REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA 25-05-22

Ese Espíritu que nos conduce a la plenitud del Amor es el que nos permite sentirnos seguros al llevar a cabo la misión que Jesús nos encomendó.

La liturgia continúa preparándonos para la Fiesta de Pentecostés que estaremos celebrando dentro de poco más de una semana. Tanto el libro de los Hechos de los Apóstoles, que nos ha venido mostrando el papel protagónico del Espíritu Santo en el desarrollo de la Iglesia primitiva, como el relato evangélico de Juan con las promesas de Jesús respecto al Defensor, nos ponen en perspectiva para “saborear” el evento de Pentecostés en toda su grandeza.

En la lectura evangélica de hoy (Jn 16,12-15), Jesús nos revela la tarea fundamental del Espíritu que hemos recibido de Él: nos “guiará hasta la verdad plena”; porque es “el Espíritu de la verdad”. Y esa verdad plena no es otra que Dios es amor. Un Padre que nos ama “hasta el extremo”; que ha sido capaz de sacrificar a su único Hijo para tengamos vida eterna.

Y podemos participar de esa vida eterna gracias al amor entre el Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros en la forma del Espíritu Santo. Por eso recitamos en el Credo Niceno-Constantinopolitano (el Credo “largo” que rezamos en la liturgia eucarística): “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria”. El Padre ama al Hijo con amor infinito y el Hijo ama al Padre de igual modo; y ese amor que los une es el Espíritu de la Verdad que se derrama sobre nosotros y nos conduce a la Verdad plena.

Ese Espíritu que nos conduce a la plenitud del Amor es el que nos permite sentirnos seguros al llevar a cabo la misión que Jesús nos encomendó. “Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rm 5,3-5).

Jesús nos asegura, además, que lo que el Espíritu nos comunique en ese coloquio amoroso “no será suyo: hablará de lo que oye y [n]os comunicará lo que está por venir”. Por eso el Espíritu le glorificará, porque será de Él que reciba todo lo que nos ha de revelar. Es decir, que el Espíritu nos ha de conducir al conocimiento de la Verdad plena que se ha manifestado en la persona de Jesús. Y el que conoce a Jesús, conoce al Padre (Jn 14,7).

No se trata de que el Espíritu nos revele nuevas verdades. No. La revelación de Dios culminó, terminó, con la persona de Jesucristo. Pero el Espíritu nos conducirá al pleno conocimiento de esa Verdad revelada por Cristo que encontramos en su Palabra, que es Él mismo y que nos conduce al Padre (Cfr. Jn 14,6).

Pidamos al Espíritu Santo que se derrame sobre nosotros para poder acceder al depósito de la fe (constituido por la Palabra y la Santa Tradición) guiados por el Magisterio de la Iglesia, para poder llegar a la “verdad plena” que Jesús nos reveló.

REFLEXIÓN PARA LA MEMORIA DEL BEATO CARLOS MANUEL RODRÍGUEZ 04-05-22

Esa Sabiduría hizo posible que el beato, adelantándose al Concilio Vaticano II, entendiera y proclamara la importancia del Misterio Pascual.

Hoy celebramos la memoria libre de nuestro primer beato puertorriqueño, Carlos Manuel (“Charlie”) Rodríguez. En una ocasión anterior publicamos su biografía. Les invitamos a leerla para conocer mejor a este cristiano ejemplar.

El calendario litúrgico-pastoral para la Provincia de Puerto Rico nos sugiere unas lecturas opcionales para esta celebración litúrgica. Como primera lectura se nos ofrecen dos lecturas alternas. Hemos escogido 1 Co 1,26-31: “Hermanos, tengan en cuenta quiénes son los que han sido llamados: no hay entre ustedes muchos sabios, hablando humanamente, ni son muchos los poderosos ni los nobles. Al contrario, Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes; lo que es vil y despreciable y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale. Así, nadie podrá gloriarse delante de Dios. Por él, ustedes están unidos a Cristo Jesús, que por disposición de Dios, se convirtió para nosotros en sabiduría y justicia, en santificación y redención, a fin de que, como está escrito: El que se gloría, que se gloríe en el Señor”.

