REFLEXIÓN PARA LA MEMORIA LIBRE DEL BEATO CARLOS MANUEL RODRÍGUEZ 04-05-18

Hoy celebramos la memoria libre de nuestro primer beato puertorriqueño, Carlos Manuel (“Charlie”) Rodríguez. En una ocasión anterior publicamos su biografía. Les invitamos a leerla para conocer mejor a este cristiano ejemplar.

El calendario litúrgico-pastoral para la Provincia de Puerto Rico nos sugiere unas lecturas opcionales para esta celebración litúrgica. Como primera lectura se nos ofrecen dos lecturas alternas. Hemos escogido 1 Co 1,26-31: “Hermanos, tengan en cuenta quiénes son los que han sido llamados: no hay entre ustedes muchos sabios, hablando humanamente, ni son muchos los poderosos ni los nobles. Al contrario, Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes; lo que es vil y despreciable y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale. Así, nadie podrá gloriarse delante de Dios. Por él, ustedes están unidos a Cristo Jesús, que por disposición de Dios, se convirtió para nosotros en sabiduría y justicia, en santificación y redención, a fin de que, como está escrito: El que se gloría, que se gloríe en el Señor”.

Basta leer la biografía de nuestro beato Charlie para ver personificada esta lectura. Un humilde oficinista, de constitución débil y acosado por la enfermedad, que supo compenetrarse de tal modo con el Resucitado y la liturgia de la Iglesia, que se convirtió en precursor de los cambios en la liturgia que serían adoptados por los sabios y entendidos en el Concilio Vaticano II. Su secreto fue “estar unido a Cristo Jesús, que por disposición de Dios, se convirtió para nosotros en sabiduría y justicia, en santificación y redención”. En comparación con Cristo, nada puede ni tan siquiera considerarse como una alternativa real. Él es la fuente última de sabiduría, justicia y redención.

Vemos constantemente esa preferencia de Jesús por los débiles, lo pequeños, los humildes, cuando se trata de la Revelación de los grandes misterios del Reino. Así encontramos una santa Catalina de Siena, una santa Teresa del Niño Jesús, un beato Charlie, junto a los grandes pensadores y eruditos con todos los títulos académicos posibles. No es que Dios desprecie a los sabios e intelectuales; es que tal vez los pequeños y humildes no se sienten apegados a su propia “sabiduría” o a su éxito, y por ello pueden sentirse más receptivos y dependientes de Dios, quien les hace partícipes del Misterio.

San Pablo enfatiza que “nadie podrá gloriarse delante de Dios”, es decir, que la sabiduría humana es incapaz de conocer por sí misma la sabiduría de Dios. Solo el que se despoje de sus pretensiones humanas, es decir, el que se “gloría en el Señor” y no en su propia sabiduría, podrá alcanzar la verdadera Sabiduría.

Esa Sabiduría hizo posible que el beato, adelantándose al Concilio Vaticano II, entendiera y proclamara la importancia del Misterio Pascual, y cómo toda la liturgia de la Iglesia tenía que girar alrededor de la Madre de todas las vigilas, la Vigilia Pascual. Él supo vivir la alegría y la esperanza que Cristo nos regaló con Su Pascua. De ahí su lema: ¡VIVIMOS PARA ESA NOCHE!

PREGÓN PASCUAL – TEXTO COMPLETO

Esta es la Gran Noche. Durante la Solemne Vigilia Pascual escucharemos el Pregón Pascual, o Exultet, que se canta luego de la bendición del fuego y el encendido del Cirio Pascual.

El pregón comienza con un himno de alabanza, que en primer lugar, anuncia a todos la alegría de la Pascua, alegría del cielo, de la tierra, de la Iglesia, de la asamblea de los cristianos. Esta alegría procede de la victoria de Cristo sobre las tinieblas.

Luego, entona la gran Acción de Gracias. Su tema es la historia de la salvación resumida por el poema.

Una tercera parte consiste en una oración por la paz, por la Iglesia en sus jefes y en sus fieles, por los que gobiernan los pueblos, para que todos lleguen a la patria del cielo.

A continuación, les presentamos el texto del Pregón:

“Exulten por fin los coros de los ángeles, exulten las jerarquías del cielo, y por la victoria de Rey tan poderoso que las trompetas anuncien la salvación.

“Goce también la tierra, inundada de tanta claridad, y que, radiante con el fulgor del Rey eterno, se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe entero.

“Alégrese también nuestra madre la Iglesia, revestida de luz tan brillante; resuene este templo con las aclamaciones del pueblo.

“En verdad es justo y necesario aclamar con nuestras voces y con todo el afecto del corazón a Dios invisible, el Padre todopoderoso, y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

“Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre la deuda de Adán y, derramando su sangre, canceló el recibo del antiguo pecado.

“Porque éstas son las fiestas de Pascua, en las que se inmola el verdadero Cordero, cuya sangre consagra las puertas de los fieles.

“Ésta es la noche en que sacaste de Egipto a los israelitas, nuestros padres, y los hiciste pasar a pie el mar Rojo.

