REFLEXIÓN PARA EL TRIGÉSIMO TERCER DOMINGO DEL T.O. (A) 15-11-20

“Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses”.

“Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes”, y luego se marchó. Así comienza la “parábola de los talentos” que nos presenta la liturgia de hoy (Mt 25,14-30). A cada uno le dejó talentos según su capacidad; a uno cinco, a otro dos, y a otro uno. Al final de la parábola vemos que “al cabo de mucho tiempo” el hombre regresó a pedir cuentas a cada uno sobre qué había hecho con los talentos que le había encomendado. Siempre me ha llamado la atención el uso en esta parábola de la moneda muy valiosa llamada “talento”, que es la misma palabra que utilizamos para describir los dones, los carismas, las habilidades que Dios nos ha prodigado.

La figura del hombre que se va a extranjero nos evoca la persona de Jesús, quien luego de su gloriosa resurrección, nos dejó a cargo de “sus bienes” (“Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura” – Mc 16,15), para regresar en el último día, cuando tendremos que rendir cuentas sobre nuestra gestión aquí en la tierra.

Y Dios, que es justo, nunca nos va a exigir más de lo que podemos dar (“a cada cual según su capacidad”), pero la parábola nos está diciendo que tenemos que dar el máximo, utilizar esos talentos que Dios nos ha encomendado para la gran obra de la construcción de Reino. La actitud del que, temeroso, escondió la moneda para no perderla, nos apunta a otra exigencia. No podemos “sentarnos” sobre nuestros talentos para no arriesgarnos a perderlos. No. Tenemos que estar dispuestos a arriesgarlo todo por el Reino. No arriesgar nada equivale a no ganar nada. Se nos ha encomendado la semilla del Reino. Si nos conformamos con guardarla en nuestro corazón y no salimos a sembrarla por temor a que no dé fruto, estaremos obrando igual que el empleado que hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Por eso insisto tanto en que tenemos que formarnos para que podamos formar a otros.

Como hemos dicho en innumerables ocasiones, evangelizar, “invertir” los bienes que el Señor nos ha encomendado no quiere decir que todos tenemos que salir a predicar de palabra el evangelio por campos y ciudades. El Señor es claro: “a cada cual según su capacidad”. Hay muchas formas de predicar la Buena Nueva del Reino, siendo nuestro ejemplo de vida, arriesgándonos a la burla y al discrimen, la mejor de ellas. Hoy tenemos que preguntarnos: ¿Cuáles son mis talentos que puedo poner al servicio del prójimo para adelantar la causa del Reino? Cantar, acompañar enfermos, cocinar, limpiar, barrer, leer, enseñar, predicar… Cuando regrese el “Señor”, ¿qué cuentas voy a rendir?

En esta parábola encontramos nuevamente la figura del “banquete” como premio para el que ha sabido administrar sus talentos, y las tinieblas y el “llanto y el rechinar de dientes” para el que no lo ha hecho. Y tú, ¿a dónde quieres ir?

Espero que estés pasando un lindo fin de semana. Si aún no lo has hecho, visita la Casa del Padre; Él te espera. Y su aún no puedes hacerlo presencialmente, hazlo virtualmente por internet o televisión.

REFLEXIÓN PARA EL TRIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO DEL T.O. (A) 08-11-20

La primera lectura que nos propone la liturgia para este trigésimo segundo domingo de tiempo durante el año, tomada del libro de la Sabiduría (6,12-16), nos presenta uno de los dos grandes temas que aborda: la sabiduría hipostasiada, es decir, como algo, o más bien, “alguien” real que todos debemos buscar para que nos enseñe cómo ordenar nuestras vidas. “La ven fácilmente los que la aman, y la encuentran los que la buscan; ella misma se da a conocer a los que la desean”.

El Evangelio, por su parte, nos presenta la parábola de las doncellas necias y las doncellas sensatas (Mt 25,1-13), que nos invita a estar preparados, vigilantes. Esta parábola nos presenta la espera por el “esposo” que tardaba en llegar: “Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas (sabias). Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sabias se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!” Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sabias: “Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.” Pero estas contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.” Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: “Señor, señor, ábrenos.” Pero él respondió: “Os lo aseguro: no os conozco.” Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora”.

Al igual que en la parábola de los talentos que sigue a esta (Mt 25,14-30), las doncellas necias no hicieron nada “malo”. Pero tampoco hicieron nada para estar preparadas para recibir al Esposo cuando llegara. No hacer nada es también una manera de hacer el mal; es el equivalente del gran pecado de nuestros tiempos: el pecado de omisión.

