REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA DUODÉCIMA SEMANA DEL T.O. (1) 27-06-19

La liturgia de hoy nos presenta la conclusión del discurso evangélico de Jesús, conocido como el “Sermón de la Montaña”, que comenzó con las Bienaventuranzas. A lo largo de este discurso Jesús ha estado exponiendo lo que Él espera de sus discípulos, enfatizando la supremacía del amor y el corazón sobre las apariencias y el cumplimiento ritual.

El comienzo de la lectura evangélica (Mt 7,21-29) sirve de colofón al discurso: “No todo el que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el reino de cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Aquel día muchos dirán: ‘Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y en tu nombre echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?’ Yo entonces les declararé: ‘Nunca os he conocido. Alejaos de mí, malvados’”.

El aceptar y hacer la voluntad del Padre es lo que nos hace discípulos de Jesús, lo que nos integra a la “familia” de Jesús, lo que nos hace ciudadanos del Reino. Por eso, cuando a Jesús le dijeron que su madre y sus hermanos le buscaban, Él, señalando a sus discípulos que le rodeaban dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12,49b-50).

Jesús no condena la oración, ni la escucha de la Palabra, ni la celebración litúrgica. Alude a aquellos que tienen Su nombre a flor de labios, que participan de las celebraciones litúrgicas y se acercan a los sacramentos, pero cuya oración y alabanza no se traduce en obras, en vida y en compromiso, es decir, en “hacer la voluntad del Padre”. Personas que escuchan la Palabra y hasta manifiestan euforia y gozo en las celebraciones, pero esa Palabra no deja huella permanente, y ese gozo es pasajero. Como las piedras de río, que las vemos empapadas de agua por fuera, pero cuando las partimos encontramos que están secas por dentro. Es a esos a quienes Jesús desconocerá el día del Juicio.

Jesús compara esas personas con el hombre que construye su casa en terreno arenoso: “El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió totalmente”.

No se trata pues, de confesar a Jesús de palabra, de “aceptar a Jesucristo como mi único salvador”. Se trata de poner por obra la voluntad del Padre, de practicar la Ley del Amor. A los que así obren, el Padre les reconocerá el día del Juicio: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver” (Mt 25,34-36).

Como siempre, la Palabra nos interpela, es “viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de doble filo: ella penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hb 4,12). ¿En qué terreno he construido mi casa?

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA QUINTA SEMANA DE CUARESMA 12-04-19


“Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos”.

Según nos acercamos al drama de la Pasión, las lecturas cobran un aire de tensión.

“Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos”. Esa ha sido la constante en los relatos evangélicos de los días recientes. La autoridades, los componentes del poder ideológico-religioso de la época, ya habían puesto en marcha su conspiración para acabar con Jesús. Había que eliminarlo. Pero su hora no había llegado aún. Cuando llegue la hora Él no opondrá resistencia, y enfrentará con valentía, no solo el poder ideológico-religioso, representado por el Sumo Sacerdote Caifás y el Sanedrín, sino también el poder político, representado por el rey Herodes Antipas y el Procurador romano Poncio Pilato.

En el relato evangélico de hoy (Jn 10,31-42) encontramos a Jesús enfrentando a unos judíos que se disponían a apedrearlo. Jesús los confronta con todos los portentos y prodigios que ha obrado “por encargo” de su Padre, y ellos insisten en apedrearlo, no por las buenas obras que ha realizado, sino por blasfemo, al atribuirse a sí mismo el ser Dios. Los judíos que le rodean están tan concentrados en la letra de la Ley que no pueden ver que tienen a Dios delante de ellos, no tienen fe. Creen en Dios pero no creen en Su Palabra que se hace presente entre ellos.

En el sermón de la Montaña Jesús había dicho: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8). Si no abro mi corazón al amor incondicional de Dios (la “Verdad”) y comparto ese amor con mi prójimo, especialmente los más necesitados, jamás veré el rostro de Dios aunque lo tenga delante de mí (Cfr. Mt 25,31-46). Me pasará igual que a aquellos judíos que lo tuvieron ante sí y no le reconocieron, a pesar de todas las pruebas que se les presentaron.

Como no había llegado su hora, el Señor lo protegió y permitió que escapara. En la misma situación vemos al profeta Jeremías en la primera lectura (Jr 20,10-13). Jeremías fue llamado por Dios al profetismo a temprana edad. Por eso puso resistencia cuando recibió su vocación: “¡Ah, Señor! Mira que no sé hablar, porque soy demasiado joven”. El Señor le dijo que no aceptaba esa excusa, y le prometió su protección (1,8).

