REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA 28-04-14

nacer del agua y el espiritu

Nicodemo es un personaje que aparece solamente en el relato evangélico de Juan (al igual que Lázaro), y que es importante porque sirve de contrapunto en un diálogo profundo con Jesús, que ocupa una buena parte del capítulo 3 del relato. Nicodemo era un fariseo rico que, intrigado y atraído por el mensaje de Jesús, decide ir a visitarle de noche. Ahí se suscita el primer encuentro con Jesús, cuyo inicio recoge la lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para hoy (Jn 3,1-8).

El saludo de Nicodemo y el inicio del diálogo son importantes para entender la mentalidad y la actitud con que Nicodemo se presentó ante Jesús, y nos ayudarán a entender el resto del diálogo: “‘Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él’. Jesús le contestó: ‘Te lo aseguro, el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios’. Nicodemo le pregunta: ‘¿Cómo puede nacer un hombre, siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?’”.

Es esa pregunta de Nicodemo la que provoca las palabras de Jesús con que finaliza la lectura de hoy: “Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu”. Nicodemo es incapaz de comprender lo que le dice Jesús. Su mentalidad de fariseo no le permitía ver más allá de la Ley y su cumplimiento. El concepto de libertad en el Espíritu que Jesús le planteaba resultaba incomprensible para él. La idea de “nacer de nuevo” resulta irrisoria, imposible, para todo aquél que no ha conocido el Amor de Dios, ese Amor que nos hace comprender que para Dios todo es posible.

Y es el Espíritu el que nos hace “nacer” a una nueva realidad que nos permite “ver” el Reino, más allá de los signos que lo anuncian. Es el Espíritu que hace posible que cumplamos la misión que, por nuestras propias fuerzas, dependiendo de nuestra humanidad no podemos realizar. Ese “nacer de nuevo” nos evoca el “hacernos como niños” (Cfr. Mt 18,3) que Jesús nos propone, tan necesario para aceptar que dependemos de Dios para nuestra salvación, ya que por nuestro propio esfuerzo es imposible.

Y fue precisamente ese concepto de libertad en el Espíritu que nos plantea Jesús, lo que le hizo optar libremente por la Cruz, que en el Evangelio de mañana (Jn 3,7b-15) Él anuncia y Nicodemo no puede entender: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”. Con su muerte de cruz Jesús transformó una forma de muerte ignominiosa en glorificación y medio para alcanzar la vida eterna, para pasar de la muerte a la Vida. Es el legado de su Misterio Pascual (pasión, muerte, resurrección y glorificación) que hemos estado contemplando en las pasadas dos semanas.

Él nos mostró el camino, y somos testigos de su Resurrección. ¿Te animas a seguirle?

Share Button

¿Quién diría que el Cardenal Bergolio iba a estar canonizando a Juan Pablo II? Los misterios de Dios…

JPII Bergolio

 

¿Qué estaría pasando por la mente de ambos hombres de Dios en ese momento?

Share Button

REFLEXIÓN PARA EL SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA 27-04-14

reconcilacion

Hoy celebramos el segundo domingo de Pascua, último día de la Octava de Pascua, también conocido como domingo de la Divina Misericordia.

La primera lectura (Hc 2,42-47) nos narra el culto celebrativo de las primeras comunidades cristianas, centrado en la eucaristía (la “fracción del pan”), que hace memorial del misterio pascual de Jesús.

La segunda lectura (1 Pe 1,3-9) es un canto de alabanza al Padre “que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo”.

La lectura evangélica (Jn 20,19-31) nos presenta las primeras dos apariciones de Jesús a sus discípulos. La primera el mismo día de la Resurrección, encontrándose encerrados en la estancia superior, por temor a las autoridades judías, luego de que Pedro y Juan encontraran la tumba vacía. La segunda tiene lugar una semana después, pero esta vez los discípulos estaban fortalecidos por la presencia del Resucitado. Ahora la controversia giraba en torno a la incredulidad de Tomás.

Este pasaje, que es la conclusión del evangelio según san Juan, es sumamente denso y lleno de símbolos. Nos limitaremos a dos, comenzando con el segundo: la incredulidad de Tomás.

