REFLEXIÓN PARA EL DÉCIMO TERCER DOMINGO DEL T.O. (A) 28-06-20

“El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro”.

El Evangelio que nos propone la liturgia para este décimo tercer domingo del tiempo ordinario (Mt 10,37-42), es uno de esos que nos estremece, sobre todo los primeros versículos, por la dureza y radicalidad del lenguaje que Jesús utiliza para describirnos en forma gráfica lo que Él espera de los que respondemos “Sí” a su llamado. Si en algo Jesús es consistente es en esa radicalidad que Él espera en el seguimiento: “El que pone la mano en el arado” … “Vende todo lo que tienes” … “Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente,” …

Sin embargo, el pasaje que contemplamos hoy va más allá. Describe, no solo la actitud que espera de sus apóstoles (evangelizadores), sino también del que los escucha (evangelizados). Por eso podemos dividirlo en dos partes.

En los primeros tres versículos Jesús nos pide que para ser dignos de Él no podemos querer a nuestra familia inmediata más que a Él, que tenemos que coger nuestra cruz de cada día y seguirlo, y remata diciéndonos que “el que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará”. Palabras fuertes, duras, difíciles de asimilar; que hicieron que muchos de los que le seguían decidieran abandonarlo y pusieron a pensar inclusive a los Doce, al punto que Jesús, percibiéndolo, les preguntó: “¿También vosotros queréis marcharos?” (Jn 6,66-67).

Por otro lado, según de radical es en sus exigencias, así de firme es también en sus promesas: “el que pierda su vida por mí la encontrará”. A eso se refiere Pablo en la segunda lectura (Rm 6,3-4.8-11) cuando dice a los de Roma: “Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva… pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más…” Esa fe era la que llevaba a aquellos primeros cristianos de Roma a abrazar el martirio entonando cánticos de alabanza.

La segunda parte del Evangelio va dirigida a los que acogemos el mensaje de Evangelio y a los portadores de este: “El que os recibe a vosotros…” Del mismo modo que los primeros versículos nos incomodan, los últimos nos tranquilizan, nos apaciguan, nos llenan de esperanza. Jesús promete a todo el que recibe y acoge a sus enviados, aunque sea con un gesto tan sencillo como “un vaso de agua”, su justa recompensa en la vida eterna. Y si sabemos reconocer a Jesús en cada uno de “estos pobrecillos”, lo que hagamos por ellos lo estaremos haciendo por Él, y seremos acreedores a “nuestra paga”.

La magnanimidad de Dios con los que acogen a sus enviados es una constante en las Escrituras. Así lo vemos en la primera lectura (1Re 4,8-11.14-16a) cuando aquella mujer reconoció en la persona de Eliseo a “un hombre de Dios”, a “un santo”, y eso fue suficiente para que le brindara comida y albergue. Ese gesto, agradable ante los ojos de Dios le valió su “justa paga” en la forma de una maternidad tardía.

Estas lecturas, especialmente el Evangelio, nos invitan a hacer introspección y preguntarnos: ¿seré acreedor a mi “justa paga”?

REFLEXIÓN PARA LA MEMORIA DEL BEATO CARLOS MANUEL RODRÍGUEZ 04-05-20

“Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios”.

Hoy celebramos la memoria libre de nuestro primer beato puertorriqueño, Carlos Manuel (“Charlie”) Rodríguez. En una ocasión anterior publicamos su biografía. Les invitamos a leerla para conocer mejor a este cristiano ejemplar.

El calendario litúrgico-pastoral para la Provincia de Puerto Rico nos sugiere unas lecturas opcionales para esta celebración litúrgica. Como primera lectura se nos ofrecen dos lecturas alternas. Hemos escogido 1 Co 1,26-31: “Hermanos, tengan en cuenta quiénes son los que han sido llamados: no hay entre ustedes muchos sabios, hablando humanamente, ni son muchos los poderosos ni los nobles. Al contrario, Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes; lo que es vil y despreciable y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale. Así, nadie podrá gloriarse delante de Dios. Por él, ustedes están unidos a Cristo Jesús, que por disposición de Dios, se convirtió para nosotros en sabiduría y justicia, en santificación y redención, a fin de que, como está escrito: El que se gloría, que se gloríe en el Señor”.

