REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO XXVIII DEL T.O. (A) 12-10-14

Banquete de Bodas Mt 12,1-14

El Evangelio de hoy (Mt 22,1-14) nos presenta una de las parábolas del Reino. Jesús compara el Reino con un banquete de bodas, enfatizando la apertura del Reino a todos por igual, sin distinción entre “malos y buenos”.

En esta ocasión el mensaje gira en torno a la invitación, al llamado, a la vocación (de latín vocatio, que a su vez se deriva del verbo vocare = llamar) que todos recibimos para participar del “banquete” del Reino (nuestra vocación a la santidad), y la respuesta que damos a la misma.

Nos narra la parábola que un rey celebraba la boda de su hijo con un gran banquete y envió a sus criados a invitar a sus numerosos invitados y ninguno aceptó. Envió nuevamente a los criados, pero algunos convidados prefirieron atender sus asuntos (“uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios”), mientras los restantes mataron a los criados. Esto provocó que el rey montara en cólera y mandara matar a los asesinos e incendiar su ciudad.

Entonces el rey dijo a sus criados: “‘La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda’. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos”.

Esta parábola pone de relieve que normalmente cuando estamos satisfechos con lo que tenemos, no sentimos necesidad de nada más, ni siquiera de Dios. Y cuando recibimos su invitación, hay otras cosas que en ese momento son más importantes (mi trabajo, mi negocio, mis propiedades, mi familia, mi auto, mis diversiones). Está claro que la entrada al banquete del Reino requiere una invitación. Pero hay que aceptar esa invitación ahora, porque la mesa está servida, y lo que se nos ofrece es superior a cualquier otra cosa que podamos imaginar. Por eso Jesús nos dice: “El que a causa de mi Nombre deje casa, hermanos o hermanas, padre, madre, hijos o campos, recibirá cien veces más y obtendrá como herencia la Vida eterna” (Mt 19,29). Pero si algo caracteriza a Jesús es que nos invita pero no nos obliga.

Otra característica de la invitación de Jesús expresada en la parábola, es su insistencia. Él nunca se cansa de invitarnos, de llamarnos a su mesa (Cfr. Ap 3,20). Jesús quiere que TODOS nos salvemos. Por eso el rey recibió a todos, “malos y buenos”, hasta que “la sala de banquetes se llenó de comensales”.

Pero, como hemos dicho en ocasiones anteriores, la invitación de Jesús viene acompañada de lo que yo llamo la “letra chica”, las condiciones del seguimiento, que muchos encuentran “duras” (Cfr. Jn 6,60), por lo que optan por rechazar la invitación, mientras otros pretenden aceptar la invitación al banquete sin “vestirse de fiesta”. Ante estos últimos el rey dijo a sus criados: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”. “Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”.

Señor, dame la gracia para aceptar tu invitación con alegría sin que mis “asuntos” me impidan asistir “vestido de fiesta” para ser contado entre el grupo de los “escogidos” a participar del banquete de bodas del Cordero (Cfr. Ap 19,9).

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA SEMANA XXVI DEL T.O. (2) 01-10-14

seguimiento de Jesus

Como primera lectura para hoy la liturgia continúa con el libro de Job (9,1-12.14-16) y la conversación que tiene con los tres amigos que vienen a consolarlo pero que, lejos de hacerlo, lo que logran es hacer más difícil su aceptación de lo que le está sucediendo. Job se mantiene firme en que es imposible escudriñar los misterios de Dios y cómo Él, en su infinita sabiduría dispone todo sin que podamos encontrar la respuesta a la famosa pregunta: ¿por qué?

La segunda lectura (Lc 9,57-62) nos presenta a Jesús, que continúa esa última “subida” a Jerusalén para enfrentar su hora suprema. Con tres frases lapidarias, dirigidas  tres de los discípulos que le acompañaban, Jesús expone las “condiciones” del seguimiento.

Vemos de entrada que el primero no es “llamado” por Jesús, sino que se ofrece voluntariamente. Jesús se limita a enumerar las dificultades, las privaciones, los sacrificios que el verdadero discípulo de Él ha de enfrentar. Es obvio que ese “voluntario” no está consciente que Jesús va camino a enfrentar su muerte, y que el discípulo tiene que estar dispuesto a compartir la misma suerte que su maestro.