Basta leer la biografía de nuestro beato Charlie para ver personificada esta lectura. Un humilde oficinista, de constitución débil y acosado por la enfermedad, que supo compenetrarse de tal modo con el Resucitado y la liturgia de la Iglesia, que se convirtió en precursor de los cambios en la liturgia que serían adoptados por los sabios y entendidos en el Concilio Vaticano II. Su secreto fue “estar unido a Cristo Jesús, que por disposición de Dios, se convirtió para nosotros en sabiduría y justicia, en santificación y redención”. En comparación con Cristo, nada puede ni tan siquiera considerarse como una alternativa real. Él es la fuente última de sabiduría, justicia y redención.

Vemos constantemente esa preferencia de Jesús por los débiles, lo pequeños, los humildes, cuando se trata de la Revelación de los grandes misterios del Reino. Así encontramos una santa Catalina de Siena, una santa Teresa del Niño Jesús, un beato Charlie, junto a los grandes pensadores y eruditos con todos los títulos académicos posibles. No es que Dios desprecie a los sabios e intelectuales; es que tal vez los pequeños y humildes no se sienten apegados a su propia “sabiduría” o a su éxito, y por ello pueden sentirse más receptivos y dependientes de Dios, quien les hace partícipes del Misterio.

San Pablo enfatiza que “nadie podrá gloriarse delante de Dios”, es decir, que la sabiduría humana es incapaz de conocer por sí misma la sabiduría de Dios. Solo el que se despoje de sus pretensiones humanas, es decir, el que se “gloría en el Señor” y no en su propia sabiduría, podrá alcanzar la verdadera Sabiduría.

Esa Sabiduría hizo posible que el beato, adelantándose al Concilio Vaticano II, entendiera y proclamara la importancia del Misterio Pascual, y cómo toda la liturgia de la Iglesia tenía que girar alrededor de la Madre de todas las vigilas, la Vigilia Pascual. Él supo vivir la alegría y la esperanza que Cristo nos regaló con Su Pascua. De ahí su lema: ¡VIVIMOS PARA ESA NOCHE!

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA PRIMERA SEMANA DE CUARESMA 10-03-22

Llamad y se os abrirá; porque al que llama se le abre

Todas las lecturas de hoy nos refieren la oración, enfatizando la oración impetratoria o de petición fervorosa.

La primera lectura, tomada del libro de Ester (3,6; 4,11-12.14-16.23-25), nos presenta a la reina Ester pidiendo fervorosamente la protección de Dios en un momento de gran peligro en que temía por su vida. La plegaria de Ester refleja su total confianza en el Señor y sus promesas, confianza que solo puede emanar de la fe. Esa fe se refleja en la manera en que Ester actuó inmediatamente después de su oración. Actuó conforme a su certeza en que Dios había escuchado su oración. En eso consiste la fe.

Ester reconoce su pequeñez, su impotencia, su soledad (“estoy sola y no tengo otro defensor fuera de ti”), y pone toda su confianza en Dios con una certeza que solo puede emanar de la fe verdadera.

La lectura evangélica (Mt 7,7-12), por su parte, nos evoca esa plegaria de Ester. En este pasaje Jesús nos enseña a pedir con la confianza en que nuestro Padre que está en el cielo siempre está dispuesto a darnos si le pedimos con ese mismo espíritu. Ya la antífona del Salmo (137) nos había puesto en “sintonía”: “Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor”.

El Evangelio nos dice: “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre. Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le va a dar una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden!”

El abandono a la voluntad y providencia de Dios que surge de la verdadera fe no se manifiesta sentándose a esperar que Él nos provea nuestras necesidades. Por el contrario, tenemos que “actuar” de conformidad con esa confianza, esa certeza de que Dios escucha nuestra plegaria. Si no buscamos no hallaremos; si no llamamos no se nos abrirá.