“Ésta es la noche en que la columna de fuego esclareció las tinieblas del pecado.

“Ésta es la noche en que, por toda la tierra, los que confiesan su fe en Cristo son arrancados de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado, son restituidos a la gracia y son agregados a los santos.

“Ésta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo. ¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados?

“¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!

“Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo. ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!

“¡Qué noche tan dichosa! Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos.

“Ésta es la noche de la que estaba escrito: «Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mí gozo.»

“Y así, esta noche santa ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos.

“En esta noche de gracia, acepta, Padre santo, este sacrificio vespertino de alabanza que la santa Iglesia te ofrece por rnedio de sus ministros en la solemne ofrenda de este cirio, hecho con cera de abejas.

“Sabernos ya lo que anuncia esta columna de fuego, ardiendo en llama viva para gloria de Dios. Y aunque distribuye su luz, no mengua al repartirla, porque se alimenta de esta cera fundida, que elaboró la abeja fecunda para hacer esta lámpara preciosa.

“¡Que noche tan dichosa en que se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino!

“Te rogarnos, Señor, que este cirio, consagrado a tu nombre, arda sin apagarse para destruir la oscuridad de esta noche, y, como ofrenda agradable, se asocie a las lumbreras del cielo. Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo, ese lucero que no conoce ocaso y es Cristo, tu Hijo resucitado, que, al salir del sepulcro, brilla sereno para el linaje humano, y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos. Amén”.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO SANTO 31-03-18

Hoy, Sábado Santo, no hay liturgia; por eso no hay lecturas. Durante el día de hoy tampoco se celebra la Eucaristía. La Iglesia nos brinda la oportunidad de continuar en silencio contemplando a Jesús muerto. Con la Vigilia Pascual que celebramos en la noche se inaugura el Tiempo Pascual.

Las Normas Litúrgico-Pastorales para el Sábado Santo, haciendo referencia a la Carta Circular sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales, establecen que durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su Pasión y Muerte y su descenso a los infiernos, y esperando, en la oración y el ayuno, su Resurrección. Por eso se aconseja prolongar durante ese día el “sagrado ayuno pascual” que se practicó ayer.

Hoy es un día lleno de emociones encontradas, en el cual lloramos la muerte de Jesús, pero a la vez estamos en la espera ansiosa de su gloriosa Resurrección y la alegría que experimentaremos al escuchar el Pregón Pascual.

Durante aquél primer Sábado Santo, mientras todos se dispersaron confundidos, como ovejas sin pastor, ante la muerte de Jesús, solo una persona mantuvo su fe incólume con la certeza de que si Jesús había dicho que resucitaría al tercer día, iba de hecho a resucitar: su Madre María. Ese día, dentro del profundo dolor que le causó la pérdida de su Hijo, en el mismo momento que corrieron la piedra que serviría de lápida al sepulcro, comenzó para la María lo que yo llamo su “segundo Adviento”. Aquí se pone de manifiesto la fe inquebrantable de María en su Hijo, de quien ella tiene la certeza de que es Dios.

Tuvimos un párroco que decía que tal era la certeza de María de que su Hijo iba a resucitar, que cuando finalmente abandonó el sepulcro, mientras todos seguían preguntándose qué iba a pasar ahora que Jesús había muerto, ella se fue a su casa a limpiarla y disponer todo para cuando su Hijo regresara. De hecho, si examinamos los relatos sobre la resurrección, encontraremos que su madre no estaba entre las mujeres piadosas que fueron al sepulcro para terminar de embalsamar a Jesús. Algunos se preguntan por qué. La contestación es obvia: ¿Cómo iba a ir su Madre a embalsamarlo, cuando estaba esperando su Resurrección? Y aunque las Escrituras tampoco lo dicen, yo también tengo la certeza de que Jesús fue a visitar a su Madre antes que a sus discípulos.

Como sabemos, la liturgia dedica los sábados a María. Santo Tomás nos dice que esto se debe a que en ese primer Sábado Santo solo ella tenía fe absoluta en el Redentor, y en ella descansó la fe de toda la Iglesia entre la muerte y resurrección de Jesús. Por eso la Iglesia también nos la propone como modelo de fe para todos los creyentes.

Hoy es un buen día para continuar meditando sobre el santo sacrificio de la Cruz ofrecido de una vez y por todas por nuestra salvación y la del mundo entero, mientras nos preparamos para la “Gran Noche”, cuando cantaremos el Aleluya anunciado la gloriosa Resurrección de Nuestro Salvador, que culminó su Misterio Pascual.

¡Vivimos para esa noche!

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA CUARTA SEMANA DE CUARESMA 12-03-18

La primera lectura que nos presenta la liturgia para hoy (65,17-21), está tomada del “Tercer Isaías”, que comprende los capítulos 56 al 66 de ese libro. Estos capítulos, escritos por un autor anónimo y atribuidos al profeta Isaías. Fueron escritos durante la “era de la restauración”, luego del regreso del pueblo judío a su país tras el destierro en Babilonia. Es un libro lleno de esperanza y alegría, dentro de la devastación que encontró el pueblo en Jerusalén a su regreso del destierro.

