REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA 28-05-22

Nos dice el relato que recorrió Galacia y Frigia “animando a los discípulos”.

La primera lectura de la liturgia para hoy (Hc 18,23-28) nos presenta a Pablo emprendiendo su tercer viaje misionero. Nos dice el relato que recorrió Galacia y Frigia “animando a los discípulos”. Pablo, el evangelizador incansable. “¡Ay de mí si no evangelizo!” (1 Cor 9,16). Desde su encuentro con el Resucitado en el camino a Damasco, donde fue inundado por el Amor infinito de Jesús (que es a su vez el amor del Padre, y que entre ambos dan vida al Espíritu Santo), no ha tenido otra misión en la vida que compartir ese amor con todo el que se cruza en su camino. Y esa tiene que ser la misión de todo bautizado, de todo el que ha tenido un encuentro personal con Jesús (Cfr. Mc 15,15).

Se trata de esa alegría desbordante producto de saberse amado; un gozo que se nos sale por los poros y que todo el que se nos acerca la nota, y quiere “de eso”. La mejor y más efectiva evangelización. El papa Francisco nos ha dicho que “el gozo del cristiano no es la alegría que proviene de un momento, sino un don del Señor que llena el interior”. Se trata de un gozo que, según sus palabras, “es como ‘una unción del Espíritu y se encuentra en la seguridad de que Jesús está con nosotros y con el Padre’”.

Y esa alegría, la verdadera alegría del cristiano, no es algo para quedárnoslo; tenemos que compartirla, porque, como nos dice el papa Francisco, “si queremos tenerlo solo para nosotros al final se enferma y nuestro corazón se encoge un poco, y nuestra cara no transmite aquel gran gozo sino aquella nostalgia, aquella melancolía que no es sana”.

Pablo irradiaba ese “enamoramiento” que todo cristiano debe sentir al caminar acompañado de su Amado. Ese fue el secreto de su éxito. Y a ti, ¿se te nota?

Pero la lectura va más allá, luego de mostrarnos a Pablo partiendo de misión, nos presenta la figura de Apolo, judío natural de Alejandría y llegado de Éfeso. Aunque solo conocía el bautismo de Juan, había sido expuesto a la vida y doctrina de Jesús, la cual exponía públicamente en la sinagoga. Cuando Priscila y Aquila oyeron hablar de Apolo, “lo tomaron por su cuenta y le explicaron con más detalle el camino de Dios”, es decir, ayudaron en su formación. De ahí salió a continuar predicando, pero ahora con mayor corrección doctrinal.

Este detalle nos muestra otra característica que debe tener todo bautizado que haya tenido es encuentro personal con Jesús: No solo tenemos el deber de formarnos y evangelizar a otros, sino que en la medida de nuestras capacidades tenemos la obligación de formar a otros para que lleven el mensaje correcto, para que estos, a su vez, formen a otros. Así es como la tradición apostólica, aquella predicación de las primeras comunidades cristianas, ha perdurado a través de la historia y llegado hasta nosotros. De ahí mi insistencia en la formación del Pueblo de Dios, aún a costa de grandes sacrificios.

La Iglesia es misionera, evangelizadora, por definición. Si no “sale” a predicar el Evangelio se estanca, se enferma, se encoge, y termina desapareciendo (Evangelii Nuntiandi – Pablo VI). ¿Y quiénes conforman la Iglesia? Nosotros, el “Pueblo de Dios” (Lumen Gentium, 9-12). ¡Anda! ¿Qué estás esperando?

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA SÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (2) 23-02-22

“El que no está contra nosotros está a favor nuestro”.

El egoísmo, el protagonismo, la mezquindad, se repiten a lo largo de la historia, y los que pretendemos seguir al Señor no somos la excepción. Y la lectura evangélica que nos brinda la liturgia para hoy (Mc 9,38-40), es un vivo ejemplo de ello. Nada menos que Juan, “el discípulo amado”, le dice a Jesús: “Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros”. “No es de los nuestros…” ¿Podemos pensar en una frase más egoísta, más excluyente, más discriminatoria, más “clasista”, más divisoria que esa? ¿Dónde quedó aquello de “en esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” (Jn 13,35)?

