REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA 07-05-14

pan de vida

“Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”. Esa promesa de Jesús se hace realidad en la primera lectura que nos ofrece la liturgia de hoy (Hc 8,1-8). Justo antes de su Ascensión, Él les había pedido a los apóstoles que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre (la promesa del Espíritu Santo que se haría realidad en Pentecostés). De hecho, durante los primeros siete capítulos del libro de los Hechos de los Apóstoles, estos permanecen en Jerusalén.

La lectura de hoy nos narra que luego del martirio de Esteban se desató una violenta persecución contra la Iglesia en Jerusalén, que hizo que todos, menos los apóstoles, se dispersaran por Judea y Samaria. Y cumpliendo el mandato de Jesús, “al ir de un lugar para otro, los prófugos iban difundiendo el Evangelio”. Así comenzó la expansión de la Iglesia por el mundo entero, una misión que al día de hoy continúa.

La lectura nos recalca que el mayor perseguidor de la Iglesia era Saulo de Tarso: “Saulo se ensañaba con la Iglesia; penetraba en las casas y arrastraba a la cárcel a hombres y mujeres”. Sí, el mismo Saulo de Tarso que luego sería responsable de expandir la Iglesia por todo el mundo greco-romano, mereciendo el título de “Apóstol de los gentiles”. Son esos misterios de Dios que no alcanzamos a comprender. Jesús escogió como paladín de su causa al más ensañado de sus perseguidores.

Jesús vio a Pablo y entendió que esa era la persona que Él necesitaba para llevar a cabo la titánica labor de evangelizar el mundo pagano. Un individuo en quien convergían tres grandes culturas, la judía (fariseo), la griega (criado en la ciudad de Tarso) y la romana (era ciudadano romano). Decide “enamorarlo” y se le aparece en el camino a Damasco en ese episodio que todos conocemos, mostrándole toda su gloria. Nunca sabremos que ocurrió en aquél instante enceguecedor en que Pablo cayó por tierra. Lo cierto es que Pablo vio a Jesús ya glorificado, creyó en Él, y recibió la promesa de vida eterna.

La lectura evangélica (Jn 6,35-40) continúa presentándonos el llamado discurso del pan de vida: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed; pero, como os he dicho, me habéis visto y no creéis”. Ese fue el problema de la mayoría de los judíos de su época, que vieron a Jesús, oyeron su Palabra, vieron sus portentos, pero no creyeron. “Vino a su casa, y los suyos no la recibieron” (Jn 1,11).

Saulo de Tarso, en cambio, sí creyó. Tuvo ese encuentro con el Resucitado que cambió su vida para siempre. Creyó en Él, y le creyó; creyó en su promesa de Vida eterna: “Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”.

Y al recibir el Espíritu Santo por imposición de manos de Ananías (Hc 9,17), partió de inmediato y comenzó la obra evangelizadora que persiste hoy a través de la Iglesia, guiada por el mismo Espíritu.

¡Señor yo creo, pero aumenta mi fe! ¡Espíritu Santo, ven a mí!

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REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA 06-05-14

Esteban martirio

Continuamos nuestra ruta Pascual en la liturgia. Como primera lectura (Hc 7,51-8,1a) retomamos la historia de Esteban. San Esteban, diácono, se había convertido en un predicador fogoso, lleno del Espíritu Santo, que le daba palabra y valentía para enfrentar a sus perseguidores. Hoy se nos presenta su testimonio final del martirio.

Esteban continuó denunciando a sus interlocutores y acusándolos de no haber reconocido al Mesías y de haberle dado muerte. Esto enfureció tanto a los ancianos y escribas que decidieron darle muerte. La Escritura nos dice que antes de que lo asesinaran Esteban “lleno de Espíritu Santo” tuvo una visión: “vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios”. Fue como si el Señor quisiera confirmarle que su fe era fundada. ¡Jesús vive!, el Resucitado está ya en la Gloria a la derecha del Padre, y justo antes de entregar su vida por esa verdad, le fue revelada por parte del Padre.

