En este corto reflexionamos sobre el evangelio que nos ofrece la liturgia para este domingo, y el diálogo que se suscita entre Jesús y la mujer cananea que le suplica la curación de su hija, especialmente el significado de la frase de Jesús que sirve de título a este vídeo.
Las lecturas bíblicas que nos propone la liturgia para el día de hoy (1 Cor 11,17-26.33 y Lc 7,1-11), aparentemente desarraigadas entre sí, tienen un vínculo que las une. La primera es uno de los “regaños” de Pablo a la comunidad de Corinto, que tantos dolores de cabeza le causó, por la conducta desordenada que estaban observando en las celebraciones eucarísticas, y la desunión que se manifestaba entre ellos. Pablo aprovecha la oportunidad para enfatizar la importancia y seriedad que reviste esa celebración, narrando el episodio de la institución de la Eucaristía que todos conocemos, pues lo repetimos cada vez que la celebramos.
La lectura evangélica, por su parte, nos narra la curación del criado del centurión. En ese episodio un centurión (pagano), envía unos judíos a hablar con Jesús para que este curara a su siervo, que estaba muy enfermo. Jesús partió hacia la casa del centurión para curarlo, pero cuando iba de camino, llegaron unos emisarios de este que le dijeron a Jesús que les mandaba decir a Jesús: “Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano”. A renglón seguido añade que él está bajo el mando de superiores y a su vez tiene subordinados.
Tenemos ante nosotros a todo un militar de alto rango que reconoce la autoridad de Jesús por encima de la de él, y que la presencia física no es necesaria para que la palabra con autoridad sea efectiva. Pero el centurión no solo le reconoce autoridad a Jesús, se reconoce indigno de Él, se reconoce pecador. Es la misma reacción que observamos en Pedro en el pasaje de la pesca milagrosa: “Apártate de mí, que soy un pecador” (Lc 5,8). He aquí el vínculo entre la primera y segunda lecturas. ¿Qué decimos inmediatamente antes de la comunión? “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para salvarme”.
Esta actuación del centurión de dar crédito a la Palabra de Jesús y hacer de ella un acto de fe, lleva a Jesús a exclamar: “Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe”. Se trata de una confianza plena en la Palabra de Jesús. Como hemos dicho en ocasiones anteriores, no se trata de meramente “creer en Jesús”, se trata de “creerle a Jesús”. Es la actitud de Pedro en el episodio de la pesca milagrosa: “Si tú lo dices, echaré las redes” (Lc 5,5). A diferencia de los judíos que exigían signos y requerían presencia para los milagros, este pagano supo confiar en el poder salvífico y sanador de la Palabra de Jesús.
La versión de Mateo sobre este episodio contiene un versículo que Lucas omite, que le da mayor alcance al mismo: “Por eso les digo que muchos vendrán de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, en el Reino de los Cielos; en cambio, los herederos del Reino serán arrojados afuera, a las tinieblas, donde habrá llantos y rechinar de dientes” (Mt 8,11-12). Vino a los suyos y no lo recibieron (Jn 1,11). No lo recibieron porque les faltaba fe. La Nueva Alianza que Jesús viene a traernos se transmite, no por la carne como la Antigua, sino por la infusión del Espíritu. El Espíritu que nos infunde la virtud teologal de la fe, por la cual creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado. Y esa está abierta a todos, judíos y gentiles.
Hoy, pidamos al Señor que acreciente en nosotros la virtud de la fe, para que creyendo en su Palabra y poniéndola en práctica, seamos acreedores de las promesas del Reino.
“Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”. Esa frase, pronunciada por Jesús, sienta la tónica del pasaje que nos brinda el Evangelio de hoy (Mt 14,22-36).
El trasfondo de la frase es el siguiente: Jesús acababa de realizar el milagro de la multiplicación de los panes y había instruido a sus discípulos que se subieran a la barca y se adelantaran a la otra orilla mientras Él despedía la gente para luego retirarse a orar, como solía hacer. Tal vez Jesús no quería que los discípulos se contagiaran con la excitación del pueblo por el milagro, o mejor dicho, por el aspecto material del milagro, ignorando el verdadero significado del mismo; la tendencia que tenemos de confundir lo temporal con lo eterno. De hecho, la versión de Juan nos dice que la multitud intentaba tomar a Jesús por la fuerza y hacerle rey (Jn 6,15).
