REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SEMANA XXVII DEL T.O. 11-10-14

maria embarazada

El Evangelio que nos presenta hoy la liturgia (Lc 11,27-28) es tan corto que podemos transcribirlo en su totalidad: “En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a las gentes, una mujer de entre el gentío levantó la voz, diciendo: ‘Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’. Pero él repuso: ‘Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’”.

Vemos cómo Lucas continúa presentándonos a un Jesús que enfatiza la importancia de la escucha de la Palabra de Dios y su cumplimiento, cualidad que antepone inclusive a los lazos familiares, incluyendo los suyos propios con su Madre. Es decir, con la contestación que Jesús brinda a esta mujer, está diciendo que la Virgen María es más dichosa por haber escuchado y cumplido la Palabra del Padre que por haberle parido y amamantado.

Así, este pasaje, exclusivo de Lucas, se convierte en el mayor elogio de Jesús a su Madre, no solo por exaltar su fe y su calidad de discípula, sino por reconocerle una dignidad y una libertad desconocidas en la mentalidad del Antiguo Testamento reflejada en el comentario de la mujer, que consideraba a la mujer como una “paridora” y criadora de hijos para su marido. Esa libertad es la que la hace “bienaventurada”, “dichosa”, como había reconocido su prima Isabel, quien llena de Espíritu Santo exclamó: “Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor”, frase que sirve de preámbulo al hermoso canto del Magníficat.

La libertad manifiesta de María va unida a otra de sus características, que la convierten en modelo y paradigma: la fe, que a su vez va unida a otra que se deriva de esta: la dócil aceptación de la Palabra de Dios. Así María se convierte en modelo de fe para toda la humanidad. La encarnación se hizo posible por la fe de María, y se viabilizó gracias a su libertad en ese “hágase”, que selló el pacto de amor eterno que culminó el plan salvador de Dios. Por eso san Agustín decía que “en María es más importante su condición de discípula de Cristo que la de Madre de Cristo; es más dichosa por ser discípula de Cristo que por ser Madre de Cristo”. O como decían los antiguos: “María concibió con la fe antes de hacerlo con el vientre”.

Jesús nos presenta a su Madre santísima como su primera y más perfecta discípula; la que creyó que el niño que llevaba en sus purísimas entrañas era verdaderamente Dios; creyendo escuchó la profecía de Simeón; creyendo, el día que encontró a su Hijo en el Templo, comprendió que lo había perdido para siempre y “guardaba todas estas cosas en su corazón”; y creyendo se mantuvo erguida al pie de la cruz con la certeza de que su Hijo resucitaría al tercer día.

Hoy sábado, día que la liturgia dedica a Santa María, pidámosle que interceda por nosotros ante su Hijo para que, a ejemplo de ella, aprendamos a escuchar y cumplir su Palabra.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SEMANA XXVI DEL T.O. (2) 04-10-14

Job 2

La liturgia de hoy nos presenta la conclusión del libro de Job (42,1-3.5-6.12-16). En la primera lectura de ayer (38,1.12-21; 40,3-5) veíamos cómo Dios le planteaba a Job, y este reconocía, la grandeza y soberanía de Dios y lo insondable de sus misterios, y terminaba reconociendo su pequeñez. La semilla de la fe.

Hoy vemos la respuesta de Job: “Reconozco que lo puedes todo, y ningún plan es irrealizable para ti, yo, el que te empaño tus designios con palabras sin sentido; hablé de grandezas que no entendía, de maravillas que superan mi comprensión. Te conocía sólo de oídas, ahora te han visto mis ojos; por eso, me retracto y me arrepiento, echándome polvo y ceniza”. Job reconoce que tenía una idea errónea de Dios. Así, desde el sufrimiento, aprende a conocerle; se consolida su fe.

En este pasaje encontramos también el diálogo entre Dios y el hombre que constituye la verdadera oración; ese diálogo entre Dios y el hombre motivado por la fe, y que a la vez sirve para fortalecer, acrecentar esa fe. Dios nos habla; nosotros le escuchamos y le respondemos. Como nos dice Nöel Quesson, “una de las mejores definiciones de la ‘oración’: dialogar con Dios. Escuchar a Dios, hablar a Dios”. Es mediante la oración que conocemos mejor a Dios; y mientras más le conocemos, más le amamos; y mientras más le amamos, más queremos conocerle.