En su libro Ser como Dios manda (pp.49-50), Benjamín Oltra Colomer nos dice: “Creyente no es el que posee a Dios, sino el que se deja poseer por él. No eres tú quien posee la Revelación, si eres creyente, es ella la que te posee a ti. Es la Palabra de Dios la que embarga, hipoteca y guía tu vida dirigiendo tus pasos y haciendo que aceptes la voluntad de Dios como propia”.

Cuando llegamos a ese grado de compenetración con Dios en la oración, Su voluntad guía nuestra súplica, y nuestra petición coincide con Su voluntad, que siempre coincide con el mayor bien para nosotros. Por tanto, no pediremos nada que sea contrario a Su voluntad. Entonces Dios siempre nos dará lo que le pedimos, porque todo lo que le pidamos será “bueno”.

Durante este tiempo de Cuaresma, pidamos al Señor que nos permita crecer en la fe de tal manera que nuestra oración de petición vaya siempre precedida de una acción de gracias (Cfr. Jn 11,41).

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA DÉCIMA SÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (1) 28-07-21

“El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra”.

En la lectura evangélica (Mt 13,44-46) que nos ofrece la liturgia para hoy, volvemos a contemplar, en forma abreviada, dos de las siete parábolas del Reino: la del tesoro escondido y la de la perla de gran valor. ¿Por qué la insistencia de la Liturgia en repetir una y otra vez las parábolas del Reino?

Toda la misión de Jesús puede resumirse en una frase: “[T]engo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto he sido enviado” (Lc 4,43). Habiendo sido esa la misión de Jesús, no puede ser otra la misión de la Iglesia. Por eso en sus últimas palabras antes de ascender al Padre, delegó esa misión a la Iglesia: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva (del Reino de Dios) a toda la creación” (Mc 16,15).

Anteriormente hemos señalado que Jesús nos está diciendo que en la vida del cristiano, de su verdadero seguidor, no puede haber nada más valioso que los valores del Reino. Por eso tenemos que estar dispuestos a “venderlo” todo con tal de adquirirlos, con tal de asegurar ese gran tesoro que es la vida eterna. Eso incluye dejar “casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos y campos” por el nombre de Jesús. O sea, que no puede haber nada que se interponga entre nosotros y los valores del Reino.

El que acepta esa misión de parte de Jesús, se llena de su Palabra, y pone su vida al servicio de esta, tiene “algo” que todos notan, tal como le sucedió a Moisés en la primera lectura de hoy (Ex 34,29-35). Nos relata el pasaje que cuando Moisés bajó del monte Sinaí con las tablas que contenían Palabra de Dios “tenía radiante la piel de la cara”.

Aquí encontramos una marcada diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. En la primera lectura vemos cómo cuando los Israelitas vieron a Moisés con el rostro brillante (por haber visto a Dios cara a cara, como a un amigo) “no se atrevieron a acercarse a él”, y el mismo Moisés se cubría la cara con un velo. Y es que en el Antiguo Testamento Dios todavía no se había revelado plenamente; por eso ni tan siquiera se podía pronunciar su nombre.

No es hasta que la Palabra se encarna, haciéndose uno con nosotros en todo excepto en el pecado, que Dios se nos revela plenamente en la persona de Jesús. Ahora podemos verlo, escucharlo, tocarlo, caminar junto a Él. Es entonces que nos envía su Santo Espíritu que nos permite llamar Abba a aquél cuyo nombre era impronunciable.

Y ese Espíritu Santo, que es el Amor entre el Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros, hace resplandecer nuestros rostros con ese “algo” imposible de describir que hace a todo el que se cruza en nuestro camino perciba la presencia de Dios y diga: “Yo quiero de eso”; esa “perla de gran valor” que los impulsa a vender todo lo que tienen con tal de adquirirla.

Hoy, pidamos al Señor que derrame su Espíritu Santo sobre nosotros, de modo que todo el que nos vea lo vea a Él.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA 12-05-21

“Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza.” (Rm 5,3-4).

La liturgia continúa preparándonos para la Fiesta de Pentecostés que estaremos celebrando dentro de poco más de una semana. Tanto el libro de los Hechos de los Apóstoles, que nos ha venido mostrando el papel protagónico del Espíritu Santo en el desarrollo de la Iglesia primitiva, como el relato evangélico de Juan con las promesas de Jesús respecto al Defensor, nos ponen en perspectiva para “saborear” el evento de Pentecostés en toda su grandeza.

