REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA OCTAVA SEMANA DEL T.O. (1) 26-05-21

“No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?”

La lectura evangélica de hoy (Mc 10,32-45) nos presenta el tercer anuncio de la pasión de Jesús a sus discípulos. Vemos cómo cada vez el anuncio se hace más preciso. Hoy lo hace con lujo de detalle: “Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán; y a los tres días resucitará”.

Este anuncio se da en el contexto de la primera “subida” de Jesús a Jerusalén en la narración de Marcos. Además del aspecto geográfico, vemos en este detalle un significado teológico: Jesús abandona el mundo pagano y “sube” a Sión para enfrentar su pasión y muerte voluntariamente aceptadas, para luego resucitar lleno de gloria.

Otro simbolismo: Jesús se les adelanta y los discípulos le siguen “asustados”. Jesús va enfrentar la culminación de su misión, y los apóstoles sufrirán su mismo destino: el martirio. Según la tradición todos, excepto Juan, padecieron el martirio a causa del Evangelio.

No bien había acabado Jesús de hacer su anuncio, se le acercan Santiago y Juan, todavía con las ideas mesiánicas del pueblo de Israel en sus mentes, y le piden: “Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. En la versión de Mateo, es la madre de estos quien se lo pide (Mt 20,20-21). De nuevo la ambición de gloria y privilegio. Jesús destaca la incomprensión de los apóstoles: “No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?” Ellos siguen sin comprender y le contestan en la afirmativa.

Jesús, con toda su paciencia les afirma: “El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado”. Beber el cáliz se refiere a asumir la amargura, el sacrificio, la renuncia (Cfr. Mt 26,39; Lc 22,42), y el bautismo es sinónimo de sumergirse, dejarse purificar, morir para nacer a una nueva vida. Les anuncia la suerte que les espera.

Los otros se indignan, no porque creyeran que la petición de los hijos del Zebedeo fuera impropia, sino porque se les habían adelantado. No será hasta la Pascua de Jesús que los discípulos comprenderán el significado de sus palabras.

Jesús aprovecha (¿cuándo no?) para darles (y darnos a nosotros también) una lección sobre lo que significan autoridad y servicio: “el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”.

Hagamos examen de conciencia. ¿Tengo tendencia a dominar o imponer mi criterio sobre otros, más que servir? ¿Ambiciono, consciente o inconscientemente puestos de honor o reconocimiento?

Ser cristiano significa seguir los pasos de Cristo. Beber su mismo cáliz y bautizarse en su mismo bautismo. La invitación es sencilla: “Sígueme”. ¿Te animas?

REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO DE PENTECOSTÉS 23-05-21

Aposento alto o cenáculo en Jerusalén, lugar donde se celebró la última cena y luego ocurrió la manifestación del Espíritu en Pentecostés.

Hoy celebramos la gran solemnidad de Pentecostés, que conmemora la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles mientras se encontraban reunidos en oración, junto a la María, la madre de Jesús, y otros discípulos, siguiendo las instrucciones y esperando el cumplimiento de la promesa del Señor quien, según la narración de Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles, en el momento en que iba a ascender al Padre les pidió que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre. La promesa “que yo les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días” (Hc 1,4b-5). Y luego añadió: “recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (1,8).

Se refería Jesús a la promesa que Jesús les había hecho de enviarles su Santo Espíritu: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré” (Jn 16,7). Jesús ya vislumbra en el horizonte aquella Iglesia a la cual Él confiaría continuar su misión. Hasta ahora han estado juntos, él ha permanecido con ellos. Pero tienen que “ir a todo el mundo a proclamar el Evangelio”. Cada cual por su lado; y Él no puede físicamente acompañarlos a todos. Al enviarles el Espíritu Santo, este podrá acompañarlos a todos. Así podrá hacer cumplir la promesa que les hizo antes de marcharse: “Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

En ocasiones anteriores hemos dicho que la fe es la acción del creer, es actuar conforme a lo que creemos, es confiar plenamente en la palabra de Dios. Más que creer en Dios es creerle a Dios, creer en sus promesas.

