REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA VIGÉSIMO OCTAVA SEMANA DEL T.O. (2) 19-10-18

Hoy continuamos la lectura de la Carta a los Efesios (1,15-23) que comenzáramos ayer. Al final del pasaje que contemplamos hoy vemos cómo Pablo entra ya “en materia” con lo que constituye el tema central de la Carta a los Efesios: la Iglesia como cuerpo místico de Cristo. “Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia, como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos”.

La lectura comienza con una acción de gracias de parte de Pablo por la fe de los destinatarios de la carta, unida a una oración pidiéndole a Dios que les conceda el “espíritu de sabiduría” y revelación a fin de que lleguen a conocer plenamente a Jesucristo. ¿Qué mejor podríamos pedir para alguien? Si llegamos a conocer a Jesús y su Palabra, que es el Amor, conoceremos la verdad, y esa verdad es la que nos proporcionará la libertad que solo los hijos de Dios y hermanos de Jesucristo pueden disfrutar (Cfr. Jn 8,32).

Pero no se detiene ahí. Continúa pidiendo a Dios que “ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro”.

Las implicaciones de lo que Pablo está pidiendo para sus hermanos de Éfeso son más profundas de lo que parece a simple vista. ¡Le está pidiendo a Dios que derrame sobre ellos la misma fuerza y poder que utilizó para resucitar a su Hijo! Cuando pedimos a Dios, y sobre todo cuando pedimos por nuestros hermanos, tenemos que aprender a ser generosos en nuestras peticiones, recordando que estamos pidiendo a nuestro “Abba”, que siempre nos escucha y no se cansa de prodigar dones a sus hijitos (Cfr. Mt 8,7-8). Y esa “fuerza” que resucitó a Jesús no es otra que la fuerza del Espíritu que el mismo Jesús nos prometió. Pero tenemos que invocarla y dejarnos arropar de ella. Y al igual que el amor, que mientras más se reparte más crece, mientras más la pedimos para nuestros hermanos, con mayor fuerza la recibimos.

Ese mismo Espíritu es el que nos permite incorporarnos a la Iglesia, que es el “cuerpo” de Cristo, donde encontramos su esencia misma, su persona, el Cristo total, la continuación de su obra eterna en el tiempo y el espacio.

Hoy, pidamos a Dios como lo hacemos en la liturgia eucarística: “no mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia”, de manera que siga derramando sobre ella su Santo Espíritu, para que sea lo que Él quiere que sea, a pesar de nuestra fragilidad humana.

Lindo fin de semana a todos, y no olviden visitar la Casa del Señor.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA VIGÉSIMO CUARTA SEMANA DEL T.O. (2) 20-09-18

Hoy la liturgia nos brinda como primera lectura la continuación de la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios (1 Cor 15,1-11). Pablo aparenta abordar un problema suscitado entre los integrantes de la comunidad cristiana Corinto respecto la fe en la resurrección de Jesús, que constituye la médula del mensaje del Evangelio. El Evangelio que Pablo y los demás apóstoles predican, más que una doctrina, es el anuncio de un hecho salvífico: el misterio pascual de Jesús, su pasión, muerte, resurrección y glorificación. En eso se concentró la predicación de los apóstoles a las primeras comunidades, y es el mensaje central de las cartas de Pablo. Cabe señalar, que esta confesión de Pablo sobre la resurrección de Jesús es importante, pues constituye el escrito más antiguo que atestigua ese hecho central de nuestra fe, ya que para cuando se escribe esta carta todavía no se había escrito ninguno de los relatos evangélicos.

Vemos cómo Pablo se nutre de la tradición apostólica, mencionando a los testigos principales, incluyendo a Pedro (Cefas, en arameo), para luego incluirse a sí mismo mencionando su testimonio, su propia experiencia con el Resucitado. Pablo quiere dejar meridianamente claro la veracidad de la resurrección de Jesús.

La lectura que contemplamos hoy sirve de preludio a la que leeríamos mañana de no coincidir este año con la Fiesta de san Mateo, apóstol y evangelista, en la que Pablo aborda lo que aparenta se su verdadera preocupación, la falta de creencia de algunos en que un día todos hemos de resucitar también. Por el momento nos limitaremos a señalar que en la lectura de mañana Pablo enfatiza más aún la importancia de la resurrección como elemento central de nuestra fe, al decir: “si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo”, pues la Iglesia, nuevo pueblo de Dios, queda constituida definitivamente por el misterio pascual. Si la muerte de Jesús constituyó la mayor prueba del amor de Dios por nosotros, su resurrección es la confirmación de ese amor, pues nos demuestra que ya la muerte no tendrá poder sobre nosotros.