Hoy día no es diferente. ¿Cuántas veces vemos esas divisiones, esas distinciones, entre los diversos grupos o movimientos dentro de una misma parroquia, e inclusive dentro de un mismo grupo o movimiento? ¿Cuántos celos entre feligreses porque alguien que “acaba de llegar” puede y hace algo igual o mejor que los que lo han venido haciendo hasta ahora, y pretendemos excluirlo porque “no es de los nuestros”? ¡Cuánto resentimiento, cuánto “chisme” porque el párroco, o el diácono, o el director del movimiento le encomendó a otro feligrés alguna tarea o función que “es mía”!

La respuesta de Jesús a Juan (y a nosotros) no se hace esperar: “No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro”. Si estamos actuando en nombre de Jesús, ¿cómo podemos estar en contra de que otros lo hagan? ¿Acaso pretendemos tener el monopolio de la persona y el nombre de Jesús?

A veces se nos olvida que el Espíritu reparte sus carismas según lo estima necesario para el funcionamiento de la Iglesia, que no es otra cosa que el pueblo santo de Dios reunido en su nombre. ¿Quiénes somos nosotros para dictar a quién o quiénes el Espíritu reparte sus carismas?

¡Ojalá todos tuvieran el carisma de profetizar, o de hablar en lenguas, o de interpretarlas, o de enseñar, o de la oración, o de hacer milagros, o de tantos otros múltiples carismas que el Espíritu pueda estimar necesarios para el buen funcionamiento del Cuerpo místico de Cristo!

Pidamos al Señor que derrame su Espíritu sobre toda su Santa Iglesia, y alegrémonos cuando veamos a nuestros hermanos desarrollar los carismas que ese Espíritu ha dado a cada cual y ponerlos al servicio del Pueblo de Dios.

Sin adelantar juicios que en este espacio limitado no podemos abordar, este pasaje también debe llevarnos a reflexionar sobre el papel de aquellas otras confesiones cristianas que con pleno convencimiento y de buena fe predican, en nombre de Jesús, el mensaje de la Buena Noticia del Reino. ¿Se lo vamos a impedir porque no son “de los nuestros? “…para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,21).

REFLEXIÓN PARA EL DÉCIMO OCTAVO DOMINGO DEL T.O. (B) 01-08-21

“Señor, danos siempre ese pan”.

La primera lectura de hoy (Ex 16,2-4.12-15) nos sirve de marco de referencia para el evangelio (Jn 6,24-35). Esta lectura nos presenta al pueblo en el desierto, luego de haber sido liberado de la esclavitud en Egipto, “murmurando” contra Dios por haberlos enviado al desierto para morir de hambre, y a un Dios providente que les envía codornices y maná para saciar su hambre.

No habían pasado tres meses desde que Dios los había liberado de las plagas que envió sobre el pueblo egipcio, de haberlos liberado de la esclavitud en Egipto, y de haber separado las aguas del mar Rojo para huir del ejército del faraón, y ya se les había olvidado todo lo que Dios había hecho por ellos. Tan solo pensaban en hartarse de carne y pan.

Las codornices y el maná que Dios les provee son alimento material que tiene como propósito satisfacer el hambre corporal. Así mismo recibieron los judíos el pan de la multiplicación que Jesús les acababa de dar en la multiplicación de los panes que leyéramos el domingo pasado (Jn 6,1-15).

En el evangelio de hoy esas mismas personas siguen a Jesús hasta el otro lado del mar de Galilea y Jesús, que ve en lo más profundo de nuestros corazones, sabe que lo han seguido por interés, que no han comprendido el significado del milagro: “Os aseguro que vosotros no me buscáis porque hayáis visto las señales milagrosas, sino porque habéis comido hasta hartaros. No trabajéis por la comida que se acaba, sino por la comida que permanece y os da vida eterna. Ésta es la comida que os dará el Hijo del hombre, porque Dios, el Padre, ha puesto su sello en él”.