La lectura continúa el ambiente festivo del domingo lætare que celebrábamos ayer: “Mirad: yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva: de lo pasado no habrá recuerdo ni vendrá pensamiento, sino que habrá gozo y alegría perpetua por lo que voy a crear. Mirad: voy a transformar a Jerusalén en alegría, y a su pueblo en gozo; me alegraré de Jerusalén y me gozaré de mi pueblo, y ya no se oirán en ella gemidos ni llantos”.

Es un anticipo de la promesa de la “nueva Jerusalén” que san Juan nos presentará luego en el Apocalipsis en un ambiente de boda (uno de mis pasajes favoritos): “Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya. Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo. Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: ‘Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él Dios – con – ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado’” (Ap 21,1-4).

Es una promesa del Señor. Hay una sola condición: escuchar Su Palabra y creerle al que le envió. Y eso tiene que llenarnos de alegría. Así como el pueblo de Israel se levantó de entre las cenizas de una Jerusalén y un Templo destruidos, esta lectura nos prepara para la alegría de la Vigilia Pascual cuando resuene en los templos de todo el mundo el Gloria, anunciando la Resurrección de Jesús.

La lectura evangélica (Jn 4,43-54) nos presenta el pasaje de la curación del hijo de un funcionario real. Lo curioso de este episodio es que es un pagano quien nos revela la verdadera naturaleza de la fe: una confianza plena y absoluta en la palabra y la persona de Jesús, que le hace resistir los reproches iniciales de Jesús (“Como no veáis signos y prodigios, no creéis”) y le impulsa a actuar según esa confianza, sin necesidad de ningún signo visible. Creyó en Jesús, y “le creyó” a Jesús. Eso fue suficiente para emprender el camino de regreso a su casa con la certeza de que Jesús le había dicho: “Anda, tu hijo está curado”. Él creyó que su hijo estaba sano, y este fue sanado.

Nosotros tenemos la ventaja del testimonio de Su gloriosa Resurrección. Aun así, tenemos que preguntarnos: ¿Realmente le creo a Jesús?

En esta Cuaresma, oremos: “Señor yo creo, pero aumenta mi fe”.

MEDITACIÓN SOBRE LA PASIÓN A TRAVÉS DE LOS OJOS DE MARÍA

Hermanos: Comparto con ustedes una meditación, salida del alma, que compartí con los feligreses de mi parroquia El Buen Pastor esta tarde después de la lectura de la Pasión. He cambiado el formato y, por supuesto, omite aquellos destellos que el Espíritu intercala en nuestro quehacer cuando nos entregamos a Él, pero la esencia está ahí.

Jesús ha muerto… Ha completado la misión que el Padre le encomendó. Por eso le hemos escuchado decir: “Está cumplido…”

Eso lo dijo cuando ya sabía que su hora había llegado; justo antes de exhalar su último aliento, con el que pronunciaría la última de las siete palabras.

No sé exactamente qué pasaría por su mente en esos momentos. Prefiero creer que su último pensamiento humano fue para su Madre bendita. Eso le hizo recordar aquellas palabras que había aprendido de niño en el regazo de su Madre, las palabras con que todos los niños judíos encomendaban su alma a Dios al acostarse, y que se convertirían en su última Palabra: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu

Estoy seguro que al escuchar esas palabras su Madre compartió el mismo recuerdo, y recordó las muchas veces que vio a su Niño cerrar sus ojitos al concluir el día. Excepto que ahora le tocará a ella cerrarlos cuando reciba su cuerpo…

La actividad a su alrededor la hace volver a la realidad.

Hay que darse prisa en sepultarlo. Se acerca el sábado. No sé cuánto tiempo ha transcurrido. Imagino que deben ser alrededor de las 9:30. Recordemos que para los judíos el día concluye a las seis de la tarde nuestra, por eso la Escritura dice que Jesús murió a la hora nona, es decir, a las 9:00 de la tarde judía.

Comienzan a bajar el cuerpo de la cruz…

Y allí, para recibirlo, erguida, con la frente en alto, está su madre María. Estoy seguro que en esos momentos resuenan en su mente las palabras del anciano Simeón: “… ¡y a ti misma, una espada te atravesará el alma!”

Observa con intensidad mientras los soldados romanos lo bajan. Lo hacen con prisa; y a María se le escapa un grito: “¡Cuidado!… no vayan a hacerle daño”. ¡Pero está muerto! Ya no pueden hacerle más daño del que le han hecho. Pero para ella sigue siendo su niño; aquél niño que ella arrulló en sus brazos mientras lo cubría con besos y caricias…

Finalmente aquellas manos, las manos más bellas jamás creadas, aquellas destinadas a cuidar del Hijo del Padre, aquellas que lo envolvieron en pañales y lo colocaron en el pesebre que fue su primer trono, ahora reciben su cuerpo inerte al bajar del madero que le sirvió como último trono en la tierra.

María, sentada sobre la tierra, coloca la cabeza ensangrentada de su Hijo en su regazo y estoy seguro que, al igual que Él, levanta los ojos al cielo y murmura: “Está cumplido.