Y a pesar de que este libro de Job, junto a los otros libros sapienciales, ya comienzan a apuntarnos al concepto de la retribución, el “premio” en la vida eterna (contrario al concepto judío de que el hombre “justo” recibía su “recompensa” en este mundo – algo similar a esas sectas de hoy en día que predican la “prosperidad”), en Job encontramos que al final, por haber perseverado en su fe a pesar de todas las calamidades que tuvo que soportar, Dios le premia con una prosperidad superior a la anterior. Y el autor, en un final más apetecible para el lector de la época, nos dice que Job vivió una larga vida rodeado de sus hijos e hijas, nietos y biznietos. “Y Job murió anciano y satisfecho”.

Con la llegada del Cristo y su misterio pascual (su pasión, muerte, resurrección y glorificación), que nos abrió el camino a la vida eterna, vemos en este “final feliz” de Job un tímido anticipo de la verdadera felicidad que nos espera en la “Nueva Jerusalén”, cuando estemos contemplando el rostro de Dios por toda la eternidad (Cfr. Ap 21,3-5).

Hoy, pidamos al Señor que, aunque a veces por nuestra debilidad humana le reclamemos, y hasta le recriminemos en nuestros momentos de prueba, nos brinde la fortaleza y la perseverancia en la fe que mostró Job. Así nuestras tribulaciones se convertirán en experiencias de purificación que, lejos de alejarnos, nos acercarán más a Él, asemejándonos a su Hijo.

Que pasen todos un hermoso fin de semana lleno de la PAZ que sólo Dios puede brindarnos. No olviden visitar su Casa; Él les espera.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SEMANA XXVI DEL T.O. (2) 30-09-14

Job

La liturgia de hoy nos presenta como primera lectura el libro de Job (3,1-3.11-17.20-23). Esta lectura es continuación de la que hubiésemos leído ayer, pero que omitimos por coincidir con la Fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. En aquella veíamos como Job, ante las desgracias que le habían sobrevenido en un día exclamaba: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor”.

En la lectura de hoy vemos cómo ese mismo hombre que ayer nos presentaba el ejemplo de aceptación de la voluntad de Dios, llega el momento que se rebela y lanza un grito de angustia y dolor: “¡Muera el día en que nací, la noche que dijo: ‘Se ha concebido un varón’! ¿Por qué al salir del vientre no morí o perecí al salir de las entrañas? ¿Por qué me recibió un regazo y unos pechos me dieron de mamar?”

El libro de Job ha sido llamado el libro de los “por qué”, y con razón. Debemos recordar que este libro, junto a los otros libros sapienciales, fue escrito durante la época de la restauración, luego del exilio en Babilonia, y el pueblo reflexionaba sobre “por qué” Dios le había retirado su favor. Pero esa pregunta del porqué de las desgracias es la pregunta que todos nos hacemos en algún momento de nuestras vidas.

En Job encontramos el grito de angustia y frustración de todo hombre que sufre y no acaba de comprender el “por qué” de su estado, el por qué Dios aparenta haberlo abandonado a su suerte. Es el grito que recoge el salmista cuando grita: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Sal 21,2), para luego convertirse en un canto de alabanza; salmo que Jesús entonará luego en su hora suprema.

Pero lo que cabe resaltar es que Job en ningún momento reniega de Dios ni le maldice; se limita a maldecir el día en que nació. Exterioriza su dolor y frustración con una reacción bien humana, deseando no haber nacido, estar muerto, pues de ese modo se hubiese librado de su desgracia. Y si se dirige a Dios, aunque sea para reclamarle, e incluso recriminarle, es porque cree en Él. Si no creyera en Dios no le preguntaría “por qué”, pues no tendría a quién preguntar. Esa fe en Dios es lo que le sostendrá en la tribulación hasta el final, cuando Yahvé restaura todo a Job, no sin antes hacerle comprender que no está en nosotros comprender los designios misteriosos de Dios.

La única respuesta de Dios a los “por qué” de Job la encontramos en la persona de Jesucristo, quien sufrió las más grandes humillaciones y la peor de las desgracias cumpliendo la voluntad del Padre, para luego verse coronado de gloria. Es decir, que en lugar de “por qué”, la pregunta debe ser “¿para qué?”.