Volviendo al relato, cuando la barca en que navegaban los discípulos iba a mitad de camino, siendo ya de noche, Jesús se percató que tenían un fuerte viento contrario y estaban pasando grandes trabajos para poder adelantar, así que decidió ir caminando hasta ellos sobre las aguas. Al verlo creyeron que era un fantasma, se sobresaltaron, y dieron un grito. Fue en ese momento que Jesús les dijo: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”.
Aquí se hace más obvio que los discípulos no habían comprendido en tu totalidad el verdadero significado y alcance del milagro de la multiplicación de los panes. De lo contrario, sabrían que, más que un acto de taumaturgia (capacidad para realizar prodigios), como podría hacerlo un mago, lo que ocurrió allí fue producto del Amor de Dios. Si lo hubiesen entendido, estarían inundados del Amor de Dios, estarían conscientes de la divinidad de Jesús, y no habrían sentido temor cuando lo vieron caminar sobre las aguas.
Es aquí que la narración de Mateo se aparta de los paralelos de Marcos y Juan. Nos dice Mateo que Pedro, como para confirmar la identidad de Jesús, le dijo: “Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua”, a lo que Él le respondió: “Ven”. Pedro comenzó a caminar hacia Jesús sobre las aguas (porque le creyó a Jesús; llevó a cabo un acto de fe), hasta que apartó su mirada de Jesús y la fijó sobre la tempestad. Entonces se asustó, comenzó a hundirse, y gritó: “Señor, sálvame”. Jesús inmediatamente le extendió su mano y lo increpó: “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?” Dudó porque aún no había aprendido que no podía fiarse de sus propias fuerzas. Inmediatamente la Escritura añade: “En cuanto subieron a la barca, amainó el viento”.
¡Cuántas veces en nuestras vidas nos encontramos “remando contra la corriente”, llegando al límite de nuestra resistencia! En esos momentos, si abrimos nuestros corazones al Amor misericordioso de Dios, escucharemos una dulce voz que nos dice al oído: “Ánimo, soy yo, no tengas miedo”. Créanme, ¡se puede! Yo he logrado enfrentar situaciones que de otro modo hubiesen sido aterradoras, con la alegría y tranquilidad que solo el saberme amado por Dios podían brindarme. Porque Jesús “entró en la barca [conmigo], y amainó el viento”.
“Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo” (Sal 23,4).
“Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la
sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y
que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una
ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para
meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a
todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean
vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo” (Mt
5,13-16). En esta corta lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy,
Jesús utiliza dos imágenes para expresar
cómo debe ser nuestro anuncio de Reino.
La primera de ella, “sal del mundo” nos hace
preguntarnos, ¿cómo puede volverse sosa la sal? En la antigüedad, la sal se
usaba en unas rocas (cristales) que se sumergían en los alimentos y se sacaban
una vez sazonados, para volverse a usar, hasta que la roca se tornaba insípida.
Entonces se descartaba.
La segunda de ellas, la lámpara que se enciende
y no se pone debajo del celemín, sino en el candelero para que alumbre, resulta
más obvia para nosotros.
Jesús utiliza imágenes, situaciones, gestos,
que les son familiares a la gente, para transmitir la realidad invisible del
Reino. Probablemente ha visto a su propia madre en muchas ocasiones utilizar
una roca de sal para sazonar la sopa, o traer un candil al caer la noche para
iluminar la habitación en que se encontraban. Él echa mano de esas imágenes
sencillas, domésticas, familiares, para enseñarnos la actitud que debemos tener
respecto a la Palabra de Dios que recibimos.