Ante las preguntas de los que le seguían, Jesús les asegura que no fue Moisés quien les dio a comer pan en el desierto, sino el Padre, y que ahora el verdadero pan que Dios les da “es aquel que ha bajado del cielo y da vida al mundo”. Se nos está presentando Él mismo como ese único pan capaz de satisfacer el hambre de eternidad, de vida eterna. Por eso se presenta diciendo: “Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí, nunca más tendrá hambre, y el que en mí cree, nunca más tendrá sed”. Ese “Yo soy” que repercute a lo largo del evangelio según san Juan (“Yo soy… la luz del mundo,… la resurrección y la vida,… la puerta,… el Buen Pastor,… la vid,… el camino, la verdad y la vida”.) nos evoca el nombre con que Yahvé se presentó a Moisés en la zarza ardiendo (Ex 3,14). De ese modo Jesús revela su divinidad.

Este pasaje también prefigura la Eucaristía, ese “pan” que no solo satisface el hambre corporal, sino que también es el alimento para el alma que nos da las fuerzas para llegar a la Casa del Padre.

Hoy, día del Señor, tenemos que preguntarnos: ¿Me acerco al Señor para que Él satisfaga mis necesidades materiales, o me acerco buscando ese alimento espiritual que da la fortaleza para continuar mi camino a la vida eterna?

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA DUODÉCIMA SEMANA DEL T.O. (1) 26-06-21

“Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Vuelve a casa, que se cumpla lo que has creído”.

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia de hoy (Mt 8,5-17) nos narra el episodio del centurión que le pide a Jesús que cure a su criado que está muy enfermo.

Tres cosas queremos resaltar de este pasaje:

En primer lugar, el hecho de que este es el segundo milagro de Jesús que nos narra Mateo. El primero había sido para un miembro del pueblo de Dios; la curación de un leproso (8,2-4). Ahora, el segundo, inmediatamente después, es para un pagano. Y no solo un pagano, sino un representante del ejército de ocupación. Esto nos apunta hacia la universalidad del Reino, al hecho de que la salvación no está reservada al “pueblo elegido” sino que la ley del amor que Jesús vino a predicar aplica toda la humanidad, judíos y gentiles, “buenos” y “malos”.

En segundo lugar, vemos la humildad del centurión ante la persona de Jesús (“Señor, no soy quién para que entres bajo mi techo”). El centurión está genuinamente preocupado por la salud de su criado. Seguramente ha oído hablar de Jesús y, a pesar de su rango y posición, no tiene reparos en humillarse ante Él para interceder por su criado. No pide por él, sino por su amigo. Tampoco le dice lo que tiene que hacer; se limita a plantearle la situación: “Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho”. Esta lectura nos hace preguntarnos: Mi oración, ¿se centra solo en mi persona y mis necesidades, o pido también por otros? ¿Confío en la providencia divina, o pretendo darle “instrucciones” a Dios sobre cómo atender mi súplica?

Finalmente, ese pagano nos ofrece una lección de fe: “Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano”. Jesús se admiró ante esa demostración de fe y la premia: “Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Vuelve a casa, que se cumpla lo que has creído”.

Pero antes de pronunciar estas palabras, al reconocer la fe del centurión, Jesús reafirma la universalidad de la salvación: “Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, a los ciudadanos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.

Cada vez que participamos de la celebración eucarística, en el rito de comunión, decimos: “Señor, no soy digno de que ente en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. Hoy debemos decir “¡Señor, dame la fe del centurión!”

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA 15-05-21

Nos dice el relato que recorrió Galacia y Frigia “animando a los discípulos”.

La primera lectura de la liturgia para hoy (Hc 18,23-28) nos presenta a Pablo emprendiendo su tercer viaje misionero. Nos dice el relato que recorrió Galacia y Frigia “animando a los discípulos”. Pablo, el evangelizador incansable. “¡Ay de mí si no evangelizo!” (1 Cor 9,16). Desde su encuentro con el Resucitado en el camino a Damasco, donde fue inundado por el Amor infinito de Jesús (que es a su vez el amor del Padre, y que entre ambos dan vida al Espíritu Santo), no ha tenido otra misión en la vida que compartir ese amor con todo el que se cruza en su camino. Y esa tiene que ser la misión de todo bautizado, de todo el que ha tenido un encuentro personal con Jesús (Cfr. Mc 15,15).