En la lectura evangélica de hoy (Jn 16,12-15), Jesús nos revela la tarea fundamental del Espíritu que hemos recibido de Él: nos “guiará hasta la verdad plena”; porque es “el Espíritu de la verdad”. Y esa verdad plena no es otra que Dios es amor. Un Padre que nos ama “hasta el extremo”; que ha sido capaz de sacrificar a su único Hijo para tengamos vida eterna.

Y podemos participar de esa vida eterna gracias al amor entre el Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros en la forma del Espíritu Santo. Por eso recitamos en el Credo Niceno-Constantinopolitano (el Credo “largo” que rezamos en la liturgia eucarística): “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria”. El Padre ama al Hijo con amor infinito y el Hijo ama al Padre de igual modo; y ese amor que los une es el Espíritu de la Verdad que se derrama sobre nosotros y nos conduce a la Verdad plena.

Ese Espíritu que nos conduce a la plenitud del Amor es el que nos permite sentirnos seguros al llevar a cabo la misión que Jesús nos encomendó. “Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rm 5,3-5).

Jesús nos asegura, además, que lo que el Espíritu nos comunique en ese coloquio amoroso “no será suyo: hablará de lo que oye y [n]os comunicará lo que está por venir”. Por eso el Espíritu le glorificará, porque será de Él que reciba todo lo que nos ha de revelar. Es decir, que el Espíritu nos ha de conducir al conocimiento de la Verdad plena que se ha manifestado en la persona de Jesús. Y el que conoce a Jesús, conoce al Padre (Jn 14,7).

No se trata de que el Espíritu nos revele nuevas verdades. No. La revelación de Dios culminó, terminó, con la persona de Jesucristo. Pero el Espíritu nos conducirá al pleno conocimiento de esa Verdad revelada por Cristo que encontramos en su Palabra, que es Él mismo y que nos conduce al Padre (Cfr. Jn 14,6).

Pidamos al Espíritu Santo que se derrame sobre nosotros para poder acceder al depósito de la fe (constituido por la Palabra y la Santa Tradición) guiados por el Magisterio de la Iglesia, para poder llegar a la “verdad plena” que Jesús nos reveló.

REFLEXIÓN PARA LA MEMORIA DEL BEATO CARLOS MANUEL RODRÍGUEZ 04-05-21

¡VIVIMOS PARA ESA NOCHE!

Hoy celebramos la memoria libre de nuestro primer beato puertorriqueño, Carlos Manuel (“Charlie”) Rodríguez. En una ocasión anterior publicamos su biografía. Les invitamos a leerla para conocer mejor a este cristiano ejemplar.

El calendario litúrgico-pastoral para la Provincia de Puerto Rico nos sugiere unas lecturas opcionales para esta celebración litúrgica. Como primera lectura se nos ofrecen dos lecturas alternas. Hemos escogido 1 Co 1,26-31: “Hermanos, tengan en cuenta quiénes son los que han sido llamados: no hay entre ustedes muchos sabios, hablando humanamente, ni son muchos los poderosos ni los nobles. Al contrario, Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes; lo que es vil y despreciable y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale. Así, nadie podrá gloriarse delante de Dios. Por él, ustedes están unidos a Cristo Jesús, que por disposición de Dios, se convirtió para nosotros en sabiduría y justicia, en santificación y redención, a fin de que, como está escrito: El que se gloría, que se gloríe en el Señor”.

Basta leer la biografía de nuestro beato Charlie para ver personificada esta lectura. Un humilde oficinista, de constitución débil y acosado por la enfermedad, que supo compenetrarse de tal modo con el Resucitado y la liturgia de la Iglesia, que se convirtió en precursor de los cambios en la liturgia que serían adoptados por los sabios y entendidos en el Concilio Vaticano II. Su secreto fue “estar unido a Cristo Jesús, que por disposición de Dios, se convirtió para nosotros en sabiduría y justicia, en santificación y redención”. En comparación con Cristo, nada puede ni tan siquiera considerarse como una alternativa real. Él es la fuente última de sabiduría, justicia y redención.

