REFLEXIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE LA PRIMERA SEMANA DE CUARESMA 21-02-18

La lectura evangélica que nos brinda la liturgia para este miércoles de la primera semana de Cuaresma (Lc 11,29-32), nos dice que Jesús, al ver que la gente se apretujaba a su alrededor esperando ver un milagro, les increpó diciendo: “Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación”. Jesús se refería a cómo los habitantes de Nínive se habían convertido con la predicación de Jonás (que no era Dios), mientras a Él (que sí es Dios) los suyos le exigían “signos” para creer. Estaban apantallados por los portentos y milagros realizados por Jesús, pero se quedaban en el signo exterior; no captaban el mensaje.

La primera lectura que de hoy (Jon 3,1-10) nos narra la conversión de los Ninivitas a que alude Jesús. Ya en otra ocasión, al reflexionar sobre las lecturas para hoy, hicimos una exposición más amplia sobre ésta, a la cual les remitimos.

Ambas lecturas tienen como tema subyacente la conversión a la que somos llamados durante este tiempo de Cuaresma desde su comienzo, cuando al imponérsenos la ceniza se nos dijo: “Conviértete y cree en el Evangelio”. La pregunta obligada es: ¿Tiene sentido esa frase que se nos dice en relación con la actitud interior con la que nos acercamos a recibir la ceniza ese día? ¿Existe en nosotros una verdadera voluntad de conversión?

Hemos dicho que el rito exterior de la ceniza recibida en la cabeza no tiene ningún significado, ningún valor, si no tenemos una actitud interior de conversión, no solo para este tiempo de Cuaresma, sino para toda nuestra vida, pues el verdadero proceso de conversión dura toda la vida. Es un constante caer y levantarnos, con la esperanza de cada vez permanecer en pie durante más tiempo. De ahí el llamado constante a la conversión (Cfr. Ap 2,5). La conversión es, pues, un proceso que se inicia cuando tenemos un encuentro personal con Jesús, y va progresando en la medida que permanecemos en Él. Para ayudarnos en ese proceso la Iglesia nos brinda la gracia de los sacramentos, especialmente los de la Reconciliación y la Eucaristía. Por eso también se nos invita a acercarnos a estos durante este tiempo de Cuaresma.

Desde el comienzo de su predicación Jesús hizo un llamado a la conversión: “El plazo se ha cumplido. El Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1,15).  Más tarde Pedro, a nombre de la Iglesia, reiteró esa llamada el día de Pentecostés. Cuando los que escucharon su predicación, conmovidos por sus palabras le preguntaron qué tenían que hacer, él les contestó: “Conviértanse…” (Hc 2,38). Es la exhortación que la Iglesia nos sigue haciendo hoy.

Ya han pasado los primeros siete días de esta Cuaresma. Hagamos un ejercicio de introspección. ¿He interiorizado la llamada a la conversión? ¿Qué he hecho para lograrla?

Está claro que Dios quiere nuestra conversión, es más, la espera. Por eso nos da la gracia y los medios necesarios para lograrla a través de su Iglesia. Todavía estamos a tiempo. ¡Acércate! ¡Reconcíliate!

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA TERCERA SEMANA DEL T.O. (2) 22-01-18

La primera lectura de hoy (2 Sam 5,1-7.10) continúa narrándonos la historia de David, y nos presenta el pacto que hicieron con él los ancianos de Israel, ungiéndolo como su rey: “Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel”.

El pasaje nos narra, además, cómo David logró unificar todas las tribus de Israel, convirtiéndose en el primero en gobernar efectivamente sobre ambos reinos, el del Norte (Israel) y el del Sur (Judá), que hasta entonces habían estado divididos: “en Jerusalén reinó treinta y tres años sobre Israel y Judá”. David fue quien conquistó la ciudad de Jerusalén y el monte Sión, en donde aún permanecen sus restos. “Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán, por mi nombre crecerá su poder: extenderé su izquierda hasta el mar, y su derecha hasta el Gran Río” (Sal 88).

“Un reino en guerra civil no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir”. Esas palabras las pronuncia Jesús en la perícopa que nos narra el Evangelio de hoy (Mc 3,22-30), cuando los escribas le acusan de expulsar demonios “con el poder del jefe de los demonios”.