Se trata de esa alegría desbordante producto de saberse amado; un gozo que se nos sale por los poros y que todo el que se nos acerca la nota, y quiere “de eso”. La mejor y más efectiva evangelización. El papa Francisco nos ha dicho que “el gozo del cristiano no es la alegría que proviene de un momento, sino un don del Señor que llena el interior”. Se trata de un gozo que, según sus palabras, “es como ‘una unción del Espíritu y se encuentra en la seguridad de que Jesús está con nosotros y con el Padre’”.

Y esa alegría, la verdadera alegría del cristiano, no es algo para quedárnoslo; tenemos que compartirla, porque, como nos dice el papa Francisco, “si queremos tenerlo solo para nosotros al final se enferma y nuestro corazón se encoge un poco, y nuestra cara no transmite aquel gran gozo sino aquella nostalgia, aquella melancolía que no es sana”.

Pablo irradiaba ese “enamoramiento” que todo cristiano debe sentir al caminar acompañado de su Amado. Ese fue el secreto de su éxito. Y a ti, ¿se te nota?

Pero la lectura va más allá, luego de mostrarnos a Pablo partiendo de misión, nos presenta la figura de Apolo, judío natural de Alejandría y llegado de Éfeso. Aunque solo conocía el bautismo de Juan, había sido expuesto a la vida y doctrina de Jesús, la cual exponía públicamente en la sinagoga. Cuando Priscila y Aquila oyeron hablar de Apolo, “lo tomaron por su cuenta y le explicaron con más detalle el camino de Dios”, es decir, ayudaron en su formación. De ahí salió a continuar predicando, pero ahora con mayor corrección doctrinal.

Este detalle nos muestra otra característica que debe tener todo bautizado que haya tenido es encuentro personal con Jesús: No solo tenemos el deber de formarnos y evangelizar a otros, sino que en la medida de nuestras capacidades tenemos la obligación de formar a otros para que lleven el mensaje correcto, para que estos, a su vez, formen a otros. Así es como la tradición apostólica, aquella predicación de las primeras comunidades cristianas, ha perdurado a través de la historia y llegado hasta nosotros. De ahí mi insistencia en la formación del Pueblo de Dios, aún a costa de grandes sacrificios.

La Iglesia es misionera, evangelizadora, por definición. Si no “sale” a predicar el Evangelio se estanca, se enferma, se encoge, y termina desapareciendo (Evangelii Nuntiandi – Pablo VI). ¿Y quiénes conforman la Iglesia? Nosotros, el “Pueblo de Dios” (Lumen Gentium, 9-12). ¡Anda! ¿Qué estás esperando?

Comentario sobre las recientes declaraciones atribuidas al papa Francisco

Un texto, fuera de contexto, se convierte en un pretexto.

Ayer leíamos un titular que se viralizó en las redes sociales, causando confusión, y toda clase reacciones entre católicos y no católicos:

El Papa alienta unión civil para parejas homosexuales, un cambio de postura del Vaticano”.

Me extraña que medios noticiosos serios hayan publicado ese titular, basado en una interpretación errónea que, a su vez, está basada en una cita sacada de contexto. Se trata de un comentario hecho por el Papa en una entrevista para un documental que la mayoría de los que lo comentan no han visto.

Examinemos las citas que se le atribuyen al Santo Padre:

  • Las personas homosexuales tienen derecho a estar en una familia, son hijos de Dios, tienen derecho a una familia. No se puede echar de una familia a nadie, ni hacerle la vida imposible por eso“.

Esto es de aplicación tanto a la familia nuclear como a la gran familia de la Iglesia, el Pueblo de Dios. La doctrina de la Iglesia es clara sobre este particular. “Toda persona, independientemente de su tendencia sexual, ha de ser respetada en su dignidad y acogida con respeto” (Amoris Laetitia 250).