Hoy, pidamos a Dios que nos conceda la perseverancia de Job para mantenernos fieles a Él en las pruebas que nos presenta la vida, a pesar de nuestro natural rechazo al sufrimiento. Que podamos ofrecerle inclusive nuestras frustraciones, nuestros reclamos, nuestro espíritu quebrantado que Él nunca rechaza (Cfr. Sal 50,19).

Para una reflexión sobre el Evangelio de hoy (Lc 9,51-56), ver nuestra reflexión del año pasado.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SEMANA XXV DEL T.O. (2) 22-09-14

Luz del mundo

El pasaje del Evangelio que nos propone la liturgia para hoy (Lc 8,16-18) es uno de los más cortos: “En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entran tengan luz. Nada hay oculto que no llegue a descubrirse, nada secreto que no llegue a saberse o a hacerse público. A ver si me escucháis bien: al que tiene se le dará, al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener»”.

Hoy nos concentraremos en la primera oración de esta parábola de Jesús: “Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entran tengan luz”. La enseñanza de Jesús contenida en esta parábola complementa otras mediante las cuales de igual modo Jesús invita a sus discípulos (y a nosotros) a compartir la Palabra recibida de Él. Así nos habla de dar “fruto en abundancia”, el “ciento por uno”; y hoy nos habla de ser una luz que ilumine a “los que entran”, es decir, a todos los que entran en nuestro entorno.

Jesús nos está repitiendo que la Palabra de vida eterna (el candil) que recibimos de Él no es para que nos la quedemos para nosotros, como un secreto bien guardado (escondiéndolo debajo de la cama), es para que la proclamemos a todo el mundo (Mc 16,15). Y como he dicho en innumerables ocasiones, esa proclamación de la Buena Nueva del Reino que recibimos mediante la Palabra, no necesariamente implica “predicar” en el sentido que normalmente usamos esa palabra. Esa predicación, esa proclamación del Evangelio, de hace mediante la forma en que vivimos nuestra vida, nuestras palabras de aliento al que las necesita, nuestros gestos de ayuda al necesitado, el amor que prodigamos a nuestros semejantes, convirtiéndonos en otros “cristos”.

Hoy tenemos que preguntarnos: mi fe, ¿es un asunto “personal” mío?; ¿llegan a enterarse los que me rodean (mis amigos, familiares, compañeros de trabajo, vecinos) que yo soy cristiano, que vivo según las enseñanzas de Jesús? En otras palabras, ¿“se me nota” que soy cristiano? Reflexionando sobre el Evangelio de hoy, mi “candil”, ¿está escondido dentro de una vasija u oculto debajo de la cama, o lo pongo “en el candelero para que los que entran tengan luz”?

Jesús nos pide que estemos atentos (“A ver si me escucháis bien”). Porque no podemos dar luz si primero no la hemos recibido de Él. Hay una máxima que dice que nadie puede dar lo que no tiene (nemo dat quod non habet). Por eso mi insistencia constante la formación del cristiano. Debemos esforzarnos en conocer cada día más esa Palabra de Dios que es “luz del mundo” (Jn 8,12). Solo recibiendo y conociendo a plenitud esa Palabra que es la Luz, podemos colocarla en un “candelero”, “para que los que entran tengan luz”.

Pidámosle al Señor que nos permita conocer su Palabra cada día más, y nos de la valentía de proclamarla con nuestra vida, de manera que el que nos vea tenga que decir: “Yo quiero de eso…”

Que pasen una hermosa semana llena de la PAZ que solo Él puede brindarnos.

REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO XXII DEL T.O. (A) 31-08-14

cargue con su cruz y me siga

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para este vigesimosegundo domingo del tiempo ordinario (Mt 16,21-27) es la secuela de la profesión de fe Pedro.

Y como no hay profesión de fe sin prueba (1 Pe 1,7), Jesús no pierde tiempo en anunciar el camino que le espera: “Empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día”. En esta expresión de Jesús no hay insinuaciones, ni simbolismos; es la verdad cruda y tajante de lo que le espera. Los verbos que utiliza son inequívocos: “padecer”, “ser ejecutado”, y “resucitar”. Es el primer anuncio de la pasión por parte de Jesús. Pero los discípulos todavía no captan el verdadero significado de Sus palabras.