Basta leer la biografía de nuestro beato Charlie para ver personificada esta lectura. Un humilde oficinista, de constitución débil y acosado por la enfermedad, que supo compenetrarse de tal modo con el Resucitado y la liturgia de la Iglesia, que se convirtió en precursor de los cambios en la liturgia que serían adoptados por los sabios y entendidos en el Concilio Vaticano II. Su secreto fue “estar unido a Cristo Jesús, que por disposición de Dios, se convirtió para nosotros en sabiduría y justicia, en santificación y redención”. En comparación con Cristo, nada puede ni tan siquiera considerarse como una alternativa real. Él es la fuente última de sabiduría, justicia y redención.

Vemos constantemente esa preferencia de Jesús por los débiles, lo pequeños, los humildes, cuando se trata de la Revelación de los grandes misterios del Reino. Así encontramos una santa Catalina de Siena, una santa Teresa del Niño Jesús, un beato Charlie, junto a los grandes pensadores y eruditos con todos los títulos académicos posibles. No es que Dios desprecie a los sabios e intelectuales; es que tal vez los pequeños y humildes no se sienten apegados a su propia “sabiduría” o a su éxito, y por ello pueden sentirse más receptivos y dependientes de Dios, quien les hace partícipes del Misterio.

San Pablo enfatiza que “nadie podrá gloriarse delante de Dios”, es decir, que la sabiduría humana es incapaz de conocer por sí misma la sabiduría de Dios. Solo el que se despoje de sus pretensiones humanas, es decir, el que se “gloría en el Señor” y no en su propia sabiduría, podrá alcanzar la verdadera Sabiduría.

Esa Sabiduría hizo posible que el beato, adelantándose al Concilio Vaticano II, entendiera y proclamara la importancia del Misterio Pascual, y cómo toda la liturgia de la Iglesia tenía que girar alrededor de la Madre de todas las vigilas, la Vigilia Pascual. Él supo vivir la alegría y la esperanza que Cristo nos regaló con Su Pascua. De ahí su lema: ¡VIVIMOS PARA ESA NOCHE!

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA 28-04-20

“Señor Jesús, recibe mi espíritu”… “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”.

Continuamos nuestra ruta Pascual en la liturgia. Como primera lectura (Hc 7,51-8,1a) retomamos la historia de Esteban. San Esteban, diácono, se había convertido en un predicador fogoso, lleno del Espíritu Santo, que le daba palabra y valentía para enfrentar a sus perseguidores. Hoy se nos presenta su testimonio final del martirio.

Esteban continuó denunciando a sus interlocutores y acusándolos de no haber reconocido al Mesías y de haberle dado muerte. Esto enfureció tanto a los ancianos y escribas que decidieron darle muerte. La Escritura nos dice que antes de que lo asesinaran Esteban “lleno de Espíritu Santo” tuvo una visión: “vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios”. Fue como si el Señor quisiera confirmarle que su fe era fundada. ¡Jesús vive!, el Resucitado está ya en la Gloria a la derecha del Padre, y justo antes de entregar su vida por esa verdad, esta le fue revelada por parte del Padre.

Aquí Lucas nos presenta un paralelismo entre la muerte de Esteban y la de Jesús. Ambos fueron llevados ante el Sanedrín y acusados con falsos testimonios, ambos son ajusticiados fuera de la ciudad, y ambos encomiendan su espíritu a Dios y piden perdón para sus victimarios: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”… “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”.

Siempre que leo este pasaje la pregunta es obligada. Enfrentado con la misma situación, ¿actuaría yo con la misma valentía que Esteban? Estamos celebrando la Pascua en la que se nos invita a creer que Jesús resucitó, más no solo como un hecho histórico o algo teórico, sino que estamos llamados a “vivir” esa misma Pascua, a imitar a Cristo, quien nos amó hasta el extremo, al punto de dar su vida por nosotros.

Cuando tomamos el paso y damos el “sí” definitivo a Jesús y a su Evangelio, vamos a enfrentar dificultades, pruebas, persecuciones, burlas… Nuestras palabras van a resultar “incómodas” para mucha gente, y la reacción no se hará esperar. Y cuando no encuentren argumentos para rebatirnos, recurrirán a la calumnia y los falsos testigos. Con toda probabilidad nunca nos veamos obligados a ofrendar nuestras vidas, pero nos encontraremos en situaciones que nos harán preguntarnos si vale la pena seguir adelante. Es en esos momentos que debemos recordar el ejemplo del diácono Esteban.