Jesús contrapone la figura del reino dividido de Satanás (“Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido”) con la figura del Reino que Él ha venido a instaurar en donde la constante es el perdón, la dulzura (“Creedme, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan”). Es entonces que Jesús pronuncia esa frase que resulta controversial para muchos: “pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre”. Esta frase, tan fuerte, se recoge en los tres evangelios sinópticos (Mt 12,32; Mc 3,29; Lc 12,10)

¿No acaba de decir que “todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan”? ¿A qué se refiere con “blasfemia contra el Espíritu Santo”? El Catecismo de la Iglesia Católica (1864) nos dice que: “quien se niega deliberadamente a acoger la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo. Semejante endurecimiento puede conducir a la condenación final y a la perdición eterna”. Es obvio, Dios no puede perdonar a quien no acepta su perdón. El Espíritu Santo es quien nos permite reconocer nuestros pecados, hacer acto de contrición y pedir el perdón de los mismos, y es por Su poder que esos pecados son perdonados (Cfr. Jn 20,22-23).

Los fariseos del pasaje que contemplamos hoy blasfemaban contra el Espíritu Santo al atribuir al poder de Satanás los milagros y portentos que Jesús suscitaba en virtud de su propia divinidad y por la operación del Espíritu Santo, cuyo poder se negaban a reconocer. Esa actitud obstinada e impenitente les impedía recibir el perdón de sus pecados, con lo que compraban su condenación.

Señor, ayúdanos a ser dóciles a la voz de tu Santo Espíritu para que podamos reconocer nuestros pecados, conscientes de que mediante Su poder, acudiendo al sacramento de la reconciliación, podemos recibir el perdón de los mismos.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA VIGÉSIMO PRIMERA SEMANA DEL T.O. (1) 31-08-17

La liturgia de hoy nos ofrece la parábola del siervo vigilante (Mt 24,45-51), una de las llamadas “parábolas del juicio”, que nos presentan la inminencia e impredictibilidad de la segunda venida de Jesús y el Juicio que la acompañará: “Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”.

Mateo la coloca esta parábola inmediatamente después de la de “los tiempos de Noé”, en la que Jesús nos presenta a los de ese tiempo comiendo y bebiendo, y casándose como si nada fuera a ocurrir, hasta que de súbito fueron arrastrados por el diluvio. No se trata de que estuvieran haciendo nada malo; no hay nada malo en disfrutar de los placeres de la vida. El problema surge cuando nos entregamos a los placeres al punto que estos nos alejan de Dios, nos hacen perder nuestra espiritualidad, conformándonos con “no hacer el mal”.

La parábola de hoy nos coloca en medio de nuestra realidad de día a día. La “vida” nos presenta muchas oportunidades para “pasarla bien”, y cada vez nos vamos dejando arrastrar por los placeres (siempre tendremos tiempo para arrepentirnos; ¡y hasta para confesarnos!). Y como nuestra “hora” no ha llegado aún, continuamos hundiéndonos cada vez más en la autocomplacencia porque el “amo” no está (¿en serio?) y no llega todavía. Pasamos por alto que en cualquier momento este puede llegar y encontrarnos como el criado canalla que maltrató a sus compañeros y se dedicó a comer y beber con los borrachos, hasta que el día y la hora en que menos se lo esperaba, llegó el amo, lo sorprendió y lo hizo pedazos, “mandándolo a donde se manda a los hipócritas (otra vez esa palabra)”, a ese lugar donde “será el llanto y el rechinar de dientes”.

Esta parábola, al igual que las otras “parábolas del juicio”, nos invita a hacer introspección, examen de conciencia, y preguntarnos. ¿Soy como el criado vigilante, o me identifico con el criado canalla? ¿Cómo sé si voy a ver el amanecer de mañana? Si el amo llega sin avisar, ¿cómo me encontrará?

Por eso en la primera lectura (Tes 3,7-13) San Pablo nos exhorta a mantenernos firmes en el amor que nos fortalece “para que, cuando Jesús, nuestro Señor, vuelva acompañado de todos sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios, nuestro Padre”.

Hoy el Señor nos ha hablado a través de estas lecturas, y nos ha dicho que todavía estamos a tiempo, aunque no sabemos si nuestro día y hora van a ser hoy… Que conste, Jesús nos advierte, no nos acusa; y siempre nos espera en el sacramento de la reconciliación. ¿Cuándo fue la última vez que te reconciliaste? Anda, ¡todavía estás a tiempo! Mañana puede ser tarde…

REFLEXIÓN PARA EL SEGUNDO DOMINGO (OCTAVA) DE PASCUA, DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA 23-04-17

Hoy celebramos el segundo domingo de Pascua, último día de la Octava de Pascua, también conocido como domingo de la Divina Misericordia.

