REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA VIGÉSIMO PRIMERA SEMANA DEL T.O. (1) 01-09-17

El Evangelio de ayer nos presentaba la parábola del “siervo vigilante” (Mt 24,45-51) que, como señalamos, nos apunta hacia la inminencia e impredictibilidad de nuestro encuentro definitivo con Jesús y el Juicio que lo acompañará, con la siguiente advertencia: “Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”.

La liturgia de hoy nos presenta la parábola de las doncellas necias y las doncellas sensatas (Mt 25,1-13) que sigue la misma línea de estar preparados, excepto que hoy se nos presenta la espera por el “esposo” que tardaba en llegar: “Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!” Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: “Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.” Pero las sensatas contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.” Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: “Señor, señor, ábrenos.” Pero él respondió: “Os lo aseguro: no os conozco.” Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora”.

Al igual que en la parábola de los talentos que sigue a esta (Mt 25,14-30), las doncellas necias no hicieron nada “malo”. Pero tampoco hicieron nada para estar preparadas para recibir al Esposo cuando llegara. No hacer nada es también una manera de hacer el mal; es el equivalente del gran pecado de nuestros tiempos: el pecado de omisión.

Está claro; Jesús es el “Esposo” en quien se hace presente el Reino de Dios, representado en el banquete de bodas. Cristo nos invita a ese banquete, a tomar una decisión ante Él y a vivir de tal manera que estemos preparados para ir a su encuentro en cualquier momento, no vaya a ser que por no tener nuestra alcuza llena de aceite, cuando finalmente llegue y acudamos a su encuentro ya la puerta se haya cerrado, y cuando toquemos nos diga: “No te conozco”.

La invitación está cursada y la mesa del banquete está dispuesta. La pregunta obligada es: Cuando llegue el Esposo (puede ser esta noche), ¿estaré preparado para salir a su encuentro y entrar al banquete?

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA VIGÉSIMO PRIMERA SEMANA DEL T.O. (2) 26-08-16

doncellas necias med

El Evangelio de ayer nos presentaba la parábola del “siervo vigilante” (Mt 24,45-51) que, como señalamos, nos apunta hacia la inminencia e impredictibilidad de nuestro encuentro definitivo con Jesús y el Juicio que lo acompañará, con la siguiente advertencia: “Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”.

La liturgia de hoy nos presenta la parábola de las doncellas necias y las doncellas sensatas (Mt 25,1-13) que sigue la misma línea de estar preparados, excepto que hoy se nos presenta la espera por el “esposo” que tardaba en llegar: “Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!” Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: “Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.” Pero las sensatas contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.” Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: “Señor, señor, ábrenos.” Pero él respondió: “Os lo aseguro: no os conozco.” Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora”.

Al igual que en la parábola de los talentos que sigue a esta (Mt 25,14-30), las doncellas necias no hicieron nada “malo”. Pero tampoco hicieron nada para estar preparadas para recibir al Esposo cuando llegara. No hacer nada es también una manera de hacer el mal; es el equivalente del gran pecado de nuestros tiempos: el pecado de omisión.

Está claro; Jesús es el “Esposo” en quien se hace presente el Reino de Dios, representado en el banquete de bodas. Cristo nos invita a ese banquete, a tomar una decisión ante Él y a vivir de tal manera que estemos preparados para ir a su encuentro en cualquier momento, no vaya a ser que por no tener nuestra alcuza llena de aceite, cuando finalmente llegue y acudamos a su encuentro ya la puerta se haya cerrado, y cuando toquemos nos diga: “No te conozco”.

La invitación está cursada y la mesa del banquete está dispuesta. La pregunta obligada es: Cuando llegue el Esposo (puede ser esta noche), ¿estaré preparado para salir a su encuentro y entrar al banquete?

REFLEXIÓN PARA EL MARTES DE LA DÉCIMO CUARTA SEMANA DEL T.O. (2) 05-07-16

La mies es abundante y los obreros pocos

En la primera lectura de hoy continuamos leyendo la profecía de Oseas, y vemos cómo el profeta reitera su denuncia contra el pueblo de Israel que se ha mostrado infiel para con Yahvé Dios. Pero la Palabra de Dios transmitida a su pueblo por voz del profeta ha caído en oídos sordos. La esposa infiel ha despreciado el ramo de olivo que le tendía su amante esposo. La sentencia no se hace esperar: “tendrán que volver a Egipto”.