La lectura evangélica es continuación de la de ayer y sigue presentándonos el “discurso del pan de vida” del capítulo 6 de Juan (6,30-35). La conversación entre Jesús y la multitud que había alimentado en la multiplicación, gira en torno a la diferencia entre el pan que Moisés “dio” al pueblo en el desierto y el pan de Dios, “que es el que baja del cielo y da vida al mundo” (Cfr. Sal 77,24). Cuando la multitud, cautivada por esa promesa le dice: “Señor, danos siempre de este pan”, Jesús responde con uno de los siete “Yo soy” que encontramos en el relato de Juan: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed”.

Nuestra fe Pascual nos permite reconocer a Jesús, glorioso y resucitado, como el “pan de vida” que se nos da a Sí mismo en las especies eucarísticas, y que es el único capaz de saciar todas nuestras hambres, especialmente el hambre de esa vida eterna que podemos comenzar a disfrutar desde ahora si nos unimos a Él en la Eucaristía, “el pan que baja del cielo y da vida al mundo”.

Señor, te pedimos que, durante este tiempo de distanciamiento social que nos ha privado de la comunión sacramental, se acreciente nuestra fe Pascual y nuestra hambre por el Pan vivo bajado del cielo. Amén.

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA 27-04-20

En ocasiones he visto una pegatina, de esas que se adhieren a los parachoques de los autos (lo que en Castilla la Vieja llaman un bumper sticker), que lee: “¿Crees en Cristo? ¡Que se te note!”. Algo así sucedió a Esteban en la primera lectura que nos brinda la liturgia para hoy (Hc 6,8-15).

Esteban estaba tan “lleno de gracia y poder”, que realizaba grandes prodigios y signos delante del pueblo, y predicaba con tanta elocuencia que nadie podía rebatir su discurso. Esa gracia y poder provenían de la efusión del Espíritu Santo que había recibido por la oración e imposición de manos de los Apóstoles (6,6) al ser ordenado como diácono. Tan grande era su fe, y el Espíritu obraba con tanto poder en él, que cuando fue apresado y conducido ante el Sanedrín, “todos los miembros del Sanedrín miraron a Esteban, y su rostro les pareció el de un ángel”.

En ocasiones anteriores hemos dicho que la fe es “algo que se ve”. Porque los hombres y mujeres de fe actúan conforme a la Palabra de Jesús, en quien confían plenamente. Y eso se ve, la gente lo nota, y les hace decir: “Yo no sé lo que esa persona quiere, pero yo quiero de eso”. La persona que cree en Jesús, y le cree a Jesús, actúa diferente, despliega una seguridad que es contagiosa, y la gente le nota algo distinto en el rostro. Es la certeza de que Dios le ama y que su voluntad es que todos alcancemos la salvación. Eso fue lo que los del Sanedrín vieron en Esteban, al punto que “su rostro les pareció el de un ángel”.

Durante esta semana vamos a continuar “degustando” el discurso del pan de vida contenido en el capítulo 6 del Evangelio según Juan, que comenzó el pasado viernes con el símbolo eucarístico de la multiplicación de los panes. Por eso estas lecturas, aunque se refieren a hechos anteriores a la Pasión, muerte y resurrección, las leemos en clave Pascual.

La lectura de hoy (Jn 6,22-29) nos presenta a esa multitud anónima que sigue a Jesús, impresionada por sus milagros. Acaban de presenciar la multiplicación de los panes y han saciado su hambre corporal. El gentío quiere seguirlo. Al no encontrarlo, fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.

Al encontrarlo, Jesús les cuestiona sus motivaciones para seguirle: “Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios”. No se trata de que las motivaciones sean malas, pues se refieren a satisfacer necesidades humanas básicas. Lo que Jesús quiere transmitirles a ellos (y a nosotros) es que esas no son motivaciones válidas para seguirle.

“La obra que Dios quiere es ésta, que creáis en el que él ha enviado”, les dice Jesús. Y para creer tenemos que conocer su Amor. “Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Jn 4,16). Y ese amor nos hará creer en el Resucitado, que es el pan de vida que puede saciar todas nuestras hambres y nos conduce a la vida eterna.

¡Señor, dame de ese Pan!

REFLEXIÓN PARA EL TERCER DOMINGO DE PASCUA (A) 26-04-20

“Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos testigos”.