A pesar de su corta edad, Jeremías fue llamado a denunciar los graves pecados del pueblo, sus infidelidades a la Alianza. Y al igual que Cristo, fue perseguido, y conspiraron para atraparlo y acabar con él. “‘Pavor en torno; delatadlo, vamos a delatarlo’. Mis amigos acechaban mi traspié: ‘A ver si se deja seducir, y lo abatiremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él’”. Pero el profeta confió en la palabra de Dios y siguió adelante. “El Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo”.

Es la oración de petición confiada y fervorosa que encontramos en el Salmo (17) de hoy: “En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó”.

Asimismo tenemos que aprender a confiar en el Señor cuando se nos persiga, o se mofen de nosotros causa del Evangelio. “Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador”.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO 06-12-18

“Cualquiera que piense que sentarse en una iglesia le convierte en cristiano, también debe pensar que sentarse en un garaje le convierte en automóvil”. Hace un  tiempo leí esto en el muro de uno de mis contactos en Facebook. Y no pude menos que pensar en la frase de Jesús que marca el comienzo de la lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Mt 7,21.24-27): “No todo el que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo”. Como hemos dicho en ocasiones anteriores, no basta con creer en Dios, pues el mismo demonio cree en Dios. Hay que “creerle” a Dios.

La primera lectura de hoy (Is 26,1-6) nos habla de una ciudad fuerte, amurallada con doble defensa para protegernos de los enemigos. Y en ella entrará todo aquel que practique la justicia y el derecho, ese pueblo cuyo ánimo está firme y mantiene la paz, porque confía en Dios. “Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la Roca perpetua”. Esa imagen de la “roca” que se repite en el Antiguo Testamento (Cfr. Salmo 94), y nos transmite esa sensación de seguridad que solo Dios puede brindarnos. La Roca que es capaz de resistir el viento, el agua y la tempestad, y permanecer inamovible.

Los exégetas ven en esta figura de la ciudad amurallada una imagen de la Iglesia, que alberga al pueblo santo de Dios, representado por el “pueblo justo, que observa la lealtad”, cuyo “ánimo está firme y mantiene la paz”.

Jesús echa mano de esa figura para describir lo que espera de nosotros mediante la parábola de los hombres que construyeron, uno sobre roca, y el otro sobre arena: “El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió totalmente”.

Jesucristo es nuestra roca, el baluarte en que nos ponemos a salvo. Y Él es la Palabra encarnada, la que ha de hacerse uno con nosotros al nacer de las purísimas entrañas de María. De nada nos sirve escuchar su Palabra si no la hacemos parte de nuestras vidas, si no la ponemos en práctica. Las palabras se las lleva el viento; la conversión de corazón resiste las tormentas de las tentaciones y las pruebas, y nos hace acreedores a la filiación divina. “Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12,49-50).

Hoy debemos preguntarnos: ¿Cómo están los cimientos de mi fe? ¿Me conformo con “orar”, “oír” misa, y “recibir” los sacramentos, o estoy dispuesto a aceptar la voluntad del Padre? Señor, en este tiempo de Adviento, acrecienta mi fe para poder recibir la Palabra en mi corazón, y cumplir tu voluntad.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO 01-12-16

construyo sobre piedra

“Cualquiera que piense que sentarse en una iglesia le convierte en cristiano, también debe pensar que sentarse en un garaje le convierte en automóvil”. Hace un  tiempo leí esto en el muro de uno de mis contactos en Facebook. Y no pude menos que pensar en la frase de Jesús que marca el comienzo de la lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Mt 7,21.24-27): “No todo el que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo”. Como hemos dicho en muchas ocasiones, no basta con creer en Dios, pues el mismo demonio cree en Dios. Hay que “creerle” a Dios.

La primera lectura de hoy (Is 26,1-6) nos habla de una ciudad fuerte, amurallada con doble defensa para protegernos de los enemigos. Y en ella entrará todo aquel que practique la justicia y el derecho, ese pueblo cuyo ánimo está firme y mantiene la paz, porque confía en Dios. “Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la Roca perpetua”. Esa imagen de la “roca” que se repite en el Antiguo Testamento (Cfr. Salmo 94), y nos transmite esa sensación de seguridad que solo Dios puede brindarnos. La Roca que es capaz de resistir el viento, el agua y la tempestad, y permanecer inamovible.