No podemos ser efectivos en nuestro anuncio de
la Buena Noticia del Reino si no nos alimentamos continuamente con la Palabra y
la Eucaristía, pues llegará un momento en que nuestro mensaje perderá su sabor,
se tornará “soso”. Podremos continuar entre nuestros hermanos, pero ya no
seremos eficaces en nuestro anuncio del Reino.
Hemos dicho en innumerables ocasiones que no
basta con conocer la Palabra, tenemos que internalizarla, hacerla nuestra,
“creerle” a Jesús. Solo así lograremos que nuestro anuncio sea eficaz.
En la primera lectura de hoy (1 Re 17,7-16) la
viuda de Sarepta creyó en la Palabra de Dios que recibió de labios del profeta
Elías (“La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará,
hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra”) y compartió con
él el último alimento que le quedaba a ella y a su hijo; es decir, realizó un
“acto de fe”. Ese acto de fe hizo posible el milagro: “Ni la orza de harina se
vació, ni la alcuza de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio
de Elías”.
El mensaje de Jesús es claro y es uno. No
podemos “acomodarlo” a nuestros gustos, necesidades o deseos. Muchas veces
creerle a Jesús nos duele, nos asusta, nos exige sacrificios, privaciones,
“creer contra toda esperanza” (Rm 4,18) como Abraham. Pero de algo podemos
estar seguros, que si lo hacemos, veremos manifestarse la gloria de Dios.
Entonces todos el que nos rodea creerá…
Hoy celebramos la gran solemnidad de Pentecostés,
que conmemora (y actualiza) la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles mientras
se encontraban reunidos en oración, junto a la María, la madre de Jesús, y
otros discípulos, siguiendo las instrucciones y esperando el cumplimiento de la
promesa del Señor quien, según la narración de Lucas en el libro de los Hechos
de los Apóstoles, en el momento en que iba a ascender al Padre les pidió que no
se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre. La promesa “que yo
les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados
en el Espíritu Santo, dentro de pocos días” (Hc 1,4b-5). Y luego añadió: “recibirán
la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos
en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”
(1,8).
Se refería Jesús a la promesa que Jesús les
había hecho de enviarles su Santo Espíritu: “Os conviene que yo me vaya; porque
si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré”
(Jn 16,7). Jesús ya vislumbra en el horizonte aquella Iglesia a la cual Él
confiaría continuar su misión. Hasta ahora han estado juntos, él ha permanecido
con ellos. Pero tienen que “ir a todo el mundo a proclamar el Evangelio”. Cada
cual por su lado; y Él no puede físicamente acompañarlos a todos. Al enviarles
el Espíritu Santo, este podrá acompañarlos a todos. Así podrá hacer cumplir la
promesa que les hizo antes de marcharse: “Y he aquí que yo estoy con ustedes
todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).
En ocasiones anteriores hemos dicho que la fe
es la acción del creer, es actuar conforme a lo que creemos, es confiar
plenamente en la palabra de Dios. Más que creer en Dios es creerle a Dios,
creer en sus promesas.
Los apóstoles llevaron a cabo un acto de fe.
Creyeron en Jesús y le creyeron a Jesús. Por tanto, estaban actuando de
conformidad: Permanecieron en Jerusalén, y perseveraban en la oración con la
certeza de que el Señor enviaría su Santo Espíritu sobre ellos. Y como sucede
cada vez que llevamos a cabo un acto de fe, vemos manifestada la gloria y el
poder de Dios. En este caso ese acto de fe se
tradujo en la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y María la
madre de Jesús, episodio que nos narra la primera lectura de hoy (Hc 2,1-11).
Nos dice la lectura que “de repente, un ruido del cielo, como de un viento
recio, resonó en toda la casa donde se encontraban”.