Torna nuevamente la mirada hacia el rostro de su Hijo, y en aquél rostro desfigurado, que nos dice la Escritura no tenía aspecto humano, ella ve el rostro de su niño, aquél cuya sonrisa al despertar opacaba el sol de cada mañana.

Y mientras con sus lágrimas intenta limpiar el rostro de su Hijo, en su mente recapitula todos los momentos de la vida de este… cuando aun siendo bebé alzaba sus bracitos para que ella lo tomara en los de ella; sus primeros pasos asido de su mano; sus primeras palabras; sus primeras oraciones que ella misma le enseñó; su rostro atento trepado en un banquito mientras aprendía el oficio de José; sus largas horas en el taller de su padre luego de la muerte de este; y finalmente el día que se sentó con ella y le dijo: Mamá, ha llegado la hora; tengo que llevar a cabo la misión que el Padre me encomendó.

Esta es la culminación de aquél momento, que para ella comenzó el día de la Anunciación con el hágase que lo hizo posible.

Regresa a la realidad cuando siente una voz que le dice: “Tenemos que darnos prisa, la hora avanza, y un buen hombre nos ha cedido un sepulcro. Vayamos a sepultarlo”. Dentro de su tristeza ella sonríe mientras recuerda cómo su Hijo siempre confiaba en la Providencia Divina. ¿Por qué habría de ser diferente ahora?

Mira a su alrededor… ¿Dónde están sus discípulos?; ¿dónde están los que estaban dispuestos a dar la vida por él? Salvo por el “discípulo amado” que Juan coloca a su lado en el Gólgota, todos se ha ido. Solo las mujeres, siempre valientes, la acompañan.

María está llena de dolor ante la pérdida de su hijo, un dolor indescriptible aún para aquellos que lo han experimentado. ¡¡¡PERO TAMBIÉN ESTÁ LLENA DE FE!!!

Por eso, dentro de toda la tristeza indescriptible de la pasión y muerte de su Hijo, y la sensación de soledad ante el abandono de todos, María mantiene la cabeza en alto con la certeza de que va a verlo nuevamente; ¡que su Hijo va a resucitar!

Los discípulos creyeron cuando lo vieron, y hoy nosotros lo creemos por nuestra fe en las Escrituras. Ella creyó sin haber visto, y de ese modo nos mostró el camino a seguir. ¡Dichosa tú, que creíste!

Gracias Mamá, por entregarnos a tu Hijo, porque gracias a Él, y a su sangre derramada por nosotros, que es también la tuya, hemos sido redimidos.

Pero sobre todo gracias a Ti, Jesús, por entregarnos a tu Madre al pie de la Cruz, para que tomados de la mano, nos conduzca siempre de vuelta hacia Ti cuando nos alejamos, y nos acompañe en los momentos de angustia y dolor como lo hizo contigo.

Al finalizar el oficio del Viernes Santo abandonaremos el templo como lo hicieron todos aquella tarde al dejar a Jesús en el sepulcro.

Pero dentro de la tristeza que nos embarga por su muerte, al igual que María, y siguiendo su ejemplo, en nuestros corazones brillará la esperanza de la resurrección, y esa fe nos congregará nuevamente en el Templo mañana en la noche, en la Madre de las Vigilias, para ser testigos una vez más del poder del Amor sobre la muerte.

¡Vivimos para esa noche!

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO SANTO 15-04-17

Hoy, Sábado Santo, no hay liturgia; por eso no hay lecturas. Durante el día de hoy tampoco se celebra la Eucaristía. La Iglesia nos brinda la oportunidad de continuar en silencio contemplando a Jesús muerto. Con la Vigilia Pascual, la “madre de todas las vigilias” que celebramos en la noche, se inaugura el Tiempo Pascual.

Las Normas Litúrgico-Pastorales para el Sábado Santo, haciendo referencia a la Carta Circular sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales, establecen que durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su Pasión y Muerte y su descenso a los infiernos, y esperando, en la oración y el ayuno, su Resurrección. Por eso se aconseja prolongar durante ese día el “sagrado ayuno pascual” que se practicó ayer.

Hoy es un día lleno de emociones encontradas, en el cual lloramos la muerte de Jesús, pero a la vez estamos en la espera ansiosa de su gloriosa Resurrección y la alegría que experimentaremos al escuchar el Pregón Pascual.

Durante aquél primer Sábado Santo, mientras todos se dispersaron confundidos, como ovejas sin pastor, ante la muerte de Jesús, solo una persona mantuvo su fe incólume con la certeza de que si Jesús había dicho que resucitaría al tercer día, iba de hecho a resucitar: su Madre María. Ese día, dentro del profundo dolor que le causó la pérdida de su Hijo, en el mismo momento que corrieron la piedra que serviría de lápida al sepulcro, comenzó para la María lo que yo llamo su “segundo Adviento”. Aquí se pone de manifiesto la fe inquebrantable de María en su Hijo, de quien ella tiene la certeza de que es Dios.