La primera lectura (Hc 2,42-47) nos narra el culto celebrativo de las primeras comunidades cristianas, centrado en la eucaristía (la “fracción del pan”), que hace memorial del misterio pascual de Jesús.

La segunda lectura (1 Pe 1,3-9) es un canto de alabanza al Padre “que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo”.

La lectura evangélica (Jn 20,19-31) nos presenta las primeras dos apariciones de Jesús a sus discípulos. La primera el mismo día de la Resurrección, encontrándose encerrados en la estancia superior, por temor a las autoridades judías, luego de que Pedro y Juan encontraran la tumba vacía. La segunda tiene lugar una semana después, pero esta vez los discípulos estaban fortalecidos por la presencia del Resucitado. Ahora la controversia giraba en torno a la incredulidad de Tomás.

Este pasaje, que es la conclusión del evangelio según san Juan, es sumamente denso y lleno de símbolos. Nos limitaremos a dos, comenzando con el segundo: la incredulidad de Tomás.

La pregunta obligada es: ¿Dónde estaba Tomás cuando el Señor se apareció a los discípulos por primera vez? De seguro estaba vagando, triste y desilusionado porque Jesús había muerto; había visto tronchados todos sus sueños. Se había separado del grupo. Por eso no tuvo la experiencia de Jesús resucitado; como nos pasa a nosotros cuando nos alejamos de la Iglesia. Cuando regresó se negaba a creer porque no lo había visto. Pero esta vez no se alejó, se mantuvo en comunión con sus hermanos, se congregó, y entonces tuvo el encuentro con Jesús resucitado. Igual nos pasa a nosotros cuando regresamos la Iglesia y nos congregamos para la celebración eucarística; los ojos de la fe nos permiten tener un encuentro con Jesús resucitado. Por eso en el rito de la consagración decimos, al igual que Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”

Jesús concluye el pasaje diciendo: “Dichosos los que crean sin haber visto”. Los discípulos tuvieron la dicha de ver a Jesús resucitado. Nosotros por fe creemos que Él se hace presente con todo su cuerpo, sangre, alma y divinidad, en las especies de pan y vino durante la celebración eucarística; presencia tan real como lo fue la aparición a los discípulos en aquél primer domingo de Resurrección. ¡Y por ello Jesús nos llama dichosos, bienaventurados!

El otro aspecto que hay que resaltar es la institución del Sacramento de la Reconciliación. Jesús conoce nuestra naturaleza pecadora y no quiso dejarnos huérfanos: “exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos’”. Es el “Tribunal de la Divina Misericordia”, la  manifestación más patente de la Misericordia Divina; llamado así porque es el único Tribunal en el cual uno, al declararse culpable, es absuelto.

Durante la Cuaresma y Semana Santa la Iglesia nos hizo un llamado a reconciliarnos. Si no lo hiciste entonces, recuerda que HOY es el domingo de la Divina Misericordia. ¡Anda, declárate culpable; te garantizo que saldrás absuelto!

REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR (A) 09-04-17

Hoy celebramos el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, y la liturgia nos ofrece como lectura evangélica la Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo (26,14–27,66), un adelanto de lo que le espera a Jesús. En esta lectura la “multitud” anónima juega un papel importante. La misma multitud que recibe a Jesús en su entrada triunfal a Jerusalén en el Evangelio correspondiente a la bendición de los ramos (Mt 21,1-11) ahora pide que le crucifiquen.

Si comparamos la actitud de esa multitud anónima en ambas lecturas, vemos cuán volubles y manejables son las masas. Lo mismo podemos decir de nosotros. En un momento estamos alabando y bendiciendo al Señor mientras le recibimos en nuestros corazones, y al siguiente nos dejamos seducir por el maligno y terminamos dándole la espalda y “crucificándole”. Sí, cada vez que pecamos, estamos dando un martillazo en uno de los clavos que taladraron las manos y los pies de Jesús. Pero Él nos ama tanto que aun así ofreció su vida por los que lo asesinaron.

Esta semana Santa que comienza hoy nos presenta otra oportunidad de hacer introspección, examen de conciencia sobre nuestra actitud hacia Dios. ¿A cuál de las dos multitudes pertenezco?