El segundo sí es llamado, con la palabra única que Jesús suele utilizar: “Sígueme”. Este también pretende imponer sus propias condiciones al Maestro: “Déjame primero ir a enterrar a mi padre”, a lo que Jesús responde: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios”. Con esta exageración, rayando en la locura, Jesús pretende sacudir al discípulo, con el propósito de transmitir el mensaje de que NADA es más importante que el seguimiento y la misión. Más adelante lo dirá con toda claridad: “Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,26). Palabras fuertes, pero Jesús exige ese seguimiento radical, incondicional. Por eso muchos son los llamados pero pocos los escogidos (Mt 14,22).

Con el tercer discípulo Jesús acentúa otra característica que Él espera en el verdadero discípulo. El discípulo le pide tiempo para ir a despedirse de su familia. De nuevo el apego a las relaciones familiares que nos proporcionan “seguridad”. Nuevamente una respuesta tajante de parte de Jesús: “El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios”. Está claro que Jesús no quiere seguidores a medias. Una vez se comienza el seguimiento, ya no hay marcha atrás; aquí es que se prueban los verdaderos discípulos. Él nos quiere calientes o fríos, no tibios, porque si nos tornamos tibios Él va a “vomitarnos” de su boca (Ap 3,15-15).

El mensaje de Jesús es claro. Él nos invita a seguirle, pero ese seguimiento implica sacrificios, privaciones, humillaciones, persecuciones, pruebas. Hoy tenemos que preguntarnos: ¿Estoy dispuesto a seguir los pasos del Maestro atendiendo a su llamado con todo lo que ese seguimiento implica?

Señor, envía tu santo Espíritu sobre nosotros para que nos de fortaleza para sobreponer esas tibiezas que nos impiden  perseverar en el seguimiento de Jesús.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SEMANA XXV DEL T.O. (2) 27-09-14

anuncio de la pasion

La lectura evangélica que nos presenta la liturgia para este sábado de la vigesimoquinta semana del tiempo ordinario (Lc 9, 43b-45) se sitúa, dentro de la narración de Lucas, justo al final de la actividad de Jesús en Galilea, antes del comienzo de la “subida” de Jesús a Jerusalén.

Hasta ahora hemos visto el éxito de la predicación de Jesús, pero sobre todo el entusiasmo y admiración generados entre la gente que lo seguía, motivados primordialmente por sus milagros y portentos. Una admiración “ficticia”. Jesús quería asegurarse que sus discípulos no se dejaran apantallar por el éxito de su gestión; quería apartar de ellos toda expectativa de mesianismo terrenal, enfatizando el fin que le aguardaba, y cómo ese final habría de ser la culminación de su misión salvadora.

En el pasaje que contemplamos ayer (Lc 9,18-22), vimos el primer anuncio de la pasión: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día”.

La lectura de hoy, que contiene el segundo anuncio de la pasión en el relato de Lucas, comienza reiterando “la admiración general por lo que (Jesús) hacía”. Tal parece que los discípulos se dejaban contagiar fácilmente por ese entusiasmo. Jesús percibe esto y, por el lenguaje fuerte que utiliza, parece regañar a sus discípulos: “Meteos bien esto en la cabeza: al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres”. Es como si les dijera: “entiéndanlo bien, cabezones”.

A pesar de que el lenguaje utilizado por Jesús alude claramente a los profetas Daniel (7,13-14) e Isaías (53,2-12), los discípulos no lo entendieron. “Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro que no cogían el sentido”. No “cogían el sentido” porque estaban disfrutando vicariamente del éxito de Jesús; algo así como cuando el manejador, los luminotécnicos, sonidistas y músicos, se disfrutan el éxito de un famoso cantante. Estaban embriagados por la fama de su maestro.

La realidad es que no comprendían porque no querían comprender. No querían dañar aquello tan bueno que estaban sintiendo. Por eso “les daba miedo preguntarle sobre el asunto”.

Algo parecido nos sucede a nosotros cuando queremos disfrutar del amor, de la bondad y misericordia de Dios, pero no queremos saber de la “cruz”. Preferimos tararear pretendiendo que cantamos, como los niños malcriados, para no escuchar cuando Jesús nos dice: “El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mt 16,24). Tan solo nos gustan los pasajes “bonitos”, como cuando nos dice: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt 11,28).