Está claro; Jesús es el “Esposo” en quien se hace presente el Reino de Dios, representado en el banquete de bodas. Cristo nos invita a ese banquete, a tomar una decisión ante Él y a vivir de tal manera que estemos preparados para ir a su encuentro en cualquier momento, no vaya a ser que, por no tener nuestra alcuza llena de aceite, cuando finalmente llegue y acudamos a su encuentro ya la puerta se haya cerrado, y cuando toquemos nos diga: “No te conozco”.

La invitación está cursada y la mesa del banquete está dispuesta. La pregunta obligada es: Cuando llegue el Esposo (puede ser esta noche), ¿estaré preparado para salir a su encuentro y entrar al banquete?

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA TRIGÉSIMA PRIMERA SEMANA DEL T.O. (2) MEMORIA OBLIGATORIA DE SAN MARTÍN DE PORRES 03-11-20

He tenido la dicha de orar sobre la tumba de este gran santo en varias ocasiones.

Hoy la Iglesia en Puerto Rico celebra la memoria de San Martín de Porres. Y el Evangelio que nos propone la liturgia ( Lc 14,15-24 ) es muy apropiado para celebrar la persona y la vida de tan insigne santo de la Orden de Predicadores (Dominicos), que supo forjar su santidad desde la humildad y la humillación, haciéndose de ese modo grande ante los ojos de Dios. “Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Lc 14,11).

San Martín de Porres, mulato bastardo, ingresó en la Orden de los Dominicos aún a sabiendas de que por su raza y condición social nunca se le permitiría ordenarse sacerdote, y ni tan siguiera ser fraile lego. Al entrar en la Orden lo hizo como “aspirante conventual sin opción al sacerdocio”, “donado”. Allí vivió una vida de obediencia, humildad, espiritualidad y castidad que le ganaron el respeto de todos.

En el Evangelio de hoy Jesús continúa enfatizando la apertura del Reino a todos por igual, mostrando su preferencia por los más humildes. En esta ocasión el mensaje gira en torno a la invitación, al llamado, a la vocación (de latín vocatio, que a su vez se deriva de vocare = llamar) que todos recibimos para participar del “banquete” del Reino, y la respuesta que damos a la misma. La respuesta de Martín de Porres fue radical.

Nos narra la parábola que un hombre daba un gran banquete y envió a su criado a invitar a sus numerosos invitados. Pero todos ponían diferentes excusas para no aceptar la invitación: negocios (“mis bueyes”), familia (“mi esposa”), propiedades (“mi campo”). Entonces el dueño de la casa dijo a su criado: “Sal corriendo a las plazas y calles de la ciudad y tráete a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos”. Como todavía quedaba lugar en la mesa, el dueño instruyó nuevamente a su criado: “Sal por los caminos y senderos e insísteles hasta que entren y se me llene la casa”.

Esta parábola pone de relieve que normalmente cuando estamos satisfechos con lo que tenemos, no sentimos necesidad de nada más, ni siquiera de Dios. Y cuando recibimos su invitación, hay otras cosas que en ese momento son más importantes (mi trabajo, mi negocio, mis propiedades, mi familia, mi auto, mis diversiones). Está claro que la entrada al banquete del Reino requiere una invitación. Pero hay que aceptar esa invitación ahora, porque la mesa está servida, y lo que se nos ofrece es superior a cualquier otra cosa que podamos imaginar. Por eso Jesús nos dice: “El que a causa de mi Nombre deje casa, hermanos o hermanas, padre, madre, hijos o campos, recibirá cien veces más y obtendrá como herencia la Vida eterna” (Mt 19,29). Pero si algo caracteriza a Jesús es que nos invita pero no nos obliga.

Otra característica de la invitación de Jesús expresada en la parábola, es su insistencia. Él nunca se cansa de invitarnos, de llamarnos a su mesa (Cfr. Ap 3,20). Por eso, cuando después de recibir a todos los maginados de la sociedad queda sitio en la mesa, instruye a su emisario que busque nuevamente a todos: “Sal por los caminos y senderos e insísteles hasta que entren y se me llene la casa”. Jesús quiere que TODOS nos salvemos.

