REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA DECIMOSÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (2) 31-07-18

El evangelio de hoy (Mt 13,36-43) es la explicación que el mismo Jesús nos brinda de la parábola de la cizaña que leyéramos el pasado sábado de la decimosexta semana del tiempo ordinario.

Como primera lectura, la liturgia nos sigue presentando al profeta Jeremías (14,17-22). Este cántico de Jeremías es una invocación desgarradora, una plegaria penitencial invocando la ayuda y misericordia de Dios ante dos tragedias que enfrentaba el pueblo judío. Por un lado, una sequía devastadora que llevaba varios años arropando al país, con la consecuente hambruna y miseria, y por otro lado las guerras en las que Yahvé parecía haber abandonado a su pueblo, con la inminencia de una invasión y la subsiguiente deportación. Ante este cuadro Dios guarda silencio: “desfallecidos de hambre; tanto el profeta como el sacerdote vagan sin sentido por el país”. Tal parece que el grito colectivo es: ¡Señor, ¿dónde estás?, no nos ocultes tu rostro!

A ese grito desesperado le sigue un acto de contrición: “Señor, reconocemos nuestra impiedad, la culpa de nuestros padres, porque pecamos contra ti”. Finalmente hace lo que nosotros solemos hacer, le reclamamos nuestros “derechos” bajo la alianza que nosotros mismos hemos incumplido: “recuerda y no rompas tu alianza con nosotros”. El profeta, a nombre del pueblo lo intenta todo, inclusive pedirle a Dios que, si no por ellos, al menos por su propio prestigio, para que otros pueblos no piensen que su Dios es “flojo”. Y en una oración que nos evoca la oración del profeta Elías a Yahvé en el monte Carmelo que puso fin a una gran sequía, a diferencia de los profetas de Baal que no pudieron (Cfr. 1 Re 18,20-46), Jeremías exclama: “¿Existe entre los ídolos de los gentiles quien dé la lluvia? ¿Soltarán los cielos aguas torrenciales? ¿No eres, Señor Dios nuestro, nuestra esperanza, porque tú lo hiciste todo?”

El cuadro que nos presenta Jeremías no dista mucho de nuestra situación actual, aunque en diferente contexto. Nos sentimos atribulados por la estrechez económica que parece arropar al mundo entero, unido a una violencia que parece seguir escalando fuera de control, al punto que “tanto el profeta como el sacerdote vagan sin sentido por el país”. Y nos preguntamos que dónde está Dios… Y le reclamamos… Pero somos nosotros los que nos hemos alejado de Él, los que le hemos echado de nuestros hogares, nuestros lugares de trabajo, nuestras escuelas, nuestras instituciones, nuestros gobiernos, y hasta de nuestras iglesias. ¡Y tenemos la osadía de preguntar qué nos pasa!

Parece que no entendemos, o no queremos admitir, que el llamado “silencio de Dios” es provocado por nuestro alejamiento como pueblo. Todavía estamos a tiempo. Si nos convertimos y volvemos al Señor, Él saldrá a nuestro encuentro, se echará a nuestro cuello, nos besará y nos recibirá de vuelta en su Casa (Cfr. Lc 11-32). De nosotros depende; Él nos está esperando. Y tú, ¿qué vas a hacer al respecto?

REFLEXIÓN PARA LA MEMORIA OBLIGATORIA DE SANTA MARTA 29-07-14

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Hoy celebramos la memoria obligatoria de santa Marta, la hermana de Lázaro y María, amigos de Jesús. Marta es un nombre hebreo que significa “señora; jefe del hogar”. La Escritura nos dice que “Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro” (Jn 11,5). Estos hermanos vivían en Betania, una aldea distante como a cuatro kilómetros de Jerusalén, cuyo en cuyo hogar se hospedó Jesús cuando movió su predicación de Galilea a Judea.

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para esta memoria obligatoria (Jn 11,19-27) es el pasaje en que Marta sale al encuentro de Jesús cuando este llegó tras la muerte de su hermano Lázaro. Las palabras de Marta son a la vez un reclamo (no de coraje, sino imbuido del cariño propio de un amigo) y una profesión de fe: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas”.

A ese intercambio inicial sigue una conversación entre Jesús y Marta, en la que Marta reafirma su fe en Jesús, en su mensaje, y en su obra salvífica. Los últimos tres versículos del pasaje de hoy son una verdadera catequesis: “Jesús le dijo: ‘Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?’. Ella le respondió: ‘Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo’”.

Esa profesión de fe de Marta se vio coronada con la revitalización de su hermano Lázaro. Marta estaba segura del poder de Jesús (creía en Jesús y le creía a Jesús), y ni la muerte de su hermano pudo destruir esa certeza.

La primera lectura (Jr 14,17-22) nos presenta un cántico del profeta Jeremías que es un grito desgarrador, una plegaria penitencial invocando la ayuda y misericordia de Dios ante dos tragedias que enfrentaba el pueblo judío: una sequía que llevaba varios años arropando al país, y las guerras en las que Yahvé parecía haber abandonado a su pueblo.

Ante esa situación el pueblo recurre a Dios y, además de reclamar sus “derechos” bajo la Alianza que ellos mismos habían incumplido, llega incluso a pedirle a Dios que, si no por ellos, al menos por su propio prestigio, para que otros pueblos no piensen que su Dios es “flojo”.

El cuadro que nos presenta Jeremías no dista mucho de nuestra situación actual, aunque en diferente contexto. Nos sentimos atribulados por la estrechez económica que parece arropar al mundo entero (sin hablar de la sequía que está afectando nuestra tierra), unido a una violencia que parece seguir escalando fuera de control, al punto que “tanto el profeta como el sacerdote vagan sin sentido por el país”. Y nos preguntamos dónde está Dios… Y le reclamamos… Pero somos nosotros los que nos hemos alejado de Él, los que lo hemos echado de nuestros hogares, nuestros lugares de trabajo, nuestras escuelas, nuestras instituciones, nuestros gobiernos, y hasta de nuestras iglesias. ¡Y tenemos la osadía de preguntar qué nos pasa!

Parece que no entendemos, o no queremos admitir, que el llamado “silencio de Dios” es provocado por nuestro alejamiento como pueblo. Todavía estamos a tiempo. Si nos convertimos y volvemos al Señor, Él saldrá a nuestro encuentro, se echará a nuestro cuello, nos besará y nos recibirá de vuelta en su Casa (Cfr. Lc 11-32). De nosotros depende; Él nos está esperando. Y tú, ¿qué vas a hacer al respecto?