Pedro, contento de haber recibido el don de la fe que le permitió confesar el mesianismo de Jesús, se escandalizó y comenzó a increparlo. Su naturaleza humana le impedía aquilatar el valor salvífico del camino de la pasión que Jesús tenía que caminar. Continuaba pensando en un Mesías libertador, un líder político que los librara del Imperio Romano. Por eso Jesús le reprende, utilizando las mismas palabras que usó para reprender a Satanás cuando le tentó en el desierto (Mt 4,10): “¡Quítate de mi vista, Satanás!”.

Pedro se había quedado en el “gozo” de la fe, pero no había podido concretizarla; no había alcanzado a leer la “letra chica” que Jesús no tarda en señalarle en los versículos que siguen “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.” De nuevo los adjetivos inequívocos: “negarse” a sí mismo, “cargar” con la Cruz, “seguirlo”…

Jesús nos invita a seguirle, pero ese seguimiento no puede ser a medias, tiene que ser radical; Jesús no admite términos medios ni tibiezas. “Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62). “Ojalá fueras frío o caliente. Pero como eres tibio, y no frío ni caliente voy a vomitarte de mi boca” (Ap 15b-16). Palabras fuertes, pero que expresan la seriedad del compromiso que contraemos los que decidimos seguir a Jesús. En otras palabras, no existe tal cosa como un cristiano light.

Ese es el gran problema de nuestros tiempos, el Cristo de la prosperidad, el Cristo hecho a la medida de cada cual. Nada parecido a la “locura de la Cruz” que predicó san Pablo.

Nadie ha dicho que esto de seguir a Jesús es fácil; pero el premio que nos espera vale la pena (1 Co 9,24-25; 1 Pe 5,4). Esa es la promesa que nos permite estar alegres en la enfermedad y en la tribulación. ¡Atrévete!

REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO DOMINGO DEL T.O. (A) 17-08-14

Señor, Hijo de David ...

Las lecturas para este vigésimo domingo del tiempo ordinario nos presentan un tema común. La universalidad de la salvación.

La primera lectura, tomada del profeta Isaías (56,1.6-7), nos anuncia que en los tiempos mesiánicos, contrario a la concepción judía, la salvación no alcanzará solamente al “pueblo elegido”, sino a todos los que acepten Su mensaje: “A los extranjeros que se han dado al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, … los traeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración, … porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos”.

En la segunda lectura (Rm 11,13-15.29-32) san Pablo le recuerda a los romanos que del mismo modo que ellos han recibido y aceptado el mensaje de salvación, los judíos, quienes rechazaron y crucificaron a Cristo, también tienen oportunidad de salvarse, pues “los dones y la llamada de Dios son irrevocables”.

El Evangelio (Mt 15,21-28) nos presenta a Jesús en territorio pagano. Allí se le acercó una mujer cananea que comenzó a seguirlo pidiéndole a gritos: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo”. Como Jesús la ignoraba, los discípulos le pidieron que la atendiera, a lo que Jesús replicó que había sido enviado “a la ovejas descarriadas de Israel”.

En eso la mujer llegó hasta Él y se postró a sus pies reiterando su súplica. La reacción de Jesús puede dejarnos desconcertados si no la leemos en el contexto y cultura de la época: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”. La mujer no se dejó disuadir por el aparente desplante de Jesús: “Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. Jesús se conmovió ante aquél despliegue de fe (¿qué madre no pone en los pies de Jesús los problemas y enfermedades de sus hijos?): “Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”.

Aquella mujer pagana creyó en Jesús y en su Palabra, y creyó que Jesús podía curar a su hija. Por eso no se rindió y continuó insistiendo (Cfr. Lc 11,13; 18,1-8). “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá” (Mt 7,7).

Otro detalle de este pasaje es que, con sus palabras y su gesto, Jesús abrió las puertas a los paganos, apartándose así del pensamiento judío de exclusividad como “pueblo elegido”. La figura del “pan de los hijos” se refiere al mensaje de salvación que había sido dado primero al pueblo de Israel. Las migajas que caen y se comen los “perros” se refieren a la Buena Noticia de salvación que se comparte con los pueblos “paganos”.

Pablo, el apóstol de los gentiles lo expresa con elocuencia: “Toda diferencia entre judío y no judío ha quedado superada, pues uno mismo es el Señor de todos, y su generosidad se desborda con todos los que le invocan” (Rm 10,12). “Todos vosotros, los que creéis en Cristo Jesús, sois hijos de Dios. Ya no hay distinción entre judío y no judío, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer. En Cristo Jesús, todos sois uno” (Gál 26,28).