Cuando pensamos en Pentecostés siempre
pensamos en las “lengüitas de fuego”, y pasamos por alto la ráfaga de viento
que precedió a las lenguas de fuego. Las últimas representan, no al Espíritu en
sí, sino a una de sus manifestaciones, el carisma de hablar en lenguas
extranjeras (xenoglosia). El poder pleno del Espíritu que recibieron aquél día
está representado en la ráfaga de viento. De ahí que la Iglesia, congregada
alrededor de María, recibió algo más; recibió la plenitud del Espíritu y con él
la valentía, el arrojo para salir al mundo y enfrentar la persecución, la
burla, la difamación que enfrenta todo el que acepta ese llamado de Jesús:
“sígueme”. Así, aquellos hombres y mujeres que habían estado encerrados por
miedo a las autoridades que habían asesinado a Jesús, se lanzan a predicar la
buena nueva de Jesús resucitado a todo el mundo.
Si invocamos el Espíritu Santo no hay nada que
nos dispongamos a hacer por el Reino que no podamos lograr. Y tú, ¿lo has invocado?
“Os he hablado de esto ahora que estoy a
vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi
nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he
dicho”. Con estas palabras de Jesús concluye el Evangelio de hoy (Jn 14,21-26).
A partir de hoy, según vayamos acercándonos a ese
gran acontecimiento de Pentecostés cuando el Espíritu se derrama sobre los
apóstoles reunidos en oración en torno a María, la madre de Jesús, veremos cómo
la liturgia nos irá preparando para ese día. Según la Cuaresma nos fue
preparando para la Pascua, la Pascua nos sirve de preparación para Pentecostés.
Según nos acerquemos a Pentecostés, las lecturas que nos presenta la liturgia continuarán
intensificando las alusiones al Espíritu Santo. Ese Espíritu que infundió en
los apóstoles el celo de la predicación para salir a conquistar el mundo para
Cristo, a instaurar el Reino de Dios en la tierra.
Pero sabemos que esa tarea no ha concluido,
que corresponde a nosotros, la Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios, continuarla.
Por eso tenemos que invocar continuamente el Espíritu Santo para que se derrame
sobre nosotros como lo hizo en aquél primer Pentecostés, y nos de la valentía y
la fortaleza para continuar proclamando la Palabra de Dios en todas partes y en
todo lugar, a tiempo y a destiempo, y de ese modo ayudar en la instauración del
Reino que ya ha llegado pero que todavía espera su culminación en la parusía
(segunda venida de Jesús).
Los santos Pablo y Bernabé nos proporcionan un
ejemplo del celo apostólico que debe caracterizar a todo discípulo de Jesús. La
primera lectura de hoy (Hc 14,5-18) nos presenta estos dos predicando, primero
en Licaonia, y luego en Listra y Derbe.
Nos cuenta el pasaje que “había en Listra un
hombre lisiado y cojo de nacimiento, que nunca había podido andar”. Este hombre
escuchaba con tanta atención la predicación de Pablo, que este, “viendo que
tenía una fe capaz de curarlo, le gritó, mirándolo: ‘Levántate, ponte
derecho’”. Inmediatamente el hombre dio un salto y echó a andar. El poder de la
Palabra, que cuando se une a un acto de fe, es capaz de mover montañas (Cfr.
Mt 17,20); la Palabra de Dios, que hace morada en nuestros corazones y es capaz
de desatar su poder a través de nosotros. Como nos dice Jesús en el Evangelio
de hoy: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a
él y haremos morada en él”.
Los que estaban allí, al ver el milagro, creyeron
que Pablo y Bernabé eran dioses y quisieron adorarles ofreciéndoles sacrificios.
Ambos tuvieron que reprender vigorosamente a todos hasta disuadirlos de que les
ofrecieran sacrificios.
Esta es una tentación que continuamente sale
al paso de todo los que predicamos la Palabra; la adulación de los que
atribuyen el poder de la Palabra al mensajero y no pueden, o no quieren a ver
al Autor. En esos momentos tenemos que mantener los pies en la tierra y
proclamar con humildad que nuestra predicación viene del Espíritu, y al igual
que Pablo y Bernabé, afirmar que tan solo somos unos instrumentos, mortales e
imperfectos, del Evangelio de Nuestro Señor.
Que pasen un hermoso día y una semana llena de
bendiciones.