  • “Lo que tenemos que hacer es una ley de convivencia civil, tienen derecho a estar cubiertos legalmente. Yo defendí eso”.

Lo primero que hay que aclarar es que, en sus declaraciones, el Papa en ningún momento alienta las uniones civiles para parejas homosexuales. Lo que hace es reconocer el hecho de que existen y, por tanto, necesitan protección legal civil en asuntos como herencia, comunidad de bienes, cuidado médico, y otros.

Al hacerlo, el Santo Padre reconoce la dignidad de estas personas como hijos de Dios, entendiendo que, desde la perspectiva pastoral, hay que respetar sus decisiones, aunque sean contrarias a la doctrina de la Iglesia, e igualmente proteger sus derechos como hijos de Dios. Esto es cónsono con la Doctrina Social de la Iglesia, que se basa en la dignidad de todo ser humano por ser imagen de Dios.

Sobre este particular, hay que señalar que los que citan las palabras atribuidas al papa Francisco, pasan por alto lo que la misma noticia indica antes de la cita, que las palabras del Papa se recogen en un fragmento del documental que reflexiona sobre el cuidado pastoral para aquellos que se identifican como LGBTTQIA.

No podemos confundir la doctrina de la Iglesia establecida por su Magisterio, con el cuidado pastoral. Este último se basa en la lógica del Evangelio, que es el amor, la misericordia, la acogida, el acompañamiento; sin juzgar. Es la Ley del Amor que Cristo nos enseñó.

Por otro lado, los que hablan de un “cambio de postura del Vaticano”, o lo hacen a propósito, para confundir, o ignoran cómo se pronuncia el Magisterio de la Iglesia.

Les aseguro que lo que el Papa haya podido decir en una entrevista para un documental no constituye un pronunciamiento del Magisterio de la Iglesia.

En el reciente documento del Magisterio, Amoris Laetitia (2016), la Iglesia ha expresado claramente su postura, y esta no ha cambiado:

  • “La Iglesia hace suyo el comportamiento del Señor Jesús que en un amor ilimitado se ofrece a todas las personas sin excepción. Con los Padres sinodales, he tomado en consideración la situación de las familias que viven la experiencia de tener en su seno a personas con tendencias homosexuales, una experiencia nada fácil ni para los padres ni para sus hijos. Por eso, deseamos ante todo reiterar que toda persona, independientemente de su tendencia sexual, ha de ser respetada en su dignidad y acogida con respeto, procurando evitar «todo signo de discriminación injusta», y particularmente cualquier forma de agresión y violencia. Por lo que se refiere a las familias, se trata por su parte de asegurar un respetuoso acompañamiento, con el fin de que aquellos que manifiestan una tendencia homosexual puedan contar con la ayuda necesaria para comprender y realizar plenamente la voluntad de Dios en su vida (250); y
  • “En el curso del debate sobre la dignidad y la misión de la familia, los Padres sinodales han hecho notar que los proyectos de equiparación de las uniones entre personas homosexuales con el matrimonio, «no existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia […]»” (251).

Como podemos apreciar, el papa Francisco no ha hecho ningún pronunciamiento contrario a la doctrina de la Iglesia; tampoco ha alentado las uniones civiles entre homosexuales, ni ha habido un cambio de postura del Vaticano sobre el asunto.

Muchos se preguntan si el Vaticano hará alguna declaración al respecto. La contestación es sencilla: No tiene que hacerlo.

Un pensamiento final: No se conformen con leer los titulares. Vayan a las fuentes.

Hermoso y bendecido día a todos.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA VIGÉSIMA QUINTA SEMANA DEL T.O. (2) 22-09-20

“Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra”.

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para hoy (Lc 8,19-21) es otra de esas que, a pesar de ser corta, puede parece desconcertante para muchos: “En aquel tiempo, vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él. Entonces lo avisaron: ‘Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte’. Él les contestó: ‘Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra’”.