Esa insistencia, esa vehemencia en la invitación, debería ser también característica de la Iglesia, que es el cuerpo místico de Cristo, y nos permite tener aquí en la tierra un atisbo, un anticipo, de lo que ha de ser el banquete de bodas del Cordero. Y esa invitación debería estar abierta a todos por igual, incluyendo a los pobres, a los que sufren, a los que lloran (Cfr. Mt 5,1-12).

Señor, dame la gracia para aceptar tu invitación con alegría sin que mis “asuntos” me impidan estar siempre presto a responder.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA TERCERA SEMANA DEL T.O. (2) 28-01-20

“Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre”.

La primera lectura que nos brinda la liturgia para hoy (2 Sam 6,12b-15.17-19), nos presenta al rey David concluyendo la traslación del Arca de la Alianza desde la casa de Obededom hasta Jerusalén, y su instalación en la tienda que él mismo le había preparado en la “ciudad de David”. La narración está llena de imágenes visuales, destacando la del rey David “danzando ante el Señor con todo entusiasmo, vestido sólo con un roquete de lino” mientras trasladaban el Arca “entre vítores y al sonido de las trompetas”.

El pasaje termina con un banquete en el cual el rey “repartió a todos, hombres y mujeres de la multitud israelita, un bollo de pan, una tajada de carne y un pastel de uvas pasas a cada uno”. Un gesto propio del padre de familia al sentarse a la mesa, que repartía los alimentos a toda su familia, gesto lleno de simbolismo que repetiría Jesús en la última cena al instituir la Eucaristía.

El Evangelio, por su parte, nos presenta la versión de Marcos (3,31-35) del pasaje de “la verdadera familia” de Jesús. Relata el episodio en que la familia de Jesús vino a buscarlo y, como de costumbre, había tanta gente arremolinada a su alrededor, que no podían llegar hasta Él, así que le enviaron un recado. Los que estaban cerca de Él le dijeron: “Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan”.

Jesús, como en tantas otras ocasiones, aprovecha la oportunidad para hacer un comentario con un fin pedagógico: “Les contestó: ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ Y, paseando la mirada por el corro, dijo: ‘Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre’”.

El mensaje de Jesús es claro: a la familia del Señor se ingresa por escuchar su Palabra, no por lazos de sangre. De hecho, la versión de Lucas del mismo pasaje, la más tardía de todas (escrita entre los años 80 y 90 d.C.), sin mencionar que paseó la mirada por el grupo de personas presentes, se limita a relatar que Jesús dijo: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc 8,21). Otras versiones dicen: “los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica”. No se trata tan solo de escuchar su Palabra, hay que “ponerla en práctica”, seguirlo.

Jesús ha expresado claramente que el que quiera seguirle tiene que estar dispuesto a sobreponerse a los lazos humanos familiares (Cfr. Mt 10,37-38). Se trata de la “gran familia” de Dios abierta a toda la humanidad sin distinción de raza ni nacionalidad, el “nuevo Pueblo de Dios”. Ya no se trata de una familia en el orden biológico, sino de otra muy diferente, del orden espiritual. Una familia universal (“católica”) convocada al amor.

“Te pedimos, Señor, fe y confianza. Haz que tu voluntad sea nuestra, para que pueda conducirnos a tu casa bajo la guía de aquel que siempre y en todo cumplió tu voluntad: Jesucristo, nuestro Señor” (de la Oración Colecta).

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO 04-12-19

En este tiempo de Adviento, compartamos nuestro “pan”, material y espiritual, para que todos conozcan la abundancia del Amor de Jesús, y anhelen su venida.

La primera lectura de la liturgia para hoy (Is 25,6-10a) continúa presentándonos al futuro Mesías y nos habla de un banquete al que todos serán invitados: “En aquél día preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados”. El mismo Jesús utilizaría en muchas ocasiones esta figura del banquete para referirse al Reino.

El profeta añade que en ese tiempo el Señor “aniquilará la muerte para siempre” y “enjugará las lágrimas de todos los rostros”. Entonces todo será alegría, pues habrá llegado aquél de quien esperábamos la salvación, y solo habrá motivo para celebrar y gozar esa salvación. De nuevo, esta lectura nos crea gran expectativa ante la inminente llegada de los nuevos tiempos que el Mesías vendrá a inaugurar con su presencia entre nosotros. Tiempos de gozo y abundancia.

