¿Por qué el Gloria y el Aleluya se omiten durante la Cuaresma?

Incluso la liturgia “ayuna” en preparación del glorioso tiempo de Pascua

El tiempo de Cuaresma está marcado por dos omisiones litúrgicas muy destacadas. Ni el himno conocido como el Gloria (Gloria a Dios en las alturas) ni el Aleluya cantado antes del Evangelio se cantan durante los 40 días completos de Cuaresma (con algunas pequeñas excepciones).

¿Y eso por qué?

Primero de todo, el Gloria es un himno que celebra la venida del Señor usando las palabras de los ángeles en el nacimiento de Cristo. La Iglesia durante la Cuaresma regresa en espíritu a una época en que el pueblo de Dios estaba en el exilio, esperando que el Mesías llegara y los salvara. Es un periodo de expectativa similar al de Adviento, pero en lugar de esperar el nacimiento de Cristo desde el vientre de María, el pueblo cristiano espera el segundo “nacimiento” de Cristo desde el vientre del sepulcro.

En segundo lugar, siguiendo este mismo espíritu de exilio, la Iglesia se une a Moisés y a los israelitas mientras vagan por el desierto durante 40 años. Es un momento de agonía y purificación, donde los fieles se unen para decir: “¿Cómo podríamos cantar un canto de Yahveh en una tierra extraña?” (Salmo 137,4). La palabra “Aleluya” está arraigada en una expresión hebrea que significa “alabar al Señor” y por lo tanto se omite durante la Cuaresma.

Como resultado, nuestro enfoque en la Cuaresma no es regocijarnos, sino lamentar nuestros pecados, mirando aquellas cosas que nos impiden una relación auténtica con Dios. Una vez que se eliminan a través de la oración, el ayuno y la limosna, podemos regocijarnos nuevamente en la Pascua, porque no solo celebramos la resurrección de Cristo, sino nuestro propio renacimiento en el espíritu.

Igual que una mujer que experimenta dolores de parto antes de nacer, los cristianos “gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo” (Romanos 8,23).

Tomado de: https://es.aleteia.org/2019/03/05/por-que-el-gloria-y-el-aleluya-se-omiten-durante-la-cuaresma/

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA SEGUNDA SEMANA DE ADVIENTO 13-12-18

El profeta Isaías continúa dominando la liturgia del Adviento. La primera lectura que se nos presenta para hoy (Is 41,13-20), al igual que las anteriores, está tomada del “libro de la consolación” o el “segundo Isaías”, que comprende los capítulos 40 al 55. El libro de Isaías está formado por tres libros de tres autores distintos: El “primer Isaías”, que comprende los primeros 39 capítulos, compuesto principalmente antes de la deportación a Babilonia; el “segundo Isaías” que hemos mencionado, compuesto primordialmente durante el exilio en Babilonia; y el “tercer Isaías”, compuesto durante la era de la restauración, luego del exilio.

Uno de los temas de reflexión del segundo Isaías es la presentación de un futuro escatológico, dentro del marco de referencia del Éxodo, el hecho salvífico y de redención por excelencia para el pueblo judío, una era de portentos y milagros, similar a lo que la vida de Jesús representa para nosotros los cristianos. La lectura de hoy pertenece a ese grupo.

La lectura nos presenta al pueblo de Israel pisoteado y humillado por el régimen opresor: “gusanito de Jacob, oruga de Israel”. Y Dios le dice “Te agarro de la diestra” y “no temas, yo mismo te auxilio”. Dios se compadece de su pueblo humillado y viene en su auxilio. Jesús recogerá ese mismo pensamiento en las Bienaventuranzas, especialmente la de los pobres, los débiles, los pequeños.

La pequeñez de ese pueblo de deportados, que merecen el favor de Dios, la encontramos reflejada en la pequeñez de María, una débil y humilde doncella de Nazaret a quien Dios convirtió en portadora del Misterio de Dios, del Verbo encarnado: “porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora…” (Lc 1,48).

Asimismo, la primera lectura nos dice que: “Tu redentor es el Santo de Israel”, mientras María exclama en el mismo canto del Magníficat: “porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo!” (Lc 1,49).