La pregunta obligada es: ¿Dónde estaba Tomás cuando el Señor se apareció a los discípulos por primera vez? De seguro estaba vagando, triste y desilusionado porque Jesús había muerto; había visto tronchados todos sus sueños. Se había separado del grupo. Por eso no tuvo la experiencia de Jesús resucitado; como nos pasa a nosotros cuando nos alejamos de la Iglesia. Cuando regresó se negaba a creer porque no le había visto. Pero esta vez no se alejó, se mantuvo en comunión con sus hermanos, se congregó, y entonces tuvo el encuentro con Jesús resucitado. Igual nos pasa a nosotros cuando regresamos a la Iglesia y nos congregamos para la celebración eucarística; los ojos de la fe nos permiten tener un encuentro con Jesús resucitado. Por eso en el rito de la consagración decimos, al igual que Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”

Jesús concluye el pasaje diciendo: “Dichosos los que crean sin haber visto”. Los discípulos tuvieron la dicha de ver a Jesús resucitado. Nosotros por fe creemos que Él se hace presente con todo su cuerpo, sangre, alma y divinidad, en las especies de pan y vino durante la celebración eucarística; presencia tan real como lo fue la aparición a los discípulos en aquél primer domingo de Resurrección. ¡Y por ello Jesús nos llama dichosos, bienaventurados!

El otro aspecto que hay que resaltar es la institución del Sacramento de la Reconciliación. Jesús conoce nuestra naturaleza pecadora y no quiso dejarnos huérfanos: “exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos’”. Es el “Tribunal de la Divina Misericordia”, la  manifestación más patente de la Misericordia Divina; llamado así porque es el único Tribunal en el cual uno, al declararse culpable, es absuelto.

Durante la Cuaresma y Semana Santa la Iglesia nos hizo un llamado a reconciliarnos. Si no lo hiciste entonces, recuerda que HOY es el domingo de la Divina Misericordia. ¡Anda, declárate culpable; te garantizo que saldrás absuelto!

Share Button

SIGA EN VIVO LA CANONIZACIÓN DE LOS PAPAS JUAN XXIII Y JUAN PABLO II

ppjpiijuanxxiii020713

Gracias a las nuevas tecnologías, este Domingo de la Divina Misericordia tendremos la oportunidad única en la historia de presenciar la canonización de dos papas, Juan XXIII y Juan Pablo II, con la presencia del papa Francisco y el papa emérito Benedicto XVI. “Roma vivirá un evento histórico: Dos papas vivos y dos papas santos. Imagino qué emoción sentirán Benedicto XVI y Francisco”, dijo Liberio Andreatta, presidente de la Obra Romana de Peregrinaciones.

La ceremonia comenzará a las 4:00 A.M. (hora del este de los EEUU).

Si no tienes la oportunidad de ver esta histórica ceremonia por la televisión, puedes presenciarla en vivo a través del Centro Televisivo Vaticano.

Share Button

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA OCTAVA DE PASCUA 26-04-14

Resurrección

¡Cristo ha resucitado! Ese ha sido nuestro “grito de batalla”, nuestra exclamación de júbilo durante una semana. Estamos culminando la Octava de Pascua, esa prolongación litúrgica del júbilo de la Resurrección que termina mañana. Y la lectura evangélica que nos propone la liturgia (Mc 16,9-15) es un resumen de las apariciones de Jesús narradas por los demás evangelistas, el signo positivo de que Jesús está vivo. Habiendo sido el relato de Marcos cronológicamente el primero en escribirse, la mayoría de los exégetas piensan que esta parte del relato no fue escrita por Marcos, sino añadida posteriormente en algún momento durante los siglos I y II, tal vez para sustituir un fragmento perdido del relato original.