Aquí Lucas nos presenta un paralelismo entre la muerte de Esteban y la de Jesús. Ambos fueron llevados ante el Sanedrín y acusados con falsos testimonios, ambos son ajusticiados fuera de la ciudad, y ambos encomiendan su espíritu a Dios y piden perdón para sus victimarios: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”… “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”.

Siempre que leo este pasaje la pregunta es obligada. Enfrentado con la misma situación, ¿actuaría yo con la misma valentía que Esteban? Estamos celebrando la Pascua en la que se nos invita a creer que Jesús resucitó, más no solo como un hecho histórico o algo teórico, sino que estamos llamados a “vivir” esa misma Pascua, a imitar a Cristo, quien nos amó hasta el extremo, al punto de dar su vida por nosotros.

Cuando tomamos el paso y damos el “sí” definitivo a Jesús y a su Evangelio, vamos a enfrentar dificultades, pruebas, persecuciones, burlas… Nuestras palabras van a resultar “incómodas” para mucha gente, y la reacción no se hará esperar. Y cuando no encuentren argumentos para rebatirnos, recurrirán a la calumnia y los falsos testigos. Con toda probabilidad nunca nos veamos obligados a ofrendar nuestras vidas, pero nos encontraremos en situaciones que nos harán preguntarnos si vale la pena seguir adelante. Es en esos momentos debemos recordar el ejemplo del diácono Esteban.

La lectura evangélica es continuación de la de ayer y sigue presentándonos el “discurso del pan de vida” del capítulo 6 de Juan (6,30-35). La conversación entre Jesús y la multitud que había alimentado en la multiplicación, gira en torno a la diferencia entre el pan que Moisés “dio” al pueblo en el desierto y el pan de Dios, “que es el que baja del cielo y da vida al mundo” (Cfr. Sal 77,24). Cuando la multitud, cautivada por esa promesa le dice: “Señor, danos siempre de este pan”, Jesús responde con uno de los siete “Yo soy” que encontramos en el relato de Juan: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed”.

Nuestra fe Pascual nos permite reconocer a Jesús, glorioso y resucitado, como el “pan de vida” que se nos da a Sí mismo en las especies eucarísticas, y que es el único capaz de saciar todas nuestras hambres, especialmente el hambre de esa vida eterna que podemos comenzar a disfrutar desde ahora si nos unimos a Él en la Eucaristía, “el pan que baja del cielo y da vida al mundo”.

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REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA 05-05-14

 

jesus luz

En ocasiones he visto una pegatina, de esas que se adhieren a los parachoques de los autos, que lee: “¿Crees en Cristo? ¡Que se te note!”. Algo así sucedió a Esteban en la primera lectura que nos brinda la liturgia para hoy (Hc 6,8-15).

Esteban estaba tan “lleno de gracia y poder”, que realizaba grandes prodigios y signos delante del pueblo, y predicaba con tanta elocuencia que nadie podía rebatir su discurso. Esa gracia y poder provenían de la efusión del Espíritu Santo que había recibido por la oración e imposición de manos de los Apóstoles (6,6) al ser ordenado como diácono. Tan grande era su fe, y el Espíritu obraba con tanto poder en él, que cuando fue apresado y conducido ante el Sanedrín, “todos los miembros del Sanedrín miraron a Esteban, y su rostro les pareció el de un ángel”.

Anteriormente hemos dicho que la fe es “algo que se ve”. Porque los hombres y mujeres de fe actúan conforme a la Palabra de Jesús, en quien confían plenamente. Y eso se ve, la gente lo nota, y les hace decir: “Yo no sé lo que esa persona quiere, pero yo quiero de eso”. La persona que cree en Jesús, y le cree a Jesús, actúa diferente, despliega una seguridad que es contagiosa, y la gente le nota algo distinto en el rostro. Es la certeza de que Dios le ama y que su voluntad es que todos alcancemos la salvación. Eso fue lo que los del Sanedrín vieron en Esteban, al punto que “su rostro les pareció el de un ángel”.

Durante esta semana vamos a estar “degustando” el discurso del pan de vida contenido en el capítulo 6 del Evangelio según Juan, que comenzó con el símbolo eucarístico de la multiplicación de los panes. Por eso estas lecturas, aunque se refieren a hechos anteriores a la Pasión, muerte y resurrección, las leemos en clave Pascual.