Del mismo modo, la lectura evangélica (Mt 15,29-37) nos muestra cómo en la persona de Jesús se cumple esa profecía. A Él acuden todos los que sufren alguna dolencia: tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; y “los echaban a sus pies, y él los curaba”. La lectura nos dice que la gente se admiraba. Pero no tanto por las curaciones milagrosas, sino porque esos portentos eran el signo más patente de la llegada del Mesías. Así, la llegada del Mesías en se convierte en una fiesta para todos los que sufren (Cfr. Mt 11.28), quienes ven retroceder el mal, el sufrimiento y las lágrimas, para dar paso a la felicidad. Cuando Dios pasa, derrama sobre todos su Santo Espíritu que se manifiesta como una estela de alegría que deja tras de si.

¡El Mesías ha llegado! Y con Él la plenitud de los tiempos. No hay duda. Con Él ha llegado también la abundancia. “Siete panes y unos pocos peces” parecerán poco para alimentar una muchedumbre, que en la versión de Marcos se nos dice eran “unas cuatro mil personas” (Mc 8,9). Pero en manos del Mesías, ese “poco” se convierte en “todo” lo necesario para saciar el hambre de aquella multitud.

No obstante, si miramos a nuestro alrededor, nos percatamos que aún quedan por cumplirse muchas de las profecías del Antiguo Testamento, especialmente aquellas que tienen que ver con la paz y la justicia. El Reino está aquí, pero todavía está “en construcción”. Hace unos días hablábamos del sentido escatológico del Adviento, de esa espera de la segunda venida de Jesús que va a marcar la culminación de los tiempos, cuando se establecerá definitivamente el Reinado de Dios por toda la eternidad. En ese sentido, el Adviento adquiere también para nosotros un significado parecido al que le daban los primeros cristianos.

Hoy vemos cuántos hermanos padecen de hambre, como aquella muchedumbre que seguía a Jesús. Y la solución del hambre se encontró en el reparto fraterno, en el amor que nos lleva a estar atentos a las necesidades de los demás. En ninguno de los evangelios se menciona quién tenía los panes y los peces que fueron entregados a Jesús. Alguien anónimo, que con su generosidad propició el milagro.

En este tiempo de Adviento, compartamos nuestro “pan”, material y espiritual, para que todos conozcan la abundancia del Amor de Jesús, y anhelen su venida. ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús! (Ap 22,20).

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO TERCER DOMINGO DEL T.O. (C) 08-09-19

En la lectura evangélica que nos propone la liturgia para este vigésimo tercer domingo del tiempo ordinario (Lc 14,25-33), Jesús nos enumera tres condiciones para ser discípulos suyos. Después del lenguaje utilizado por Jesús en el pasaje que leyéramos el pasado domingo (Lc 14,1.7-14), en el que nos hablaba del “banquete”, hoy nos estremece con un lenguaje chocante, desconcertante, y hasta hiriente.

Todavía nos estamos saboreando el pasaje del banquete, en el que parece ser que para entrar en el Reino lo único que tenemos que hacer es aceptar la invitación, cuando nos toma desprevenidos con una aseveración que “nos saca la alfombra de debajo de los pies”. Nos dice la escritura que Jesús se volvió a los que le seguían y les dijo: “Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío”. Esta traducción que utiliza la liturgia es en realidad una versión “aguada” del lenguaje original que se traduce como el que no “odia” a su padre y a su madre, etc.

Es obvio que Jesús quiere estremecernos, quiere ponernos a pensar, quiere que entendamos la radicalidad del seguimiento que nos va a exigir. Por eso no podemos interpretar ese “odiar” de manera literal; se trata de un recurso pedagógico. No se trata de que rompamos los lazos afectivos con nuestra familia. Lo que Jesús quiere de nosotros es una disponibilidad total; que el seguimiento sea radical, absoluto; que ni tan siquiera la familia pueda ser obstáculo para el seguimiento; ni tan siquiera el sagrado deber de enterrar a los muertos (Lc 9,60).

Todavía no nos recuperamos del golpe inicial cuando nos lanza la segunda condición para el discipulado: “Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío”. ¡Uf! Esto de seguir a Jesús no parece cosa fácil… Cabe señalar que en el momento en que Jesús pronuncia estas palabras, la crucifixión para el que decidiera seguirle era una posibilidad real. Quiere enfatizar que seguirle siempre implica un riesgo. En nuestro tiempo no hay crucifixión, pero sí hay muchas “cruces” que tenemos que soportar si decidimos seguir a Jesús. Y si somos verdaderos discípulos las llevamos y soportamos con amor, y por amor a Jesús.