Otro aspecto que quisiéramos señalar de esta lectura es la humildad de Pablo quien, a pesar de haber sido privilegiado con ese encuentro personal con Jesús resucitado, y ser constituido apóstol de los gentiles, se reconoce indigno, y proclama que “por la gracia de Dios soy lo que soy”. En esa humildad encontramos la verdadera señal del cristiano. “Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Lc 12,11).

Hoy, pidamos al Señor que nos conceda la gracia de ser humildes para reconocer que todo lo que tenemos, al igual que todos los talentos que poseemos, son pura gratuidad de Él, y que eso nos anime para ponerlos al servicio de nuestros hermanos y de nuestra Iglesia.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SEXTA SEMANA DE PASCUA 12-05-18

La primera lectura de la liturgia para hoy (Hc 18,23-28) nos presenta a Pablo emprendiendo su tercer viaje misionero. Nos dice el relato que recorrió Galacia y Frigia “animando a los discípulos”. Pablo, el evangelizador incansable. “¡Ay de mí si no evangelizo!” (1 Cor 9,16). Desde su encuentro con el Resucitado en el camino a Damasco, donde fue inundado por el Amor infinito de Jesús (que es a su vez el amor del Padre, y que entre ambos dan vida al Espíritu Santo), no ha tenido otra misión en la vida que compartir ese amor con todo el que se cruza en su camino. Y esa tiene que ser la misión de todo bautizado, de todo el que ha tenido un encuentro personal con Jesús (Cfr. Mc 15,15).

Se trata de esa alegría desbordante producto de saberse amado; un gozo que se nos sale por los poros y que todo el que se nos acerca la nota, y quiere “de eso”. La mejor y más efectiva evangelización. El papa Francisco nos ha dicho que “el gozo del cristiano no es la alegría que proviene de un momento, sino un don del Señor que llena el interior”. Se trata de un gozo que, según sus palabras, “es como ‘una unción del Espíritu y se encuentra en la seguridad de que Jesús está con nosotros y con el Padre’”.

Y esa alegría, la verdadera alegría del cristiano, no es algo para quedárnoslo; tenemos que compartirla, porque, como nos dice el papa Francisco, “si queremos tenerlo solo para nosotros al final se enferma y nuestro corazón se encoge un poco, y nuestra cara no transmite aquel gran gozo sino aquella nostalgia, aquella melancolía que no es sana”.

Pablo irradiaba ese “enamoramiento” que todo cristiano debe sentir al caminar acompañado de su Amado. Ese fue el secreto de su éxito. Y a ti, ¿se te nota?

Pero la lectura va más allá, luego de mostrarnos a Pablo partiendo de misión, nos presenta la figura de Apolo, judío natural de Alejandría y llegado de Éfeso. Aunque solo conocía el bautismo de Juan, había sido expuesto a la vida y doctrina de Jesús, la cual exponía públicamente en la sinagoga. Cuando Priscila y Aquila oyeron hablar de Apolo, “lo tomaron por su cuenta y le explicaron con más detalle el camino de Dios”, es decir, ayudaron en su formación. De ahí salió a continuar predicando, pero ahora con mayor corrección doctrinal.

Este detalle nos muestra otra característica que debe tener todo bautizado que haya tenido es encuentro personal con Jesús: No solo tenemos el deber de formarnos y evangelizar a otros, sino que en la medida de nuestras capacidades tenemos la obligación de formar a otros para que lleven el mensaje correcto, para que estos, a su vez, formen a otros. Así es como la tradición apostólica, aquella predicación de las primeras comunidades cristianas, ha perdurado a través de la historia y llegado hasta nosotros. De ahí mi insistencia en la formación del Pueblo de Dios, aún a costa de grandes sacrificios.

La Iglesia es misionera, evangelizadora, por definición. Si no “sale” a predicar el Evangelio se estanca, se enferma, se encoge, y termina desapareciendo (Evangelii Nuntiandi – Pablo VI). ¿Y quiénes conforman la Iglesia? Nosotros, el “Pueblo de Dios” (Lumen Gentium, 9-12). ¡Anda! ¿Qué estás esperando?

