REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA QUINTA SEMANA DE PASCUA 23-05-19

La lectura evangélica que nos brinda la liturgia para hoy (Jn 15,9-11) es continuación de la de ayer, que situábamos en la sobremesa de la última cena, que Juan nos presenta, no como la cena pascual de los sinópticos, sino como una cena de despedida que se celebra el día de la preparación de la pascua. El pasaje que contemplamos hoy forma parte del “discurso de despedida” de Jesús. Jesús aprovecha este discurso para afianzar la fe de sus discípulos como preparación para la misión que les espera. Ayer veíamos la insistencia de Jesús a sus discípulos para que permanecieran en Él.

Hoy les profesa su amor infinito e incondicional; amor que se compara con el que el Padre le profesa a Él, subrayando que permanecer en Él significa permanecer en Su amor: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”.

“Como el Padre me ha amado, así os he amado yo”… Si no viniera de labios de Jesús, diríamos que es mentira, parece increíble. ¡Jesús nos está diciendo que nuestra unión amorosa con Él es comparable a la de Él con el Padre! Tratemos por un momento de imaginar la magnitud de ese amor entre el Padre y el Hijo. Sí, ese mismo amor que se derrama sobre nosotros y tiene nombre y apellido: Espíritu Santo.

Ese anuncio del amor de Dios es el núcleo central del mensaje evangélico. Piet Van Breemen nos dice que “si yo me sé amado por Dios, su amor llenará mi corazón y se desbordará, porque un corazón humano es demasiado pequeño para contenerlo todo entero. Así amaré a mi prójimo con ese mismo amor”.

Jesús nos está pidiendo que “permanezcamos” (otra vez ese verbo), no solo en Él, sino en Su amor. Pero como siempre, no nos obliga, reconoce y respeta nuestro libre albedrío. Nos dice que “si” guardamos sus mandamientos, permanecemos en Su amor. Para recalcar la identidad entre el amor que el Padre le tiene y el que Él nos tiene, no nos pide nada que Él mismo no esté dispuesto a hacer: “lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”. Como siempre, Jesús nos muestra el camino a seguir (“Yo soy el Camino”), nos proporciona el modelo.

Ese “si…”, esa condición sujeta a nuestra libertad, es la que va a determinar nuestra relación, nuestra unión con Dios. Jesús nos promete Su alegría, llevada a plenitud: “para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.” Se trata del gozo eterno que podemos comenzar a disfrutar desde ahora. ¿Te animas?

Señor Jesús, ayúdanos a permanecer en Tu amor, de la misma manera que Tú has guardado fielmente los mandamientos del Padre y permaneces en Su amor. Así encontraremos Tu alegría y la podremos llevar a su plenitud.

REFLEXIÓN PARA EL JUEVES DE LA SÉPTIMA SEMANA DE PASCUA 17-05-18

La liturgia de hoy nos presenta como lectura evangélica (Jn 17,20-26) la tercera y última parte del “discurso de despedida” de Jesús a sus discípulos que transcurre en el trasfondo de la sobremesa de la última cena. A partir de este momento vemos que la oración de Jesús al Padre por sus discípulos inmediatos se convierte también en oración por todos los que en el futuro habríamos de convertirnos en sus discípulos por la palabra de aquellos: “Padre santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado”. En otras palabras ora por la Iglesia que habría de fundarse sobre la fe de los apóstoles. Ora por nosotros… Imagínate; ¡Cristo ha orado por ti!

La súplica de Jesús al Padre es que haya unidad entre todos sus discípulos, los contemporáneos y los futuros; y el modelo, el marco de referencia que utiliza es la unidad entre el Padre y Él, para que esa unidad se convierta en predicación, en testimonio de la Verdad, que es testimonio del Amor entre el Padre y el Hijo. De esta manera Jesús puede continuar la revelación del Padre a través de su Palabra y de la comunión de los creyentes.

Y nuestra misión, la misión de todos los bautizados que hemos recibido el Espíritu Santo, es difundir esa Palabra para que a través de ella otros crean también. Y el contenido de esa Palabra es solamente uno: que el Padre ha enviado al Hijo por pura gratuidad en el acto de amor más sublime en la historia. Y la manera de reciprocar ese amor es a través de nuestros hermanos. Así se crea la comunión, la unidad: “que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros”. Y esa comunión, ese amor, será el distintivo de los verdaderos discípulos de Jesús (Cfr. Jn 13,15).

Esta es la última plegaria de Jesús antes de entrar en su Pasión. Nos está diciendo qué le mueve a aceptar voluntariamente su Pasión, a entregar su vida. Ese es, podríamos decir, su testamento, su última voluntad; que todos seamos uno, que vivamos en la unidad. Eso es lo que Él quiere para la Iglesia que Él vislumbra en el horizonte.

Las últimas palabras de Jesús en esta plegaria “sellan” la misma y nos muestran el propósito de sus palabras: “para que el amor que me tenías esté con ellos, como también yo estoy con ellos”. Ese Amor que sirve de hilo conductor y a su vez de agente catalítico al mensaje de Jesús, que Juan nos expone de manera contundente en su relato evangélico; Amor que tiene nombre y apellido: el Espíritu Santo, que los discípulos recibirían en Pentecostés y que tú y yo recibimos el día de nuestro Bautismo.

“Que tu Espíritu, Señor, nos penetre con su fuerza, para que nuestro pensar te sea grato y nuestro obrar concuerde con tu voluntad” (de la Oración Colecta).