Tuvimos un párroco que decía que tal era la certeza de María de que su Hijo iba a resucitar, que cuando finalmente abandonó el sepulcro, mientras todos seguían preguntándose qué iba a pasar ahora que Jesús había muerto, ella se fue a su casa a limpiarla y disponer todo para cuando su Hijo regresara. De hecho, si examinamos los relatos sobre la resurrección, encontraremos que su madre no estaba entre las mujeres piadosas que fueron al sepulcro para terminar de embalsamar a Jesús. Algunos se preguntan por qué. La contestación es obvia: ¿Cómo iba a ir su Madre a embalsamarlo, cuando estaba esperando su Resurrección? Y aunque las Escrituras tampoco lo dicen, yo también tengo la certeza de que Jesús fue a visitar a su Madre antes que a sus discípulos.

Como sabemos, la liturgia dedica los sábados a María. Santo Tomás nos dice que esto se debe a que en ese primer Sábado Santo solo ella tenía fe absoluta en el Redentor, y en ella descansó la fe de toda la Iglesia entre la muerte y resurrección de Jesús. Por eso la Iglesia también nos la propone como modelo de fe para todos los creyentes.

Hoy es un buen día para continuar meditando sobre el santo sacrificio de la Cruz ofrecido de una vez y por todas por nuestra salvación y la del mundo entero, mientras nos preparamos para la “Gran Noche”, cuando cantaremos el Aleluya anunciado la gloriosa Resurrección de Nuestro Salvador, que culminó su Misterio Pascual.

¡Vivimos para esa noche!

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DESPUÉS DE CENIZA 02-03-17

Acabamos de comenzar el “tiempo fuerte” de Cuaresma, y la lectura evangélica que nos presenta la liturgia para este “jueves después de ceniza” es la versión de Lucas del primer anuncio de la Pasión (Lc 9,22-25). Siempre nos ha llamado la atención el hecho de que los anuncios de la Pasión de Jesús van unidos al anuncio de su gloriosa Resurrección. “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día”.

Pero Jesús va más allá. Nos invita a seguirle, señalándonos de paso el camino de la salvación: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo”. Vemos que la fórmula que Jesús nos propone está matizada por tres verbos: “negarse”, “tomar” la cruz y “seguirle”. Examinemos brevemente el significado y alcance de cada uno.

El “negarse a sí mismo” implica que el verdadero discípulo de Jesús tiene que ser capaz de relegar a un segundo plano su interés propio para atender las necesidades del prójimo; tiene que superar la cultura del “yo”; tiene que “vaciarse”. Es decir, tiene que estar completamente libre para “darse” a los demás tal como lo hizo Jesús. Esta opción de vida generalmente implica privaciones, dolor y sufrimiento, que asociamos también a “cargar con la cruz”.

El “tomar la cruz”, o cargar con la cruz, tiene un significado más profundo de lo que aparenta a primera vista. Para comprenderlo a plenitud tenemos que adentrarnos en la ambiente cultural de la época de Jesús. “Cargar con la cruz” era el último acto del condenado a la ignominiosa muerte de cruz; era recorrer el camino al lugar donde se iba a efectuar la ejecución llevando a cuestas el madero (patibulum), mientras todos le abucheaban, le escupían y se burlaban de él. Más terrible aún era tal vez el sentimiento de sentirse despreciado por todos y expulsado de la sociedad, al punto que esa persona se consideraba muerta para todos los fines legales, sin derechos ni defensa alguna. De igual modo los que nos llamamos discípulos de Jesús tenemos que estar prestos a cargar con nuestra “cruz de cada día” soportando la burla y el desprecio, aún de los nuestros, pensando, no en el dolor ni en la humillación del momento, sino en la resurrección del día final (Cfr. Jn 6,54).

El “seguirle”, como hemos visto, implica mucho más que un mero seguimiento exterior, un dirigirse en la misma dirección. El seguimiento de Jesús va mucho más allá. Se trata de un seguimiento interior, una adhesión a Su proyecto de vida, una comunión de vida, un estar dispuesto a compartir el destino del Maestro. Es el camino que vamos a recorrer durante esta Cuaresma, durante la cual acompañaremos a Jesús camino a su Pasión y muerte, pero con la mirada fija en la Gran Noche; la Vigilia Pascual, que es la antesala de la culminación del Misterio Pascual de Jesús: su Resurrección gloriosa. ¡Vivimos para esa Noche!

¡Esa es nuestra fe!

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA (Y MEMORIA DEL BEATO CARLOS MANUEL RODRÍGUEZ) 04-05-16

Espíritu Santo med

Hoy celebramos la memoria libre de nuestro primer beato puertorriqueño, Carlos Manuel (“Charlie”) Rodríguez. El año pasado publicamos su biografía. Les invitamos a leerla para conocer mejor a este cristiano ejemplar.

Por su parte, la liturgia Pascual continúa preparándonos para la gran solemnidad de Pentecostés a través de las lecturas que nos presenta durante esta cincuentena.