Hoy se nos entregarán unos ramos benditos durante la celebración litúrgica. Unos ramos frescos, llenos de vida. Esos ramos eventualmente van a secarse, y luego serán quemados para convertirse en la ceniza que se nos va a imponer el miércoles de ceniza del próximo año. Así de efímera es nuestra vida, y en eso nos vamos a convertir. Hoy se nos brinda otra oportunidad. No sabemos si vamos a estar aquí el próximo año, el próximo mes, la próxima semana, mañana, esta noche… ¿En cuál de las multitudes nos sorprenderá?

Jesús nos ama con locura, con pasión; quiere relacionarse con nosotros; quiere nuestra salvación, para eso nos creó el Padre, por eso cuando le fallamos envió a su Hijo. Pero, como dice el P. Larrañaga, “Dios es un perfecto caballero”, es incapaz de imponerse. “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20).

Jesús se ofreció a sí mismo como víctima propiciatoria por todos los pecados de la humanidad, cometidos y por cometer; los tuyos y los míos. Pero para poder recibir el beneficio de esa redención tenemos que acercarnos a Él, reconocerle, y reconocer nuestra culpa como lo hizo el buen ladrón. Y para eso Jesús nos dejó el Sacramento de la reconciliación, y se lo encomendó a Su Iglesia a través de los apóstoles (Jn 20,22-23).

Si no la has hecho aún, esta Semana Santa es el momento propicio; ¡reconcíliate!

“Dios todopoderoso y eterno, tú quisiste que nuestro Salvador se hiciese hombre y muriese en la cruz, para mostrar al género humano el ejemplo de una vida sumisa a tu voluntad; concédenos que las enseñanzas de su pasión nos sirvan de testimonio, y que un día participemos en su gloriosa resurrección” (Oración colecta).

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA QUINTA SEMANA DE CUARESMA 06-04-17

La primera lectura de hoy (Gn 17,3-9) nos presenta la alianza que Yahvé Dios pacta con Abraham. Una alianza que por sus propios términos iba a ser perpetua. Una alianza que se trasmitiría por la carne (por herencia), por eso Dios utiliza un signo carnal para sellar la misma: la circuncisión. Dios le cambia el nombre a Abrán para significar su cambio de misión, y le llama Abraham, que quiere decir padre de muchedumbre de pueblos (Ab = padre, y ham = muchedumbre). Pero más allá de la herencia carnal, Abraham se convierte en “padre de la fe” para todos los que creen en las promesas de Dios.

En la lectura evangélica (Jn 8,51-59), Jesús alude a esa genealogía que comienza con Abraham: “Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría”.

En ocasiones anteriores hemos señalado que Juan resalta la divinidad de Jesús, ya que el objetivo principal de su evangelio es combatir una herejía (los “ebionistas”) que negaba la divinidad de Jesucristo (Cfr. Jn 20,30-31). De ahí que cuando Él aludió a Abraham de esa manera los judíos le dijeron: “No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?” A lo que Jesús respondió: “En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán existiera, yo soy”. Jesús está diciendo que Él “es” antes de Abraham y “es” ahora, es eterno, por lo tanto es Dios. “Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios” (Jn 1,1). De igual modo fue presentado por Juan el Bautista: “A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo” (Jn 1,30).

Pero Jesús va más allá: “En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre”. Eso resultaba inaceptable para los judíos que le escuchaban, quienes lo tildaron de endemoniado, diciéndole: “¿y tú dices: ‘Quien guarde mi palabra no gustará la muerte para siempre?’ ¿Eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?”

La actuación de Jesús sigue incomodando cada vez más al poder político-religioso de su época. El complot para eliminarlo se acrecienta. El cerco sigue cerrándose, pero todavía no ha llegado su hora. “Entonces cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo”.

La liturgia continúa acercándonos al Misterio Pascual de Jesús. Ya pasado mañana es la víspera del domingo de ramos. Ayer nos decía que en Él encontraríamos la Verdad y que esa Verdad nos haría libres. Hoy ha añadido: “quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre”. Es decir, que además de ser libres, tendremos vida en plenitud, y vida eterna.