REFLEXIÓN PARA EL SEXTO DOMINGO DE PASCUA (B) 06-05-18

La lectura evangélica que nos ofrece la liturgia para este sexto domingo de Pascua (Jn 15,9-17) es la versión “agrandada” del que leíamos el pasado jueves (Jn 15, 9-11). Durante su “discurso de despedida” Jesús insiste en el mandamiento del Amor. Mas no se trata de un amor romántico ni de una simple amistad, se trata del amor “que duele”, el que profesa quien está dispuesto a entregarse a cambio de nada, el que nos hace amar a los que nos odian, a nuestros enemigos. En fin, se trata de amarnos como Él nos ama, con todos nuestros pecados, nuestras debilidades, nuestros defectos; con un amor de madre…

Es el mandamiento del amor, el “gran mandamiento”, la Ley del Amor que vino a dar plenitud al decálogo, porque el que ama ya cumple todos los mandamientos, no por temor al castigo, sino porque ama.

El texto original utiliza el verbo agapaô y el sustantivo ágape para denominar el amor a que se refiere, diferenciándolo de eros y filia (Ver Carta Encíclica Deus Cáritas est de SS. Benedicto XVI). Se refiere a ese amor que entregándose libremente produce la verdadera alegría.

La segunda lectura de hoy, también de la autoría de Juan, llamado el evangelista del Amor, nos ayuda a entender e interpretar el evangelio. “Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”. A primera vista parece un trabalenguas, pero cuando lo leemos con detenimiento, encontramos la pista para entender el mandamiento del Amor.

Debemos recordar que cuando hablamos de “conocer” en términos bíblicos nos referimos a algo mucho más profundo que saber la identidad de alguien, o simplemente relacionarnos con alguien. “Conocer” implica un grado profundo de intimidad. Por tanto, cuando hablamos de “conocer” a Dios, lo que queremos decir es tener una “experiencia” de Dios; experiencia que solo puede ser producto de un encuentro íntimo, personal con Él, al punto de hacernos uno con Él. “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23).

La medida es alta, al parecer inalcanzable, si dependemos de nuestra capacidad humana. Pero para el que ha tenido un encuentro personal con el Resucitado y le ha abierto su corazón al Amor infinito e incondicional de Dios, al punto de convertirse en otro “cristo” (Gál 2,20), nada es imposible.

Piet Van Breemen, en su libro Te he llamado por tu nombre, lo resume así: “Si comprendemos esto con nuestro corazón, podremos a la vez amar a Dios, y su amor nos hará capaces, a su vez de amar a nuestro prójimo. Si yo me sé amado por Dios, su amor llenará mi corazón y se desbordará, porque un corazón humano es demasiado pequeño para contenerlo todo entero. Así, amaré a mi prójimo con ese mismo amor. En eso consiste todo el mensaje del Evangelio”.

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA LITÚRGICA DE LOS APÓSTOLES FELIPE Y SANTIAGO 03-05-18

Ya para hoy hemos comentado las lecturas correspondientes al jueves de la quinta semana de Pascua. Sin embargo, hoy la Iglesia celebra la Fiesta Litúrgica de los Apóstoles Felipe y Santiago. Aquí nuestra reflexión para la Fiesta.

Hoy celebramos la Fiesta litúrgica de los santos Felipe y Santiago, apóstoles. La lectura evangélica que nos presenta la liturgia para hoy coincide con la que contempláramos el sábado de la cuarta semana de Pascua (Jn 14,6-14), que ya habíamos comentado anteriormente. En este pasaje Jesús se presenta como el único camino al Padre, por la identidad que existe entre ambos: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto”. Les refiero a nuestra reflexión anterior, publicada en http://delamanodemaria.com/?p=7053.

Como primera lectura para esta Fiesta, nos apartamos momentáneamente del libro de los Hechos de los Apóstoles para visitar la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (15, 1-8). En este pasaje encontramos a Pablo reiterando la proclamación de su fe pascual a los cristianos de la comunidad de Corinto: “Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los apóstoles; por último, se me apareció también a mí”. Como parte de la proclamación de fe pascual, Pablo nos presenta a Santiago y los demás apóstoles (lo que incluiría a Felipe) como testigos de la Resurrección.