El pasaje comienza con la aparición a María Magdalena, continúa con la aparición a los caminantes de Emaús, y culmina con la aparición a los Once “cuando estaban a la mesa” (de nuevo el símbolo eucarístico). El autor subraya la incredulidad de los Once ante el anuncio de María Magdalena y los de Emaús. Tal vez quiera enfatizar que los apóstoles no eran personas que se creían cualquier cuento, que su fe no se consolidó hasta que tuvieron el encuentro con el Resucitado. Ese detalle le añade credibilidad al hecho de la Resurrección. Algo extraordinario tiene que haber ocurrido que les hizo cambiar de opinión y encendió en ellos la fe Pascual.

Termina con la última exhortación de Jesús a sus discípulos (y a nosotros): “ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”.

Esa fe Pascual, avivada por el evento de Pentecostés, es la que brinda a los apóstoles la valentía para enfrentar a las autoridades judías en la primera lectura (Hc 4,13-21) de hoy, que es continuación de la de ayer en la que habían pasado la noche en la cárcel por predicar la resurrección de Jesús en cuyo nombre obraban milagros y anunciaban la Buena Noticia del Reino. Ello, siguiendo el mandato de Jesús de ir al mundo entero y proclamar el Evangelio a toda la creación.

Confrontados con sus acusadores, quienes intentaban prohibirle “predicar y enseñar el nombre de Jesús”, Pedro, lleno del Espíritu Santo, proclamó: “Nosotros no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído”. Recordemos las palabras de Jesús al concluir el relato de la aparición de Jesús en medio de ellos en el Evangelio del jueves (Lc 24,35-48), en el que concluye diciendo: “Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto”.

Concluye la primera lectura diciendo que “no encontraron la manera de castigarlos, porque el pueblo entero daba gloria a Dios por lo sucedido”. El poder de la Palabra, “más cortante que espada de doble filo” (Hb 4,2). Imposible de resistir…

Durante esta semana hemos estado celebrando la Resurrección de Jesús. No se trata de un acontecimiento del pasado; se trata de un acontecimiento presente, tan real como lo fue para los Once y los demás discípulos. Y como Pedro en la primera lectura, estamos llamados a ser testigos. ¡Jesús vive; verdaderamente ha resucitado! ¡Aleluya, aleluya, aleluya!

Share Button

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA OCTAVA DE PASCUA 25-04-14

Jesus red

La lectura evangélica que nos presenta la liturgia para hoy, viernes de la Octava de Pascua, es la tercera aparición de Jesús a sus discípulos en el relato evangélico de Juan (21,1-14). Esta narración la coloca Juan en un apéndice o epílogo de su relato evangélico. Da la impresión que se le había olvidado este relato de “la pesca milagrosa” que el consideró importante, y como ya había concluido su evangelio, se lo añade al final. Y para darle continuidad a la trama, nos lo presenta con Jesús ya resucitado y con su cuerpo glorificado. Por eso vemos cierto grado de misterio sobre su identidad al comienzo del relato, pues de primera intención no le reconocen.

Comparar con el mismo relato en Lucas (5,1-11), donde el episodio ocurre en el contexto de una predicación de Jesús en la cual se sube a la barca de Pedro para continuar predicando por el gentío tan grande que se había congregado y luego, por indicación de Jesús, salen a pescar y ocurre la “pesca milagrosa”.

Aparte del simbolismo obvio de la barca de Pedro con la Iglesia, y de las redes con la predicación la Palabra por parte de los apóstoles y cómo esta dará fruto abundante, Juan le añade otros elementos y símbolos en función de su tesis, para hacer su relato cónsono con los relatos de las apariciones de Jesús.

Así, por ejemplo, le añade un elemento que no encontramos en el relato de Lucas: Jesús, con su cuerpo glorificado, come delante de los discípulos, y es Él mismo quien reparte el pan y los peces. Este detalle nos evoca la insistencia de parte de Jesús en comer delante de sus discípulos, al igual que vimos en el relato de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35) y en la continuación que contemplamos ayer (Lc 24,35-48), hecho que, además de enfatizar la realidad de la resurrección, nos presenta un símbolo de la Eucaristía.