La lectura de hoy (Jn 6,22-29) nos presenta a esa multitud anónima que sigue a Jesús, impresionada por sus milagros. Acaban de presenciar la multiplicación de los panes y han saciado su hambre corporal. El gentío quiere seguirlo. Al no encontrarlo, fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.

Al encontrarlo, Jesús les cuestiona sus motivaciones para seguirle: “Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios”. No se trata de que las motivaciones sean malas, pues se refieren a satisfacer necesidades humanas básicas. Lo que Jesús quiere transmitirles a ellos (y a nosotros) es que esas no son motivaciones válidas para seguirle.

“La obra que Dios quiere es ésta, que creáis en el que él ha enviado”, les dice Jesús. Y para creer tenemos que conocer su Amor. “Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Jn 4,16). Y ese amor nos hará creer en el Resucitado, que es el pan de vida que puede saciar todas nuestras hambres y nos conduce a la vida eterna.

¡Señor, dame de ese Pan!

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REFLEXIÓN PARA EL TERCER DOMINGO DE PASCUA 04-05-14

discurso de pedro en pentecostes

La liturgia para este tercer domingo de Pascua nos presenta nuevamente le episodio de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35), que ya hemos contemplado el miércoles de la Octava de Pascua. Este pasaje nos enfatiza el cambio que experimenta todo el que tiene un encuentro con el Resucitado; la fe Pascual que nos impulsa a compartirla con todo el que se cruza en nuestro camino. Es la alegría de la Resurrección que la Iglesia celebra durante este tiempo especial de la Pascua que estamos viviendo.

La Primera Lectura (Hc 2,14.22-33) nos presenta un fragmento del discurso pronunciado por Pedro a raíz del evento de Pentecostés, que logró la conversión y bautismo de tres mil personas (2,41). Y al igual que la Segunda Lectura (1 Pe 1,17-21), el mensaje central es la fe Pascual, la muerte y resurrección de Jesucristo, que fue lo que le dio sentido a Su predicación. Como nos dice san Pablo: “Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe” (1 Cor 15,14).

En la Primera Lectura Pedro dice a los que le escuchan: “El patriarca David murió y lo enterraron, y conservamos su sepulcro hasta el día de hoy. Pero era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo; cuando dijo que ‘no lo entregaría a la muerte y que su carne no conocería la corrupción’, hablaba previendo la resurrección del Mesías. Pues bien, Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos testigos. Ahora, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido, y lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo”.

En la Segunda Lectura el mismo Pedro enfatiza la redención por la sangre derramada por Cristo en la cruz, que cobra sentido con la fe en la Resurrección: “Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza”.

Es la fe en la Resurrección; más aún, el encuentro con el Resucitado lo que despierta en nosotros la llama que hace germinar nuestra fe (“¿No ardía nuestro corazón…?”). Esa fe que fue plantada como una semilla en nuestras almas junto a las otras virtudes teologales el día de nuestro Bautismo, mediante la infusión del Espíritu Santo, y nos convirtió en miembros de la Iglesia, el “nuevo Pueblo de Dios”.

Al ascender a la Gloria luego de su resurrección a ocupar su lugar a la derecha del Padre, Jesús quiso darnos a todos la misma oportunidad que dio a los de Emaús; la oportunidad de tener un encuentro personal con Él, ya resucitado, habiendo vencido el pecado y la muerte. Para eso nos dejó su Palabra y su presencia real en la Eucaristía. Pero fue más allá, nos brindó la oportunidad del tener un encuentro con Él a cada paso de nuestro camino, en la persona de nuestros hermanos (Mt 25,40). Pero para eso necesitamos los ojos de la fe.

Señor: Abre en mí los ojos de la fe para que pueda reconocerte en el rostro de cada hermano que se cruza en mi camino, y permíteme actuar de tal manera que ellos también puedan ver Tu rostro reflejado en el mío, para que ellos también crean en Ti.