La comunidad de Corinto fue una de las que más dolores de cabeza le causaron a Pablo. Basta leer ambas cartas para ver la cantidad de problemas que enfrentaba esa joven comunidad, causados primordialmente por estar ubicada en un puerto marítimo lleno de vicios, pecado (especialmente de índole sexual), idolatría, etc. De ahí la insistencia de Pablo en reiterarles la tradición apostólica que él había recibido,  no sin antes recordarles que hay una sola fe y una sola doctrina: el Evangelio de Jesucristo. Les dice que no pueden apartarse de ese Evangelio, pues, “de lo contrario, se ha malogrado vuestra adhesión a la fe”. Ese es nuestro Camino de salvación, el único Camino que nos ha de conducir al Padre, como nos recuerda Jesús en la lectura evangélica.

Se trata de un Cristo que nos amó “hasta el extremo”, que murió por nuestros pecados. Por eso, si nos adherimos plenamente a Él (como tiene que ser, pues para Jesús no hay términos medios; el seguimiento ha de ser radical), no solo anunciaremos lo que sabemos de Él que hemos recibido de las Escrituras y la santa Tradición, sino que daremos testimonio con nuestra propia vida, que se convertirá en predicación viviente de la Buena Noticia del amor salvador de Jesús para toda la humanidad.

Señor, hoy que celebramos la Fiesta de los apóstoles Felipe y Santiago, concédenos la gracia de convertirnos en testigos del Resucitado mediante nuestro testimonio de vida, para que todos le conozcan y, conociéndole crean en la Buena Noticia y le reconozcan como el único Camino que conduce a Ti.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA QUINTA SEMANA DE PASCUA 01-05-18

La liturgia de Pascua para hoy (Hc 14,19-28) nos presenta como primera lectura la conclusión del primer viaje misionero de Pablo. Si leemos cuidadosamente notaremos que a su regreso, Pablo y Bernabé hacen el viaje original a la inversa, pasando por las mismas ciudades que ya habían visitado, con el propósito de afianzar la fe de aquellos nuevos cristianos, convertidos en su mayoría del paganismo. Lo mismo hará Pablo posteriormente mediante las cartas que dirigirá a otras comunidades. Pablo estaba consciente que la semilla de la fe tiene que ser irrigada, abonada y podada en tiempo para que germine y de fruto.

El pasaje comienza con la lapidación de Pablo por parte de unos judíos que resentían la forma en que el Evangelio de Jesús se iba propagando. Luego de apedrearlo, lo arrastraron fuera de la ciudad y lo dejaron por muerto. Pero lejos de amilanarlo, esa experiencia le dio nuevos bríos para continuar predicando. Nos evoca las palabras del Señor a Ananías en el pasaje de la conversión de Pablo, cuando refiriéndose a Pablo le dijo: “Ve a buscarlo, porque es un instrumento elegido por mí para llevar mi Nombre a todas las naciones, a los reyes y al pueblo de Israel. Yo le haré ver cuánto tendrá que padecer por mi Nombre” (Hc 9,15-16).

Pablo había vivido esas palabras. Por eso lo encontramos al final del pasaje de hoy “animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios”. Ese es un tema recurrente en la predicación de Pablo. Nuestra fe en el Resucitado no suprime la tribulación, las pruebas; por el contrario, parecería que acompañan al que decide seguir los pasos de Jesús. La diferencia es que para el cristiano ese sufrimiento adquiere un significado distinto, adquiere sentido.

Sabemos que, de la misma manera que Jesús fue glorificado en su pasión, para luego ser resucitado e ir a reinar junto al Padre por toda la eternidad, nuestro sufrimiento es un “paso”, un peldaño, en esa escalera que nos conduce al Reino de Dios en donde reinaremos junto a Él “por los siglos de los siglos” (Ap 22,5).

Cuando me enfrento a mis sufrimientos, ¿puedo ver en ellos esa prueba que me purifica como el oro en el crisol, y me permitirá ser enaltecido ante Dios (Cfr. Sir 2,1-6) en el día final?

La lectura evangélica (Jn 14,27-31a) nos muestra a Jesús anunciando a sus discípulos que con su pasión iba destronar a Satanás como “príncipe de este mundo”. “Ya no hablaré mucho con vosotros, pues se acerca el Príncipe del mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que lo que el Padre me manda yo lo hago”. Y eso implica que padezca, muera, y sea resucitado, para que todos crean en Él, y todo el que crea en Él se salve. Ese es el mismo camino que estamos llamados a seguir los que nos llamamos sus discípulos: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga” (Lc 9,22-23).