La liturgia para este tercer domingo de Pascua nos presenta nuevamente el episodio de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35), que ya hemos contemplado el miércoles de la Octava de Pascua. Este pasaje nos enfatiza el cambio que experimenta todo el que tiene un encuentro con el Resucitado; la fe Pascual que nos impulsa a compartirla con todo el que se cruza en nuestro camino. Es la alegría de la Resurrección que la Iglesia celebra durante este tiempo especial de la Pascua que estamos viviendo.

La Primera Lectura (Hc 2,14.22-33) nos presenta un fragmento del discurso pronunciado por Pedro a raíz del evento de Pentecostés, que logró la conversión y bautismo de tres mil personas (2,41). Y al igual que la Segunda Lectura (1 Pe 1,17-21), el mensaje central es la fe Pascual, la muerte y resurrección de Jesucristo, que fue lo que le dio sentido a Su predicación. Como nos dice san Pablo: “Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe” (1 Cor 15,14).

En la Primera Lectura Pedro dice a los que le escuchan: “El patriarca David murió y lo enterraron, y conservamos su sepulcro hasta el día de hoy. Pero era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo; cuando dijo que ‘no lo entregaría a la muerte y que su carne no conocería la corrupción’, hablaba previendo la resurrección del Mesías. Pues bien, Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos testigos. Ahora, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido, y lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo”.

En la Segunda Lectura el mismo Pedro enfatiza la redención por la sangre derramada por Cristo en la cruz, que cobra sentido con la fe en la Resurrección: “Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza”.

Es la fe en la Resurrección; más aún, el encuentro con el Resucitado lo que despierta en nosotros la llama que hace germinar nuestra fe (“¿No ardía nuestro corazón…?”). Esa fe que fue plantada como una semilla en nuestras almas junto a las otras virtudes teologales el día de nuestro Bautismo, mediante la infusión del Espíritu Santo, y nos convirtió en miembros de la Iglesia, el “nuevo Pueblo de Dios”.

Al ascender a la Gloria luego de su resurrección a ocupar su lugar a la derecha del Padre, Jesús quiso darnos a todos la misma oportunidad que dio a los de Emaús; la oportunidad de tener un encuentro personal con Él, ya resucitado, habiendo vencido el pecado y la muerte. Para eso nos dejó su Palabra y su presencia real en la Eucaristía. Pero fue más allá, nos brindó la oportunidad del tener un encuentro con Él a cada paso de nuestro camino, en la persona de nuestros hermanos (Mt 25,40). Pero para eso necesitamos los ojos de la fe.

Señor: Abre en mí los ojos de la fe para que pueda reconocerte en el rostro de cada hermano que se cruza en mi camino, y permíteme actuar de tal manera que ellos también puedan ver Tu rostro reflejado en el mío, para que ellos también crean en Ti.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA SEGUNDA SEMANA DE PASCUA 23-04-20

“¿No os habíamos ordenado formalmente no enseñar en ese Nombre?”

Durante el Tiempo Pascual la primera lectura que nos propone la liturgia es del Nuevo Testamento, especialmente el libro de los Hechos de los Apóstoles. Y en estas lecturas sobresale el testimonio de la fe Pascual de los Apóstoles inspirados y guiados por el Espíritu Santo, quien se nos presenta como el gran protagonista de este libro sagrado.

El libro de los Hechos de los Apóstoles se llama así porque recoge la actividad misionera de los apóstoles Pedro y Pablo. Pero sobre todo recoge la actividad divina del Espíritu Santo en el desarrollo de la Iglesia. Por eso se le ha llamado el “Evangelio del Espíritu Santo”. Como el Antiguo Testamento nos habla de Dios Padre y los relatos evangélicos de Jesucristo, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos habla del Espíritu Santo. Fue escrito por san Lucas, como secuela de su relato evangélico, para documentar esos primeros años del desarrollo de la Iglesia. Por eso se le considera también el primer libro de historia de la Iglesia.

En las lecturas de los días anteriores hemos visto cómo las autoridades judías, amenazadas por el éxito de la predicación de los apóstoles, les habían prohibido continuar predicando el Evangelio de Jesucristo y su Misterio Pascual. Por ello habían sido encarcelados.