El llamado a la conversión está vigente. Todavía estamos a tiempo. Si creemos en Él y “le creemos” (tenemos fe), tendremos Vida. Anda, ¡atrévete! El sacramento de la reconciliación está a nuestro alcance. ¿Y sabes qué? Él te está esperando para darte el abrazo más tierno y cálido que hayas sentido. Entonces comprenderás…

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA QUINTA SEMANA DE CUARESMA 04-04-17

En la lectura evangélica que nos presenta la liturgia para este martes de la quinta semana de cuaresma (Jn 8,21-30), san Juan vuelve a poner en boca de Jesús la frase “yo soy”; el nombre que Dios le revela a Moisés en el pasaje de la zarza ardiendo, cuando al preguntarle su nombre Él le responde: “Así dirás a los Israelitas: Yo soy (יהוה – Yahvé) me ha enviado a vosotros” (Ex 3,14).

En el pasaje que contemplamos hoy, Jesús primeramente nos remite a la necesidad de creer en Él para salvarnos (Cfr. Mc 16,16): “…si no creéis que yo soy, moriréis por vuestros pecados”. Luego repite la frase para significar cómo en su “levantamiento” (su muerte y exaltación en la Cruz) es que se ha de revelar quién es Él y cuál es su verdadera misión: “Cuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que yo soy”. Este versículo guarda un paralelismo con la primera lectura (Núm 21,4-9), en la que muchos ven una prefiguración de la cruz y cómo por ella nos vendría la salvación.

La primera lectura nos relata cómo durante su camino a través del desierto (en la Biblia el desierto es siempre lugar de tentación y de prueba), el pueblo de Israel había comenzado a dudar de la Providencia de Dios, y a murmurar contra Él y contra Moisés: “¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto? No tenemos ni pan ni agua, y nos da náusea ese pan sin cuerpo (refiriéndose al maná)”. Entonces aparecieron unas serpientes venenosas que ellos interpretaron como un castigo de Dios.

Tal como nos sucede a nosotros cuando nos hemos alejado de Dios y nos sentimos acosados por diversas circunstancias, los israelitas, al verse acosados por las serpientes venenosas, reconocieron su culpa y recurrieron a Moisés para que intercediera por ellos ante Yahvé. Como dice el refrán popular: “Nos acordamos de santa Bárbara cuando truena”.

Entonces Yahvé instruyó a Moisés construir una imagen de una serpiente venenosa y colocarla en un estandarte (la figura resultante sería similar a una cruz), para que todo el que hubiese sido mordido por una serpiente venenosa quedara sano al mirarla. ¿Quién curaba a los Israelitas, el poder de aquella serpiente de bronce? ¡Por supuesto que no! Los curaba el poder de Dios, cuya promesa ellos recordaban, y a quien invocaban al mirar la imagen. Recuerden este pasaje cuando alguien les acuse de “adorar imágenes”…

Del mismo modo, con el Yo soy de Jesús en el Evangelio de hoy, unido a la alusión a su “levantamiento”, Jesús nos exhorta a buscar la presencia salvadora de Dios en su persona, unida al sacrificio de la Cruz. En Jesús tenemos a Dios mismo que puede decir: “Yo soy entre ustedes”. De ese modo el nombre de Dios se convierte en una realidad. Ya no se trata de un Dios distante, terrible, cuyo nombre no se podía ni tan siquiera pronunciar. Ahora Dios “es” entre nosotros (Cfr. Jn 1,14; Mt 28,20).

Al igual que los israelitas en el desierto eran sanados al mirar el estandarte con la serpiente, nosotros, los cristianos, somos sanados de nuestros pecados cuando fijamos nuestra vista en la Cruz, que nos remite al Crucificado, y al único y eterno sacrificio ofrecido de una vez y por todas para nuestra salvación. Si no lo has hecho aún, todavía estás a tiempo. ¡Reconcíliate! Para eso Jesús nos dejó el Sacramento…

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA 18-03-17

La liturgia nos regala para hoy, como lectura evangélica, el pasaje de la parábola del padre misericordioso, mejor conocida como la parábola del hijo pródigo (Lc 15, 1-3.11b-32). Esta es la tercera de las llamadas parábolas de la misericordia que ocupan el capítulo 15 de Lucas (junto a las de la “oveja perdida” y la “dracma perdida”). Cabe señalar que la lectura incluye los versículos uno al tres, que no forman parte de la parábola en sí, pero nos apuntan a quiénes van dirigidas estas parábolas: a nosotros los pecadores.