No es cuestión de valor; se trata de creer en el Resucitado y creer en su Palabra.

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA 20-04-18

Hemos estado leyendo como primera lectura el libro de los Hechos de los Apóstoles. Durante esta semana hemos sido testigos de la predicación y martirio de Esteban, y cómo tras su muerte se recrudeció la persecución contra los discípulos de Jesús, lo que hizo que estos abandonaran la ciudad de Jerusalén y comenzaran a evangelizar en Judea y Samaria. Luego vimos a Felipe convertir y bautizar al funcionario de la reina de Etiopía en el camino a Gaza, para de allí seguir llevando la Buena Noticia hasta el mismo corazón de África, en lo que hoy día es Sudán. Ese celo apostólico encendido por la fe Pascual y el poder del Espíritu Santo que llevaría a los discípulos a evangelizar el mundo entero.

En la lectura de hoy (Hc 9,1-20) vemos a Dios, en su infinita sabiduría que rebasa toda comprensión humana, colocar la última pieza del rompecabezas para configurar su plan de salvación. Esta lectura nos narra la conversión de san Pablo. Esa fue precisamente la persona que Jesús, en su sabia “necedad”, escogió para ser el “súper apóstol” que necesitaba para que su Iglesia, pequeña como un grano de mostaza, extendiera sus ramas hasta los confines de la tierra. Saulo de Tarso, el mayor perseguidor se convirtió, en un instante, en el más valiente y decidido defensor del Resucitado.

¿Qué ocurrió en ese instante enceguecedor en que Saulo cayó en tierra, que le hizo entregarse a la causa de Jesús? Nunca lo sabremos, pero de lo que yo estoy seguro es que Jesús le mostró a Pablo en ese instante un Amor como no había conocido jamás, y en ese momento Saulo conoció la Verdad, que como hemos dicho en ocasiones anteriores, es el Amor incondicional que Dios nos tiene. El impacto de ese Amor fue tal, que Pablo experimentó una conversión instantánea. Ya no había marcha atrás; había conocido el Amor de Dios, y ese Amor lo impulsó, lo obligó a compartirlo; no pudo evitarlo, era una fuerza superior a la de él.

El perseguidor se enamoró del perseguido y se sintió llevado a predicar el amor hacia Él a todos. Eso le llevaría a evangelizar a los pueblos paganos, lo que le ganó el título de “apóstol de los gentiles”.

La pregunta obligada es: Y tú, ¿has sentido ese Amor? ¿Has tenido un encuentro íntimo con el Resucitado? Si has sentido un impulso incontrolable de predicar ese Amor a todos, no hay duda que lo has tenido. Pero si todavía no lo has tenido, lo bueno es que todavía estás a tiempo.

En la lectura evangélica de hoy (Jn 6,51-59) continuamos leyendo el “discurso del pan de vida” que también hemos venido leyendo durante la última semana. Jesús nos dice: “Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí”. Si crees en Jesús y le crees a Jesús, es decir, si tienes fe, creerás que Él está real y sustancialmente presente en las especies eucarísticas, con todo su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Te acercarás a la Santa Eucaristía, y Él habitará en ti, y tú habitarás en Él. Entonces conocerás su Amor, y vivirás por Él, como lo hizo Saulo de Tarso después de aquél encuentro en el camino a Damasco.

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA 17-04-18

Continuamos nuestra ruta Pascual en la liturgia. Como primera lectura (Hc 7,51-8,1a) retomamos la historia de Esteban. San Esteban, diácono, se había convertido en un predicador fogoso, lleno del Espíritu Santo, que le daba palabra y valentía para enfrentar a sus perseguidores. Hoy se nos presenta su testimonio final del martirio.

Esteban continuó denunciando a sus interlocutores y acusándolos de no haber reconocido al Mesías y de haberle dado muerte. Esto enfureció tanto a los ancianos y escribas que decidieron darle muerte. La Escritura nos dice que antes de que lo asesinaran Esteban “lleno de Espíritu Santo” tuvo una visión: “vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios”. Fue como si el Señor quisiera confirmarle que su fe era fundada. ¡Jesús vive!, el Resucitado está ya en la Gloria a la derecha del Padre, y justo antes de entregar su vida por esa verdad, esta le fue revelada por parte del Padre.