Vemos constantemente esa preferencia de Jesús por los débiles, lo pequeños, los humildes, cuando se trata de la Revelación de los grandes misterios del Reino. Así encontramos una santa Catalina de Siena, una santa Teresa del Niño Jesús, un beato Charlie, junto a los grandes pensadores y eruditos con todos los títulos académicos posibles. No es que Dios desprecie a los sabios e intelectuales; es que tal vez los pequeños y humildes no se sienten apegados a su propia “sabiduría” o a su éxito, y por ello pueden sentirse más receptivos y dependientes de Dios, quien les hace partícipes del Misterio.

San Pablo enfatiza que “nadie podrá gloriarse delante de Dios”, es decir, que la sabiduría humana es incapaz de conocer por sí misma la sabiduría de Dios. Solo el que se despoje de sus pretensiones humanas, es decir, el que se “gloría en el Señor” y no en su propia sabiduría, podrá alcanzar la verdadera Sabiduría.

Esa Sabiduría hizo posible que el beato, adelantándose al Concilio Vaticano II, entendiera y proclamara la importancia del Misterio Pascual, y cómo toda la liturgia de la Iglesia tenía que girar alrededor de la Madre de todas las vigilas, la Vigilia Pascual. Él supo vivir la alegría y la esperanza que Cristo nos regaló con Su Pascua. De ahí su lema: ¡VIVIMOS PARA ESA NOCHE!

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA PRIMERA SEMANA DE CUARESMA 25-02-21

“Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor”.

Todas las lecturas de hoy nos refieren la oración, enfatizando la oración impetratoria o de petición fervorosa.

La primera lectura, tomada del libro de Ester (3,6; 4,11-12.14-16.23-25), nos presenta a la reina Ester pidiendo fervorosamente la protección de Dios en un momento de gran peligro en que temía por su vida. La plegaria de Ester refleja su total confianza en el Señor y sus promesas, confianza que solo puede emanar de la fe. Esa fe se refleja en la manera en que Ester actuó inmediatamente después de su oración. Actuó conforme a su certeza en que Dios había escuchado su oración. En eso consiste la fe.

Ester reconoce su pequeñez, su impotencia, su soledad (“estoy sola y no tengo otro defensor fuera de ti”), y pone toda su confianza en Dios con una certeza que solo puede emanar de la fe verdadera.

La lectura evangélica (Mt 7,7-12), por su parte, nos evoca esa plegaria de Ester. En este pasaje Jesús nos enseña a pedir con la confianza en que nuestro Padre que está en el cielo siempre está dispuesto a darnos si le pedimos con ese mismo espíritu. Ya la antífona del Salmo (137) nos había puesto en “sintonía”: “Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor”.

El Evangelio nos dice: “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre. Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le va a dar una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden!”

El abandono a la voluntad y providencia de Dios que surge de la verdadera fe no se manifiesta sentándose a esperar que Él nos provea nuestras necesidades. Por el contrario, tenemos que “actuar” de conformidad con esa confianza, esa certeza de que Dios escucha nuestra plegaria. Si no buscamos no hallaremos; si no llamamos no se nos abrirá.

En su libro Ser como Dios manda (pp.49-50),Benjamín Oltra Colomer nos dice: “Creyente no es el que posee a Dios, sino el que se deja poseer por él. No eres tú quien posee la Revelación, si eres creyente, es ella la que te posee a ti. Es la Palabra de Dios la que embarga, hipoteca y guía tu vida dirigiendo tus pasos y haciendo que aceptes la voluntad de Dios como propia”.

Cuando llegamos a ese grado de compenetración con Dios en la oración, Su voluntad guía nuestra súplica, y nuestra petición coincide con Su voluntad, que siempre coincide con el mayor bien para nosotros. Por tanto, no pediremos nada que sea contrario a Su voluntad. Entonces Dios siempre nos dará lo que le pedimos, porque todo lo que le pidamos será “bueno”.