Una Iglesia universal (católica), abierta a todo el que crea en Jesús y su mensaje salvífico.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA DECIMOCTAVA SEMANA DE T.O. (2) 09-08-14

como un grano de mostaza

La lectura evangélica que nos presenta la liturgia para hoy (Mt 17,14-20) nos relata el episodio del padre que le pide a Jesús que cure a su hijo epiléptico, diciéndole que sus discípulos no habían sido capaces de curarlo. Nos relata el pasaje que luego de haber curado al joven (el relato nos dice que Jesús echó el “demonio” que tenía en joven), los discípulos se le acercaron y le preguntaron: “¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?”, a lo que Jesús les contestó: “Por vuestra poca fe. Os aseguro que si fuera vuestra fe como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada os sería imposible”.

Si examinamos un grano de mostaza al escuchar esas palabras de Jesús, nos daremos cuenta de cuán pequeña, cuán débil es nuestra fe.

En el relato de Mateo, Jesús vuelve a insistir en la importancia de la fe como elemento esencial para recibir los milagros (“tu fe te ha curado”) y la falta de fe como impedimento para que se realicen los milagros (“hombre de poca fe…”). Y para afirmar su enseñanza, hace la aseveración que se resume ese dicho popular que tanto escuchamos: “La fe mueve montañas”.

Como hemos repetido en otras ocasiones, Dios no “necesita” de nuestra fe para obrar milagros, si así lo entiende conveniente. De hecho, a veces la fe surge a consecuencia de un milagro. Pero la fe es un ingrediente importante para poder “recibir” el milagro. La fe es lo que nos hace actuar conforme a lo que creemos. Es decir, la fe es la acción del creer.

Ese fue el problema de los apóstoles, creían, pero les faltaba fe. Porque creer y tener fe no son sinónimos. No se puede tener fe si no se cree, pero se puede creer y no tener fe. Hasta el demonio cree en Dios….

Siempre me ha llamado la atención que en el relato paralelo de Marcos (Mc 9,14-29), Jesús explica la incapacidad de sus discípulos para echar el demonio diciendo: “esta clase (de demonio) con nada puede ser arrojada sino con la oración” (v. 29).

Lejos de ver una discrepancia entre ambas versiones del relato, vemos que se complementan. La eficacia de nuestra oración va a ser directamente proporcional a nuestra fe. La oración desprovista de fe no es oración; es a lo sumo un monólogo, es como cuando nos sorprendemos “hablando solos”. Si no tenemos la certeza de que Dios existe, que nos ama infinitamente, que nos escucha, que tiene el poder de ayudarnos a resolver nuestros problemas de la manera más conveniente para nosotros (o sea, que creemos en Él y “le creemos”), las oraciones se convierten en una campana hueca, en palabras que el viento se lleva, no son eficaces.

Señor, yo creo; ¡aumenta mi fe!

Que pasen todos un hermoso fin de semana, sin olvidar que el Padre les espera en su Casa para darles el abrazo más amoroso y tierno que puedan imaginar. ¡Bendiciones!

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA DECIMOCTAVA SEMANA DEL T.O. 05-08-14

pedro camina sobre las aguas

“Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”. Esa frase, pronunciada por Jesús, sienta la tónica del pasaje que nos brinda el Evangelio de hoy (Mt 14,22-36).

El trasfondo de la frase es el siguiente: Jesús acababa de realizar el milagro de la multiplicación de los panes y había instruido a sus discípulos que se subieran a la barca y se adelantaran a la otra orilla mientras Él despedía la gente para luego retirarse a orar, como solía hacer. Tal vez Jesús no quería que los discípulos se contagiaran con la excitación del pueblo por el milagro, o mejor dicho, por el aspecto material del milagro, ignorando el verdadero significado del mismo; la tendencia que tenemos de confundir lo temporal con lo eterno. De hecho, la versión de Juan nos dice que la multitud intentaba tomar a Jesús por la fuerza y hacerle rey (Jn 6,15).

Volviendo al relato, cuando la barca en que navegaban los discípulos iba a mitad de camino, siendo ya de noche, Jesús se percató que tenían un fuerte viento contrario y estaban pasando grandes trabajos para poder adelantar, así que decidió ir caminando hasta ellos sobre las aguas. Al verlo creyeron que era un fantasma, se sobresaltaron, y dieron un grito. Fue en ese momento que Jesús les dijo: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”.