“Alumbraré ríos en cumbres peladas; en medio de las vaguadas, manantiales; transformaré el desierto en estanque y el yermo en fuentes de agua; pondré en el desierto cedros, y acacias, y mirtos, y olivos; plantaré en la estepa cipreses, y olmos y alerces, juntos. Para que vean y conozcan, reflexionen y aprendan de una vez, que la mano del Señor lo ha hecho, que el Santo de Israel lo ha creado”. Una promesa de abundancia en medio de la necesidad; una promesa de agua abundante en medio de una sed insoportable. No nos podemos dejar llevar por el sentido literal de las palabras. “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados” (Mt 5,6). Lo “pobres” de hoy tampoco tienen sed de agua;  buscan ser amados, acompañados, respetados. “No temas, yo mismo te auxilio”, les dice el Señor.

¿Y cómo los va a auxiliar? ¿Cómo los va a acompañar? ¿Cómo los va a amar? “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25,45). Que el verdadero portento de Dios en este Adviento sea que al nacer su Hijo en nuestros corazones, nos convierta en “piedras vivas” de las cuales brote agua en abundancia para saciar la sed de nuestros hermanos, especialmente los más necesitados de su bondad y misericordia. Así todos ellos, junto a nosotros podremos gritar en ese día: ¡Feliz Navidad!

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SEGUNDA SEMANA DE ADVIENTO 10-12-18

El profeta Isaías continúa ocupando la primera lectura de la liturgia de Adviento. La de hoy (Is 35, 1-10), escrita durante el exilio en Babilona, le brinda consuelo y esperanza al pueblo que hace años sufre el cautiverio, y anuncia su regreso al Paraíso, la venida del Salvador esperado que transformará el desierto en Paraíso. El pasaje que contemplamos hoy sirve de preludio al “Libro de la Consolación” o “segundo Isaías”, que comprende los capítulos 40 al 55 de la profecía. De nuevo, Isaías nos presenta unos signos concretos que han de acompañar esos tiempos: “Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo,la lengua del mudo cantará. Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa; el páramo será un estanque, lo reseco, un manantial”. La lectura anuncia la abolición inminente de todas las maldiciones producto del pecado de Adán (Gn 3,16.18.19). Así la esperanza del regreso del pueblo cautivo en Babilonia se transforma a su vez en símbolo de la felicidad de los últimos tiempos.

En el Evangelio de hoy (Lc 5,17-26) vemos a Jesús que encarna la profecía. Se trata de la versión de Lucas de la curación del paralítico cuyos amigos, ante la imposibilidad de acercar su amigo paralítico a Jesús para que lo curara, logran trepar la camilla, abren un boquete en el techo, y lo descuelgan frente a Jesús. Nos dice la Escritura que Jesús, “viendo la fe que tenían” los amigos, dijo al paralítico: “Hombre, tus pecados están perdonados”. Ante la incredulidad y el escándalo causado por sus palabras en los fariseos y maestros de la ley que estaban presentes, Jesús les replicó: “¿Qué es más fácil: decir ‘tus pecados quedan perdonados’, o decir‘levántate y anda’? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados… –dijo al paralítico–: A ti te lo digo, ponteen pie, toma tu camilla y vete a tu casa”. ¿Qué mayor prueba de la llegada delos tiempos mesiánicos? ¿Qué mayor prueba de que Jesús es el Mesías en quien se cumplen las promesas del Antiguo Testamento? La lectura termina con los presentes diciendo: “Hoy hemos visto cosas admirables”.

Ayer decíamos que la palabra clave para esta segunda semana de Adviento es “conversión”. El Evangelio del domingo nos hablaba de “allanar” caminos. “elevar” los valles, “bajar” los montes y colinas, para preparar el “camino del Señor” que llega. Cuando se trata del tiempo de preparación para recibir a Jesús en nuestros corazones (la perspectiva de “hoy” del Adviento), esos valles, colinas y pedregales, son nuestras tibiezas, nuestra indolencia, nuestros pecados, que impiden al Señor entrar en nuestros corazones; todo aquello que nos convierte en “paralíticos espirituales”, y obstaculiza la conversión a que somos llamados durante este tiempo de Adviento por voz de Juan el Bautista.

