REFLEXIÓN PARA EL VIERNES DE LA VIGÉSIMO SEGUNDA SEMANA DEL T.O. (1) 06-09-19

“¿Queréis que ayunen los amigos del novio mientras el novio está con ellos?”

El Evangelio que nos brinda la liturgia de hoy es la versión de Lucas (5,33-39) del pasaje en que los fariseos critican a Jesús porque sus discípulos, contrario a los de Juan, y a los de los propios fariseos, que ayunan y oran a menudo, se la pasan comiendo y bebiendo. El pasado 6 de julio leíamos la versión de Mateo (9,14-17). A la crítica de los fariseos, Jesús responde: “¿Queréis que ayunen los amigos del novio mientras el novio está con ellos?”. Luego añade dos parábolas cortas, la que propone que nadie remienda un paño viejo con una tela nueva, y la que propone que nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque revientan y se pierden, tanto el vino, como los odres.

En aquella ocasión nos concentramos en el primer anuncio de la pasión de Jesús, y en las parábolas del paño y los odres viejos. Hoy nos limitaremos al significado de la frase: “¿Queréis que ayunen los amigos del novio mientras el novio está con ellos?”

Para entender esta frase, tenemos que partir del hecho de que en el Antiguo Testamento el ayuno, especialmente del vino, eran signos de austeridad y penitencia ligados a la espera del Mesías prometido. Simbólicamente significaban que “los tiempos son malos, estamos insatisfechos, hemos perdido el gusto de vivir… que venga de una vez el tiempo de la consolación y de la alegría, cuando el mesías estará aquí”. Pero como todas las prácticas rituales de los fariseos, estos habían convertido también ese ayuno en algo externo, que no guardaba relación con la actitud interior.

Pero la contestación de Jesús va más allá. No solo hace referencia al verdadero significado de ese ayuno, sino que les dice que este ya no es necesario para sus discípulos porque “el novio está con ellos”. Es decir, los tiempos mesiánicos ya han llegado. No es tiempo de austeridad y privaciones; ¡el tiempo de la alegría y la celebración ha llegado!

Nosotros, los cristianos de hoy, no debemos olvidar que esos tiempos mesiánicos no terminaron con la muerte de Jesús. El tiempo de la alegría se ha perpetuado con la presencia de Jesús entre nosotros: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia” (Mt 28,20). ¡Jesús está vivo! Está presente entre nosotros en su Palabra, en la Eucaristía, cada vez que hay dos o más reunidos en su nombre (Mt 18,20). Y la verdadera alegría del cristiano consiste precisamente de saber que “el novio” está con nosotros; en amarlo y sentirnos amados por Él. Y eso no depende de ningún rito externo, ni de oraciones vacías, carentes de contenido espiritual. Ese es precisamente el fundamento de las críticas de Jesús contra los escribas y fariseos.

Por tanto, nuestra alegría más profunda ha de estar fundamentada en esa “presencia” de Novio entre nosotros. Por eso el papa Francisco no se cansa de repetir que la alegría es el “sello” del cristiano: “Un cristiano sin alegría no es cristiano. La alegría es como el sello del cristiano, también en el dolor, en las tribulaciones, aun en las persecuciones”. ¡Que viva el Novio!

REFLEXIÓN PARA EL LUNES DE LA VIGÉSIMO SEGUNDA SEMANA DEL T.O. (2) 03-09-18

“Yo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1 Cor 2,1-5).

Esa breve primera lectura que nos propone la liturgia para hoy, encierra el secreto de lo que es la verdadera predicación. Al leerla vino a mi memoria un libro escrito por el P. Emiliano Tardiff: Jesús está vivo. En ese libro el Padre Tardiff recordaba cómo cuando él comenzó a predicar preparaba unas homilías bien profundas, citando los grandes autores clásicos y teólogos modernos; las escribía y luego las leía para que no se quedara nada. Hasta que un día, poco antes de comenzar una predicación sintió la voz del Señor que le dijo: “Si tú que tienes tantos estudios y has leído tanto no eres capaz de grabártelo en la memoria solo para repetirlo, ¿cómo quieres que esta gente sencilla que no tiene la misma preparación que tú, lo grabe en su corazón para vivirlo?”

Ese día comprendió que aquello que él predicaba no era lo que la gente quería, lo que necesitaba escuchar, y cambió su predicación para testimoniar el poder de Dios, y lo que Él está haciendo ahora, hoy. En otras palabras, compartir con los demás las historias del amor de Dios, las maravillas que Dios había hecho en él, su experiencia de Dios. No de un Jesús distante que vivió hace dos mil años, sino de ese Jesús que está vivo y presente entre nosotros.

No se trata ya de decir a la gente quién es Dios, sino qué significa Dios en mi vida, cómo esta ha cambiado desde que comencé mi relación amorosa con Él, y compartir esa experiencia con los demás. Yo pasé por el mismo proceso que el P. Tardiff, y la lectura de ese libro cambió mi predicación. Es la diferencia entre mostrar a alguien una foto de las cataratas del Niágara, y llevarle allí a contemplarlas en toda su majestuosidad, sintiendo el ruido, la vibración, cómo la piel se humedece con el rocío que invade todo el litoral.

Precisamente, ese fue el secreto de la predicación de Pablo, quien se valió, no de su sabiduría (de hecho, era un hombre con muchos estudios) ni de su elocuencia, sino de su conocimiento del Crucificado, producto de aquél encuentro en el camino a Damasco (Hc 9,1-22), y cómo ese encuentro había cambiado su vida para siempre.

Ese es el evangelio que todos estamos llamados a predicar con nuestro ejemplo de vida. Compartir con todos nuestra experiencia de Jesús, y cómo ese encuentro con el Jesús resucitado ha cambiado nuestras vidas, como lo hizo con Pablo, “para que su fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios”.

He aquí el proyecto que les propongo para la semana que comienza. Y no teman, recuerden que “para Dios, todo es posible” (Mt 19,26).