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REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE LOS SANTOS FELIPE Y SANTIAGO, APÓSTOLES 03-05-14

SANTOS-FELIPE-Y-SANTIAGO

Hoy celebramos la Fiesta litúrgica de los santos Felipe y Santiago, apóstoles. La lectura evangélica que nos presenta la liturgia para hoy coincide con la que contemplaremos el sábado de la cuarta semana de Pascua (Jn 14,6-14), que ya habíamos comentado anteriormente. En este pasaje Jesús se presenta como el único camino al Padre, por la identidad que existe entre ambos: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto”. Les refiero a nuestra reflexión anterior, publicada en http://delamanodemaria.com/?p=906.

Como primera lectura para esta Fiesta, nos apartamos momentáneamente del libro de los Hechos de los Apóstoles para visitar la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (15, 1-8). En este pasaje encontramos a Pablo reiterando la proclamación de su fe pascual a los cristianos de la comunidad de Corinto: “Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los apóstoles; por último, se me apareció también a mí”. Como parte de la proclamación de fe pascual, Pablo nos presenta a Santiago y los demás apóstoles (lo que incluiría a Felipe) como testigos de la Resurrección.

La comunidad de Corinto fue una de las que más dolores de cabeza le causaron a Pablo. Baste leer ambas cartas para ver la cantidad de problemas que enfrentaba esa joven comunidad, causados primordialmente por estar ubicada en un puerto marítimo lleno de vicios, pecado (especialmente de índole sexual), idolatría, etc. De ahí la insistencia de Pablo en reiterarles la tradición apostólica que él había recibido,  no sin antes recordarles que hay una sola fe y una sola doctrina: el Evangelio de Jesucristo. Les dice que no pueden apartarse de ese Evangelio, pues, “de lo contrario, se ha malogrado vuestra adhesión a la fe”. Ese es nuestro Camino de salvación, el único Camino que nos ha de conducir al Padre, como nos recuerda Jesús en la lectura evangélica.

Se trata de un Cristo que nos amó “hasta el extremo”, que murió por nuestros pecados. Por eso, si nos adherimos plenamente a Él (como tiene que ser, pues para Jesús no hay términos medios; el seguimiento ha de ser radical), no solo anunciaremos lo que sabemos de Él que hemos recibido de las Escrituras y la santa Tradición, sino que daremos testimonio con nuestra propia vida, que se convertirá en predicación viviente de la Buena Noticia del amor salvador de Jesús para toda la humanidad.

Señor, hoy que celebramos la Fiesta de los apóstoles Felipe y Santiago, concédenos la gracia de convertirnos en testigos del Resucitado mediante nuestro testimonio de vida, para que todos le conozcan y, conociéndole crean en la Buena Noticia y le reconozcan como el único Camino que conduce a Ti.

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REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA 02-05-14

multiplicacion de los panes

La liturgia de hoy nos ofrece como primera lectura (Hc 5,34-42) la continuación del pasaje que leíamos ayer del libro de los Hechos de los Apóstoles en el que los apóstoles habían sido llevados ante el Sanedrín por predicar el Evangelio, después de haber sido liberados de la cárcel por un ángel del Señor. Habíamos visto también cómo el Señor había hecho efectiva su promesa de Mt 10,18-20, a los efectos de que el Espíritu hablaría por ellos cuando fueran apresados y llevados ante gobernantes y reyes.

Movido por el discurso de Pedro y los demás apóstoles, un fariseo y doctor de la Ley llamado Gamaliel, intervino y convenció a los del Sanedrín que les dejaran en libertad, aconsejándoles: “En el caso presente, mi consejo es éste: No os metáis con esos hombres; soltadlos. Si su idea y su actividad son cosa de hombres, se dispersarán; pero, si es cosa de Dios, no lograréis dispersarlos, y os expondríais a luchar contra Dios”. Fueron azotados y luego liberados, “contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús”, y continuaron predicando a pesar de que se les prohibió expresamente. Esta actividad, esta valentía, era producto del fuego que ardía en sus corazones por la fe Pascual, avivado por el Espíritu que habían recibido en Pentecostés, que fue el detonante para el comienzo de la Iglesia misionera.

La lectura evangélica (Jn 6,1-15) es la versión de Juan de la multiplicación de los panes y los peces, que Juan coloca “cerca de la Pascua”, con el propósito de colocar el milagro en un contexto eucarístico, relacionándolo con la última cena de los evangelios sinópticos.