Durante este tiempo de Cuaresma, pidamos al Señor que nos permita crecer en la fe de tal manera que nuestra oración de petición vaya siempre precedida de una acción de gracias (Cfr. Jn 11,41).

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA DÉCIMO SEXTA SEMANA DEL T.O. (2) 23-07-20

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para hoy (Mt 13,10-17) continúa desmenuzando el pasaje más largo que leímos el decimoquinto domingo del tiempo ordinario, hace poco más de una semana, en el cual Jesús propone a los que le escuchan la parábola del sembrador. El pasaje de hoy sirve como paréntesis entre la parábola y la explicación de la misma que Jesús hace a sus discípulos más adelante (13,18-23).

“¿Por qué les hablas en parábolas?”, le preguntan sus discípulos. Jesús les contesta: “A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender”.

Anteriormente hemos dicho que el significado de las parábolas solo puede ser entendido por los que tienen una disposición favorable para con Dios, pues es algo que es concedido por pura gratuidad de parte de Dios a las personas de fe, y negado a los “autosuficientes”. Así, el que tiene fe entenderá cada día más y más de los misterios del Reino, y al que no tiene fe, “se le quitará hasta lo que tiene”.

Dios es un misterio, y la palabra “misterio” viene del griego antiguo μυστήριον (mystērion), que significa algo que no se puede comprender o explicar. Por eso ese misterio es comprendido solo por aquellos a quienes Dios se lo ha revelado y tienen la disposición de recibirlo. No es algo que dependa de la capacidad intelectual de la persona. Por el contrario, se trata de reconocer nuestra pequeñez y abrirnos a Dios con corazón humilde, sensible y dispuesto, pues Él siempre ha mostrado preferencia por los humildes y los débiles al momento de mostrarles las maravillas y los misterios del Reino (Cfr. Mt 11,25).

Jesús nos está diciendo que la verdad contenida en el Evangelio no es de orden intelectual. Es una verdad que solo se percibe cuando abrimos nuestro corazón al Amor incondicional de Dios, que es el Espíritu Santo que se derrama sobre nosotros y nos lo enseña todo (Jn 14,26).

Continúa diciendo el Señor a sus discípulos: “¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron”.

De ahí la importancia de invocar el Espíritu Santo para que venga en nuestro auxilio cuando leemos las Sagradas Escrituras, y nos ayude a entender las verdades de fe que Dios nos ha revelado en ellas para nuestra salvación, siempre bajo la guía del Magisterio de la Iglesia.

Cuando lees la Biblia, ¿lo haces como si fuera una novela u otra obra literaria, o como la Palabra de Dios viva?

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA 20-05-20

“Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena”.

La liturgia continúa preparándonos para la Fiesta de Pentecostés que estaremos celebrando dentro de poco más de una semana. Tanto el libro de los Hechos de los Apóstoles, que nos ha venido mostrando el papel protagónico del Espíritu Santo en el desarrollo de la Iglesia primitiva, como el relato evangélico de Juan con las promesas de Jesús respecto al Defensor, nos ponen en perspectiva para “saborear” el evento de Pentecostés en toda su grandeza.

En la lectura evangélica de hoy (Jn 16,12-15), Jesús nos revela la tarea fundamental del Espíritu que hemos recibido de Él: nos “guiará hasta la verdad plena”; porque es “el Espíritu de la verdad”. Y esa verdad plena no es otra que Dios es amor. Un Padre que nos ama “hasta el extremo”; que ha sido capaz de sacrificar a su único Hijo para tengamos vida eterna.

Y podemos participar de esa vida eterna gracias al amor entre el Padre y el Hijo que se derrama sobre nosotros en la forma del Espíritu Santo. Por eso recitamos en el Credo Niceno-Constantinopolitano (el Credo “largo” que rezamos en la liturgia eucarística): “Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria”. El Padre ama al Hijo con amor infinito y el Hijo ama al Padre de igual modo; y ese amor que se genera entre ellos es el Espíritu de la Verdad que se derrama sobre nosotros y nos conduce a la Verdad plena.