Los exégetas ven en esta figura de la ciudad amurallada una imagen de la Iglesia, que alberga al pueblo santo de Dios, representado por el “pueblo justo, que observa la lealtad”, cuyo “ánimo está firme y mantiene la paz”.

Jesús echa mano de esa figura para describir lo que espera de nosotros mediante la parábola de los hombres que construyeron, uno sobre roca, y el otro sobre arena: “El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió totalmente”.

Jesucristo es nuestra roca, el baluarte en que nos ponemos a salvo. Y Él es la Palabra encarnada, la que ha de hacerse uno con nosotros al nacer de las purísimas entrañas de María. De nada nos sirve escuchar su Palabra si no la hacemos parte de nuestras vidas, si no la ponemos en práctica. Las palabras se las lleva el viento; la conversión de corazón resiste las tormentas de las tentaciones y las pruebas, y nos hace acreedores a la filiación divina. “Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12,49-50).

Hoy debemos preguntarnos: ¿Cómo están los cimientos de mi fe? ¿Me conformo con “orar”, “oír” misa, y “recibir” los sacramentos, o estoy dispuesto a aceptar la voluntad del Padre? Señor, en este tiempo de Adviento, acrecienta mi fe para poder recibir la Palabra en mi corazón, y cumplir tu voluntad.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO 03-12-15

Señor

“Cualquiera que piense que sentarse en una iglesia le convierte en cristiano, también debe pensar que sentarse en un garaje le convierte en automóvil”. Hace mucho tiempo leí esto en el muro de uno de mis contactos en Facebook. Y no pude menos que pensar en la frase de Jesús que marca el comienzo de la lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Mt 7,21.24-27): “No todo el que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo”. Como hemos dicho en ocasiones anteriores, no basta con creer en Dios, pues el mismo demonio cree en Dios. Hay que “creerle” a Dios.

La primera lectura de hoy (Is 26,1-6) nos habla de una ciudad fuerte, amurallada con doble defensa para protegernos de los enemigos. Y en ella entrará todo aquel que practique la justicia y el derecho, ese pueblo cuyo ánimo está firme y mantiene la paz, porque confía en Dios. “Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la Roca perpetua”. Esa imagen de la “roca” que se repite en el Antiguo Testamento (Cfr. Salmo 94), y nos transmite esa sensación de seguridad que solo Dios puede brindarnos. La Roca que es capaz de resistir el viento, el agua y la tempestad, y permanecer inamovible.

Los exégetas ven en esta figura de la ciudad amurallada una imagen de la Iglesia, que alberga al pueblo santo de Dios, representado por el “pueblo justo, que observa la lealtad”, cuyo “ánimo está firme y mantiene la paz”.

Jesús echa mano de esa figura para describir lo que espera de nosotros mediante la parábola de los hombres que construyeron, uno sobre roca, y el otro sobre arena: “El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió totalmente”.

Jesucristo es nuestra roca, el baluarte en que nos ponemos a salvo. Y Él es la Palabra encarnada, la que ha de hacerse uno con nosotros al nacer de las purísimas entrañas de María. De nada nos sirve escuchar su Palabra si no la hacemos parte de nuestras vidas, si no la ponemos en práctica. Las palabras se las lleva el viento; la conversión de corazón resiste las tormentas de las tentaciones y las pruebas, y nos hace acreedores a la filiación divina. “Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12,49-50).

Hoy debemos preguntarnos: ¿Cómo están los cimientos de mi fe? ¿Me conformo con “orar”, “oír” misa, y “recibir” los sacramentos, o estoy dispuesto a aceptar la voluntad del Padre? Señor, en este tiempo de Adviento, acrecienta mi fe para poder recibir la Palabra en mi corazón, y cumplir tu voluntad.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO 04-12-14

Señor

“Cualquiera que piense que sentarse en una iglesia le convierte en cristiano, también debe pensar que sentarse en un garaje le convierte en automóvil”. Hace un  tiempo leí esto en el muro de uno de mis contactos en Facebook. Y no pude menos que pensar en la frase de Jesús que marca el comienzo de la lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Mt 7,21.24-27): “No todo el que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo”. Como hemos dicho en ocasiones anteriores, no basta con creer en Dios, pues el mismo demonio cree en Dios. Hay que “creerle” a Dios.