La narración nos dice que Jesús preguntó a uno de los discípulos que con qué iban a alimentar la multitud que los había seguido hasta aquél paraje. Obviamente se trata de una pregunta con un fin pedagógico, que además aparenta intentar presentar a Jesús como el nuevo Moisés (Cfr. Dt 18,18), planteando una pregunta similar a la que hizo Moisés a Yahvé cuando el pueblo estaba hambriento (Nm 11,13). Lo mismo parece insinuar con el comentario inicial de que Jesús se marchó al otro lado del lago de Galilea. Da la impresión de un éxodo, un paso a través del mar a otro lugar en el que Dios alimentará a su pueblo.

Juan coloca la multiplicación de los panes como prólogo al discurso del pan de vida que ocupa el capítulo 6 de su relato evangélico, en donde más adelante Jesús se refiere al pan que Moisés dio a comer a sus antepasados en el desierto y cómo estos murieron a pesar de ello, y cómo el que coma del pan que Él les ofrece resucitará en el último día. Es también en este “discurso” que Juan pone en boca de Jesús uno de sus “Yo soy” (Cfr. Ex 3,14): “Yo soy el pan de Vida”… A diferencia de los sinópticos, Juan no narra la última cena, pero la sustituye con este discurso.

Señor, danos de ese pan, y permite que además de saciarnos el hambre corporal, nos produzca más hambre de Ti.

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REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA 01-05-14

apostoles ante el sanderin

Durante el Tiempo Pascual, la primera lectura que nos propone la liturgia es del Nuevo Testamento, especialmente el libro de los Hechos de los Apóstoles. Y en estas lecturas sobresale el testimonio de la fe Pascual de los Apóstoles, inspirados y guiados por el Espíritu Santo, quien se nos presenta como protagonista de este libro sagrado.

El libro de los Hechos de los Apóstoles se llama así porque recoge la actividad misionera de los apóstoles Pedro y Pablo. Pero sobre todo recoge la actividad divina del Espíritu Santo en el desarrollo de la Iglesia. Por eso se le ha llamado el “Evangelio del Espíritu Santo”. Como el Antiguo Testamento nos habla de Dios Padre y los relatos evangélicos de Jesucristo, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos habla del Espíritu Santo. Fue escrito por san Lucas, como secuela de su relato evangélico, para documentar esos primeros años del desarrollo de la Iglesia. Por eso se le considera también el primer libro de historia de la Iglesia.

En las lecturas de los días anteriores hemos visto cómo las autoridades judías, amenazadas por el éxito de la predicación de los apóstoles, les habían prohibido continuar predicando el Evangelio de Jesucristo y su Misterio Pascual. Por ello habían sido encarcelados.

La lectura de hoy (Hc 5,27-33) nos muestra a los apóstoles conducidos nuevamente ante el Sanedrín e increpados por haber continuado predicando el Evangelio a pesar de las advertencias, luego de haber sido liberados de la cárcel por un ángel del Señor. En ese momento se hacen realidad las palabras de Jesús a sus apóstoles: “A causa de mí, serán llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio delante de ellos y de los paganos. Cuando los entreguen, no se preocupen de cómo van a hablar o qué van a decir: lo que deban decir se les dará a conocer en ese momento, porque no serán ustedes los que hablarán, sino que el Espíritu de su Padre hablará en ustedes” (Mt 10,18-20).

Inspirados por el Espíritu Santo, Pedro y los apóstoles replicaron: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen”. En la continuación de este pasaje que leeremos mañana, veremos el resultado de estas palabras inspiradas.

“El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero”. Vemos cómo la fe Pascual es la que les lanza con valentía y coherencia, inspirados y asistidos por el Espíritu Santo, a predicar la Buena Noticia del Reino en la persona de Jesucristo.

Esto los llevará (junto a miles a través de la historia) a dar testimonio, incluso con sus vidas, de su fe en el Resucitado. Si nosotros estuviéramos tan llenos de fe Pascual como aquellos apóstoles, y nos dejáramos guiar por el Espíritu santo como ellos, estaríamos proclamando esa fe con valentía en nuestros hogares, nuestros lugares de trabajo, nuestras comunidades y, hoy en día, en las redes sociales. ¡Atrévete!