La pregunta obligada es: ¿Con cuál de los personajes nos identificamos? ¿Sufrimos de “parálisis espiritual” que nos impide recibir a Jesús en nuestros corazones, o somos de los amigos que ponen su confianza Jesús y ayudan al paralítico? Hagamos examen de conciencia…

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA DECIMONOVENA SEMANA DEL T.O. (2) 13-08-18

La primera lectura de hoy nos presenta al profeta Ezequiel (1,2-5.24-2,1a). Ezequiel fue el primer profeta del exilio en Babilonia. Los judíos habían perdido su libertad, sus tierras, pero más importante aún, habían perdido su Templo, el lugar sagrado en que habitaba Yahvé. Se sentían desamparados. Por eso Ezequiel, quien se había mantenido fiel a Dios en medio de la tribulación, cae “rostro en tierra” ante la presencia de Yahvé, a quien él percibe en la visión que nos narra, con todos los “efectos especiales” a la Steven Spielberg, típico del género apocalíptico. Muy distinto de la “suave brisa” con que el profeta Elías percibió la presencia de Yahvé (1 Re 19,12-13). Se trata del mismo Dios; pero un género literario diferente.

Lo cierto es que Ezequiel nos presenta a un Yahvé que no ha abandonado a su pueblo, y con Templo o sin Templo, se manifiesta en toda su gloria, con una visión que incluye cuatro “seres vivientes”, que en la literatura apocalíptica representan seres angélicos de alto rango, y encima de todo, “una figura que parecía un hombre” rodeado de un resplandor “como el arco que aparece en las nubes cuando llueve”. Esto último nos recuerda el arcoíris con el que Yahvé selló su pacto con Noé de que no volvería a destruir la humanidad con otro diluvio (Gn 9,14-17). Una promesa de restauración y, más aún, una promesa mesiánica.

El evangelio (Mt 17,22-27), por su parte, nos presenta uno de esos pasajes en que Jesús no aparece haciendo grandes portentos, sino más bien en su vida diaria como uno más de nosotros. El impuesto de los “dos dracmas” que el colector de impuestos reclama es uno que se cobraba para el mantenimiento del Templo. Jesús es superior al Templo, pero aun así paga sus impuestos; no reclama privilegios para sí, cumple con su deber ciudadano.

Hace un tiempo leía una reflexión sobre este pasaje que señalaba un simbolismo profundo en ese gesto de Jesús de decirle a Pedro que eche un anzuelo, coja el primer pez que pique, coja la moneda de plata que va encontrar en la boca del pez, y con ella pague el impuesto por ambos: “Cógela y págales por mí y por ti”. Con ese gesto parece decirle a Pedro que sus destinos están unidos, que han de correr la misma suerte, que persevere en su misión.

Más adelante Jesús habría de pagar, “por ti y por mí”, con su propia vida, nuestra redención (en el mundo antiguo “redención” era el precio que se pagaba por la libertad de un esclavo), para luego resucitar en toda su gloria y mostrarnos el camino que le espera a todo el que le siga.

Jesús ya pagó por ti y por mí y te entrega el boleto de entrada a la Casa del Padre. El boleto tiene una sola condición: “Ámense unos a otros, como yo los amo a ustedes” (Jn 13,14). ¿Lo aceptas?

Que pasen una hermosa semana llena de bendiciones, y de la Paz que solo el sabernos amados incondicionalmente por Dios puede brindarnos.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA DECIMOSEXTA SEMANA DEL T.O. (2) 27-07-18

En la primera lectura de hoy (Jr 3,14-17) el profeta Jeremías retoma la figura del pastor y, en el contexto histórico del exilio a Babilonia, anuncia el retorno de los deportados, que acudirán en respuesta al llamado de Yahvé: “Volved, hijos apóstatas –oráculo del Señor–, que yo soy vuestro dueño; cogeré a uno de cada ciudad, a dos de cada tribu, y os traeré a Sión; os daré pastores a mi gusto que os apacienten con saber y acierto”…

En ese ambiente de “retorno”, de reunión del pueblo en Sión (haciendo alusión al Monte Sión, en la ciudad de Jerusalén), con el Templo de Salomón en ruinas y el arca de la alianza quemada por los babilonios, Jeremías en cierto modo prefigura la enseñanza de Jesús a los efectos de que la presencia de Dios no depende lugares específicos ni de objetos materiales; Dios habita en el corazón del pueblo y en cada uno de nosotros: “Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos” (Mt 18,20). Por eso el profeta dice que “ya no se nombrará el arca de la alianza del Señor, no se recordará ni mencionará, no se echará de menos ni se hará otra. En aquel tiempo, llamarán a Jerusalén «Trono del Señor»”.

