REFLEXIÓN PARA LA NATIVIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA 08-09-17

Hoy celebramos el cumpleaños de nuestra Mamá, María la Madre de Dios y madre nuestra. Y como todo cumpleaños, es motivo de alegría y de fiesta. La fiesta coincide con el cumplimiento del  término de nueve meses desde la fiesta de la Inmaculada Concepción que celebramos el 8 de diciembre.

Esta es una de solo tres fiestas litúrgicas que conmemoran el nacimiento de alguien (las otras dos son el nacimiento de Jesús, y el de San Juan Bautista). Y con razón, pues con el nacimiento de María ya entra en la historia la que estaba predestinada a ser la madre del Mesías anhelado, de ese que iba a liberarnos del pecado y de la muerte. María, la nueva Arca de la Alianza, la “primera custodia” que llevó dentro de sí por nueve meses nada más ni nada menos que al mismo Dios encarnado; ese que hizo saltar de alegría al precursor en el vientre de su madre cuando María fue a visitarle.

Con el nacimiento de María comienza la culminación de la divina revelación en la persona de Cristo Jesús. Es el umbral de la “plenitud de los tiempos”. No debemos olvidar que María concebiría sin ayuda de varón. Por tanto, la sangre de Jesús, derramada en la Cruz, fue la misma sangre de María; la composición genética humana de Jesús, que le dio carne al Verbo, fue la misma de María. Por eso se dice que el nacimiento de María constituye una especie de “prólogo” de la Encarnación. Es en este punto que comienza propiamente el Nuevo Testamento.

María es la “llena de gracia”, aquella virgen que habían anunciado los profetas, según nos refiere Mateo en la conclusión de lectura evangélica de hoy (Mt 1,1-16.18-23): “Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa ‘Dios-con-nosotros’.” Por eso celebramos con alegría su cumpleaños.

“…La liturgia no acostumbra celebrar el nacimiento terreno de los santos (la única excepción la constituye San Juan Bautista). Celebra, en cambio, el día de la muerte, al que llama dies natalis, día del nacimiento para el Cielo. Por el contrario, cuando se trata de la Virgen Santísima Madre del Salvador, de aquella que más se asemeja a Él, aparece claramente el paralelismo perfecto existente entre Cristo y Su Madre. Y así como de Cristo celebra la Concepción el 25 de marzo y el Nacimiento el 25 de diciembre, así de la Virgen celebra la Concepción el 8 de diciembre y su Nacimiento el 8 de septiembre, y como celebra la Resurrección y la Ascensión de Jesús, también celebra la Asunción y la realeza de la Virgen. San Andrés de Creta, refiriéndose al día del Nacimiento de la Virgen, exclama: ‘Hoy, en efecto, ha sido construido el Santuario del Creador de todas las cosas, y la creación, de un modo nuevo y más digno, queda dispuesta para hospedar en Sí al Supremo Hacedor’.” (De la Homilía del Cardenal J. Ratzinger La fiesta de la plenitud y el alivio publicada en el libro El Rostro de Dios, de Editorial Sígueme).

¡FELIZ CUMPLEAÑOS, MAMÁ!

REFLEXIÓN PARA LA MEMORIA LIBRE DEL BEATO CARLOS MANUEL RODRÍGUEZ 04-05-17

Hoy celebramos la memoria libre de nuestro primer beato puertorriqueño, Carlos Manuel (“Charlie”) Rodríguez. En una ocasión anterior publicamos su biografía. Les invitamos a leerla para conocer mejor a este cristiano ejemplar.

El calendario litúrgico-pastoral para la Provincia de Puerto Rico nos sugiere unas lecturas opcionales para esta celebración litúrgica. Como primera lectura se nos ofrecen dos lecturas alternas. Hemos escogido 1 Co 1,26-31: “Hermanos, tengan en cuenta quiénes son los que han sido llamados: no hay entre ustedes muchos sabios, hablando humanamente, ni son muchos los poderosos ni los nobles. Al contrario, Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes; lo que es vil y despreciable y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale. Así, nadie podrá gloriarse delante de Dios. Por él, ustedes están unidos a Cristo Jesús, que por disposición de Dios, se convirtió para nosotros en sabiduría y justicia, en santificación y redención, a fin de que, como está escrito: El que se gloría, que se gloríe en el Señor”.