La primera lectura que nos presenta la liturgia
para hoy está tomada del “Tercer Isaías” (65,17-21), que comprende los
capítulos 56 al 66 de ese libro. Estos capítulos, escritos por un autor anónimo
y atribuidos al profeta Isaías, fueron escritos durante la “era de la
restauración”, luego del regreso del pueblo judío a su país tras el destierro
en Babilonia. Es un libro lleno de esperanza y alegría, dentro de la
devastación que encontró el pueblo en Jerusalén a su regreso del destierro.
La lectura continúa el ambiente festivo del
domingo lætare que celebrábamos ayer: “Mirad: yo voy a crear un cielo
nuevo y una tierra nueva: de lo pasado no habrá recuerdo ni vendrá pensamiento,
sino que habrá gozo y alegría perpetua por lo que voy a crear. Mirad: voy a
transformar a Jerusalén en alegría, y a su pueblo en gozo; me alegraré de
Jerusalén y me gozaré de mi pueblo, y ya no se oirán en ella gemidos ni llantos”.
Es un anticipo de la promesa de la “nueva
Jerusalén” que san Juan nos presentará luego en el Apocalipsis en un ambiente
de boda (uno de mis pasajes favoritos): “Luego vi un cielo nuevo y una tierra
nueva porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no
existe ya. Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de
junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo. Y oí una
fuerte voz que decía desde el trono: ‘Esta es la morada de Dios con los
hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él Dios – con –
ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte
ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado’” (Ap
21,1-4).
Es una promesa del Señor. Hay una sola
condición: escuchar Su Palabra y creerle al que le envió. Y eso tiene que
llenarnos de alegría. Así como el pueblo de Israel se levantó de entre las
cenizas de una Jerusalén y un Templo destruidos, esta lectura nos prepara para
la alegría de la Vigilia Pascual cuando resuene en los templos de todo el mundo
el Gloria, anunciando la Resurrección de Jesús.
La lectura evangélica (Jn 4,43-54) nos
presenta el pasaje de la curación del hijo de un funcionario real. Lo curioso
de este episodio es que es un pagano quien nos revela la verdadera naturaleza
de la fe: una confianza plena y absoluta en la palabra y la persona de Jesús,
que le hace resistir los reproches iniciales de Jesús (“Como no veáis signos y
prodigios, no creéis”) y le impulsa a actuar según esa confianza, sin necesidad
de ningún signo visible. Creyó en Jesús, y “le creyó” a Jesús. Eso fue suficiente
para emprender el camino de regreso a su casa con la certeza de que Jesús le
había dicho: “Anda, tu hijo está curado”. Él creyó que su hijo estaba sano, y este
fue sanado.
Nosotros tenemos la ventaja del testimonio de
Su gloriosa Resurrección. Aun así, tenemos que preguntarnos: ¿Realmente le creo
a Jesús?
En esta Cuaresma, oremos: “Señor yo creo, pero
aumenta mi fe”.
Todas las lecturas de hoy nos refieren la
oración, enfatizando la oración impetratoria o de petición fervorosa.
La primera lectura, tomada del libro de Ester
(3,6; 4,11-12.14-16.23-25), nos presenta a la reina Ester pidiendo
fervorosamente la protección de Dios en un momento de gran peligro en que temía
por su vida. La plegaria de Ester refleja su total confianza en el Señor y sus
promesas, confianza que solo puede emanar de la fe. Esa fe se refleja en la
manera en que Ester actuó inmediatamente después de su oración. Actuó conforme
a su certeza en que Dios había escuchado su oración. En eso consiste la fe.
Ester reconoce su pequeñez, su impotencia, su
soledad (“estoy sola y no tengo otro defensor fuera de ti”), y pone toda su
confianza en Dios con una certeza que solo puede emanar de la fe verdadera.
La lectura evangélica (Mt 7,7-12), por su
parte, nos evoca esa plegaria de Ester. En este pasaje Jesús nos enseña a pedir
con la confianza en que nuestro Padre que está en el cielo siempre está
dispuesto a darnos si le pedimos con ese mismo espíritu. Ya la antífona del
Salmo (137) nos había puesto en “sintonía”: “Cuando te invoqué, me escuchaste,
Señor”.
