REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA TERCERA SEMANA DEL T.O. (2) 23-01-18

La primera lectura que nos brinda la liturgia para hoy (2 Sam 6,12b-15.17-19), nos presenta al rey David concluyendo la traslación del Arca de la Alianza desde la casa de Obededom hasta Jerusalén, y su instalación en la tienda que él mismo le había preparado en la “ciudad de David”. La narración está llena de imágenes visuales, destacando la del rey David “danzando ante el Señor con todo entusiasmo, vestido sólo con un roquete de lino” mientras trasladaban el Arca “entre vítores y al sonido de las trompetas”.

El pasaje termina con un banquete en el cual el rey “repartió a todos, hombres y mujeres de la multitud israelita, un bollo de pan, una tajada de carne y un pastel de uvas pasas a cada uno”. Un gesto propio del padre de familia al sentarse a la mesa, que repartía los alimentos a toda su familia, gesto lleno de simbolismo que repetiría Jesús en la última cena al instituir la Eucaristía.

El Evangelio, por su parte, nos presenta la versión de Marcos (3,31-35) del pasaje de “la verdadera familia” de Jesús. Relata el episodio en que la familia de Jesús vino a buscarlo y, como de costumbre, había tanta gente arremolinada a su alrededor, que no podían llegar hasta Él, así que le enviaron un recado. Los que estaban cerca de Él le dijeron: “Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan”.

Jesús, como en tantas otras ocasiones, aprovecha la oportunidad para hacer un comentario con un fin pedagógico: “Les contestó: ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ Y, paseando la mirada por el corro, dijo: ‘Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre’”.

El mensaje de Jesús es claro: a la familia del Señor se ingresa por escuchar su Palabra, no por lazos de sangre. De hecho, la versión de Lucas del mismo pasaje, la más tardía de todas (escrita entre los años 80 y 90 d.C.), sin mencionar que paseó la mirada por el grupo de personas presentes, se limita a relatar que Jesús dijo: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc 8,21). Otras versiones dicen: “los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica”. No se trata tan solo de escuchar su Palabra, hay que “ponerla en práctica”, seguirlo.

Jesús ha expresado claramente que el que quiera seguirle tiene que estar dispuesto a sobreponerse a los lazos humanos familiares (Cfr. Mt 10,37-38). Se trata de la “gran familia” de Dios abierta a toda la humanidad sin distinción de raza ni nacionalidad, el “nuevo Pueblo de Dios”. Ya no se trata de una familia en el orden biológico, sino de otra muy diferente, del orden espiritual. Una familia universal (“católica”) convocada al amor.

“Te pedimos, Señor, fe y confianza. Haz que tu voluntad sea nuestra, para que pueda conducirnos a tu casa bajo la guía de aquel que siempre y en todo cumplió tu voluntad: Jesucristo, nuestro Señor” (de la Oración Colecta).