Los apóstoles llevaron a cabo un acto de fe. Creyeron en Jesús y le creyeron a Jesús. Por tanto, estaban actuando de conformidad: Permanecieron en Jerusalén, y perseveraban en la oración con la certeza de que el Señor enviaría su Santo Espíritu sobre ellos. Y como sucede cada vez que llevamos a cabo un acto de fe, vemos manifestada la gloria y el poder de Dios. En este caso ese acto de fe se  tradujo en la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y María la madre de Jesús, episodio que nos narra la primera lectura de hoy (Hc 2,1-11). Nos dice la lectura que “de repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban”.

Cuando pensamos en Pentecostés siempre pensamos en las “lengüitas de fuego”, y pasamos por alto la ráfaga de viento que precedió a las lenguas de fuego. Las últimas representan, no al Espíritu en sí, sino a una de sus manifestaciones, el carisma de hablar en lenguas extranjeras (xenoglosia). El poder pleno del Espíritu que recibieron aquél día está representado en la ráfaga de viento. De ahí que la Iglesia, congregada alrededor de María, recibió algo más; recibió la plenitud del Espíritu y con él la valentía, el arrojo para salir al mundo y enfrentar la persecución, la burla, la difamación que enfrenta todo el que acepta ese llamado de Jesús: “sígueme”. Así, aquellos hombres que habían estado encerrados por miedo a las autoridades que habían asesinado a Jesús, se lanzan a predicar la buena nueva de Jesús resucitado a todo el mundo.

Si invocamos el Espíritu Santo, no hay nada que nos dispongamos a hacer por el Reino que no podamos lograr. Y tú, ¿lo has invocado?

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 18-05-21

Continuamos nuestra ruta hacia Pentecostés, y el Espíritu Santo sigue ocupando un papel protagónico en la liturgia pascual.

La primera lectura de hoy (Hc 20,17-27) nos presenta el discurso de despedida de Pablo a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso. Pablo hace un recuento de la labor que ha realizado en esa comunidad (“Vosotros sabéis que todo el tiempo que he estado aquí, desde el día que por primera vez puse pie en Asia, he servido al Señor con toda humildad, en las penas y pruebas”…) y, aunque reconociendo sus limitaciones humanas, manifiesta haber cumplido su misión.

Al mismo tiempo encontramos a un Pablo que se muestra dócil a la voz del Espíritu Santo y reconoce que es Él quien le guía en su misión: “Y ahora me dirijo a Jerusalén, forzado por el Espíritu. No sé lo que me espera allí, sólo sé que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me asegura que me aguardan cárceles y luchas”. Por eso reconoce que su misión no ha concluido y, más aún, que le esperan grandes retos, persecuciones, encarcelamientos, luchas. “Pero a mí no me importa la vida; lo que me importa es completar mi carrera, y cumplir el encargo que me dio el Señor Jesús: ser testigo del Evangelio, que es la gracia de Dios”.

Igual sentido de “misión cumplida” encontramos en la lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Jn 17,1-11a), que es el comienzo de llamada “oración sacerdotal” de Jesús, que ocupa todo el capítulo 17 del evangelio según san Juan.

Luego de concluida la “despedida” de sus discípulos que hemos estado leyendo en los días anteriores, Jesús se dirige al Padre con la satisfacción de haber cumplido la misión que este le había encomendado: “Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste… He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado”.

Concluida Su vida terrenal corresponde a los discípulos (eso nos incluye a nosotros) cosechar los frutos de su misión y continuar la misma. Por eso le ruega al Padre por sus discípulos, por nosotros: “Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos. Sí, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti”.

Hace dos días celebramos la Ascensión de Nuestro Señor a los cielos. Ahora quedamos nosotros “en el mundo”.

En la primera lectura vimos cómo Pablo entendió cuál era su misión y estuvo dispuesto a pagar el precio. Y tú, ¿estás dispuesto a pagar el tuyo?

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA 21-04-21

“Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.

Justo antes de su Ascensión, Jesús le había pedido a los apóstoles que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre (la promesa del Espíritu Santo que se haría realidad en Pentecostés): “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hc 1,8). Esa promesa de Jesús se hace realidad en la primera lectura que nos ofrece la liturgia de hoy (Hc 8,1-8). De hecho, durante los primeros siete capítulos del libro de los Hechos de los Apóstoles, estos permanecen en Jerusalén.