El Evangelio nos dice: “Pedid y se os dará,
buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien
busca encuentra y al que llama se le abre. Si a alguno de vosotros le pide su
hijo pan, ¿le va a dar una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una
serpiente? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros
hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le
piden!”
El abandono a la voluntad y providencia de
Dios que surge de la verdadera fe no se manifiesta sentándose a esperar que Él
nos provea nuestras necesidades. Por el contrario, tenemos que “actuar” de
conformidad con esa confianza, esa certeza de que Dios escucha nuestra
plegaria. Si no buscamos no hallaremos; si no llamamos no se nos abrirá.
En su libro Ser como Dios manda (pp.49-50), Benjamín Oltra Colomer nos dice: “Creyente no es el que posee a Dios, sino el que se deja poseer por él. No eres tú quien posee la Revelación, si eres creyente, es ella la que te posee a ti. Es la Palabra de Dios la que embarga, hipoteca y guía tu vida dirigiendo tus pasos y haciendo que aceptes la voluntad de Dios como propia”.
Cuando llegamos a ese grado de compenetración
con Dios en la oración, Su voluntad guía nuestra súplica, y nuestra petición
coincide con Su voluntad, que siempre coincide con el mayor bien para nosotros.
Por tanto, no pediremos nada que sea contrario a Su voluntad. Entonces Dios
siempre nos dará lo que le pedimos, porque todo lo que le pidamos será “bueno”.
Durante este tiempo de Cuaresma, pidamos al
Señor que nos permita crecer en la fe de tal manera que nuestra oración de
petición vaya siempre precedida de una acción de gracias (Cfr. Jn 11,41).
La lectura evangélica (Mc 2,1-12) que nos
brinda la liturgia para hoy nos presenta la continuación de la misión de Jesús.
Ya Él había ganado fama por los prodigios que estaba obrando, y donde quiera
que fuera la gente se le acercaba para que les curara a ellos o a sus seres
queridos.
En el pasaje de hoy encontramos a Jesús
regresando a Cafarnaún. Tan pronto llegó a la casa y se corrió la voz, llegó
tanta gente que no cabían en el lugar. “Acudieron tantos que no quedaba sitio
ni a la puerta”. La escritura hace énfasis en que Jesús “les proponía la
palabra”. El anuncio del Reino. El tema central de la predicación de Jesús.
Estando allí llegaron unos hombres que traían
a un amigo paralítico para que Jesús lo curara. “Llegaron cuatro llevando un
paralítico y, como no podían meterlo, por el gentío, levantaron unas tejas
encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con
el paralítico”. Ellos creían en el poder sanador de Jesús. Y esa fe les hizo
actuar de conformidad con esa creencia.
Este pasaje nos lleva a una cuestión
fundamental de la fe. Aunque muchas veces usemos los términos indistintamente,
una cosa es creer y otra tener fe. Son dos cosas distintas.
Yo puedo creer, pero si no actúo de
conformidad con lo que creo, no tengo fe. La fe es la que me hace actuar, y esa
actuación es la que hace que el poder de Dios se manifieste. La fe es el
“gatillo” que dispara el poder de Dios. Si yo no actúo conforme a lo que creo
nunca veré el poder de Dios. Por eso la fe es algo que “se ve”, como lo fue la
de aquellos que llevaron su amigo ante Jesús para que éste le curara. Ellos
creían, y actuaron conforme a lo que creían. No se limitaron a creer que Jesús
podía curar a su amigo; actuaron acorde a dicha creencia. Tan seguros estaban
que llegaron al extremo de treparlo al techo, hacer un boquete en el techo, y
descolgarlo hasta enfrente de Jesús. Es de notar que la escritura nos dice que
“Viendo Jesús la fe que tenían”, primero dice al paralítico: “Hijo, tus pecados
quedan perdonados”, y más adelante: “Levántate, coge tu camilla y vete a tu
casa”.