La primera lectura de hoy (Is 26,1-6) nos habla de una ciudad fuerte, amurallada con doble defensa para protegernos de los enemigos. Y en ella entrará todo aquel que practique la justicia y el derecho, ese pueblo cuyo ánimo está firme y mantiene la paz, porque confía en Dios. “Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la Roca perpetua”. Esa imagen de la “roca” que se repite en el Antiguo Testamento (Cfr. Salmo 94), y nos transmite esa sensación de seguridad que solo Dios puede brindarnos. La Roca que es capaz de resistir el viento, el agua y la tempestad, y permanecer inamovible.

Los exégetas ven en esta figura de la ciudad amurallada una imagen de la Iglesia, que alberga al pueblo santo de Dios, representado por el “pueblo justo, que observa la lealtad”, cuyo “ánimo está firme y mantiene la paz”.

Jesús echa mano de esa figura para describir lo que espera de nosotros mediante la parábola de los hombres que construyeron, uno sobre roca, y el otro sobre arena: “El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió totalmente”.

Jesucristo es nuestra roca, el baluarte en que nos ponemos a salvo. Y Él es la Palabra encarnada, la que ha de hacerse uno con nosotros al nacer de las purísimas entrañas de María. De nada nos sirve escuchar su Palabra si no la hacemos parte de nuestras vidas, si no la ponemos en práctica. Las palabras se las lleva el viento; la conversión de corazón resiste las tormentas de las tentaciones y las pruebas, y nos hace acreedores a la filiación divina. “Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12,49-50).

Hoy debemos preguntarnos: ¿Cómo están los cimientos de mi fe? ¿Me conformo con “orar”, “oír” misa, y “recibir” los sacramentos, o estoy dispuesto a aceptar la voluntad del Padre? Señor, en este tiempo de Adviento, acrecienta mi fe para poder recibir la Palabra en mi corazón, y cumplir tu voluntad.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO 05-12-13

construyo sobre piedra

“Cualquiera que piense que sentarse en una iglesia le convierte en cristiano, también debe pensar que sentarse en un garaje le convierte en automóvil”. Hace un  tiempo leí esto en el muro de uno de mis contactos en Facebook. Y no pude menos que pensar en la frase de Jesús que marca el comienzo de la lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Mt 7,21.24-27): “No todo el que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo”. Como hemos dicho en ocasiones anteriores, no basta con creer en Dios, pues el mismo demonio cree en Dios. Hay que “creerle” a Dios.

La primera lectura de hoy (Is 26,1-6) nos habla de una ciudad fuerte, amurallada con doble defensa para protegernos de los enemigos. Y en ella entrará todo aquel que practique la justicia y el derecho, ese pueblo cuyo ánimo está firme y mantiene la paz, porque confía en Dios. “Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la Roca perpetua”. Esa imagen de la “roca” que se repite en el Antiguo Testamento (Cfr. Salmo 94), y nos transmite esa sensación de seguridad que solo Dios puede brindarnos. La Roca que es capaz de resistir el viento, el agua y la tempestad, y permanecer inamovible.

Los exégetas ven en esta figura de la ciudad amurallada una imagen de la Iglesia, que alberga al pueblo santo de Dios, representado por el “pueblo justo, que observa la lealtad”, cuyo “ánimo está firme y mantiene la paz”.

Jesús echa mano de esa figura para describir lo que espera de nosotros mediante la parábola de los hombres que construyeron, uno sobre roca, y el otro sobre arena: “El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió totalmente”.

Jesucristo es nuestra roca, el baluarte en que nos ponemos a salvo. Y Él es la Palabra encarnada, la que ha de hacerse uno con nosotros al nacer de las purísimas entrañas de María. De nada nos sirve escuchar su Palabra si no la hacemos parte de nuestras vidas, si no la ponemos en práctica. Las palabras se las lleva el viento; la conversión de corazón resiste las tormentas de las tentaciones y las pruebas, y nos hace acreedores a la filiación divina. “Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12,49-50).

Hoy debemos preguntarnos: ¿Cómo están los cimientos de mi fe? ¿Me conformo con “orar”, “oír” misa, y “recibir” los sacramentos, o estoy dispuesto a aceptar la voluntad del Padre? Señor, en este tiempo de Adviento, acrecienta mi fe para poder recibir la Palabra en mi corazón, y cumplir tu voluntad.