La lectura de hoy nos narra que luego del martirio de Esteban se desató una violenta persecución contra la Iglesia en Jerusalén, que hizo que todos, menos los apóstoles, se dispersaran por Judea y Samaria. Y cumpliendo el mandato de Jesús, “al ir de un lugar para otro, los prófugos iban difundiendo el Evangelio”. Así comenzó la expansión de la Iglesia por el mundo entero, una misión que al día de hoy continúa.

La lectura nos recalca que el mayor perseguidor de la Iglesia era Saulo de Tarso: “Saulo se ensañaba con la Iglesia; penetraba en las casas y arrastraba a la cárcel a hombres y mujeres”. Sí, el mismo Saulo de Tarso que luego sería responsable de expandir la Iglesia por todo el mundo greco-romano, mereciendo el título de “Apóstol de los gentiles”. Son esos misterios de Dios que no alcanzamos a comprender. Jesús escogió como paladín de su causa al más ensañado de sus perseguidores.

Jesús vio a Pablo y entendió que esa era la persona que Él necesitaba para llevar a cabo la titánica labor de evangelizar el mundo pagano. Un individuo en quien convergían tres grandes culturas, la judía (fariseo), la griega (criado en la ciudad de Tarso) y la romana (era ciudadano romano). Decide “enamorarlo” y se le aparece en el camino a Damasco en ese episodio que todos conocemos, mostrándole toda su gloria. Nunca sabremos que ocurrió en aquél instante enceguecedor en que Pablo cayó por tierra. Lo cierto es que Pablo vio a Jesús ya glorificado, creyó en Él, y recibió la promesa de vida eterna.

Y al recibir el Espíritu Santo por imposición de manos de Ananías (Hc 9,17), partió de inmediato y comenzó la obra evangelizadora que persiste hoy a través de la Iglesia, guiada por el mismo Espíritu.

La lectura evangélica (Jn 6,35-40) continúa presentándonos el llamado discurso del pan de vida. El versículo final del pasaje de hoy que acabamos de citar se da en el contexto de que Jesús dice a sus discípulos (y a nosotros), que Él no está aquí para hacer Su voluntad, “sino la voluntad del que me ha enviado”. Y la voluntad del Padre es que todos nos salvemos, “que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día”.

Ese fue el secreto de Saulo de Tarso: él creyó. Tuvo un encuentro con el Resucitado que cambió su vida para siempre. Creyó en Él, y le creyó; creyó en su promesa de Vida eterna: “Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”.

¡Señor yo creo, pero aumenta mi fe! ¡Espíritu Santo, ven a mí!

REFLEXIÓN PARA EL LUNES SANTO 29-03-21

“María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera”.

Luego de la entrada triunfal en Jerusalén que celebrábamos ayer, las lecturas de esta semana nos irán narrando la última semana de Jesús, y preparándonos para su Pascua. La lectura evangélica de hoy (Jn 12,1-11) nos ubica en tiempo: “seis días antes de la Pascua”; es decir, el lunes de la última semana de Jesús en la tierra.

Jesús sabe que está viviendo los últimos días de su humanidad y decide ir a pasar un rato agradable con sus amigos Lázaro, Marta y María, en el poblado de Betania, el lugar al que solía acudir cuando quería descansar. El autor enfatiza la proximidad de la Pascua, la presencia de Lázaro “a quien había resucitado de entre los muertos”, y el “perfume de nardo auténtico y costoso” con el que María, la hermana de Lázaro, le ungió los pies a Jesús. Este gesto de María es el que le da a este pasaje el nombre de la “unción en Betania”.

La lectura también nos presenta el ambiente. Un ambiente de fiesta: “Allí le ofrecieron una cena”. Por la forma en que Juan la describe, da la impresión de que no era una cena íntima con los amigos, se trataba de una fiesta en honor a Jesús, con muchos invitados. ¿Una fiesta de despedida, o una prefiguración de su gloriosa resurrección? No hay duda que todos querían verlo, pues estaban maravillados con los prodigios obrados por Jesús, especialmente por la revitalización de Lázaro. Esto se hace evidente por el comentario al final del pasaje de que muchos estaban allí, “no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos”.

El “perfume de nardo, auténtico y costoso” con el que María ungió los pies de Jesús y que hizo que la casa se llenara de su fragancia, nos presenta un marcado contraste con el mal olor que había en la tumba de Lázaro antes de que Jesús lo reviviera (Jn 11,39). Jesús es la resurrección y la vida.