Se nos olvida que la Cruz representa el mayor acto de amor, el triunfo definitivo de Jesús sobre la muerte, el camino hacia la Gloria. En palabras de Lope de Vega: “Sin Cruz no hay Gloria ninguna, ni con Cruz eterno llanto,  Santidad y Cruz es una, no hay Cruz que no tenga santo, ni santo sin Cruz alguna”.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA SEMANA XXIII DEL T.O. (2) 09-09-14

eleccion de los 12

El relato evangélico que nos brinda la liturgia de hoy (Lc 6,12-19) nos narra la elección de “los doce”, como preludio al discurso de las Bienaventuranzas, que Mateo ubica en un monte (Mt 5,1 – de ahí el nombre de “Sermón de la montaña”), mientras Lucas lo hace “en un llano”. Sobre esto ya habíamos hablado en otra ocasión, al comentar la versión de Mateo de las Bienaventuranzas.

Nos dice la lectura que: “En aquel tiempo, subió Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles”.

Este pasaje nos apunta a una característica de Jesús: La oración constante. Jesús vivió toda su vida toda su vida pública en un ambiente de oración, desde su bautismo (Lc 3,21), hasta su último aliento de vida (Lc 23,46). Son innumerables las ocasiones en que Jesús “se retiraba a un lugar apartado a orar”. De hecho, el evangelio según san Lucas nos presenta a Jesús orando en once ocasiones. Podemos decir que su actividad salvadora se alimentaba constantemente de ese diálogo silencioso con su Padre celestial. Y la elección de sus apóstoles no fue la excepción. Nos dice el pasaje que previo a la elección de los doce “pasó la noche orando a Dios”. No debemos olvidar que Jesús es Dios, pero aun así deseaba “compartir” su decisión con el Padre y el Espíritu en ese misterio insondable del Dios Uno y Trino. Vemos por otro lado, que su oración no se limitó a una “visita de cortesía”. No; pasó toda la noche en oración.

Jesús nos invita constantemente a seguirle. Y el verdadero discípulo sigue los pasos del maestro. Si analizamos la vida de los grandes santos y santas de nuestra Iglesia descubrimos un denominador común: Todos fueron hombres y mujeres de oración, personas que “respiraban” oración; personas comunes como tú y como yo, que forjaron su santidad a base de la oración. Discípulos que supieron seguir los pasos del Maestro. Personas como Santo Domingo de Guzmán y tantos otros que supieron pasar las noches en vela dialogando con el Padre, tal y como lo hacía Jesús.

Jesús nos invita a seguirle… Hoy debemos preguntarnos, ¿cuándo fue la última vez que yo pasé una noche, o una mañana, o una tarde entera teniendo una conversación de amigos con Dios? Yo puedo hablarles de mi propia experiencia. En las pocas ocasiones en que he descuidado, o me he alejado de la oración, toda mi vida se complica, las cosas no salen bien, comienzo a ver el lado negativo de todas las experiencias; hasta que caigo en la cuenta de lo que siempre he sabido: Yo solo no puedo, mientras “todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fl 4,13). Entonces retomo el diálogo con mi amigo Jesús.

Lo mejor que tiene ese amigo es que SIEMPRE está disponible; no tenemos que llamarlo para saber si está en casa, o si puede recibirnos. De hecho, es Él quien está llamando a nuestra puerta (Ap 3,20). Lo único que tenemos que hacer es abrirle; y tiene todo el tiempo del mundo para nosotros; Él es el dueño del tiempo, de la eternidad…

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA SEMANA XXII DE T.O. (2) 04-09-14

Pescadores de hombres 3 sm

El Evangelio que nos brinda la liturgia de hoy es la versión de Lucas de la “pesca milagrosa” (Lc 5,1-11). La mayoría de los exégetas enfatizan de este pasaje el simbolismo de la barca como imagen de la Iglesia, Pedro como cabeza de la Iglesia, y el echar las redes como la predicación de la Iglesia (que se configura con la expresión de Jesús al final del pasaje: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”). No obstante, teniendo en mente que en el relato de Lucas “discípulo” es sinónimo de “cristiano”, dividiremos el pasaje en tres partes: la gente que “se agolpaba” alrededor de Jesús para escuchar su Palabra, los discípulos que confían en esa Palabra y se hacen a la mar en contra de toda lógica, y los que lo abandonan todo para seguir a Jesús (“…dejándolo todo, lo siguieron”).