La primera (Hc 17,15.22–18,1) continúa mostrándonos la acción del Espíritu Santo guiando a los primeros discípulos en la expansión de la Iglesia por todo el mundo greco-romamo. Ya en tierras europeas, encontramos a Pablo predicando la Buena Noticia en Atenas, en medio del Areópago. Allí, inspirado por el Espíritu Santo, aprovecha la existencia de un altar al “al dios desconocido” y las obras literarias atenienses para, presentarles al “Dios que hizo el mundo y lo que contiene, [que] es Señor de cielo y tierra y no habita en templos construidos por hombres, ni lo sirven manos humanas; como si necesitara de alguien, él que a todos da la vida y el aliento, y todo”.

Pablo culmina su discurso presentándoles a Aquél que en el día señalado “juzgará el universo con justicia”, de quien Dios ha dado prueba “resucitándolo de entre los muertos”.

El Resucitado, aquél cuya victoria sobre la muerte nos abrió el camino a nuestra resurrección y a la vida eterna (“y la muerte no será más; y no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor: porque las primeras cosas son pasadas” – Ap 21,4); aquél cuya Resurrección corona la celebración de la Vigilia Pascual, de la cual el Beato Charlie dijo: “¡Vivimos para esa Noche!”

La segunda lectura de hoy (Jn 16,12-15) nos presenta a Jesús prometiéndonos el “Espíritu de la verdad” que nos va a ayudar a comprender todas aquellas verdades que por nuestra pequeñez no podemos asimilar de golpe.

Por eso tenemos que invocar al Espíritu Santo en oración para que venga sobre nosotros y nos guíe “hasta la verdad plena”. Pero, ¡ojo!; no podemos olvidar que la verdad plena es una. No se trata de que el Espíritu venga a “revelarnos” nuevas doctrinas o nuevas “verdades” a cada cual. Por eso hay tantas denominaciones y sectas, cada una con su propia “verdad”. Debemos recordar que la misión del Espíritu es “ser memoria de Jesús”, no revelarnos nada nuevo; pues la Divina Revelación terminó con la persona de Jesús.

El Espíritu Santo descendió sobre el colegio apostólico en Pentecostés; por eso nuestra Iglesia es apostólica, es decir, fundada sobre la doctrina de los apóstoles, quienes a su vez transmitieron el Espíritu Santo a sus sucesores hasta nuestros días. Eso es lo que asegura la continuidad e integridad del mensaje de Jesús. Y eso tiene nombre y apellido: El Magisterio de la Iglesia. Por eso ha permanecido fiel a las enseñanzas de los apóstoles por casi dos mil años.

Por tanto, pidamos al Espíritu Santo que se derrame sobre nosotros para poder acceder al depósito de la fe (constituido por la Palabra y la Santa Tradición) guiados por el Magisterio de la Iglesia, y llegar a la “verdad plena” que Jesús nos reveló.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DESPUÉS DE CENIZA 11-02-16

seguimiento cruz

Acabamos de comenzar el “tiempo fuerte” de Cuaresma, y la lectura evangélica que nos presenta la liturgia para este “jueves después de ceniza” es la versión de Lucas del primer anuncio de la Pasión (Lc 9,22-25). Siempre nos ha llamado la atención el hecho de que los anuncios de la Pasión de Jesús van unidos al anuncio de su gloriosa Resurrección. “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día”.

Pero Jesús va más allá. Nos invita a seguirle, señalándonos de paso el camino de la salvación: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo”. Vemos que la fórmula que Jesús nos propone está matizada por tres verbos: “negarse”, “tomar” la cruz y “seguirle”. Examinemos brevemente el significado y alcance de cada uno.

El “negarse a sí mismo” implica que el verdadero discípulo de Jesús tiene que ser capaz de relegar a un segundo plano su interés propio para atender las necesidades del prójimo; tiene que superar la cultura del “yo”; tiene que “vaciarse”. Es decir, tiene que estar completamente libre para “darse” a los demás tal como lo hizo Jesús. Esta opción de vida generalmente implica privaciones, dolor y sufrimiento, que asociamos también a “cargar con la cruz”.

El “tomar la cruz”, o cargar con la cruz, tiene un significado más profundo de lo que aparenta a primera vista. Para comprenderlo a plenitud tenemos que adentrarnos en la ambiente cultural de la época de Jesús. “Cargar con la cruz” era el último acto del condenado a la ignominiosa muerte de cruz; era recorrer el camino al lugar donde se iba a efectuar la ejecución llevando a cuestas el madero (patibulum), mientras todos le abucheaban, le escupían y se burlaban de él. Más terrible aún era tal vez el sentimiento de sentirse despreciado por todos y expulsado de la sociedad, al punto que esa persona se consideraba muerta para todos los fines legales, sin derechos ni defensa alguna. De igual modo los que nos llamamos discípulos de Jesús tenemos que estar prestos a cargar con nuestra “cruz de cada día” soportando la burla y el desprecio, aún de los nuestros, pensando, no en el dolor ni en la humillación del momento, sino en la resurrección del día final (Cfr. Jn 6,54).