Basta leer la biografía de nuestro beato Charlie para ver personificada esta lectura. Un humilde oficinista, de constitución débil y acosado por la enfermedad, que supo compenetrarse de tal modo con el Resucitado y la liturgia de la Iglesia, que se convirtió en precursor de los cambios en la liturgia que serían adoptados por los sabios y entendidos en el Concilio Vaticano II. Su secreto fue “estar unido a Cristo Jesús, que por disposición de Dios, se convirtió para nosotros en sabiduría y justicia, en santificación y redención”. En comparación con Cristo, nada puede ni tan siquiera considerarse como una alternativa real. Él es la fuente última de sabiduría, justicia y redención.

Vemos constantemente esa preferencia de Jesús por los débiles, lo pequeños, los humildes, cuando se trata de la Revelación de los grandes misterios del Reino. Así encontramos una santa Catalina de Siena, una santa Teresa del Niño Jesús, un beato Charlie, junto a los grandes pensadores y eruditos con todos los títulos académicos posibles. No es que Dios desprecie a los sabios e intelectuales; es que tal vez los pequeños y humildes no se sienten apegados a su propia “sabiduría” o a su éxito, y por ello pueden sentirse más receptivos y dependientes de Dios, quien les hace partícipes del Misterio.

San Pablo enfatiza que “nadie podrá gloriarse delante de Dios”, es decir, que la sabiduría humana es incapaz de conocer por sí misma la sabiduría de Dios. Solo el que se despoje de sus pretensiones humanas, es decir, el que se “gloría en el Señor” y no en su propia sabiduría, podrá alcanzar la verdadera Sabiduría.

Esa Sabiduría hizo posible que el beato, adelantándose al Concilio Vaticano II, entendiera y proclamara la importancia del Misterio Pascual, y cómo toda la liturgia de la Iglesia tenía que girar alrededor de la Madre de todas las vigilas, la Vigilia Pascual. Él supo vivir la alegría y la esperanza que Cristo nos regaló con Su Pascua. De ahí su lema: ¡VIVIMOS PARA ESA NOCHE!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA (Y MEMORIA DEL BEATO CARLOS MANUEL RODRÍGUEZ) 04-05-16

Espíritu Santo med

Hoy celebramos la memoria libre de nuestro primer beato puertorriqueño, Carlos Manuel (“Charlie”) Rodríguez. El año pasado publicamos su biografía. Les invitamos a leerla para conocer mejor a este cristiano ejemplar.

Por su parte, la liturgia Pascual continúa preparándonos para la gran solemnidad de Pentecostés a través de las lecturas que nos presenta durante esta cincuentena.

La primera (Hc 17,15.22–18,1) continúa mostrándonos la acción del Espíritu Santo guiando a los primeros discípulos en la expansión de la Iglesia por todo el mundo greco-romamo. Ya en tierras europeas, encontramos a Pablo predicando la Buena Noticia en Atenas, en medio del Areópago. Allí, inspirado por el Espíritu Santo, aprovecha la existencia de un altar al “al dios desconocido” y las obras literarias atenienses para, presentarles al “Dios que hizo el mundo y lo que contiene, [que] es Señor de cielo y tierra y no habita en templos construidos por hombres, ni lo sirven manos humanas; como si necesitara de alguien, él que a todos da la vida y el aliento, y todo”.

Pablo culmina su discurso presentándoles a Aquél que en el día señalado “juzgará el universo con justicia”, de quien Dios ha dado prueba “resucitándolo de entre los muertos”.

El Resucitado, aquél cuya victoria sobre la muerte nos abrió el camino a nuestra resurrección y a la vida eterna (“y la muerte no será más; y no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor: porque las primeras cosas son pasadas” – Ap 21,4); aquél cuya Resurrección corona la celebración de la Vigilia Pascual, de la cual el Beato Charlie dijo: “¡Vivimos para esa Noche!”

La segunda lectura de hoy (Jn 16,12-15) nos presenta a Jesús prometiéndonos el “Espíritu de la verdad” que nos va a ayudar a comprender todas aquellas verdades que por nuestra pequeñez no podemos asimilar de golpe.