La frase clave es “VIENDO Jesús la fe que
tenían”. De nada nos sirve creer en Dios si esa creencia no se convierte en un
acto que demuestre lo que creemos. Si nos limitamos a “creer” y nos cruzamos de
brazos, nunca veremos manifestarse la gloria de Dios. Un ejemplo lo tenemos en
Zacarías, el padre de Juan en Bautista. Cuando Dios le dejó saber que su esposa
concebiría y daría a luz un hijo a pesar de su esterilidad y avanzada edad, si
él se hubiese cruzado de brazos y no se hubiese juntado con su esposa Isabel,
esta no habría concebido y dado a luz.
Señor que mi fe se “vea”, de manera que todo
el que se acerque a mí, vea la manifestación de tu poder y crea. Por Jesucristo
nuestro Señor.
En la primera lectura para hoy (Núm
24,2-7.15-17a) encontramos un anuncio temprano de la venida del futuro Mesías.
Lo curioso del caso es que el anuncio viene de un pagano, Balaán, “vidente” a
quien el rey de Moab había encargado
maldecir al pueblo de Israel, que tenía intenciones de atravesar su
territorio, ya a finales del Éxodo, luego de cuarenta años de marcha a través
del desierto de Sinaí.
No podemos perder de vista que el éxodo es el
resultado de la primera vez que Dios decide “intervenir” en la historia y tomar
partido con su pueblo que vivía esclavizado en Egipto. Por tanto, no podía
permanecer con los brazos cruzados. Ante las pretensiones del rey moabita, Dios
“toca el corazón” del vidente pagano, quien lejos de maldecir, bendice al
pueblo de Israel y profetiza el futuro mesiánico, que vendrá, no solo para el
pueblo de Israel, sino para todo el mundo. Inicialmente esta profecía se
entendió cumplida en la persona del rey David, pero más adelante se interpretó
por el pueblo, y los primeros cristianos, que se refería al Mesías esperado.
Hemos dicho que el tiempo de Adviento es
tiempo de preparación, de espera, de anticipación, de encaminarse hacia… Dios
viene al encuentro de todos los que le esperan, pero no se impone a nadie. Él
“toca a la puerta”, pero no nos obliga a recibirle. Se trata de un acto de fe.
El que no quiere creer no va a aceptar ningún argumento, explicación ni
evidencia, por más contundente que sea. Así, quien no quiere dejarse convencer
por la persona y las palabras de Jesús, tampoco podrá serlo por ninguna
discusión.
Ese es el caso que nos presenta la lectura
evangélica de hoy (Mt 21,23-27). Luego de echar a los mercaderes del Templo,
Jesús continúa moviéndose en sus alrededores y, estando allí, se le acercan
unos sumos sacerdotes y ancianos para cuestionarle con qué autoridad les había
echado: “¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?”.
Jesús les responde con otra pregunta: “Os voy
a hacer yo también una pregunta; si me la contestáis, os diré yo también con
qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan ¿de dónde venía, del cielo o de
los hombres?”. Ellos saben que no importa cómo contesten van a quedar en
evidencia, pues si dicen que del cielo, quedan como no-creyentes, y si dicen
que de los hombres, se ganan el desprecio del pueblo que tiene a Juan como un
gran profeta, lo que en aquellos tiempos podía acarrearles incluso el
linchamiento por blasfemos. Ante esa disyuntiva prefieren pasar por ignorantes:
“No sabemos”. A lo que Jesús replicó: “Pues tampoco yo os digo con qué
autoridad hago esto”.
La réplica de Jesús había sido una invitación
a recapacitar; más aún, una invitación a la conversión. Aquellos miembros del
consejo se negaban a reconocer que Juan había sido enviado para allanar el
camino para la llegada del Mesías: Jesús de Nazaret. Por eso se niegan a
reconocer (o les resulta conveniente ignorar) el nuevo tiempo de salvación
inaugurado con Jesús.
Hoy día no es diferente. Jesús se nos presenta
como nuestro Salvador. Y el Adviento es buen tiempo para recapacitar, para la
conversión. Solo así podremos reconocerle y aceptar su mensaje de salvación.