Aquí Lucas nos presenta un paralelismo entre la muerte de Esteban y la de Jesús. Ambos fueron llevados ante el Sanedrín y acusados con falsos testimonios, ambos son ajusticiados fuera de la ciudad, y ambos encomiendan su espíritu a Dios y piden perdón para sus victimarios: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”… “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”.

Siempre que leo este pasaje la pregunta es obligada. Enfrentado con la misma situación, ¿actuaría yo con la misma valentía que Esteban? Estamos celebrando la Pascua en la que se nos invita a creer que Jesús resucitó, más no solo como un hecho histórico o algo teórico, sino que estamos llamados a “vivir” esa misma Pascua, a imitar a Cristo, quien nos amó hasta el extremo, al punto de dar su vida por nosotros.

Cuando tomamos el paso y damos el “sí” definitivo a Jesús y a su Evangelio, vamos a enfrentar dificultades, pruebas, persecuciones, burlas… Nuestras palabras van a resultar “incómodas” para mucha gente, y la reacción no se hará esperar. Y cuando no encuentren argumentos para rebatirnos, recurrirán a la calumnia y los falsos testigos. Con toda probabilidad nunca nos veamos obligados a ofrendar nuestras vidas, pero nos encontraremos en situaciones que nos harán preguntarnos si vale la pena seguir adelante. Es en esos momentos que debemos recordar el ejemplo del diácono Esteban.

La lectura evangélica es continuación de la de ayer y sigue presentándonos el “discurso del pan de vida” del capítulo 6 de Juan (6,30-35). La conversación entre Jesús y la multitud que había alimentado en la multiplicación, gira en torno a la diferencia entre el pan que Moisés “dio” al pueblo en el desierto y el pan de Dios, “que es el que baja del cielo y da vida al mundo” (Cfr. Sal 77,24). Cuando la multitud, cautivada por esa promesa le dice: “Señor, danos siempre de este pan”, Jesús responde con uno de los siete “Yo soy” que encontramos en el relato de Juan: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed”.

Nuestra fe Pascual nos permite reconocer a Jesús, glorioso y resucitado, como el “pan de vida” que se nos da a Sí mismo en las especies eucarísticas, y que es el único capaz de saciar todas nuestras hambres, especialmente el hambre de esa vida eterna que podemos comenzar a disfrutar desde ahora si nos unimos a Él en la Eucaristía, “el pan que baja del cielo y da vida al mundo”.

REFLEXIÓN PARA EL TERCER DOMINGO DE PASCUA 15-04-18

La liturgia para este tercer domingo de Pascua nos presenta la versión de Lucas de la primera aparición de Jesús a sus discípulos (Lc 24,35-48). Para ponernos en contexto, comienza diciendo que los que se habían topado con él en el camino a Emaús, “contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan”. En ese momento, Jesús “se presenta” en medio de ellos y les dice: “Paz a vosotros”.

Nos dice la escritura que los discípulos de llenaron de miedo ante esa aparición sorpresiva, “porque creían ver un fantasma”. Sus mentes no podían procesar lo que sus sentidos le decían. Jesús percibe la confusión que su presencia había causado entre los discípulos, y decide demostrarles su corporeidad. Quiere demostrarles que su Resurrección es real, que no se trata meramente de que su espíritu ha vencido la muerte. No, ¡Él vive; verdaderamente ha resucitado! Estaba allí, en medio de ellos.

Entonces, mostrándole sus manos y sus pies les dice: “Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo”. Ahí los discípulos comienzan a caer en la cuenta que efectivamente era el Señor que había resucitado tal como Él se los había adelantado, pero ellos no habían comprendido. Los discípulos se llenaron de alegría, pero Jesús percibió que aún estaban aturdidos por la intensidad de la experiencia. Por eso añade: “¿Tenéis ahí algo que comer?” Ellos le ofrecieron un pescado, “Él lo tomó y comió delante de ellos”.

No solo lo podían ver, escuchar, tocar, sino que había comido delante de ellos. ¿Qué gesto más humano que ese? El mensaje que Jesús quería transmitir a sus discípulos (y a nosotros) es el carácter totalizante de su Resurrección; que está vivo, que ha vencido la muerte. Esa es la misma resurrección de la que todos hemos de participar al final de los tiempos. “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día” (Jn 6,54). ¡Qué promesa!