La parábola del hijo pródigo es una de las más conocidas y comentadas del Nuevo Testamento, y siempre que la leo viene a mi mente el comentario de Henri M. Nouwen en su obra El regreso del hijo pródigo; meditaciones ante un cuadro de Rembrandt (lectura recomendada):

“Ahora, cuando miro de nuevo al anciano de Rembrandt inclinándose sobre su hijo recién llegado y tocándole los hombros con las manos, empiezo a ver no solo al padre que «estrecha al hijo en sus brazos,» sino a la madre que acaricia a su niño, le envuelve con el calor de su cuerpo, y le aprieta contra el vientre del que salió. Así, el «regreso del hijo pródigo» se convierte en el regreso al vientre de Dios, el regreso a los orígenes mismos del ser y vuelve a hacerse eco de la exhortación de Jesús a Nicodemo a nacer de nuevo”.

He leído este párrafo no sé cuántas veces, y siempre que lo hago me provoca un sentimiento tan profundo que hace brotar lágrimas a mis ojos. Es el amor incondicional de Dios-Madre, que no tiene comparación; que no importa lo que hagamos, NUNCA dejará de amarnos con la misma intensidad. No hay duda; de la misma manera que Dios es papá (Abba), también se nos muestra como “mamá”. De ese modo, el regreso al Padre nos evoca nuestra niñez cuando, aún después de una travesura, regresábamos confiados al regazo de nuestra madre, quien nos arrullaba y acariciaba con la ternura que solo una madre es capaz.

Así, de la misma manera que el padre de nuestra parábola salió corriendo al encuentro de su hijo al verlo a la distancia y comenzó a besarlo aún antes de que este le pidiera perdón, nuestro Padre del cielo ya nos ha perdonado incluso antes de que pequemos. Pero para poder recibir ese perdón acompañando de ese caudal incontenible de amor maternal que le acompaña, tenemos que abandonar el camino equivocado que llevamos y emprender el camino de regreso al Padre. Eso, queridos hermanos, se llama conversión, la metanoia de que nos habla san Pablo.

Y ese día habrá fiesta en la casa del Padre, quien nos vestirá con el mejor traje de gala, y nos pondrá un anillo en la mano y sandalias en los pies (recuperaremos la dignidad de “hijos”).

La Cuaresma nos presenta la mejor oportunidad de emprender el viaje de regreso a la casa del Padre. Les invito a que recorramos juntos ese camino, con la certeza de que al final del camino vendrá “Mamá” a nuestro encuentro y nos cubrirá con sus besos. Y ese camino comienza en el confesionario. Reconcíliate; verás qué rico se siente ese abrazo…

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA PRIMERA SEMANA DE CUARESMA 10-03-17

La lectura evangélica que nos propone la liturgia para hoy (Mt 5,20-26), nos reitera la primacía del amor y la disposición interior sobre el formalismo ritual y el cumplimento exterior de la Ley que practicaban los escribas y fariseos: “Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”. Para demostrar su punto Jesús nos propone dos ejemplos.

El primero de ellos nos refiere al quinto mandamiento: “Habéis oído que se dijo a los antiguos: ‘No matarás’, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano ‘imbécil’, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama ‘renegado’, merece la condena del fuego”. La “condena del fuego” se refería a la gehena de fuego, el equivalente judío del infierno.

Esta sentencia de Jesús es un ejemplo de cómo Jesús no vino a abolir la Ley, sino a darle “plenitud” (Mt 5,17-19). La ley de Moisés prohibía matar, una prescripción importante para la convivencia humana, un paso firme hacia la no-violencia (lo mismo que prohíben los códigos penales en nuestra sociedad actual). Pero se limitaba al acto, no iba a la raíz del problema.

Jesús no se queda en el exterior; Él “interioriza” la Ley. Ya no se trata de que un acto, un gesto exterior sea malo. Todo lo que injurie gravemente al prójimo, o le manche su reputación; todo aquello que “envenene” las relaciones fraternas entre los hombres es contrario a la Ley y constituye un pecado grave que puede conllevar pena de condenación eterna.

La importancia de nuestra disposición de corazón por encima de nuestros gestos exteriores. Y Dios, “que ve en lo secreto” (Cfr. Mt 6,6), nos juzgará de conformidad. ¡Cuántas veces “matamos” a nuestros hermanos haciendo comentarios hirientes sobre ellos, sean ciertos o no, a sabiendas de van a herir su reputación! Cuando lo hacemos, pecamos contra el quinto mandamiento como si le hubiésemos clavado un puñal en el costado. Hemos pecado contra el Amor, el principal de todos los mandamientos.