Aquí se hace más obvio que los discípulos no habían comprendido en tu totalidad el verdadero significado y alcance del milagro de la multiplicación de los panes. De lo contrario, sabrían que, más que un acto de taumaturgia (capacidad para realizar prodigios), como podría hacerlo un mago, lo que ocurrió allí fue producto del Amor de Dios. Si lo hubiesen entendido, estarían inundados del Amor de Dios, estarían conscientes de la divinidad de Jesús, y no habrían sentido temor cuando lo vieron caminar sobre las aguas.

Es aquí que la narración de Mateo se aparta de los paralelos de Marcos y Juan. Nos dice Mateo que Pedro, como para confirmar la identidad de Jesús, le dijo: “Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua”, a lo que Él le respondió: “Ven”. Pedro comenzó a caminar hacia Jesús sobre las aguas (porque le creyó a Jesús, llevó a cabo un acto de fe), hasta que apartó su mirada de Jesús y la fijó sobre la tempestad. Entonces se asustó, comenzó a hundirse, y gritó: “Señor, sálvame”. Jesús inmediatamente le extendió su mano y lo increpó: “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?” Dudó porque aún no había aprendido que no podía fiarse de sus propias fuerzas. Inmediatamente la Escritura añade: “En cuanto subieron a la barca, amainó el viento”.

¡Cuántas veces en nuestras vidas nos encontramos “remando contra la corriente”, llegando al límite de nuestra resistencia! En esos momentos, si abrimos nuestros corazones al Amor misericordioso de Dios, escucharemos una dulce voz que nos dice al oído: “Ánimo, soy yo, no tengas miedo”. Créanme, ¡se puede! Yo he logrado enfrentar situaciones que de otro modo hubiesen sido aterradoras, con la alegría y tranquilidad que solo el saberme amado por Dios podían brindarme. Porque Jesús “entró en la barca [conmigo], y amainó el viento”.

“Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo” (Sal 23,4).

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REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DECIMOSÉPTIMA SEMANA DEL T.O. 01-08-14

Mc 6,1-6

“‘Sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta’. Y no hizo allí muchos milagros, porque les faltaba fe”. Con estas palabras termina el pasaje evangélico que contemplamos en la liturgia de hoy (Mt 13,54-58).

Esas palabras fueron pronunciadas por Jesús luego de que los suyos lo increparan por sentirse “escandalizados” ante sus palabras. Sí, esos mismos que unos minutos antes se sentían “admirados” ante la sabiduría de sus palabras. ¿Qué pudo haber causado ese cambio de actitud tan dramático?

A muchos de nosotros nos pasa lo mismo cuando escuchamos el mensaje de Jesús. Asistimos a un retiro o una predicación y se nos hincha el corazón. Nos conmueven las palabras; sentimos “algo” que no podemos expresar de otro modo que no sea con lágrimas de emoción. ¡Qué bonito se siente! Estamos enamorados de Jesús…

Hasta que nos percatamos que esa relación tan hermosa conlleva negaciones, responsabilidades, sacrificios: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Lc 9, 23). Lo mismo suele ocurrir en otras relaciones como, por ejemplo, el matrimonio. Luego de ese “enamoramiento” inicial en el que todo luce color de rosa, surgen todos los eventos que no estaban en el libreto cuando dijimos: “en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad…”, junto a otras obligaciones. El libro del Apocalipsis lo describe así: “Pero tengo contra ti que has perdido tu amor de antes. Date cuenta pues, de dónde has caído,…” (Ap 2,4-5).

No hay duda; el mensaje de Jesús es impactante, nos sentimos “admirados” como se sintieron sus compueblanos de Nazaret. Pero cuando profundizamos en las exigencias de su Palabra, al igual que aquellos, nos “escandalizamos”. Queremos las promesas sin las obligaciones. Por eso “los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11). Es la naturaleza humana.

Ese es el mayor obstáculo que enfrentamos a diario los que proclamamos el mensaje de Jesús entre “los nuestros”; cuando llega la hora de la verdad, la hora “negarnos a nosotros mismos”, muchos nos miran con desdén y comienzan a menospreciarnos, y hasta intentan ridiculizarnos. Esos son los que no tiene fe: “Y no hizo allí muchos milagros, porque les faltaba fe”.