Otro detalle que Juan le añade; el número de “peces grandes” que sacaron de la red: “ciento cincuenta y tres”. Podemos preguntar: ¿Habrán realmente contado los peces? ¿Por qué la insistencia de Juan en mencionar el número de peces? Recordemos que Juan escribe su relato evangélico hacia el año 100, en plena persecución de los cristianos por parte del Imperio Romano, por cuyo territorio el anuncio del Reino iba expandiéndose cada vez más. Si tomamos la barca de Pedro como símbolo de la Iglesia, y las redes como símbolo de la predicación de la Palabra (una red que a pesar del número tan grande de peces “no se rompió”) en el contexto histórico de la época, encontramos que ciento cincuenta y tres era el número de provincias del Imperio Romano. Es decir que el anuncio del Reino, y el testimonio de la gloriosa Resurrección de Jesús, habrían de llegar a los confines del mundo conocido, y la red no se rompería.

Jesús llamó a los de su época a dar testimonio de Él, y esa Palabra es “viva y eficaz” (Hb 4,12). Así, nos interpela a nosotros hoy también. Que nuestras palabras durante la liturgia eucarística, al decir: “Anunciamos Tu muerte; proclamamos Tu resurrección”, no sean tan solo una fórmula ritual, sino un plan de vida.

Share Button

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA OCTAVA DE PASCUA 24-04-14

comprender las escrituras

El relato evangélico que nos brinda la liturgia para hoy (Lc 24,35-48) es continuación del que leíamos ayer. Estaban los discípulos a quienes Jesús se les apareció en el camino de Emaús contando a los Once lo sucedido, “cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: ‘Paz a vosotros’”.

Los presentes se quedaron atónitos y llenos de miedo, pues “creían ver un fantasma”. Veían, pero sus cerebros se negaban a aceptar lo que estaban viendo. ¡Cuántas veces nos sucede que, al presenciar un milagro, comenzamos a buscar toda clase de explicación “lógica”, antes de aceptar que ha sido obra de Dios! Vemos y no creemos, porque vemos con los ojos del cuerpo y no con los ojos de la fe.

Resulta curioso que el relato no nos dice cómo Jesús llegó a allí, cómo se “apareció” entre los discípulos. ¡Ese detalle no tiene relevancia alguna ante el hecho trascendente de que Jesús está allí! Sí, el Jesús de Nazaret que caminó junto a ellos, que compartió con ellos la mesa, que les instruyó, es el mismo que el Resucitado.

Jesús percibe el miedo y el asombro de los discípulos, y quiere animarlos para que no quede duda, para que puedan ser testigos de su Resurrección. Por eso, después de mostrarle las heridas, “como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: ‘¿Tenéis ahí algo de comer?’  Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos”. El relato quiere enfatizar que el Resucitado es real, que se trata de la misma persona que Jesús de Nazaret; que no se trata de un invento ni un cuento de camino. Jesús de Nazaret ha resucitado y sus discípulos, especialmente los Once, cuya presencia enfatiza el relato de Lucas, son testigos de ello. Cómo Jesús, con su cuerpo glorificado es capaz de comer, es un misterio que escapa a nuestro entendimiento humano, pero con ese gesto se quiere establecer que Jesús está real y verdaderamente frente a sus discípulos.

Y al igual que lo hizo con los de Emaús, les explica lo que sobre su persona dicen las Escrituras, desde Moisés hasta los profetas, y cómo todo se cumplía en Él. Nos dice el pasaje que Jesús entonces “les abrió el entendimiento para comprender las escrituras”, añadiendo al final: “Vosotros sois testigos de esto”. Una vez más Jesús enfatiza la relación entre Él y las Escrituras, y el testimonio de los que creen en Él. Esta es la última aparición de Jesús en el evangelio según san Lucas, que el autor coloca justo antes de su Ascensión.

Antes de ascender, en el versículo que sigue al pasaje de hoy, Jesús les reitera la promesa del Espíritu Santo que recibirán en Pentecostés: “Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto”.

Es el Espíritu quien les dará la fortaleza para ser testigos: “Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hc 1,8).

La misma promesa aplica a todos los que profesamos nuestra fe en el Resucitado. ¡Atrévete!

Share Button

REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA OCTAVA DE PASCUA 23-04-14

emaus_fano

Continuamos nuestro camino en la Octava de Pascua con las apariciones del Resucitado a sus discípulos. Hoy la liturgia nos brinda la narración de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35).