Jesús termina su enumeración de las condiciones para seguirle, con la renuncia total a todos aquellos bienes que puedan convertirse en obstáculo: “el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío”. El discípulo no solo “sigue” al maestro, sino que lo imita. Jesús nació pobre, teniendo por cuna un pesebre y por vestimenta unos pañales (Lc 2,7). Así mismo murió: clavado a una cruz y desnudo, teniendo como única posesión una túnica que echaron a suerte entre los soldados romanos que le crucificaron (Jn 19,23-24).

El mensaje de Jesús es sencillo y se resume en una sola palabra: AMOR. Pero se trata de un amor incondicional, el amor que siente el que está dispuesto a dejarlo todo para seguir al Maestro; el que está dispuesto a tomar su cruz para seguirlo, el que está dispuesto a dar la vida por sus amigos (Jn 15,13)…

Si aún no lo has hecho, no olvides visitar la Casa del Padre; Él te espera.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA VIGÉSIMO PRIMERA SEMANA DEL T.O. (1) 31-08-19

“Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes”, y luego se marchó. Así comienza la “parábola de los talentos” que nos presenta la liturgia de hoy (Mt 25,14-30). A cada uno le dejó talentos según su capacidad; a uno cinco, a otro dos, y a otro uno. Al final de la parábola vemos que “al cabo de mucho tiempo” el hombre regresó a pedir cuentas a cada uno sobre qué había hecho con los talentos que le había encomendado. Siempre me ha llamado la atención el uso en esta parábola de la moneda muy valiosa llamada “talento” (equivalente a más o menos 6,000 dracmas), la misma palabra que utilizamos para describir los dones, los carismas, las habilidades que Dios nos ha prodigado.

La figura del hombre que se va a extranjero nos evoca la persona de Jesús, quien luego de su gloriosa resurrección, nos dejó a cargo de “sus bienes” (“Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura” – Mc 16,15), para regresar en el último día, cuando tendremos que rendir cuentas sobre nuestra gestión aquí en la tierra.

Y Dios, que es justo, nunca nos va a exigir más de lo que podemos dar (“a cada cual según su capacidad”), pero la parábola nos está diciendo que tenemos que dar el máximo, utilizar esos talentos que Dios nos ha encomendado para la gran obra de la construcción de Reino. La actitud del que, temeroso, escondió la moneda para no perderla, nos apunta a otra exigencia. No podemos “sentarnos” sobre nuestros talentos para no arriesgarnos a perderlos. No. Tenemos que estar dispuestos a arriesgarlo todo por el Reino. No arriesgar nada equivale a no ganar nada. Se nos ha encomendado la semilla del Reino. Si nos conformamos con guardarla en nuestro corazón y no salimos a sembrarla por temor a que no dé fruto, estaremos obrando igual que el empleado que hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Por eso insisto tanto en que tenemos que formarnos para que podamos formar a otros.

Como hemos dicho en innumerables ocasiones, evangelizar, “invertir” los bienes que el Señor nos ha encomendado no quiere decir que todos tenemos que salir a predicar de palabra el evangelio por campos y ciudades. El Señor es claro: “a cada cual según su capacidad”. Hay muchas formas de predicar la Buena Nueva del Reino, siendo nuestro ejemplo de vida, arriesgándonos a la burla y al discrimen, la mejor de ellas. Hoy tenemos que preguntarnos: ¿Cuáles son mis talentos que puedo poner al servicio del prójimo para adelantar la causa del Reino? Cantar, acompañar enfermos, cocinar, limpiar, barrer, leer, enseñar…. Cuando regrese el “Señor”, ¿qué cuentas voy a rendir? ¿Acaso nos dirá: “Eres un empleado negligente y holgazán?”

En esta parábola encontramos nuevamente la figura del “banquete” como premio para el que ha sabido administrar sus talentos, y las tinieblas y el “llanto y el rechinar de dientes” para el que no lo ha hecho. Y tú, ¿a dónde quieres ir?

Buen fin de semana a todos, y no olviden visitar la Casa del Señor.

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO 05-12-18

La primera lectura de la liturgia para hoy (Is 25,6-10a) continúa presentándonos al futuro Mesías y nos habla de un banquete al que todos serán invitados: “El Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos”. El mismo Jesús utilizaría en muchas ocasiones esta figura del banquete para referirse al Reino.

