REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA OCTAVA SEMANA DEL T.O. (2) 01-06-18

“Tened fe en Dios. Os aseguro que si uno dice a este monte: ‘Quítate de ahí y tírate al mar’, no con dudas, sino con fe en que sucederá lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: Cualquier cosa que pidáis en la oración, creed que os la han concedido, y la obtendréis. Esas palabras nos las dice Jesús en el evangelio para hoy (Mc 11,11-26)”.

La fe es un don, un regalo de Dios, pero lo recibimos como un diamante en bruto que tenemos que cortar y pulir para que adquiera todo su brillo y resplandor. ¿Y cómo logramos eso? A través de la lectura de la Palabra, los sacramentos, y la práctica asidua de la oración y las obras de misericordia espirituales y corporales (sin limitarlas a las catorce que se estereotipan, sino como respuesta amorosa a todas las miserias que encontremos en nuestro caminar).

Tenemos que hacernos “uno” con Jesús, identificarnos con Él de tal manera que podamos decir con Pablo: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20). Esa ha de ser nuestra aspiración como cristianos. Y el comienzo es admitir nuestra pequeñez y nuestra incapacidad de lograr ese grado de perfección por nosotros mismos. Tenemos que adorar, tenemos que orar, pidiendo a Dios que aumente nuestra fe para que alcance la plenitud de que nos habla Jesús en el evangelio de hoy. Y si Él nos dice que podemos alcanzar ese grado de perfección, y le creemos, sabemos que podemos lograrlo.

Nosotros, como cristianos, tenemos que vivir de tal modo que nuestra fe se note en nuestras obras al punto que nuestros hijos nos imiten. Esa es la mejor herencia que podemos dejarles.

No se trata de estudiar y escudriñar los pensamientos y escritos de los grandes teólogos de nuestra Iglesia. No estoy diciendo que eso esté mal, o que sea un ejercicio fútil, pero eso no va a aumentar nuestra fe. Esto solo puede lograrse mediante un encuentro personal con el Resucitado. Y eso no se aprende en los libros.

Te invito a que visites a Jesús sacramentado. Si no tienes cerca una capilla de adoración perpetua, ve al primer templo que encuentres abierto. Allí, póstrate ante Jesús en el sagrario, míralo, y déjate amar por Él. Si es posible, vete cada día a visitarlo, aunque sea por diez minutos. Te lo seguro; allí aprenderás más que en los libros.

Escucha su Palabra, como María de Betania, que estaba a los pies de Jesús. Pon en sus manos tus problemas y necesidades. Háblale de tu vida, de los tuyos, del mundo entero, pues todo le interesa. Allí, contemplando el santísimo, sentirás una paz inmensa que nada ni nadie podrá darte jamás. Él sosegará tu ánimo y te dará fuerzas para seguir adelante. Él te dirá como a Jairo: No tengas miedo, solamente confía en Mí [ten fe] (Mc 5,36).

Por eso hoy nuestra oración ha de ser: “Señor yo creo, pero aumenta mi fe”.

REFLEXIÓN PARA EL SÁBADO DE LA TRIGÉSIMO SEGUNDA SEMANA DEL T.O. (1) 14-11-15

juez inicuo

El Evangelio de hoy nos presenta la parábola del “juez inicuo” (Lc 18,1-8). En esta parábola encontramos a una viuda que recurría ante un juez para pedirle que le hiciera justicia frente a su adversario. Y aunque el juez “ni temía a Dios ni le importaban los hombres”, fue tanta la insistencia de la viuda que el juez terminó haciéndole justicia con tal de salir de ella: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara” (Cfr. Lc 11,5-13).

Al terminar la parábola Jesús mismo explica el significado de la misma: “Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”

Esta parábola exhorta a todo el que sigue a Jesús a confiar plenamente en la justicia divina, en que Dios siempre ha de tomar partido con el que sufre injusticias o persecución por su nombre. Este pasaje nos evoca aquel momento en que Dios, movido por la opresión de su pueblo, decidió intervenir por primera vez en la historia de la humanidad: “Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos. Por eso he bajado a librarlo del poder de los egipcios” (Ex 3,7-8).

La parábola nos invita, además, a orar sin cesar (1 Tes 5,17), sin perder las esperanzas, sin desaliento, aun cuando a veces parezca que el Señor se muestra sordo ante nuestras súplicas. El mismo Lucas precede la parábola con una introducción que apunta al tema central de la misma: “Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola”.

Nos enseña también a luchar sin desfallecer en la construcción de Reino, sin importar las injusticias ni persecuciones que suframos, con la certeza de que, tarde o temprano, en Su tiempo, Dios nos hará justicia. Por eso nuestra oración ha de ser insistente, pero dejando en manos de Dios el “cuándo” y el “cómo” vendrá en nuestro auxilio.

Por otra parte, Jesús habla de que Dios ha de hacer justicia a “sus elegidos”. ¿Quiénes son los elegidos? “Los que han sido elegidos según la previsión de Dios Padre, y han sido santificados por el Espíritu para obedecer a Jesucristo y recibir la aspersión de su sangre” (1 Pe 1,1-2). Son aquellos que Él “ha elegido en Él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor” (Ef 1,4). Somos elegidos, o más bien, nos convertimos en elegidos cuando seguimos el camino de santidad que Él nos ha trazado y que nos lleva a ser irreprochables, POR EL AMOR. De nuevo el imperativo del Amor…

Terminamos con la pregunta final que Jesús plantea a los que le seguían, y que debemos plantearnos nosotros: Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?