Casi doscientos años después, el profeta Jeremías hará lo propio con el Reino de Judá (del Sur) cuando les profetiza que serán conquistados por el Rey Nabucodonosor y deportados a Babilonia.

En mis clases de Biblia en la universidad digo mis estudiantes que la historia del pueblo judío que se nos narra en la Biblia es un reflejo de nuestra propia vida, un ciclo interminable de infidelidades de nuestra parte, y una disposición continua de parte de Dios a perdonarnos.

“La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”. Con esta frase de Jesús culmina la lectura evangélica de hoy (Mt 9,32-38). Este pasaje sirve de preámbulo al segundo gran discurso misionero de Jesús que ocupa todo el capítulo 10 de Mateo.

El pasaje comienza planteándonos la brecha existente entre el pueblo y los fariseos. Los primeros se admiraban ante el poder de Jesús (“Nunca se ha visto en Israel cosa igual”), mientras los otros, tal vez por sentirse amenazados por la figura de Jesús, tergiversan los hechos para tratar de desprestigiarlo ante los suyos: “Éste echa los demonios con el poder del jefe de los demonios”. Jesús no se inmuta y continúa su misión, no permite que las artimañas del maligno le hagan distraerse de su misión.

Otra característica de Jesús que vemos en este pasaje es que no se comporta como los rabinos y fariseos de su tiempo, no espera que la gente vaya a Él, sino que va por “todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el Evangelio del reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias”. El mismo llamado que nos hace ahora el papa Francisco.

Jesús está consciente de que su tiempo es corto, que la semilla que Él está sembrando ha de dar fruto; y necesita trabajadores para recoger la cosecha.

Por eso, luego de darnos un ejemplo de lo que implica la labor misionera (“enseñar”, “curar”), nos recuerda que solos no podemos, que necesitamos ayuda de lo alto: “rogad, pues al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”. La misión que Jesús encomienda a sus apóstoles no se limita a ellos; está dirigida a todos nosotros. En nuestro bautismo fuimos ungidos sacerdotes, profetas y reyes. Eso nos llama a enseñar, anunciar el reino, y sanar a nuestros hermanos. Esa es nuestra misión, la de todos: sacerdotes, religiosos, laicos.

Y al igual que Jesús, al aceptar nuestra misión, roguemos “al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”. Oremos al Señor por el aumento en las vocaciones sacerdotales y religiosas, y para que cada día más laicos acepten el reto y la corresponsabilidad de la instauración del Reino. Y eso nos incluye a todos nosotros, cada cual según sus talentos, según los carismas que el Espíritu Santo nos ha dado y que son para provecho común (Cfr. 1 Co 12,7).

REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA VIGÉSIMO PRIMERA SEMANA DEL T.O. (1) 28-08-15

doncellas necias

El Evangelio de ayer nos presentaba la parábola del “siervo vigilante” (Mt 24,45-51) que, como señalamos, nos apunta hacia la inminencia e impredictibilidad de nuestro encuentro definitivo con Jesús y el Juicio que lo acompañará, con la siguiente advertencia: “Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”.

La liturgia de hoy nos presenta la parábola de las doncellas necias y las doncellas sensatas (Mt 25,1-13) que sigue la misma línea de estar preparados, excepto que hoy se nos presenta la espera por el “esposo” que tardaba en llegar: “Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!” Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: “Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.” Pero las sensatas contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.” Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: “Señor, señor, ábrenos.” Pero él respondió: “Os lo aseguro: no os conozco.” Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora”.

Al igual que en la parábola de los talentos que sigue a esta (Mt 25,14-30), las doncellas necias no hicieron nada “malo”. Pero tampoco hicieron nada para estar preparadas para recibir al Esposo cuando llegara. No hacer nada es también una manera de hacer el mal; es el equivalente del gran pecado de nuestros tiempos: el pecado de omisión.