El relato nos presenta a dos discípulos que salían de Jerusalén rumbo a una aldea llamada Emaús. Iban decepcionados, alicaídos. El Mesías en quien habían puesto todas sus esperanzas había muerto. Habían oído decir que estaba vivo, pero no parecían estar muy convencidos. En otras palabras, les faltaba fe o, al menos, esta se había debilitado con la experiencia traumática de la Pasión y muerte de Jesús.

Jesús sabe lo que van hablando; Él conoce nuestros corazones. Aun así, se acerca a ellos y les pregunta. Ellos no le reconocen, sus ojos están cegados por los acontecimientos. Le relatan sus experiencias y comparten con Él su tristeza y desilusión. Jesús los confronta con las Escrituras: “¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?” Pero no se limitó a eso. Con toda su paciencia se sentó a explicarles lo que de Él decían las Escrituras, “comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas”.

Ellos se interesan por lo que está diciéndoles aquél “forastero” que encontraron en el camino. No quieren que se marche. Se sienten atraídos hacia Él, pero todavía no le reconocen. Más adelante, luego de reconocerle, dirán cómo les “ardía el corazón” cuando les hablaba y les explicaba las Escrituras.

Le invitan a compartir la cena con ellos. Allí, “sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron”. Ese gesto de Jesús, el mismo que compartió con sus discípulos en la última cena, hizo que se les abrieran los ojos de la fe. El relato continúa diciéndonos que tan pronto le reconocieron, Jesús “desapareció”. Desapareció de su vista física, pero habían tenido la oportunidad de ver el cuerpo glorificado del Resucitado, y esa “presencia” permaneció con ellos, al punto que regresaron a Jerusalén a informar lo ocurrido a los “once” y sus compañeros, quienes ya estaban diciendo “Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”.

Este pasaje está tan lleno de símbolos, que resulta imposible abordarlos todos en este espacio limitado. Nos limitaremos a comparar el camino de Emaús con nuestra propia vida, y el encuentro de estos con Jesús, con la Eucaristía.

Durante nuestro diario vivir, nos enfrentamos a los avatares que la vida nos lanza, ilusiones, decepciones, alegrías, fracasos. Y nuestra vista se va nublando al punto que nos imposibilita ver a Jesús que camina a nuestro lado.

Llegado el domingo, nos congregamos para la celebración eucarística y, al igual que los discípulos de Emaús, primero escuchamos las Escrituras y se nos explican. Eso hace que “arda nuestro corazón”. Finalmente, en la liturgia eucarística que culmina la celebración, nuestros ojos se abren y reconocemos al Resucitado. Es entonces que exclamamos: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección”. Y al igual que ocurrió a aquellos discípulos, Jesús “desaparece” de nuestra vista, pero su presencia, y el gozo que esta produce, permanecen en nuestros corazones. De ahí salimos con júbilo a enfrentar la aventura de la vida con nuevos bríos, y a proclamar: “¡Él vive!”

Share Button

¿Por qué rezamos el Regina Coeli y no el Ángelus en tiempo Pascual?

regina_caeli med

Durante el tiempo pascual, la Iglesia Universal se une en la oración del Regina Coeli o Reina del Cielo por la alegría, junto a la Madre de Dios, por la resurrección de su Hijo Jesucristo, hecho que marca el misterio más grande de la fe católica.

El rezo de la antífona de Regina Coeli fue establecida por el Papa Benedicto XIV en 1742 y reemplaza durante el tiempo pascual, desde la celebración de la resurrección hasta el día de Pentecostés, al rezo del Ángelus cuya meditación se centra en el misterio de la Encarnación.

De la misma manera que el Ángelus, el Regina Coeli se reza tres veces al día, al amanecer, al mediodía y al atardecer como una manera de consagrar su día a Dios y la Virgen María.

No se conoce el autor de esta composición litúrgica que se remonta al siglo XII y era repetido por los Frailes menores Franciscanos después de las completas en la primera mitad del siguiente siglo popularizándola y extendiéndose por todo el mundo cristiano.