La primera distinción que establece el relato es entre aquellos que lo escuchaban y los discípulos que confían en su Palabra. Simón es un pescador profesional, él sabe que la noche es el momento propicio para la pesca (“nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada”). Ahora viene Jesús, que es un carpintero que no sabe de pesca, y le dice: “Rema mar adentro, y echa las redes para pescar”. Están cansados, lo que Jesús le pide es contrario a su experiencia. Aun así, Pedro decide confiar en Su palabra (“por tu palabra, echaré las redes”), con resultados extraordinarios: “Hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a lo socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían”.

Pedro y los discípulos que le acompañaban confiaron en Jesús y en su Palabra. Por los resultados maravillosos obtenidos comprendieron, no solo la necesidad de creer en Su Palabra, sino que no hay tal cosa como un tiempo propicio para predicar el Evangelio que Jesús nos envía a predicar (Cfr. Mc 16,15-20). Hay que hacerlo “a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,2). Y cuando Jesús está sentado en nuestra barca, como lo estaba en la de Simón, el resultado no se hace esperar. Pero para lograr ese resultado tenemos que “echarnos a la mar”. No podemos permanecer tranquilos en la orilla. Como nos ha dicho el papa Francisco, tenemos que abrir las puertas de la Iglesia, no para que la gente entre, sino para salir nosotros a la calle a “armar líos”. Tenemos que escuchar su Palabra, confiar en ella, y actuar conforme a ella. Así nos convertiremos en “pescadores de hombres”.

Luego viene la verdadera actitud del discípulo; dejarlo todo y seguirle. Esta es tal vez la parte más difícil, sobre todo por el apego natural que sentimos por las cosas de este mundo. Como hemos dicho en ocasiones anteriores, no tenemos que tomar esto literalmente. Lo que esto significa es que pongamos a Jesús como el centro de nuestras vidas, que todas las cosas terrenales palidezcan, se conviertan en secundarias, a nuestro seguimiento de Jesús.

“Señor, que Jesús tu Hijo obre y actúe con y en nosotros, para que cada uno de nosotros tengamos el valor de decir: Aquí me tienes, Señor, envíame como tu mensajero” (Oración colecta).

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA SEMANA XXII DEL T.O. (2) 03-09-14

poniendo-las-manos-sobre-cada-uno-de-ellos

El pasaje evangélico que nos presenta la liturgia de hoy (Lc 4,38-44), la curación de la suegra de Pedro, aparenta ser uno sencillo, envuelto en la cotidianidad. Jesús ha salido de la sinagoga y va a casa de su amigo Pedro. Es un tramo corto; Pedro vive cerca de la sinagoga. De hecho, la casa de Pedro se ve desde la sinagoga. La suegra de Pedro está enferma, con fiebre muy alta. Nos dice la escritura que Jesús “increpó a la fiebre” y esta se curó. Se riega la voz. Comienzan a traerle enfermos y Él los cura a todos; y hasta echa demonios. Nos hallamos en el último año de la vida pública de Jesús.

Esta escena nos muestra cómo va haciéndose realidad el “año de gracia del Señor” que Jesús había anunciado poco antes en el “discurso programático” pronunciado en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,19). Jesús sigue manifestando su poder, hasta los demonios saben que Él es el Mesías: “Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías”.

Tres cosas queremos resaltar de este pasaje.

En primer lugar, vemos cómo tan pronto Jesús curó a la suegra de Simón, ella “levantándose enseguida, se puso a servirles”. Jesús nos llama a servir de la misma manera que Él lo hace. Su vida terrenal se desarrolló en un ambiente de servicio amoroso al prójimo. Él nos llama a todos. Si hemos de seguir sus pasos tenemos que poner nuestros carismas al servicio de los demás, compartir las gracias que Él nos ha prodigado. Y no se trata de hacerlo “mañana”. No; hemos de hacerlo con la misma prontitud que Él lo hace. Tenemos que estar prestos a servir cuando se nos necesita, no “cuando tengamos tiempo”. Esa es la característica distintiva del verdadero discípulo de Jesús.