El arca representaba la antigua Alianza, una religión con un culto ritualista, que giraba en torno al Templo, y dentro del Templo, al Arca de la Alianza, donde habitaba Yahvé. Este culto habría de dar paso a otro centrado en el misterio pascual de Jesús, el culto en espíritu y verdad, que tiene como culmen la Eucaristía, la persona de Cristo. Jesucristo pasaría a ser el nuevo “Templo” (Cfr. Jn 2,19-21).

Pero Jeremías va más allá; profetiza la “catolicidad” (universalidad) de la Iglesia: “acudirán a ella todos los paganos, porque Jerusalén llevará el nombre del Señor, y ya no seguirán la maldad de su corazón obstinado”. Ya no se tratará solo del “pueblo elegido”, sino que acudirán a la nueva Jerusalén todos los pueblos. Esto nos evoca la visión de Juan en el Apocalipsis: “Entonces vi una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas. Estaban de pie ante el trono y delante del Cordero, vestidos con túnicas blancas; llevaban palmas en la mano…” (Ap 7,9).

La lectura evangélica de hoy (Mt 13,18-23) es la explicación que Jesús da a sus discípulos de la parábola del sembrador. Es como si Jesús hiciera una “homilía” sobre su Palabra para beneficio de sus discípulos.

Pero nos llama la atención un detalle que Jesús no explica en ese momento, y suscita una pregunta: ¿Por qué el “sembrador” (Dios) “desperdicia” la semilla regándola en toda clase de terreno, y hasta fuera del terreno (a la orilla del camino)? ¿No sería más lógico que sembrara en el terreno bueno, como lo haría un buen sembrador? La contestación es sencilla: Él quiere que todos nos salvemos (Cfr. 1 Tm 2,4; 2 Pe 3,9), por eso hace llover (siembra) su Palabra (semilla) sobre malos y buenos (tierra mala y buena) – (Cfr. Mt 5,45). El ser tierra mala o buena depende de nosotros.

Eso es lo hermoso de Jesús; Él no te juzga, tan solo te brinda su amor incondicional. ¿Lo aceptas?

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA QUINTA SEMANA DEL T.O. (2) 9-02-18

El relato evangélico que contemplamos en la liturgia para hoy (Mc 7,31-37) nos presenta el episodio de la curación del sordomudo. Estando en territorio pagano, de regreso a Galilea (en las fronteras del Líbano), le traen “un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos”. Jesús, apartándolo a un lado, le introduce los dedos en los oídos y le toca la lengua con saliva. Luego invoca al Padre (“mirando al cielo”) y dice: “Effetá, que quiere decir ‘Ábrete’” (recordemos que Marcos escribe su relato evangélico para los paganos de la región itálica; por eso pasa el trabajo de traducir los arameismos). Nos dice la escritura que “al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad”.

Vemos en este episodio el cumplimiento de la profecía de Isaías, cuando anunciaba al pueblo exiliado en Babilonia que sería revestido con “el esplendor del Líbano”, y que los oídos de los sordos se abrirían,… y la lengua de los mudos gritaría de alegría (Is 35,2.5-6). Este milagro es un signo inequívoco de que la salvación ha llegado en la persona de Jesús. Los presentes parecen reconocerlo cuando “en el colmo del asombro decían: “Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. El hecho de que el milagro se realice en territorio pagano (al igual que el exorcismo que se nos presentaba en el pasaje que leíamos ayer) apunta, además, a la universalidad de esa salvación.

Al milagro le sigue la petición de Jesús de guardar silencio sobre el mismo (el llamado “secreto mesiánico”, típico del evangelio según san Marcos), y la proclamación del mismo por todos los presentes. Esta es la reacción típica de todo el que ha tenido la experiencia de Jesús; no puede evitarlo, tiene que compartirla con todos.