La lectura de hoy (Hc 5,27-33) nos muestra a los apóstoles conducidos nuevamente ante el Sanedrín e increpados por haber continuado predicando el Evangelio a pesar de las advertencias, luego de haber sido liberados de la cárcel por un ángel del Señor. En ese momento se hacen realidad las palabras de Jesús a sus apóstoles: “A causa de mí, serán llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio delante de ellos y de los paganos. Cuando los entreguen, no se preocupen de cómo van a hablar o qué van a decir: lo que deban decir se les dará a conocer en ese momento, porque no serán ustedes los que hablarán, sino que el Espíritu de su Padre hablará en ustedes” (Mt 10,18-20).

Inspirados por el Espíritu Santo, Pedro y los apóstoles replicaron: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen”. En la continuación de este pasaje, que leeremos mañana, veremos el resultado de estas palabras inspiradas.

“El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero”. Vemos cómo la fe Pascual es la que les lanza con valentía y coherencia, inspirados y asistidos por el Espíritu Santo, a predicar la Buena Noticia del Reino en la persona de Jesucristo.

Esto los llevará (junto a miles a través de la historia) a dar testimonio, incluso con sus vidas, de su fe en el Resucitado. Si nosotros estuviéramos tan llenos de fe Pascual como aquellos apóstoles, y nos dejáramos guiar por el Espíritu santo como ellos, estaríamos proclamando esa fe con valentía en nuestros hogares, nuestros lugares de trabajo, nuestras comunidades y, hoy en día, en las redes sociales. ¡Atrévete!

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA OCTAVA DE PASCUA 18-04-20

«Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación».

¡Cristo ha resucitado! Ese ha sido nuestro “grito de batalla”, nuestra exclamación de júbilo durante una semana. Estamos culminando la Octava de Pascua, esa prolongación litúrgica del júbilo de la Resurrección que termina mañana. Y la lectura evangélica que nos propone la liturgia (Mc 16,9-15) es un resumen de las apariciones de Jesús narradas por los demás evangelistas, el signo positivo de que Jesús está vivo. Habiendo sido el relato de Marcos cronológicamente el primero en escribirse, algunos exégetas piensan que esta parte del relato no fue escrita por Marcos, sino añadida posteriormente en algún momento durante los siglos I y II, tal vez para sustituir un fragmento perdido del relato original. Otros, por el contrario, aluden a una fuente designada como “Q”, de la cual los sinópticos se nutrieron.

El pasaje comienza con la aparición a María Magdalena, continúa con la aparición a los caminantes de Emaús, y culmina con la aparición a los Once “cuando estaban a la mesa” (de nuevo el símbolo eucarístico). El autor subraya la incredulidad de los Once ante el anuncio de María Magdalena y los de Emaús. Tal vez quiera enfatizar que los apóstoles no eran personas que se creían cualquier cuento, que su fe no se consolidó hasta que tuvieron el encuentro con el Resucitado. Ese detalle le añade credibilidad al hecho de la Resurrección. Algo extraordinario tiene que haber ocurrido que les hizo cambiar de opinión y encendió en ellos la fe Pascual.

Termina con la última exhortación de Jesús a sus discípulos (y a nosotros): “ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”.

Esa fe Pascual, avivada por el evento de Pentecostés, es la que brinda a los apóstoles la valentía para enfrentar a las autoridades judías en la primera lectura (Hc 4,13-21) de hoy, que es continuación de la de ayer en la que habían pasado la noche en la cárcel por predicar la resurrección de Jesús en cuyo nombre obraban milagros y anunciaban la Buena Noticia del Reino. Ello, siguiendo el mandato de Jesús de ir al mundo entero y proclamar el Evangelio a toda la creación.

Confrontados con sus acusadores, quienes intentaban prohibirle “predicar y enseñar el nombre de Jesús”, Pedro, lleno del Espíritu Santo, proclamó: “Nosotros no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído”. Recordemos las palabras de Jesús al concluir el relato de la aparición de Jesús en medio de ellos en el Evangelio del jueves (Lc 24,35-48), en el que concluye diciendo: “Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto”.

Concluye la primera lectura diciendo que “no encontraron la manera de castigarlos, porque el pueblo entero daba gloria a Dios por lo sucedido”. El poder de la Palabra, “más cortante que espada de doble filo” (Hb 4,2). Imposible de resistir…

Durante esta semana hemos estado celebrando la Resurrección de Jesús. No se trata de un acontecimiento del pasado; se trata de un acontecimiento presente, tan real como lo fue para los Once y los demás discípulos. Y como Pedro en la primera lectura, estamos llamados a ser testigos. ¡Jesús vive; verdaderamente ha resucitado! ¡Aleluya, aleluya, aleluya!