Ese Espíritu que nos conduce a la plenitud del Amor es el que nos permite sentirnos seguros al llevar a cabo la misión que Jesús nos encomendó. “Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rm 5,3-5).

Jesús nos asegura, además, que lo que el Espíritu nos comunique en ese coloquio amoroso “no será suyo: hablará de lo que oye y [n]os comunicará lo que está por venir”. Por eso el Espíritu le glorificará, porque será de Él que reciba todo lo que nos ha de revelar. Es decir, que el Espíritu nos ha de conducir al conocimiento de la Verdad plena que se ha manifestado en la persona de Jesús. Y el que conoce a Jesús, conoce al Padre (Jn 14,7).

No se trata de que el Espíritu nos revele nuevas verdades. No. La revelación de Dios culminó, terminó, con la persona de Jesucristo. Pero el Espíritu nos conducirá al pleno conocimiento de esa Verdad revelada por Cristo que encontramos en su Palabra, que es Él mismo y que nos conduce al Padre (Cfr. Jn 14,6).

Pidamos al Espíritu Santo que se derrame sobre nosotros para poder acceder al depósito de la fe (constituido por la Palabra y la Santa Tradición) guiados por el Magisterio de la Iglesia, para poder llegar a la “verdad plena” que Jesús nos reveló.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA PRIMERA SEMANA DE CUARESMA 05-03-20

“Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre”.

Todas las lecturas de hoy nos refieren la oración, enfatizando la oración impetratoria o de petición fervorosa.

La primera lectura, tomada del libro de Ester (3,6; 4,11-12.14-16.23-25), nos presenta a la reina Ester pidiendo fervorosamente la protección de Dios en un momento de gran peligro en que temía por su vida. La plegaria de Ester refleja su total confianza en el Señor y sus promesas, confianza que solo puede emanar de la fe. Esa fe se refleja en la manera en que Ester actuó inmediatamente después de su oración. Actuó conforme a su certeza en que Dios había escuchado su oración. En eso consiste la fe.

Ester reconoce su pequeñez, su impotencia, su soledad (“estoy sola y no tengo otro defensor fuera de ti”), y pone toda su confianza en Dios con una certeza que solo puede emanar de la fe verdadera.

La lectura evangélica (Mt 7,7-12), por su parte, nos evoca esa plegaria de Ester. En este pasaje Jesús nos enseña a pedir con la confianza en que nuestro Padre que está en el cielo siempre está dispuesto a darnos si le pedimos con ese mismo espíritu. Ya la antífona del Salmo (137) nos había puesto en “sintonía”: “Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor”.

El Evangelio nos dice: “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre. Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le va a dar una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden!”

El abandono a la voluntad y providencia de Dios que surge de la verdadera fe no se manifiesta sentándose a esperar que Él nos provea nuestras necesidades. Por el contrario, tenemos que “actuar” de conformidad con esa confianza, esa certeza de que Dios escucha nuestra plegaria. Si no buscamos no hallaremos; si no llamamos no se nos abrirá.

En su libro Ser como Dios manda (pp.49-50),Benjamín Oltra Colomer nos dice: “Creyente no es el que posee a Dios, sino el que se deja poseer por él. No eres tú quien posee la Revelación, si eres creyente, es ella la que te posee a ti. Es la Palabra de Dios la que embarga, hipoteca y guía tu vida dirigiendo tus pasos y haciendo que aceptes la voluntad de Dios como propia”.

Cuando llegamos a ese grado de compenetración con Dios en la oración, Su voluntad guía nuestra súplica, y nuestra petición coincide con Su voluntad, que siempre coincide con el mayor bien para nosotros. Por tanto, no pediremos nada que sea contrario a Su voluntad. Entonces Dios siempre nos dará lo que le pedimos, porque todo lo que le pidamos será “bueno”.

Durante este tiempo de Cuaresma, pidamos al Señor que nos permita crecer en la fe de tal manera que nuestra oración de petición vaya siempre precedida de una acción de gracias (Cfr. Jn 11,41).