El profeta añade que en ese tiempo el Señor “aniquilará la muerte para siempre” y “enjugará las lágrimas de todos los rostros”. Entonces todo será alegría, pues habrá llegado aquél de quien esperábamos la salvación, y solo habrá motivo para celebrar y gozar esa salvación. De nuevo, esta lectura nos crea gran expectativa ante la inminente llegada de los nuevos tiempos que el Mesías vendrá a inaugurar con su presencia entre nosotros. Tiempos de gozo y abundancia.

Del mismo modo, la lectura evangélica (Mt 15,29-37) nos muestra cómo en la persona de Jesús se cumple esa profecía. A Él acuden todos los que sufren alguna dolencia: tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; y “los echaban a sus pies, y él los curaba”. La lectura nos dice que la gente se admiraba. Pero no tanto por las curaciones milagrosas, sino porque esos portentos eran el signo más patente de la llegada del Mesías. Así, la llegada del Mesías en se convierte en una fiesta para todos los que sufren (Cfr. Mt 11.28), quienes ven retroceder el mal, el sufrimiento y las lágrimas, para dar paso a la felicidad. Cuando Dios pasa, derrama sobre todos su Santo Espíritu que se manifiesta como una estela de alegría que deja tras de si.

¡El Mesías ha llegado! Y con Él la plenitud de los tiempos. No hay duda. Con Él ha llegado también la abundancia. “Siete panes y unos pocos peces” parecerán poco para alimentar una muchedumbre, que en la versión de Marcos se nos dice eran “unas cuatro mil personas” (Mc 8,9). Pero en manos del Mesías, ese “poco” se convierte en “todo” lo necesario para saciar el hambre de aquella multitud.

No obstante, si miramos a nuestro alrededor, nos percatamos que aún quedan por cumplirse muchas de las profecías del Antiguo Testamento, especialmente aquellas que tienen que ver con la paz y la justicia. El Reino está aquí, pero todavía está “en construcción”. Hace unos días hablábamos del sentido escatológico del Adviento, de esa espera de la segunda venida de Jesús que va a marcar la culminación de los tiempos, cuando se establecerá definitivamente el Reinado de Dios por toda la eternidad. En ese sentido, el Adviento adquiere también para nosotros un significado parecido al que le daban los primeros cristianos.

Hoy vemos cuántos hermanos padecen de hambre, como aquella muchedumbre que seguía a Jesús. Y la solución del hambre se encontró en el reparto fraterno, en el amor que nos lleva a estar atentos a las necesidades de los demás. En ninguno de los evangelios se menciona quién tenía los panes y los peces que fueron entregados a Jesús. Alguien anónimo, que con su generosidad propició el milagro.

En este tiempo de Adviento, compartamos nuestro “pan”, material y espiritual, para que todos conozcan la abundancia del Amor de Jesús, y anhelen su venida. ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús! (Ap 22,20).

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA VIGÉSIMO PRIMERA SEMANA DEL T.O. (2) 01-09-18

“Un hombre que se iba al extranjero llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes”, y luego se marchó. Así comienza la “parábola de los talentos” que nos presenta la liturgia de hoy (Mt 25,14-30). A cada uno le dejó talentos según su capacidad; a uno cinco, a otro dos, y a otro uno. Al final de la parábola vemos que “al cabo de mucho tiempo” el hombre regresó a pedir cuentas a cada uno sobre qué había hecho con los talentos que le había encomendado. Siempre me ha llamado la atención el uso en esta parábola de la moneda muy valiosa llamada “talento” (equivalente a unos 6,000 dracmas), la misma palabra que utilizamos para describir los dones, los carismas, las habilidades que Dios nos ha prodigado.

La figura del hombre que se va a extranjero nos evoca la persona de Jesús, quien luego de su gloriosa resurrección, nos dejó a cargo de “sus bienes” (“Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura” – Mc 16,15), para regresar en el último día, cuando tendremos que rendir cuentas sobre nuestra gestión aquí en la tierra.

Y Dios, que es justo, nunca nos va a exigir más de lo que podemos dar (“a cada cual según su capacidad”), pero la parábola nos está diciendo que tenemos que dar el máximo, utilizar esos talentos que Dios nos ha encomendado, para la gran obra de la construcción de Reino. La actitud del que, temeroso, escondió la moneda para no perderla, nos apunta a otra exigencia. No podemos “sentarnos” sobre nuestros talentos para no arriesgarnos a perderlos. No. Tenemos que estar dispuestos a arriesgarlo todo por el Reino. No arriesgar nada equivale a no ganar nada. Se nos ha encomendado la semilla del Reino. Si nos conformamos con guardarla en nuestro corazón y no salimos a sembrarla por temor a que no dé fruto, estaremos obrando igual que el empleado que hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.