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA OCTAVA DE PASCUA 16-04-20

“Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí”.

El relato evangélico que nos brinda la liturgia para hoy (Lc 24,35-48) es continuación del que leíamos ayer. Estaban los discípulos a quienes Jesús se les apareció en el camino de Emaús contando a los Once lo sucedido, “cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: ‘Paz a vosotros’”.

Los presentes se quedaron atónitos y llenos de miedo, pues “creían ver un fantasma”. Veían, pero sus cerebros se negaban a aceptar lo que estaban viendo. ¡Cuántas veces nos sucede que, al presenciar un milagro, comenzamos a buscar toda clase de explicación “lógica”, antes de aceptar que ha sido obra de Dios! Vemos y no creemos, porque vemos con los ojos del cuerpo y no con los ojos de la fe.

Resulta curioso que el relato no nos dice cómo Jesús llegó a allí, cómo se “apareció” entre los discípulos. ¡Ese detalle no tiene relevancia alguna ante el hecho trascendente de que Jesús está allí! Sí, el Jesús de Nazaret que caminó junto a ellos, que compartió con ellos la mesa, que les instruyó, es el mismo que el Resucitado.

Jesús percibe el miedo y el asombro de los discípulos, y quiere animarlos para que no quede duda, para que puedan ser testigos de su Resurrección. Por eso, después de mostrarle las heridas, “como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: ‘¿Tenéis ahí algo de comer?’  Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos”. El relato quiere enfatizar que el Resucitado es real, que se trata de la misma persona que Jesús de Nazaret; que no se trata de un invento ni un cuento de camino. Jesús de Nazaret ha resucitado y sus discípulos, especialmente los Once, cuya presencia enfatiza el relato de Lucas, son testigos de ello. Cómo Jesús, con su cuerpo glorificado es capaz de comer, es un misterio que escapa a nuestro entendimiento humano, pero con ese gesto se quiere establecer que Jesús está real y verdaderamente frente a sus discípulos.

Y al igual que lo hizo con los de Emaús, les explica lo que sobre su persona dicen las Escrituras, desde Moisés hasta los profetas, y cómo todo se cumplía en Él. Nos dice el pasaje que Jesús entonces “les abrió el entendimiento para comprender las escrituras”, añadiendo al final: “Vosotros sois testigos de esto”. Una vez más Jesús enfatiza la relación entre Él y las Escrituras, y el testimonio de los que creen en Él. Esta es la última aparición de Jesús en el evangelio según san Lucas, que el autor coloca justo antes de su Ascensión.

Antes de ascender, en el versículo que sigue al pasaje de hoy, Jesús les reitera la promesa del Espíritu Santo que recibirán en Pentecostés: “Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto”.

Es el Espíritu quien les dará la fortaleza para ser testigos: “Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hc 1,8).

La misma promesa aplica a todos los que profesamos nuestra fe en el Resucitado. ¡Atrévete!

REFLEXIÓN PARA EL QUINTO DOMINGO DEL T.O. (A) 09-02-20

“Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo”.

“Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo” (Mt 5,13-16). En esta lectura evangélica que nos propone la liturgia para este quinto domingo del Tiempo Ordinario Jesús utiliza dos imágenes para  expresar cómo debe ser nuestro anuncio de Reino.

La primera de ella, “sal del mundo” nos hace preguntarnos, ¿cómo puede volverse sosa la sal? En la antigüedad, la sal se usaba en unas rocas (cristales) que se sumergían en los alimentos y se sacaban una vez sazonados, para volverse a usar, hasta que la roca se tornaba insípida. Entonces se descartaba.

La segunda de ellas, la lámpara que se enciende y no se pone debajo del celemín, sino en el candelero para que alumbre, es más obvia para nosotros.

Jesús utiliza imágenes, situaciones, gestos, que les son familiares a la gente, para transmitir la realidad invisible del Reino. Probablemente ha visto a su propia madre en muchas ocasiones utilizar una roca de sal para sazonar la sopa, o traer un candil al caer la noche para iluminar la habitación en que se encontraban. Él echa mano de esas imágenes sencillas, domésticas, familiares, para enseñarnos la actitud que debemos tener respecto a la Palabra de Dios que recibimos.