Establecida su identidad, el centro de atención de la narración se desplaza a las Escrituras, o más bien, a la relación entre Jesús y las Escrituras. “Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse”. Continúa el relato diciendo que “entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras”. Luego añadió: “Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto”. Ese “ustedes” nos incluye a nosotros.

Sí; estamos llamados a ser sus testigos, esa fue la misión que Jesús encomendó a sus discípulos antes de su Ascensión (Cfr. Hc 1,8). Pero para ser “testigos”, para dar testimonio de algo o alguien, tenemos que tener conocimiento personal. Por tanto, para poder dar testimonio de Jesús tenemos que haber tenido primero un encuentro personal con Él, con ese Jesús Resucitado que comió frente a sus discípulos y que hoy nos invita a “comerle” en el banquete eucarístico.

Estamos viviendo este tiempo especial de la Pascua en que celebramos Su gloriosa Resurrección. Si nos hemos limitado a las devociones y los ritos del Triduo Pascual, sin haber experimentado la vivencia del Resucitado no podemos ser sus testigos.

Te invito a hacer introspección. ¿Verdaderamente he tenido una experiencia con el Resucitado?

REFLEXIÓN PARA EL SEGUNDO DOMINGO (OCTAVA) DE PASCUA, DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA (B) 08-04-18

Hoy celebramos el segundo domingo de Pascua, también conocido como domingo de la Divina Misericordia.

La primera lectura (Hc 4,32-35) nos narra cómo las primeras comunidades cristianas “daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor”, y cómo por ese gesto “Dios los miraba a todos con mucho agrado”.

No olvidemos que hoy concluye la “Octava” de Pascua y, por tanto, la celebración que comenzó el domingo de Pascua de Resurrección y se prolongó hasta hoy. De ahí que la lectura evangélica (Jn 20,19-31) nos presenta las primeras dos apariciones de Jesús a sus discípulos. La primera el mismo día de la Resurrección, encontrándose encerrados en la estancia superior, por temor a las autoridades judías, luego de que Pedro y Juan encontraran la tumba vacía. La segunda tiene lugar una semana después (un día como hoy), pero esta vez los discípulos estaban fortalecidos por la presencia del Resucitado. Ahora la controversia giraba en torno a la incredulidad de Tomás.

Este pasaje, que es la conclusión del evangelio según san Juan, es sumamente denso y lleno de símbolos. Nos limitaremos a dos, comenzando con el segundo: la incredulidad de Tomás.

La pregunta obligada es: ¿Dónde estaba Tomás cuando el Señor se apareció a los discípulos por primera vez? De seguro estaba vagando, triste y desilusionado porque Jesús había muerto; había visto esfumarse en una horas todas sus expectativas, sus sueños mesiánicos. Se había separado del grupo. Por eso no tuvo la experiencia de Jesús resucitado; como nos pasa a nosotros cuando nos alejamos de la Iglesia. Cuando regresó se negaba a creer porque no lo había visto. Pero esta vez no se alejó, se mantuvo en comunión con sus hermanos, se congregó, y entonces tuvo el encuentro con Jesús resucitado. Igual nos pasa a nosotros cuando regresamos la Iglesia y nos congregamos para la celebración eucarística; los ojos de la fe nos permiten tener un encuentro con Jesús resucitado. Por eso en el rito de la consagración decimos, al igual que Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”

Jesús concluye el pasaje diciendo: “Dichosos los que crean sin haber visto”. Los discípulos tuvieron la dicha de ver a Jesús resucitado. Nosotros por fe creemos que Él se hace presente con todo su cuerpo, sangre, alma y divinidad, en las especies de pan y vino durante la celebración eucarística; presencia tan real como lo fue la aparición a los discípulos en aquél primer domingo de Resurrección. ¡Y por ello Jesús nos llama dichosos, bienaventurados!

El otro aspecto que hay que resaltar es la institución del Sacramento de la Reconciliación. Jesús conoce nuestra naturaleza pecadora y no quiso dejarnos huérfanos: “exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos’”. Es el “Tribunal de la Divina Misericordia”, la  manifestación más patente de la Misericordia Divina; llamado así porque es el único Tribunal en el cual uno, al declararse culpable, es absuelto.

Durante la Cuaresma y Semana Santa la Iglesia nos hizo un llamado a reconciliarnos. Si no lo hiciste entonces, recuerda que HOY es el domingo de la Divina Misericordia. ¡Anda, declárate culpable; te garantizo que saldrás absuelto!