El segundo ejemplo, prácticamente una consecuencia del primero, nos remite a nuestra relación con Dios: “si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda”.

“Vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda”… El amor fraterno toma primacía sobre el culto. Dios nos está diciendo: “Si quieres relacionarte conmigo, tienes que amar a tu hermano. La razón es clara, cuando tenemos desavenencias o discordias con nuestro prójimo, nuestra relación con Dios se afecta, se rompe; pierde su fundamento que es el Amor.

Esto no se limita a cuando nosotros tengamos una desavenencia con alguien. Basta que nos enteremos que esa persona “tiene quejas” contra nosotros, con razón o sin ella. Jesús nos está exigiendo que demos nosotros el primer paso, que reparemos la relación afectada. Entonces nuestra ofrenda, nuestra oración aderezada con la virtud de la caridad, será agradable a Él.

Señor, durante esta Cuaresma y durante todo el año, ayúdame a ser agente de reconciliación fraterna, comenzando con mis propias relaciones, para que pueda ofrecerme yo mismo como hostia viva agradable a Ti.

REFLEXIÓN PARA EL SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO (A) 04-12-16

2do Adviento

La liturgia continúa su recorrido por el Adviento y nos hallamos en el segundo domingo. La liturgia para el primer domingo nos traía como tema principal la espera de la segunda venida del Señor, el “mañana”, el sentido escatológico del Adviento. Por eso la liturgia nos invitaba a estar “vigilantes”, en espera.

En esta segunda semana el tema de las lecturas es la venida del Señor en el tiempo presente, el “hoy”. La liturgia de este domingo nos invita a la conversión, que es la nota predominante de la predicación de Juan el Bautista en el Evangelio que leemos hoy (Mt 3,1-12) y se proyectará hasta la tercera semana de Adviento. Durante esta semana la liturgia nos exhorta a reflexionar sobre las palabras de Juan: “Una voz grita en el desierto: ‘Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos’”, porque Jesús llega. Mateo nos quiere dejar saber que la actividad de Juan es el cumplimiento de la profecía de Isaías, y para eso echa mano de un texto del profeta (40,3-5): “¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios! ¡Que se rellenen todos los valles y se aplanen todas las montañas y colinas; que las quebradas se conviertan en llanuras y los terrenos escarpados, en planicies! Entonces se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán juntamente, porque ha hablado la boca del Señor”.

Y, ¿qué mejor manera de “preparar el camino” que buscando reconciliarnos con el Señor? En aquél entonces Juan predicaba un “bautismo de conversión para perdón de los pecados” como preparación para la llegada del Salvador. Hoy, durante esta segunda semana de Adviento, la Iglesia nos invita a acudir al sacramento de la reconciliación, que nos reconcilia con Dios y nos devuelve la amistad que habíamos perdido por el pecado. De este modo, cuando llegue la Navidad, estaremos en posición de unirnos sacramentalmente con Jesús y nuestros hermanos en la Eucaristía, del mismo modo que los discípulos de Juan Bautista estuvieron en disposición de recibir y aceptar a Jesús cuando se hizo entre ellos.

Durante esta semana podemos buscar en los diferentes templos que tenemos cerca, los horarios de confesiones disponibles, para que cuando llegue la Navidad, estemos bien preparados interiormente, uniéndonos a Jesús y a nuestros hermanos en la Eucaristía. No dejemos pasar esta oportunidad que se nos brinda. El momento es AHORA. ¡Anda, anímate!

“Oh Dios y Padre nuestro: Tu Espíritu de sabiduría y poder estaba vivo y operante en Jesús, tu Hijo. Derrama sobre nosotros ese mismo Espíritu, para que demos hoy testimonio de tu fidelidad y tu amor. Y danos siempre hermanos inspirados por ti -profetas como Juan el Bautista – que nos despierten cuando nos sentimos auto-satisfechos, y nos inspiren a preparar el camino para la plena venida de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, por los siglos de los siglos.” (Oración después de la comunión).

Que el Espíritu ilumine nuestro camino a la conversión de corazón, para que podamos un día fundirnos en uno con nuestro Señor y Salvador. ¡Ven Señor Jesús!