Por otro lado, cuando Judas se quejó de que estuvieran desperdiciado un perfume tan caro en lugar de venderlo para repartir su importe entre los pobres, Jesús le dijo: “Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis”. Algunos ven en la expresión de que María tenía reservado el perfume para el día de la sepultura de Jesús, un anticipo de que su cadáver no podría ser embalsamado el día de su entierro. La referencia a los pobres se refería a que, aunque se iba a separar físicamente de sus discípulos, permanecería siempre entre ellos, y entre nosotros, en la persona de estos, en el rostro de los pobres.

Mientras los sumos sacerdotes continuaban adelantado la conspiración para asesinar a Jesús, Él se mantiene en calma, disfruta de sus últimos momentos con sus amigos, y se dispone regresar al día siguiente a Jerusalén para culminar su misión.

Ayúdanos, Señor, a mantener la esperanza durante este tiempo de pandemia como lo hiciste Tú en Betania, a pesar de que sabías la proximidad de tu muerte en cruz, confiado en que al aceptar la voluntad del Padre, todo sería para nuestro bien (Rm 8,28).

REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR (B) 28-03-21

Hoy celebramos el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, y la liturgia nos ofrece como lectura evangélica para la Bendición de los ramos (Mc 11,1-10) la versión de Marcos de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, mientras la multitud le vitoreaba gritando: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!”. Esa misma multitud anónima que recibió a Jesús en su entrada triunfal a Jerusalén es la misma que, en el Evangelio propio de la misa dominical (Mc 15,1-39), que nos presenta un adelanto de la Pasión, pide que liberen a Barrabás mientras todos gritan a viva voz: “¡Crucifícalo!; ¡Crucifícalo!”

Si comparamos la actitud de esa multitud anónima en ambas lecturas, vemos cuán volubles y manejables son las masas. Lo mismo podemos decir de nosotros. En un momento estamos alabando y bendiciendo al Señor mientras le recibimos en nuestros corazones, y al siguiente nos dejamos seducir por el maligno y terminamos dándole la espalda y “crucificándole”. Sí, cada vez que pecamos, estamos dando un martillazo en uno de los clavos que taladraron las manos y los pies de Jesús. Pero Él nos ama tanto que aun así ofreció su vida por los que lo asesinaron. “Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rm 5,8).

Esta Semana Santa que comienza hoy nos presenta otra oportunidad de hacer introspección, examen de conciencia sobre nuestra actitud hacia Dios. ¿A cuál de las dos multitudes pertenezco?

Este año será diferente pues, por las medidas sanitarias impuestas por la pandemia, no se nos entregarán ramos, sino que se bendecirán los ramos que llevemos a la celebración litúrgica. Unos ramos frescos, llenos de vida. Esos ramos eventualmente van a secarse, y luego serán quemados para convertirse en la ceniza que se nos va a imponer el miércoles de ceniza del próximo año. Así de efímera es nuestra vida, y en eso nos vamos a convertir. Hoy se nos brinda otra oportunidad. No sabemos si vamos a estar aquí el próximo año, el próximo mes, la próxima semana, mañana. Esta noche… ¿En cuál de las multitudes nos sorprenderá?

Jesús nos ama con locura, con pasión; quiere relacionarse con nosotros; quiere nuestra salvación, para eso nos creó el Padre, por eso cuando le fallamos envió a su Hijo. Pero, como nos decía el P. Larrañaga, “Dios es un perfecto caballero”, es incapaz de imponerse. “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20).

Jesús se ofreció a sí mismo como víctima propiciatoria por todos los pecados de la humanidad, cometidos y por cometer; los tuyos y los míos. Pero para poder recibir el beneficio de esa redención tenemos que acercarnos a Él, reconocerle, y reconocer nuestra culpa como lo hizo el buen ladrón. Y para eso Jesús nos dejó el sacramento de la reconciliación, y se lo encomendó a Su Iglesia a través de los apóstoles (Jn 20,22-23).

Si no la has hecho aún, esta Semana Santa es el momento propicio; ¡reconcíliate!

REFLEXIÓN PARA EL QUINTO DOMINGO DE CUARESMA (B) 21-03-21

“Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”.