Otro detalle que cabe resaltar es cómo Jesús curaba los enfermos “poniendo las manos sobre cada uno”. Él pudo haberlos curados a todos con su mera presencia, o con el poder de su Palabra a todos en grupo. Pero optó por hacerlo de manera personal. Nos está demostrando que para Él todos y cada uno de nosotros es importante, único, especial; que nos ama individualmente, que quiere tener una relación personal con cada cual; que no somos “uno más”.

Finalmente, vemos cómo la gente “querían retenerlo para que no se les fuese”; a lo que Jesús les dijo: “También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado”. A veces estamos tan “enamorados” de Jesús que queremos acapararlo, apropiarnos de Él. Nos tornamos egoístas. O peor aún, pretendemos aprovecharle, monopolizarle. Olvidamos que Él vino para todos. Lo mismo aplica a su Palabra. Si pretendemos retener el Evangelio para nosotros lo desvirtuamos. Jesús es la “Buena Noticia”, y si no la compartimos deja de serlo.

En este día que comienza, pidamos al Señor que abra nuestros corazones para recibir el poder sanador de Jesús, producto de su amor, y nos conceda el don de la generosidad para compartirlo con todos, especialmente mediante el servicio a Él y a los demás, como lo hizo la suegra de Simón Pedro.

REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO XXII DEL T.O. (A) 31-08-14

cargue con su cruz y me siga

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para este vigesimosegundo domingo del tiempo ordinario (Mt 16,21-27) es la secuela de la profesión de fe Pedro.

Y como no hay profesión de fe sin prueba (1 Pe 1,7), Jesús no pierde tiempo en anunciar el camino que le espera: “Empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día”. En esta expresión de Jesús no hay insinuaciones, ni simbolismos; es la verdad cruda y tajante de lo que le espera. Los verbos que utiliza son inequívocos: “padecer”, “ser ejecutado”, y “resucitar”. Es el primer anuncio de la pasión por parte de Jesús. Pero los discípulos todavía no captan el verdadero significado de Sus palabras.

Pedro, contento de haber recibido el don de la fe que le permitió confesar el mesianismo de Jesús, se escandalizó y comenzó a increparlo. Su naturaleza humana le impedía aquilatar el valor salvífico del camino de la pasión que Jesús tenía que caminar. Continuaba pensando en un Mesías libertador, un líder político que los librara del Imperio Romano. Por eso Jesús le reprende, utilizando las mismas palabras que usó para reprender a Satanás cuando le tentó en el desierto (Mt 4,10): “¡Quítate de mi vista, Satanás!”.

Pedro se había quedado en el “gozo” de la fe, pero no había podido concretizarla; no había alcanzado a leer la “letra chica” que Jesús no tarda en señalarle en los versículos que siguen “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.” De nuevo los adjetivos inequívocos: “negarse” a sí mismo, “cargar” con la Cruz, “seguirlo”…

Jesús nos invita a seguirle, pero ese seguimiento no puede ser a medias, tiene que ser radical; Jesús no admite términos medios ni tibiezas. “Nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el Reino de Dios” (Lc 9,62). “Ojalá fueras frío o caliente. Pero como eres tibio, y no frío ni caliente voy a vomitarte de mi boca” (Ap 15b-16). Palabras fuertes, pero que expresan la seriedad del compromiso que contraemos los que decidimos seguir a Jesús. En otras palabras, no existe tal cosa como un cristiano light.

Ese es el gran problema de nuestros tiempos, el Cristo de la prosperidad, el Cristo hecho a la medida de cada cual. Nada parecido a la “locura de la Cruz” que predicó san Pablo.

Nadie ha dicho que esto de seguir a Jesús es fácil; pero el premio que nos espera vale la pena (1 Co 9,24-25; 1 Pe 5,4). Esa es la promesa que nos permite estar alegres en la enfermedad y en la tribulación. ¡Atrévete!

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE SANTA ROSA DE LIMA 30-08-14

Rosa de Lima

Hoy celebramos la Fiesta de Santa Rosa de Lima, la primera santa americana canonizada, patrona de las Américas, India y Filipinas y, al igual que Santa Catalina de Siena, a quien siempre trató de imitar, terciaria dominica. Santa Rosa de Lima también es la patrona del Laicado Dominico de Puerto Rico.