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Frente a los críticos de la canonización de San Juan Pablo II

Por Fray Nelson Medina, op

Numerosas solicitudes hemos recibido para responder a las duras críticas que la Iglesia soporta estos días por la canonización del Papa Juan Pablo II. El mensaje más repetido, hasta el hastío, con clara intención de hacerlo penetrar en la mente de muchos, es que el Papa “encubrió” a sacerdotes indignos, sobre todo indignos por el crimen espantoso del abuso de menores de edad.

juan_pablo_ii

A los católicos que lean estas palabras debo recordarles algo: es natural que el infierno brame y escupa azufre cuando se realiza una canonización. Declarar, con la autoridad de Cristo y de los Apóstoles, que alguien está en el Cielo, no es otra cosa que declarar la derrota de Satanás. Todo el trabajo del demonio tiene un propósito: que no alcancemos nuestra meta, que es el Cielo. Cuando el Papa declara, de modo normativo y definitivo, la santidad de alguien, le está declarando en su cara al demonio que fracasó, que todas sus estrategias fueron inútiles al final; que la presa ansiada escapó de sus fauces: “Hemos salvado la vida como un pájaro de la trampa del cazador; la trampa se rompió y escapamos” (Salmo 124): tal es el mensaje y el canto de victoria de los santos en el Cielo, y entre ellos se encuentra ya nuestro muy amado Juan Pablo II.

No sólo en el mundo sobrenatural sino también en este mundo Juan Pablo II hizo muchos enemigos, porque se opuso a las pretensiones de codicia y de ambición de muchos “imperios” de esta tierra. Nadie puede negar su enorme influencia en la caída del comunismo soviético, ni en la apertura a la fe en la Cuba atea. Falta mucho camino por recorrer en uno y otro caso, pero es evidente que el sistema asfixiante de espionaje y tortura que hacía casi imposible la existencia pública de la fe cristiana, ha caído, y eso significa derrota, amarga derrota para muchos.

Las industrias que se alimentan del pecado, sobre todo, el mercadeo de pornografía vestido con disfraz de protección y de “sexo seguro” tienen que sentir odio puro hacia el Papa polaco. Con inmenso valor, él mostró el camino de la fidelidad y la pureza como la verdadera ruta que humaniza la sexualidad en general, y que debe aplicarse en la África continental en particular. Esa predicación valiente ha marcado la ruta de la Iglesia entera, con resultados que son medibles científicamente. En cambio, cada campaña del llamado sexo seguro sólo deja más abortos, más embarazos juveniles, más enfermedades de transmisión sexual, y mayor y más profundo deterioro del la familia. Pero hay gente que hace su dinero en las industrias de los preservativos y los anticonceptivos; hay quienes se hacen millonarios con los presupuestos que miserablemente gastan los gobiernos subsidiando la muerte de su población más indefensa: los no-nacidos. ¡Es natural que mucha gente que tiene mucho poder deteste con fuerza a Juan Pablo II, y quiera ensuciar su memoria, con el claro propósito de que su palabra sea sepultada en olvido vergonzoso y cobarde!

La acusación central es que el Papa “encubrió” pederastas. Le doy la palabra a un experto mundialGeorge Wiegel:

Al refutar las acusaciones de encubrimiento de Juan Pablo II a casos de pederastia, el biógrafo papal explicó que tanto en los Estados Unidos como en otras partes, la mayoría de abusos no sucedieron durante el pontificado de Juan Pablo II, aunque las revelaciones de esos casos sí.

Juan Pablo II fue un gran reformador del sacerdocio y el ministerio ordenado de la Iglesia está en mucha mejor forma hoy, gracias a él, de lo que estaba en 1978.

El biógrafo reconoció a ACI Prensa que ciertos despachos vaticanos, especialmente la Congregación para el Clero fueron más lentos de lo que debían haber sido en reconocer la naturaleza del problema en los Estados Unidos y en elaborar remedios apropiados.