Lo cierto es que el mensaje central del pasaje lo encontramos en la última oración: “Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra”. Tal parece que estuviese poniendo a los que señala por encima de su propia Madre. No se trata de que Jesús esté menospreciando a su Madre; por el contrario la está ensalzando diciendo que es más Madre suya por “escuchar la palabra de Dios y ponerla por obra” (la definición de la fe), que por haberlo parido.

San Agustín nos dice que María, dando su consentimiento a la Encarnación del Verbo, por medio de su fe abrió a los hombres el paraíso… Por esta fe, dijo Isabel a la Virgen: “Bienaventurada Tú porque has creído, pues se cumplirán todas las cosas que te ha dicho el Señor” (Lc 1,45). Y añade san Agustín: “Más bienaventurada es María recibiendo por la fe a Cristo, que concibiendo la carne de Cristo”. De ese modo María, la que guardaba cada palabra de Dios y la guardaba en su corazón (Cfr. Lc 2,19), se nos presenta como modelo a seguir.

Jesús ha venido a inaugurar un nuevo tiempo, un nuevo “pueblo de Dios” que sustituiría el concepto de “pueblo elegido” del Antiguo Testamento. La Antigua Alianza, que se heredaba por la sangre, por la carne, daría paso a la nueva y definitiva Alianza en la persona de Cristo. El nuevo pueblo de Dios ya no se formaría por la herencia carnal, sino por la herencia del Espíritu de Dios. Es decir, Jesús sustituye el concepto de “pueblo elegido” por el de Iglesia como nuevo “pueblo de Dios”, el “nuevo Israel”, fundado en la efusión de la sangre de la Nueva Alianza (Cfr. Mt 26,28).

Y el vínculo que nos va a unir al Padre, como hijos, y a Jesús, como hermanos, es la escucha atenta de su Palabra y la puesta en práctica de la misma. Lucas coloca este pasaje inmediatamente después de las parábolas del “sembrador” y de la “lámpara”, ambas relacionadas también con la Palabra, con toda intención. El mensaje salta a la vista: El que escucha la Palabra de Dios y la pone por obra, es como la semilla que cae en tierra buena, que produce “ciento por uno”, como la lámpara que ilumina “a los que entran”, y finalmente, se convierte en “familia” de Dios. ¡Qué promesa! ¿Te animas?

Señor, dame oídos para escuchar tu Palabra, y perseverancia para ponerla por obra, de tal modo que “se me note” que soy de tu Familia.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA DÉCIMO CUARTA SEMANA DEL T.O. (2) 09-07-20


“…con correas de amor lo atraía; … me inclinaba y le daba de comer”.

Hay un tema que a mí siempre me ha fascinado: El “rostro femenino” de Dios. Y la primera lectura de hoy (Os 11,1-4.8c-9) es un ejemplo vivo de ello. Cuando la leemos con detenimiento, podemos ver la ternura de una madre que “enseña a andar” a su hijo, que lo “alza en brazos”, lo cura, lo atrae “con cuerdas de amor” y, finalmente, con el gesto más maternal del mundo, “se inclina” para “darle de comer”, evocando la madre que se inclina para darle el pecho a su hijo. Todos símbolos del amor del que solo una madre es capaz de sentir por el hijo de sus entrañas.

Ese es el amor que Dios siente por su pueblo, por cada uno de nosotros, los que conformamos el “pueblo de Dios”, que es su Iglesia. Por eso, a pesar de que el pueblo ha ignorado su llamado, termina diciendo: “Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas. No cederé al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín; que soy Dios, y no hombre; santo en medio de ti, y no enemigo a la puerta”.

En la segunda lectura (Mt 10,7-15) retomamos el “discurso misionero”, y Jesús continúa dando las “instrucciones” a sus apóstoles; instrucciones que servirán de ejemplo a las órdenes religiosas, sobre todo las llamadas “órdenes mendicantes”, y los misioneros; la verdadera “pobreza evangélica”, que no es otra cosa que lanzarse a la aventura de Cristo confiando plenamente en la providencia divina. “No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni túnica de repuesto, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento”. En el paralelo de Marcos vemos que le permite llevar un bastón y sandalias (lógico para el clima y la topografía), pero la intención es la misma, llevar lo mínimo. El Señor que los envía proveerá.