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia propia de la Fiesta (Mt 13,44-46) nos presenta las parábolas del tesoro y de la perla, contenidas en el segundo gran sermón (también llamado “discurso parabólico”) de Jesús, en el cual nos presenta siete parábolas del Reino:

“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró”.

Si examinamos estas dos cortas parábolas, tienen un elemento en común: la alegría desbordante de ambos personajes al encontrar el tesoro y la perla, respectivamente. Porque esa es la característica esencial de Evangelio, del anuncio de la Buena Noticia de Reino que se plasma en las Bienaventuranzas. Así, Jesús llama “bienaventurados”, “dichosos”, “felices”, a los que practican las bienaventuranzas. Se trata de la alegría de haber tenido un encuentro personal con Jesús, y haber sentido ese torrente de amor que se derrama sobre nosotros en la forma del Espíritu Santo. Es la verdadera “alegría del cristiano”, la alegría de haber encontrado a Jesús y darle cabida en nuestras almas, descubriendo en nuestras propias vidas la acción de Dios.

Es la alegría que nos permite sonreír en medio de la tribulación, de las persecuciones, los insultos, las pruebas, con la certeza de que Dios nos ama y habrá de hacer buen la promesa de Vida eterna, lo que san Pablo llama “‘la feliz esperanza’ que llena y alegra nuestras almas mientras esperamos confiadamente ‘la Manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo’” (Tit 2,13).

Jesús nos está diciendo que en la vida del cristiano, del verdadero seguidor de Jesús, no hay nada más valioso que los valores del Reino; tanto que tenemos que estar dispuestos a “venderlo” todo con tal de adquirirlos, con tal de asegurar ese gran tesoro que es la vida eterna. Eso incluye dejar “casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos y campos” por el nombre de Jesús. Y su promesa es generosa, “el ciento por uno” en el presente, y “la vida eterna” en el mundo venidero (Mt 19,27-39; Mc 10,28-31; Lc 18,28-30). Para el que ha encontrado ese “Tesoro”, ya nada más importa.

Rosa de Lima había encontrado ese gran tesoro que es el Amor de Dios, y ya todo palidecía, todo lo consideraba basura con tal de ganar Su amor (Cfr. Flp 3,8). Por eso, aún durante la larga y dolorosa enfermedad que precedió su muerte, su oración era: “Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor”.

Hoy, pidamos la intercesión de Santa Rosa de Lima para que el Señor nos conceda la perseverancia para continuar en el camino hacia la santidad.

REFLEXIÓN PARA LA MEMORIA DEL MARTIRIO DE SAN JUAN BAUTISTA 29-08-14

San Juan Bautista-Martirio-4b

Hoy celebramos la memoria obligatoria del martirio de Juan el Bautista. La lectura evangélica de hoy (Mc 6,17-29) nos presenta la versión de Marcos del martirio de Juan. Algunos ven en este relato un anuncio de la suerte que habría de correr Jesús a consecuencia de la radicalidad de su mensaje. Juan había merecido la pena de muerte por haber denunciado, como buen profeta, la vida licenciosa que vivían los de su tiempo, ejemplificada en el adulterio del Rey Herodes Antipas con Herodías, la esposa de su hermano Herodes Filipo. Jesús, al denunciar la opresión de los pobres y marginados, y los pecados de las clases dominantes, se ganaría el odio de los líderes políticos y religiosos de su tiempo, quienes terminarían asesinándolo.

Juan, el precursor, se nos presenta también como el prototipo del seguidor de Jesús: recio, valiente, comprometido con la verdad. La suerte que corrieron tanto Juan el Bautista como Jesús fue extrema: la muerte. Marcos coloca este relato con toda intención después del envío de los doce, para significar la suerte que podía esperarles a ellos también, pues la predicación de todo el que sigue el ejemplo del Maestro va a provocar controversia, porque va a obligar a los que lo escuchan a enfrentarse a sus pecados. De este modo, el martirio de Juan el Bautista se convierte también en un anuncio para los “doce” sobre la suerte que les espera.

Aunque nos parezca algo que ocurrió en un pasado distante, algunos se sorprenden al enterarse que todavía hoy, en pleno siglo XXI, hay hombres y mujeres valientes que pierden la vida por predicar el Evangelio de Jesucristo. De ese modo sus muertes se convierten en el mejor testimonio de su fe. De hecho, la palabra “mártir” significa “testigo”.