En el rito del bautismo hay un momento que se llama precisamente Effetá, en el cual el ministro traza la señal de la cruz sobre los oídos y boca del bautizando mientras pronuncia la misma palabra aramea que le dijo Jesús al “sordomudo” del Evangelio de hoy. Esto, para que sus oídos se abran para escuchar la Palabra de Dios y sus labios se abran para proclamarla.

Antes a estas personas se les llamaba “sordomudos”, pero ahora se les llama “sordos”, pues se reconoce que su condición es un problema de audición. No hablan porque no pueden escuchar; viven aislados en un mundo de silencio. Así mismo nos pasa a nosotros cuando nos cerramos a la Palabra de Dios. Pero si nos tornamos hacia Él y permitimos que su Palabra sanadora penetre en nuestras almas, aún dentro de la sordera espiritual que hemos vivido, podremos escuchar ese Effetá potente y sonoro que nos librará de las cadenas del silencio espiritual. Y esa Palabra sanadora hará brotar agua en el desierto de nuestras vidas, haciendo que esa agua brote de nosotros como un torrente (Is 35,7), “salpicando” a todo el que se cruce en nuestro camino.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA QUINTA SEMANA DE CUARESMA 08-04-17

La lectura evangélica de hoy (Jn 11,45-47), nos presenta al Sanedrín tomando la decisión firme de dar muerte a Jesús: “Y aquel día decidieron darle muerte”. Esta decisión estuvo precedida por la manifestación profética del Sumo Sacerdote Caifás (“Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera”), que prepara el escenario para el misterio de la Pasión que reviviremos durante la Semana Santa que comienza mañana, domingo de Ramos.

La primera lectura, tomada del profeta Ezequiel (37,21-28), nos muestra a Dios que ve a su pueblo sufriendo el exilio en Babilonia y le asegura que no quiere que su pueblo perezca. El pueblo ha visto la nación desmembrarse en dos reinos: el del Norte (Israel) y el del Sur (Judá), y luego ambos destruidos a manos de sus enemigos en los años 722 a.C. y 586 a.C., respectivamente, y los judíos exiliados o desparramados por todas partes. “Yo voy a recoger a los israelitas por las naciones adonde marcharon, voy a congregarlos de todas partes y los voy a repatriar. Los haré un solo pueblo en su país, en los montes de Israel, y un solo rey reinará sobre todos ellos. No volverán a ser dos naciones ni a desmembrarse en dos monarquías”.

Reiterando la promesa hecha al rey David (2 Sm 7,16), Yahvé le dice al pueblo a través del profeta: “Mi siervo David será su rey, el único pastor de todos ellos”. Para ese tiempo David había muerto hacía casi 400 años. Así que se refiere a aquél que ha de ocupar el trono de David, Jesús de Nazaret (Cfr. Lc 1,32b).

Mañana conmemoramos su entrada mesiánica en Jerusalén al son de los vítores de esa multitud anónima que lo seguía a todas partes (“¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” – Mt 21,9), para dar comienzo al drama de su pasión y muerte.

Las palabras de Caifás en la lectura de hoy (“os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera”) lo convierten, sin proponérselo, en instrumento eficaz del plan de salvación establecido por el Padre desde el momento de la caída. El mismo Juan nos apunta al carácter profético de esas palabras: “Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos”.

Ese era el plan que el Padre se había trazado desde el principio: reunir a los hijos de Dios dispersos, a toda la humanidad, alrededor del sacrificio salvador de Su Hijo, quien habría de morir por todos.

¡Cuánto le falta a la humanidad para poder alcanzar esa meta de estar “reunidos en la unidad”! Durante esta Semana Santa, en medio del mundo convulsionado que estamos viviendo, les invito a orar por la unidad de todas las naciones y razas, para que se haga realidad esa unidad a la que nos llama Jesús: Ut unum sint! (Jn 17,21).