La oración:

G: Reina del cielo, alégrate, aleluya.

T: Porque el Señor, a quien has llevado en tu vientre, aleluya.

G: Ha resucitado según su palabra, aleluya.

T: Ruega al Señor por nosotros, aleluya.

G: Goza y alégrate Virgen María, aleluya.

T: Porque en verdad ha resucitado el Señor, aleluya.

Oremos:

Oh Dios, que por la resurrección de Tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, has llenado el mundo de alegría, concédenos, por intercesión de su Madre, la Virgen María, llegar a los gozos eternos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amen. (tres veces)

Tomado de: http://www.aciprensa.com/noticias/por-que-rezamos-el-regina-coeli-y-no-el-angelus-en-tiempo-pascual-66947/

Share Button

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA OCTAVA DE PASCUA 22-04-13

Maria Magdalena en el sepulcro

Como habíamos adelantado ayer, los pasajes evangélicos que vamos a contemplar durante la Octava de Pascua nos narran las apariciones de Jesús a sus discípulos luego de su gloriosa resurrección.

Hoy la liturgia nos presenta la versión de Juan de la aparición de Jesús a María Magdalena (Jn 20,11-18). En los versículos anteriores María había encontrado que la piedra que cubría el sepulcro había sido removida, había ido a avisarles a Pedro y a Juan, estos habían llegado y habían encontrado el sepulcro vacío (vv. 1-10). Al regresarse a casa los discípulos, María se quedó llorando junto al sepulcro.

Al asomarse al sepulcro vio dos ángeles en donde había estado el cuerpo del Señor. “Ellos le preguntan: ‘Mujer, ¿por qué lloras?’ Ella les contesta: ‘Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto’”. Vemos que el llanto de María se ve acentuado por la ausencia del cadáver. Ya no solo llora por la muerte de Jesús, sino porque no sabe dónde está su cadáver. No podría sentirse más “abandonada”.

Jesús lo había adelantado: “Les aseguro que ustedes van a llorar y se van a lamentar;… Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo” (Jn 16,20). Y esa Palabra no se hizo esperar. Estando María ahogada en llanto se le presenta Jesús y le dice: “Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?”. Pero María no lo reconoce (Jesús estaba con su cuerpo glorificado) y le confunde con el jardinero, diciéndole que si él se ha llevado el cadáver que le diga dónde está para ir a recogerlo. Un acto de misericordia y caridad.

Hasta este momento toda la conversación, tanto con los ángeles como con Jesús, ha trascurrido en un plano impersonal, se le ha llamado por el apelativo de “mujer”, tal vez reflejo del vacío y la tristeza que ella experimentaba en su corazón. Ese mismo vacío que sintió María Magdalena, lo sentimos nosotros en nuestros corazones cuando estamos en pecado. En ese momento nuestra alma está tan vacía como lo estuvo aquel sepulcro hace casi dos mil años. Jesús no está y no lo podemos encontrar…

Pero todo cambia cuando Jesús se le revela y la llama por su nombre: “¡María!” En ese momento se le abren los ojos del alma, y su vacío y tristeza se convierten en gozo, y reconoce a Jesús: “¡Rabboni!”. Trato de imaginar lo que María debe haber sentido en ese momento. Sentiría que su pecho iba a estallar; no encontraría palabras para expresar su alegría, por eso trata de abrazarlo y Jesús no se lo permite: “Suéltame, que todavía no he subido al Padre”. Y le envía a dar la buena noticia a sus hermanos.

Del mismo modo, cuando nuestra alma está vacía por causa del pecado, cuando no encontramos a Jesús dentro de nosotros o, como María, lo vemos pero no le reconocemos, si nos arrepentimos de corazón y lloramos nuestra culpa, Jesús nos llamará por nuestro propio nombre. Y entonces se nos abrirán los ojos del alma y le reconoceremos. Pero a diferencia de María, quien no pudo abrazar al Resucitado porque todavía no había subido al Padre, nosotros sí podemos fundirnos con Él en el abrazo más amoroso imaginable. Y saldremos con júbilo a decir a nuestros hermanos: ¡Él vive!

Share Button