de su entierro. La referencia a los pobres se refería a que, aunque se iba a separar físicamente de sus discípulos, permanecería siempre entre ellos, y entre nosotros, en la persona de estos, en el rostro de los pobres.

Mientras los sumos sacerdotes continuaban adelantado la conspiración para asesinar a Jesús, Él se mantiene en calma, disfruta de sus últimos momentos con sus amigos, y se dispone regresar al día siguiente a Jerusalén para culminar su misión.

Señor, permíteme acompañarte durante los eventos de esta semana y abrir mi corazón al beneficio de tu pasión redentora, para luego celebrar tu gloriosa resurrección.

REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR (C) 14-04-19

Hoy celebramos el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, y la liturgia nos ofrece dos lecturas evangélicas, una para la bendición de los ramos (Lc 19,28-40) y otra para la liturgia de la Palabra propiamente (Lc 22, 17.14–23,56). La primera nos narra la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, y la segunda nos presenta la Pasión según san Lucas, un adelanto de lo que le espera a Jesús. En ambas la “multitud” juega un papel importante. En la primera la multitud le aclama y alaba a Dios; en la segunda esa misma multitud pide que le crucifiquen.

Si comparamos la actitud de esa multitud anónima en ambas lecturas, vemos cuán volubles y manejables son las masas. Lo mismo podemos decir de nosotros. En un momento estamos alabando y bendiciendo al Señor mientras le recibimos en nuestros corazones, y al siguiente nos dejamos seducir por el maligno y terminamos dándole la espalda y “crucificándole”. Esta semana Santa que comienza hoy nos presenta otra oportunidad de hacer introspección, examen de conciencia sobre nuestra actitud hacia Dios. ¿A cuál de las dos multitudes pertenezco?

La segunda lectura nos da una esperanza. Hasta el último momento Jesús pidió al Padre que perdonara a los que le crucificaron. Más aún, cuando uno de los ladrones que estaban crucificados a su lado le reconoció y le dijo: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”, Jesús le respondió: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso”. Todavía estamos a tiempo; Jesús nunca se cansa de esperar. Él quiere que nos salvemos; esa es su voluntad. Pero no quiere, no puede obligarnos, pues respeta nuestra libertad; por eso nos dio libre albedrío.

Hoy se nos entregarán unos ramos benditos durante la celebración litúrgica. Unos ramos frescos, llenos de vida. Esos ramos eventualmente van a secarse, y luego serán quemados para convertirse en la ceniza que se nos va a imponer el miércoles de ceniza del próximo año. Así de efímera es nuestra vida, y en eso nos vamos a convertir. Hoy se nos brinda otra oportunidad. No sabemos si vamos a estar aquí el próximo año, el próximo mes, la próxima semana, mañana… ¿En cuál de las multitudes nos sorprenderá?

Jesús nos ama con locura, con pasión; quiere relacionarse con nosotros; quiere nuestra salvación, para eso nos creó el Padre, para eso envió a su Hijo. Pero, como dice el P. Larrañaga, “Dios es un perfecto caballero”, es incapaz de imponerse.

Jesús se ofreció a sí mismo como víctima propiciatoria por todos los pecados de la humanidad, cometidos y por cometer; los tuyos y los míos. Pero para poder recibir el beneficio de esa redención, para gozar de la Misericordia infinita de ese Padre que no se cansa de perdonar, tenemos que acercarnos a Él, reconocerle, y reconocer nuestra culpa como lo hizo el buen ladrón y como lo hizo el hijo pródigo (Lc 15,11-32). Y para eso Jesús nos dejó el sacramento de la reconciliación, que encomendó a Su Iglesia a través de los apóstoles (Jn 20,22-23).

Si no la has hecho aún, esta Semana Santa es el momento propicio; ¡reconcíliate!

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA 01-04-19

La primera lectura que nos presenta la liturgia para hoy (65,17-21), está tomada del “Tercer Isaías”, que comprende los capítulos 56 al 66 de ese libro. Estos capítulos, escritos por un autor anónimo y atribuidos al profeta Isaías. Fueron escritos durante la “era de la restauración”, luego del regreso del pueblo judío a su país tras el destierro en Babilonia. Es un libro lleno de esperanza y alegría, dentro de la devastación que encontró el pueblo en Jerusalén a su regreso del destierro.

La lectura continúa el ambiente festivo del domingo lætare que celebrábamos ayer: “Mirad: yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva: de lo pasado no habrá recuerdo ni vendrá pensamiento, sino que habrá gozo y alegría perpetua por lo que voy a crear. Mirad: voy a transformar a Jerusalén en alegría, y a su pueblo en gozo; me alegraré de Jerusalén y me gozaré de mi pueblo, y ya no se oirán en ella gemidos ni llantos”.

Es un anticipo de la promesa de la “nueva Jerusalén” que san Juan nos presentará luego en el Apocalipsis en un ambiente de boda (uno de mis pasajes favoritos): “Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya. Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo. Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: ‘Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él Dios – con – ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado’” (Ap 21,1-4).

Es una promesa del Señor. Hay una sola condición: escuchar Su Palabra y creerle al que le envió. Y eso tiene que llenarnos de alegría. Así como el pueblo de Israel se levantó de entre las cenizas de una Jerusalén y un Templo destruidos, esta lectura nos prepara para la alegría de la Vigilia Pascual cuando resuene en los templos de todo el mundo el Gloria, anunciando la Resurrección de Jesús.

La lectura evangélica (Jn 4,43-54) nos presenta el pasaje de la curación del hijo de un funcionario real. Lo curioso de este episodio es que es un pagano quien nos revela la verdadera naturaleza de la fe: una confianza plena y absoluta en la palabra y la persona de Jesús, que le hace resistir los reproches iniciales de Jesús (“Como no veáis signos y prodigios, no creéis”) y le impulsa a actuar según esa confianza, sin necesidad de ningún signo visible. Creyó en Jesús, y “le creyó” a Jesús. Eso fue suficiente para emprender el camino de regreso a su casa con la certeza de que Jesús le había dicho: “Anda, tu hijo está curado”. Él creyó que su hijo estaba sano, y este fue sanado.

Nosotros tenemos la ventaja del testimonio de Su gloriosa Resurrección. Aun así, tenemos que preguntarnos: ¿Realmente le creo a Jesús?

En esta Cuaresma, oremos: “Señor yo creo, pero aumenta mi fe”.