Está claro; Jesús es el “Esposo” en quien se hace presente el Reino de Dios, representado en el banquete de bodas. Cristo nos invita a ese banquete, a tomar una decisión ante Él y a vivir de tal manera que estemos preparados para ir a su encuentro en cualquier momento, no vaya a ser que por no tener nuestra alcuza llena de aceite, cuando finalmente llegue y acudamos a su encuentro ya la puerta se haya cerrado, y cuando toquemos nos diga: “No te conozco”.

La invitación está cursada y la mesa del banquete está dispuesta. La pregunta obligada es: Cuando llegue el Esposo (puede ser esta noche), ¿estaré preparado para salir a su encuentro y entrar al banquete?

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA DECIMOCUARTA SEMANA DEL T.O. 07-07-14

hemorroisa

En la primera lectura de hoy (Os 2,16.17b-18.21-22), el profeta Oseas nos presenta la figura de Dios como amante de Israel. Más tarde, los “profetas mayores”, Jeremías, Isaías y Ezequiel retomarán esa figura de Dios-amante. Oseas nos presenta a Yahvé como el esposo-amante que se siente traicionado por su esposa infiel, que es el pueblo de Israel.

El mismo Oseas vivió en carne propia esa experiencia, pues Yahvé le ordenó casarse con una prostituta que le fue infiel: “Ve y cásate con una de esas mujeres que se entregan a la prostitución sagrada y ten hijos de esa prostituta. Porque el país se está prostituyendo al apartarse de Yahvé” (Os1,2).

El pasaje que nos ocupa hoy es parte de un cántico que ocupa casi todo el capítulo 2 del libro, que comienza con una denuncia y condena de la mujer infiel, para luego dar paso a ese coloquio amoroso lleno de perdón, misericordia y reconciliación. Es el reflejo del amor incondicional de Dios por nosotros, quien es capaz de seguir amándonos a pesar de nuestras infidelidades. Yahvé le dice a Oseas: “Vuelve a querer de nuevo a una mujer adúltera que hace el amor con otros, así como Yahvé ama a los hijos de Israel a pesar de que lo han dejado por otros dioses…” (3,1). Pero el pueblo de Israel no le hizo caso a Oseas, y continuó su decadencia, hasta culminar con la destrucción del reino del norte a manos de Asiria en el año 722 A.C.

¿Cuántas veces nos hemos “prostituido”, adorando otros “diosecillos” que nos apartan de nuestro Dios-esposo que es todo fidelidad? Pero Él nos sigue amando, “a pesar de que lo [hemos] dejado por otros dioses”. Y Él sigue esperándonos, como el esposo amante que espera a su esposa infiel para perdonarla y reconciliarse…

Se nos dice que la Palabra de Dios es viva y eficaz, que es tan vigente hoy como lo fue cuando fue escrita. Prestemos atención a lo que nos dijo a través de Oseas, hace alrededor de 2,300 años: “Escuchen lo que dice Yahvé, hijos de Israel. Yahvé tiene un pleito pendiente con la gente de esta tierra, porque no encuentra en su país ni sinceridad, ni amor, ni conocimiento de Dios. Solo hay juramentos en falso y mentiras, asesinato y robo, adulterio y violencia, crímenes y más crímenes. Por eso el país está en duelo y están deprimidos sus habitantes” (4,1-3a).

¿Les resulta familiar esta descripción? ¿No es acaso una descripción de lo que está viviendo nuestro pueblo? Dios nos sigue hablando a través de su Palabra. ¡Escuchémosle!

La lectura evangélica (Mt 9,18-26), por su parte, nos presenta la versión de Mateo de un episodio que aparece en los tres sinópticos, con sus consabidas variantes (Cfr. Mc 5,21-43; Lc 8,40-56), y que combina dos milagros, la curación de la hija de Jairo, y la curación de la hemorroísa. En nuestra reflexión para el martes de la cuarta semana del T.O. comentamos la versión de Marcos.

Esta lectura nos recalca la importancia de la fe, que es algo más que creer en Dios; es creerle, creer en su Palabra salvífica. Ahí estriba tal vez el problema de nuestra sociedad actual. Puede que creamos que Dios “existe”, pero, ¿le creemos y actuamos de conformidad? Mientras no lo hagamos, estaremos “al garete”, a merced del maligno…

Señor, ¡aumenta mi fe!