Hoy es el quinto domingo de Cuaresma. A la distancia nos parece divisar el Gólgota y todo el drama de la Pasión de Jesús, su muerte redentora que sellará con su sangre la Nueva y definitiva Alianza en su persona, y su gloriosa Resurrección.

La primera lectura, tomada de la profecía de Jeremías (31,31-34), nos apunta hacia la naturaleza permanente de esa Alianza, superior a la Antigua, y el valor redentor de la misma: “así será la alianza que haré con ellos, después de aquellos días –oráculo del Señor–: Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo”.

El relato evangélico (Jn 12,20-33), que Juan sitúa en el contexto de la Pascua, cuando todos “subían” a Jerusalén a celebrarla, añade el elemento de unos “griegos” que querían ver a Jesús, y utiliza como uno de los mensajeros a Andrés, hermano de Simón Pedro, a quien Juan el Bautista le había señalado a Jesús al comienzo de su Evangelio: “He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Todo el pasaje gira en torno a la “hora” de su glorificación que ya está cercana.

La presencia de los griegos, por su parte, apunta hacia la universalidad de la redención mediante una Alianza que no quedará circunscrita al pueblo de Israel, sino a toda la humanidad.

El domingo pasado leíamos en el Evangelio (Jn 3,14-21): “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”. Hoy ratifica esa redención, y la universalidad de la misma al decir: “cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí”. De este modo, Juan nos presenta la Cruz como triunfo y glorificación, la “locura de la Cruz” de la que nos habla san Pablo (1Cor 1,18).

Otro aspecto importante es la radicalidad del seguimiento, significado en la figura de la semilla de trigo que tiene que morir para que rinda fruto: “Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna”. Se refería, no tan solo a su Pasión y muerte inminentes, sino también a los que decidamos seguirlo. “El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará”.

Como tantas otras veces, Jesús echa mano de los símbolos agrícolas, conocidos por todos los de su tiempo, para transmitir su mensaje. Y el mensaje es claro; el verdadero seguidor de Jesús tiene que “morir” para poder convertirse en generador de fraternidad y agente de salvación para otros. Aunque Jesús lo llevó al extremo de la privación violenta de la vida, ese “morir” para nosotros implica morir a todo lo que nos impida seguir sus pasos y entregarnos a servir a otros por amor, que es a lo que Él nos invita, con la certeza de que, al igual que Él, el Padre nos premiará.

Jesús nos invita a seguirle. El camino es difícil, pero la recompensa es eterna…

REFLEXIÓN PARA EL SEXTO DÍA DE LA OCTAVA DE NAVIDAD 30-12-20

“En aquel tiempo, había una profetisa, Ana… Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos” …

Continuamos celebrando la “infraoctava” de Navidad con su sexto día y, como primera lectura, continuamos con la 1ra Carta del apóstol san Juan (2,12-17), en la cual nos plantea la contraposición Dios-mundo: “No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo –las pasiones de la carne, y la codicia de los ojos, y la arrogancia del dinero–, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa, con sus pasiones. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”.

¿Y cuál es la voluntad del Padre? Que todos nos salvemos. ¿Y cómo podemos salvarnos? Amando al Cristo que vive en cada uno de nuestros hermanos (Cfr. Mt 25,31-46). De nuevo la Ley del Amor; ese amor que Dios nos enseñó enviándonos a su único Hijo, ese niño que nació en Belén hace apenas cinco días, para ofrecerlo en sacrificio de manera que tuviéramos Vida por medio de Él (Cfr. Jn 4-7-9; 15,12-14). Así, el que ha conocido y asimilado el misterio del Amor de Dios en esta Navidad, no tiene otro remedio que imitar su gran mandamiento, que es el Amor.

El Evangelio que contemplamos hoy (Lc 2,22.36-40) nos presenta la conclusión del pasaje de la Purificación de María y la Presentación del Niño en el Templo. El fragmento que contemplamos hoy nos presenta el personaje de la profetisa Ana, quien al concluir el cántico de Simeón se acercó al Niño dando gracias a Dios mientras “hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén”. Ana tuvo un encuentro personal con Jesús y lo reconoció. Y al igual que todos los que hemos tenido esa experiencia, no tenemos más remedio que dar gracias a Dios y alabar y proclamar su Nombre a todo el que se cruce en nuestro camino.