Que la Semana Santa que está a punto de comenzar sea un tiempo de penitencia y contemplación de la pasión salvadora de Cristo, y no un tiempo de vacaciones y playa.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SEGUNDA SEMANA DE ADVIENTO (A) 05-12-16

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La liturgia de Adviento continúa presentándonos al profeta Isaías como primera lectura. La de hoy (Is 35, 1-10), escrita durante el exilio en Babilona, le brinda consuelo y esperanza al pueblo que hace años sufre el cautiverio, y anuncia su regreso al Paraíso, la venida del Salvador esperado que transformará el desierto en Paraíso. El pasaje que contemplamos hoy sirve de preludio al “Libro de la Consolación” o “segundo Isaías”, que comprende los capítulos 40 al 55 de la profecía. De nuevo, Isaías nos presenta unos signos concretos que han de acompañar esos tiempos: “Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa; el páramo será un estanque, lo reseco, un manantial”. La lectura anuncia la abolición inminente de todas las maldiciones producto del pecado de Adán (Gn 3,16.18.19). Así la esperanza del regreso del pueblo cautivo en Babilonia se transforma a su vez en símbolo de la felicidad de los últimos tiempos.

En el Evangelio de hoy (Lc 5,17-26) vemos a Jesús que encarna la profecía. Se trata de la versión de Lucas de la curación del paralítico cuyos amigos, ante la imposibilidad de acercar su amigo paralítico a Jesús para que lo curara, logran trepar la camilla, abren un boquete en el techo, y lo descuelgan frente a Jesús. Nos dice la Escritura que Jesús, “viendo la fe que tenían” los amigos, dijo al paralítico: “Hombre, tus pecados están perdonados”. Ante la incredulidad y el escándalo causado por sus palabras en los fariseos y maestros de la ley que estaban presentes, Jesús les replicó: “¿Qué es más fácil: decir ‘tus pecados quedan perdonados’, o decir ‘levántate y anda’? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados… –dijo al paralítico–: A ti te lo digo, ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa”. ¿Qué mayor prueba de la llegada de los tiempos mesiánicos? ¿Qué mayor prueba de que Jesús es el Mesías en quien se cumplen las promesas del Antiguo Testamento? La lectura termina con los presentes diciendo: “Hoy hemos visto cosas admirables”.

Ayer decíamos que la palabra clave para esta segunda semana de Adviento es conversión. El Evangelio de ayer domingo nos hablaba de “preparar” caminos, “allanar” senderos, para recibir al Señor que llega. Cuando se trata del tiempo de preparación para recibir a Jesús en nuestros corazones (la perspectiva de “hoy” del Adviento), los valles, colinas y pedregales que tienen que ser allanados y preparados son nuestras tibiezas, nuestra indolencia, nuestros pecados, que impiden al Señor entrar en nuestros corazones; todo aquello que nos convierte en “paralíticos espirituales”, y obstaculiza la conversión a que somos llamados durante este tiempo de Adviento por voz de Juan el Bautista.

La pregunta obligada es: ¿Con cuál de los personajes nos identificamos? ¿Sufrimos de “parálisis espiritual” que nos impide recibir a Jesús en nuestros corazones, o somos de los amigos que ponen su confianza Jesús y ayudan al paralítico? Hagamos examen de conciencia…

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA VIGÉSIMA SEXTA SEMANA DEL T.O. (2) 27-09-16

Job

En la liturgia de hoy continuamos leyendo el libro de Job (3,1-3.11-17.20-23). En el pasaje e ayer veíamos como Job, ante las desgracias que le habían sobrevenido en un día exclamaba: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor”.

En la lectura de hoy vemos cómo ese mismo hombre que ayer nos presentaba el ejemplo de aceptación de la voluntad de Dios, llega el momento que se rebela y lanza un grito de angustia y dolor: “¡Muera el día en que nací, la noche que dijo: ‘Se ha concebido un varón’! ¿Por qué al salir del vientre no morí o perecí al salir de las entrañas? ¿Por qué me recibió un regazo y unos pechos me dieron de mamar?”

El libro de Job ha sido llamado el libro de los “por qué”, y con razón. Debemos recordar que este libro, junto a los otros libros sapienciales, fue escrito durante la época de la restauración, luego del exilio en Babilonia, y el pueblo reflexionaba sobre “por qué” Dios le había retirado su favor. Pero esa pregunta del porqué de las desgracias es la pregunta que todos nos hacemos en algún momento de nuestras vidas.

En Job encontramos el grito de angustia y frustración de todo hombre que sufre y no acaba de comprender el “por qué” de su estado, el por qué Dios aparenta haberlo abandonado a su suerte. Es el grito que recoge el salmista cuando grita: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Sal 21,2), para luego convertirse en un canto de alabanza; salmo que Jesús entonará luego en su hora suprema.