No podemos ser efectivos en nuestro anuncio de la Buena Noticia del Reino si no nos alimentamos continuamente con la Palabra y la Eucaristía, pues llegará un momento en que nuestro mensaje perderá su sabor, se tornará “soso”. Podremos continuar entre nuestros hermanos, pero ya no seremos eficaces en nuestro anuncio del Reino. Por otro lado, esa Palabra de Vida eterna no es para esconderla, sino para ponerla en un lugar visible, para que todos se beneficien de su Luz.

Jesús nos ha dicho que todos estamos llamados a ser “luz del mundo”. Y ¿cómo podemos ser “luz del mundo”? En la primera lectura, el profeta Isaías (58,7-10) nos da una pista: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora…” (Cfr. Mt 25,1-36). Se trata de practicar las obras de misericordia. “En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo” (Sal 111).

Así, el “sabor” de nuestras obras también sazonará nuestro mensaje y lo hará apetecible a todos. Entonces seremos “luz del mundo” y “sal de la tierra”.

La segunda lectura (1 Cor 2,1-5), por su parte, nos recuerda que para que nuestro mensaje evangelizador tenga ese efecto no requiere de grandes discursos teológicos, sino en haber tenido un encuentro personal con el Resucitado y compartir con otros lo que esa experiencia ha significado para nosotros. De eso se trata…

REFLEXIÓN PARA EL SÉPTIMO DOMINGO DE PASCUA (C) – SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR 02-06-19


“Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”.

Hoy celebramos la Solemnidad de la Ascensión del Señor. En la actualidad esta solemnidad se celebra el séptimo domingo de Pascua, en lugar del jueves de la sexta semana (como se celebraba antes), que es cuando se cumplen los cuarenta días desde la Resurrección. Y las lecturas obligadas son las dos narraciones de la Ascensión que nos hace san Lucas en Lc 24,46-53 y Hc 1,1-11 (cabe señalar que Lucas es quien único nos narra el hecho de la Ascensión). La cuarentena surge del relato de Hechos de los Apóstoles (1,3b). No obstante, en su relato evangélico, el mismo Lucas da la impresión de que la Ascensión tuvo lugar el mismo día de la Resurrección, inmediatamente después aparecerse a los discípulos, cuando los de Emaús estaban narrándoles su encuentro con el Resucitado. Pero eso se lo dejamos a los exégetas.

La solemnidad de la Ascensión nos sirve de preámbulo a la Fiesta de Pentecostés que observaremos el próximo domingo, cuando se ha de cumplir la promesa de Jesús a sus discípulos antes de su Ascensión: “Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hc 1,8; Cfr. Lc 24,49).

La Ascensión es la culminación de la misión redentora de Jesús. Deja el mundo y regresa al mismo lugar de donde “descendió” al momento de su encarnación: a la derecha del Padre. Pero no regresa solo. Lleva consigo aquella multitud imposible de contar de todos los justos que le antecedieron en el mundo y fueron redimidos por su muerte de cruz. Las puertas del paraíso que se habían cerrado con el pecado de Adán, estaban abiertas nuevamente.

San Cirilo de Alejandría lo expresa con gran elocuencia: “El Señor sabía que muchas de sus moradas ya estaban preparadas y esperaban la llegada de los amigos de Dios. Por esto, da otro motivo a su partida: preparar el camino para nuestra ascensión hacia estos lugares del Cielo, abriendo el camino, que antes era intransitable para nosotros. Porque el Cielo estaba cerrado a los hombres y nunca ningún ser creado había penetrado en este dominio santísimo de los ángeles. Es Cristo quien inaugura para nosotros este sendero hacia las alturas. Ofreciéndose él mismo a Dios Padre como primicia de los que duermen el sueño de la muerte, permite a la carne mortal subir al cielo. Él fue el primer hombre que penetra en las moradas celestiales… Así, pues, Nuestro Señor Jesucristo inaugura para nosotros este camino nuevo y vivo: ‘ha inaugurado para nosotros un camino nuevo y vivo a través del velo de su carne’ (Hb 10,20)”.

Ahora que el Resucitado vive en la Gloria de Dios Padre, pidámosle que envíe sobre nosotros su Santo Espíritu para que, al igual que los apóstoles tengamos el valor para continuar su obra salvadora en este mundo, para que ni uno solo de sus pequeños se pierda (Mt 18,14).