Jesús es bien enfático en otro asunto. Les envía a proclamar su mensaje y continuar su obra, pero les advierte que si alguien no los recibe o no los escucha, salgan de esa casa o ese pueblo y se “sacudan el polvo de los pies”. Ese gesto de “sacudirse el polvo de los pies” tiene un significado en la cultura judía de la época de Jesús (recordemos que Jesús los envió inicialmente a evangelizar a los judíos). Al regresar de un país pagano y entrar en Palestina, los judíos tenían por costumbre sacudirse las sandalias y la ropa antes de entrar, para no contaminar su tierra con el polvo de los países extranjeros. Los apóstoles, si no eran recibidos ni escuchados, debían hacer lo mismo para indicar que no querían contaminarse ni siquiera con el polvo de estos judíos que en el fondo eran paganos.

Está claro que Jesús no quiere “obligar” a nadie a aceptar su mensaje. Él respeta nuestro libre albedrío. Nos lleva hasta el agua, pero no nos obliga a beber. Hemos vivido en carne propia la incomodidad de aquellos que con su insistencia desmedida que a veces raya en el hostigamiento, pretenden imponernos sus ideas religiosas hasta el punto de quitarnos la paz.

El mensaje de Jesús es uno, y es claro. Lo tomas, o lo dejas. Como dice el padre Ignacio Larrañaga: “Jesús es un perfecto caballero”. Y tú, ¿estás dispuesto a aceptar su mensaje con todo lo que implica?

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA 23-05-20

Rutas de los cuatro viajes misioneros de san Pablo.

La primera lectura de la liturgia para hoy (Hc 18,23-28) nos presenta a Pablo emprendiendo su tercer viaje misionero. Nos dice el relato que recorrió Galacia y Frigia “animando a los discípulos”. Pablo, el evangelizador incansable. “¡Ay de mí si no evangelizo!” (1 Cor 9,16). Desde su encuentro con el Resucitado en el camino a Damasco, donde fue inundado por el Amor infinito de Jesús (que es a su vez el amor del Padre, y que entre ambos dan vida al Espíritu Santo), no ha tenido otra misión en la vida que compartir ese amor con todo el que se cruza en su camino. Y esa tiene que ser la misión de todo bautizado, de todo el que ha tenido un encuentro personal con Jesús (Cfr. Mc 15,15).

Se trata de esa alegría desbordante producto de saberse amado; un gozo que se nos sale por los poros y que todo el que se nos acerca la nota, y quiere “de eso”. La mejor y más efectiva evangelización. El papa Francisco nos ha dicho que “el gozo del cristiano no es la alegría que proviene de un momento, sino un don del Señor que llena el interior”. Se trata de un gozo que, según sus palabras, “es como ‘una unción del Espíritu y se encuentra en la seguridad de que Jesús está con nosotros y con el Padre’”.

Y esa alegría, la verdadera alegría del cristiano, no es algo para quedárnoslo; tenemos que compartirla, porque, como nos dice el papa Francisco, “si queremos tenerlo solo para nosotros al final se enferma y nuestro corazón se encoge un poco, y nuestra cara no transmite aquel gran gozo sino aquella nostalgia, aquella melancolía que no es sana”.

Pablo irradiaba ese “enamoramiento” que todo cristiano debe sentir al caminar acompañado de su Amado. Ese fue el secreto de su éxito. Y a ti, ¿se te nota?

Pero la lectura va más allá, luego de mostrarnos a Pablo partiendo de misión, nos presenta la figura de Apolo, judío natural de Alejandría y llegado de Éfeso. Aunque solo conocía el bautismo de Juan, había sido expuesto a la vida y doctrina de Jesús, la cual exponía públicamente en la sinagoga. Cuando Priscila y Aquila oyeron hablar de Apolo, “lo tomaron por su cuenta y le explicaron con más detalle el camino de Dios”, es decir, ayudaron en su formación. De ahí salió a continuar predicando, pero ahora con mayor corrección doctrinal.