En el caso del profeta Jeremías, al igual que a Jesús, le costó la vida, siendo eventualmente torturado y asesinado por aquellos a quienes quería ayudar. La primera lectura de hoy (Jr 26,1-9) nos presenta el pasaje en que se le declara “reo de muerte” por el mero hecho de anunciar la Palabra de Dios y denunciar los pecados del pueblo (la misión profética): “Y cuando terminó Jeremías de decir cuanto el Señor le había mandado decir al pueblo, lo agarraron los sacerdotes y los profetas y el pueblo, diciendo: ‘Eres reo de muerte’”.

Hoy, pidamos al Señor que nos fortalezca el don de la fe para que podamos interiorizar su Palabra y ser sus testigos (Cfr. Hc 1,8).

Que pasen un hermoso fin de semana, y recuerden visitar la Casa del Padre; Él les espera con los brazos abiertos.

REFLEXIÓN PARA LA MEMORIA OBLIGATORIA DE SANTA MARTA 29-07-14

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Hoy celebramos la memoria obligatoria de santa Marta, la hermana de Lázaro y María, amigos de Jesús. Marta es un nombre hebreo que significa “señora; jefe del hogar”. La Escritura nos dice que “Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro” (Jn 11,5). Estos hermanos vivían en Betania, una aldea distante como a cuatro kilómetros de Jerusalén, cuyo en cuyo hogar se hospedó Jesús cuando movió su predicación de Galilea a Judea.

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para esta memoria obligatoria (Jn 11,19-27) es el pasaje en que Marta sale al encuentro de Jesús cuando este llegó tras la muerte de su hermano Lázaro. Las palabras de Marta son a la vez un reclamo (no de coraje, sino imbuido del cariño propio de un amigo) y una profesión de fe: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas”.

A ese intercambio inicial sigue una conversación entre Jesús y Marta, en la que Marta reafirma su fe en Jesús, en su mensaje, y en su obra salvífica. Los últimos tres versículos del pasaje de hoy son una verdadera catequesis: “Jesús le dijo: ‘Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?’. Ella le respondió: ‘Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo’”.

Esa profesión de fe de Marta se vio coronada con la revitalización de su hermano Lázaro. Marta estaba segura del poder de Jesús (creía en Jesús y le creía a Jesús), y ni la muerte de su hermano pudo destruir esa certeza.

La primera lectura (Jr 14,17-22) nos presenta un cántico del profeta Jeremías que es un grito desgarrador, una plegaria penitencial invocando la ayuda y misericordia de Dios ante dos tragedias que enfrentaba el pueblo judío: una sequía que llevaba varios años arropando al país, y las guerras en las que Yahvé parecía haber abandonado a su pueblo.

Ante esa situación el pueblo recurre a Dios y, además de reclamar sus “derechos” bajo la Alianza que ellos mismos habían incumplido, llega incluso a pedirle a Dios que, si no por ellos, al menos por su propio prestigio, para que otros pueblos no piensen que su Dios es “flojo”.

El cuadro que nos presenta Jeremías no dista mucho de nuestra situación actual, aunque en diferente contexto. Nos sentimos atribulados por la estrechez económica que parece arropar al mundo entero (sin hablar de la sequía que está afectando nuestra tierra), unido a una violencia que parece seguir escalando fuera de control, al punto que “tanto el profeta como el sacerdote vagan sin sentido por el país”. Y nos preguntamos dónde está Dios… Y le reclamamos… Pero somos nosotros los que nos hemos alejado de Él, los que lo hemos echado de nuestros hogares, nuestros lugares de trabajo, nuestras escuelas, nuestras instituciones, nuestros gobiernos, y hasta de nuestras iglesias. ¡Y tenemos la osadía de preguntar qué nos pasa!

Parece que no entendemos, o no queremos admitir, que el llamado “silencio de Dios” es provocado por nuestro alejamiento como pueblo. Todavía estamos a tiempo. Si nos convertimos y volvemos al Señor, Él saldrá a nuestro encuentro, se echará a nuestro cuello, nos besará y nos recibirá de vuelta en su Casa (Cfr. Lc 11-32). De nosotros depende; Él nos está esperando. Y tú, ¿qué vas a hacer al respecto?