Sin embargo, precisó, una vez que estaba claro, en abril de 2002, que esto no podía ser manejado por los obispos estadounidenses solos y que una intervención papal era necesaria, él (Juan Pablo II) intervino y dejó inequívocamente claro que no hay lugar en el sacerdocio para aquellos que dañan a los jóvenes.

Al referirse a la relación del Papa con el P. Marcial Maciel, Weigel afirmó que Juan Pablo II fue engañado por él al igual que mucha, mucha gente.

El discipulado cristiano radical de Juan Pablo II y su notable capacidad de hacer brillar el compromiso a través de sus palabras y sus actos, hizo al Cristianismo interesante e irresistible otra vez en un mundo que pensó que ya había superado su necesidad de fe religiosa, agregó.

Nadie se avergüence de proclamar con alegría la santidad de Juan Pablo II. Si el infierno se retuerce de ira, no es mala cosa: es la señal de cómo Cristo vence una y otra vez. ¡Él es el Señor de la Historia! ¡No tengáis miedo!

Tomado de: http://fraynelson.com/blog/2014/04/29/frente-a-los-criticos-de-la-canonizacion-de-san-juan-pablo-ii/

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REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA 30-04-14

Envio a su hijo para dar luz al mundo med

La lectura evangélica que nos presenta la liturgia para hoy (Jn 3,16-21) es la culminación del diálogo de Jesús con Nicodemo que comenzáramos este lunes. Algunos exégetas sostienen que esta parte del diálogo no fue pronunciada por Jesús, sino que es una conclusión teológica que el autor añade a lo que pudo ser el diálogo original. Lo cierto es que en esta parte del diálogo Jesús llega a una mayor profundidad en la revelación de su propio misterio.

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único”… Todo es iniciativa de Dios, iniciativa de amor. Todo el relato evangélico de Juan, toda su teología gira en torno a este principio del amor gratuito, incondicional, e infinito de Dios, que es el Amor mismo. Analicemos esta frase. El uso del superlativo “tanto”, implica que ese amor no tiene límites, es hasta el fin, hasta el extremo (Jn 13,2). Juan no cesa de repetirlo. Dios nos ama con locura, con pasión; y ese amor lo llevó a regalarnos a su propio Hijo, para que todos podamos salvarnos, “para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”. Tanto nos ama Jesús, tanto te ama, tanto me ama…

Y todo el que conoce ese amor incondicional de Dios cree en Él. “Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él” (1 Jn 4,16).

Pero Dios nos ama tanto que respeta nuestra libertad, nuestro libre albedrío; nos da la opción del aceptar el regalo, o rechazarlo: “El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios”. Para mostrar su punto, Juan echa mano de la contraposición entre la luz y las tinieblas: “El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”.

En el mismo Evangelio Jesús dirá más adelante: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida” (Jn 8,12)

En el pasaje que nos ocupa hoy vemos que la contraposición entre la luz y las tinieblas no depende del conocimiento de Jesús y su doctrina, sino de nuestras obras. “El que obra perversamente detesta a Luz… el que realiza la verdad se acerca a la Luz, para que vea que sus obras están hechas según Dios”. Es claro: todo el que ha conocido el amor de Dios no tiene más remedio que reciprocarlo, y esa reciprocidad se traduce en obras. Es “la fe que se ve”… “La fe, si no va acompañada de las obras, está completamente muerta”…. “el hombre no es justificado sólo por la fe, sino también por las obras” (St 2, 17.24). En eso consiste el plan de salvación que Jesús nos presenta.

Dios es amor. Él no condena a nadie como lo haría un juez humano. Cada uno de nosotros, según nuestro modo de actuar, estamos forjando nuestra salvación o condenación. El cielo, la salvación, comienza aquí. ¡Manos a la obra!

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VIDEO COMPLETO DE LA CANONIZACIÓN DE JUAN XXIII Y JUAN PABLO II

JPII JXXIII a

Para los que no tuvieron la oportunidad de verlo en vivo, aquí el enlace para ver el vídeo completo de la ceremonia de canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II.

Para escuchar comentarios y traducción al español, presionen la barra que dice “ESPAÑOL” en la parte superior del video.

La canonización propiamente comienza alrededor el minuto número 40…

Espero que la disfruten.

http://www.youtube.com/watch?v=CoftCRiuPCY

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