Hemos dicho en innumerables ocasiones que el seguimiento de Jesús no es fácil, que el verdadero discípulo de Jesús tiene que estar dispuesto a enfrentar el rechazo, la burla, el desprecio, la difamación, a “cargar su cruz”. Porque si bien el mensaje de Jesús está centrado en el amor, tiene unas exigencias de conducta, sobre todo de renuncias, que resultan inaceptables para muchos (Cfr. Jn 6,60-67). Quieren el beneficio de las promesas sin las obligaciones.

El verdadero cristiano tiene que predicar a Cristo; ¡a Cristo crucificado! “Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio. Y no con palabras sabias, para no desvirtuar la cruz de Cristo. Pues la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan – para nosotros – es fuerza de Dios” (1 Co 1,17-18).

Por eso el que confía en Jesús y en su Palabra salvífica enfrenta las consecuencias del seguimiento con la certeza de que no está solo. Eso es una promesa de Dios, y Dios nunca se retracta de sus promesas (Cfr. 1 Pe 10,23). Esa es la verdadera “esperanza del cristiano”, que el Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que es “la virtud teologal por la cual deseamos y esperamos de Dios, con una firme confianza, la vida eterna y las gracias para merecerla, porque Dios nos lo ha prometido”.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA VIGÉSIMA SEMANA DEL T.O (2) 21-08-14

Bodas del Cordero

El Evangelio de hoy (Mt 22,1-14) nos presenta otra de las parábolas del Reino. Esta vez Jesús compara el Reino con un banquete de bodas. En la lectura que contemplamos hoy, Jesús continúa enfatizando la apertura del Reino a todos por igual, sin distinción entre “malos y buenos”.

En esta ocasión el mensaje gira en torno a la invitación, al llamado, a la vocación (de latín vocatio, que a su vez se deriva de vocare = llamar) que todos recibimos para participar del “banquete” del Reino (nuestra vocación a la santidad), y la respuesta que damos a la misma.

Nos narra la parábola que un rey celebraba la boda de su hijo con un gran banquete y envió a sus criados a invitar a sus numerosos invitados y ninguno aceptó. Envió nuevamente a los criados, pero algunos convidados prefirieron atender sus asuntos (“uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios”), mientras los restantes mataron a los criados. Esto provocó que el rey montara en cólera y mandara matar a los asesinos e incendiar su ciudad.

Entonces el rey dijo a sus criados: “‘La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda’. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos”.

Esta parábola pone de relieve que normalmente cuando estamos satisfechos con lo que tenemos, no sentimos necesidad de nada más, ni siquiera de Dios. Y cuando recibimos su invitación, hay otras cosas que en ese momento son más importantes (mi trabajo, mi negocio, mis propiedades, mi familia, mi auto, mis diversiones). Está claro que la entrada al banquete del Reino requiere una invitación. Pero hay que aceptar esa invitación ahora, porque la mesa está servida, y lo que se nos ofrece es superior a cualquier otra cosa que podamos imaginar. Por eso Jesús nos dice: “El que a causa de mi Nombre deje casa, hermanos o hermanas, padre, madre, hijos o campos, recibirá cien veces más y obtendrá como herencia la Vida eterna” (Mt 19,29). Pero si algo caracteriza a Jesús es que nos invita pero no nos obliga.

Otra característica de la invitación de Jesús expresada en la parábola, es su insistencia. Él nunca se cansa de invitarnos, de llamarnos a su mesa (Cfr. Ap 3,20). Jesús quiere que TODOS nos salvemos. Por eso el rey recibió a todos, “malos y buenos”, hasta que “la sala de banquetes se llenó de comensales”.

Pero, como hemos dicho en ocasiones anteriores, la invitación de Jesús viene acompañada de lo que yo llamo la “letra chica”, las condiciones del seguimiento, que muchos encuentran “duras” (Cfr. Jn 6,60), por lo que optan por rechazar la invitación, mientras otros pretenden aceptar la invitación al banquete sin “vestirse de fiesta”. Ante estos últimos el rey dijo a sus criados: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”. “Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”.

Señor, dame la gracia para aceptar tu invitación con alegría sin que mis “asuntos” me impidan asistir “vestido de fiesta” para ser contado entre el grupo de los “escogidos” a participar del banquete de bodas del Cordero (Cfr. Ap 19,9).