Pero lo que cabe resaltar es que Job en ningún momento reniega de Dios ni le maldice; se limita a maldecir el día en que nació. Exterioriza su dolor y frustración con una reacción bien humana, deseando no haber nacido, estar muerto, pues de ese modo se hubiese librado de su desgracia. Y si se dirige a Dios, aunque sea para reclamarle, e incluso recriminarle, es porque cree en Él. Si no creyera en Dios no le preguntaría “por qué”, pues no tendría a quién preguntar. Esa fe en Dios es lo que le sostendrá en la tribulación hasta el final, cuando Yahvé restaura todo a Job, no sin antes hacerle comprender que no está en nosotros comprender los designios misteriosos de Dios.

La única respuesta de Dios a los “por qué” de Job la encontramos en la persona de Jesucristo, quien sufrió las más grandes humillaciones y la peor de las desgracias cumpliendo la voluntad del Padre, para luego verse coronado de gloria. Es decir, que en lugar de “por qué”, la pregunta debe ser “¿para qué?”.

Hoy, pidamos a Dios que nos conceda la perseverancia de Job para mantenernos fieles a Él en las pruebas que nos presenta la vida, a pesar de nuestro natural rechazo al sufrimiento. Que podamos ofrecerle inclusive nuestras frustraciones, nuestros reclamos, nuestro espíritu quebrantado que Él nunca rechaza (Cfr. Sal 50,19).

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA QUINTA SEMANA DE CUARESMA 28-03-15

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La lectura evangélica de hoy (Jn 11,45-47), nos presenta al Sanedrín tomando la decisión firme de dar muerte a Jesús: “Y aquel día decidieron darle muerte”. Esta decisión estuvo precedida por la manifestación profética del Sumo Sacerdote Caifás (“Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera”), que prepara el escenario para el misterio de la Pasión que reviviremos durante la Semana Santa que comienza mañana, domingo de Ramos.

La primera lectura, tomada del profeta Ezequiel (37,21-28), nos muestra a Dios que ve a su pueblo sufriendo el exilio en Babilonia y le asegura que no quiere que su pueblo perezca. El pueblo ha visto la nación desmembrarse en dos reinos: el del Norte (Israel) y el del Sur (Judá), y luego ambos destruidos a manos de sus enemigos en los años 722 a.C. y 586 a.C., respectivamente, y los judíos exiliados o desparramados por todas partes. “Yo voy a recoger a los israelitas por las naciones adonde marcharon, voy a congregarlos de todas partes y los voy a repatriar. Los haré un solo pueblo en su país, en los montes de Israel, y un solo rey reinará sobre todos ellos. No volverán a ser dos naciones ni a desmembrarse en dos monarquías”.

Reiterando la promesa hecha al rey David (2 Sm 7,16), Yahvé le dice al pueblo a través del profeta: “Mi siervo David será su rey, el único pastor de todos ellos”. Para ese tiempo David había muerto hacía casi 400 años. Así que se refiere a aquél que ha de ocupar el trono de David, Jesús de Nazaret (Cfr. Lc 1,32b).

Mañana conmemoramos su entrada mesiánica en Jerusalén al son de los vítores de esa multitud anónima que lo seguía a todas partes (“¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” – Mt 21,9), para dar comienzo al drama de su pasión y muerte.

Las palabras de Caifás en la lectura de hoy (“os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera”) lo convierten, sin proponérselo, en instrumento eficaz del plan de salvación establecido por el Padre desde el momento de la caída. El mismo Juan nos apunta al carácter profético de esas palabras: “Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos”.

Ese era el plan que el Padre se había trazado desde el principio: reunir a los hijos de Dios dispersos, a toda la humanidad, alrededor del sacrificio salvador de Su Hijo, quien habría de morir por todos.

¡Cuánto le falta a la humanidad para poder alcanzar esa meta de estar “reunidos en la unidad”! Durante esta Semana Santa, les invito a orar por la unidad de todas las naciones y razas, para que se haga realidad esa unidad a la que nos llama Jesús (Jn 17,21).

Que la Semana Santa que está a punto de comenzar sea un tiempo de penitencia y contemplación de la pasión salvadora de Cristo, y no solamente un tiempo de vacaciones y playa.