El “seguirle”, como hemos visto, implica mucho más que un mero seguimiento exterior, un dirigirse en la misma dirección. El seguimiento de Jesús va mucho más allá. Se trata de un seguimiento interior, una adhesión a Su proyecto de vida, una comunión de vida, un estar dispuesto a compartir el destino del Maestro. Es el camino que vamos a recorrer durante esta Cuaresma, durante la cual acompañaremos a Jesús camino a su Pasión y muerte, pero con la mirada fija en la Gran Noche; la Vigilia Pascual, que es la antesala de la culminación del Misterio Pascual de Jesús: su Resurrección gloriosa. ¡Vivimos para esa Noche!

¡Esa es nuestra fe!

Datos biográficos del Beato Carlos Manuel Rodríguez

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Hoy celebramos la memoria libre de nuestro primer beato puertorriqueño, Carlos Manuel (“Charlie”) Rodríguez. A continuación ofrecemos una corta biografía sobre este santo varón que, desde su estado laical, vivió a plenitud la unidad con el Misterio a la que todos estamos llamados.

Carlos Manuel Rodríguez nació en Caguas, Puerto Rico, el 22 de noviembre de 1918, hijo de Manuel Baudilio Rodríguez y Herminia Santiago, ambos de familias numerosas, sencillas y de gran arraigo cristiano. Fue bautizado en la Iglesia Dulce Nombre de Jesús en Caguas el 4 de mayo de 1919. Fue el segundo de cinco hermanos: dos hermanas se casaron, otra es religiosa Carmelita de Vedruna y su único hermano es sacerdote benedictino y Primer Abad puertorriqueño.

Cuando “Charlie” tenía seis años, un voraz incendio consumió la modesta tienda del papá y la vivienda de su familia. Como resultado, perdieron todo y se vieron precisados a mudarse a casa de los abuelos maternos. Aquí, Carlos Manuel vivió en estrecho contacto con su abuela Alejandrina Esterás, una “santa mujer” al decir de quienes la conocieron. Manuel Baudilio, el padre, sufrió con resignación, sin perder su fe, esta pérdida y tras una larga enfermedad, murió en 1940. Doña Herminia, al no estar en su casa propia se impuso a sí y a sus hijos un celoso respeto y hasta cohibición, de quien está en casa ajena. Esto influyó en el carácter reservado y tímido de sus hijos. Pero Herminia tenía la virtud de la serena alegría iluminada por la fe dada su familiaridad con el Señor en la Eucaristía diaria. Es así como las primeras lecciones en la fe católica y las vivencias de esa fe las recibe y experimenta Carlos desde muy temprano en el seno de su propia familia. A los seis años comenzó su vida escolar en el Colegio Católico de Caguas, en donde permaneció hasta octavo grado.

Allí conoció a las Hermanas de Notre Dame y cultivó una especial amistad con ellas durante toda su vida. Bajo la tutela de éstas y de los Padres Redentoristas, desarrolla su primera educación formal, humanística y religiosa; recibe a Cristo por vez primera en la Sagrada Eucaristía que marcaría un amor para siempre; se hace monaguillo y posiblemente siente el llamado inicial a una vida de entrega total a Cristo. Como monaguillo, empieza a degustar las riquezas de la fe a través de la sagrada liturgia de la Iglesia.

Se gradúa de octavo grado en 1932, siendo el primer honor de su clase y obteniendo la medalla de religión. Pasa entonces a cursar estudios en la escuela superior pública Gautier Benítez en Caguas. Durante el segundo semestre de ese curso escolar empieza a notar los primeros síntomas de una enfermedad que sugería un trastorno gastrointestinal: colitis ulcerosa. Este habría de causarle muchísimos inconvenientes por el resto de su vida, y se iría agravando paulatinamente. Ello jamás llegó a doblegar su espíritu de entrega a Cristo y a Su Iglesia.

Más tarde, renueva su contacto con las Hermanas de Notre Dame y los Padres Redentoristas, esta vez en la Academia Perpetuo Socorro en el sector Miramar de San Juan, donde cursa su tercer año de Escuela Superior (1934-35), pero su salud le impide continuar. Vuelve a Caguas, trabaja por algún tiempo y por fin termina ambos cursos, el comercial y el científico, en su cuarto año en la Gautier Benítez en 1939.

Se desempeña como oficinista hasta 1946, cuando decide iniciar estudios hacia un bachillerato en la Universidad de Puerto Rico (UPR) en Río Piedras, y logra completar un año. En 1947, a pesar de haber aprobado con excelentes calificaciones todas las materias y pese a su amor por los estudios, una vez más su salud le impide estudiar formalmente: esta vez, de manera definitiva. Sin embargo los estudios jamás terminaron para “Charlie”, como ya empezaban a llamarlo sus amigos en la UPR. Él era un lector voraz. Todo le interesaba: las artes, las ciencias, filosofía, religión, música… De hecho, tomó clases de piano tan sólo un año, pero su interés le llevó a continuar por sí solo, hasta tocar no sólo el piano, sino además, el órgano de la Iglesia… ¡La música sacra que tanto aprendió a amar!