Este detalle nos muestra otra característica que debe tener todo bautizado que haya tenido es encuentro personal con Jesús: No solo tenemos el deber de formarnos y evangelizar a otros, sino que en la medida de nuestras capacidades tenemos la obligación de formar a otros para que lleven el mensaje correcto, para que estos, a su vez, formen a otros. Así es como la tradición apostólica, aquella predicación de las primeras comunidades cristianas, ha perdurado a través de la historia y llegado hasta nosotros. De ahí mi insistencia en la formación del Pueblo de Dios, aún a costa de grandes sacrificios.

La Iglesia es misionera, evangelizadora, por definición. Si no “sale” a predicar el Evangelio se estanca, se enferma, se encoge, y termina desapareciendo (Evangelii Nuntiandi – Pablo VI). ¿Y quiénes conforman la Iglesia? Nosotros, el “Pueblo de Dios” (Lumen Gentium, 9-12). ¡Anda! ¿Qué estás esperando?

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA SÉPTIMA SEMANA DEL T.O. (1) 27-02-19

“El que no está contra nosotros está a favor nuestro”.

El egoísmo, el protagonismo, la mezquindad, se repiten a lo largo de la historia, y los que pretendemos seguir al Señor no somos la excepción. La lectura evangélica que nos brinda la liturgia para hoy (Mc 9,38-40), es un vivo ejemplo de ello. Nada menos que Juan, “el discípulo amado”, le dice a Jesús: “Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros”. “No es de los nuestros…” ¿Podemos pensar en una frase más egoísta, más excluyente, más discriminatoria, más “clasista”, más divisoria que esa? ¿Dónde quedó aquello de “en esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” (Jn 13,35)?

Hoy día no es diferente. ¿Cuántas veces vemos esas divisiones, esas distinciones, entre los diversos grupos o movimientos dentro de una misma parroquia, e inclusive dentro de un mismo grupo o movimiento? ¿Cuántos celos entre feligreses porque alguien que “acaba de llegar” puede y hace algo igual o mejor que los que lo han venido haciendo hasta ahora, y pretendemos excluirlo porque “no es de los nuestros”? ¡Cuánto resentimiento, cuánto “chisme” porque el párroco, o el diácono, o el director del movimiento le encomendó a otro feligrés alguna tarea o función que “es mía”!

La respuesta de Jesús a Juan (y a nosotros) no se hace esperar: “No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro”. Si estamos actuando en nombre de Jesús, ¿cómo podemos estar en contra de que otros lo hagan? ¿Acaso pretendemos tener el monopolio de la persona y el nombre de Jesús?

A veces se nos olvida que el Espíritu reparte sus carismas según lo estima necesario para el funcionamiento de la Iglesia, que no es otra cosa que el pueblo santo de Dios reunido en su nombre. ¿Quiénes somos nosotros para dictar a quién o quiénes el Espíritu reparte sus carismas?

¡Ojalá todos tuvieran el carisma de profetizar, o de hablar en lenguas, o de interpretarlas, o de enseñar, o de la oración, o de hacer milagros, o de tantos otros múltiples carismas que el Espíritu pueda estimar necesarios para el buen funcionamiento del Cuerpo místico de Cristo!

Pidamos al Señor que derrame su Espíritu sobre toda su Santa Iglesia, y alegrémonos cuando veamos a nuestros hermanos desarrollar los carismas que ese Espíritu ha dado a cada cual y ponerlos al servicio del Pueblo de Dios.

Sin adelantar juicios que en este espacio limitado no podemos abordar, este pasaje también debe llevarnos a reflexionar sobre el papel de aquellas otras confesiones cristianas que con pleno convencimiento y de buena fe predican, en nombre de Jesús, el mensaje de la Buena Noticia del Reino. ¿Se lo vamos a impedir porque no son “de los nuestros? “…para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,21).