Por eso tenemos que invocar al Espíritu Santo en oración para que venga sobre nosotros y nos guíe “hasta la verdad plena”. Pero, ¡ojo!; no podemos olvidar que la verdad plena es una. No se trata de que el Espíritu venga a “revelarnos” nuevas doctrinas o nuevas “verdades” a cada cual. Por eso hay tantas denominaciones y sectas, cada una con su propia “verdad”. Debemos recordar que la misión del Espíritu es “ser memoria de Jesús”, no revelarnos nada nuevo; pues la Divina Revelación terminó con la persona de Jesús.

El Espíritu Santo descendió sobre el colegio apostólico en Pentecostés; por eso nuestra Iglesia es apostólica, es decir, fundada sobre la doctrina de los apóstoles, quienes a su vez transmitieron el Espíritu Santo a sus sucesores hasta nuestros días. Eso es lo que asegura la continuidad e integridad del mensaje de Jesús. Y eso tiene nombre y apellido: El Magisterio de la Iglesia. Por eso ha permanecido fiel a las enseñanzas de los apóstoles por casi dos mil años.

Por tanto, pidamos al Espíritu Santo que se derrame sobre nosotros para poder acceder al depósito de la fe (constituido por la Palabra y la Santa Tradición) guiados por el Magisterio de la Iglesia, y llegar a la “verdad plena” que Jesús nos reveló.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA TRIGÉSIMO SEGUNDA SEMANA DEL T.O. (1) 13-11-15

revelacion cosmologica

Durante toda esta semana hemos estado leyendo el libro de la Sabiduría. Este libro, escrito durante la era de la restauración, después del destierro a Babilonia, forma parte de los llamados “libros sapienciales” del Antiguo Testamento. Es una lástima que este libro, tan rico en sabios consejos para ayudarnos a vivir una vida más ordenada, fuera excluido de la Biblia protestante, máxime, cuando según los entendidos, este libro sirve de “puente” entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

La primer lectura que nos ofrece la liturgia para hoy (Sab 13,1-9), hace una exposición de la llamada “revelación cosmológica”, que junto a la revelación sobrenatural (contenida en la Tradición y las Sagradas Escrituras) conforman la totalidad de lo que conocemos como Divina Revelación:

“Eran naturalmente vanos todos los hombres que ignoraban a Dios y fueron incapaces de conocer al que es, partiendo de las cosas buenas que están a la vista, y no reconocieron al Artífice, fijándose en sus obras, sino que tuvieron por dioses al fuego, al viento, al aire leve, a las órbitas astrales, al agua impetuosa, a las lumbreras celestes, regidoras del mundo. Si, fascinados por su hermosura, los creyeron dioses, sepan cuánto los aventaja su Dueño, pues los creó el autor de la belleza; y si los asombró su poder y actividad, calculen cuánto más poderoso es quien los hizo; pues, por la magnitud y belleza de las criaturas, se descubre por analogía el que les dio el ser”.

Como digo a mis estudiantes cuando tratamos el tema de la revelación cosmológica, nadie que haya observado la belleza de un atardecer en el mar, o de una noche estrellada, o los colores de la campiña cuando las plantas están florecidas, o haya tenido la dicha de ser testigo del nacimiento de una criatura, o estudiado la complejidad (y fragilidad) del cuerpo humano, puede negar la existencia de ese Dios que se nos revela a través de la creación. Y mientras más adelanta la ciencia, y el hombre continúa desenmarañando los misterios de la naturaleza y del universo entero, más patente se hace la mano creadora de Dios, más se revela su Artífice.

“El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos, el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra” (Sal 18). Años más tarde san Pablo dirá: “Porque todo cuanto se puede conocer acerca de Dios está patente ante ellos: Dios mismo se lo dio a conocer, ya que sus atributos invisibles –su poder eterno y su divinidad– se hacen visibles a los ojos de la inteligencia, desde la creación del mundo, por medio de sus obras” (Rm 1,19-20).

La lectura evangélica de hoy (Lc 17,26-37) nos muestra cómo Dios se vale de esa misma naturaleza, obra de sus manos, para impartir la Justicia Divina, acabando con todos mediante el diluvio en tiempos de Noé, y destruyendo Sodoma y todos sus habitantes con “fuego y azufre” del cielo el día que Lot salió de allí.

Hoy, pidamos al Señor nos conceda la Sabiduría para aprender a descubrirle en Su creación, y actuar de manera que sea agradable a Él, que es en lo que consiste la verdadera Sabiduría.