Estamos en el umbral de un nuevo año, y en esta época se acostumbra hacer “resoluciones” de año nuevo. La lectura evangélica nos dice que Ana la profetisa “no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones”. Eso le permitió reconocer a su Dios y Salvador cuando vio al Niño en el Templo. Ese Niño sigue viniendo a nosotros día tras día y no lo reconocemos (Mt 31-46). ¿Será que no estamos dedicando tiempo a la oración y ayuno?

La profetisa Ana era una mujer viuda que podía darse el lujo de no apartarse del Templo día y noche. Dios conoce las circunstancias particulares de cada uno de nosotros. ¿Cuánto tiempo dedicamos al asueto, a la tele, y a tantas otras cosas que nos “impiden” dedicarle tiempo a Dios?

Yo era uno de esos “católicos de domingo” que “no tenía tiempo” para la oración, el ayuno y otras prácticas piadosas. Hasta que un día Dios me habló a través del testimonio de un hermano de mi Parroquia que me relató con hechos concretos cómo su vida cambió cuando comenzó a ir a misa diaria y a dedicar tiempo a la oración, aunque tuviera que “fabricarlo”. Eso fue hace más de veinticinco años. Desde entonces mi esposa y yo asistimos a misa diaria y dedicamos más tiempo a la oración y adoración del Santísimo. Tú también puedes hacerlo. Créeme, vas a ver el cambio en tu vida…

¿Qué mejor resolución de año nuevo?

REFLEXIÓN PARA EL TERCER DOMINGO DE ADVIENTO – “GAUDETE” (B) 13-12-20

Gaudete quiere decir “regocijaos” en latín. Por eso encendemos la vela rosada en la corona de Adviento.

Un grupo de sacerdotes y levitas llegado de Jerusalén a Betania donde Juan estaba bautizando, luego de interrogarlo, y ante la negativa de este respecto a su mesianismo, le preguntan: “¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?” Él contestó: “Yo soy la voz que grita en el desierto: ‘Allanad el camino del Señor’, como dijo el profeta Isaías”. Y luego añadió: “Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia”. Este fragmento de la lectura evangélica para este tercer domingo de Adviento (Jn 1,6-8.19-28) sienta la tónica para este día que se nos presenta como el domingo del TESTIMONIO. Testimonio gozoso que le da el nombre de “domingo gaudete”. Gaudete quiere decir “regocijaos” en latín. Por eso encendemos la vela rosada en la corona de Adviento.

Desde la primera lectura (Is 61,1-2a.10-11) se advierte la alegría y el gozo que acompañaría la venida del redentor que el pueblo esperaba desde el mismo momento de la caída (Gn 3,15). Venida que estaría acompañada de señales que darían testimonio de su llegada: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor. Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona, o novia que se adorna con sus joyas”.

Era esa espera gozosa, la expectación de la llegada del Mesías liberador, que mantenía vivas las esperanzas del pueblo. Por eso el profeta les exhorta a mantener la esperanza: “Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y los himnos ante todos los pueblos”. Es el “Adviento” que vivía el pueblo de Israel durante el Antiguo Testamento, y que profetas como Isaías mantenían vivo. Esas expectativas, esas profecías, se hacen realidad en la persona de Jesucristo, de quien Juan da testimonio.

Hoy la Iglesia nos dice también a nosotros: “regocíjate” y “da testimonio” de ese gozo. Si hacemos inventario de las maravillas que Dios ha obrado en cada una de nuestras vidas, desde el mismo momento de nuestra concepción, tenemos que regocijarnos. Y ese regocijo es tal que, nos sentimos compelidos a salir y dar TESTIMONIO.

En la segunda lectura san Pablo (1 Tes 5,16-24) nos exhorta a ser pacientes, a dar testimonio gozoso dando gracias a Dios en todo momento confiando en la fidelidad de sus promesas. Es decir, a mantener la expectación gozosa en medio de la prueba y la tribulación, porque el Señor nos ama tanto que nos hará justicia: “El que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas”.

Si estamos viviendo un Adviento verdadero sabemos que el Señor está cerca. ¡Regocíjate! Si aún no te has reconciliado con el Padre, todavía estás a tiempo. Él no se cansa de esperarte…