Otro de sus grandes amores era la Naturaleza. Desde niño acostumbraba a pasar las vacaciones de verano en el campo. Solía ir con hermanos y primos de pasadía, al río o a la playa. Ya de adulto organizaba junto a sus hermanos, caminatas de un día al campo; ligero de equipaje, frugal el alimento, pero abundante el deseo de comulgar con la creación entera.

Carlos Manuel trabajó como oficinista en Caguas, Gurabo y en la Estación Experimental Agrícola, adscrita a la UPR de Río Piedras, donde además traducía documentos. Empleaba casi todo su modesto salario en promover el conocimiento y el amor a Cristo, especialmente a través de la Sagrada Liturgia. Por eso, se afanaba en traducir artículos que leía sobre la materia y que él editaba para nutrir dos publicaciones a manera de folletos mimeografiados, Liturgia y Cultura Cristiana, tarea a la que dedicaba incontables horas de trabajo.

Cada vez más convencido de que la liturgia es la vida de la Iglesia (a través de la oración, la Proclamación de la Palabra, la Eucaristía y los misterios de Cristo o sacramentos), organiza en Caguas un “Círculo de Liturgia” junto al P. McWilliams y luego, en 1948, funda junto al P. McGlone el coro parroquial Te Deum Laudamus.

En Río Piedras, donde sus hermanos Pepe y Haydée eran ya profesores de la UPR, Carlos realiza su ardiente deseo de dar a conocer a Cristo entre profesores y estudiantes de ese centro docente. Al ampliarse el grupo de sus “discípulos” se mueve con ellos al Centro Universitario Católico, organiza otro Círculo de Liturgia (más tarde llamado Círculo de Cultura Cristiana). Continúa con sus publicaciones y organiza y da forma a sus célebres “Días de Vida Cristiana” junto con los universitarios a quienes desea que entiendan y gocen los tiempos litúrgicos. Participa en paneles sobre diversos temas, siendo él el portaestandarte de la vida litúrgica y el sentido pascual de la vida y la muerte en Cristo. Organizó grupos de discusión en varios pueblos y participó en la Cofradía de la Doctrina Cristiana. Otras organizaciones católicas en las cuales participó fueron la Sociedad del Santo Nombre y los Caballeros de Colón. Impartió catequesis a jóvenes de escuela superior, aportando él todo el material que mimeografiaba sin descanso para suplir las limitaciones económicas de sus jóvenes alumnos. Defendió y promovió con fervor extraordinario entre obispos, clero y seglares, la renovación litúrgica de la Iglesia a través de la participación activa de los fieles, el uso del vernáculo y, muy especialmente de la observación de la Vigilia Pascual, felizmente restaurada por SS Pío XII, para regocijo de “Charlie”. Todo ello, antes del Concilio Vaticano II, de ahí que se le llame apóstol pre-conciliar de lo que vino a ser Sacrosanctum concillium.

Muchos testimonian su desarrollo vital de la fe gracias a la formación que les impartió Carlos Manuel unido a su modelo de entrega y servicio. Varios  agradecen a su ardiente celo por Cristo el haber despertado en ellos su vocación religiosa. Quienes lo buscaban para aclarar sus dudas o conseguir el fortalecimiento de su fe, no quedaban defraudados. Acercarse a Carlos Manuel era como allegarse a una luz que va iluminando cada vez más la perspectiva y el sentido de la vida a medida que se le conocía mejor. La alegría cierta de la Pascua traslucía siempre en su mirada y en su sonrisa y una notable fortaleza espiritual trascendía su frágil figura. La firme convicción de su fe vencía su natural timidez y hablaba con la seguridad de Pedro en Pentecostés. A pesar de su salud quebrantada por tantos años, ninguna queja nubló la alegría con que enfrentaba la vida y nos recordaba que el cristiano ha de ser alegre porque vive la alegría y la esperanza que Cristo nos regaló con Su Pascua: ¡VIVIMOS PARA ESA NOCHE!

Sus fuerzas físicas decaían, pero jamás su espíritu se doblegó. Vivía cada momento superando calladamente su dolor con el gozo profundo de quien se sabía resucitado. Minada finalmente su salud por la enfermedad que se diagnosticó como un cáncer terminal del recto, tras una larga operación en marzo de 1963, padeció “la noche oscura de la fe” pensándose abandonado de Dios. Antes de morir, re-encontró con emoción la Palabra que estuvo perdida, la que le había dado sentido a su vida. Su paso a la vida eterna fue el 13 de julio de 1963. Tenía 44 años. “El 13 es buen día” – había dicho antes, sin que tuviésemos noción de lo que ello significaba. Ahora sabemos.

El Proceso de Carlos fue meteórico: Iniciado en 1992, su positio sobre virtudes heroicas llevó a que se le declarase Venerable el 7 de julio de 1997. El milagro, para su beatificación (curación de un linfoma maligno de Hodgkins en 1981) fue aprobado por SS Juan Pablo II el 20 de diciembre de 1999: ¡En tiempo récord (tan solo ocho años) y por actores laicos!

(Biografía del Vaticano)