Como hemos dicho en innumerables ocasiones, evangelizar, “invertir” los bienes que el Señor nos ha encomendado no quiere decir que todos tenemos que salir a predicar de palabra el evangelio por campos y ciudades. El Señor es claro: “a cada cual según su capacidad”. Hay muchas formas de predicar la Buena Nueva del Reino, siendo nuestro ejemplo de vida, arriesgándonos a la burla y al discrimen, la mejor de ellas. Hoy tenemos que preguntarnos: ¿Cuáles son mis talentos que puedo poner al servicio del prójimo para adelantar la causa del Reino? Cantar, acompañar enfermos, cocinar, limpiar, barrer, leer, enseñar…. Cuando regrese el “Señor”, ¿qué cuentas voy a rendir?

En esta parábola encontramos nuevamente la figura del “banquete” como premio para el que ha sabido administrar sus talentos, y las tinieblas y el “llanto y el rechinar de dientes” para el que no lo ha hecho. Y tú, ¿a dónde quieres ir?

Buen fin de semana a todos, y no olviden visitar la Casa del Padre.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA VIGÉSIMO PRIMERA SEMANA DEL T.O (1) 02-09-17

“Un hombre que se iba al extranjero llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes”, y luego se marchó. Así comienza la “parábola de los talentos” que nos presenta la liturgia de hoy (Mt 25,14-30). A cada uno le dejó talentos según su capacidad; a uno cinco, a otro dos, y a otro uno. Al final de la parábola vemos que “al cabo de mucho tiempo” el hombre regresó a pedir cuentas a cada uno sobre qué había hecho con los talentos que le había encomendado. Siempre me ha llamado la atención el uso en esta parábola de la moneda muy valiosa llamada “talento” (equivalente a unos 6,000 dracmas), la misma palabra que utilizamos para describir los dones, los carismas, las habilidades que Dios nos ha prodigado.

La figura del hombre que se va a extranjero nos evoca la persona de Jesús, quien luego de su gloriosa resurrección, nos dejó a cargo de “sus bienes” (“Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura” – Mc 16,15), para regresar en el último día, cuando tendremos que rendir cuentas sobre nuestra gestión aquí en la tierra.

Y Dios, que es justo, nunca nos va a exigir más de lo que podemos dar (“a cada cual según su capacidad”), pero la parábola nos está diciendo que tenemos que dar el máximo, utilizar esos talentos que Dios nos ha encomendado, para la gran obra de la construcción de Reino. La actitud del que, temeroso, escondió la moneda para no perderla, nos apunta a otra exigencia. No podemos “sentarnos” sobre nuestros talentos para no arriesgarnos a perderlos. No. Tenemos que estar dispuestos a arriesgarlo todo por el Reino. No arriesgar nada equivale a no ganar nada. Se nos ha encomendado la semilla del Reino. Si nos conformamos con guardarla en nuestro corazón y no salimos a sembrarla por temor a que no dé fruto, estaremos obrando igual que el empleado que hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.

Como hemos dicho en innumerables ocasiones, evangelizar, “invertir” los bienes que el Señor nos ha encomendado no quiere decir que todos tenemos que salir a predicar de palabra el evangelio por campos y ciudades. El Señor es claro: “a cada cual según su capacidad”. Hay muchas formas de predicar la Buena Nueva del Reino, siendo nuestro ejemplo de vida, arriesgándonos a la burla y al discrimen, la mejor de ellas. Hoy tenemos que preguntarnos: ¿Cuáles son mis talentos que puedo poner al servicio del prójimo para adelantar la causa del Reino? Cantar, acompañar enfermos, cocinar, limpiar, barrer, leer, enseñar…. Cuando regrese el “Señor”, ¿qué cuentas voy a rendir?

En esta parábola encontramos nuevamente la figura del “banquete” como premio para el que ha sabido administrar sus talentos, y las tinieblas y el “llanto y el rechinar de dientes” para el que no lo ha hecho. Y tú, ¿a dónde quieres ir?

Buen fin de semana a todos, y no olviden visitar la Casa del Padre.